3.- ENVIDIA

 

Podría quedarme mirando esta foto mil vidas. Quizás mil una, porque todos los días de las mil primeras se me quedan cortos y me saben a poco, tan poco como cuando estás llegando al chicle del chupa Koyak y se cae al suelo, dejando miles de aristas color cereza a su suerte, sin más orden ni concierto que el del caos y el desconsuelo de la que sabe que lo mejor, el premio gordo del chupachup relleno, acaba de hacer plof. Cataplum.

Los miro y pienso que difícilmente se puede tener más sintonía y más suerte, porque lo fácil es enamorarse; el carambirulí es mantener vivo ese amor hasta que te duelan las pestañas de tanto hacer ojitos, y palmar de amor en cuanto le hueles. Lo difícil es hacer de cada mañana un día épico, uno de esos días en los que parece que todo fluye y que la sinfónica de Viena te sigue, de habitación en habitación, adaptando sus acordes a tus movimientos febriles y desesperados, cubiertos de pasión reciente y aún con un trajecito de saliva campando a sus anchas por cada esquinita empolvada de tu piel (mola el símil, qué adecuado), esa misma piel que susurra a gritos ser tocada otra vez como entonces, como cuando todo encajaba, igual que en la foto.

Ser feliz es un arte de arduo entrenamiento y, aún así, no siempre resulta, porque te equivocas en el camino, tropiezas con piedras que decides saltar pensando que si no las ves, no las sientes; pero se te quedan enquistadas como esa esquirla de vaso de Nocilla que no viste al barrer el vaso roto, y te persigue de calcetín en calcetín, recordándote que, a tu edad, la crema de cacao no es bien; recordándote que, a tu edad, andar descalza no es bien; recordándote que, a tu edad, no hay mal que por cien años dure, más que nada, porque cada vez hay menos oportunidades para empezar de nuevo. Aunque sea con lo mismo, con lo antes, con lo que un día empezó como todo, por casualidad y sin más por qué que el sin querer y el quererlo todo. Todo, incluso esto, que ya no se sabe si es un quédate o qué, pero que sea lo que sea, sigue oliendo a nosotros, aunque el plural ya campe a sus anchas en lo que, hasta hace bien poco, sintiéndonos uno teníamos bastante.

No soy yo de las que se baja de los coches en marcha, que el vértigo me condiciona e impide según qué huídas a la loco y cinematográficas, pero hay que reconocer que si hubiese un spray acolchante (¿existe esa palabra? no tengo ni idea, pero si no es así, que la inventen) en el Mercadona para rociarte el corazoncito, pum, pum, pum, pum, pum, antes de gritar hasta luego, Lucas, me lo pondría de bodymilk una vez al día, quizá nada más despertame. Porque irse es fácil cuando sabes que no lo harás ni en sueños, porque es tanto lo que te une, que incluso el dolor de ver como todo agoniza es un pegamento que te retiene sin día ni hora ni fecha en el calendario.

Y esperas un gesto, algo que, cual epifanía, te diga que ya está, que ya llega el telesilla, y que el remonte está ahí mismo. Y se me viene a la cabeza el Everest, con sus fríos que te cagas, sus cabras protegidas por vete tú a saber quién, sus expediciones machotísimas y sus Yetis en plena fiesta de pijamas, y pienso que eso es fácil, que está chupado. Pero lo mío no. Lo mío sí es jugarse el pellejo todas a una. Apostar a caballo que nunca sé si es perdedor o ganador, porque la cabeza dice sopa, y el corazón me dice a ver qué pasa. El gesto no llega. O sí, pero sabe ácido porque no viene acompañado de bajada de ojos hombre, abrazo de hombre, beso de hombre, olor de hombre, respiración de hombre… con beso de hombre, ese que un día me selló los labios con su sabor a para siempre jamás, sabor a te pongas como te pongas, a hagas lo que hagas, a digas lo que digas. Con aquel primer beso prometió todo sin decir nada, y no hizo falta, porque supe entonces que ese era mi sitio. El lugar al que pertenecía y al que quería y necesitaba llegar. Entonces, marcharse no era moneda de cambio, porque ambos éramos un puzle de dos fichas, más simple que un Bic, pero que cuando la pieza del saliente daba con la pieza del recoveco, todo se impregnaba de ti. De mí. De nosotros. Otra vez la dichosa palabra. Cuando decir nosotros duele, es que alguna letra ya se está muriendo. D. E. P.