Me llamo Julieta y no me gustan los finales felices. Ya está, ya lo he dicho. No me gustan por ñoños, por certeros, por angustiosos, por deseables, pero sobre todo por idiotas. Porque, a ver ¿quién puede salir indemne a una maratón de las mejores ocho películas de la historia, a saber, Frankie y Jhonny, Pretty woman, Oficial y Caballero, Leyendas de Pasión, Dirty Dancing, El Diario de Noa, Memorias de África y Flash Dance? Nadie. Pues eso, los finales felices no hacen más que desdibujar mi mierda de espera hasta que alguna princesa se aburra de su maromo, y me deje las migajas de un príncipe que ya no es azul y mucho menos  tiene suelto en el bolsillo para hacernos un cine de gafas, de esos 3D, ¿su menú de palomitas lo quiere XL o XXL…? Pequeño, gracias, que mis arterias son sibaritas…

 

Los finales felices existen, y eso, realmente, eso es lo que me saca de quicio y me pone el pelo con idéntica suavidad que una ristra de cebollas. Porque existen, como los trabajos bien remunerados, donde las jefas no chillan y confunden auxiliar de dirección con chica que le lleva café y baja a comprar cartulina y Foam para las manualidades de sus hijos. Existen, pero nunca son para mí, nunca me suceden a mí,  que veo venir el hostión mucho antes de que ser fragüe. Y no es que yo sea de las remilgadas, de las en la primera cita miran muy mucho si besar o no con lengua por no quedar de fresca, pero joder, por una vez en mi vida podría resultarme fácil el intimar con alguien más que conmigo misma, que me tengo muy vista y, además, me aburro de mentirme una y otra vez.

 

No te vuelven a llamar porque los intimidas, me dice mi Coacher. Sí, sí, por si sois noveles en eso de la decepción, que sepáis que ahora los mejores amigos se consiguen a golpe de VISA. Ya nadie tiene tiempo de aguantarte la chapa del desamor. Ya nadie busca complicidad y lágrimas de cocodrilo, enmascarada en tarde de chicas y calorías. Los tiempos son frenéticos y los horarios son el que viene el coco del siglo XXI. Eso, sumado a que toooooooooooooooodas mis amigas están casadas y con hijos (y felizmente, para mi desesperación), me tienen prohibido deprimirme los lunes y los viernes. Por precipitado y tardío, respectivamente, alegan…

 

– ¿Julieta, estás llorando…? – Oigo pitidos de coches, frenazos y vocerío de niños, que compiten por hacer su opinión sobre Kunfu Pandi sí o Kunfu Panda
no – Me pillas en el manos libres, cielo, que es lunes y voy a llevar a Aaron y a Aixa a su clase de tenis bilingüe… Para cagarse. Tenis, en sí mismo, es un término tan clasista, que la RAE debería cobrar royalties por emplearlo. La cantidad de mamarrachos que mueren por aclarar que juegan al tenis, sabiendo que lo que hacen es pasear la raqueta, subirse los calcetines de deporte hasta las ingles y salir de la ducha, con el pelo mojado, ready to dar una rueda de prensa a lo Íker Casillas después de un Real Madrid – Barça. Con respecto a si dieron pie con bola, o bola con raqueta, quién sabe, si lo único que prima es parecer un vencedor. ¡Eiiiii! Ahí está, otro final feliz. Los odio.

 

Vale, pues mi amiga Valen, que tiene un marido fenomenal y no se podía permitir tener unos hijos normales, con nombres normales, mocos normales, que
merendasen bocatas de chorizo pamplona y oliesen a NenucoDeTodaLaVida, no tiene tiempo de atender mis dramas sentimentales en lunes. El tenis bilingüe de Aaron+Aixa  es i-m-p-o-r-t-a-n-t-e, que mi vida se vaya definitivamente a tomar por culo, se ve que no. Y no lo es, porque es lunes y ella no tiene la culpa que mi enésima cita haya sido una caca y yo me haya empeñado en hacer de mi cena y mi sesión de sexo rapidito, que mañana madrugo para
coger el vuelo a Euro Disney con María y los niños,
el preludio, el prólogo a algo más que, en principio y en final, ya se sabía en punto muerto. En punto

muerto y en hostia anunciada, claro. Aún así, me calcé mis zapatitos de cristal, me atusé mi melena rizada por si él quería ver en mí una sombra(-ita) de Julia Roberts; practiqué mis pasos de baile dirtydancineros, con aquella frase de Ooooyeeeee, estás invadiendo mi espacio. Éste es tu espacio, éste es mi espacio incluida; pero de nada valió, porque cuando su mujercita le mandó un WhatsUp recordándoles que pasase por el Opencor para comprar toallitas para el bebé, se me bajó el quinto al cuarto, rompiéndose en mil pedazos la magia de la cita casi perfecta con el hombre más imperfecto (bueno, este último tengo que pensarlo, porque el podio de idiotas lo tengo petado).

 

Me llamo Julieta y odio los finales felices. Sobre todo, sobre todo, sobre todo, cuando no me pasan a mí. Vaya.