octubre 2016


 

Me queda lejos el enfado, y me queda lejos, por ende, el desenfado; pero si hay algo que toque los si bemoles a una mamá recién parida, es tener que escuchar constantemente falso-halagos sobre su recuperación tras el parto. Aun con el cono sur dolorido, las hormonas bailando Regetón y un bebé al que no acabas de reconocer como familia del todo, te sientes observada, quizá también tasada, cual vaca en exposición ganadera.

 

Fast Rewind, porplís! Momento flashback al canto, pues. 

 

– Oye, pero te veo estupenda, ¡hay qué ver qué recuperada estás…!

 

¡Ea! Esta nueva mamá que soy yo, tan flácida, tan dolorida, tan inestable, tan melancólica y  tan carente de toda capacidad de defensa, se siente como el orto. Porque no es verdad: no estoy recuperada, no estoy bien, no estoy estupenda, pero, en todo caso, no creo que eso sea un debate urbano, a pie de jardinera en calle peatonal o la cola del súper en hora punta. Acaban de sacarme de dentro un bebé, por el mismo orificio por el que hay días me cuesta ponerme un Tampax: tengan piedad de mí, aunque sólo sea por eso. Lo único que no necesita una mamá recién alumbrada es que alguien le recuerde que d-e-b-e, t-i-e-n-e  y  n-e-c-e-s-i-t-a volver a partir nueces sobre su abdomen. En mi caso en concreto, un algo que ya tengo avanzado, porque jamás he tenido unos abdominales como lavar ropa blanca en la orilla del río Kwait; y aún así: ansiedad y ridículo, que punzante combinación.

 

– Aun estoy hinchada de c*jones, pero es lo que hay.

 

Tocada y hundida, pero sin c*jones, claro, aunque conociendo su peso redondito y pendular cuando una conocida con ‘síndrome de cuñada’ me busca un flotador sobre el ombligo. En ese mismo instante eterno, quiero mandarla a tomar por saco, pero me falta decisión. Así que, y en el penúltimo acto heroico del que soy capaz antes de hacerme pis a causa del esfuerzo y de falta de tonicidad en el suelo pélvico, meto barriga asíííí´, asíííi, asíííi. Con todas y con esas, con las bragas mojadas cual catarata del Niágara, me motivo: yo creo que con esta tortura china, puede que se me borre un centímetro de mi nuevo diámetro caderil. Pero no se borra, y en su lugar, me acomete un ataque de hipo, que hace que en cada contracción del diafragma, me vuelva a hacer pis; y así una y otra vez, y vuelta la burra al molino, que si quieres té, Marité.

 

– Mujer, es normal, acabas de pariiiiir – Te dice la arpía, clavándote la mirada en el ecuador de tu cuerpo.

 

Y como aquel tinglado de Jesús y los delatores: no me judas, no me judas… ¡Claro que acabo de parir! Nadie lo saber mejor que yo, y sin embargo, parece que lo único que me tiene que preocupar es si mi barriga está o no en el sitio que al respetable le apetece. Cuatro kilazos de niños después, raro sería que mi piel no fuese un acordeón, así que no entiendo en qué momento alguien puede pensar que me apetece hacer conversación sobre ello, sobre mi huída autoestima, sobre mi miedo a terminar pareciéndome al maestro Yoda, pero con ombligo y monte de Venus por barbilla. De las barrigas de las paridas no se habla, ni mu.

 

– ¡Calla, calla, qué valor, un niño tan grande: te darían puntos, claro!

 

Los puntos del álbum para toda la vajilla Duralex, cara de culo, me entran ganas de contestar. Pero estoy blandita, indefensa, enamorada de la cara arrugada de mi recién nacido, que por alguna extraña razón me recuerda a Jordi Pujol; lo único que quiero es terminar aquel encuentro, que no debió suceder jamás. Sin embargo, sigo allí, petrificada, esperando a que llegue el gran cataclismo y me ayude a desaparecer. Podría salir por piernas (escarranchada, que tengo por vagina un cojín bordado a  punto de cruz, claro), pero no me muevo de donde estoy, empuñando el carrito y pensando si no sería mejor quedarme en casa, a disfrutar de mi desvencijado ‘yo’ hasta que mis niños me pidan acompañarlos al altar.

 

– ¡Qué remedio: eso, o vomitarlo, porque sin ayuda no salía…! – Arguyo, con retranca en monodosis. Ser gallega da ese qué sé yo de mala milk y ocurrencia, listo para tomar en cualquier lugar.

 

– ¿Y te come bien…? – La lagarta maravillosa que me hace la interview me mira el pecho, segura de que debo tener leche para mí y una manada de manatíes.

 

Yo, que respeto muchísimo la lactancia materna mientras no tenga que ser yo la que tenga que poner la teta, me estremezco y estoy tentada a contestarle ‘me comía más antes, ahora con los niños, el sexo es cuando toca’ (hastaelc*ño.com, mismamente me tienes, chata). Respiro, me sosiego, dejo de temblar por el subidón de azúcar (otra perla del post parto) y me hago un Winona Ryder, cuando le preguntaron si había mangado ropa en los probadores…

 

– ¡Muy bien, muy bien! No hay quien lo pare… – Mentira cochina: tengo acciones en biberones NUK.

 

Y la lagarta de m*erda, que estaba ávida de saber más, se me queda mirando, y me dice:

 

– Ten cuidado con los pezones, que si te los coge mal, puedes acabar con mastitis.

 

¿¡Pero vamos a ver…!? ¿¡Pero qué invento es esteeee…!? ¿¡Cómo se puede ser más hija de una cabra!? Si no es herir, parece, porque no siendo que aquella conversación fuese una lucha de gladiadoras, cuerpo a cuerpo, esperando a que se nos comiese el león, ya me diréis. En un momento de inesperada lucidez, llámale también estoy hasta las gónadas verte el bigote, me quedo mirándola y le pregunto:

 

– ¿Cuántos niños tienes tú…? – Cejas arqueadas.

 

– ¿¡Yoooo…!? – Tic, tac, tic, tac, tic, tac – ¡Ninguno! Es que a mí todo esa historia del parto me pone muy mal cuerpo…

 

– ¡Acabáramos, monina! – La tensión se me funde en risas nerviosas – Así que tu mal karma con las valientes que alumbramos seres humanos es sólo por j*der, nada más.

 

Y la lagarta poliédrica, sonríe porque no entiende a qué viene mi villanía. Sonríe como el niño al que acaban de pillar meando por fuera en el baño recién fregado. Sonríe como la sinvergüenza a la que acaban de poner en su sitio. Sonríe…

 

– Igualito, igualito que los que ven porno en el Plus y después creen que han f*llado la mar de bien.

 

No he vuelto a ver a la lagarta malévola (espero no haya muerto, porque tampoco era para tanto mi desaire), pero ansío con todo mi ser, ya en sus medidas definitivas de madurez y maternidad por partida doble, que se lo piense dos veces antes de atormentar a otra mamá recién parida. No es bien ser cruel y cansina con el débil, háganlo circular. Y sí, no soy la que era: soy la que soy y la que me gusta ser. No soy la chica de ayer, soy la mamá de hoy, por siempre jamás. Con mis cicatrices, mis carnes y mis costurones, pero también con mis niños, que es, al fin y al cabo, lo único que seguro haré bien en la vida. 

 

Nadie que te lo cuente, nadie que te prepare, y sin embargo pasa. Ya lo creo que pasa. Y no de largo, sino para quedarse. Esa sombra gris perla, que no es lo suficientemente negra como para dejarte ciego, ni tan deslumbrantemente blanca que vele la luz dorada que sabes está detrás. El fuego que te quema el alma, te rompe en dos cualquier intención de seguir siendo tú, con tus cosas y tus cositas, pero tú, al fin y al cabo. Porque cuando se ama a entrañas llenas, ya nada es igual que antes; aunque pensándolo bien, a quién le importa cómo eras antes.

A mi cabeza loca, llena de pensamientos locos y atropellados le cuesta datar algo tan intangible como el discúlpeme, caballero, pero yo ya no quiero ser sin usted. Llegaste como llega todo lo bueno, de frente, sin avisar, por sorpresa y sin más artimañas que las propias del que sabe que si algún día tuvo puerto, por ley, debía oler a mí. No soy yo mujer de cortejo, sino de cortesía, y cuando me supe única y deseada por esas manos seguras, me dije: así llegase el fin del mundo. Y no fue un plan premeditado, ni siquiera una estrategia femenina de las tantas que todas sabemos funcionan y no fallan: lo mío contigo fue un zas en toda la boca, en todo el ombligo, en todo lo que quedaba de mí, deseando que ese abrazo no terminase nunca. Inspira, expira, inspira, expira, deseo, vértigo, deseo, vértigo, tic, tac, tic, tac. Qué más da el tiempo cuando lo único que cuenta es el no me sueltes, no me dejes, haz de mí un tú, guardarropa de nuestro para siempre.

Llegaste como un huracán de locura y desventura. Me cogiste con la razón a media asta, el corazón con transfusiones y la piel sin barnizar. Me cogiste en cueros, y así me entregué a ti, a esta historia de lo nuestro que en la que hoy, tantos años después, sigo anclada para asegurarme de que una vez, en verdad, toqué con los dedos el salado sabor de lo bueno. Tantos años después, con aciertos, fracasos, emociones a lágrima suelta y contenida, felicidades extremas y mediopensionistas; tantos días tratando de olvidar lo que no tiene olvido, porque lo que no tiene final, lacerante ironía, nunca termina. Tú y yo no hemos acabado: lo inevitable no tiene cura.

Amarte en silencio y a escondidas, con la sensación desnortada de estar errando por un camino que no siento mío, porque mis pies descalzos, amor desnudo que te sigue, nunca han querido abrir ese sendero. Busco la forma de no pensarte, ya que hacerlo me imbuye en la extraña certeza de que todo lo que hago es correr hacia ti. Y como dardo que hace diana en pleno centro del tapiz, noto como me falla el aire, pecho a dentro; no es no verte lo que me aterra, sino saber que por mucho que mi alma necesite tu abrazo, es el frío lo que me queda. Podría estar dos años y una vida viéndote pasar, pero ni un minuto más sin sentir como me enredas para siempre, sin más. Calor, firmeza, protección, seguridad y atracción, y el que me diga que otros vendrán que bueno te harán, es que nunca han amado en desamor hasta que duela. No es la vida lo que me falla, que tengo una y me prodigo, sino las pocas ganas de vivirla a medias. Es lo malo de haber conocido a la persona elegida en el momento equivocado: que se acaba el momento y se acaba el bocado. Quiero volver atrás, aunque sólo sea para darme cuenta de que no estoy equivocada. Eres tú, soy yo; como abeja a la miel.

En otros besos, en otras manos, en otros cuerpos, en otros lazos; cualquier lugar es bueno, hay que intentarlo. Y sin embargo, nada funciona, porque como la sombra alargada del ciprés manso, siempre que me volteo, ahí está tu recuerdo enmarcado. A sangre y fuego, a amor y juego, monedas de dos caras en las que ganar y perder es una cuestión de ángulo. Recordarte como lo hago me impide avanzar, pero quién quiere horizontes inciertos habiendo lamido el amanecer, beso a beso, trago a trago. Todo lo que venga tras de ti, nunca serás tú, y esa es la venganza amarga del destino, que cada paso que doy, es, sin darme cuenta, un a ver si hoy es el día, a ver si la bola extra sale a mi encuentro; así, hoy por hoy, y todos los días que me resten, porque cuando el amor de verdad te cruza la vía, no hay vagón, no hay mercancías que tan lejos de ti me lleve, mi vida. 
Aquí, en el mismo andén en el que te conocí un día, estoy sentada en un banco, viendo como otras chicas aman a otros chicos, diciéndose cosas de chicos enamorados, tal y como tú y yo lo éramos entonces. Discúlpame si veo en ellos algo de lo que nosotros fuimos, pero como en un Safari, respirando con cautela y contención, en silencio y sigilo, haciendo mía su pasión extenuante, sus besos que saben tanto a despedida, sus te quiero hoy y siempre, por más que pasen los días, te vuelvo a sentir con la vehemencia extrema de entonces, cuando hablar de uno, era hablar de los dos. Cierro los ojos y pienso que lo que ha sido y no fue, pocas trazas tiene de volver de ser. Aún así, me quemo por dentro desando que así sea. Volver a amar como te he amado a ti, dime cómo se hace si no es a tu lado. Ser y estar nunca han sido lo mismo, y mucho menos desde que no estoy contigo. Que alguien me enseñe a olvidarte, aunque sea un ratito…

 

– Pero mami, yo no quiero volver al cole, ¿o es que no te das cuenta…?

 

Mientras le pruebo el uniforme, Nicolás se siente disfrazado de reo. Lo que para mí es prioritario (que ambas perneras del chándal me queden marcadas a idéntica altura), para él son minucias. Con la rebeldía veraniega de pre-alumno de clase de 5 años, se marca un tuerking maravilloso, girándose sobre sí mismo, que acaba, como no, de bruces en el suelo, lamentándose de su nefasta suerte, su caótico sino, su desdichada existencia…

 

– A ver, dime por qué tengo yo que volver al cole si aquí estamos genial en familia, papá, mamá, Lorenzo y yo; aquí tenemos el castillo de Playmobil, la piscina en el jardín y un armario llenito de galletas de dinosaurio por si tenemos hambre…

 

Y lo miro, fascinada, preguntándome si no tendría que mandarlo a la escuela de jóvenes filósofos, porque desencaminado no va. Aquí, en casa, cree tener todo lo que necesita, y me encanta la idea de que así sea, la verdad. Para él, que no tiene límites a la hora de soñar y/o pedir, con la familia, el castillo, la piscina y las galletas de dinosaurio, más feliz que una perdiz, oigan.

 

– Ya, Nicolás, pero hay que ir al cole porque seguro que tus amiguitos tienen muchas ganas de verte y contarte cosas fantásticas del verano…

 

– ¡Que no, hombreeee…! – Mi mayor me interrumpe – Que no quiero, y además, este pantalón es tan grande que parezco el payaso Pocholo.

 

– Es taaaan grande porque no me dejas medir por dónde tengo que meterle a los bajos… – Argumento, sujetando mil y un alfileres con la boca.

 

– ¿¡Y encima me quieres pinchar con esas agujas locas…!? – Ojos como platos, cejas por flequillo y expresión de ahí viene el coco – Yo me las piro…

 

– ¡Eeeeeh…! – Le corto el paso, aprovechando para tranquilizarlo con un abrazo de osa mayor – Los alfileres no son para pinchar niños guapos, como si fuesen aceitunas de aperitivo, chavalito: son para coger el dobladillo del pantalón.

 

– ¡Ah, no!  A mí no me cojas nada con eso que pincha: yo sólo quiero que lo cortes con la tijera y que me dejes en paz…

 

– ‘Me dejes en paz’ es una expresión muy fea, muchachito… – Meneo la cabeza y chasco la lengua, en claro gesto de reprobación.

 

– ¿Dejar en paz es feo? – Inquiere, pensativo – Pues yo cuando estoy tranquilo, me encuentro la mar de a gustito: ¿a ti no te pasa?

 

– Me pasa, me pasa… – Me río, porque el tipo extraordinario tiene guasa – pero pedir a alguien que ‘te deje en paz’ implica que te está molestado, ¿entiendes?

 

– ¡Claro que lo entiendo! – Nicolás pone boca de pez globo, con los mofletes hinchados, y suelta presión con una pedorreta – Pero es que así aun es más genial que te dejen en paz; si primero te molestan y si después te dejan en paz, pues te sientes más que genial todavía: ¿lo entiendes tú ahora?

 

– ¡Perfectamente…! – Convencida de la extraordinaria capacidad que mi mayor tiene para hablar de los sentimientos, me río otra vez – Pero ello no exime que pedirle a quien te está molestando que te deje en paz sea un poco feo.

 

– ¡Pues ya me dirás! – Se encoje de hombros, mientras tira de las perneras del pantalón para no tropezar y darse de bruces contra los muchos juguetes que viven en el suelo de nuestra casa – Entonces que hay que hacer cuando alguien te está dando la murga: ¿invitarlo a tu cumpleaños?

 

– Hombre, no, que lo mismo no cabemos en el jardín… – Mi mayor se queda quiete un instante, momento en que pongo la velocidad Sputnik en modo ON y me armo de alfiler para marcar los bajos.

 

– ¡Chechecheché…! – Mi mayor me corta el paso – ¿Pero vamos a ver, mamita, te digo que no pinches con esa aguja y me persigues igual? ¿Y eso no es feo? ¿Eso no es feo…?

 

Espeluznado, se parapeta detrás del sofá.

 

– Nicolás, ven, cariño…

 

Tic, tac, tic, tac, tic, tac.

 

– Nicolás, amor, ven, que los alfileres son para marcar la tela: n-o  l-a-s-t-i-m-a-n, anda…

 

Tic, tac, tic, tac, tic, tac.

 

– Nicolás, hombriño, ven, ¿no ves que hay que arreglar ese pantalón antes de que empiece el cole?

 

Oigo una respiración profunda, larga y amortiguada. Me quedo mirando al sofá y veo, de repente, asomar por la parte superior una espada láser roja y, a renglón seguido, una careta de Dark Vader. Obviamente…

 

NoSoyNicolááááasSoyTuPadreeeeeee…. – Y mi mayor abandona el lado oscuro, marcándose una marcha imperial espectacular: fiel en tempos, bien afinada y mejor orquestada, porque cuando iba a llegar al chanchanchanchanchááááán, se enreda con el bajo del pantalón (a estas horas ya cual escarpines, forrando la planta del pie) y acaba sobre el xilófono de su hermano, tan bonito como estremecedor (con él se podría versionar la intro del Fantasma de la Ópera en versión punk: no hay una nota que suene como debe).

 

– ¡Ay, c*ño, que se mata…! – Despliego las alas de madre, y antes de que acabe con las gafas, la careta y la nariz en el teclado del xilófono, lo tengo en mis brazos.

 

– Poco le faltó para ver el lado oscuro… – Se quita la careta sin dejar de pasarse la lengua por los dientes – Mírame aquí: ¿me falta alguno? ¿Yo creo que me acaban de caer dos del susto? Lo mismo hay que decírselo al ratón Pérez, porque ya que viene, que traiga dos regalos…

 

– Están todos en su sitio… – Me río y le acaricio la frente – Eres muy listo tú, chavalito.

 

– ¡Claro, sino de qué voy a ser el reyyy de la galaxxxxxiaaaa…! – Y otra vez respiración profunda, larga y amortiguada, seguida de una versión fidedigna y gloriosa de la marcha imperial.

 

– Oiga, maestro Dark Vader, ese pantalón que lleva, taaaan grande, le quita a usted prestancia interestelar… – Constantino Romero, un aficionado a mi lado, palabrita.

 

– No sé que es interestelar, mamita, pero como me claves esa aguja loca en los pantalones, te declaro la guerra mundial… – Y Nicolás, blandiendo la espada láser como torero en la Monumental, intenta incorporarse, al tiempo que vuelve a resbalar con el bajo del chándal, volviendo a darse contra el xilófono de su hermano.

 

– Dark Vader, chico, esto no es plan, ¿eh? – Arguyo, divertida.

 

– Vaya culada, mamita, vaya culada… – Gimoteando, pero muy digno – Mira, te dejo que me arregles los pantalones, pero sin estar yo dentro, ¿vale?

 

– Pues no sé qué decirte, la verdad, porque va a ser difícil… – Hago pucheros, pero me pueden sus ojos redondos de Lacasito.

 

– Pues dime que sí y que no voy a ir al cole: eso si sería la buena vida, no me digas… – Y él también se ríe.

 

– ¡Ahá, bribón! Eso sería la buena vida, ¡acabáramos!… – Le despeino el flequillo – ¿Y tú sabes lo que sería la buena vida para mí?

 

– Mmmm… – Genius on board, already thinking  – ¿Comernos a besos a Lorenzo y a mí?

L                                                                                                                                           L

O                                                                                                          O

V                                                                           V

E                                            E

Permítanme una despedida diabética, a rebosar de sirope y mermelada, porque no puede haber mejor colofón para un relato sobre el síndrome de la vuelta al cole, que una conexión con la vida, de tantos megahercios y tan certeros. No es sólo que los niños vivan contigo, es que viven de ti, empapándose de lo que eres. Hacen suyos tus miedos (Nicolás, ¿en serio es necesario que te tires de esa tirolina?), tus trémulas valentías (¡venga, Lorenzo, venga, echa un pie que tu puedes, amor…!), tus neuras hiperprotectoras (‘chivarse’ es una palabra que se inventaron los malos para que los buenos tengan que guardarle fidelidad y lealtad a sus h*joputeces, así te lo digo. Mamiiii, has dicho h*joputeceeees. Ups, lo siento…), tus porque lo digo yo que soy mamá y ya está. Pero también interiorizan que son tu prioridad, que todo en ti gira por y para ellos. No se trata de que se lo digas, sino de que lo sepan porque lo sienten y disfrutan de ello. Comerlos a besos es y siempre será mi buena vida. Y lo haría de pies a cabeza, sin dejar miguita, aunque para ello tuviese que comerme también el pantalón sin cogerle los bajos. He parido a Paulo Coelho, no me digáis… 🙂

A una mamá molona (y electrizada) la reconoceréis fácilmente en cualquier ambiente, lugar o galaxia, porque hay diez rasgos básicos y maravillosos, comunes a todas ellas, que no pasan desapercibidos. Lo sé, la cosa paritaria y la elegancia marital  me obliga a mencionar a los padres, pero ese, queridos, es otro post que anuncio no tardará en llegar. Hoy, pues, me dispongo a desvestirme (que no desnudarme, que ya no estoy para marcarme un Kim Basinguer en 9 semanas y media), porque nada mejor que un ‘pelotari maternal’ para ver qué ha sido de mí, ahora que ya no soy yo: soy ellos.

  1. Una madre molona (y electrizada) nunca lleva moño, lleva un nido de cigüeña en lo alto de la cabeza. Y no es por gusto, que ya qué más da, sino porque cuando por fin tiene a la prole arreglada para salir, ese breve espacio de tiempo que todo ser humano se reserva para parecerse a lo que un día fue, se ve recortado a un corre-corre-que-te-pillo, a una décima de segundo en la que se mira al espejo, comprueba que no lleva la cara tiznada de  potito/caca/mocos/pegotes de crema del cambio de pañal, y se apaña el pelo con una goma, cual paca de paja seca. Y como las prisas no son buenas ni para arrepentirse, cuando ve que el recogido (¿?) se le quedó hecho un asco, intenta componerlo, pero como la goma está cedida y el forro se ha ido ajando por el uso, dejando el caucho al aire, hace que moverla y/o quitarla, sea un deporte de riesgo. En una lucha capilar, la madre molona (y electrizada) decide que el moño de lado, deshecho y con pelos saliendo por los lados, cual erizo de mar es un look maravilloso para ir al parque, a las rebajas de Primark o la ópera de Viena, llegado el caso. Nido de cigüeña, ojo al dato.

 

  1. Una madre molona (y electrizada) no hace concesiones, se rinde. Y se rinde en defensa propia, porque qué más le gustaría a ella que ser taxativa, tajante, inamovible en sus decisiones. Mano firme, educación garantizada. Pero cuando el agotamiento entra por la puerta, los ‘si no te comes las lentejas, apago la Patrulla Canina’, saltan por la ventana. Ser un SuperNanny de ida y vuelta es un papel muy de una mamá extenuada por la vida en general, no sólo por la maternidad en sí misma. Porque cuando ésta da con sus huesos en la camita, preparando su roll del día siguiente, seguro que no piensa ni por un momento desdecirse una y otra vez; pero, sin embargo, lo hace en legítima defensa, amparándose en la máxima: si no levanto el pie del acelerador, palmo. Si palmo, los dejo mutilados emocionalmente. Con lo qué, poca lógica filosofal se necesita para saber que cuando no se puede con el enemigo, hay que unirse. Que no se mueva, que no se note y que no traspase, pero, una vez más, los niños se salen con la suya. La mamá sabe que no es bien ceder, vaya si lo sabe, pero qué va a hacer, pobre, si a las 19.00 horas mira el reloj y le parecen las 23.00. Never give up, y aun así, give up, porplís.

 

  1. Una madre molona (y electrizada) no va de compras, sale a equipar. Lejos quedan las jornadas hedonistas en las que la tarjeta de crédito tenía el canto afilado como un cuchillo jamonero de tanto dale que dale a la CPV. Lejos quedan los tiempos en los que las tiendas más estupendas eran un lugar de recreo, de puesta a punto y, quizá, bálsamo curapupas y/o curadesencuentros. Porque cuando hay niños en el hogar, una tarde de tiendas significa comprar para e-ll-o-s, casi nunca para mamá. Toda tarde shopping es, entonces, una carrera contra reloj, en la que no hay oportunidades de prueba ni probadores: los pequeños no cooperan en absolutamente nada que no sea elegir si el chicle lo quieren de sabor Cola o con forma de petardo. De ahí que cuando una mamá da con alguna prenda que puede servirle a uno de sus miniyó, lo coja en todos los colores, quizá en dos tallas distintas, por si un día dan un estirón después del Colacao de irse a dormir. Y si de camino a la caja encuentra calcetines y calzoncillos bien de precio y con pinta de no encoger en la secadora, los sujeta con los dientes (ya no hay brazos libres para tanta percha) y se va tambaleando a por la dependienta (quizá a pedir auxilio, claro), segura de que se olvida de algo. Cuando por fin consigue pagar y se cerciora de que sigue teniendo colgados a sus piernas a sus niños, cae en la cuenta de que de lo que se había olvidado era de respirar. La vuelta al cole, el que viene el coco del SXXI, no digo más.

 

  1. Una madre molona (y electrizada) no descansa, cae en coma médico. Y es tan profunda esa necesidad de no ser, dejarse ir en manos de sabe Dios qué cosa agradabilísima que le deja pseudo-inconsciente (creo que se llamaba sueño), que si por lo que sea uno de los niños arde en berridos nocturnos porque quiere beber o tiene ganas de tomar un Frigopie, se incorpora mareada+desnortada+beoda de gaseosa, pero impulsada cual cohete para atender esa emergencia nivel super one. No importa si el meñique del dedo del pie se convierte en un rádar cárnico, siempre feliz de encontrar esquinas de muebles. No importa si más que echarse de la cama, se tira de un precipicio. No importa que la mamá sepa que la sed o la gula de helado de madrugada no son cosa de vida o muerte, porque ella así lo vive. Con entrega y vehemencia, con amor y locura. Con golpes en las piernas al acudir a oscuras. Con toda y con esas, si me necesitas, silba, ya lo dijo el otro.

 

 

  1. Una madre molona (y electrizada) no hace planes, pergeña una estrategia militar. Un día de playa, pongo por caso, no es coger la sombrilla, el bañador y bocadillo de Tapa Negra La Piara y tira millas. Para que una familia con niños pueda ir a la playa, dos días antes hay que ir haciendo acopio de víveres y enseres, mirando la predicción meteorológica, calculando el tiempo de desplazamiento de ida y vuelta y (oh, oh) comprobar en el grupo de WhatsApp de amistades de sus niños si hay algún cumpleaños a la vista, que haga imposible la jornada de toalla y olas. Una vez hay luz verde para emprender la aventura (me río yo de Amundsen), queda por saber si hay que alquilar un remolque o llegaría con hacerse con un séquito de Sherpas para portear los cientos de juguetes voluminosísimos que los pequeños han decidido hay que llevar sí o sí. La madre sabe que tiene que ser firme, que no puede dar ni un paso atrás: todo no cabe en el coche, hay que elegir. Y aun así, les ruego relean el punto 1, 2 y 3, gracias.

 

  1. Una madre molona (y electrizada) no tiene vida social, sale a la calle a cumplir con la de sus hijos. Parece lo mismo, pero palabrita que no lo es. Un sábado por la tarde en una piscina de bolas es la tortura china de la que nadie habla, porque no está bien no alegrarte de la felicidad y excitación extrema de los hijos que te han salido por el cono sur. Tampoco es lo mismo ir a tomar un café que hacer tiempo con la madre de un compañerito, mientras ellos ensayan el numerito de fin de curso, una versión del Hello de Adele, que hace falta cuajo y Sonotone para reconocerla. Así a todo, allí están las madres, sorbiendo el café e inventándose una cordialidad maravillosa, en aras de ‘que acabe de una p*ta vez el ensayo o me sumo al aquelarre, aporreando una botella de anís El mono con un bolígrafo BIC’. El ser humano es un ser social, alguien lo dejó pensado. Nada dijo, en cambio, de las madres, que según a qué hora del día, la condición de ser humano las abandona, para convertirse en walking dead.
  2. Una madre molona (y electrizada) no usa bolso, lo suyo es un paracaídas. Da igual el tamaño del mismo, porque de él se pueden sacar toallitas, caramelos chupados y sin chupar, un sándwich de fiambre de jabalí, un pañal con pis, que no encontró papelera que lo adoptase, una entrada de circo del año pasado, que no se puede tirar porque es muy importante para el mini espectador que tuvo a bien desternillarse con el payaso Pocholo. En el bolso de una madre puede haber de todo, incluso, miren bien lo que les digo, puede estar viviendo una comuna veggie, porque como nuuuuuuuuuuuuuuuuunca jamás se limpia el fondo, vete tú a saber qué hay allí abajo. No es raro, pues, que incluso los niños digan cosas como ‘no, mamita, cógelo tú en tu bolso, que me cosa tocar en lo oscuro…’. Y ese mismo bolso que parece la fosa abisal, puede salvarle la vida a una mamá en apuros, porque cuando hay que cambiar al bebé y no hay cambiador cerca, se le pone bajo la cabecita al angelito, para que no dé con las ideas contra el adoquín, ¡y mano de santo!. Todo sería un cúmulo de buenas ideas y mejores propósitos, salvo por el hecho de que era el bolso favorito, el más mimado y caro de mamá. Era, muy allá lejos, cuando la mamá tenía entidad e identidad individual. Ya no importa, a fin de cuentas, ni ocasión tendrá de lucirlo egoístamente nunca más.

 

  1. Una madre molona (y electrizada) no grita de boca para fuera, lo hace de boca para adentro, como llamándose a los intestinos. En aras de eso que llaman la educación del equilibrio, prefiere crearse una hernia de hiato, tragando bilis, nervios y adrenalina, que dejar que se escape un ‘me voy a c*gar en todo lo que se menea: ¡esos juguetes recogidos a la orden de ya!’. Así que, enarbola un discurso maravilloso, digno del presidente de la RAE, esperando que el aforo la aplauda y regale vítores varios. En cambio, los indios que tiene como niños, se hacen los locos una y otra vez, haciendo que mamá pierda la postura y la compostura. Mal cantando una melodía archiconocida para ellos, el ‘a recoger, a ordenar, cada cosita en su lugar’, la pobre mater se agacha a dar orden en aquel desconcierto juguetil. Sííííí, también lo sabe, no está bien desdecirse, no pueden salirse con la suya, pero son las 19.00 horas y su cuerpo suda y huelga cansancio como de 23.00, ¿les suena haberlo leído por ahí arriba…?

 

  1. Una madre molona (y electrizada) no lee cuentos, se los inventa. Y es por eso que cuando al día siguiente quiere repetir la misma historia, es más que probable que no dé ni una. Los niños son esponjas para la creatividad y, en contraposición a cuando se les dice cien veces que se cierra el grifo mientras se cepillan los dientes y parecen desconocerlo otras tantas, cuando mamá comete el primer gazapo en la narración, no tarda en suceder el: ¡eeeeeeeh, que así no era, mamiiiiiiiiitaaaaaa…!. Y lo que era una sesión mini de cuento antes de dormir, se convierte en una sesión doble, con receso para ‘pis+agua+que venga papá que no le di un beso de buenas noches’. Ellos, los niños, que de todo se olvidan menos de la capacidad que tienen para no dormir cuando han de hacerlo, esperan con los ojos abiertos de par en par a que llegue Morfeo, para llevárselos a lomos de su corcel blanco. De nada vale que la mamá les diga que cierren los ojos mientras le cuentan en cuento, que así es más bonito y la imaginación campa a sus anchas, porque ellos están atentos a la narración y cuando la invención del día 2 no coincide con la del día 1, dan un salto en la cama que parece alcanzan a la lámpara del techo. Ese es el momento en el que mamá cambia de cuento, leyendo con fidelidad teresiana, casi de catecismo,  letra a letra lo que allí se dice. Si caperucita era imbécil e ilusa por hacerle caso al lobo, quién es mamá para cambiar la historia.  

 

  1. Y, por supuesto, y a modo de colofón, debieran reconocer a una mamá molona (y electrizada) porque es rotundamente feliz; a su manera, sin aderezos, con todas la renuncias y los miedos, con todos los conflictos internos y externos. Una mamá molona tiene tatuada en la cara la expresión de ‘me importa un mojón que te guste o no vida, porque es mía y la vivo como quiero’. Con la capa de heroína puesta del revés (llámale mandil, que también aciertas), se hace a su día a día con cansancio supermil, pero sin olvidarse de la ilusión genial que es compartir existencia con los seres que ha alumbrado. Una mamá molona (y electrizada) adora el caos en el que se ha convertido su mundo, porque, sin duda, su mundo son ellos: sus niños. ¡Qué viva la madre que los parió! Faltaría plus 🙂

 

Y sí, queridos todos, no sólo las mamás molonas (y electrizadas) vivimos la maternidad a nuestra manera, tan mestura de tragedia griega y comedia romántica con final feliz; los papás  molones (y hasta las bowlings) también tienen su propia idiosincrasia y su cosa, porque para ellos tampoco es fácil adaptarse a la tiranía maravillosa de tener que estar siempre, y estar para todo. Que mola mucho eso de la familia unida jamás será vencida, pero cuando la cosa es unirse el día de un final de liga, cuando el Real Madrid y el Barça se retan en eso de sólo puede quedar uno, los papás, con remordimientos, se dejan ir en un inconfesable desideratio ‘Manolete, si no sabes torear, pa’ qué te metes…’. De ahí que, coincidirán conmigo, majetes, que hay rasgos comunes a todos ellos, los pilares masculinos del hogar, que lo mismo miman que cambian una bombilla, que hacen filetitos de lomo para cenar. Ellos, los papis, magníficos compañeros de vida y de crianza, ¡cómo mola la gramola, oh, yeah!

  1. Un papá molón (y hasta las bowlings) no lleva barba de tres días por seguir la moda Hipster, sino porque las circunstancias de los lunes, obligan. Recién levantado, tiene que elegir entre afeitarse o dejar que uno de sus hijos juegue a los barcos en la pileta, usando como embarcación el cepillo de las uñas. Lejos de enfadarse, de montarla parda o gritar aquello de ‘caaaariiii, quítame a este niño de aquí, que a este paso no llego tarde, es que voy a llegar mañanaaaa’, lo que hace es mirarse en el espejo, mesarse el mentón, aguantar un codazo en toda la línea de procreación (el mini patrón de barco no se cosca si quiera de la presencia de su padre) y finge verse sentirse genial y ad hoc para el mundo laboral. Sabe que esa negrura facial no encaja con la idea que tiene de sí mismo, esa a la se acoge cada mañana, cuando con los ojos hinchados como dos pelotas de tenis, busca el consuelo en un beso de sus chiquilines. Obvia decir que esos chiquilines son los mismos que dan codazos en las p*lotas, protestan porque el barco se hunde y los mismos que sugieren que hay que comprar cepillos de la uñas con flotador, qué ricura. No es barba de moderno, pues, es una barba de supervivencia.

 

  1. Un papá molón (y hasta las bowlings) no queda con sus amigos, sólo hace planes para quedar. Su WhatsApp está lleniiiiito de birras pendientes y de ‘ya te llamo, tío, y a ver si nos vemos’. Día tras día, semana tras semana desde que se matriculó en paternidad 2.0, intenta retomar un algo de su vida anterior, porque fomentar y frecuentar las amistades son el mañana dejo de fumar de cada septiembre; agotados por la existencia, por el lío mayúsculo y el atrapa-tiempo que se convierte su hogar nada más girar la llave de la puerta, provoca que cuando ve un anuncio de cerveza de esos en los que media docena de tipos sin preocupaciones se ríen, compartiendo pareceres y opinando de todo y nada,  alrededor de una botellita fría, espumosa y gaseosa, se lance a hacer una captura de pantalla con la cámara del Iphone, para poner la foto como perfil de FBK. Y tanta idolatría al líquido elemento (se llama así porque en cuanto te bajas dos, a tomar por c*lo la cordura) no es por sed, que sólo faltaba, sino por sequía social. Si es que no es el primero que ve un capítulo de Friends con su mujer y acaba llorando de la emoción, ¡angelitos…!

 

  1. Un papá molón (y hasta las bowlings) entiende de tejidos y telas más que Amancio Ortega. Podría distinguir con los ojos cerrados un engomado de Babour de un mantel de hule, aunque jamás de los jamases podrá entender ‘¿80 euracos, nena? ¿80 euracos un abrigo para el cole?’. Él, que nunca ha sido de la cofradía de la Virgen del Puño, se sorprende haciendo íntimas aseveraciones para sus adentros, porque no serían, en modo alguno, bienvenidas por la mamá de sus niños. Pensar que le sale más a cuenta plastificar el niño que comprarle aquel abrigo de m*erda, que además de cursi y tieso, le confiere a su hijo un aire de seminarista tope guay, le sale sin querer. Pero no lo dice, se lo calla, porque intuye (el precio del abrigo es una pista), que la tela es muy buena. Que su niño no se va a mojar, que no va a coger frío, que no se va a calar con la humedad de la parada del bus, cuando el sol aun ni ha asomado. Sin embargo, no puede dejar de pensar en las zapas New Balance Running del catálogo de Decathlon, que seguro le quitaban cinco años de encima, nada más calzárselas. Pero papá paga el abrigo, contentito-millón, porque mamá no deja de hacer labor Mormona, dando zanfoña con la idea de que ‘además de clásico, es muy práctico, porque el tejido es transpirable pero no se empapa’. En ese mismo instante, papá ve pasar a un muchacho de instituto con las New Balance Running de sus amores (sí, sí, las del catálogo) y no puede evitar susurrarle, j*dón: ¡Mal rollito, chaval, que esas con la lluvia se te empapan…! ¿No ves la tela? A lo que hemos llegado, se dice meneando la cabeza, y clavándose los dientes largos.

 

  1. Un papá molón (y hasta las bowlings) no ve Juego de Tronos, lo protagoniza. Nada como ver cómo los niños se apoderan del sofá: tal cual los hubiesen parido en él, mismamente. De nada vale que papá, cansado como una sombra, arrastra su cuerpo serrano hacia el descanso del guerrero, para que alguno de los niños exclame ¡Chechechechééé, que no me dejas ver Ricky, Dicky, Nicky y Dawm…! Y el padre, que ya no tiene fuerzas ni para decirles las cuatro que se merecen, se acurruca a un ladito, con el reposabrazos del sofá reventándole la riñonada, quizá haciéndose el muerto, queriendo estar sin ser, para que, por lo menos, mientras la serie de los c*jones (improperio textual) termina, él pueda dar una cabezadita. Oh, oh. Pero como lo de dormir en un salón con dos niños es imposible no siendo que te hayas caído desde la mesa, mientras cambiabas la bombilla de la lámpara del techo, el pobre papá molón, más hasta las bowlings que nunca, siente como algo perfora el agujerito nasal, pasando a ser boquete. El bebé, que aun no entiende que porque pueda hacer algo, tenga que hacerlo, aprovecha que papá está con los ojos cerrados para hacerle esnifar un cañón pirata de Playmobil. No es raro, entonces, que la madre, desde donde quiera que sea que está haciendo algo que nunca es para ella y su operación pre-post bikini, tenga que intervenir, haciendo reparto del Kingdom: Niños al sofacito y papá en el sofá grande, ¡y ni una palabra más, eh, ni una palabra más! El padre, feliz, se repanchinga a todo lo que da la largura del mullido sofá, pero con un ojo abierto, porque sabe que el enemigo, un tipo mal humorado y con acondroplasia, puede atacarlo en cualquier momento. Game os Thrones, season 6 es un juego de niños, palabrita…

 

  1. Un papá molón (y hasta las bowlings) no hace deporte, corre para alcanzar a las fieras. Se acabó el armarse de Ipod, zapatillas ligeras, Gatorade y barrita energética. A un hombre que ha sido padre y personifica el ‘yo no ayudo a mi mujer, yo crío a mis hijos con ella’, sabe que una jornada de jogging puede empezar en cualquier momento, lugar o circunstancia, porque si a los niños les da por escaparse, empieza la maratón. Porque es cierto, hay niños escapistas. En serio. Los padres lo saben, porque las madres que los han parido le han otorgado el cargo y mérito de perseguidores de los mismos. A la voz materna de ‘Paco, c*ño, mira ese niño dónde va ya…’, siempre le sigue un padre a toda leche, corriendo a todo lo que le dan las piernas. Rodilla contra pecho, rodilla contra pecho, rodilla contra pecho. El papá molón (ya sin aire y sin bowlings) engancha al niño por el cuello de la camiseta y le susurra (jadea, más bien) ‘como te vuelvas a escapar, te ato con cinta americana un poste de la luz’. Y lo dice bajito, porque no tiene fuelle para mucho más; pero lo dice bajito, también, porque en aras del cuidado excelso que hay que prodigar a los hijos (incluso a los que parecen concebidos por el mismísimo Satanás), sabe que no puede amenazar con tortura adhesiva a un menor. Puede maltratarlo alimentariamente una pianola de Donuts de chocolate para ir al parque (lo hemos visto todos, no me digáis que no), pero no puede decirle en alto que le va a limpiar el bigote de un soplamocos, porque se le echa encima la Benemérita. El papá molón lo sabe y lo entiende, por eso este año por navidad, le va a pedir a mamá que le regale un inhalador de Ventolín, para que su capacidad alveolar mejore, siempre en consonancia a la velocidad punta de su hijo, con la función Correcaminos en modo ON.

 

  1. Un papá molón (y hasta las bowlings) engorda, pero no por sedentarismo, sino porque se convierte en coche escoba. Toda cuanta sobra hay por casa (no necesariamente en la cocina, vale también sillones + estanterías + pileta + mochila + cajones +abrigo) acaba siendo pasto de su hocico. A la orden de ‘papi, cómete esta galleta de dinosaurio, que el niño no quiere más’, el cabeza de familia se enjareta el animal prehistórico, sin decir ni mu. A renglón seguido, el bebé decide que es una buena idea mojar pepinillos en el Danonino, y como la combinación es de gusto dudoso, ofrece a su papá el manjar. Por supuesto, el padre abre la boca, aún con migas de dinosaurio, y se lo come también. Con la sensación extraña de haber estado de tapas, se va a la cocina a por un vaso de agua, pero algo le dice que va a tener que beberse un vaso de refresco tropical que alguien ha decidido abrir, pero sin mucho éxito. Sin darse cuenta, quizá en legítima defensa, el padre se lleva la mano a la barriga, como lo hacen las embarazadas primerizas. Piensa que no es que esté gordo, es que lo engordan, como a los pavos en fiestas. Contempla su reflejo en el cristal de la ventana y piensa que, como el chiste, está a dos kilos de que lo proteja Green Peace. En ese mismo instante, aparece por la puerta la madre, con una caja de chuminadas dulces, que dice se las han regalado, que saben a rayos, pero que seguro a él le gustan. Y, por no hacerle un feo, vuelta la burra al molino. Gracias, Dios mío, por hacer pantalones tipo cargo, con tallas amplias que no aprietan los c*jones, se dice mientras mastica a dos carrillos.

 

  1. Un papá molón (y hasta las bowlings) no sabe ninguna canción de Sia ni de Rihana, no siendo que haya una versión para niños. Da igual que la vida útil (e insoportable) de un CD, porque la música infantil se graba en titanio, para que sea irrompible. Dice la leyenda, que si nos acomete el fin del mundo, sólo nos sobrevivirían las ratas y las cucarachas; un padre molón apostilla que eso lo escribió un tipo sin hijos, de lo contrario sabría que también sólo lo haría un mancha de potito en tu camisa favorita y un compacto de los p*tos Cantajuegos. En trayectos de no más de veinte minutos, en coche puede sonar mil doscientas veces ‘Juan pequeño baila, baila, bailaaaaa, Juan pequeño baila, baila, bailaaaaaa’, y cada vez que lo hace el hijop*ta, el padre siente como un escalofrío enorme le recorre el espinazo. Ganas tiene de tirar el disco por la ventana, pero luego se acuerda que los niños estarían llorando a todo pulmón hasta llegar a casa, y se le pasa. En un momento dado, paran en un semáforo, y oye como desde la intimidad compartida de otro vehículo, una pareja escucha, relajadamente, a Sabina. Los mira y piensa, deberían hacer carriles específicos para gente normal, que luego se juntan con los que estamos zumbados, y tenemos pesadillas…

 

  1. Un papá molón (y hasta las bowlings) no se ducha, se enjuaga. Lo que antes era un rito de iniciación para pertenecer al género delfín (35 minutos de aseo, un clásico tardío juvenil), ahora es un one, two, three:  agua, gel… ¿pero tú qué haces aquííííi´? ¡quítate los zapatos por lo menos! En cuanto mamá oye zapatos y ducha, se le ponen los pelos como escarpias, y entra en el baño a poner orden. Riñe al niño (hombre, claro) y riñe al padre (hombre, claro), y no le riñe al Espíritu Santo porque sabe que sus niños llegaron de otro modo, el que, por cierto, da lugar al siguiente punto del decálogo. Con un niño cuyas zapatillas hace chofchof y una madre que piensa que aquello está orquestado para desequilibrarla, el padre molón hace girar el grifo de la ducha, aún con restos de jabón en la cabeza, seguro de que tiene que haber otra forma de no ir oliendo a trabajar. Sabe que hay limpiatapicerías ecológicos: el disparate y el cansancio son una combinación exterminadora. IdeasPeregrinas.com

 

 

  1. Un papá molón (feliz de tener bowlings) quiere darles a éstas una alegría de cuando en vez, y tener niños no lo hace fácil. No digo que imposible, porque de algún sitio y ayuntamiento han salido sus hijos, pero cuando hay críos en casa, dar rienda suelta a los instintos, es una odisea digna de Ulises. No es tener ganas (que por ahí no va la cosa: de apetito, bien, gracias), sino ocasión. Porque sabedor de que el aquí te pillo, aquí te mato sólo pasa en las películas y en los botellones, toda su magia sensual se reduce a un ‘mami, tú espera, que verás…’ Y como un adolescente que le tira los tejos a la profe cachonda, el padre molón sonríe, pícaro, a la madre de sus niños, porque sabe que esa interjección no es sólo una invitación, sino un preliminar. Así, con pequeños dardos con doble sentido, juguetón y, obviamente, resignado, va allanando el camino a lo que, p-o-r  f-a-v-o-r, tiene que ser una noche de intimidad conyugal. Sabe a ciencia cierta que no siempre es una cuestión de intención, que después hay factores (toses, fiebres, pises, dragones que escupen fuego desde el armario…) y factores (cansancio), todos ellos parte activa en el sexo, no sexo, he ahí la cuestión. Porque cuando por fin el papá molón se las da de playboy, ya en la cama, esperando a que su mujercita (ahora no mamá, que están en su momento de intimidad robada), se acurruca en el lado fresquito de la sábana, cogiendo la almohada como si fuera un salvavidas… ¡y adiós, muy buenas! Más frito que un chicharrón, dormido como un lirón. Su mujercita llega, con ánimo coqueto, y lo ve durmiendo a todo gas. No lo despierta, no lo molesta, sólo lo arropa y le besa la cocorota. Sabe que está cansado como un jornalero. Mañana es otro día, lo mismo vuelven a tener oportunidad. What kind of happiness are you looking for? ¡Ésta, sin duda!

 

Y, por último, reconocerás a papá molón (y hasta las bowlings) porque nada hay que le mole más que estar con su prole. Sacando a relucir su lado macho alfa, pasea a su familia como si fuese un trofeo, sabiendo que, por c*jones, tienen que ser la envidia de todos. No sabe cuánto de buena vida llevan los demás, pero intuye que los hay hasta que llevan vidorra. La suya es una existencia de desdoblamiento (que no renuncias, porque lo hace de buen grado), y le gusta tal y como es. Con la sensación de descontrol, de locura, de desorden, de lloros y gritos a cualquier hora; pero también de guerra de besos, de papá te quiero mucho y ¿sabes?, les dije a todos los de mi clase que mi padre es el mejor. Todo sabe bien, y bien está, incluso no tener ya ni equipo de fútbol al que seguir, porque para eso también hay que tener tiempo y constancia. A un papá molón (y hasta las bowlings) lo reconoceréis, no me cabe duda, porque sabe cómo hacer felices a los que le quieren. Ellos son los number one.

 

Forrar los libros.

 

Así, en párrafo aparte, con protagonismo y dramatismo propio, porque la cosa lo merece y lo requiere. No piensen, queridos lectorcitos aun sin niños que meter en cama quieran o no, que el asunto de plastificar los enseres del cole es cosa baladí. Más aun, me atrevería a decir que de baladí no tiene ni la intención, porque cuando el forrito de marras llega al hogar, los papás nos hacemos los longuis, los locos de Cannonball, los ‘vete dándole tú, cari, que yo voy a limpiar los azulejos del baño’. Horror vacui 2.0, o lo que es lo mismo, plastifica como si no hubiese un mañana…

 

– Papiiiii, así noooo, jopetas, que no se le ve la cara a Dark Vadeeeer…

 

Nicolás interpone su cuerpo de hombrecito de recién estrenados 5 años, para que su padre no ponga el plástico sobre la etiqueta en la que reza su nombre, sus dos apellidos y el curso que acaba de inaugurar. Las ganas infinitas que tenía, el pobre, de gritar a los cuatro vientos que está en el aula de los mayores de los pequeños; lo sé, a priori, y si no se está habituado a las conversaciones sesudas con niños, la frase parece un caos sintáctico y lingüístico, pero, créanme: es tal cual. Pertenecer a la élite de la clase de 5 años les otorga superpoderes de veteranía en vete tú a saber qué, eso que provoca que cuando pasan al lado del aula de 4 años (que acaban de dejar en junio), se hinchen, sacando mini-chulería goyesca, como diciendo: sitio, muchachos, que aquí pasa un U.S. Marine.

 

– Nicolás, ¿quieres dejar de meterte por el medio? – El (im)paciente padre lucha con su resorte interno, con su dispositivo de autopropulsión, para no mandarlo todo al carajo – Si no te apartas, esto va quedar fatal…

 

– No se dice ‘te apartas’, ¿o es que no lo sabes…? – El mayor sigue en sus trece de no dejar que su padre le pegue el plástico a Dark Vader en todo el casco – No me pongas esa cosa encima de la pegatina, jooooooooooooo…

 

– ¿¡Peroooo…!? – Oigo desde la cocina, donde lucho porque el bebé haga de las baldosas un arenero, esparciendo el pan rallado como si fuese confeti – ¿Quieres sacar ese escudo de ahí, carambaaa?

 

– Pon ahora esa capa brillante, papá, que Dark Vader ya está protegido…

 

– Nicooooolááás… – Intercedo desde la cocina – Haz el favor de cooperar, que papá está forrando el libro para que quede chulooooo… – En se mismo instante, el bebé descubre que las pastillas de Avecrem y las de chocolate guardan cierto parecido en cuanto al color, a la forma, pero no al sabor…

 

– AjjjjjcoNooooCalateNoMamiCalateNoooooo* – *Asco. No, chocolate, no, mami, chocolate, noooooo. Si algún día los extraterrestres mandan un mensaje cifrado, que manden a una madre a interpretarlo: no hay código que se le resita, palabrita.

 

– Pero mamita, es que no está quedando bien, está quedando de globoooo enorme, hombreeee…

 

Mi mayor protesta, y oigo como sus pies encalcetinados (somos de las tribu ‘Pinreles descalzos’) se aproximan a la cocina. Miro al bebé y me pregunto cómo voy a controlarlos a los dos a la vez, cuando en pocos meses hagan cuchipandi para las correrías, las trastadas, los arrumacos, las pataletas y los no me quiero bañar, no me quiero peinar, no me quiero dormir. Pienso en el Red Bull y creo que yo no necesito alas, necesito un generador de corriente, como los que llevan las orquestas de pueblo.

 

– ¿Qué pasa, amor? – Me agacho, para hablar con él mirándole a los ojos, dándole la relevancia que merece el asunto – Cuéntame.

 

– Paaasaaaa que papito está luchado con el plástico de los libros y no sabe que no hay que hacer un globo, que hay que ponerlo así, muy para abajo…

 

– Eso no es del todo verdad, eeeh… – Protesta el paciente padre desde el salón – Lo estoy solucionando…

 

– ¡Estamos trabajaaaando en eeellooo…! – Me río e imito a un quién que dijo un cuál cuando vistió la tierra de las libertades, las hamburguesas y el idioma universal – ¿Pero ganas tú o gana el forro, papi?.

 

– GanaElCoñoPapiiiiiii…* – El bebé se tira encima de mí y de su hermano, riéndose a todo lo que le dan los mofletes maravillosos de su cara maravillosa.

 

– El forro, Lorenzo, el fooooorrooooo… – Me río, y por ósmosis, se ríe el mayor, sin saber muy bien a qué es debida mi hilaridad. No tiene malicia aún para según qué entuertos y qué palabrotas, cosa que me congratula.

 

– Todo eran risas hasta que nos dimos cuenta de que el tartaja quería jamón… – Protesta el padre, con un chascarrillo, desde el salón – ¿Puede alguien venir a ayudarme, por todos los Santos…?

 

– ¡Voy!

 

Y digo voy por no decir ya me dirás, porque sé, a ciencia cierta, que mi ayuda va a ser catastrófica. Con dos niños colgados de las piernas, mi habilidad se va multiplicar por dos. Si tener imán para lo imposible es en mí un estado natural, en emergencias nivel Dios, la cosa puede acabar en un vídeo viral. Así a todo, allá voy: el maridito me necesita.

 

– ¡La Virgen…! – Exclamo, con la mirada clavada en el libro de mi mayor.

 

– Ya, ya… – El paciente padre le da a la cabeza, dándome la razón – Pero dime algo que no sepa.

 

– ¿Ves? ¿Ves? ¿Ves, mamita? – Nicolás se mete entre nosotros, tomando protagonismo – ¡No es un globo: ahora es un globazo…!

 

– EsUnPolvazooo… – Bebé dixit.

 

– Glo-ba-zoooo… – Padres al unísono dixerunt.

 

– No, ya no… – El mayor inquit.

 

Y así, latineando que es gerundio, vemos como el bebé clava una uña al globo magnífico de forro, que segundos antes hacía de la portada de ‘Letrilandia 5 años’ un invernadero de tomates pera. Chsssssss. Aire fuera, ampolla de plástico cedida y operación forrado de libros en modo stand by.

 

– ¡Ostras, papito! Lorenzo sabe forrar libros supergenial, ¿a que sí?

 

– ¡Nos ha j*dido! Mucho mejor que ninguno de nosotros: no hay burbuja que se le resista.

 

– ¡Y además, mira, Dark Vader ahora tiene un edredón para esconderse!

 

El padre y yo, resignados a que, por mucha inteligencia emocional, doméstica e intelectual de la que presumamos, la combinación rollo de protector adhesivo + prisa nos va a recordar con frecuencia cuáles son nuestras flaquezas y debilidades; así pues, vemos como la etiqueta nominativa que tan amorosamente había cubierto el mayor con su proto-escritura, para lucir espectacular en la portada su primer libro de lectura, se había quedado agazapada bajo un amasijo de plástico rugoso, a modo de caverna.

 

– ¿Volvemos a empezar, mami…? – El padre, tres desole, inquiere.

 

– Ni de coña, no quiero pensar en que al tirar del adhesivo, se nos quede la portada pegada al plástico…

 

– EsUuunBlosishoooo* – Es un bolsillo*, puntualiza el bebé, aprovechando para meter dentro el cuerno de un casco que algún día fue vikingo.l

 

– Eeeeeh… – Interviene el padre – Que una cosa es que el forro haya ganado, y otra que nos dejemos invadir por las hordas enemigas.

 

– Papá, no digas gordas, que dice mamá es de mala educación decir gorda a una gorda.

 

– Hordas, hijo, hordas… – Y los adultos presentes, nos reímos a pulmón loco.

 

– Mamita, ¿qué tal si le pegamos encima una careta de Yoda…? – El mayor, con los ojos como Lacasito – Total, el maestro ya tiene la cara tan arrugada como mi libro…

 

– Me parece la idea más colosal del mundo mundial: eres un maravilloso genio creativo – Le beso la nariz, y apostillo – Y papá es el mejor forrador del mundo mundial…

 

Y, a renglón seguido, repite el bebé:

 

– Follaaadooooorrrrrr*

 

– ¡Forrador, Lorenzooooo, foooorradooooor!

 

La familia que se troncha unida, jamás será vencida. Bienvenidos todos a mi vida cotidiana, pónganse cómodos, la estancia será siempre grata… ¡y adhesiva! 🙂

No es lo mismo educar que criar, como tampoco es lo mismo disfrutar que sobrevivir. Cuando ya nada depende de ti como ser plurineuronal, capacitado para tomar decisiones de manera individual, sabes que tu abnegación de madre ha cantado bingo. Antes, no me acuerdo muy bien cuándo, pero, en todo caso antes de ahora mismito, cuando me apetecía desayunar a reloj suelto tic tac tic tac, emulando un huevito de dinosaurio, con las piernas recogida sobre mí misma, mientras de fondo sonaba Regatón, pues lo hacía sin más. Sin contemplaciones, sin planes previos, sin renuncias y, ofcors, sin prisas. Ahora, queridos todos, fantástico es el día en que puedo desayunar sentada de medio culo: el otro medio siempre está preparado para salir corriendo a la voz de mamiiiiiiiiiiiii.

– Pues yo no quería esto, eh… – Mi mayor me insta a que le aparte el Colacao, que no ve la tele.

– Desayunar no es una opción discutible, amor… – Y vuelvo a poner el vaso de leche en su sitio – Quiero ver el vaso vacío.

– Ya, pero yo sigo sin querer esto… – Y otra vez, barrera humana.

– Ffffffh… – Suspiro-bufo, sabiendo que perder los nervios no se me da bien. No me sienta bien. No acaba bien – Vamos a empezar de nuevo, muchachito. Te dejo aquí el desayuno, sería maravilloso que te lo tomases antes de que perdamos el bus.

Me retiro a la cocina, un lugar en que suelo encontrar refugio cuando necesito respirar hasta todos los números del cosmos, antes de explotar. Lo sé, una negativa a ingerir alimento de buena mañana no es el motivo de mi conato de ‘estoy hasta el c*ño moreno’, es la a-c-u-m-u-l-a-c-i-ó-n de negativas a no ingerir alimento de buena mañana lo que me tiene minada perdía. Mientras tanto, en otra esquina del salón, el bebé quiere comer un gusanito de maíz, olvidado bajo un sofá. Lleva un rato intentado salirse con la suya, metiendo hasta un palo de golf para ver si le ayuda en su golosería.

– Mamita, el sofá grande mordió el brazo de Lorenz…

– ¿¡Pepepepepéééé…!? – Oigo como el paciente padre se persona en el lugar de los hechos, alarmado, con seguridad, por la desconocida capacidad de nuestro sillón para deglutir brazos de niños.

– EsunsanitomíoesdeLorenzoooo*

Es un gusanito. Es mío. Es de Lorenzo*

Y con eso, debería quedar todo dicho, y al carácter de mi bebé me remito. Es un gusanito y es suyo, que si no queda claro, se llama Lorenzo. Aunque mis miniyó han salido del mismo horno (quizá no la misma puerta: parto y cesárea, oh yeah), cada uno es un universo colosal en sí mismo. Se parecen lo mismo que un calabacín a un jamón de Huelva. Actúa, sienten, reaccionan… y comen, cada uno a su bola Manola. El mayor es un gourmet del asunto, el pequeño es bipolar gastronómico: puede que sí, puede que no y, puede, que incluso todo lo contrario. Esta mañana, sin embargo, jalarse un gusanito seco como reliquia de San Apupurcio mártir, es plato de gusto. Eso, y dejarse el brazo atascado entre el sillón y el parquet, claro.

– ¡Lorenzo, hijo, pero cómo…!

Y tampoco termino la frase, porque para qué. Me limito a colaborar con el plan de rescate, basculando el sofá para que la excarcelación sea exitosa. Ya con uno de los laterales del mueble volando (el del lado del padre, obviamente, que mi forma física empieza a ser de Wonder Woman, pero en todo caso, aun en prácticas), el bebé, ya con el brazo liberado, ve vía libre para meterse de cuerpo entero bajo el sofá: esungusanitomíoesdeLorenzoooo*, hagamos revival. Ya con el gusanito en el buche, nos mira y sonríe. Nos mira y sonríe, y lo hace como sólo lo pueden hacer:

a)       Damian, el prota de El Resplandor

b)      El Jocker de Batman.

c)       O Lorenzo, el galán más hermoso que ha parido madre.

– Pero papáááá, ¿le estás poniendo el sofá de sombrero al bebééé…? – El mayor, fascinado por la fuerza ignota de su padre y porque en medio de aquel sindiós nadie (nadie soy yo, gracias) repara en que no se ha tomado aun el Colacao, tiene los ojos abiertos como dos tapas de alcantarilla.

– Que no, hombre, que no se lo pongo de sombrero: es que le estamos haciendo una guarida de león… – Y papá deja caer el sofá a su lugar de origen, aprovechando para acariciar la cabeza del bebé, que trata de hacer digerible el gusanito que por fin tiene en la boca.

– Dirás de leoncito, papá, que Lorenzo es pequeño, jovetas… – El mayor reclama su momento Paulo Coelho – El león grande soy yo, ¿o no me ves el músculo de jefe de la manada de la casa?

Y cuando quiere lucir bíceps envidiables, da un golpe al vaso de Colacao, que se precipita, mesita adelante, empapando la carpeta de documentos de papá, esa que nunca está en la mesita de desayunar, pero que hoy, por necesidades de guión matinal, tuvo que dejar sin vigilancia mientras liberábamos al come gusanitos y su brazo atascado.

– ¡No me j*das…! – El paciente padre, que sigue siendo padre (el mejor), ya cada vez menos paciente (y no es para menos), se tira en plancha sobre la carpeta en cuestión, que rezuma leche y grumitos de Colacao por doquier.

– Tan cansada que estoy, que ni aunque te insinúes… – Hago chascarillo-rompe dramas, porque el pobre está desolado. Madrugar y ser feliz suelen ser dos términos de difícil coyuntura en él, pero si a esto le sumas la inacción del bien del hogar, el resultado es demoledor.

– Mira, mira, mira… – Se hace un silencio, mientras el padre mira al mayor, aun con los ojos como tapas de alcantarilla, pero ya por muy otros motivos – es que, es que, es queeee…

– Papi… – Llamo la atención de mi maridito – Te falta una.

– ¿¡Cómo…!? – Me mira, contrariado, buscando con qué adecentar su carpeta de documentos, que aún tiene aspecto de suelo lunar, toda cubierta de grumitos de chocolate soluble.

– Que te, que te, que te… – Y hago volar la palma de la mano, cortando el aire como un remo.

– ¡Quetequetequetequeroooommmpapááááá…!*

Quete, quete, que te quiero, mmm,  papá*.

Y el bebé, que nos ha salido de caracterquetec*gas.com,  pero cariñoso a morir, se echa a las piernas de su padre, seguro de que, sea lo que sea que se cuece allí, en el salón de casa, aun con las luces encendidas porque es casi de madrugada, alguien necesita cariño y comprensión. No hay mal que cien años dure, y si hay niños en casa, ni tiempo para hacerte las curas: ¡Palabrita!

– ¡Auuuuuuyyyyyyy…!

Y el paciente padre y yo miramos al mayor, que en un alarde de unirse al aquelarre de arrumacos padre-hijos, se dado con la esquina de la mesa en todo el pie; los niños tienen un arcángel, que ríete tú del de los gatos y las siete vidas, pero cuando hay esquina y hay pie, hay h*stión en todo el meñique. Sabemos, por experiencia empírica y porque su cara es tal cual el cuadro de Munch, que allí tiene que haber pupa.

– No me toquéis mi dedito, que se me quiere caer… – Llanto monumental, no es para menos – ¡Ay, que se me quiere caer mi dedito, cómo me duele mi deditoooooo…!

Y el pequeño, que ve que hay mondongo sanitario, se acerca al mayor para hacer un sanasanaculitoderana, y, en lugar de ver cómo lo reciben con los brazos abiertos, el mayor cree que le va a tocar el dedo, y sin querer-queriendo, le da una patadita en la barriga, que hace que el pequeño vomite tooooooooooooodo el biberón con cereales, las dos galletas y, no se olviden, el gusanito reseco que originó este Tsunami de despropósitos.

– ¡No me j*daaaaaaaaaaas…! – El paciente marido, cual prima dona.

– Ya te dije que no, papito, no insistas… – La pomposa madre, cual sexi-remilgada Bombi ¿por qué seráááá?, del extinto ‘1, 2 ,3’. Otra vez chascarrillo no apto, por aquello de restar tensión negativa.

Y los dos, papá y mamá (o lo que queda de nosotros aunque sean las 07:25 in the morning), nos dejamos caer sobre el mismo sofá que minutos antes devoraba el bracito del bebé. En silencio, con más ganas de no ser que de ser (sería mucho más fácil: Walking Dead somos nosotros), vemos como la carpeta de documentos súper importantes de papá está napada ahora con vómito de olor dulzón. Podríamos llorar, gritar, exigiendo y dirimiendo responsabilidades (¿quién es culpable, el de la patadita o que el que vomita?), pero con respirar, mirar el reloj para saber si aún estamos a tiempo para coger el bus o hay que organizar un plan de reparto guardería-cole en nuestros coches, nos tiene absortos.

– Mamita, mira… – Nicolás, feliz, se acerca a nosotros, buscando aplauso – Me dijiste que no me levantase hasta que estuviese el vaso vacío…

Y, cual trofeo de tiro al pichón, nos enseña cuán de vacío está el recipiente. No se lo ha bebido (a la carpeta me remito), no ha desayunado, pero ha cumplido con mi dictamen. Vean aquí, queridos míos, la rapidez a la que funcionan las conexiones neuronales. Cinco años, y queriendo darme sopa con hondas.

– Una cosa os pido a vosotros dos, chicos… – Miro a los niños, me enjugo los ojos, sin percatarme que ya estaba maquillada (Eyeliner corrido = oso panda. Genial, well done!) – Sólo espero que cuando crezcáis no tengáis la desvergüenza loca de decir que no os sentisteis atendidos o queridos o escuchados o lo que sea que os atormente.

– Lo dirán, nena, lo dirán: ¿dónde estriba la duda…?

Oímos en el reloj de pared del vecino (paredes de Pladur, oda a la intimidad), como dan las 08:00. Ya está, hemos perdido el bus; pero allí estamos, los cuatro sentado en el sofá, seguros de que cuando todo este sindiós delirante acabe, cuando criar y educar ya no sea una carrera de obstáculos a contrarreloj, echaremos la vista atrás y diremos, qué vida tan c*jonuda tuvimos, cariño, qué bien lo hemos pasado, lo mucho que nos hemos querido. Aunque ellos, los hijos, siempre tengan reservado un huequito para las frustraciones y los reproches adolescentes. No importa, nos haremos con ellos, aunque sea parapetándonos con la carpeta de los documentos importantísimos de papá, esa que por lo visto, lo soporta todo… 🙂