Bésame, pero hazlo bajo un aguacero infernal. Bésame, apretadito y con prisa, esa prisa que sólo esgrimen los que aman con fuerza y para los que cualquier tiempo es poco para respirar el aire en el que sólo habitas tú. En el que sólo habito yo. En el que estamos los dos y todo parece dar vueltas y más vueltas. Vueltas y más vueltas, hasta que la fuerza centrífuga nos empuja a separarnos. Y aún así, seguimos pegados. Labio con labio, oliendo a dos que ya sólo saben ser uno; y eso es lo que mola.

No sé si para ser un pie de foto es demasiado largo, pero lo cierto es que no sobra ni falta una palabra. En serio lo digo: no falta nada. Porque sino de qué iba a ser este el beso de amor más Googleado de la historia de los besos de amor Googleados. ¡Lo tiene t-o-d-o! Pasión, entrega, amor, deseo, protección, ilusión, esperanza, a Ryaaaaaan Gosliiiiiiing… Todo. Y no digo yo que este muchacho sea un Adonis, que puede que sí, puede que no (ya se sabe que los gustos son como los culos: todo el mundo tiene uno); pero lo que no se le puede negar es que es la versión cinéfila de la Viagra femenina. Tiene un algo, un qué sé yo, que cuando miro el calendario y veo que estoy en mitad de ciclo, tengo que ponerme en Youtube la
escena del Diario de Noa, en la que suertuda de la prota siente en carne propia como estos brazos como palas de horno de panadero hacen que todo sea perfecto. Bajo la lluvia. Bajo la sospecha inminente de que el amor puede acabarse en cualquier momento. Bajo el temor de que ese guión magníficamente ideado para que a las chicas como yo, que siempre nos enamoramos del tipo que cree que decir te quiero es lo mismo que contestar yo también, sintamos como si una colonia de hormigas culonas de África subsahariana nos invadiesen el ombligo. Tenga lo que tenga Ryan Gosling y ese par de brazos fornidos y masculinos, debería estar disponible para visionarlo en el cine con gafas 3D (¡Ay, mamá). Eso sí, con obsequio de Kleenex Aloe Vera Hacendado en taquilla, porque la jartá de llorar que sería la sesión doble, palomitas King Size, con Cola Zero, gracias.

El cine ha hecho mucho daño al amor de verdad, y no me refiero al de fueron felices y comieron regalices, no. Me refiero al amor de carne y hueso, al mundano, al normalito. Porque lo mismo que el sexo con mi Eugenio está bonito y es casi siempre bueno-tirando-a- muy-bueno, no siempre está acompañado de una banda sonora de Hans Zimmer cuando llegamos al orgasmo. Oye, y sería fabuloso oír a una orquesta de ciento y la madre de virtuosos tocase notas y más notas, mientras mi Eugenio hace lo que puede, y toca y toca y toca, hasta que todos los acordes de mi yo se marcan el estribillo de la Lambada, no digo yo que no.  Pero siendo franca, creo que lo único que se oye antes, durante y después, es el
frufrú del roce de las sábanas, el segundero del despertador, que nos recuerda que mañana a las 07.00 en pie, así que a ver si estamos a lo que hay que estar, la cisterna del vecino haciendo su trabajo y, si la noche coincide con fiesta patronal por los alrededores, puede que algún petardo fin de fiesta recordando al respetable que la Comisión no pagó lo suficiente y las 24:00 se acabó la verbena, y hasta luego, Lucas

Como digo, el cine ha hecho mucho daño al amor de todos los días. Al de bragas cómodas para andar por casa, porque nada peor que estar todo el día con la goma dando por saco (literal y figuradamente). Al de me tengo que afeitar, nena, pero estoy reventado, mejor lo dejo para mañana.
Al de…

– Tú crees que estoy gorda, cari? – Viendo un repor interesantísimo: Carmen Elektra al desnudo (¿? Es obvio quien tiene el mando del Plus)

–  Gordaaaaaaa…!? ¡No, nena, claro que no está gorda! – ¡Exacto! Habla del amo del mando del Plus.

–  ¿En serio? – Me toco un muslamen, fingiendo fuerza para que se me note la piel de naranja, sabiendo que aunque me lavase los dientes con una mano y con la otra hiciese un pollo al horno, se me notaría igual, porque mis nódulos de grasa no necesitan ayuda…

– A mí me parece que estás genial… – Carme Elektra ejerce sobre Eugenio una enajenación digna de estudio, pero todavía sin terapia. Él me dice que no preocupe por su salud mental, que es algo que Miss Elektra produce en los hombres, así en general. Aaaah, digo yo. Ya estoy más tranquila. Mucho más. Fssssss.

–  Y si estoy genial ¿Por qué a mí no me miras como a ella, Eugenito…? – Llamarle Eugenito es un golpe maestro, porque sólo su tía Micaela lo hace. Bueno, sola, sola no: ella y su bigote, exactamente.

– Coño, nena! No te miro así, porque a ti te tengo aquí…

¡Zas, sonamos! A ti te tengo aquí, me dijo. Aquí te tengo aquí. Como si tenerme compartiendo sofá, repasando por enésima vez el catálogo de Ikea, fuese en detrimento de nuestro amor. De nuestra pasión. De nuestra capacidad de dejarnos sin aliento a golpe de beso va, beso viene, hasta quedarnos run out of saliva. Y no le culpo, al menos no del todo, porque a mí me pasa algo parecido con Ryan Gosling, aunque no de naturaleza tan animal. A mí me bastaría con que Eugenio me besase así. Con igual incandescencia que lo hace Ryan bajo el aguacero, poniendo toda la fuerza
del mundo mundial en hacerme girar y girar y girar, hasta que lo que me rodea se difumine, emulando un cuadro Monet. Yo no quiero que Ryan Gosling me borre la boca a besos. Que no, mira bien lo que te digo. Yo sólo quiero que Eugenio me bese así. A pesar del catálogo de Ikea. A pesar de la braga de andar por casa. A pesar de todo. Porque yo le quiero él, y con él lo quiero todo. Kiss me, tontito del culo! 🙂