El mismo día que me casé supe que ella era mi mujer. Mi mujer para toda la vida. Y lo supe de repente, como sin darme cuenta. Fue decir, sí, quiero, y que algo que no sé muy bien cómo explicar, me lo revelara. Y no diré yo que mi amor por Berta no fuese algo viejo, quiero decir que ya nos queríamos y eso, sino de qué me visto yo de payaso de feria, aguanto un año de preparativos, reuniones con mi suegra y conversaciones y conversaciones y conversaciones en la que mi opinión contaba lo justo (es decir, nada) sobre la conveniencia o no de sentar en la misma mesa a su amiga Malena con mi amigo Pablo, después del lío que se formó cuando él no la volvió a llamar cuando supo de su prisa por tener hijos y tenerlos ya, porque la edad es la que es y no quiero ser una madre-abuela. Ubicado Pablo en una mesa a doscientos metros de Malena, el Wedding Planning había quedado cerrado. O eso parecía…

– ¿All you need is love o Como tú ninguna …?

Blandiendo dos CDs, Berta se interesó por mi parecer, cosa que empezaba a incomodarme ya que bastaba que yo dijese A, para que la cosa fuese B; ni puta idea de qué universo común y final podía haber entre los Beatles y Bustamante, pero la sola idea de que el segundo tuviese algún papel relevante en mi boda (a esta alturas SU BODA, la de Berta) me daba dolor de huevos. Intenté zafarme y fingí una llamada importantísima, pero como todas las mentiras, la mía tenía las patitas muy cortas: ¡me pilló!

– ¿Pero de qué tanta urgencia por llamar al taller? ¿No dijiste ayer que eran una manada de hijoputas y que mejor se la montabas parda cuando fueses a recoger el coche…? – Los CD’s apuntaban hacia mi cara, tanto, que Bustamante parecía tener vida, chico. No sé si la industria musical hace carátulas en 3D, pero, hostia, que cerca estaba el tío de cobrar vida: Si parecía que se iba a arrancar a cantarme al oído abrázame muy fuerteeee, para sentir que puedo retenerteeee, porque no sé cómo vivir sin verteeee, ay mi suerteeee… Sudorcito frío recorriéndome el perineo, palabrita.

– A ver, Nachete, ¿los p-e-s-a-d-o-s de los Beatles o Bustaaaaa…?

Berta y yo nos conocemos tanto, pero tanto, tanto, que a veces creo que esto es tóxico para nuestra salud en pareja. Quiero decir que, cuando ella dice pesados
de los Beatles
, pero emplea un diminutivo cariñoso para referirse al puto Bustamante (que seguía mirándome a los ojos, y sólo sabe Dios el miedo que me

daba aquella visión tridimensional) es que, sin duda alguna, ella quería que aquel tipo, con aire de roba peras, fuese la banda sonora de no sé muy bien qué parte de nuestra boda.

Una vez leí en un dominical, que los supervivientes del avión que se comió la gran hostia en los andes, en los años 70, antes de darse el galletón padre y mirando por la ventana, vieron pasar su vida; como si sus familiares, sus vivencias de niños, sus goles del España – Malta y el primer beso en la sesión de tarde de Liberty lo saludasen al unísono: ¡Hola, aquí tu vida! Hemos venido a anunciarte que de esta no te salva ni el Tato. Así que reza lo que sepas, cierra los ojos y déjate llevar. Chispum.Se la petaron, vaya si se la petaron. Pues yo igual, sabía que de optar por los Beatles, mi relación sufriría un paraplís (Berta diría: ¿Los Beatles? ¿Los Beatles? ¿Pero qué coño los Beatles? Anda que eres rancio y soso, Nacho…), pero si no lo decía, ya podía despedirme de ser el macho alfa en mi reunión mensual de camisetas negras: mis colegas pensarían que un tipo que ha pinchado a Bustamante en su boda debe pagar, y pagará, las cervezas hasta que un cojón de un meteorito se lleve por delante todo el campo de cebada del hemisferio norte.

Al igual que los supervivientes del vuelo uruguayo que se la comió bien comida en los Andes, vi pasar a mi hombría, pidiendo permiso para bajarse los gayumbos antes de la figurada sodomía. Aaaaah, pensé, si es figurada, aún tengo esperanzas de volver a ser yo mismo. Y cuando pensé que lo peor ya había pasado, Berta tenía un as en la manga… Porculizar, todo un arte.

– ¡Cómo te quiero, cariiiiii…! – Feliz, ella y Bustamante  se me abrazaron, hasta que me faltó el aire, literalmente – Es que ya le había dicho a mis primas que hiciesen una versión en Flash Mob de Cómo tú, ninguna y no sabía cómo se iban a tomar el cambio de planes.

Me volvió a besar, esta vez sola, porque el CD de Bustamante se precipitó al suelo. Lástima que cuando nos compramos el piso no nos diese la pasta para poner suelos de titanio y que el disco se hubiese roto en mil pedazos en ese mismo instante. Pero no, teníamos el salón con cálida tarima, color sapelli, que tan sabiamente había elegido Berta, en consenso con mi hoy suegra y, entonces, aún la madre de mi novia.

 Bustamante sobrevivió al impactos, como los tipos del avión de los Andes, pero ni yo ni mi hombría pudimos hacer nada por evitar el vilipendio público: el día D, a la hora H, cuando una Berta radiante, envuelta en tules y escote imperio (esta es otra de las sabidurías que uno adquiere cuando da luz verde a todo este sindiós del casorio, pero de la que nunca presumiría en un bar, cuando mis amigos hablan del especial Brasileiras del Man, o del supuesto tanga de la camarera, que ninguno hemos visto, pero lo hemos visto todos. O eso nos gustaría. Baba va, baba viene). Vale, cuando Berta dijo aquello de…

 – ¡Sí, claro que quiero…!

Sus primas, perpetrando un atentado musical, comenzaron a cantar y bailar, iglesia adelante. Yo, que hasta ese día desconocía que tenía ojos en el cogote, sentí como mis amigos y testigos de boda se ahogaban en un ataque de risa. Yo, que de chaval coleccionaba los discos de Kiss, pero en vinilo, que eso era ser más malote todavía. Yo, que hacía gimnasia en el cole con mis pelos de punta engominados y conseguía salta el potro sin perder ni un ápice de mi aire de joven resentido con la sociedad. Yo, que cuando me dejaron plantado en la primera fiesta en bachiller me pillé tal pelotazo que aún hoy estoy vomitando Beefeater
Cola. Yo, que cuando me pillaron copiando en la facultad, me levanté y me fui, como si titularme en tiempo y forma no fuese conmigo (pero sí con mis padres,
que me dieron de hostias hasta en el carné). Yo, que en otra vida fui un tipo  r-e-a-l-m-e-n-t-e  duro, me emocioné. Vale ya lo he dicho. Me emocioné, ¿qué cojones pasa? Glup.

– Tranquilo, amor, que estoy aquí… – Berta me cogió de la mano y, limpiándose las lágrimas, se reía de mi inesperada flaqueza.

En la biblia hay un pasaje de una tipa que, huyendo de no sé bien qué asunto, no podía mirar para atrás, so riesgo de convertirse en estatua de sal. Allí mismo, ataviado con mis mejores galas (las que había elegido Berta y mi ya suegra, porque en aquel momento yo ya había pronunciado mis votos, así que era mi suegra), me prohibí voltearme hacia el banco de mis amiguetes. Que se mofasen de mí era una cosa, que lo hiciesen a la cara era otra…

– Nachete, cabrón, esto no se hace… – Sentí como alguien me susurraba al oído y me giré. Era Pablo, mi amigo, el follarín de los bosques que se había liado con Malena, la amiga de Berta, y que no la había vuelto a llamar. Por supuesto, Malena estaba ubicada a tres bancos de él, pero sin quitarle ojo y venga subirse las tetas en el escote imperio de su traje de dama de honor. Porque otra cosa no tendría Malena, pero tetas, como para alimentar al África negra… pero a lo que iba, Pablo me sacó de mi vergüenza susurrándome al oído.

– Evítame el ridículo aunque sólo sea hoy, cojones: ¡no ves que me estoy casando…! – Le espeté, limpiándome las lágrimas, mientras me reía, nervioso.

– Evítamelo tú a mí, porque como hoy me vaya al catre con Malena, me veo haciendo una LipDub de Pablo Alborán cuando me quede en bolas o algo… – sentí como me apretaba el hombro – Has dejado el listón muy alto, tío, muy alto.

– Amigo… – le contesté, con sorna – a ver si follar va a ser fácil, no te jode…

Cuando las primas de Berta dejaron de desgañitarse y destrozar la canción de Bustamante (me oigo y no me reconozco: destrozar la canción de Bustamante. A lo que he llegado por amor: no somos nada…), todos los invitados rompieron a aplaudir, incluido el cura, que para entonces ya había localizado el escote de Malena, cosa que no culpo, porque de tanto que quería llamar la atención de Pablo, los pezones se distinguían desde la estación espacial MIR.

Berta, mi mujercita, me abrazó. Me abrazó muchísimo. Pero muchísimo. No me había abrazado así en la vida, así que pensé que todo había valido la pena: las opiniones denostadas y no tenidas en cuenta, el mareo de sabores de tanto menú degustación para el día del banquete, la infausta idea de hacer los detalles del casorio nosotros mismos (la madre que me parió, maldito el día: doscientos pares de sandalias hawaianas a las que hubo que pegar lacitos y escribir Gracias
por acompañarnos en este día tan feliz. Gracias por acompañarnos en este día tan feliz. Gracias por acompañarnos en este día tan feliz. Gracias por
acompañarnos en este día tan feliz. Gracias por acompañarnos en este día tan feliz
). Todo valió la pena por verla radiante. Por sentirme tan bien y tan

a gustito con ella entre mis brazos.

– ¿Te gustó mi sorpresa de Bustamante, cariiiii…? – Me preguntó entre sollozos.

– Me encantó, Berta. Me encantó… – Los invitados seguían aplaudiendo. El cura seguía cerciorándose de que las peras de Malena eran de verdad.

– Lo dices en serio o sólo medio en serio… – Mi suegra nos hacía fotos a joderla y las damas de honor le colocaban el velo como locas. Tanto se entregaban, que le tiraban del moño un cojón, haciéndole la mirada tirante, con el párpado hacia atrás.

– Lo digo en serio… – Mis colegas se pasaban el pañuelo unos a otros, para limpiarse las lágrimas. Lágrimas de risa.

– ¿Seguro…?

– Claro, seguro…

– Pero si a ti nunca te ha gustado Bustamente, tontitoooo… – Berta musitó una risita.

¿? ¿? ¿? ¡Hostia! ¡Por fin! Y yo que creía que no se había dado cuenta… 🙂 JUST MARRIED, y de lo más bien, qué coño.