El pisito era todo lo acogedor que le permitían sus treinta y seis metros cuadrados de azulejos desconchados, parquet mil veces arañado y su cocina de cuatro fuegos que no soñó ni soñaría nunca con ser una vitrocerámica de inducción. Aún así, cuando nos dieron las llaves pensamos home, sweet home. Era la primera vez que los dos compartíamos algo que no fuese un menú doble de palomitas en el cine, así que las llaves supusieron algo más que un par de metales fríos, con dientes y un agujerito por el que deslizar una argolla y así no perderlas nunca jamás. Dos llaves y un llavín del buzón que significaron que lo nuestro podía ser. Y por poder, podía ser, incluso, para siempre, ¿por qué…? Los cuentos de hadas existen: una presentadora de TVE se casó con un príncipe, esto es un hecho. Vale que no es un príncipe azul (mejor, digo, porque los hombres azules deben ser raritos), pero príncipe es, ¿Qué no?

Así pues, lo de irnos a vivir juntos fue una cosa pensada, meditada, pero sobre todo querida; durante meses hablamos en condicional, con mensajes velados,
tanteando cuántas ganas había en cada uno de nosotros de claudicar en el goce de una cama en soledad, con los calcetines sin elástico en tu caso y la braga
de los domingos por la tarde en el mío. Hablábamos de puntillas, sin querer atosigarnos con las responsabilidades, porque no sabíamos si el amorcito que
teníamos entre manos sería como azúcar glass, un polvillo dulce y nevado que desaparece con la simple brisa de una ventana mal cerrada. Hablar de dar el
paso nos parecía, en cierto modo, darle verdad a lo nuestro, y eso nos aterraba como sólo lo hacen los Reyes Magos cuando tienes siete años y piensas en pleno 5 de enero te mueres de ganas de hacer pis, pero no te levantas porque si lo haces y te ven los de Oriente, puede que se enfadaden y lo mismo le dejan tu Barbie
Peinados Mágicos
y su maravillosa caravana Waikiki Island a tu vecina Marina, la que no te cae bien y, además tiene tantas Barbies que qué haría con una más. Qué haría con la mía, si era mía, me pregunto.

Dicho lo cual, cuando nos mudamos al hogar del amor, la primera de las ilusiones que compartimos fue poner el membrete en el buzón. Lo sé, no se lleva, es
anacrónico, es muy de Cuéntame como pasó y de los Alcántara, pero me sentía tan feliz de estar en la rampa de salida de  mi nueva vida, de mi felicidad elegida, que necesitaba que todo el mundo supiese que en el 4B vivía Dorotea Márquez y Gonzalo López, tan tontos como enamorados. Lo de tontos y enamorados no lo pusimos (en el caso de Gonzalo, por sentido común de raya diplomática; en el mío, por no ser redundante: bastaba mirarme a la cara para saberlo).

–          Nena, ¿en serio? – Preguntó mi chico, reticente a mi entrega, coronando nuestros nombres con corazones palpitantes.

–          En serio… – Yo seguía dibujando, rellenando los corazones con el Bic azul turquesa que me había comprado para las ocasiones
especiales. Y no se me ocurría una ocasión más especial que aquella.

–       Pero, ¿en serio? – Volvió a preguntar, con miedo a herir mi creatividad.

–         En serio… – Los Bic azul turquesa son monísimos de suyo, claro, pero la tinta sale a escape libre, como si la bolita
que frena la carga estuviese bailando el Gangam Style.

Y tan en serio que fue, porque desde el día 20 de octubre, nuestro cajetín del correo es el único que recibe al cartero con una dosis de amor visual (media
docena de corazones chispeantes fue el resultado de mi encontronazo con el boli turquesa) que no necesita más azúcar para todo el día, no siendo que quiera
caer en la diabetes. Soy consciente de que el trabajo de Gonzalo y sus miles de corbatas de Hombre serio – Trabajo serio no comulgan mucho con nuestro membrete del buzón, pero ¡a mí plin, si yo amo a mi Gonzalín…!

–         Doro, son demasiados corazones: los vecinos se sonríen cuando entramos en el ascensor, y no creo que sea por mis calcetines
de rayas…

Los calcetines de rayas, otra de mis grandes aportaciones a la vida conyugal. Acostumbrada como estaba a oír a mi padre decir Lola,
los calcetines los quiero todos negros y de la misma marca, para no equivocarme por la mañana
, pensar en divertir a Gonzalo de pies a cabeza me parecía un

tema capital. Vale que echarse un casi maridito economista, director de sucursal bancaria y con más Ipad+Iphone+Ipod de los que haya comercializado
Apple en su vida (¿Apple no era un señor, no? ¿O si? Que sí, que no, que caiga un chaparrón…) era cosa complicada, pero más lo era que acabase admitiendo que los seis corazoncitos coquetuelos del buzón eran nuestra mejor tarjeta de presentación, la mejor radiografía de lo nuestro, de lo que estábamos poniendo
a andar, y al final no sólo lo admitió, sino que una tarde cualquiera, después de una sesión de Mercadona y un me saca la espina a la dorada, que es para hacer al horno con patatas, en el portal de casa y rodeados de acelgas, leche desnatada sin lactosa, gel de afeitar y papel higiénico doble rollo Hacendado, cogió un rotulador indeleble y añadió ‘LoveU4ever’ al membrete; López & Márquez, sin duda un amor de locura que ni pintado. Para muestra un botón! Uy,
un buzón, quería decir… 🙂