octubre 2015


8.- NO IMPORTA

 

Sugerencia musical, NEVER MIND, Nirvana

https://www.youtube.com/watch?v=8yobQOi9y3E

 

Una de las cosas que antes se queda pequeña en una casa con niños, son los armarios. En serio. Da igual que vivas en la sección de dormitorios de IKEA: llegados los príncipes, se acabó el espacio. Y lo dice una mamá que ha tenido varoncitos, no quiero ni pensar lo que serían con dos niñas, que el universo de la moda para ellas es inabarcable. El caso, es que cuando iba a llegar mi mayor y estábamos haciendo nido, pensábamos que con la cuna, el color de las paredes, el cambiador, la cómoda y cesta monas, la cosa iba fenomenal, porque, al fin y al cabo, la ropita de bebé es muy chiquitita, cabe en cualquier parte y lo importante es que la habitación quede coquetona. ¡Meeeeec…! Primer error.

– No sé, a lo mejor hay que hacer una selección de pijamas… – El paciente padre, lucha porque los cajones cierren sin dejar colgando mangas/piernas de peleles de varios.

– Tú empuja… – Yo, que cuando me obceco, me obceco pero bien, me hago la sueca.

– No, si yo empujo, pero cuando quieras abrirlo, lo mismo hay que llamar a Thor…

¡Puuuum! Cajón cerrado, misión cumplida.

– ¿Ves? Sólo era cuestión de maña, Thorín… – Le beso la frente y sonrío, haciéndome la simpática, que me suele funcionar para limar tiranteces.

– ¿Maña? Maña la que vas a tener que emplear el día que necesites abrir el cajón con una urgencia…

Y como si aquello fuera un malfario de gitana-vende-romero, la emergencia no tardó en llegar. Al poco de estrenar alcoba, el bebé decidió que no sólo iba a hacer caca en el pañal, que eso lo hacen todos los bebés; lo suyo, que era un niño creativo, pasaba por hacerla dónde le diese la infantil gana: ilusa de mí, no sabía, entonces, que los culetes son mass destruction weapon. Cargada de toallitas, haciendo lo que podía por sujetar unas piernas que no dejaban de patalear y con la plasta inundándolo casi todo, me acerqué a zona minada, para comprobar que todo estaba limpito y requetelimpito. Nada más poner el ojo en objetivo Birmania, ¡zas…!

– Nicoláááás, hombrenopordiósamamitanoooooooo…

Y sí, Nicolás, sí, hombre por Dios, a mamita, sí. En todo el pecho, oiga. Y porque anduve, fina, que iba derechito a la cara. Mi mayor, que por aquel entonces contaba días, se empleó a fondo con su habilidad intestinal, haciendo que esa cosa líquida y pegajosa que tienen por heces los neonatos, hizo diana en mí y en la puerta de la habitación. ¡Palabrita…! No soy muy de ver pelis de francotiradores, pero creo estar en lo cierto si digo que la precisión y la puntería con la que salió aquello de un cuerpo tan pequeño, tiene mucho de cine bélico. Tiznada y maravillada a partes iguales (haberme apartado a tiempo me dio un plus de higiene facial que agradecía millón, sí…), hice malabares para llegar hasta el cajón de la cómoda-bonita-poco práctica en la que guardaba las mudas del bebé. Como lo importante y crucial es no dejar al bebé sólo en el cambiador, me estiré y estiré y estiré y estiré, tal cual Elastic Girl, y con un brazo crujiendo al límite de sus articulaciones, di con el cajón de marras, el mismo que mi maridito había cerrado empleando la fuerza de los mundos.

– No me j*das…

Y sin j*der no quedé, porque cuando ya tenía el pomo del cajón en una mano y sujetaba con fuerza el cuerpo del bebé en el cambiador, aquello no abría ni cien vidas que tirase. Entre buabuás, pataleos y ñññññeeehjñññññehhheh intentando abrir el cajón, me dejé la vida. Me dolían hasta las pestañas, tú. Cuando por fin creía que el puñetero cajón iba a abrirse, cual cueva de Alí Babá…

– Que baje ya un mojón de meteorito y me fulmine ya, en serio…

El pomo en una mano, el bebé en la otra. Y el cajón, en su sitio, con un agujerito que parecía mirarme, cual cíclope, recordándome las sabias palabras del paciente padre ‘Maña la que vas a tener que emplear el día que necesites abrir el cajón con una urgencia_ Maña la que vas a tener que emplear el día que necesites abrir el cajón con una urgencia_ Maña la que vas a tener que emplear el día que necesites abrir el cajón con una urgencia…’

Así que, cogí al bebé en brazos, aún no todo lo limpio que debiera, y me armé de paciencia para intentar que el cajón cediera. Nada. Dale, dale, dale, tira que te tirará, pero el cajón con su agujerito, que si quieres té, Marité. Nicolás, que nunca fue un bebé llorón, pero sí de pis fácil, pensó que, si estaba desnudito, en el regazo de mamá, tan a gustito, jugando a sabe Dios qué, sería porque allí se valía vaciar vejiga a escape libre. Así que…

– Eh, eh, eeeeeh, que me estás mojando toda, bribóóóón…

Corrí, como pude, hacia el cambiador, intentado que su mini manguerita no regase el edredón de la cuna y la almohada en la que, si salíamos de aquella, debía dormir su plácida siesta. Llegamos, que la habitación tampoco es Times Square, pero un fino reguero de orín trazó el camino hasta allí, y se me vino a la cabeza el cuento de Garbancito y las miguitas de pan. Vale, ya estábamos otra vez en el cambiador, pero no teníamos muda limpia, porque el cajón se la había apropiado. Estábamos otra vez en el punto de salida, en la meta volante. Bienvenidos al día de la marmota…

– ¿Sabes qué, bebé? – Loca de amor y envuelta en fluidos varios, me agaché a comerme a besos a mi niño de amor – Que ahora mismo nos vamos a la baño los dos, a ver si se nos ordena el Karma.

Así que, mamá y bebé llenaron la bañera de mayores con agua calentita, espuma como para napar el Annapurna y tantos juguetes que aquello parecía una piscina de bolas. Seguíamos sin tener muda limpia a mano, si a acaso, camisetas y pantalones de ir de guapo a donde quiera que vayan los bebés guapos del  mundo, pero pijamas y bodies no: el cajón, no se me olviden. El caso, es que, mirando el reloj, supe que el paciente padre no tardaría en aparecer, así que me di al placer del aseo compartido con ese sería ya, para siempre, uno de mis dos genes de la felicidad.

– ¡Vaya, qué bien estáis…! – el padre, complacido, asomó la cabeza y rió nuestra sesión de Spa familiar.

– Hola, papiiiiitoooo… – la mano del bebé saludaba, cual infanta de España – Haz algoooo con eseeeeee p*to cajón, que noooo nos daaa la ropaaa del bebééé…

– ¡Te lo dije…! – Exclamó, riéndose.

– ‘Te lo dije’ no es bien cuando acabas de volver del campo de batalla, papito… – Hago con los dedos del bebé la señal de victoria, como los asiáticos en pleno selfie.

Oigo como mi maridito va a la habitación. Forcejea y forcejea. Sé que el siguiente ‘ya te lo dije’ está en camino, pero me adelanto. ¡A las barricadas del amor, mis soldados!

– Papi, si quieres, en esta bañera hay sitio para alguien más…

– ¡Ya, gracias, pero estoy con el cajón…! – Silencio. Forcejeo – ¿Y ahora, con qué c*ño abro esto?

– ¡Con el martillo, mi Thor – Thorín…!

Me río a carcajadas y oigo como se acerca el padre, aguantando la risa, con una muda completa para el pequeño. No hace falta que lo vuelva a convidar a la fiesta de gel y amor, porque veo como se desnuda y entra en el baño. Allí, en medio de una maraña de extremidades paternas, el niño más lindo del mundo, esboza su primera sonrisa. ¡Nos morimos de la emoción…

– ¡Una sonrisa ya, tan pequeñito! – Jaleo, orgullosa.

Vemos como del agua de la bañera emerge una pompa diminuta, que explota en otras tantas, aún más minúsculas, si cabe.

– Noe…

– Ya… – Atajo, divertida – Era un pedete.

– Aliviadito que te quedaste, eh, ganduleteeee…

Pues vaya, never mind… Sonrisas de Buenos Aires, qué buena cosa, tú. 

 

 

 

 

 

 

 

8.- EL ESPÍRITU RAGATANGA

SUGERENCIA MUSICAL, Aserejé, de las Ketchup https://www.youtube.com/watch?v=V0PisGe66mY

 

TETA

Quizá voz expr.; cf. germ. *tĭtta, gr. τίτθη títthē.

1. f. mama (‖ órgano glanduloso).

2. f. coloq. Leche que segregan las tetas.

3. f. Pezón de la teta. Se agarra bien a la teta.

4. f. mambla.

5. f. coloq. Cosa muy buena. Es teta pura.

 

La RAE dixit, y no caben más significados en un término, que, si no andas lista, te da una y otra vez en la cara (literal y figuradamente) cuando la maternidad llega a tu vida. Y digo esto, queridas mías, ya que aún estáis a tiempo de no sentiros culpables por las decisiones que toméis con respecto a la maravillosa experiencia de ser mamá. Porque una cosa os participo: dar o no teta es sólo decisión consensuada de los papás (si el bebé es en pareja, sino, la cosa es más ‘porque lo digo yo y punto’, claro), no de la matrona, no tu suegra, no la frutera, no la teto-bloguera gurú del momento, no la hermana de la prima de un amigo que tu marido tiene en Tolosa… La decisión de amamantar (ay, Dios, me da cosita hasta el verbo, lo siento…), es cosa de la entidad familiar, aunque seas tú la que tenga que tener el pezón ready to go 24 horas al día. Tanto si lo haces como si no, no hay que ir por la vida pidiendo perdón ni sintiéndose Juana de Arco, porque lo únicamente prioritario y principal es que el bebé coma, y coma bien. Si la leche sale de la central de Nestlé o de tus cántaros de miel (léase con ojos de metáfora, porplís), ¿a quién c*ño puede importarle/preocuparle más que los recientes papás? Pues a todo quisque, por lo visto, oigan…

33FAST REWIND

– ¡Venga, un empujoncito final, que queda lo peor: los hombros…!

El parto de mi mayor lo recuerdo entre dolores que te c*gas y una nebulosa cenital, augurio de muerte inminente, fruto quizá, del bagaje cinematográfico que tenemos interiorizado, aún sin saberlo. Cuando, exhausta, pensé que el sufrimiento no podía ser mayor, y que tras doce horas de contracciones infernales, a las que una matrona tan inepta como patosa y con menos empatía que una faja de mercadillo justificaba como normales en una primípara, me dicen que me anime, que la estocada final está al caer, que si hasta el momento no me había roto en dos mitades, vagina de por medio, esta era mi oportunidad de oro para duplicarme, algo súper útil si quería simultanear el trabajo de oficina con las clases de Zumba, llegado el caso.

– ¡Ay, no, ay, noooo, yo no puedo más,  es que no puedo, por favor os lo pido, que acabe esto yaaaa…!

El futuro padre, que era tan primíparo como yo, miraba con pavor todo aquello. Nosotros no sabíamos nada de parir, pero nada de nada. Se suponía que estábamos en manos de gente sana mental, que sabía lo que hacía, y que había una cosa que se llamaba Epidural, que ayudaba a diferenciar al género humano del vacuno. Pues nada. A mí no me hizo efecto, y en esas estábamos, intentado que Nicolás asomase, además de cabeza, los hombros. Los p*tos hombros, que ya me había quedado clarito y meridiano, ‘era lo peor’…

– Por favoooooooorrrrrr…

Dolor delirante, grito de Tarzán y vómito. Oigo prisas, alguien que dice ‘la voy a ayudar, pasadme un bisturí’. A mí ya me daba igual, en serio os lo digo, porque para todos los efectos, era un ánima en pena. Con la inconsciencia y la insoportable levedad de la que piensa ha abandonado su cuerpo, me pareció estar viendo todo desde el techo del quirófano, incluida la cara de mi maridito, que me agarraba la mano con fuerza nivel Hulk. Oí como se abría la carne, la mía digo, y la más íntima y sensible: episiotomía, o cremallerita vaginal. Todo un primor.

Y cuando ya sólo me faltaban los salmos y las alabanzas para saber que había palmado, pero palmado de verdad (tanto sufrimiento y dolor no podía llevar, en sí mismo, nada que entrañase vida, sus lo digo, chatas…), oí el llanto de un bebé, que supe era mío. Supe era de papá. Supe que era nuestro niño de amor, nuestro trofeo de supervivientes. Me cuentan que me lo acercaron y que dejó de llorar, pero, a decir verdad, yo no me acuerdo, porque sólo lloraba y lloraba y lloraba, a la voz de ‘ayayayayayquememorí, me morí, yo me morí’

– Que no, mami, mira Nicolás, que guapo es…

Y era guapo que te caes para atrás, de culo mismamente. Guapo, hecho a conciencia (12 horas de parto, no me escatimen ni un reconocimiento, por favorcito), y grande como el tráiler de la gira de Alejandro Sanz. Me pareció largo y gordito, pero, sobre todo, fornido: ¡vaya envergadura, chatos! Los hombros, lo peor de sacar. ¡Y tanto! Madre del verbo divine, por muy bicho bola que sean cuando salen por el túnel de mamá, por muy indefensos que resulten en la cunita de la habitación de maternidad, por muy grande que les quede la ropa de recién: ¡tienen un volumen magnífico y colosal cuando piensas en que han salido de tu cuerpo! Que han salido, y lo han hecho por lo han hecho, claro está.

Así que, te cosen en vivo y en directo, diciéndote que no puedes notar las puntaditas virtuosas, pero tú te deshaces en lágrima viva, pidiendo clemencia o un garrotazo en todo el cogote, que es barato y parece un buen anestésico. Pero cuando vuelves a estar al límite de tus posibilidades, te traen al príncipe vestidito de azul, con el pelito de la cabeza rechumido en flujos varios, oliendo a cabaña vacuna, y te incineras de amor absoluto y profundo. Hueles sus manitos, su cuello, su naricita de botón, observas sus ojos de Lacasito, y piensas, no paso por otra ni de coña (pasas, ya lo creo que pasas: ¡yo repetí!), pero qué genial haber sobrevivido a todo esto para conocerle.

Gozando del momento de intimidad, el papá y yo mirando al bebé como la suerte de las suertes, oímos unos tacones por el pasillo. Cotoclón, cotoclón, cotoclón. Asoma una mujer, toda sonriente, agazapada tras sus mechas californianas, y se queda frente a nosotros. Nos da la enhorabuena, valora el estado del bebé, con lo que, entendemos, es la pediatra de urgencias. Y…

– ¡A que me vas a dar una alegría…! – Me dice, clavándome la mirada, mientras me devuelve al bebé.

– ¿!Yo…!? – Sollozo, no tengo ni idea de qué me habla, no sé qué espera de mí, pero estoy extenuada para tratar de ser amable con aquella señora empelucada, con un diente manchado de carmín, que manejaba a mi bebé como si fuera un Nenuco.

– Lactancia materna, ¿verdad…?

– ¡Y una porra…! – Nunca antes ‘porra’ sonó tanto a ‘m*erda’, la verdad. Sigo llorando – No, no, no, le vamos a dar bibe…

– Mujeeeeer… – Insiste, sonriendo.

– Biberón, ya se lo dijimos a la enfermera… – El paciente padre, interviene, taxativo.

– Ya, ya, lo sé, pero era por si a última hora… – Hace gesto con la mano, como si yo estuviese enajenada o me poseyera el espíritu Ragatanga.

– B-i-B-E-R-Ó-N, gracias…

Mi maridito zanjó la conversación, teniendo en cuenta que no debería haber comenzado jamás. Ese fue el comienzo de la retahíla de explicaciones que tuvimos que dar al respecto de por qué no dábamos pecho al bebé. Y no se lo damos porque así lo hemos decidido, y nada más. No hay nada masónico en nuestra decisión. No hay nada feminista, ni jipi, ni estético, ni moderno, ni porculero. No le dimos lactancia materna porque no dársela era una opción y un derecho. E hicimos uso de él. Lo sé, las mamás que dan teta están muy contentas y orgullosas de hacerlo. Déjennos, pues, a las que no lo hacemos, estarlo también. La salud de mis bebés está controlada por médicos y mis tetas por ginecólogos. Todo bien, todo en orden, dejándome medio sueldo en leche en polvo, pero eso, en todo caso, es también el efecto colateral de nuestra decisión. ¡Qué rule BlemilPlus 3 como para una verbena de pueblo…! 🙂

Y donde mas no cabe un alma 
allí se mete a darse caña 
poseído por el ritmo Ragatanga 
y el dj que lo conoce toca el himno de las 12 
para diego la canción más deseada 
y la baila!!! 
y la goza!! 
y la cantaaaaaaaa!!! 
Aserejé ja de je 
de jebe tu de jebere 

7.- CÓMO DICES…!?

 

SUGERENCIA MUSICAL, Quelqu’un m’a dit de Carla Bruni

https://www.youtube.com/watch?v=sNHlp56G5-0

 

 

Y sí, ser mamá es una genialidad de difícil explicación, por mucho que tengas claro lo del espermatozoide y el óvulo. Lo sabes, y aún así, cuando la tintura del test de embarazo te dice que te agarres, que viene curvas, no acabas de creértelo, porque ¿Cómo? ¿Cuándo? ¿Pero ya, sin previos? ¿Sin oír querubines y bandas de pueblo, anunciando fiesta patronal? Así, a loco, sin darte a penas cuenta de que lo que llevabas buscando meses está por fin aquí, empieza el gran viaje de tu vida. La vida en High Definition con gafas 3D, aunque para ello tengas que renunciar a casi todo, y esa renuncia la hagas de manera natural y voluntaria, porque qué habrá más fuerte que el amor a los niños que han salido de ti, de tu barriga increíble, que, sin planos ni Tom Tom Go, ha conseguido hornear y dar forma a un ser humano, con sus piernecitas y sus bracitos, su ombligo redondito, sus orejas alineadas a cada lado de los ojos, con su nariz de Lacasito y esa sonrisa de ‘vengo diseñado para molar’. Todo, todito, todo, lo ha hecho tu cuerpo, sin que tú, conscientemente, hayas tenido que supervisar nada. Si eso no es magia de la buena, que venga David Copperfield y lo diga, ¡telita…!

Pero yendo al punto kilométrico 0, al origen del mundo de sensaciones, amores y miedos que dan forma a la vida con niños, no deja de tener su gracia que todo comience así, mirando un stick con dos rayitas moradas, que no dejan duda de que allí, haber, hay tomate…

– ¿¡Cómo dices…!? –  Maridito dixit.

– Como te lo cuento… – Yo y mi susto, qué locuacidad, no me digáis.

Lo sé, en las películas, cuando la futura madre le da buena noticia al futuro padre, suele haber un escenario preparado y una cena romántica (nunca he entendido este término: ¿romántico implica a la luz de las velas, viendo menos que Pepe H*stia? Romántico son las ruinas de Tulum y allí hay luz como para subrogar a ENDESA…). Imbuidos por la intimidad del momento, ella, la futura madre, suele deshacerse en lágrimas de felicidad, compartiendo frases insuperables como ‘cariño, vamos a ser padres. Sólo espero que se parezca a ti, que eres de lo bueno lo mejor’. En esas pelis de amor almibarado, en las que llorar es condición sine qua non para sentenciar que ha sido un peliculón que te c*gas, el futuro padre suele coger por la cintura a la futura madre, que se deja balancear como llevada por su insoportable levedad, que diría Milan Kundera, y que no se acuerda del bebé que lleva dentro. En esas pelis, la noticia de la próxima llegada de un hijo suele ir acompañada de una BSO colosal, abusando de melodías de pegajosas y pegadizas, que se te quedan en la cabeza durante días, quizá años, y que no quieres dejar caer en el olvido, para cuando, por fin, seas tú la protagonista de tu propia historia, y toque hacer feliz al futuro padre, recurras a aquella música para aderezar el comunicado de que vuestro bebé it’s comming.

Pero después, tiempo más tarde, cuando por fin es tu momento y la oportunidad perfecta para hacer del asunto un día memorable, te pueden las prisas, los nervios, las ganas de gritarlo… y de que alguien se apiade de ti y de tus náuseas, ojú. Así que, ahí estás, con el pijama de ositos, el moño de andar por casa, con la cara hinchada de dormir rato sí, rato no, dando la noticia desde el baño, con el culo aún sentado en el inodoro, porque el susto te impide ponerte en pie. Blandiendo el Predictor como si fuese la Tizona de El Cid, berreas que es positivo. Pero positivo tan positivo que no puede ser más positivo. Las dos franjitas moradas te recuerdan que el sexo tiene efectos secundarios muy beneficiosos para la piel, la psique ¡y el útero! El futuro padre, que casi se come la puerta del baño con las prisas, no puede más que coger la prueba de embarazo y preguntar una y otra vez ¿En serio? ¿En serio? ¿En serio? ¿En serio?

– En serio… – Me río, tapándome la boca con la mano, porque por fin encuentro explicación a las arcadas de los últimos días.

– ¿Estás preocupada? – El futuro padre se acerca a mí, para abrazarme y retirarme las manos de la boca.

– ¡Tzzzzfffrrr…! – Mascullo, con los ojos en blanco – Estoy mareada…

¡Zasca! Vomitona, la primera de los nueve meses siguientes, en los que adquirí una capacidad de recuperación increíble. Podía vomitar en el minuto uno, y en el dos estaba escogiendo telas para la funda del edredón de la cuna. En mi bolso convivían los sprays refrescantes de aliento con el blíster de ácido fólico y un catálogo de IKEA / PRENATAL, con todas las páginas marcadas, recordando las mil cosas que me parecían imprescindibles y que, tras el nacimiento del bebé, se convirtieron en absolutamente prescindibles e hilarantes (¿calentador de toallitas del culo? Existe, palabrita).

Y qué más me hubiese gustado a mí que ser capaz de guardar el secreto de nuestra paternidad, mientras preparaba el escenario para dar la noticia. Pero:

a)      Siempre he sido de las que disfrutan más contando que callando.

b)      Las náuseas no me dejaban respirar, para cuanto menos organizar un festival del amor, con Majoretes, gigantes y cabezudos.

c)      Estaba tan hinchada (yo pensaba gases leguminosos o algo), que pensar en meterme en un vestido ceñido y sentarme a la mesa, a darme al romanticismo de las p*tas velas, me seducía tanto como hacerme la ingle con cera hirviendo.

d)       

Dicho lo cual, nada como la confianza y el cariño cómodo, tantos años antes cultivado, para que cualquier momento fuese el ideal para compartir la gran noticia. Así que, en el baño, mareada como una peonza y con la barriga inflada como pez globo, mi maridito supo que nuestro primogénito venía en camino. Nos reímos juntos, nos abramos mucho y bien, pero sin olvidarnos de dejar sitio a mis regüeldos, que anunciaban vomitona cada minuto y medio. Estuvimos un buen rato en el baño, como si la casa no tuviese más dependencias. Allí, entre alicatado y geles de baño, imaginamos lo que se nos venía encima, sin saber siquiera que la realidad iba a superar a nuestra idílica ficción de padres tan primerizos como con ganas.

Fue todo tan chuli, tan emocionante, tan nosotros y me supo tan a familia, que ni un minuto siquiera eché de menos una ceremonia de iniciación a la maravilla de vida que se nos avecinaba. El pijama de polar, mi moño despeinado, el aroma a café y cama calentita que manaba del cuello del futuro padre… sensaciones que, sin querer, se te quedan para siempre en el consciente y te adornan el subconsciente, porque, cuando los acontecimientos te sorprenden, y el Predictor te alertan de un nuevo bebé, tú, burra vieja y sabia, vuelves al origen de los tiempos, y deshechas la idea de la fanfarria, la mesa con mantel y luz tenue, y te lanzas al WhastApp y su alta definición fotográfica, como si no hubiese un mañana…

– ¡Click…! – Flash, foto bien encuadrada. Test de embarazo, con dos rayas bien, pero bien rectitas, cruzando de lado a lado – A ver, enviado, doble check azul…

Buenos días, papito!

Pero…!? Otro…!? :O

Ahá! O_O

Cómo…!?

Te hago un croquis…? J

Sin duda, cuando hay amor y complicidad, cualquier momento es bueno para compartir felicidad y buenas noticias. Las nuevas tecnologías pueden ser el restaurante francés, el plato de fresas y champán, el brindis por la suerte de saber que otro ‘mininosotros’ está en camino. Teoría de la comunicación: emisor-mensaje-canal-receptor-código-contexto. Para una noticia semejante, quedaba pendiente la explosión de cariño, pero de eso dimos buena cuenta al llegar a casita, que aún no hay realidad virtual que supere una guerra de besos como Dios manda. Ea. 

6.- MONSTRUOS S. A. 

 

Sugerencia musical, main theme Monster Inc

https://www.youtube.com/watch?v=_WRKbu5j0O0&list=PLC316E8E0EEA16049&index=1

 

 

Entender a un bebé va más allá de saber si llora porque tiene hambre, frío, pedetes o un all together. Entender a un bebé es un sindiós maravilloso, que sólo sucede cuando:

a)      Los astros se alinean, formando el cinturón de Orión.

b)      Un unicornio rosa quiere acampar en tu jardín.

c)       Llevas un año sin dormir y los santos todos, junto a Santa Bárbara a modo de tapón, se apiadan de ti y de tu maridito, que para entonces sois ya la viva estampa de la Duquesa de Alba en el museo de cera: puritita mojama. Ojú.

El caso, es que sucede. No sabes muy bien cómo, pero llega un punto, en medio de la locura total, que interpretas subida y bajada de cejas, respiración agitada, manotazos que amenazan meteoritos de potito, contorsionismo abdominal con traca final de mil y un prrrr. Lo interpretas todo y te adelantas a todo, porque así va la cosa. No lo has leído en ningún web site, no te lo ha revelado ninguna mamá perfecta de esas que te hacen estornudar palabras mudas de tipo ‘hasta las p*lotas me tienes tú y tu virtuoso niño sin mocos’. Ese momento de epifanía en el que conectas con tu bebé llorón debería contabilizar como puntos extra en la tarjeta Travel Club, en serio. P’abernos matao, que decía el otro.

– Noe, ¿qué le pasa ahora…?

El paciente padre, que bien podría llamarse paciente madre porque, salvo parirlos, los cría, educa y cuida como yo, se desesperaba cuando el angelito encendía el megáfono, llorito va, llorito viene, siempre a la misma hora: 21.10 horas; 7 días a la semana, 12 meses después de haber venido al mundo, nuestro heredero (sí, heredero, porque al ser otro varoncito, su vida es una reposición non-stop de todo lo que su hermano, el primogénito, ha estrenado. Línea sucesoria impera, qué le vamos a hacer…) seguía fiel a su cita de poner en jaque la convivencia familiar, que a esas horas era ya un campo minado y magnético.

– Si lo supiera, aunque fuese un poquito…

Vaya. No teníamos ni idea ninguno de los dos. Ni pajolera, así que tocaba acunarlo boca arriba, boca abajo, de lado, hacia la derecha, con loomping, sin loomping… Incluso, mientras respondía una llamada del abuelo preguntado por los niñitos, bien, bien, están bien, a ver si esta noche qué tal (¿en serio no lo oía llorar? Qué afortunado, debía ser el único mortal con tímpanos selectivos de este lado de la península). Porque la vida seguía, y si había que hacerse cargo del berrinche del bebé mientras se doblaba la ropa de la secadora o se hacía la compra telemática a Mercadona, pues se hacía. Mientras ardía el móvil con tu jefe del otro lado, pidiéndote no sé qué cosa urgente que no podía esperar porque n-o  p-o-d-í-a  e-s-p-e-r-a-r, pues también. Mientras el paciente padre estudiaba para un examen cuyo temario recordaba la torre de Pisa, faltaría más. Mientras el mayor, con unos celos de aquí a Pekín, reclamaba su derecho a saber si Dora llegaba o no a la p*ta colina de los arándanos, pues claro. Al bebé y su llorito lo atendíamos a pesar de todo. Por encima de todo. Incluso de nosotros mismos, que a todo llega uno. Resilencia emocional, creo que se le llama.

– ¿Sabes qué, no sé cuándo fue la última vez que me di un baño en condiciones? – El bebé, por supuesto, dando por saquete, en mi regazo, llora que llorará – ¿Sabes de lo que hablo? Esos en los que sales con los dedos arrugados como pasas de Corinto…

– No te preocupes… – el padre se acerca, me besa el pelo más despeinado de la historia de las pelucas despeinadas – bañarse con sales, espuma, agua calentita y silencio es de burgueses.

– Pues a mí no me importaría nada ser burguesa. O duquesa. O marquesa… – se me escapa un suspiro, pero me recupero. Soñar es peor aún: la debilidad no existe, la debilidad no existe.

BuáBuáBuáBuá.

– ¿Hamburguesa, dices…?

BuáBuáBuáBuá. Pero tan y tan alto, que llora uno y se oye dos.

– Que no, que duqueeeesaaaa digooo…

BuáBuáBuáááááááá. Se atraganta de los nervios. Lo incorporamos, nos morimos de miedo porque se pone rojo de la rabia y la perrencha. 

– ¡Oyeeee, bebé, no seas así, no asustes a mamá…! – El padre, templando inquietudes, inventa serenidad.

– ¡Ay, c*rallo, que está rojo como un morcón…! – Muero de pánico absurdo: respira, bebé, coge resuello, que acabamos todos en el psiquiátrico, me digo en un mar de nervios

Por supuesto, el bebé inspira una bocanada de aire tal, que yo creo sufrió apnea. Oxígeno full equip, retoma su actuación en el mismo punto donde la había dejado, poniendo los buás sobre las íes, dejando claro quién mandaba allí.

– Si vuelves a hacer eso… si vuelves a hacer eso… – sollozo como una Magdalena, no puedo con el batiburrillo de miedos y ansiedades que me provoca su llanto enloquecido – Grita si quieres a lo Mónica Naranjo, pero coge aire, ¿me oyes?

– No, Noe, a lo Mónica Naranjo no, que lo mismo nos lo fichan para La Voz Kids… – me dice el padre, limpiándome las lágrimas histéricas.

– Van, sí, y en cuanto llegue la hora de darle el bibe o ponerlo a dormir, nos lo devuelven por correo urgente…

Nos miramos y sonreímos, porque dentro de la melodía free jazz que entona nuestro pequeño, hay algo que nos une y nos separa,  nos crispa y nos engancha, nos enzarza y nos entrelaza. Sea lo que se de lo que están hechos los bebés, irradian qué sé yo para que no puedas alejarte de allí, porque sabes que es tu sitio. Al que perteneces y te corresponde. Puedes delegar, sí, pero tendrías que pedir referencias y curso acreditado de maestro barrenero, porque los decibelios de neo nato no son cosa baladí. Podrías cualquier cosa, incluso ducharte a voluntad, o depilarte las dos piernas el mismo día, pero para qué. Por qué, si todo pasa tan rápido que cuando por fin puedes dormir más de tres horas seguidas tienes miedo a no despertar si los niños lloran. Y tienes miedo de pirada, porque sabes, a ciencia cierta, que si lloran, los vas a escuchar tú y el vecino del quinto; aún así, descansas como los camaleones, con un ojo abierto y otro cerrado…

– Cari, ¿duermes…? – pregunta el paciente padre,  antes caer rendido.

– Depende de por qué lado me mires: yo siempre vigilo, Mike Wazowski. Yo sieeempreee vigiloooo… (Monstruos S. A., qué grande es el cine para pequeñitos) 

5.- NINJA TURTLES

SUGERENCIA MUSICAL, Las Ninja Turtles theme song

https://www.youtube.com/watch?v=CnMHQ5FNuis

Cuando por fin vuelves a tu estado civil de mujer no embarazada, estás que te sales de las costuras de alegría. Y lo haces literalmente. Tras nueve meses (o diez si le dejas contar a una matrona), tu cuerpo festeja, fariseo, que lo que te cuelga sobre, en y bajo el ombligo no es un bebé: es grasa. Y punto y se acabó. Grasa, y músculos gelatinosos que te recuerdan que allí vivió un ser, comió un ser, amaste a un ser, pero ahora, que ya no eres un horno multifunción, tu meridiano de Greenwich está blandito y bailón. Da igual que metas barriga, fingiendo abdominales (¿abdomiqué…? Abdominales. Ah, pues ni idea, yo no…), porque el espejo te recuerda que naranjas de la China, que si quieres té, Marité, que a otra cosa, mariposa. Y entonces empieza el calvario y el acoso a preguntas a todo aquel que viva contigo y tenga más de 15 días y/o 3 años, y que, dados los criterios de selección, sólo puede ser tu maridito.

– ¿Cari, tú me ves mucha tripa? – Camiseta levantada, dejando al aire algo arrugadito, basculante, que recuerda a un bizcocho sin levadura.

3. 2. 1, uf. Terror facial masculino. Si alguna vez habéis visto una peli de miedo o un especial Sálvame Deluxe, en el que alguien va a hablar de cómo, cuándo y cuántas veces se ha acostado con Paquirrín, sabréis de qué expresión os hablo. Pobre, el paciente padre, que no sabe ya cómo hacerme sentir bien, cómo recordarme que estoy estupenda, que todo vuelve a su sitio y, lo que es más importante, a quién c*ño le importa eso, si estamos sanitos el bebé y yo. Y tiene razón, pero a mí en aquel momento me importaba, y aunque suene a pataleta, a frivolidad infinita, me importaba porque quería volver a ser yo, con todo lo genial de haber parido dos niños, pero volver a ser yo, reconocerme dentro de mis pantalones y mis vestidos-faja. Aunque sólo  hubiesen pasado quince días del parto, cachis. Así que, vengaaaa, vamos al tema:

– Dime la verdad, en serio, venga… – Lo jaleo, animosa, creyendo que a él se la cuelo.

El miedo tiene un olor peculiar, los perros pueden percibirlo aunque estés temblando a todos los kilómetros de distancia. Vale, pues yo podía aroma agridulce del que teme decir lo contrario a lo que se espera; cerrado en el baño, supongo que sentado en el borde de la bañera, reuniendo fuerzas para hacerse a la tormenta perfecta, reconozco su carraspeo nervioso. Oigo el pasador de la puerta, pero no la cisterna, así que estoy en lo cierto: estaba trazando estrategia de defensa, angelito… Se aproxima a mí, valorando el timming de explosión, porque sabe que mi cabeza es una olla a presión, una granada de mano sin pitorrito, que se acciona con el leve movimiento de las pestañas. No quiere errar en el comentario, no quiere provocar la ira de Gru (los que tenéis niños, sabéis a lo que me refiero #minionización). El paciente padre no quiere nada, a decir verdad, salvo ayudarme, pero incluso su necesidad de hacerme fácil el tránsito por mi yo fofo y mi neurona blandita (depre post parto, le llaman), también la percibo como respuesta incorrecta. Y salto y salto y salto y vuelvo a saltar, porque a los pucheritos vamos a jugar…

– Haz el favor de no darme la razón como a la zumbadas, eh, que estoy cansada y exhausta, pero aún no estoy como la loca de…

¡TolónTolónTolónTolón, campana y se acabó! Cuando yo misma caigo en la trampa de empezar a mentar a propios y ajenos, es que he tocado fondo. No iba a yo a mencionar a nadie de su imaginario familiar o su relicario de amistades, o sí, o qué sé yo, que lo mismo sí y después era no, que cuando tengo las hormonas bailando Regetón, cualquier cosa es posible. El caso, es que, saaaabiaaamenteeee, me muerdo la lengua antes de iniciar la ofensiva. Porque caigo en la cuenta de que ya he pasado por eso, es la segunda vez que doy a luz y sé lo que es sentir que el mundo te aplasta y no quieres pedir ayuda porque puedes con todo y que esa sensación pusilánime se pasa sola si no piensas en ella. Y lo que es peor, no tienes fuerza para ver la luz al final del túnel. Ni para discutir y no llevar la razón, claro. Ahora, para llorar…

– ¡Hey, hey, heeeey…!

Siento como mi maridito me abraza y me sienta bien. Es genial y sorprendente volver a notar como toda yo entro en el perímetro de sus brazos, sin tener la sensación de que soy una morsa con bigotes. Es agradable, pero raro también. Nueve meses de abrazos con barriga son largos. Lo miro y veo que quiere decir algo, lo que sea, pero no articula palabra, sólo me abraza e, intuyo, reza porque no me venga abajo del todo.

– Estoy fea.

– No lo estás, porque no lo eres.

– Estoy fea.

– No lo estás, porque no lo eres.

– ¡Que estoy fea, dije…! – Elevo el tono, supongo que porque no me convence la respuesta.

– No lo estás… – Yo saco la cabeza de sus brazos y lo miro como si tuviese una mirilla telescópica. Di algo que no me mole y ¡zas!, esa es la BSO del momento en mi cabeza  – Nooo loooo estáááás poooorqueee…

– Pooorqueeeee… – arengo con la mano a que se esfuerce en ser creativo: ¡mi autoestima necesita un milagro! – pooooorqueee… – Enfatizo mi impaciencia llevándome la mano al oído: ¡habla, pardiez!

– Poooorqueeee túúúú… – Miedito, chanchanchanchan – sieeempre has sidoooo – Miedito otra vez, chanchanchanchan – la tííííaaaaa

¿¡Tía…!? ¿¡Tía…!? ¿¡Pero qué c*ño tía? Frunzo el ceño y él empieza a tartamudear: se ve venir la hecatombe.

– Porque yo siempre he sido la t-í-aaaa… – Tic, tac, tic, tac, mi temporizador de irracionalidad está a punto de caramelo.

– Pooorquee túúú sieeeempre has sidooooo la tíííía más buenorra y cachonda de todas las tías buenorras y cachondas que he visto en mi vida. Y no sabes lo que me gusta que todo esto sea mío…

– ¡Olééééé…! – Exclamo, muerta de risa, mientras dejo que nos caigamos sobre la cama, a festejar la verderola ocurrencia.

Porque en momentos así, recién parida, cansada de dormir dos horas de cada cinco, con menos tiempo para peinarte que para depilarte (absténganse de preguntas indiscretas), cuando el guapo subido está de vacaciones, y tienes la certeza de que una cosa eres tú y otra las fotos de cuando tenías veinte, sólo funciona lo animal, lo visceral, la atracción cuerpo a cuerpo. Allá donde la palabra no basta y no amaina la desazón de sentirte hinchada y arrugada como el culete de un octogenario, la sensación de sentirse aún en el mercado de la carne y la pasión, funciona. Funciona, divierte y alegra, porque esa es la clave de las parejas que molan: cuando la adversidad arrolla, vente pa`cá, reina mora, que de esto nos reímos juntos…

Y claro, blandita, arrugada, con el pelo enmarañado como un Nanax y sin acordarme de cuándo fue la última vez que me di un baño en condiciones, el plan de meternos en la cama era fantástico. Si no fuera por los puntos de la cesárea, que se aproximaba la hora del bibe del recién nacido, tocaba levantar al mayor de la siesta, sonaba la secadora, anunciando fin de programa… Nos miramos y, por décimas de segundo, pensamos, al carajo con todo, que se espere el mundo, que parece ahora es nuestro momento.

– Mamitaaaaaa… – Oímos una voz infantil desde el otro lado de la puerta – ¿Estás ahí?

El padre y yo nos quedamos tirados en la cama, abrazados, y vemos entrar al mayor, con los ojitos hinchados de la siesta, que nos mira y sonríe. Sin mediar palabra, se mete entre nosotros, y empieza a saltar en el colchón, lo que hace que temamos por nuestra dentadura/nuestras costillas/sus rodillas/la lamparita de la mesilla. Nos esforzamos por ayudarlo a no lesionarse, mientras nos miramos y pensamos, con acierto, que la magia de la atracción de pareja tiene que posponerse, qué remedio: somos padres. Chispum.

– ¿Mamita, vemos las Tortugas Ninja en tu Tablet, aquí, metiditos aquíííí…? – Y como toda buena pregunta infantil, antes de que nadie diga nada, él ya está con los pies bajo el edredón, deshaciendo la cama como si fuesen los de BigFoot.

El paciente padre sonríe, abraza al nuestro niño grandote, y mirándome, divertido, me susurra en el oído, mientras nos acerca la Tablet:

– ¿¡Tortugas Ninjas…!? – Pausa hilarante. Se masca la traca final – Para Ninja yo, que para echar un polvete en esta casa con dos niños, voy a tener que ponerme un pijama negro, un antifaz y liarme a dar saltos en silencio, hasta que logre colarme en mi propia cama.

Nos reímos mucho y bien. Nuestro mayor no pilla ripio, pero es lo que tiene la empatía: se ríe igualmente, porque sabe que eso socializa. Cuando veo salir a mi maridito por la puerta de la habitación, pienso ‘qué suerte la mía haber encontrado a un compañero tan estupendo para un viaje semejante’. Me sigo sintiendo gordinfla, arrugada, cansada y con la sensación de tener la barriga de Blandiblú, pero  con las Tortugas Ninjas en la Tablet, repartiendo pifostias a diestro y siniestro, paso un buen rato oliendo el pelo de mi hijo, que me reafirma que, hecha una piltrafa o no, soy disparatadamente feliz, por mucho que mi piel desmoronada se empeñe en poner todo de su parte para aguarme la fiesta.

Por cierto, de esto hace ya año y medio, y, como ayudita a mamás recién paridas, decir que toooodo acaba por recolocarse, que el cuerpo tiene memoria (¡y tanta!, si antes del embarazo no tenías pecho, dile adiós muy buenas a tu yo ‘Vigilantes de la Playa’). No diré que en idénticas condiciones que antes de tener dos bebés como okupas en la barriga, pero el cuerpo responde lo suficientemente bien como para que mayo empieces a temblar pensando en ponerte en bikini. Sea como fuere, lo importante es tomarlo con maternal filosofía y D-A-R-S-E  T-I-E-M-P-O, porque a las Celebrities que alardean de figura a tres semanas de parir, había que multarlas por exhibicionistas y escándalo público, ya te digo…

4.- 3 ES UN NÚMERO MÁGICO (Y 4, PERFECTO)

 

SUGERENCIA MUSICAL, Three is a magic number

https://www.youtube.com/watch?v=HL6PcEC8Hzk

 

Una de las cosas que más te seduce cuando ves que tus bebés van creciendo, es la idea de llevarlos al parque, y compartir con ellos lo que, en su día, tus padres compartieron contigo. Es como si, de repente, quisieses tomar el testigo de la mamá protagonista de una peli americana, que empuja sonriente un columpio, mientras su melena rubia de infarto va y viene, va y viene, va y viene. Pero, oh, realidad, que te pone en tu sitio en cero coma, y lo que, en principio, parecía fácil y divertido, se te hace tan cuesta arriba, que se te viene a la cabeza un Sherpa en pleno Tibet; pero no un Sherpa cualquiera, sino el único Sherpa apapostiado de todo el Tibet, que no sabe que su profesión es sinónimo de mulita de carga. Por si no soy lo suficientemente clara, sintetizo: S-O-C-O-R-R-O.

Recuerdo nítidamente aquella primera tarde de sábado que mi maridito y yo decidimos llevar al primogénito al parque, a tomar su potito de fruta y sus par de Petit Suisse de fresa (no me preguntéis muy bien por qué, pero a los niños del siglo XXI se les dan de dos en dos; a los que nacimos en el 19algo, uno ¡e ibas que chutabas y metías y gol!); y digo que lo recuerdo con nitidez porque por muchas glaciaciones que nos acometan, Dios quiera que ni la primera, no se borra la experiencia, ¡ca…! Esa mirada de padres inexpertos, con ganas de sentirnos uno más en un lugar de recreo donde todo inspira al júbilo y la risa. Esas ganas infinitas de retratar el momento, cargándonos de cámaras (dos, por si quedaba ángulo o perspectiva sin inmortalizar), de cubos, de pelota, de perrito con cuerda FisherPrice que hablaba y cantaba dos canciones en bucle, de gorrita, de chaqueta, de chaquetón (mayo, no importa, puede nevar: en Canadá está a la orden del día), una bermuda por si sale el sol, un chándal por si se sale el pis, una camiseta por si se inunda con las babas de la emoción, unos deportivos por si le acometen las ganas de ser el pichichi de la liga InterGuarderías… Cuando nos dimos cuenta, el paciente padre y yo, teníamos una mochila más grande que el monte Pindo. No, no me lean desde la exageración, queridos, no. Aquella mochila de parque, que apoyada en el suelo recordaba a un moai de la Isla de Pascua, nos dejó ac*jonaditos perdidos…

– Noe, ¿en serio hay que llevar todo esto para ir a merendar al parque…? – Me pregunta el paciente padre.

Los dos, con los ojos cual tardío-adolescente saliendo de un After, miramos el mochilón y, telepáticamente (como casi todo lo que nos decimos desde que somos padres, que hablar es para señoritos, que tienen tiempo para florituras), nos preguntamos si el día que vayamos a la playa no tendremos que contratar a mudanzas Boquete.

– ¡Prrrrr…! – Contesto, arqueando las cejas – El c*rallo es quien lleva eso a cuestas hasta allí…

Y ahí estábamos, dos adultos, un bebé, un carrito y el moai de Isla de Pascua en versión maletón, camino al parque. No sé deciros cuánta es la distancia desde casa al lugar de esparcimiento infantil, pero palabrita que, cuando nos vimos llegar, queríamos que nos sellaran la Compostelana, ojú. Por fin llegamos, tras varias paradas intermedias, ¡fuf!, conatos de ‘una vez y nada más, Santo Tomás’, ¡fuf!, papi, aquí huele a caca ¿paramos y lo cambio?, ¡fuf!, cámbiame a mí también, que me voy c*gando en todo lo que se menea, ¡fuf! y un ocurrente anónimo, coreando nuestra expedición, a la voz de ‘¿remolque sin intermitentes? Si te pilla tráfico, te cruuuujeeee…’. Sudados, extenuados, tensos, muertecitos de calor, sedientos como una Spontex, pero llegamos: ¡y ya no veíamos la hora de marcharnos…!

El caso, es que ya estábamos allí, al menos, de cuerpo presente, así que bajamos al bebé, e, intentado recuperar resuello, le íbamos diciendo: miiiiraaa un coluuuumpiooooo, miiiiiraaaa un balancííííin, miiiiiraaaa un tobogááááán. Él, que era un bebe y no tenía ni pajolera de qué era un columpio, un balancín y un tobogán. Él, que era un bebé y no tenía ni idea de qué se esperaba de él, y, mucho menos, cuál era la extraña conexión entre su mini-cuerpecito de ser humano con L- de prácticas y aquellos artilugios, empezó a llorar descontroladamente, pero tan descontroladamente como daban sus mini-pulmones, que cuando se tensaban, hacían resonancia galáctica. Berreaba tanto y tan alto, que los otros niños, ya veteranos en el arte de dejarse la piel de las rodillas en el tapiz de caucho del parque, se apartaban de nosotros, no fuese a ser el demonio… El primogénito no quería estar allí. No quería. Que no.

– Eso es al principio, es que es novedad… – el paciente padre, animoso, a pesar de hablar como si Dark Vader, aún sin aliento tras el peregrinaje con el mochilón a cuestas – Déjamelo, ya verás que bien se lo pasa.

Fue decirlo, y ¡zas! El bebé arrancó a llorar aún más fuerte, dando manotazos a diestro, siniestro, arriba y abajo. Yo no sé nada de lenguaje de signos, ni de alta diplomacia internacional, pero allí se estaba cociendo el caos.

– Papi, papi, papiiiii… – ¿El grito de Munch? Esa era mi cara…

– ¿Qué, Noe, quéééé´…? – El padre, se giró, alarmado por mi tono de voz y…

¡Vómito, vaaaaaa…! En toda la cara, oiga, pero sin fallar ni raspa. De la boca del primogénito, verbi gracia del ataque de nervios, fruto del guirigay de niños corriendo, de subidas y bajadas de columpios, de balancines, de toboganes, de asistentas infantiles asumiendo que sus críos tutelados se dejasen los dientes en un laberinto XXL del que yo no resultaría ilesa ni haciendo un curso con el Circo del Sol, salió un chorro de masa alimenticia, con olor a lenguado a la crema y yogurt Larsa de Vainilla, que dejó a mi maridito napado cual tarta de fondant.

– ¡Ay, mamaíña…! Toma, límpiate… – Le acerco una toallita húmeda.

– ¿Limpiarme? – Se mira, flipado – Pues lo mismo era más fácil gratinarme…

Así que, cogemos al primogénito, lo metemos en el carrito, cargamos de nuevo el mochilón de los c*jones (sic., mi maridito dixit) y ponemos rumbo a casa: la primera tarde de parque había sido un éxito, oye. De camino al hogar, como toda operación de retorno, nos pudo el desánimo y el síndrome post vacacional, porque no dijimos ni pío. Ni Amén, Jesús. Nadita de nada. Oíamos la rueda del carrito tacatacatacataca, reaccionando al rayado de la acera, y al bebé gugugú, como si nada hubiese pasado, cuando, de repente, oímos una musiquita muy familiar, un juguete que sonaba lejano, amortiguado desde el interior del mochilón.

¯ Qué bien lo vamos a pasar¯,

¯ Con papá y mamá bajo el sol ¯

¯ Cuando nos lleven al parque a disfrutar ¯

¯ De una tarde llenita de diversióóóóón ¯

Y como reírse es el mejor bálsamo cura pupas, el paciente padre y yo nos miramos y rompemos en carcajada, porque hay que ver las paradojas de la vida. El bebé, desde el carrito, con sus piernas regordetas y sus mofletes de cómeme a besos hasta que no quede nada, nos regala una sonrisa colosal. Es cierto, olemos a vómito, sudamos uno y apestamos dos, pero ¡qué más da, ésta es la aventura de vivir, lo maravilloso de ser una familia! En aquel momento, 3 era un número mágico (papá+mamá+bebé). Poco tiempo después, 4 pasó a ser la contraseña de la felicidad (papá+mamá+niño guapo+bebé). Si la pregunta es si lo volvimos a intentar, lo del parque, digo, la respuesta es ofcors. Claro que ahora vamos con dos maletones y un rollo de papel de cocina de 450 servicios, por si nos acomete el vómito por duplicado.

Así pues, vayan mis saluditos tiernos, mis ovaciones sinceras y j*dida admiración a esas mamás que van con tres niños ¡y solas!, que lo mismo van la noche anterior ya de acampada o algo. Yo lo haría, claro que yo soy la madre más imperfectamente feliz de todo el planeta, así que, espérense cualquier cosa de mí en pro de mis niñitos de amor. ¿Qué quieren ir a Port Aventura…? ¡Veeeengaaa! Ya me voy apuntando a clase de Halterofilia, porque, visto lo visto, no quiero ni pensar en las dimensiones del maletón de los ‘por si acaso’…  

3.- EL ÚLTIMO EMPERADOR

SUGERENCIA MUSICAL, BSO ‘The last Emperor’,

https://www.youtube.com/watch?v=jjaKEvT3ET8

Quitar el pañal. Así, dicho a bote pronto, como quien no quiere la cosa, la tarea parece fácil; además, no falta nuuuuuuunca la opinión de una madre orgullosa, curtida en mil y una cacas, que te diga ‘ya verás, es muy fácil, en tres días lo tienes sentadito en el baño’. Yo, que soy una mujer descreída y, por ende, una mamá de muy poca fe (lo que a los demás les funciona, a mi me disgrega la neurona…), me dije, si es tan fácil, lo dejamos para vacaciones, que así vivo la etapa como algo memorable. ¡Y tanto! ¡Ya lo creo que la vivimos! La vivimos y perdurará en nuestra historia de pareja por los siglos de los siglos, Amén. Las vacaciones las convertimos en la ruta del WC: no saben lo que se pierden los websites de viajes si ofrecen mapas con aseos localizados. Ojú.

 

Once upon a time…

 

– Si lo veis ilusionado con la idea de ir al baño solito, podemos intentarlo…

 

En la guardería, siempre tan entusiastas. El papá y yo, que hasta ese día no sabíamos que había que infundirle ilusión para cosa semejante, nos miramos y nos dijimos telepáticamente, joer, otra vez se nos han adelantado los padres Taichi-teros que lo trascendentalizan todo. Uf, cosa cansina debe ser estar de vuelta en la vida, cojoño, nos dijimos. El caso, es que aquella misma tarde, cuando llegamos a nuestra cuevita de amor, pusimos en cueretes al mayor. Cual ciclista en pleno repecho del Tourmalet, coreamos y vitoreamos el asunto de sentar el pompis en el orinalito.

 

PRIMER ERROR: ¿cosa es orinalito? (1- 0, tanto a favor de la curiosidad apabullante)

SEGUNDO ERROR: ¿Por qué me tengo que sentar en el orinalito? (2-0, otro tanto a favor de la desconfianza natural)

TERCER ERROR: ¿Por qué si mola tanto el orinalito, no os sentáis vosotros también? (3 – 0, ¿a quién habrá salido tan perspicaz?)

 

El cuarto error vino a colación del tercero, ya que en aras de la maternidad dialogante que practico, accedí a sentarme una vez en el orinalito, para que viese lo divertiiiiiiiiiiiidooooo que era (¡motivación, motivación, motivación!) y la cosa se instauró como rutina natural; así que, ahí estaba yo, cada mañana, viendo pasar el aire y censando moscas, con el culete encajado literalmente en el orinalito, jaleando mi felicidad  i-n-a-b-a-r-c-a-b-l-e  de ser mayor y no llevar pañal. Desconozco cuánto había de choteo y cuando de hilaridad, que lo mismo 100% de todo, pero mi mayor se me sentaba al ladito, él con su pañal, claro, y los dos veíamos Peppa Pig en el el iPhone de papá, hasta que a mí se me dormían las piernas, fruto de la maravillosa postura del pelícano que tenía que adoptar. Hay que ver el aguante que tienen las articulaciones, chico…

 

El caso es que, con el paso de los días, efectivamente, el juego del orinalito se instauró como cualquier otro en nuestro salón, porque lo de ir al aseo, como todo hijo de vecino, ¡ni de coña! Así que, en medio del ambiente acogedor made in IKEA de nuestra sala, el mayor veía dibujos mientras decidía si hacía pis, caca o dinosaurios de chocolate, porque si comía galletas con esa forma, qué menos que lucirse a la salida. El paciente padre y yo nos convertimos en los oteadores de orinalitos, ya que no importaba si había o no premio, cuando el mayor gritaba ‘¡ salió el dinosaurio!’, corríamos veloces a ver si era Triceratops o Velociraptor. Siempre se me viene a la cabeza la escena de ‘The last Emperor’, de Bertolucci, en el que un séquito de chinitos-huele-m*erda vigilan las heces del heredero de la dinastía Puyi, oliendo y disfrutando de textura y cantidad. Lo sé, suena escatológico (que lo es, pero es lo que hay), pero cuando hay niños en casa, la cara de chinito-huele-m*erda-de-Emperador se te pone sola. Obvia relatar, pero sí, dos de las veinte veces que la operación sin pañal funcionaba, no faltaban narices que comprobasen si el niño hacía mucho, poco, duro, blando, ¿Noeeee, qué es eso veeeerde? (ojos como platos, cabezas ladeadas, expresión de mátame camión), ni idea, pero parece la cera Conte con la que estaba pintando ayer… El intestino infantil, es gran desconocido.

 

Aunque nada comparado a la sensación milenarista que produce un ‘mamita, cacaaaa’ en pleno atasco, en medio del supermercado, en la peluquería… No sé si habéis tenido la suerte de ver alguna vez una carrera de Usain Bolt, pero os pongo en conocimiento que su coreadas marcas me las paso yo por el cremallera del pantalón: nada como una madre, niño en brazos, a la voz de ‘sitiooooooo, sitioooooo, que se lo haceeeeeee’. De igual manera, tampoco faltan las miradas coacher de esas otra madres que han pasado lo mismo y te hacen paso, como el tinglado de Moisés y la aguas con raya al medio, sabedoras de que un segundo, cuando se habla de emergencias calzoncilleras, cuenta. Cuando por fin tienes al pequeño sentado en el baño, tras advertirle que no toque nada, que los baños públicos están llenos de bacterias (¿bacterias? Sí, bichitos que hacen daño en la barriga si después te tocas la boca. Y si hacen daño, ¿por qué me sientas aquíííí…? ¡Culo a la fuga, alehop! Auxilio…) y el sudor inundando tu axila, tu niño de amor decide que la cosa era un ‘pedete, mamita, ya está’. Qué bieeeeen, finjo, pensando en si no sería mejor sujetarlo al inodoro con cinta americana, para que hiciese fuerza de superhéroe, a ver si así… Pensar en otros veinte minutos de incertidumbre, buscando inconscientemente un baño a menos de cincuenta metros, me seducía menos que pedir hora para depilarme. Señor, acógenos en tu seno, o en tu coseno, que una ya nunca sabe, ains…

 

Y cuando por fin la cosa fluye, y el angelito pide y acierta en la petición, cuando todo sucede como si nada, no puedes acabar de creértelo, y durante meses y meses se te queda esa necesidad de preguntar y preguntar y preguntar si quiere o quiere ir al baño, que como me dijo el otro día mi maridito, aún va a salir un vecino a decirte que no, gracias por la preocupación, pero soy estreñido de nacimiento.

 

Dicho lo cual, amantísimas madres imperfectas, hagan acopio de paciencia, humor y una cantidad ingente de detergente de lavadora, porque lo de la Operación Orinalito en tres días, es tan verdad como perder cinco kilos en diez minutos, haciendo la dieta del cucurucho: ¡no se me olviden de ser felices con la rima! Oh, yeah…


2.- LA GOZADERA

SUGERENCIA MUSICAL 

https://www.youtube.com/watch?v=VMp55KH_3wo

 

A mi hijo mayor le ha dado por los Superhéroes. No hay día, hora, minuto  que no me pregunte cuál es mi súper poder, ese don extra corpóreo que me convierte en la heroína de vete tú a saber qué. La mayoría de las veces, basta con que le diga ‘corro que me las pelo cuando se me quieren colar en la gasolinera’ o ‘soy un portento quitando etiquetas de las camisetas, que hago agujeritos que parecen mirillas’ o, no falla, ‘lanzando mi poderosísima zapatilla boomerang’, que no ha visto volar en su vida, pero a la que atribuye cualidades extraordinarias como artículo de defensa. Obvia decir que, mil vidas que viviese, ninguno de los dones que relato han venido a visitarme jamás, pero él, en su cabeza todopudiente, en sus ojitos magníficos de todo es posible, me imagina a lo Lara Croft, repartiendo estopa a todo lo que ose perturbar el sueño de mis niños de amor.

El caso, es que hoy he estado pensando en mi tan cuestionado súper poder, y lo he hecho a motu propio, a solas, como queriendo ratificar esa madera noble de la que dicen están hechas las madres. Curiosamente, tras la primera intentona, en la que deseché memeces divertidas que me caracterizan, pero entiendo no computan pero-para-nada como algo extraordinario (cambiar un pañal al bebé, mientras bailo de cintura para abajo a Enrique Iglesias, con el mayor amarrado a mis rodillas; improvisar un Tippi indio con cojines, un mantel, la mopa y la escoba; hacer de una caja de cartón un teatrillo para Playmóbiles, con cárcel, preso, Sherif y chica de salón…), caí en la cuenta de que mi verdadera proeza es reírme y saber reírme de mí y mis circunstancias, incluso cuando todo es tan complicado que lo único que relaja tensiones es llorar lágrimas de cocodrilo. Y lo digo muy en serio, porque yo soy también una mamá llorona, que no gritona. Yo no grito de boca para fuera, lo hago para mis adentros, y, claro, reviento, cual piñata, a lágrima viva, en cuanto me quedo a sola con mis culpas y mis culpitas.

Aunque, ahora que lo pienso, si como súper poder computa tener control sobre mí misma, ahí voy sobrada, y me explico; hace unos días, haciendo la compra de la semana, con el carrito con tantos víveres que alguien susurró a mi paso ‘debe tener un bar o celebra una comunión’, mi mayor custodiaba una bolsa de Gusanitos, de idéntico tamaño que un saco de pienso para avestruces. Cómo no, me toca la cajera-lady-conflictitos: no le pasan los códigos, se le acaban las bolsas, se le atasca el papel del ticket en la máquina, no encuentra los puntos de las sartenes en promoción y que yo dejo claro no quiero, porque no colecciono… Todo esto, con un niño que quiere zamparse su aperitivo con bolsa y todo, y un bebé que está hasta el moño de ir en la silla y lo hace evidente a golpe de ñsusjfosfisfdofnbuábuábsñsñañañbuábuá.

Y me río yo del agua y el aceite, porque si algo no puede mixturarse jamás, pero j-a-m-á-s, ni que el mundo y el asunto del Big Bang volviese al punto kilométrico 0, son vástagos y paciencia. Mi mayor, atrincherado tras su bolsón de Gusanitos, se niega a dejárselo a la cajera, porque ‘no, que se los come’. Insisto en que le deje pasar el código, que n-o  s-e  l-o-s  v-a  a  c-o-m-e-r, ¿no ves que es una chica, y las chicas no comen Gusanitos? Le digo. ¿Cómo lo sabes?, inquiere, taxativo. Me quedo muda, con la boca abierta, porque una madre nerviosa está preparada para todo menos para la ocurrencia. Cierto, no tengo ni idea de por qué la cajera no se va a comer los Gusanitos, así que…

* PLAN B, ese que siempre es peor que el A, pero es lo que hay.

Con una cola tras de mí que llegaba a Tudela, y el que más y el que menos acordándose de mi familia, le pregunto a la cajera si le vale con que le lea los números del código de barras y que ella los vaya introduciendo, cual telegrafista. No estoy segura, me confiesa; claro, pienso yo, si lo estuvieses, yo no hubiese escogido tu caja, que tengo imán para los problemas. Me pide que se los vaya dictando despacito, y ahí estoy yo: tres, seis, cinco, cinco, cuatro, tres, ¿tres, dijiste?, sí, tres, cinco, cinco, ¿dos veces cinco o lo repetiste sin querer?, ¿mamita, puedo abriiiiiir yaaaa miiiis Gusanitos?, ¡no, puedes!, y sí, son dos veces cinco, ah, espera, que me dio error, ¿empezamos otra vez?, tres, seis, cinco, cinco…

¡Líneaaaa! – Oigo como una voz anónima resuena en todo el local – El cartón es correcto y continuamos para bingo…

La fila interminable que me guarda la espalda, rompe en jajajajá. Por supuesto, yo, la primera, que agradezco que alguien guionice este despropósito mercantil. Ajeno al chiste, por edad y entorno (los niños de hoy saben que es ‘Ninja Fruit’, y ya), y por si queda algún escéptico entre vosotros, ofcors: mi mayor consiguió abrir con los dientes el bolsón de Gusanitos, dando por saco con toooooooooodoooooooo el contenido; el suelo, la cinta de la caja, la cajera y hasta una señora muy señora, que se afanaba por lucir su bolso casi TOUS como si nadie se diese cuenta de su Made in ChinaMandarina, bañados por una lluvia de meteoritos aperitivos de maíz. Pedir disculpas, qué otra cosa podía hacer yo. Eso, y jajajajá, que la hilaridad era un no parar para todos, menos para la señora del casi TOUS, que se afanaba por limpiar el bolso con la manga del chaqueta, que quería ser ante pero se había quedado en antelina. Respiro y me pregunto, ¿en serio esta es mi vida? Yes, me digo. Pues nada, de lo más bien, oye: ¡Gocémosla!

Como digo, la risa, el Prozac de la mamita del siglo XXI; la risa, mucho más efectiva que la crema con baba de caracol, los parches Sor Virginia, las pulseras Rayma y/o el entusiasmo ochentero ante el autógrafo firmado de Enrique y Ana y su caca, culo, pedo, pis (términos a los que estoy muy apegada, ains… Ruego, encarecidamente, alguien me oriente sobre cuántos lustros tarda en pasarse esta etapa, que la escatología empieza a ser asignatura a debate en mi cuevita de amor).

Adoro ser mamá, ¿ya os lo había dicho? Pues eso.


1.- We are family!

PROPUESTA DE BSO PARA LA LECTURA DE ESTE POST

https://www.youtube.com/watch?v=eBpYgpF1bqQ

Permitidme que me presente, porque no es de buena familia empezar a hablar y hablar, sin ponernos nombres a los que atenernos. Mi nombre de pila desde el año 1975 fue Noemí, pero cosas de los óvulos y los espermatozoides, desde agosto del 2011 me llamo mamá, mamita, maaaaaaa o mami-no-me-oyes-o-qué. Como os sé listos y agudos, con capacidad innata para leer entre líneas, ya os haréis cargo, pues, de mi condición de mater, o de asistenta del amor incondicional 24 horas, 7 días a la semana, 365 al año, o quizá más si son bisiestos, que aun no me ha coincidido ninguno. Como lo de la mutación del nombre ya me encajaba bien, en 2014 me volví a animar, y, oh, osados concursantes, mi maridito y yo nos aventuramos a repetir experiencia, con lo que ello conlleva en ya no ser, si es que alguna vez fuimos, una pareja con tiempo para el ocio y la molicie, que ya ni nos acordamos, oyes.

Y no entendáis desde este púlpito de letras y desiderios que me quejo en absoluto de mi nuevo estatus de alerta natural, en el que veo peligros, más diría, los huelo, como los grifones las trufas, y me dedico a seleccionar y arrestar todo aquello que puede lastimar a mis vástagos de amor; entended en estas líneas, si es menester, un lugar de encuentro para todas aquellas mamás que viven esta hermoso viaje que es criar, como un maravilloso sindiós en el que sentirte imperfecta, siempre de aquí para allí, pero en todo caso sin estar ni aquí ni allí al cien por cien, siempre con ese sentimiento de llegar tarde a todo, a pesar de que todo esté ya controlado; un nuevo ritmo vital en el que has de aprender a disfrutar porque a fin de cuentas, ya lo dijo alguien antes: la vida es lo que nos va pasando mientras esperamos no se sabe muy bien qué.

Vale, pues aceptando pulpo como animal de compañía, la maternidad a los 40 no es lo mismo a los 20, ni cuerpo que lo resista. ¡Nth, nth, nth, nth… que no! Si la pregunta es cómo lo sé si yo no he parido a esa tierna infancia, la respuesta es porque sí. Ya está. Esta es otra de las perlas que aprendes cuando tus niños empiezan a revelarse: cuando el diálogo se hace imposible y la retórica democrática no encaja con la discusión sobre metemos o no metemos un cocodrilo hinchable de 1.30 metros en la bañera, se impone la ley marcial. ¡A la de tres, el que no esté en la bañera de una p*ta vez, tiro del tapón y se va todo el mundo a la cama sin bañito de espuma! Y ya está. Ahí estás tú, intentando encontrarte detrás del golpe de estado a la cordialidad, a tu filosofía de en esta casa se habla todo, que dialogando se crían las personas de bien; te buscas detrás de cada bufido porque el desorden ya es una forma de vida, en la que intentas reordenar el caos, sabiendo que, en sí mismo es un imposible, casi tanto como meter el cocodrilo en la bañera y que, p-o-r  s-u-p-u-e-s-t-o  acabas cediendo a su presencia XXL, porque los lloros chantajistas hacen eco con el alicatado del baño, y pesa más tu miedo que los vecinos llamen al SEPRONA, alertando de una cacería ilegal de reptiles de gran tamaño (¡mamita, el cocodrilo llora si no lo tratas con cariño, eeeh…!, el primogénito dixit a grito pelado).

Pero empezando por el principio, la maternidad es una revolución inexplicable, porque no hay palabras que puedan traducir tamaña explosión de sentimientos, y todos ellos tan intensos, contrariados, tan a lo loco y tan seductores como altamente adictivos, que incluso muerta de cansancio y de temores, no puedes dejar de sentirte que-te-c*gas, porque eso es la verdad de ti, de todo lo tuyo, la extrema compenetración con el papá de tus tesoros, que siente, se implica y vive todo como tú, tan a la que cae, pero siempre intentando mantener el tipo, que parezca que sabemos de qué va todo esto, nos decimos con la mirada, cuando, en realidad, no tenemos ni idea… Nos dejamos llevar por la máxima de cariño, atención, cuidado y tiempo compartido. No tenemos ni idea de si los granos del culo son por irritación o porque los lunares se han puesto de moda otro año más. No tenemos ni idea si una fiebre repentina es vírica, bacteriana o la madre que me va a parir. No tenemos ni idea de qué es lo que funciona o no para que duerman bien y del tirón (ay, mamá…). No tenemos ni idea de cómo se produce ese milagro que se llama masticación y que tú mueres de ansiedad por si se atragantan. No tenemos ni idea de si ver dibus en la tele es bueno o malo, pero es necesario si quieres ir a hacer pis cuando estás sola con los dos niños en el salón, mientras el papá limpia vómito en la habitación del pequeño. No tenemos ni idea de lo que es ‘un fin de semana en pareja’, por mucho que las revistas de nueva onda aseguren que es lo mejor para la nueva familia (¿qué hago con los niños, les doy 40 euros y que vayan de festival acampada con Dora, la Exploradora o cómo?). No tenemos ni idea de casi nada, y eso es lo más mola de nuestra aventura en común: escribimos nuestra propia historia, tomayá! J Ser padres hoy, Crecer feliz, Tú bebé, hago míos vuestros consejos, pero, disculpando mi osadía, a vosotros os querría ver yo, a las 07:30 de la mañana, intentando que el mayor no levante del inodoro con el culete sin limpiar, mientras hago malabares para que el pequeño, embobado, se acabe el biberón antes de que termine el capítulo de La Casa de Mickey Mouse (succión televisiva, le llamo yo). Con la hora del autobús pisándonos los talones y que aún tengo que disimular las ojeras que subrayan mi felicidad matutina, el Keep Calm, Maripili, me lo paso yo por el dobladillo de la bata de buatiné. Ea.

Nosotros sólo estamos seguros de que sea lo que sea lo que se nos ponga delante y afecte a nuestros niños, iremos a por ello, como Bruce Willis en Armagedon, que se sube a la nave espacial y se espeta contra el meteorito, en un heroico acto de amor hacia su hija, que se había enamorado-achochado tontamente de Ben Affleck, y dejarla así, con el corazón partido a golpe de meteoritazo, no era bien para un amantísimo padre, tan pendiente de la niña de sus ojos. Así tal cual, mi maridito y yo, ponemos en modo ON el interruptor de los superpoderes, y vamos a por todas. Sin plan. Sin red. Sin saber muy bien cómo, pero seguros del éxito, a fin de cuentas, somos papás, y los papás lo saben todo, lo manejan todo, lo arreglan todo, todo y todo. La publicidad y Disney, que alto han dejado el listón a los padres del siglo XXI.