Nadar y guardar la ropa, esa es la clave del éxito; aun así, conseguirlo
nunca ha sido uno de mis fuertes. Desde que decidí empezar a querer a Paco,
porque sí, nuestro amor empezó siendo un ejercicio hábito, que acabó en
costumbre y derivó en cariño, las cosas han ido complicándose lo suyo.
Empezando por mi suegra, por mi cuñada, por el perro de mi cuñada, por las
sesiones de Wii+amigotes en mi salón, y acabando por la curiosa habilidad de mi
chico a la hora de olvidarse de llenar la nevera, lavarse los dientes sin
salpicar el espejo y desayunar sin dejar migas sobre el hule, que por muy de Ikea que sea, es bonito y lustroso, y
con trocitos de magdalena por doquier, adquiere aspecto de mantel con acné y ya
se sabe que el acné nunca le ha favorecido a nadie, ni siquiera a un mantel
plastificado.

La primera vez que nos vimos, allá por los 90, ni él era tan aburrido ni yo
tan jodidamente metódica. Podría decirse que éramos carnaza de idilio, porque
las hormonas y el verano son dos elementos que, a poco que atices, convierten
todo en una olla a presión. Yo, que ahora soy más bien carne de hueso, con poco
sustancia y menos arrobas, en aquel entonces era redonda como los flanes
redondos, como los chupachups Koyak
(los de chicle, que molan más), como los flotadores de patito, como los
barriles sin vino. Él era atractivo a morir. A morir. Bastaba compartir
estancia, sin hablar si quiera, para que la electricidad sacudiese mis
sentidos, inutilizándome la luz de alarma, esa que toda chica trae de serie y
nos advierte de que, de seguir en nuestro empeño de colarnos por lo que sea que
tenemos en frente, puede (digo puede y no sé muy bien dónde estriba la duda)
que nos complique la vida. Así fue, la bombilla de luz de alarma se fundió y
Paco entró en mí para siempre, literal y figuradamente.

Vivir con él es cosa hermosa y complementaria most of the time, pero he de decir que, en días como hoy, que estoy
premenstrual y el mantel sigue con migas de la enésima magdalena del mes, me
pregunto en qué punto, en qué momento pensé que hacerme cargo de Paco y su
atractivo era lo que me hacía falta. Vale que no siempre estoy esperando a que
me baje la regla y, por ende, analizo todo desde el prisma a veces veo muertos, pero supongo que en el fondo, pero en el fondo
de bastante arriba, el que subyace muy en la superficie, donde albergo tantas
ganas como no-dineros para hacerme
con unas planchas GHD, me pregunto
qué hubiese sido de mí si Paco no hubiese aparecido aquel verano, con sus
melenas, sus 501 cortados a media pierna y sus chanclas haciendo flip, flop,
flip, flop, flip, flop.

Porque eso es otra, a Paco le importa una mierda, quizá tres, el
convencionalismo social y puede ir en chándal a un entierro, en pijama al Mercadona y en batín de rizo americano
100% algodón a trabajar. A Paco le importa una mierda, quizá tres, la estética,
la moda y el negro y el azul marino se
matan, amor
. A Paco no le importa nada parecer guapo, y sin embargo lo es.

Vaya si lo es, y mis hormonas, debiluchas y enamoradizas, lo saben, lo sabían y
lo sabrán siempre. Puede que ese sea una de las razones por las que las migas
de las magdalenas del hule de Ikea no
me molesten lo suficiente como llenar su bolsa de deporte PUMA con las cuatro
camisas que ha acumulado estos años y lo mande a remar al puerto de Palos… A
mí, que siempre me ha pirrado jugar conmigo misma a las Barbies, conjuntito va, conjuntito viene, me veo yendo del ganchete
con Don Quién-coño-es-Lagerfeld,
pasando por alto que, de los dos, la que desentona soy yo, porque con esta
tendencia suburbana a usar Sport Wear
en cualquier situación, lo acompañarlo entaconada perdida al dentista, resulta
entre raro y tragicómico.

Mis amigas me dicen que pegamos tanto como un erizo y cuadro de Sorolla:
uno tan mundano y el otro tan celestial. Y no es que Sorolla pintase cielos,
vírgenes y portalitos, que ese era Murillo, pero sus mares invitan a levitar, o
eso dice mi amiga Celia, la autora de tal apreciación metafórica. Vale, ahora
sólo falta saber quién es qué, porque Paco de erizo no tiene mucho (su calvicie
es ya un hecho flagrante) y yo de obra pictórica, cada vez menos (no siendo que
el boceto sea el de un esqueleto cabezón). Anyway,
el erizo y el Sorolla se quieren, se necesitan, se complementan, se enfadan, se
reconcilian, se detestan, se buscan, se alejan, se acercan… se reconocen y
sienten bien teniéndose cerca, uno con sus púas pinchudas y otro con sus
pinceladas concéntricas y archiestudiadas.

El erizo y el Sorolla se han convertido en el dúo Saca Puntas del siglo
XXI, la versión 2.0 del Busque, compare y
si encuentra algo mejor, cómprelo
. El erizo y el Sorolla dejaron de ser dos

para ser uno, y aunque la regla no creo que tarde mucho en bajarme y las hormonas
me tengan el sentido con lo de atrás pa’lante,
mis dudas de qué cojoño hace una
chica como yo con un tipo como él, se disipan en cuanto hundo mi cabeza en su
cuello y respiro lentamente su piel. Un olor familiar y conocido, que me remite
inmediatamente a casa, a mi casa, a nuestra casa, me cerciora que Paco es y
será siempre el hombre de mi vida, el que no llena la nevera, tizna el espejo
del baño cuando se cepilla los dientes, el que tiene una madre, una hermana
(con un perro claramente más apetecible que ella misma) y siembra de migas el
mantel de Ikea. Por todo eso y más,
Paco es y será siempre mi magdalenita de Proust, mi áncora vital y cotidiana,
esa que arrima el hombro cuando las cosas no van bien, celebra mis éxitos, me
ayuda a reírme de mis no aciertos y me hace el
sana, sana, culo de rana
cuando me pillo el dedo en el cajón de las

cucharas. Paco no sabe quién es Lagerfeld,
pero sabe quién soy yo y me quiere así, ciclotímica y turuta por lo menos una
vez al mes. ¡Qué suerte la mía, mamasita…! Ay…