Me llamo Pepe, como mi padre. Lo sé, llamarse Pepe en un mundo donde todo cristo parece tener nombres salidos de una novela de Tolkien resulta entre ridículo e indie, que dicen los modernos de flequillo por parche; pero yo no tengo la culpa de que en plenos 70, cuando la  masculinidad y la varonía se medía en si el primogénito era o no un hombre, lo de heredar el nombre del padre era mucho más que una tradición familiar: aquello era una cuestión de cojones.

Así que, Pepe fui, y Pepe me quedé; incluso ahora, que salgo con una tía que está de buena que ni me lo creo y que se llama Whitney. En serio, se llama Whitney, no es que se lo haga llamar, que sería un punto de tontería difícil de justificar ante los colegas. Se llama así, quiero decir, que cuando salió de la pila bautismal ya tenía la putada encima; la putada onomástica, se me entienda. Pero a lo que iba, a Whitney la conocí en el gimnasio, sudando los dos como dos becerros en matadero; claro que ella con mucho más estilo, limpiando la humedad de su frente con una mini toalla de mierda de esas del Decathlon, que prometen secar como un toallón de toda la vida, pero después, si te he visto no me acuerdo.

Desde entonces, no hace más de un par de semanas, entre Whitney y yo no hay secretos, porque para qué, si es probable que lo nuestro ni a ser. Es lo bueno de sentirme libre con respecto a mis relaciones que no acabarán siendo relaciones, que puedo mostrarme tal cual soy. Tal cual me siento. Tal cual suelo ser cuando no hay nadie con quien jugar a que somos felices y que me encanta ir a Berska a ver si hay una camiseta cortita, que se me vea el ombligo, pero que no me haga lorzas en la barriga. Yo nunca he visto una camiseta corta que no haga lorzas, sobre todo si se tienen, pero mis novias momentáneas siempre me ponen a prueba, porque malo si digo ¿y una larga, no sería más cómoda?, porque eso implica que TIENE LORZAS, precisamente las que no quiere ver y, mucho menos, que se le vean. Malo si digo ¿Lorzas? ¿Qué lorzas?, porque ello implica que, efectivamente HAY LORZAS, y que soy el peor tipo del mundo, el peor novio momentáneo del siglo. Así que, Whitney y su nombre de morondanga es perfecta: puedo ser yo, sin tener la sensación de ir pisando minas antipersona a cada paso.

–         ¡Ai, Pepiño, Dios cho pajhe cunha muller que non che colla na cama…!

Mi abuela dixit. No recuerdo muy bien cuándo ni dónde ni por qué, pero mi abuela deseó para mí una mujer de nueve arrobas y 1/2, con el culo tan grande que necesitase la ayuda de mi amigo Nachete para abarcar sus dos hemisferios. Yo, que me llamo Pepe y soy igual de íntegro que mi puñetero padre, que dice que fumar es malísimo y  que a ver si lo dejo, mientras se mete entre pecho y espalda un purito Reig, siempre pensé que lo mío con las chicas iba a ser fácil, porque si no me ponía trabas (y entiéndase trabas por comenzar frases con mamalonadas tales como mi
mujer ideal es…)
, el horizonte sería amplio, lo suficientemente amplio como para no errar en el tiro. Me explico de forma sucinta: a mí me gustan todas. ¡Nos ha jodío…! Todas.

Altas, bajas, agradables, insoportables, teniente-risitas, agónicas, manipuladoras, borreguitos, modernas, recatadas, minifalderas, bombacheras, cocineritas, McDonaleras, besuconas (estas más), toxos (me valen, si lo compensan siendo besuconas, claro), amiguísimas de sus cien mejores
amigas, las solitarias, las que ven Sálvame, las que hablan de Punset como si fuese su padrino, las que se hacen mechas y más mechas hasta acabar pareciendo un tigre, las que llevan peluca (bueno, nunca he estado con ninguna con peluca, pero un día leí que la Beyoncé la lleva, que realmente está rapada. La Beyoncé, ahí lo dejo. Peluca y la Beyoncé. Me guuuuuuustaan las mujeres con peluca, es una cuestión de silogismo).  Todas. Incluso, las que tiene un culo de nueve arrobas y 1/2.

Por eso, cuando Whitney y su toalla de mierda del Decathlon, sudando a lo loco sobre la estática para eliminar su piel de naranja, se percató de que le estaba haciendo una colonoscopia ocular en su retaguardia, me espetó…

– Aprovecha la ocasión, chato, porque en dos meses de este culazo no quedará ni raspa…

No se chinó. No le pareció de voyeur marrano que le clavase la mirada en su sacrosanto culo mientras pedaleaba sin parar. No se sintió ultrajada en esa femineidad 2.0, esa en la que las tías no entienden que un tío no suele poner intención en ser salido, sino que la cochinez le sale sin querer, nos sale sin querer, porque la naturaleza animal masculina y procreadora es así. Lo sé, esto no es excusa, porque los animales también giñan
delante de la manada y se quitan piojos unos a otros, para acabar papándose al parásito como si fuesen pipas Facundo, pero por muy educado que uno sea (que yo lo soy: mis padres se dejaron un dineral en mi Máster en Marketing Internacional), por muy civilizado que uno se venda (que yo lo hago: jamás he subido a un avión sin ayudar con la maleta a la gordita que atasca el pasillo), por muy cojonudo que uno se proclame (¡Faltaría más! Mi última aportación a los anales de la cosa: me enamoro de personas, no del género, pero no me hablar de dar besos con lengua a alguien que se llame Manolo porque echo la raba…). Por mucho postureo del que haga alarde un hombre en edad sexual, que creo es hasta los 99, después de la extremaunción, la cabra tira al monte. Es decir: los ojos van donde van, incluso donde no es políticamente correcto que descansen. Véase
culo. Véase teta. Véase culo. Véase teta. Como es evidente, los tíos somos de ideas fijas. De horizontes claritos y abultados. No todos los hombres somos iguales, pero yo me llamo Pepe, igual que mi padre, y por mucho Máster, mucho Erasmus, mucho gym molonísmio y zapas vintage Le Coq Sportif que me calce, me gustan todas. Y me gustan sus cosas. Todas.

– Whitney dices que te llamas…. – me bajé de la estática y sonreí, como sólo lo hago cuando sé que no tengo nada que perder – Dime la verdad, ¿cuántas veces al día tienes que deletrear tu nombre?

Podía haberle dicho que tenía un nombre sexy, secular, increíblemente distinguido, pero para qué. Con ella me sentía libre, no en vano, lo nuestro iba a durar lo que su piel de naranja: un verano quizá…