abril 2016


SUGERENCIA MUSICAL, Las fiestas de mi pueblo, de Puturrú de Fuá

https://www.youtube.com/watch?v=bNO1robH6HY

Parece que fue ayer cuando me estrené en el arte de amar a tiempo completo, y mis niños ya están en edad de disfrutar de festivales, cumpleaños y fiestas de guardar. Así, a bote pronto, celebrar es algo que induce a la alegría, al júbilo, al despiporre y a la algarabía. Pero si previo al evento tengo que sacar a relucir mis dotes como diseñadora de disfraces, la cosa cambia. Es el mismo lobito, pero con distinto pelaje. Fiesta sí, pero mucho más antes que después, porque hay que ver lo sencillo que parece todo el día de autos, y la lata que dieron los ‘donde c*ño voy a encontrar en enero un pantalón blanco y una camiseta térmica de color berenjena’. Queridas profesoras, amantísimas cuidadoras de mis vástagos, este post va para vosotras, que veis siempre súúúúper fáciles y creativas las tareas de vestuario festivaleras Made in Mamita. Me asombra la capacidad del ser humano para ser cruel cuando ve debilidad ajena, ñacañañaca.

– ¿Berenjena…?

Ea. El primer escollo. Si la circular del festival del cole, firmada por la señorita Puturrú de Fuá (usaré un nick name, por aquello de darle anonimato al asunto), dice camiseta térmica, lo normal, y tras mis indagaciones en Google, es ir a Pentathlon, ese lugar donde las mamás sedentarias y vagas como yo somos blanco fácil para las miradas de los hacen cualquier deporte que aún no esté ni descubierto. Vale, me dirijo, pues, a un dependiente que, solícito, me dice que camiseta térmica sí, pero…

– ¿Berenjena…?

Lo dicho: nada es tan fácil como parece. Dado que el muchacho sabe mucho de travesía, de durabilidad en la suela de goma o caucho según la naturaleza del suelo a recorrer, de la capacidad humectante e impermeable del Goretec, no alcanza a comprender la finalidad de tocarle las bowlings con colores de los que, sospecho, sólo domina los primarios. Miro su cara y sé, a ciencia cierta, que piensa que me equivoqué de tienda, que lo mío es Zara o Primark. No se equivoca en absoluto, no obstante…

– Sí, berenjena – Insisto, luchando con el fondo abisal de mi bolso para que me escupa la circular del cole, que a estas alturas de semana, ya tiene pegada una galleta de dinosaurio de chocolate a medio morder por alguno de mis niños.

– ¿¡Berenjenaaa…!? – El dependiente se toca el mentón, como si fuese la lámpara de Aladino.

– Esto es: berenjena… – Complacida de encontrar con la coartada a mi supuesta excentricidad, le señalo la nota en la que la profe me informa de las necesidades para el evento infantil.

– ¡Aaaah, yaaaa, berenjenaaaa…! – El muchacho, que sigue sin saber muy bien qué c*ño de color es ese, pero ya no teme por su vida porque entiende que no estoy zumbada, sino que son gajes de la maternidad en activo, chasca la lengua.

– Ese ‘aaaah’ significa que tenéis o significa ‘aaaaah, ya estamos con cachondeítos…’ – Inquiero con tonillo sarcástico: si no la tienen, ya puedo meterme un cohete en el orto y poner pies en polvorosa hasta que dé con la camiseta de marras. Tic, tac, tic, tac.

– Aaaaaaveeeersiiiiiteneeemooooos…

El jovenzuelo, arqueando las cejas, me deja allí sola, en medio de dos lineales enormes, a rebosar de efectos deportivos. No hay ningún cliente en mi sección, sólo yo y cientos de zapatos horrorosos de serraje marrón con puntera negra, que se antojan el calzado de la YetiCenicienta. Me quiero sentar, pero no hay dónde. Me duelen mis pies y mi no-juanete (ignorarlo es mi plan para seguir sintiéndome femenina, y, aún así, una pupa que te c*gas…), pero no importa. Si Pentathlon tiene la camiseta para el festival de mi niño, así me seccione el pie el corte salón de mi zapato: gangrena, no-te-tengo-miedito.

Miro el reloj, puede que el dependiente lleve buscando en el almacén unos cinco minutos, pero cuando sientes que se te abre el empeine en dos mitades, cunden de lo lindo. Pongo la mente en positivo; se me viene a la mente Guardiola y su técnica de motivación con la cancioncita de Cold Play antes de los partidos importantes. Por supuesto, no me sé la letra canción de Cold Play, pero entre que trato de recordar la melodía y no, me entretengo un rato.

– ¡La maaaadre que me parió…!

¡Zaaaascaaaa! La corriente eléctrica de 220V me la paso yo por las costuras de mis Seamless pants. Si alguna vez habéis tenido un juanete, sabréis de lo que os hablo. Un dolor agudérrimo, fruto de mi espera en vertical, cual estaca de Bares, me sacude de dedo gordito del pie hasta la cadera. Pido con las manos derechas que llegue el muchacho con la camiseta térmica, de lo contrario, voy a tener que comprarme un par de patines en línea para acabar el día.

– ¡Aquí está…!

Desconozco qué cara habrán puesto los pobrecitos de Fátima cuando la purísima se les apareció al salir de la cueva; ahora bien, la mía cuando vi aparecer al dependiente, bien valía una misa. Pobre de mí. Pobre de mi pie. Pobre de mi niño si mamá no encontraba la camiseta para el festival de los c*joncillos.

– Vaaayaaa…

Frunzo el ceño, ladeo la cabeza. Frunzo el ceño, ladeo la cabeza. Miro al muchacho, que, a estas alturas, ya sé que se llama Izan, que lo pone su chapita identificativa. Frunzo el ceño, ladeo la cabeza. Miro a Izan. Izan me mira a mí, y como un monito de esos de los documentales de la 2, frunce el ceño y ladea la cabeza. No me imita, sólo se mimetiza, supongo que en improvisada defensa propia.

– Pero dije berenjena… – El juanete, cosa porculera, me tiene tensionadita de dolor.

– Pues berenjena… – El chico, temeroso de la ira de una madre con la cuenta atrás festivalera pisándole los talones, pasa la mano por la camiseta, como queriendo dotarla de habilidades camaleónicas.

– E-s-o  n-o  e-s  b-e-r-e-n-j-e-n-a-a-a-a – Sentencio.

– Es tal, no lo ve… – Sonríe y veo como le tiembla el labio superior – Berenjena suaveeee, ¿!que no…!?

– E-s-o  e-s  f-u-c-s-i-a, I-z-á-n, n-o  b-e-r-e-n-j-e-n-a-a-a-a – Trato de calmarme, porque qué culpa tiene aquel pobre de que la profe de mi niño vea factible que haya:

a) Prendas deportivas de ESE color

b) Dependientes que sepan identificar cuál es ESE color

– Bueno, fucsia, fucsia, berenjenaaaa… – Pone los ojos en blanco, hace una mueca de a mí qué c*rallo me cuenta y vuelve a sonreír como puede – ¿Cómo lo ve?

– Yo lo veo fucsiaaa, abogadooo… – A estas alturas de dolor, ya soy Robert de Niro en ‘El cabo del miedo’. Lo miro a los ojos, intentando que se esfuerce tanto como yo, que estoy muriendo de un ataque de juanete, en pro del disfraz de no sé muy bien qué para el espectáculo escolar de mi niño – ¿Posibilidad de algo más intensamente berenjenaaaaa?

– Ni la más mínima, señora… – Izan me zampa en el regazo la camiseta, como si quemase – Aquí no, por lo menos, puede mirar en algún comercio especializado en indumentaria para ballet o similar.

– ¡Ooooh, genial! – Exclamo, entusiasmada, largándole de vuelta la camiseta, a modo de boomerang – ¿Y dónde está esa tienda…?

– En Coruña hay una muy buena, creo…

No le dejo terminar, le arranco de los brazos la camiseta térmica, tan fucsia como al principio, tan poco berenjena como al principio, y la meto en el cesto.

– ¿Se la lleva, entonces…? – Me pregunta, Izan, incrédulo, aunque feliz con la idea de perderme de vista.

– Así fuese azul pitufo, chato: no voy hasta Coruña ni jarta de Pipermint.

Claro, un mozalbete que se llama Izan y tiene un pendiente en un oreja que semeja una ojal de una cortinón, no sabe que es el Pipermint. Me mira, pensando si no me habré dejado olvidada la medicación, pero se despide con cortesía, ¡angelito…! Mientras me alejo, me doy cuenta de que no puedo andar, entaconada perdida, presa de aquel ataque de dolor en mi empeine. Dos pasos y me paro. ¡Con todo lo que me queda por comprar para el certamen artístico (ironía, porplís) de mi amor de amores! Otro paso, me muero. Ojú.

– ¡Izááán…! – Grito, con cierta desesperación.

– ¡Maaandeee…! – Aterrorizado, se gira como si fuese un teniente coronel.

– Esta botas de m*erda parece cómodas… – señalo el estante de calzado de Treking – ¿Un 37, tendrías? – Soy desesperación hecha verbo.

– ¡Claro! Eso está hecho… – Me guiña un ojo y desaparece.

¡A lo que llega una, eeeh…!, me digo mientras me calzo aquellas botas feas de solemnidad, que mataban por completo mi total outfit de mamá monísima y conjuntadísima 24 horas. Pero fue tanto el alivio, la paz, el no dolor que me invadió, que hasta el fucsia de la camiseta se me antojó ya un berenjena-poco-madurita. Abracé la prenda contra mí y pensé: esto, una pasada con tinte Iberia y ¡santas Pascuas…!

DÍA D. HORA H. SE LEVANTA EL TELÓN. Tacháááán. Van apareciendo los pequeñitos para su actuación estelar.

– Noe, nuestro niño es el único que lleva camiseta de camuflaje, ¿no…? – El padre dixit.

– Ahaaa… – No dejo de grabar con el Iphone.

– ¿Por algo en especial…?

– Mmmssiiii… – Sigo grabando.

– ¿Y me lo cuentas o es un secreto…? – Se ríe, porque me conoce y se espera lo más grande.

– Nunca tiñas una camiseta en lavadora ni vayas de compras si te duele el juanete… – Grabo como si no hubiese un mañana. Nuestro niño, verbigracia de su dulzura, su sonrisa y la customización de la camiseta, destaca sobre los demás, ya lo creo.

– ¿!Y qué dijo la profe…!? – Mi maridito no para de reír, porque es muy sano y sienta muy bien.

– ¿¡Puturrú de Fuá…!? – Yo a mi rollo, dándole al Rec.

– L-a  p-r-o-fe – Al amantísimo padre no le gusta que ponga motes a las profes del niño, por si se nos escapa delante de él. Vaya.

– Puturrú de Fuá no me dura a mí un asalto si le doy un puntapié con la punta de este pie… – Meneo la cabeza, porque hay qué ver que fatiguita para tener todo-todito-todo a punto para el puñetero festival.

Señalo las botas feas como truños que me había comprado en el Pentathlon y que aún llevaba puestas porque no podía calzarme otra cosa (bueno, sí, herraduras, pero llovía y podía resbalar). El paciente padre, con el bebé en brazos, aplaudía al mayor con igual vehemencia que si estuviésemos viendo a Pavarotti en el Scala.

– ¡Mira, Noe, los hay más desastre que nosotros!

Nos fijamos, y uno de los compañeritos de nuestro mayor lleva puesta una camiseta de color verde. ¡Verde! Pero verde como los campos verdes. Así de verde.

– ¡Olééé, un hurra por la mamá de la lechuguita…! – Exclamo, feliz, a todo pulmón – ¡Me hago fan: Plataforma de apoyo en Facebook pero ya! ¡Crowfounding…!

Y es que, cuando la realidad arrolla, a las mamás no nos queda más que la vendeta creativa. Pidieron camiseta color berenjena (cosa fácil, a lo relatado me remito), pero olvidaron que la hortaliza también tiene hojas. Ahí estamos. Puturrú de Fuá: ¡átame esa mosca por el rabo…! Jajejijojú. Tururú. 🙂

SUGERENCIA MUSICAL, Fai un sol de carallo, de Os Resentidos

https://www.youtube.com/watch?v=NIGPnzhxcc4

Quejarse es un deporte maravilloso que no requiere abono de mensualidad, ni preparativos que siempre acaban en ‘hoy no voy, que ya se me hizo tarde’. Cuando estás taaaaan cansada que hasta para pedir papas tienes que buscar fuerzas allá lejos, en el doble fondo de tu yo qué sé, es hora de levantar un dedo y exclamar aquello de…

– ¡Necesito dormir dos años bisiestos…!

Y ya. C’est fini! Se acabaron las cuitas, porque a renglón seguido, alguien o algo, humano o mineral, requiere de tus servicios; mamá, bienvenidos al perfecto establecimiento 24 horas. Igual da de día, que de noche que medio pensionista. La condición de asistenta del amor, con cuidados y mimos a discreción, no entiende de jornada laboral. Lo mismo da que estés con el esqueleto al límite de sus posibilidades (levantar niños todo el día: me río yo de un aizkolari…). Lo mismo da que ya no sepas cómo contestar al enésimo por qué sin que se escape un ‘porque sí, c*ñoooooyá’. Lo mismo da que el menú del día no sea del gusto del heredero gourmet, que ve en los grumitos de su papilla el Iceberg del Titanic. Lo mismo da, que da lo mismo, porque ellos, los niños de tus adentros, marcan pautas y tempos, ¡y lo sabes…!.

El verano pasado, sin ir más lejos, una tarde cualquiera de las pocas en las que en Galicia hace un sol de c*rallo. El paciente padre y yo disfrutando de una jornada de jardín y piscina hinchable con los niños, lejos del lío que supone ir a dar un paseo con un bebé que no quiere ir sentado en el carrito y un mayor que no quiere andar: el mundo al revés, no se requiere cita previa. Entren sin llamar, gracias…

– Me voy a dar un chapuzón…

Mi maridito, que ya el ocio en singular lo tiene olvidado (lleva al mayor pegado como si fuese un tercer brazo), se dispone a zambullirse en la piscina de la urbanización, que dentro de ser charca y media, es más grande que la nuestra. Yo, que estoy con el pequeño a la sombra de un árbol, intentado que no me muerda más de lo necesario (la jartá de mordiscos que llevo como medalla desde que le están saliendo los colmillos, hay qué ver…), miro, espeluznada, al mayor, que disfruta de las aguas tranquilas de nuestro doméstico estanque de PVC. Sé bien que está libre de peligro de cocodrilos, de olas surferas y de señoras présbitas que confunden a mi niño con su nieto (que es rubio y de ojos azules, pero como ambos llevan idéntico bañador, se come a besos a mi churumbel, a la voz de ‘¿quiere mucho a Tomasiñooooooo? L’aaabueeelaaa…’). Aún así, sin peligro alguno a la vista, tal y como digo, me espeluzné.

– ¿¡En serio…!? – Trago saliva y miro, desafiante, al bebé, que estaba decidido a arrancarme un pedacito de dermis con los incisivos.

– Noe, ¿qué va a pasar…?

¡Zaaaaaascaaaaaa! Fue decir ‘qué va a pasar’, oír como la consonante alveolar acaba de vibrar en todo su -rrrrrrrr, cuando un alarido colosal nos puso los pelos de punta. El mayor, que nadaba en rodeado de flotadores, palas, cubos, pelotas, espadas de goma espuma e incluso algún bicho que decidió acabar con su insectosa existencia, emerge de las aguas con la nariz hecha sangre. Me levanto con el bebé en brazos (por supuesto, para aquel entonces ya me había mordido hasta la clavícula), y me tropiezo con el paciente padre, que corría como si no hubiese un mañana hacia él. Obvia decir, y aún así lo digo, que la distancia entre el árbol y la piscinita del mayor no eran más de dos metros, pero cuando visto el reguero de sangre, narizota abajo, se nos hacía inabarcable, cual San Silvestre Vallecana.

– ¡Ay, ay, ay, a mí me duele algooooo…!

Pobre. El mayor, con la impresión del h*stiazo en todo el jeto, no sabía muy bien dónde focalizar el dolor. Le preguntábamos qué pasó, cielo, qué pasó, amor, contra qué te diste. El niño, asustado por la sangre que le salía de la nariz, sólo se tocaba la cara y hacía aspavientos, señalando todo y nada.

– ¡Voy a por un algodón para hacer un tapón…! – Digo, poniendo al bebé a buen recaudo en el parque, en el que, por supuesto, no quería estar, porque nunca quiere, que no.

Cuando vuelvo, el paciente padre ya había sofocado el incendio. Nicolás no lloraba, pero hacía dibujos con su sangre en las paredes plasticosas de la piscina. Así, más o menos, debió ser el tinglado de Altamira, digo yo, claro que, en aquel entonces, los papás habrían usado flequillo de mamut para improvisar una bolita-taponadora ¡qué menos! Al tema, el caso es que cuando me acerco con el algodoncito para ponérselo en la nariz, mi mayor se asusta y, haciendo de sus manos las aspas de un molino, me impide acercarme a su apéndice nasal, al menos, de manera pacífica.

– Nicolás, hombre, déjame ponerte este taponcito, si no la sangre no va a parar… – El niño sigue dando manotazos a todo lo que se menea, incluso a su padre, que se lleva la mano al hocico, con gesto de dolor. No, pienso, hoy acabamos todos en urgencias. Se admiten apuestas…

– Que no, que no me pongas un ‘taloncito’ en mis narices, que me duele y me sacas mi sangreeeee… – Drama. Lloros infinitos. Intento hacerle entender que es sí o sí, porque no puede estar sangrando hasta el próximo Halloween – Que noooo, que noooo, que noooo, déjameeeee…

Para entonces, ya varios vecinos se habían asomado a sus correspondientes ventanas, alentados por el guirigay piscinero y la llantina del bebé, que no entendía por qué su hermano estaba disfrazado de mascarita de lucha libre mexicana (a la careta roja me remito) y él tenía que estar en el parque, viendo como corría un p*to hurón en BabyTv.

Vale, me rindo. Vale, nos rendimos. El paciente padre (pero paciente como el abuelo de Job, que debía ser la de Dios de paciente) y yo, envolvemos al mayor en una toalla con caperuza, lo ponemos debajo del árbol, taponando la naricita con la mano. Le pedimos que eche la cabeza hacia atrás para parar la hemorragia. Él dice que la boca le sabe a coche. Nos reímos, porque es cierto y certero: la sangre sabe a óxido. A metal. A cochecito miniatura de Guisval. Tal cual.

– ¿Pasó, amor…? – Preguntamos, con serenidad, mientras el bebé sigue y sigue y sigue protestando, porque él no tiene la nariz con pupa, pero tampoco es justo que tenga que estar en el corralito, si no hizo nada salvo morder, que no cuenta: efectos colaterales de la dentición.

Cuando vemos que el mayor ya está calmado y la sangre parece estar cesando, mi maridito me mira y exclama:

– Pues todo esto empezó porque yo dije que iba a darme un chapuzón… – sonríe, desbordado.

– Y ‘qué va a pasar’, te lo recuerdo… – me encojo de hombros y sonrío también, porque desde que tenemos niños, somos un imán para la locura doméstica.

– ¡Ya te digo…!

Oímos una risita sospechosa, que identificamos como trastada. Cogemos al mayor en brazos, aún improvisando un tapón con la mano de papá, y nos vamos a por el bebé. Cuando nos acercamos al bebé, ya no había rastro del hurón en BabyTv, pero sí un reguero de hermosa, olorosa y sanísima deposición por todo el parque. Lorenzo, que siempre ha sido muy hábil con las manos, muy diestro a la hora de manejarse con sus deditos regordetes, se había quitado el pañal, en un ataque de venganza por la reclusión, y, presa de un apretón, se había dejado ir. ¡Y tan ricamente, oyes…!

– Mamita, ¿eso-es-caca-del-culo-de-Lorenzooooo…!? – Con voz nasal (su padre aún apretaba para parar hemorragia), el mayor se coreaba de la creatividad fecal de su hermano.

Yo, que para entonces ya dudaba entre lamer un enchufe o matarme a hidratos de carbono, arqueo las cejas y miro a mi maridito, que suspira y se chasca la lengua.

– Pues una vez leí en algún sitio, que un artista punk hacía lienzos con m*erda, pero con mucho menos estilo, eh…?

– Noe, ¿sabes qué…? – El paciente padre, besa la cocorota del mayor.

– Yo, a estas alturas, sé más bien poco… – Arguyo, cogiendo al bebé para que no saboree su creación…

– Que a los que dan vacaciones de verano en los coles y las guardes, había que darles en la espalda con un cordón de esparto…

– ¡Animal…! – Digo, sin parar de reír – Poco castigo me parece…

Bienvenidos al hotel Mamá&Papá, abierto 24 horas. Sábanas limpias, desayuno continental y mimitos. Late check out y detallito de cortesía. A pedir de boca, oigan… 🙂

 

 

 

 

Sugerencia musical, Djobí, Djobá, de Gipsy King

https://www.youtube.com/watch?v=KYZ5QmbCYR4

 

 

En qué momento hay que enseñar a tus niños que los valores que los adultos ponemos en alza, no son del todo ciertos. Porque claro, hay que dar mucha zanfoña con el asunto de no se miente, que contar trolas no está bien, y después, cuando los pobres sacan a relucir sus altas capacidades con el uso y disfrute de su infantil sinceridad, nos ponemos del color de un sueco en la Costa del Sol. Rojo se me antoja poco gráfico, cuando la vergüenza tiñe mis mejillas y hace que baile la gota fría, que cantaba aquel.

– Nicolás, mentir es feo. No es necesario hacerlo, porque cuando se hace algo que no está bien, es mejor decirlo y tratar de solucionarlo…

Letanía maternal, versículo 1.

Le das mil y una versiones de lo mismo, todo para que entienda que con la verdad se va a Roma, o París, que aún no entiendo muy bien por qué mi mayor todo lo remite al mismo lugar. Dudo que haya visto ‘Españoles por el mundo’ TVE, así que supongo Disney y el ‘Jorobado de Notre Dame’ algo tendrá que ver. Vale, pues con la verdad, ese don maravilloso, tan loado y buscado por en cualquier situación de la vida, para forjar carácter, sentar las bases de lo que en el futuro será un adulto de bien, crear vínculos sanos con su entorno social, es un arma de doble filo que, os lo aseguro, no tarda mucho en darnos en todo el jeto a los papás animosos, que vemos en la educación emocional una prioridad.

La primera ocasión en la que esa locuacidad infantil para decir siempre lo que l-e-s  a-p-e-t-e-c-e  y  e-s  v-e-r-d-a-d te pilla desprevenida, con la guardia baja, y, casi siempre, con las manos ocupadas para mitigar los decibelios de la tan certera como ‘pero-qué-dice-que-me-va-a-dar-parraque’ elocuencia de tu niño.

– Mamita: ese culo gordinflo, qué…

Cola del supermercado, hora punta. Cientomil humanos en fila, aguardando a que la cajera se entienda con la nueva terminal, que no escupe el ticket ni metiéndole el palo de la mopa por la ranura. Nicolás, que es más bueno que un sol y tiene capacidad para entretenerse censando moscas (minuto y medio, claro), se queda mirando el enoooooooooooooooooooorme pandero de una señora chandalera, de las que usa mallas Nafta hasta para ir a misa de doce. Yo, que estoy pendiente de que él no haga que una docena de huevos se suiciden, carro abajo, me giro, dándole la espalda a la señora y a su sacrosanto apéndice y le digo…

– ¡Shhhhhh…!

– ¡Shhhhhhqué…! – Arquea la cejas; me temo lo peor… – No mihagasshhhhhymiraelculogordinflodesaseñoraaaaa

La señora, que, efectivamente tiene el culo gordinflo pero eso no cursa con sordera, se gira, incómoda, regalándonos una mirada full of rayos gamma, de esos que vuelve malhumorado y harapiento al bueno de Hulk. Me entran ganas de gritar, de salir de allí por piernas, con el niño al caballito para que la huída sea más ¡piuuuuum!, pero pienso que no puedo, porque el bebé necesita pañales, el padre maquinillas de afeitar, yo mermelada de albaricoque sin azúcar y la abuela cereales Kellogs con chispitas de chocolate, entre otras muchisisisisimas cosas que juegan al Tetris en el carrito. Me hago un ‘a mí plin, soy una madre figurín’, y dejo que la cosa se solucione sola, eso sí, entreteniendo a mi amor de amores, para que deje de dar por c*lo con el asunto del diámetro del ídem de la señora de marras.

– ¿Sabes qué…? – Le digo, intentando desviar su atención – Que si hoy llegamos tempranito a casa, vamos a hacer palomitas en el microondas: ¿qué te parece…?

– ¿¡Palomiiiitaaaaaas…!? – Inquiere emocionado.

– ¡Palomitas! – Sentencio, orgullosa, sabiendo que cocinar con mis niños, independientemente de que los granitos de maíz que caen al suelo puedan llegar a Almansa, me convierte, a sus ojos, en una madre molona.

– Pero no podemos hacer palomitas: hoy no metiste en el bolso muchísimas bolsas de papel de esas en las que pesamos las empanadillas, ¿o no te acuerdaaaaas…?

Djobí, djobá, cada día te quiero más, djobí, djobí, djobá.

Meeeeck. Campana y se acabó. No quedaba duda alguna de que yo, la mamá molona que hacía palomitas con su niño, era, además, una birladora nivel PRO. Pero, ¿qué culpa tendría yo de que no vendiesen saquitos de papel para hacer palomitas, y que me viese obligada a ‘despistar’ unos cuantos en sección de panificados? Para aquel entonces, toda la cola de humanoides (la humanidad ya la habían perdido cuando la cajera tuvo que volver a pasar toda la compra de un cliente, a la voz de ‘el sistema chupó todo lo que le metí’; las segundas interpretaciones, cuánto han hecho por la serotonina popular, ains…) se había vuelto para mirarme; algunos, con cara de sé bien de qué me hablas, yo también me agencio bolsas de pesar fruta para la papelera del baño. Otros, los menos, con cara de señoraaaa, hay qué ver qué ejemplo. Pero sin duda, la mejor cara, la de la señora con el culo gordinflo, que vio en mi humillación pública, digna venganza a su celulitis trasera.

– Nicolasiño, hijo, no es necesario decir todo lo que se hace… – Acaricio la cabeza de mi primogénito, aún con sudorcito frío recorriéndome la espalda.

No hay que mentiiiir, mamita, mentiiiir es feo. No es necesaaaario haceeeerlo, porque cuando se haaaace algo que noooo está bieeeen, es mejoooor decirlo y tratar de solucionarlo

Nicolás C. M., 4 años, genio y figura, imitando a mamá y su empeño en educar en valores sociales con criterio: sinceridad… Con musicalidad y alevosía, así se ganan las batallas que no tienen cabida. De cuando educar en ‘hay que ir con la verdad por delante’ te da en todo el hocico. Pero con la mano bien abierta, oigan… 🙂

Sugerencia musical,  Las mañanitas, por Alejandro Fernández,

https://www.youtube.com/watch?v=f-QlwwGBf94

 

Los cumpleaños.

 

Como veis, le he regalado un extra de protagonismo al término, que goza de luminosidad y empaque, así, solito, en línea propia, sin nada que lo enturbie o arrebate supremacía emocional. Y es que, queridas mamá tan imperfectas como yo (que soy la más Queen, no se me olviden), no hay maternidad que no curse con lío cumpleañero, sobre todo, cuando lo que se tercia es organizar el primero. ¡Ay, esa primera velitaaaaaaa…! ¡Esa primera tartaaaa…!

 

– ¿En serio…? – El paciente padre mira la lista de invitados y se mesa la incipiente barba no-hipster (falta de tiempo, más bien).

– Papi, es su fiesta de presentación: ¡Lorenzo, un añazo ya, no me digas…! – Respondo, sacándole la lista de las manos, no vaya a ser que se eche atrás.

– Hemos asistido a bautizos con menos peña, la verdad… – Replica, y está en lo cierto.

– Ya, pero nosotros no hemos optado por ese sacro santo invento, te recuerdo…

– ¿Entonces, el primer cumple de los niños es un bautizo laico o cómo…? – Noto cierto tonillo, pero lo obvio, porque tengo prisa por cerrar flecos para el evento.

– Es un all together, porque como lo mismo tampoco nos animamos al siguiente sacramento…

 

Laico, protestante, católico o medio pensionista. El primer cumple de los niños, es siempre la fiesta de las fiestas. El sindiós de los sindioses, en el que no tardas en preguntarte en qué puñetas estabas pensando cuando decidiste (tú solita, no repartas culpas) celebrarlo en casa. Ni más cómodo, ni más barato, ni más entrañable, ni más familiar. Sólo prisas, tensión, nervios, incompatibilidad espacial (8 sillas / 20 culos, no da…) y ansiedad existencial, así, en general. Quieres que todo luzca como los cumples de las pelis americanas, con sus globos maravillosos, engalanándolo todo desde el jardín hasta la puerta, con piñata XXL anunciando lluvia de chuches y baratijas, con guirnaldas vaporosas, dejando claro que allí alguien está de aniversario, y que se le quiere-ama-adora más que todo y mitad. Quieres ser una madre virtuosa de esas que tienen tiempo y maña para imitar ideas en repostería, tan distinguidísimas como resultonas, de las miiiiiiles que publican en Pinterest, la red social del ocio y la molicie femenina. Pero, ¡zasca!, una vez más, la realidad te da en todo el morro.

 

Voilá…! – Orgullosa, muestro a mi maridito una torta caserísima, a la que he puesto una cobertura de fondant muy colorida.

– ¡Ótiaaaa…! – Pasmado que se quedó, ni h*stia fue capaz de vocalizar – Un bizcocho con chubasquero…

 

Se ríe. No me gusta que se ría, sobre todo sabiendo que yo también me quiero reír, pero tengo tantos pegotes de harina, huevo, azúcar y cacao por la cara, que no puedo, porque me tira como si tuviese una careta veneciana. Miro la tarta y la giro, buscando la forma de que él dé con el motivo que he intentado reproducir tan f-i-e-l-m-e-n-t-e con la pasta repostera de moda. Vaya por delante que nunca he sido buena alumna en manualidades, y que aún recuerdo la cara de mi profe Ana, de tercero de la extinta EGB, cuando vio el florero que había hecho con motivo del día de la madre. Aaaaah, dijo, ya veo que has hecho una flauta, qué bonita. No era una flauta. No era bonita. Modelar no era lo mío. Dicho lo cual…

 

– ¡A ver, papiiiii, esfuérzateeee…! – Le doy otra vuelta a la tarta, buscando un ángulo que, poniendo intención, dé pistas – Es para Lorenzo, por lo taaaaanto tiene que ser de algún dibujito de la teeeeele que le gusteeee muchoooooo

– Dime que no es de BabyTv porque me dan picos de glucosa en sangre… – Sudor frío. Hoyesmidíaespeciaaalhoyesmidíaespeciaaaalesparatiesparamíhoysoyfeliiiiiz. Si algún día nos acomete el Armagedón, ese será el jingle, como si lo viera.

– Frío, fríoooo… – Giro otra vez el pastel, mirando el reloj: tengo exactamente diez minutos para terminar, porque el pequeño se levanta de la siesta como con temporizador: pasado el ecuador de la hora y media, chispum. Eso, y que los invitados toman la casa en menos de tres horas – Ves esto laaargo y rosita, pegado a esta bola más grandeeeee, así toda redonditaaaaa, ¿quién eeeees?.

– Sólo espero no sea lo que pienso, porque lo mismo cuelgan el vídeo del cumple en Youtube, y nos convertimos en viral…

– ¿¡Eeeeh…!? – Miro la capa de fondant, no entiendo – ¡Pepa Pig, papi! ¡P-e-p-a P-i-g! ¿¡Pepapí…! ¿No lo ves?

– ¡Aaaaah…! ¡Vayaaaaquesí…! – Se vuelve a reír.

– Oye, desagradable, no sabes el trabajo que dio hacer el hocico… – Con la espátula, rectifico una grieta que comenzaba a asomar.

– Pues si llegas a querer hacer una p*lla, lo bordas…

 

¡Pero será bocanegra el tipo! Pongo ojos críticos, y tal cual. Ni Pepapí, ni Pepapó. Aquello era un pene con ojos, y sanseacabó. Tenía ganas de llorar, pero no había tiempo para lamentaciones. El tic tac se nos echaba encima, y había que tirar pa`lante. Me digo a mí misma que no hay nada que dos Lacasitos no puedan arreglar, así que coloco estratégicamente un par de grajeas de colores, marcando los ojos de cerdita en cuestión. Miro al maridito, que ahora ya no se ríe, se micciona, mismamente…

 

– ¿¡Noooo…!? – Pregunto.

– Supernó… – No deja de reírse.

– Son los ojitos… – Matizo.

 

– Pues parecen botones de On-Off… – Se acerca y hace ademán de manipularlos, como control remoto. Engola la voz, impostando su ya de por sí grave tonalidad  –  ‘La p*lla mecánica’, la versión porno de Standley Kubrick…

Si hay algo que me saque de mis casillas (además de que Antena 3 ponga anuncios antes del beso final de Oficial y Caballero), es que alguien ose a ser más ocurrente que yo, incluso cuando necesito que lo sea. Como tirarle el rodillo de amasar fondant hubiese quedado muy violencia culinaria nivel 1, le tiro un puñado de harina, que, oh, oh, mala suerte, acaba en toda la cara de mi hijo mayor, que alertado por la juerga y porque se acabó su maratón de tele de BreadWiners, se acerca a ver de qué tanta verbena. Pobre mío, con la carita rebozada en polvo blanco, a lo Sara Montiel en el Último cuplé (Dios la tenga en la pompa que merece…), se pone a llorar. Y no es para menos. Me siento fatal, porque la tarta es un fiasco y ya no tengo margen de maniobra. Me siento fatal, porque mi mayor llora lágrimas de cocodrilo, provocando chorretes en la harina de los mofletes. Suerte de gafas, que protegen su mirada divina.

 

– Lo siento, amor, lo siento… – Beso la cabecita de Nicolás, buscando consuelo, aunque sé, y no me importa, que son mimitos.

– ¿Queeeeesoooomamitaaaa…? – Señala la tarta.

– El pastel de cumple de Lorenzo: ¿te gusta? – Inquiero, animosa.

– No sé… – Se acerca, y se queda mirando en silencio.

– ¿Quién es la que está en medio de la tartaaaaa…? – Señalo a la cerdita en cuestión. Miro a Nicolás, que hace pucheros y no le saca ojo – ¿Quién eeeeees…?

– ¿Es Pinocho gordo…? – Pausa – Seguro que es su primo, porque pinocho es más así como de churro laaaargooo…

 

La barbacoa estaba ya a pleno rendimiento, la mesa repleta de cositas chulas súpermega inútiles, pero que daban una aire cosmopolita a la celebración (las burgers y los hot dogs, las medianoches rellenas de nocilla de los 80’…). La guirnalda de banderolas aún rezumando tinta de la impresora. Todo preparado para la llegada de las hordas familiares, ávidas de abracitos, de besos, de quienquierealaabuelaaaaa. Todo preparado, excepto una tarta que no diese la risa.

 

Feliz, feliz en tu día,

Amiguito que Dios te bendiga

Que reine la paz en tu día,

Y que cuuuuuplas muuuuchos mááááás

¡Bieeeeen!

Plas, plas, plas. Aplausos, achuchones, cera de la vela por toda la mesa, vocerío que clama su regalo sea el primero en abrir. El paciente padre se me acerca y me susurra al oído…

 

– El día que te canses de hacer guiones o escribir novelas, la repostería erótica no se te resiste…

 

En ese mismo instante, mi padre, a la sazón el abuelo de Lorenzo, mi guapo y amoroso bebé, se aproxima a la tarta y, poniéndose las gafas, exclama…

 

– Ay qué ver, Noe, lo que se parece ese dibujito de la tarta a la Jacinta de mi pueblo.

 

La Jacinta, mujer con más bigote que Tejero y con una napia Cyrano de Bergerac. Mi papá divino, salvando siempre mis malas mañas con el arte. El único que vio en mi block de dibujo el despunte de una artista en ciernes. Sé por su cara que aquel hocico le recordó a lo obvio, pero si era tan obvio, para qué mencionarlo. Mejor la Jacinta, que da más risa y me quita de encima el peso de la culpa, culpita, yo tengo, negro, negrito, el corazón.

 

– Pues es una cerda, papá… – Arguyo, apesarada.

– ¿La Jacinta…? – Arquea las cejas – Nunca se supo nada de eso…

 

Carcajada feroz. Se acerca mi maridito a felicitarme por lo lucido que está todo y para informarme de que el confeti de los bazares chinos es comestible: Lorenzo lo ha demostrado. Heces tuti fruti, como si lo viera…

 

– ¿Te sirvo un trocito…? – Me dispongo a cortar una porción de tarta para el padre del homenajeado.

– Vale, pero un trocito pequeño, la puntita nada más…

– ¿Pero vamos a ver, hombreeeee?

 

Otra vez jajás. Que viva la alegría, el disparate y los tutoriales DIY en Youtube. Que viva la marimorena. ¡Y la Jacinta, claro está…!

SUGERENCIA MUSICAL, All I have to do is dream, de los Elverly brothers

https://www.youtube.com/watch?v=hp_L5jfH3Ak

Supongo que piensas que has tocado fondo el día que en tu locura ya cada vez más definitiva y menos transitoria, empiezas a pensar que dormir es un mal no necesario. Y digo mal, y digo no necesario, porque como la zorra y las uvas, que siempre las encuentra verdes  por mucho que huelan ya a mosto, cuando los demás soban, tú estás con los ojos como platos, los nervios como tornillos calibre 8 y unas ojeras osopándicas divinas, fingiendo que con tres horas de casi Zzzz, vas que ardes. Cuando no dormir ya no supone un problema, empieza el problema, beibi.

 

– … todas las noches, a las diez en punto, doctor, sin faltar uno: lloros y gritos como si no hubiese un mañana.

 

Nuestro pediatra, ese hombre curtido en enfermedades, mocos, gastroenteritis, varicelas y madres extenuadas. Nuestro pediatra, que yo no sé si ya lo parieron sabio y viejo, pero el tipo no se inmuta ni aun cuando le cuentas la muerte de Manolete. Allí estaba el erudito, con su no pelo y su expresión de señora, no se haga la especial, que llevo cuarenta años escuchando las mismas músicas, así que, ligerito y acompasado, que hoy juega el Celta. Como creo que no me ha entendido bien la magnitud de mi tragedia, se lo repito, pero enfatizando que mi bebé llora siempre a la misma hora, como si tuviese un temporizador.

– ¿Le dolerá algo, doctor…? – Inquiero, mirando el reloj, porque sé que tengo media hora para acabar consulta, coger el coche, llegar a casa, dar la cena al mayor, entretener al pequeño para que deje cenar al mayor, dar de cenar al pequeño, meter en la cama al mayor y bajar para sofocar el griterío que se avecinaba, llegada la hora H(-oy me entrego en Si bemol ).

– ¿Usted que cree…? – Me zampa.

– ¿¡Yo…!? – Me encojo de hombros y me entran unas ganas locas de llorar. Pero llorar como un río. No, un río es poco gráfico, creo que quiero llorar como la Fontana de Trevi. Sí, eso es.

– Lo que creo, señora, es que Lorenzo es un bebé, y los bebés lloran. Es un niño sano, y eso es lo único importante…

J*deeeeeeeeeeeeeer. Y tanto que sí, lo único importante, pero digo yo…

– Más razón que un santo, doctor… – Le digo – pero será igual de sano a las diez de la noche que a las dos de la tarde, y, sin embargo, el sindiós empieza cuando llega la noche…

– ¿Pero llega a calmarse…? – Sentencia, sin levantar la mirada del historial que parece estar perpetuando con un Bic azul punta gruesa (no usa ordenador: tiene los datos toooooooodos en la cabeza).

– Hombre, sí, pero mamasita María del Carmen… – Me persigno con la mano izquierda, porque la derecha la tengo ocupada con el bebé, que está sacando punta a los incisivos con mi nudillo. El dolor no existe, el dolor no existe…

– Pues dé gracias, señora, porque los hay verbeneros, de los que alargan la fiesta hasta la madrugada…

¡Zasca! No sé quién dijo aquello de ‘no dar por el pito más de lo que el pito vale’, pero me imagino que un chino confúcico no fue (poco karma veo yo en el asunto), pero tal cual. Cuando pensé que lo único que podía desestabilizar un hogar familiar como el nuestro, acostumbrado a un mayor que no había llorado ni con motivo, era la perrencha de antes de dormir, el bebé nos dio un recital que se te caen las pestañitas, chatos: ¡una a una…! Aquella misma noche, mi querubín, rubito, de piel blanca y sonrosada, de ojos verdes como papá, se pegó una llantina que me acordé de mi prima la coja (que no tengo, pero le puse pata de palo a toda la estirpe familiar).

– Noe, pero ¿qué le pasa…? – El paciente padre, incrédulo, miraba la mini caja torácica; todo aquel vocerío de aquel pecho tan pequeño.

– ¿Quéééé diiiiiiceeeees…? – Con el bebé en brazos, acunándolo cual góndola veneciana, daba y daba y daba, sin conseguir consuelo al llanto hiperdecibélico del susodicho. Tanto daba y daba y daba, que la Biodramina no hubiese estado de más, porque menudo vaivén… – Habla más alto, que no te oigo…

– ¿Pero por qué llora tantoooo…? – Previsor, el padre corre a cerrar la puerta de la habitación del mayor, porque sólo faltaba que también se despertase, uniéndose al aquelarre de berridos e hipíos.

– ¡Y yo qué c*ño sé, papi, qué c*ñooooo sé…! – Desesperada, sigo dale que dale, acunando con tanta vehemencia, que ya no sé si tengo brazos o qué. Once again, no hay dolor, no hay dolor. ¡Hay, c*rallo, hay…!  Doy fe.

Y lo que son las cosas, porque en medio de aquel berenjenal de lloros, gritos y desesperaciones por saber qué pasaba, lo intentas todo, menos lo más obvio y necesario, que es resignarte y esperar a que escampe el temporal. Sabes que el bebé no puede estar así de entregado al dramón mucho rato más, porque aquello requería la energía de la central nuclear de Vandellós. Y aún así, no visualizas el fin del guirigay, con lo que ello redunda en stress nivel ‘yo para ser feliz quiero un camión, llevar el pecho tatuado, camisetas y mascar tabaco’.

Yo, para ser feliz ya sólo quería que no doliesen los brazos.

Cuando crees que todo está a punto de chispum, el regazo del padre, que se acerca a ti para dar consuelo en lo inconsolable, es la luz al final del túnel…

– Noe, vamos a morir todos…

– ¡Oye, no digas eso ni en broma, que aquí hay mucho que criar..! – Empiezo a gimotear, porque estoy taaaaaaaaaaaaaan cansada que lo único que me queda y que puedo hacer mientras sostengo al bebé, con un cargo de conciencia bestial por no ser quien de calmarlo, es llorar. Llorar como hace mi gordito, que lo borda y a alguien habrá salido…

Cuando creíamos que todo iba lo suficientemente mal…

– ¡Maaaamiiiiiitaaaaaa…!

El intercomunicador infantil, ese mejor amigo. Aunque mi mayor ya no era un bebé, seguíamos teniendo su sueño vigilado, por si yo que sé, haciendo de su descansar a pierna suelta un auténtico Gran Hermano. Vale. El pequeño en pleno ataque lacrimógeno, ya sobrepasando la barrera de las once de la noche (‘Dé gracias, señora, porque los hay verbeneros, de los que alargan la fiesta hasta la madrugada, dé gracias, señora, porque los hay verbeneros, de los que alargan la fiesta hasta la madrugada, dé gracias, señora, porque los hay verbeneros, de los que alargan la fiesta hasta la madrugada…’ Gracias por el mal fario, doctor), así que, le endilgo el petate llorón a mi maridito, y subo las escaleras de dos en dos, para llegar cuanto antes a la habitación del mayor: si no podía calmar a un uno, dos se me hacía inabarcable. Algo en mi cabeza turuta y fuera de sí deseó ser una deidad hindú de esas que tiene brazos a lo loco, cual sombrilla vista desde abajo.

– Mami, porquélloratantomirmanoooo… – Abrazado a mí, el mayor tampoco entiende nada.

– Porque se quedó dormido viendo el capítulo de Dora en el que tiene que ir a la colina de los arándanos, y no sabe si llegó o no… – Me invento una trola, besándole la cabecita.

– Pero claro que llegó, mami, Dora siempre llega, ¿no ves que tiene un mapa…? – De fondo, no dejamos de oír al bebé, llora que te llora, y al ya-no-paciente padre entonando los Cinco Lobitos.

– No hagas caso, amor, que ahora si no tienes un Tom Tom Go no llegas a ningún sitio…

– Yaaa, pero tú no le haces caso a lo que te dice la chica del tontón… – Es genial la genética, que hace que tus minitús hereden lo bueno y/o lo malo de ti, en este caso, la verborrea es muy made in Mami – ¿Te acuerdas que nos perdimos para ir a la piscina de bolas el día del cumple de Martín, te acuerdas…?

– Me acuerdo yo y el santoral al completo, a catalogué sin dejar uno, hasta que fui capaz de volver a meter los parámetros de búsqueda en el Tom Tom Go…

BuáBuáBuábUaaaaaa. Los lloritos que se colaban desde la planta de abajo se iban apaciguando. Me tiré en la cama con el mayor, con la excusa de confortarlo mientras se quedaba de nuevo dormido y, muuuuucho antes de que él se durmiese, me quedé cochifrita. Lo siguiente que recuerdo fue despertarme sobresaltada, con la mano conocida de mi maridito, que me anunciaba que el pequeño se había quedado dormido media hora, pero que había arrancado el megáfono de nuevo…

– Quédate, no bajes, pero era sólo por si ves que hay que llamar al 061 para comentarle el fenómeno… – Me dijo, cerrando la puerta, para que los lloros desde la minicuna del salón no se colasen de nuevo en la habitación del mayor.

– No creo – Susurro, mientras me incorporo – Ahora que, pon Telecinco, y si sale el anuncio del exorcista ese que sale con una cinta de moneditas en la frente, coge el número c*gando leches, porque aquí hay que apalabrar con el mas allá…

Endemoniado o no, el bebé nos dio una noche del quince. Afónico estaba de la pataleta. Pero, lejos de ser un hecho aislado (quién nos diera…), aquello se convirtió en costumbre, y lo de dormir en esta casa, tan a rebosar de amor como de locura y desorden juguetero, se convirtió en una ruleta rusa. Y cual pimiento de Padrón, algunas noches dormimos, otras no. Pero eso no importa, porque cuando tú te le comentas a cualquiera que no duermes porque tienes un bebé, lo asumen con una naturalidad apabullante, como si no dormir fuese inherente al cargo de ser padres. O lo que es peor, te sientes como el orto de Odín, cuando confiesas que llegas a meter al bebé en tu cama, para ver si así puedes coger el sueño una hora seguida. No falta la madre experta, la gran foca monje, con su bigotito de foca monje also included, que te recuerde que es una temeridad acostar a los niños en la cama de los padres. Y lo es, no digo que no, pero también lo es ser cruel con la debilidad y sueño ajeno, y ellas lo son. Yo no voy a aplastar a mi niño, más que nada, porque no pego ojo, sólo descanso aprovechando que deja de llorar: me convierto en un camaleón, con un ojo abierto y el otro cerrado. Mami siempre vigilaaaaaa.

– Cómprate una cuna de colecho, que son muy útiles; pero cama: ¡camaaaa, nooooo…! – Y la foca monje y su mostacho se permiten menear la cabeza, sin repara en que no es eyeliner lo que me enmarca los párpados: es p*to insomnio.

Y tú un bozal, chata, que hay que ver lo mucho que se arreglaría lo tuyo con la boca cerrada y la máscara a lo Aníbal Lecter. Noe Martínez, la mujercita que nunca se duerme en los laureles, ¡más quisiera yo…! 😛 

SUGERENCIA MUSICAL, Quizás, quizás, quizás, versión de Nina Díaz

 https://www.youtube.com/watch?v=BXscz3EtYA4

Desconozco cuál es el cauce inconsciente que te lleva a comprender a Einstein y su consabida teoría, pero doy fe que es verdad. Sin relatividades, sin paragón, sin comparación o parámetro alguno: todo depende de lo que depende. Porque una cosa es tener clara una conducta familiar, un axioma educacional, y otra, poder ponerlo en práctica siempre, sin tener en cuenta esos otros muchos factores que, a lo largo del día, te recuerdan que donde dije digo, digo Diego…

No es que yo sea una madre calendario, que tampoco hay que exagerar, pero siempre he disfrutado del orden, del concierto, de la monotonía de saber qué voy a hacer incluso cuando no tengo que hacer nada. Peeeeroooo, desde que los niños llegaron al hogar, mis normas se han hecho para que yo sea la primera en adaptarlas (hermoso eufemismo que me evita endilgarme el ‘me las paso por el arco del ya te dije’). Es condición sine qua non lavarse los dientes antes de irse a dormir, ofcors, pero si hay berrinche por fiebre loca, berrinche por estoy muerto de sueño, berrinche por soy el no personificado, mamá se traga su normita, sin verbalizar aquello de…

– Vaaaleee, hoy no nos lavamos los dienteeees…

Vade retro, Satanás. Tararí, que te vi. Porque si lo haces, lo de verbalizar, digo, estás perdida. Es como el asunto este de los documentales de la gacela y el león del Serengueti: no te muevas, si huelen el miedo, ¡te papan…!. Mis niños no son leones, si acaso gatitos con furia, pero cuando se ponen, se ponen. Así que, por mucho que me empeñe en explicarles que con la higiene no se negocia, si dicen no, pues no. Y no. Ya me puedo poner como un erizo, que si es no, pues eso: en boca cerrada no entran moscas. Ni cepillo de dientes, por muy eléctrico y muy de IronMan que sea.

– Quenomelavonomelavoyyastááááá. Nmmmmm

Que no me lavo, no me lavo, y ya está. Nmmmm. Y ahí estoy yo, con el cepillo encendido,  haciendo ruido de cortacésped, a rebosar de pasta de dientes de Bob Esponja, intentando que el mayor abra la boca. Lo intento haciendo alarde y uso de mis dotes de madre dialogante, pero cuando la cosa pinta en bastos, intento hacer cuña con las cerdas en la comisura de los labios, a ver si así… Nada, no hay tu tía. Resistencia numantina.

– ¡Quedijequenoynoynoyno…!

Claramente, supernó, porque a mucho que el cepillo estuviese sacando lustre a los paletos, con la mandíbula cerrada a cal y canto, allí no entraba ni una bala rusa. Suspiro, aclaro el cepillo, en resignado silencio, para desconcierto de mi mayor. Tiene miedo a hablar, porque sabe que si lo hace, puede ser que yo aproveche para atacar con el mortero dental, cargadito de dentífrico. Se parapeta tras la palma de la mano e inquiere:

– ¿¡No me lavoooo…!?

– ¡No! – Paso una tolla seca por su cara.

– ¡Aaah, no! – Abre un hueco por la pared que ha improvisado con sus dedos, tapando la boca.

– ¡No!

– Vale, pues no… – Lo celebra, apretando mandíbula contra mandíbula, disfrutando del look tiburón que ello le confiere en el espejo – ¿¡No me lavo porque tengo no tengo suciedad…!?

– Ya lo creo que tienes: bacterias y caries… – Lo miro, cogiéndole la cara con las manos – Pero si quieres dormir con esa colonia de bichitos en la boca, tú mismo…

– ¿¡Bichitooooos…!? – Mi mayor, que es lo más escrupulosos después del calvo del Mister Proper, echa la lengua y se rasca con el dedo – Que-yo-no-quiero-bichitos-en-la-lenguaaaa-oyeeeee…

– No sabes cuánto los siento, porque hoy duermes así. Mañana, cuando tengas pensado montar tamaño guirigay, te lo piensas…

 

 Higiene bucal 0 – Número de la cabra  previo a acostarse 1

El caso, es que aquella  noche se acostó con la boca con sabor a Dalky de chocolate y nata, y con una nube de pelillos de tejido polar, fruto de de su ahínco en hacer desaparecer las bacterias y las caries frotando con la manga del pijama de Big Hero 6. A oscuras, metidos en la cama, y después de leer por enésima vez la ‘Verdadera historia de Peter Paker, el gran Spiderman’, oí como rozaba la lengua contra el tejido acrílico. Raca, raca, raca, raca. Y vuelta a empezar.

– Nicolás, hijo, para un poco, que te vas a dejar la lengua lisa…

– Ni lisa ni liso, mamita, que tengo bichitos, ¿o es que no sabes que no me lavé los dientes…?

– Lo sé, pero no te los lavaste porque no te dio la gana, te recuerdo… – Le digo, acurrucándolo contra mi regazo.

– Pero tú eres mi madre, y si eres mi madre, tengo que hacer lo que tú me mandes… – Gimoteaba, sin lágrima alguna. Ni la primerita.

– Yo no mando, Nicolás, yo te ayudo a que no se olviden los hábitos diarios: si hay que lavarse los dientes…

– ¡Pues eso, jolinesyá…! – Me corta – Si hay que lavarse los dientes, ¿por qué no me los lavas?

– No te los lavo, porque eso es responsabilidad tuya – Le recuerdo con rintintín, tal y como mil y una vez me lo recordaron a mí a su edad – Así queeeee…

– Así qué, no, mamita, que yo soy pequeño y los pequeños no siempre sabemos todo… – Sigue fingiendo llorito, pero le sale fatal: ¡no cuela!

– ¡Ah, no…! – Me invade la risa, pero tengo que solaparla: la solemnidad de la ocasión lo requiere – Yo pensé que lo sabíais todos.

– Casi, caaaaasi tooooodooo… – Silencio. Raca, raca, raca, raca. Otra vez, la lengua en la manga del pijama – Lo de bichitos de la boca, por ejemplo, ¡eso no lo sabe ni Pepe el de El Madrid…!

Y claro, no hay risa que mil años pueda sofocarse. Que Pepe el del Madrid, muchacho virtuoso con el balón en la posición de defensa, no supiese que las bacterias colonizan la boca de los niños que se niegan a cepillarse los dientes antes de ir a dormir, era, en sí mismo, el gran gag de la vida: si me lo permiten, la dentadura del susodicho recuerda al asno de Shrek (vayan por delante todas mis disculpas a Pepe y a los asnos, por ponerlos en comparativa). Así que, una vez más, yo, la mamá norma sobre norma, me levanto, cojo al Amor-de-mi-vida-Primera edición (‘Segunda edición’ es el bebé, que aún no se cepilla los dientes, pero se saca brillo con una pieza de Lego…) y nos vamos al lavabo, volviendo a desdecirme en mi decisión de que allí se dormía con la colonia de bacterias entre incisivo, canino, molar y premolar.

Se cepilló como si no hubiese un mañana, arriba, abajo, lengua, arriba, abajo, lengua. Desde aquella, soy seguidora de Pepe en Twitter, no es para menos. Puede ser que no sea el supergoleador pichichi de la liga 2015 (que lo será y yo aquí, tan fresca, oye…), pero de lo que no me cabe duda es de que su magnetismo mueve montañas ¡de bichitos…! 🙂

 

SUGERENCIA MUSICAL, Una noche sin ti, de Burning y Antonio Vega https://www.youtube.com/watch?v=-4ccM8jUIAc

 

Hay días en los que el acostarte y levantarte están tan próximos en el tiempo, que no sabes si trasnochas o madrugas. Con la conocidísima sensación de tener los párpados revestidos de fibra verde de estropajo, dejas que las lágrimas fluyan a su merced, carita abajo, aunque no por pena (que te sobra al mirar el despertador…), sino de puro agotamiento. Así que, con ganas toreras de apuntalarte las pestañas a las cejas con dos chinchetas, te echas fuera de la cama, te calzas las zapatillas y empiezas el día mucho antes de que el sol inicie jornada. No se ha hecho la maternidad para holgazanas, y tanto que no.

– ¡A mí no me gusta este sabor…!

Desayunar, ese gran conflicto familiar que nos atañe una vez al día, pero que puede ocupar un par de horas. Leche con galletas, una afrenta de padre y muy señor mío.

– Nicolás, sí que te gusta: ayer tomaste exactamente lo mismo… – Dejo caer la cabeza sobre la mesa de la trona, más que nada, porque el cuello pide descanso, como el de los gansos tristes.

– ¿Ah, sí…? – Mi mayor hace un mohín con la boca, arquea las cejas y chasca la lengua – Vaya, pues hoy ya no me gusta este sabor, ¿qué te parece…?

– A mí me parece que como no desayunes, arresto los dibujos de la tele: ¿qué te parece ahora a ti…?

Y como si el bebé entendiese el castellano fluido y se viese jugando a las piecitas, con el televisor apagado, se coge un berrinche del quince, dando gritos de Tarzán . Aaaaah. Aaaaaah. Aaaaaah. Hasta el infinito y más allá.

– Lorenzo, hijo, no hace falta gritar tanto, ¿no ves que aún no es de día, y está todo el mundo en la camita…?

¡Meeec! Todo el mundo menos los niños y mamá, que gozan (¿?) de tanta actividad como Zara en primer día de rebajas. Así, mi mayor enrocado en su no, no, no y mi bebé emulando a Alfredo Kraus, oigo como un vecino sube la persiana con cierta virulencia. Lo sé y no lo sé, pero lo intuyo: lo hemos despertado nosotros. No es para menos, porque que el pequeño encuentre gracia en utilizar los cacharritos de metal de cocina Master Chef Junior de su hermano, para hacer de ellos unos timbales, no ayuda. Pero la culpa no es del bebé, pobrecito mío, sino de los cacharritos y la cocinita, que no digo que no sean un juguete didáctico de imitación no sexista (ahora hay que dar tantas vueltas a lo lógico para no resultar carca, que los eufemismos resultan peores que las propias definiciones). Lo que digo es que cuando alguien quiera agasajar a mis niños, sería maravilloso que pensasen en la convivencia familiar: el metal, el gran enemigo de la contaminación acústica vecinal. Y claro…

CotoclónPunchPunchCotoclónPomTicTonClonChiiiiis…

Y transcribo Chiiiis como nota final porque lo que entonces dio contra el suelo fue la tapa de una rustridera de la famosa cocinita, que dio rienda suelta a su sueño de ser un platillo de batería de orquesta. De lo más bien, oigan. Dos niños full of energy haciendo ruido de tropa napoleónica, una madre a puntito de sucumbir a su propio cansancio y un vecino al que le queda menos de un amén, Jesús, para llamar al lacero para que venga a por mis cachorritos malcriados. Pobre de mí. Pobre de mi vecino.

– Buaaaaaaaaaaaaaaaaaahbuaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaah…

Pobre de mi bebé. M*erda. En todo el dedito meñique del pie. Cacharrazo vil. Pupa millón.

Corro hacia él, aún a sabiendas de que el mal ya está hecho y que su diminuta lentejita, ese dedo redondo como una bolita de anís, no había tenido su mejor suerte. La mala costumbre de andar descalzo todo el día no ayuda a la hora de evitar según qué accidentes domésticos, pero ¿qué más puedo hacer salvo ponerle unos squíes, con su bota y su todo, y dejarlo andar a sus anchas con su improvisado forfait? (solución de Perogrullo, I know, pero mirad si no estaré enajenada, que hasta no me parece mala idea de suyo…) Así pues, haciendo uso de la atracción que todo dedo del pie ejerce sobre patas de cama/esquinas de muebles/sillas de cocina/costura de calcetines mal rematada, mi niñito de amor, mi bebé llorón se da a su quehacer favorito (protestar) pero esta vez agravado por un intenso calambre que, a juzgar por cómo sacudía el pie, le atravesaba de lado a lado.

Sana, sana, culito de rana, si no sana hoy, sanará mañanaaaa…

Le beso la frente, sin dejar de masajearle el desafortunado meñique.

– Pero mamita, no le digas ‘sanará mañana’, que a Lorenzo le duele hoy, hombreeee…

Mi mayor, que pocas cosas hay que lo pongan más nervioso que ver a su hermano quejarse de dolor, quiere tirarse de la trona (¡y zafarse así del desayuno! Lo parí yo y lo conozco como tal).

– Tienes razón, Nicolás, hay canciones que ni escritas por un manco, la verdaaaaad…

BuaaaaahBuaaaaahBuaaaaah. Pero súperBuaaaaah. Los gritos debían estar siendo registrados por los sismógrafos de Becerreá, Lugo.

– ¿Sabes lo que tienes que cantarle al bebé para que deje de dolerle…?

– Ni idea, amor… – El bebé se va calmando, mientras aprovecha para descargar adrenalina mordiéndome hasta dar en hueso, que se ve le está duro y no mola.

– A los bebés cuando les caen juguetes muy fuerte en el pie hay que cantarles la canción de jeychaval…

– Andaaa, ¿Y cuál es esa canción…?

– Es así, mira:

 

Jeeeeychavaaaal,

Tu culo huele maaaal

El mío naturaaaal

Dile a tu madreeee

Que te cambie el pañaaaal

Oh, yeaaaah…

¿¡Pero…!?

¿¡Cuándo…!?

¿¡Cómo…!?

¿¡Quién…!?

¿¡Con permiso de quién…¡?

No daba crédito: mi mayor estregado a la canción protesta, sacando su lado más punk, y yo sin saber nada de su afición underground. Rompí a reír a todo lo que me daba el diafragma, cosa que animó a Lorenzo a imitar mi júbilo y emoción, mezclando risas y lágrimas a partes iguales. Entre hipío y moco de ‘me duele que te c*gas mi dedito’, se dejaba ir por una carcajada nerviosa, mirando a su hermano con ojos de admiración profunda, como si fuese Bruce Springsteen o algo. El mayor, que necesita más bien poco para ponerse el mundo por montera y venirse arriba, repite en bucle a todo pulmón la canción de marras.

– ¿Te la aprendiste ya, mamita, o te repito..? – Se ríe – ¿Te repito, sí? ¿Te repito?

Repitió tanto y mucho, que el vecino, ya insomne declarado, se lió a mamporros con el tabique que nos unía como sacrosantos adosados que somos. Me importó una chirimoya su mosqueo, porque ver cómo mi mayor se había vuelto trovador autónomo delante de mis narices, sin haberme dado cuenta de que había crecido y podía razonar, argumentar, componer y dar conciertos a su antojo, me tenía muertecita de amor.

Quesonlaseisdelamañanac*joneeeesdealegríaesesaaaaa

El kruner punk y el del dedito amoratado se giraron hacia mí. No sabían de donde venía aquel grito mudo que se había colado en nuestro salón, y suponían que yo sí. Estaban en lo cierto. Lo sabía, ya no había lugar a intuiciones, pero era muy tarde para poner remedio porque, efectivamente eran las seis de la mañana, y en casa había una alegría de c*jones. Lo sé, no es hora para ser feliz, pero cuando la dicha llega, pues llega y no le vamos a cerrar la puerta con cuatro cerrojos, digo yo.

– Mira, ¿tú desayunas o qué…!? – Le doy un beso en la nariz de botón y le acaricio el pelo, haciendo equilibrios para que el bebé continuase bailando con mi pierna.

– Es que yo quiero palomitas o tortilla de chorizooooo… – Finge puchero.

– ¡Claroooo…! – Suspiro – Y yo bañarme en leche de burra…

– ¿Lecheee de burraaaaaa…? – Risotada – ¡Eso no existe!

– Ya lo creo que sí ¿o qué te crees que desayunan los burritos? – Arguyo, contundente.

– Jarabe de cerveza, mamita, ¿o es que no sabes tampoco esa canción…?

Y Nicolás se deja el gaznate en cada nota de la infantil canción, lo que levanta nuevamente la locuacidad de mi vecino. Lo último que me pareció oír, tabique de por medio, fue algo así como ‘me c*go hasta en Pilatos, hay niños de San Ildefonso que no vociferan tanto’. Y claro que los hay, pero está por ver que canten los numeritos de tu décimo. Yo, en cambio, tengo en casa el premio extraordinario del sorteo vital: ¡mis niños de amor! Gritones y madrugadores, sí, pero no hay Gordo de la lotería que no vaya acompañado de explosión y algarabía, ya se sabe…

Sugerencia musical, Explota mi corazón, de Rafaela Carrá

https://www.youtube.com/watch?v=gSAzYiiE4Kk

Ni lobo ni coco ni dragón que escupe fuego; lo que realmente aterra a una mamá imperfecta en el primer año de escolarización de su niño son los grupos de WhatsApp colectivos, esos en los que un buen día te ves incluida, y ahí se montó la gorda.

Y se montó literal y figuradamente, porque, es habitual que estos chats estén liderados por una mamá profesional, la que sabe la hora exacta a la que se extinguieron los dinosaurios y si Cenicienta usaba o no usaba braga faja bajo el ball dress. Esa mamá oronda, con voz decidida e infranqueable, a la que te da canguele disentir, por si te busca en Facebook y te pide amistad, con el único ánimo de dar por saco y husmear en tus fotos. Ay, esa mamá organizadora, con espíritu de Coronela, que sabe más por los jajajás y los emoticones con lágrimas de risa que por sus textos-dedo-en-teclado (que las faltas de ortografía laceran los ojos). Aún así, al rey lo que es del rey: la que funda el grupo de WhatsApp, es la que manda. Administradora de grupo, por su título nobiliario la reconoceréis. Por eso, y porque ella no es una mamá desnortada, desbordada, desdormida y despeinada como tú. Ojo, que ella no es una mamá cualquiera: ella es el buque insignia del saber, el libro gordo de Petete, la Belén Esteban del chat, el mapa de Dora Exploradora.

Ella, la mamá que lo sabe  t-o-d-o.

Así pues, y sin que tú hubieses sospechado antes que fuese necesario, empiezas a pensar que nada como estar conectada (noche y día, como las farmacias y los bares de lucecitas) a las madres de los compañeritos de tu niño. Y como el saber no ocupa lugar, y se ve que tampoco tiene horario para gozarlo, los mensajes no cesan, por mucho que sean las 21:30, y tú estés inmersa en la vorágine de las cenas, los no quiero dormir léeme otra el cuento del caracol y la hierba de Poleo, las pataditas a los barrotes de la cuna, los no quiero bibe de cereales, los quiero colito y abracito antes de dormir y una montaña de ropa para doblar que me río yo del Naranco… Mientras me debato entre mi deber casero y mi deber social-WhatsAppero, me convenzo de que tanto ocio y molicie virtual femenina a esta hora sólo puede responder a realidades familiares muy distintas a la nuestra: niños ya mayores, asistenta doméstica en múltiplos de 2, o bien, abuelos esclavos que se hagan cargo de los quehaceres diarios.

Metida en la cama con Nicolás, suspiro, miro el reloj y…

– ¡Tengo que contestar, no vayan a pensar que me importa una m*erda la tertulia…!

Con el bebé ya casi dormidito, mi mayor, que sigue con el cuento del caracol al que le duele la barriga y necesita una infusión de hierbas mentoladas, protesta al verme coger el móvil. Es su momento, y de no serlo, estando él presente, mi  móvil es para jugar a Spiderman, a Ninja Fruit, a las carreras de coches o, en su defecto, para hacer mil y una fotos, en modo ráfaga, ya sea de sus pies o de sus rodillas, dependiendo de si está sentado en el baño o en el sofá del salón.

Vale, pues Nicolás protesta y quiere hacerse con el teléfono, pero yo me debo al chat: sé que tengo que poner una carita WhatsAppera, aunque sólo sea, para que el resto de las mamás (y la administradora del grupo, ofcors…) sepa que me divierte en extremo la conversación de los c*joncillos. Estoy a punto de hacer pum del stress, aún así, pongo una flamenca, una carita con  la lengua fuera, unas palmas, un brazo forzudo y un mono que se tapa los ojos. Así, todo seguido, a modo jeroglífico.

– ¿Vas a poner también la caca con ojos, mamita…? – Inquiere el mayor, divertido, intentado aportar su genialidad a la conversación textual entre mamás.

– Ganitas no me faltan… – Desideratum est.

– ¿Conquiénhablasconquiénhablasconquiénhablassss…? – ¡Zasca! El móvil se cae entre la cama y la pared, sabiendo que el gotelé es tortura china 2.0 del siglo XXI. Mi mayor señala con el dedo: sabe dónde está el teléfono, pero no piensa meter las manos ni de coña. La experiencia, la madre de todas las ciencias… – Está ahí, mamita, pero no lo cojas, que la pared muerde…

– Ya sé que muerde, pero tengo que cogerlo: las mamás de tus compañeritos nos mandan mensajes…

– Y suena la campanilla, claroooo… – Nicolás me interrumpe. Asiento con la cabeza. Él arquea las cejas – ¿Y de qué hablan…?

– Pues… – Me quedo pensando, porque acabo de participar en el chat, pero… – ¡No tengo ni idea!

Maravilloso, me digo, lo mismo estaban hablando de algo dramático y yo con mi flamenca, mi carita con  la lengua fuera, mis palmas, mi brazo forzudo y mi mono que se tapa los ojos. Así, todo seguido, a modo jeroglífico.

En plancha. Me lanzo a por el móvil, en plancha.

– Mamitaaaa, que me aplastas el pirríííin… – Protesta mi mayor, al ver cómo hago de su barrigola una campo de batalla cuerpo a cuerpo.

– ¡Mío…!

Ya con el móvil en mi poder, me recorre el sudor: ¿y si estaban hablando del debate electoral y yo no estuve a la altura de tan altas reflexiones? PumPum. PumPum. PumPum. Corazón de melón, que me sabes a salchichón. Por fin, abro el WhastsApp. 25 mensajes nuevos. Madrecita María del Carmen, ¿a qué velocidad escriben estos seres…?

– Mochilas… – Suspiro, mezcla de alivio y ‘me-c*go-en-Pilatos’.

– Mochilasqué, mamita, ¿por qué dices mochilas, como Dora Exploradoraaaa…?

Le beso la cabeza, lo acurruco contra mí, y apago la luz de la lamparita de la mesilla. En serio, me digo, me maravillan las madres nivel PRO que disfrutan poniendo a prueba a las que nos estrenamos el arte de sobrevivir a los uniformes, actividades extraescolares, cumpleaños multitudinarios, festivales de fin de curso… y excursiones con mochila-ni grande-ni pequeña-con tira cruzando de lado a lado-sin cremallera (y puede que, incluso sin mochila, porque ya me diréis…). Mientras encuentro sosiego en el olor narcotizante que desprende el cogote de mi mayor, me pregunto si no sería más fácil leer la circular que manda la profe, en lugar de andar con dimes y diretes, con yo sé más que tú, tururú. Con la mano dolorida, que el gotelé es mucho gotelé, dejo que el sueño llegue a nosotros, y hablo en plural, porque Zzzzzzzz.

Tilín. Tilín. Tilín.

– ¿Quiénllamaahoramamitaaa…? – Pregunta Nicolás, ya con un pie en el reino de Morfeo…

– Rafaela Carrá, hijo, duerme tranquilo…

He aquí una mamá imperfecta, hasta los mismísimos y los susodichos, disfrutando de lo único que importa: la familia. Los grupos de WhatsApp escolares, el patio de corrala de la nueva era. Vaya tela, chatos… 😛

Sugerencia musical, Fly to the moon de Frank Sinatra,

https://www.youtube.com/watch?v=mhZ2X9znPxM

Y no todo es tan duro, ni tan disparatado, ni tan agotador en la feliz idea de tener niños; también hay momentos de absoluta paz y equilibrio.  En serio. Palabrita. Y esa paz tan necesaria se convierte en tan adictiva, que cuando piensas en qué hacías cuando no estaban en casa, sólo se te viene a la cabeza una ladera llena de cardos y polvo seco, nido, sin duda, de algún bicho toca pelotas. Porque vivir, lo que es llenar las horas de la emoción de no saber si serás capaz de llegar entera la siguiente, eso sólo sucede cuando estos tipos que has parido llegan para quedarse. Para invadirlo todo de emoción y de corre, corre, que te pillo. Con ellos llegan los miedos, la vulnerabilidad absoluta, el idilio con el Dalsy, el termómetro y las noches en vela. Pero también los abrazos mulliditos, los besos con babas y olor a leche de continuación o natilla de chocolate. Que llegue el fin del mundo, estoy preparada: he experimentado el nirvana. Y todo gracias a ellos, a mis hijos.

Nada comparable a esta maravillosa sensación de estar al límite de tus fuerzas, para que cuando por fin los dos niños duermen, quizá uno en tus brazos, te invada el súper power, el mega poder de amar hasta el infinito y todas las estrellas, y no sólo te alegres de parecer una careta de zombie (Halloween lo inventé yo, ya te digo), sino que ya le has encontrado estética al tono azulado que te surca la cara desde el lacrimal hasta el lugar donde antiguamente habitaban tus pómulos y su grasita favorecedora. Ahora que ya no me preocupa tanto lucir guapa como aparente, he llegado a la conclusión de que lo que más me favorece, lo que realmente me sienta bien es ver crecer a mis niños. Lo sé, suena cursi, ñoño, quizá mil veces oído, pero es que cuando te toca, te toca. Y ahora que me tocó a mí, me río yo de las flechas de Cupido. Ya lo cantaba Karina…

Esas flechas van contigo donde quiera que tú vas, 
están entre tu pelo y en tu forma de mirar, 
son las flechas que se clavan una vez y otra vez más, 
esas flechas van contigo donde quiera que tú vas.

No se conoce cariño más supercalifragilísticoespialidoso que este. Amar en salones revueltos, ¡qué gran escenario…!

Y como digo, es cuando la casa está en silencio (un lujo escaso que sucede una hora como mucho, entre el último biberón del pequeño y el primer pis de la noche del mayor) cuando hago balance y me reafirmo en que seguro que hay vidas más vidorras que la mía, con más qué se yo que la mía, pero seguro, seguro, seguro, que no tiene un nosotros como el mío, el que hemos construido el paciente padre, la madre imperfecta y los dos querubines extraordinariamente queribles.

Este nido de locura, alboroto, prisas, neveras a rebosar de yogures y mesas repletas de sobras de desayuno+comida+merienda+cena, que hacen que engordemos en nuestro afán de ser ‘coche escoba’ y no tirar nada que sepa/tenga/recuerde al chocolate (un pecado, no me digáis). Lavadoras de 7 kg que se quedan pequeñas y te hacen envidiar a los albañiles y sus hormigoneras gigantes, con un diámetro tal que cabrían en la misma colada los abrigos del cole, el edredón de la cuna, el albornoz de piscina, el disfraz del oveja para el festival de navidad y, puede, que hasta yo misma (así me aseguraría la ducha, gozo mayúsculo, no se crean…). Cestas de calcetines huérfanos a la espera de que los saquen de su singularidad no escogida, porque son tantos los que están sin compañerito, que llegas empatizar con su soledad del cojo. Armarios que son, en realidad, trincheras: abres la puerta y ¡a cubiertoooo…!. Cocinas con tantos sistemas, chismes y cositos de protección, que, a veces, no sabes si estás abriendo el horno o la caja fuerte. Platos de Peppa Pig, mugs de Mickey Mouse, vasos Minion, ¡Murcia, qué hermosa eres! Ains… Hay qué ver al paciente padre, con americana y foulard, elegante y oliendo a colonia rica, desayunando en tan selecta y distinguida loza: gana enteros en el ranking del mejores compañeritos del mundo mundial. Cajones de ropa blanca en los que pueden vivir Playmóbiles, pelotas saltarinas y hasta un trozo de pan reseco, que por alguna razón debió constituir un peligro para el bebé, y quedó arrestado en el lugar que teníamos más a mano. Todo es posible, no os digo yo que no, porque hasta un dinosaurio tenemos en las escaleras, porque dice mi mayor que nos protege de los fantasmas y los esqueletos. Ya, ya sé que no existen los fantasmas, tampoco los esqueletos que quieran censarse en un lugar húmedo como el nuestro. Lo de los dinosaurios no lo tengo tan claro, porque al que hemos adoptado le falta un palmo para medir lo que mi abuela, y ya le tenemos cierto respeto y cariño.

En esa calmachicha maravillosa que es el impás entre morir de cansancio y disfrutar de él, esta hora antes de desplomarme entre el edredón y el colchón viscoelástica (me nominen al Nobel al inventor, porplís) me acuerdo de mi vida de antes, de la Noe anterior a la Glaciación, y estoy segura de que no me gusta. Me veo rara, no me reconozco y estoy segura de que, tanto tiempo después, y con déficit de sueño como retar a la Bella Durmiente, no cambio esto por nada, porque la aventura de acompañar a mis hijos en el camino estupendo y largo que es formarlos para ser unos tipos de bien, sanos por dentro y por fuera, y con capacidad de ver vaso medio lleno aunque el agua les llegue alguna vez al cuello, me impulsa a vivir esta carrera de fondo como lo que es: mi familia, mi cuevita del amor.

A ella me agarro con Loctite, queridos todos, porque nada hay que me guste más que un cuento con final feliz.

 ¡Felices fiestas a todos! Salud, chatitos, que de lo demás ya nos vamos ocupando, si eso… 🙂

SUGERENCIA MUSICAL, Un año más, de Mecano  

https://www.youtube.com/watch?v=n5KmzA_hMqE

¡Ay, de mí, que ya no siento mariposas en el estómago cuando se acerca fin de año! Yo, la misma a la que no le llegaba el tiempo de septiembre a diciembre para encontrar un modelito lo suficientemente brillante, ceñido, cortito e incómodo para despedir el año con la locura que merece. Pensar ahora, desde mi circunstancia de madre servicio 24 horas, en años aquéllos juveniles y no tan juveniles (¿los 30 es edad púber? Sí, no, su tabaco, gracias…) no hace sino arrancarme una risa sarcástica, como si la visión de mi persona en versión despreocupada fuese un personaje de Friends.

Pues bien. Como cada diciembre desde que los romanos se sacaron el calendario debajo de la cuádriga, el año llega a su término. Época de balance y balanza (excesos navideños que no perdonan), de celebración y júbilo (¡Por fin llega Ramontxu y su capa…!), de planes a medio hacer y otros cientomillón por hacer (tonificar la musculatura abdominal tras los embarazos y/o buscar en Amazon si hay algún milagro que me evite pensar en ejercicio para conseguirlo), pero sin duda, lo más mejor de lo mejor es darse una panzada a revisar el año en fotos, click, clic, ¡patata!.

Ahá. Te lo digo, vampiro, porque otra de las cosas que descubres cuando los niños llegan al hogar, es que ya no vienen con un pan bajo el brazo, sino una tarjeta de memora SD para la NIKON. Y lo que antes, en la era prehistórica en la que el paciente padre y yo éramos novios disfrutones y hedonistas, eran álbumes de viajes, de vida en pareja, de cumpleaños, aniversarios, domingos de playa o quizá tardes tontas en el sofá, con cariño, risa y manta de los fríos, ahora son reportajes infantiles desde todos los ámbitos, encuadres, ángulos y escenarios. Y digo reportajes infantiles, porque es tan difícil que alguno de nosotros podamos posar con ellos, que las instantáneas dan cierta sensación de orfandad pictórica: Luke, soy tu padre, pero no salgo en la foto porque en ese momento tu hermano quería babua (*agua). Como si lo viera…

– Papi, mira qué regordete estaba aquí el pequeño… – Miro, embelesada, los mofletes de Lorenzo, que dan ganas de babar la foto a besos.

– Oye, ese que está ahí detrás, ¿soy yo…? – El padre, con mirada de ranurita, a lo de chino mandarín, se esfuerza por reconocerse alláááá, a lo lejos, desenfocado en una esquinita del retrato.

– Pues no sé, pero puede ser… – Me apresuro a ponerme las gafas: los años y el astigmatismo no perdonan – Y sí, puede que sí, mmmmsííí…

– ¡No me j*das que estoy tan mayor…! – Con incredulidad, con desasosiego, con más gracia que resignación, el paciente padre se valora, cosa que me maravilla+sorprende, ya que no se le distingue con claridad en la foto.

– ¡Tshhhhh…! – Mando callar, chasco la lengua y arqueo las cejas – Estamos pa’comernos…

– Ya lo creo, pero con pan de  bolla y haciendo sopas, porque hay que ver qué envergadura…

Lejos de darle la importancia que requiere su apreciación sobre su volumen y/o masa corporal (que me repirra, dicho sea de paso), yo sólo tengo ojos para los mofletes cárnicos y jugosos de mi benjamín. La imagen de su carita redonda como una sandía, sus ojos vivarachos, su sonrisa toda llena de dientes de ratón y su mentón partido, tan Martínez y tan particular, es un catalizador de amor, que fluye a escape libre. Como las abuelas de antes, beso el retrato de mi bebé, como si los dos millones de achuchones que le acabo de dar antes de dejarlo en la cuna se me hubiesen quedado pequeños.

– ¡Aiiiiiins, qué te como vivo, gandulete…! – Exclamo a todo pulmón, totalmente enajenada y muertecita en love de verdad verdadero.

– ¿A mí…? ¿En serio…? – El paciente padre, que ha aprendido a vivir con alegría y chascarrillo la falta de tiempo para todo, incluso para intimidad, se me acerca y me tira un pellizco en el pompis.

– ¡Animal, para que te siente mal después de cenar…! – Me río a carcajadas y le beso la nariz.

– ¡Sal de frutas: santo remedio…! – Y se acurruca a mi lado, agotado como cada final de día, independientemente que sea fin de año o carnaval, para seguir mirando y admirando fotos de nuestros niños – Cans de palleiro, te lo advierto…

Y tiene más razón que yo qué sé, porque los que somos oriundos de la tierra de Breogán, y adictos a la sabiduría popular, sabemos que no hay cachorros más bonitos en la naturaleza que los que nacen de esa raza incierta, crisol de golfería canina, a la que llaman ‘can de palleiro’: los mil razas, que dicen ahora. Como todos los padres, supongo, que soy consciente no somos los único abducidos por el amor filial, los sentimos, los vivimos tan guapos y tan de quedarse con la baba colgando al mirarlos, que en algún lugar de nuestro gen visionario, sabemos que tanta belleza no puede durar para siempre. O sí, pero por si eso no sucede, y la adolescencia les regala incertidumbre, inseguridad, granos de acné y, quizá (seguro), mal de amores, queremos que sepan que han sido los niños más hermosos, más adictivos, más curapupas, más compañeritos del alma del mundo mundial.

– Son bonitos de c*jones, no me digas…

Arguye el orgulloso padre, mientras encuentra acomodo en el sillón en el que ya a duras penas cabemos, porque el señor Potato, Spiderman negro, un Bubble Guppie, la pelota de Bob Esponja y una galleta de dinosaurio chupada campan a sus anchas, sin intención de hacernos sitio.

– Pero de c*jones miringallones, pater… – Puntualizo, con tonito jocoso.

– Que lo decía el abueeeeloooo… – Ríe el maridito, rodeándome con el abrazo del oso.

– Elaaadioooo…

Y tan verdad como que el mundo es mundo y los lipstick de Max Factor 24 horas funcionan tan bien que hay que usar orujo de hierbas para desmaquillarse, hay expresiones familiares que se transmiten de padres a hijos, de mujeres a maridos, haciendo de ellas auténticos homenajes a seres que merecen la pena. El abuelo Eladio, que era más bueniño que las pesetas rubias, así se llama, ese es su legado. Así lo recuerda nuestro mayor, y nos encanta que lo haga. Porque eso es lo que era el abuelo: un cofre del tesoro, a rebosar de cariño y amor.

– Qué suerte hemos tenido con estos niños, papi…

– Sin duda… – Asiente, sin quitar ojo de la pantalla, porque Cristina Pedroche anuncia campanadas, con el vestido nudista de turno (si quiere salir en pelota picada, ¿por qué no lo hace? I wonder…).

Tintín. Tintín.

WhatsApp attack findeáñico.

– Noe, mensaje – Me dice el padre, sin parpadear, atento la tele. Sabe (él y media Guinea Ecuatorial…), que en un plisplás, la muchacha se hará un Telecinco, asomando culete/muslamen/poitrine. Tic, tac, tic, tac.

Cojo el móvil y asisto, entusiasmada, al aluvión de buenos deseos, la mayoría impersonales y puede que en cadena, de mis contactos. Algunos son amigos, otros conocidos, otros teléfonos que grabo en la agenda para saber quién me da el c*ñazo a deshora. Pero lo mejor, OOOOMMMMGGGG!, es disfrutar con el cambio de foto de perfil, ad hoc con la festividad del momento. Vestidos imposibles, de largos milimétricos, con pelos tan enlacados+cardados+recogidos que recuerdan a Luis XVI. Y ellos, tan de pajarita tan mal lucida que parece inevitable acordarse del payaso de Micolor (¡uy, soy tan de los 80…!). Sea como fuere, es el día del despiporre, de la noche interminable, del dolor de pies non-stop, del frío que te c*gas (abrigo no, gracias, que no se me ve el modelito). Noche de disfrutar a lo loco, que se nos acaba el año, y mejor que las campanadas nos pillen gozando, pero bien.

– Me voy a hacer un Colacao calentito antes de empezar con el turno de bibes… – Me incorporo, haciendo la croqueta sobre mi maridito.

– Que sean dos, pero no tardes, que falta poco para las doce…

Con su carrillón, sus cuartos, sus prisas, sus risas, las campanadas comienzan. Nos atragantamos, felices, con las pepitas y algún rabito que se coló en la fruta. En pijama, con calcetines gordos y zapatillas de Yeti (forrada hasta las rodillas, maravilloso invento). Nos abrazamos, nos reconocemos en la felicidad mullida de padres de dos tipos extraordinarios, que nos recuerdan ya, en el primer minuto del año, que siguen mandando ellos. Buábuá. Mamitaquierobeber. Caughcaugh. Quieropis. Otó. Cuchúúúú.

Feliz 2016, amiguitos, disfruten de la velada festiva, yo gozaré de mi dicha de ser mamá, que es una etapa tan intenta y chula, que da miedito perderse algo, aunque sea el zapato como Cenicienta. ¡Ah, no, espera, que tengo zapatillas de Yeti! Vaya, no digo nada, pero de ahí que mi príncipe azul sea un BigFoot de amor 🙂

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