5.- IRA

 

Un día te levantas y piensas que la vida de cualquiera es mejor que la tuya. Y ya se montó, porque supongo que no son mundos estos para andar de sobrado, diciendo que puedes con todo, con lo que te echen, porque lo mismo van, y te lo echan. Te echan toda la mierda encima, toda la que encuentren, y después tienes que decir que nieva, claro. Al carajo con todo, con lo que está bien y lo que tiene que ser así porque a alguien le salió de sus santísimos cojones de sentenciar que era así. No me gusta alardear de carácter y después arrepentirme, que para bipolar perdida ya está la Britney Spears, como dice mi novia; que si un día estoy cachonda, al otro me rapo el pelo, el de más allá me engordo como un chanchito al espeto, al siguiente me disfrazo de putón verbenero… eso sí, porque la Britney se arrepiente y es Trending Topic. Yo me hago mutis por el foro, y soy un puto achantado que se hace caquita en cuanto su chica le dice que en el salón no comen panchitos porque las migas se pegan a la microfibra del sofá. Y sí, hostia, la verdad es que sí que se pegan, pero a mí qué me importa, me pregunto yo. No me importa nada; es más, hasta que conocí a Tania no sabía que eso podía ser importante o no importante, porque cuando las migas de los panchitos se caían en el sofá de mi piso de soltero, las sacudía al suelo ¡y ancha es Castilla…!. Muerto el perro, se acabó la rabia. Suelo lleno de migas, pero nada que con las zapatillas no pudiese esconder bajo el sofá.

Pero Tania lo complica todo por su ansia de limpieza, de orden, de concierto, con su idilio con la secadora. Hasta que me mudé a este piso en el que parece vivo con Mister Proper, no tenía ni idea de que el aroma del detergente y el suavizante debían estar coordinados. Ni una puta risa, que va en serio. Coordinados, es decir, que si te manda al Carrefour y coges detergente jabón de Marsella, pongo por caso, no puedes echarte al suavizante jazmín silvestre, porque cuando llegas a casa y tu novia lo ve en la sala de lavado, se le riza el pelo del flequillo, yo diría que hasta se le alisa el pubis, fíjate tú: ¡te monta un pollo que te acuerdas de tu prima la coja!, avisado quedas. Esa noche no cenas, tenlo claro, pero ni se te ocurra deslizar un pie bajo las sábanas, que esa noche no se folla, amigo…

Eso debe ser lo que llaman la tiranía de la convivencia y la mierda de la liberación de mercado, porque antes, cuando yo era niño, recuerdo que mi madre me mandaba en mi Orbea al Spar de la Socorrito, yo cogía el tambor de detergente que me cabía en la cesta de la bici, y no pasaba nada. No sé si mi padre follaba o no aquella noche, que son mis padres y no quiero saberlo, ojú, pero mi madre no me decía ‘hijo, este olor a cartón piedra del ofertón de la Socorrito no va a dejar los toallas como para acariciarle es escroto a un querubín’. Mi madre, que estaba más preocupada en poder llegar a fin de mes y porque no llegase una nota del colegio diciendo que me había fumado dos clases de la mañana, era una tía sensata, que ponía al puto detergente en su lugar: polvo eres, y en espuma te convertirás. Chispum.

Pero Tania es de ese sector del género femenino que se toma cada decisión doméstica como si fuese un decreto Obama: somos la nación más poderosa del mundo, hacemos lo que nos sale del orto. Ella no tiene orto, tiene culito, ya lo deja claro el texto del embalaje de sus salva slips: ‘quita la tira adhesiva y colócalo en tus braguitas’. Si usa braguitas, tiene culito. Si dijese braga faja de colgar con tres pinzas en tendal, sería culazo, pero esa es otra guerra, la que yo siempre pierdo porque en esta casa no se puede decir que el culo de Kim Kardashian es un puto sueño delirante, porque se le tacha a uno de enfermo. ¡De enfermo!. Enfermo me pongo cada vez que la veo y pienso el frío que debe quitar un culo así en pleno invierno. Pero a lo que iba, el caso es que lo que Tania entiende por compartir las tareas del hogar es que yo haga lo que ella decide. Sin más. Y que lo haga como ella quiere, que para eso vivimos en su piso, un lugar femenino donde los haya, en el que hay que cagar aguantando que Leonardo Dicaprio te sonría, y no es una frase hecha, que ojalá. Tania tiene enmarcado a tamaño natural el poster de Titanic, y no encontró lugar más sugerente para colgarlo que frente al inodoro (yo siempre dije váter, así, a lo chungo y tan propio de barrio, pero a mi chica la rechina oírlo, así pues, inodoro). Y ahí me tenéis, con los pantalones por los tobillos y el gallumbo a media asta, haciendo de cuerpo mientras el Leonardo me mira como diciendo, yo aquí, a punto de morir congelado en el medio del puto mar y tú ahí, giñando tan ricamente. Tanto me intimida y de tan mala leche me pone, que tirarle un toallón por encima, pero cuando me olvido de quitarlo, Tania me recuerda que el póster está sujeto con un cuelga fácil y que me lo voy a cargar. Lo del cuelga fácil tiene su aquel y su segundo rollito, porque lleva años pidiéndome que haga una agujero en condiciones con el taladro, con su tojino y polvo anaranjado de ladrillo pulverizado; yo me resisto, una por ver si el Leonardo se come la hostia padre contra el suelo y puedo cagar tranquilo, sin síndrome Gran Hermano, y otra, porque sé que como se astille una azulejo en plena sesión de Bricomanía, a Tania hay que ingresarla en la López Ibor, que no tengo ni puta idea de dónde está, pero que ella dice que es el psiquiátrico MUST HAVE, al que va todo el famoserío de Madrid. En la López Ibor o no, ni me arrimo al taladro, fingiendo siempre algo que hacer, lo que sea, incluso pasar el aspirador en los cojines del sofá, porque si llega mi chica con su detector de miguitas y me pilla en un renuncio lo mismo no es que no folle, es lo mismo ni ceno. Y eso, eso sí que no, no me jodas…

Por si no lo he dicho antes, llevado por mis falsas iras de tío-hasta-los-güevos, yo me siento muy bien conmigo mismo, con mi masculinidad menoscabada a golpe de risas y cariño, pero lo cierto es que de vez en cuando, muy de vez en cuando, me entra la rebeldía pandillera que todo hombre lleva dentro y me dejo ir; me dejo ir hasta que, rascándome las bolas, en pijama, y echando una partida al Candy Crash, reconozco el ruido de sus tacones saliendo del ascensor y pienso por fin llega, ya está aquí, hay que ver las ganas que tengo de tirarla en el sofá y despeinarla en medio de abrazos y risas. Hay que ver lo pelanas que me he vuelto desde que el amor llegó a esta barriga cubierta de pelos, que ella dice es el mejor lugar en el que dormir. Tania es una obsesa de lo suyo, del suavizante y el detergente, pero tiene tantas cosas cojonudas, que en la balanza todo se inclina al lado en el que ella reina como merece, como mi chica imperfectamente 10, mi 9.5, esa a la que echo de menos cuando estamos enfadados, y a la que llevaría sobre mí una y mil veces, como el Dicaprio de los cojones en el hundimiento del Titanic, aunque Tania, al igual que la prota, tampoco me dejase sitio en el madero que le salva la vida, aún a sabiendas de que cabemos los dos. Así de ordenadas son ellas: si me quieres, que el amor sea épico. Morir de amor debe ser eso, supongo.