Y  las cosas pasan casi siempre por algo y no seré yo la que lleve la contraria al destino. Si me dejaste, si ya no estás en casa cuando vuelvo del despacho, con la barra de pan del Opencor bajo el brazo y el Hola hecho un canutillo en el bolso, será por algo. Tiene que ser por algo: tanta fatalidad junta no puede suceder porque sí, sin más.

Son demasiadas horas de convivencia, demasiadas noches debajo de la misma manta, respirándonos, oliéndonos la piel, el pelo, los pedos que fingimos no oír pero que sabemos que son del otro porque de mi culo no ha salido. Muchos días de encontrarse, desencontrarse, de echarse de menos, de estar hasta el mismísimo de tropezar en el pasillo tras una bronca. Mucho de todo y de nada, y aun así, abro la puerta de lo que era nuestro hogar y ahora sólo es mi casa, y quiero que bajo un cojón de un meteorito y lo fulmine todo; todo, menos la lámpara Tiffanis de la entrada, que la elegimos juntos, una tarde cualquiera de enero, cuando fuera hacía un frío pelotudo y la lluvia daba por saco sin parar en los cristales. Es lo que tiene el amor de verdad, el que te incinera, te voltea, te duele y te recicla, que no hay frío, no hay lluvia, no hay viento, no hay nada capaz de hacer que las cosas sean siempre grises o negras. Cuando aun éramos uno, aunque realmente quizá siempre fuésemos dos. Dos, nunca peor que uno.

En la facultad de derecho nos enseñaron todo lo importante. O casi, pero se olvidaron de meterme en la cabeza que sobradamente preparada no significa impermeable a la soledad. Leyes, decretos, sentencias, guardias, buenos y malos… conocimientos a dar con una pala, pero más sola que la última rebanada del pan Bimbo, esa que nadie quiere, y mucho menos yo, mucho menos tú: bromeábamos con la idea de que tú eras la corteza del principio y yo la del final, que sólo hacía falta tiempo y hambre para que se encontrasen. Dos tostaditas de pan de molde que aguardan ansiosas el momento de verse cara a cara, por muy resesa y seca la tengan…

Sentada en el suelo de la cocina, con la espalda apoyada en la puerta de la nevera y sin importarme una boñiga si la balda de los yogures está desordenada o demasiado cargada como para no vencer al lácteo peso de ese engañabobos que son los Lactobacilus, me pregunto en qué momento dejaste de necesitar a esta rebanada de paquete familiar, precio especial 1, 99 €. Porque echarte de menos, respirar un aire que ya no huele a ti más que vagamente, hace que nada tenga precio, quizá ni yo misma. Alguien me dijo que lo más duro de una ruptura es la primera noche, cuando llegas a casa y lo que sobra es espacio, porque la ausencia es tan chunga, tan chunga, tan chunga, que aunque la hipoteca diga que mi caca de piso es de 70 m2, en realidad lo que me han vendido es el desierto del Gobi, el océano Atlántico, el Santiago Bernabeu, el monte Pindo, el metro de Madrid y su ciento y la madre de líneas abiertas y por abrir… me han vendido un agujero negro del espacio en el que sólo hay cabida para la pena, el desastre y los no puedo seguir sin ti. Sin ti, no.

Y lo inquietante del asunto es que mi desolación va por rachas, no tanto cíclicas como previsibles, y aun así no encuentro la forma de adelantarme a las crisis y darme al tintorro antes de que me embargue la culpita y el desánimo. Lo sé, el vino no es la solución adecuada, pero entre que lo pienso y no, estoy tibia y  tan fuera de mí, que puedo verme desde un plano zenital, uno de esos que usa Ridley Scott en sus pelis, y que los usa porque hay presupuesto y puede permitirse una cámara que se llama cabeza caliente, me dijiste una vez. Porque tú, además de ser mis cinco sentidos y ser ya demasiado tarde para hacértelo saber a gritos, sabes mucho de todo, de todo menos de mí, que no supiste ver que lo mío no era frialdad con la relación, no era pasotismo, no era no querer evolucionar, no era te importa más tu puto bufet que lo nuestro… sabes de todo, pero no de lo importante, claro que ¡quién dijo que esto iba a ser fácil, joder! El caso es que yo pensé que lo difícil era encajar las piezas del puzle, no fijar el motivo con cola de madera y enmarcarlo. Porque los puzles pierden su esencia cuando se les limita la movilidad de las piezas: un puzle pegado a un tablón de madera no es más que una foto dividida en porciones, como una caja de quesitos El Caserío. Yo no quería ser un puzle, no quería ser una caja de quesitos, pero te quería a ti, y se ve que no supe cómo hacerlo, porque todo se fue a la carajo y no fui capaz de echarte el guante y pedir una oportunidad para demostrar que, algunas veces, segundas partes no sólo pueden ser buenas, pueden ser mejores. Dime que sí, dime que sí, dime que sí, por favor, dime que sí. Pero no dices nada porque no estás y eso si es una verdad como un templo, como un templo grande y solitario de esos que apabullan y te hacen sentir pequeña y vulnerable, claro que, ahora que lo pienso, esa debe ser la función de un templo: ponerte en tu sitio y hacerte ver que sin mí no eres nada. Tal cual, templito mío.

Dice mi madre que lo nuestro era un fracaso a voces, que ya se sabía que un chico chapado a la antigua como tú y una chica tan independiente como yo, no llegarían a ninguna parte. ¡Hay que joderse! No, si va a resultar que la gente que fingía estar encantada de invitarnos a comer, hablaba de lo nuestro, de nuestra historia futuriblemente-hostiable en cuanto nos despedíamos  para volver a nuestra casita, que entonces sí era un hogar mullidito y estupendo al que volver después de lo que fuese, porque allí estaba nuestro epicentro, nuestro quiero estar aquí para siempre.

Ahora que ya no estamos juntos, me dicen que debo aferrarme a la idea de que tendré más tiempo para mí y que aproveche para disfrutar de todo lo que me he perdido todo este tiempo ennoviada. Que disfrute, eso dicen. Que disfrute. No sé si mandarlos a la mierda. Sí, ya lo sé: os mando a todos a la mierda, porque ya que estamos por la sinceridad, he de deciros que cuando habláis de mi relación en esos términos catastróficos y armagedónicos, no hacéis más que mandarme a las antípodas del ánimo. Porque una cosa es que queráis darme un empujoncito, y otra que queráis que aborrezca lo que he conocido, sentido, olido, saboreado, reído y acariciado como felicidad de verdad. Os guste o no, familia y amigos, cuando queréis que odie a mi hasta ahora otra mitad, para salir del atolladero de dolor que hace que el alisado japonés se me vaya al carajo, no hacéis más que darle una bola extra a mis esperanzas de que él va a volver a por mí, subido a un BMW blanco, blandiendo una cajita de Tous con un lazo y una sonrisa amable, conocida y luminosa, para pedirme que le devuelva su lado preferido de la cama, en el que está el enchufe, que así puede poner a cargar el iPhone y tener más papeletas para no olvidárselo por la mañana.

Y es que lo bueno de hablar sola, con la espalda apoyada en la puerta de la nevera, la barra de pan del Opencor bajo el brazo y el Hola hecho un canutillo en el bolso, es que puedo ser todo lo patética que se me antoje porque no hay más juez, más parte que mí misma y mi orgullo tocado de muerte mortal. Porque cuando tengo que salir por esa puñetera y ponerle un rumbo a esta caca que es ahora mi vida, tengo que fingir que estoy mejor, que por más que sienta que todo se va al trasto, soy lo suficientemente lista, preparada y racional, que soy capaz de ver que esto es lo mejor que nos podía pasar, porque lo nuestro era una ruptura anunciada: un chico tan chapado a la antigua y una chica tan independiente, bla, bla, bla, bla… ¿Dónde habré puesto yo el descorchador…?