noviembre 2014


 

2.- GULA

 

– ¿Oíste, Charo…? – Sentado en el váter, ojeo el Cosmopolitan de mi novia, mientras ella acaba de arreglarse el pelo con las planchas.

– ¡Hummmm…! – No me hace ni puto caso, claro, porque tiene la boca ocupada con dos millones de prendedores negros que utiliza para no sé qué cosa de ondas surferas. ¡Prf…!.

– ¿Este tipo está bueno…? – Señalo al tipo de la foto. No tengo ni idea de quién es, pero estoy seguro de que ella sí ¡hombreeee…!

– *Ñejamehveshummmtecagash

*Déjame ver, hummm… ¡te cagas…!

Eso dijo. Déjame ver, hum, te cagas. Y aunque estaba sentado en el váter, no me cagaba porque lo que estaba haciendo era tiempo para que ella me dejara libre la pileta y poder afeitarme, pero, visto lo visto, y que el barbudo de la coleta que salía en el Cosmopolitan estaba bueno que te defecas, lo mismo tenía que dejarme pelos en la cara. Porque tenía que ser eso, ya que en ropa, el tipo de la foto no se había gastado mucho, no.

– ¿En serio? – Apostillé, riéndome con sorna, golpeando la foto – Pues ya me dirás: ¡una camiseta blanca de mierda, de las de toda la vida!

Si había algo sagrado para Charo, además del orden en la nevera y dejar la ropa conjuntada para el día siguiente en la silla de la habitación, era su sesión de alisado; así que, cuando vi que soltaba las GHD a toda prisa y me arrancaba el Cosmopolitan de las manos, supe que la faltada estaba cerca. ¡Zas, en toda la boca!.

  • Paco, hijo, no es la camiseta, es lo que va  d-e-b-a-j-o  de la camiseta…

Y la muy cabrona pinzó uno de mis michelines como si sus dedos índice y pulgar fuesen unas pinzas de dar la vuelta al entrecot. ¿Se puede ser hijaputa? Pues sí, y eso que dice que me le gusto gordito, que los tipos delgados no le van. ¡¿Aaaaaah, no te van…!?, pensé, será que no te van los delgados que no están buenos que e cagas. Farisea, mascullé, dolido.

  • No me toques los cojoneeeees, que me pongo en serio con lo del gimnasio y la lío parda…

¡Ay, mamá! Ahí empezó todo. Empezó mi declive humano y social. Perdóname, Señor, que no sabía lo que decía. ¿Dónde puedo uno arrepentirse de los calentones momentáneos sin perder chulería? El día que le dije a Charo que podía cumplir con mis objetivos deportivos, más allá de pagar la mensualidad e ir a la sauna una vez por semana, debí morderme la lengua. Más aún, debí tragármela. Entera. Sin masticar. Porque hay que ver lo infeliz que soy desde el día. Me cago hasta en mi sombra…

  • Charo, ¿se acabaron las patatas Lays? – pregunto, muerto de hambre, abriendo y cerrando las puertas de las alacenas.
  • Noooooo… – con la cabeza metida en algún cajón del armario, su voz sonaba a calcetín.
  • ¿¡Nooooo…!? – Con los brazos en jarras, aguardo a oír su taconeo por el pasillo. TocTacTocTacTocTac. Silencio total. No viene – ¿¡Nooooo…!?
  • Noooooo… – con la cabeza metida en el mismo cajón del armario, su voz sonaba aún más a calcetín, esta vez más escondido.
  • Y si nooooooooooooooo, entoceeeeees… – Inquiero, con tonillo.TocTacTocTac. Esta vez sí que viene

     – Es que ya no te las compro – Me espeta.

– ¿Qué no qué…? – Incrédulo, me agarro al mármol del mesado de la cocina, intentando recordar por qué vivo con Charo, por qué quiero a Charo.

– Que ya no te las compro, porque te comes la bolsa entera y te cargas el esfuerzo del gimnasio… – Se me acerca, a traición, y me da un beso blandito, de los que saben a madre, no a novia que sabe cómo besarte cuando quiere gustarte.

– ¡Hay que joderse…!

Había, tal. Había que joderse hasta el infinito y más allá, porque era domingo, el colmado del Pakistaní de al lado de casa llevaba cerrado dos semanas por festejos nupciales y el bar más cercano no tenía Lays, tenía patatas mierda, de esas de marca chunga, que saben a borrachera de puticlub. Lo sé, los divorcios han de cimentarse en algo que no sea de risa, porque decirle a un juez que te marchaste de casa porque tu chica decidió no comprar patatas fritas en bolsa grande, sonaba, a priori, a chufla. Pero a mí, en aquel momento, no me hizo gracia alguna. Para risas estaba yo.

Me fui hacia el sofá con una cosa que Charo dice está buenísima y es muy sana, un aperitivo ideal para los que estamos a plan, apunta siempre que puede. Tortitas de arroz, reza el paquete. Mientras engullo una tras otra, viendo a ver si a partir de la quinta tortita me aficiono a lo insaboro, me digo que podían haberse llamado escobillas de váter, porque saben a culo. Charo ignora el mal que le deseo en este momento en el que mi ser necesita grasa hidrogenada y sal, pero lo nota, porque, más que acurrucados bajo la manta de ver la tele, estamos protegidos. El uno del otro. Ella se aferra a mí, intentado vencer mi resistencia a ser querido. Protesta, dice que soy un cáctus, que me cuesta mostrar mis sentimientos, que es culpa de mi madre, que, sentimentalmente, me educó como el orto.

– Sí, que a ti la tuya te educó mejor, ¡hay que tocárselos…! – Intentando tragar el amasijo de gomaespuma con el que están hechas las tortitas de arroz, defiendo el honor de mi santa madre.

– Oyeeeeeeeeeeee, si está irascible porque el gimnasio te cansa, no es mi culpa, eeeeh…

Charo se levantó, zapateándome el mando de la tele en toda la barriga, casi vacía, por cierto, porque las tortitas de caca no llenan ni comiéndote también el embalaje en el que te recuerda sus beneficios y sus calorías. ¿Y no va, la tía, y se enfada? ¿No había sido ella la que había arrestado mis patatas Lays? ¿No había sido ella la que había mentado a la madre que me parió?

– Charoooooo…

Grito desde el salón, sabiendo que no me va a contestar.

– Charooooo…

Vuelvo a gritar, pero sabiendo que pierdo el tiempo.

– Charooooo, me pica un huevo… – Digo, por provocar, mientras me rasco la entrepierna.

– Pero serás… serás… serás asqueroso y cerdo y puerco y boca negra… – No falla: ¡la pincho y salta!, pero le hago gracia, y eso es muy grande.

Charo volvió al salón a darme de hostias con los cojines y a tirarme de los pelos de la barba que me estaba empezando a crecer, como al tipo de la foto. Bueno, como al tipo de la foto exactamente no, porque a él le parecía tupida y molona, en cambio la mía, era rala por zonas, compensando con remolinos y canas en el lado contrario. Más que una barba hipster, la mía era una barba perroflauta, y mira tú que, a fin de cuentas, la cosa era la misma: no afeitarse y a tomar por culo. Pues nada, yo perroflauta y el de la foto del Cosmopolitan ‘bueno que te cagas’. Hay qué ver.

– Mira una cosa… – Charo interrumpió su guerra de almohadones y me eché a temblar, porque cuando una tía te dice ‘mira una cosa’ quiere decir ‘te vas a enterar’. Me castañeaban los dientes. ¿No me iría a dejar, verdad…? Me cagué… – ¿Cuánto tiempo va a durar esto?

– Joeeeer, nena, vaya pregunta… – tragué saliva – Pues lo que tú quieras, porque yo contigo estoy de la hostia, así que…

– ¿¡Perooo…!? – Charo se llevó el dedo índice a la sien, dejando claro que alguien allí estaba zumbado, pero que, por supuesto, no era ella – Digo, que cuánto tiempo va a durar esta matada de gimnasio, báscula, mal humor y comer bocata de panceta a escondidas…

– ¡Chechechéééé…! – Reí, nervioso, ¡no me va a dejar…!– Que no son de panceta, son de  b-a-c-o-n, que lo compro en el Hipercor y ahí es todo más caro y más fino, so cabrona…

Agarré un cojín de flores que me parecía horroroso pero que daba muy buen sobar a la hora de la siesta, y le di su merecido, almohadazo va, almohadazo viene. Charo, que tiene tan buen perder como el mío, se dejó dar y requetedar, con tal de que al final, los perdedores tuviesen su sesión curapupas y abrazos de oso. Los abrazos de osos, en esta mi santa casa, lo curan todo, eh, pero sobre todo y más que cosa alguna, las tensiones de pareja, porque qué mejor que un amasijo de brazos y barrigas felices, así, campando a sus anchas, mientras nos mordemos las orejas en señal de cómo tú, ninguna, que canta el Bustamante. Lo sé, aludir a Bustamante, siendo yo quien soy, queda entre cursi y pelele porque cuando conocí a Charo era un aguerrido camiseta negra, aficionado a la cerveza de barril y los cacahuetes sin pelar, pero…  león disfrazadito de cordero; o cordero disfrazado de león, que uno ya no sabe si era mejor el que era o el que es, porque estar con los amigotes mola mazo, pero hostiarnos con los cojines con Charo, seguro de que después hay tema, mola mazo más.

– Charo, tengo un hambre mortífera… – Dije, casi en un suspiro, con el poco fuelle que me quedaba para protestar.

– Las patatas Lays están debajo detrás de la caja de leche desnatada sin lactosa

– ¿Pero no era que no había, nena…? – Separándola de mí, como queriendo llamarle traidora en versión ‘cariño no te enfades, no te estoy insultando, tal y como parece’..

– No, dije que ya no te las compraba… – Charo se reía, mientras me mordisqueaba los mofletes – Esas las compraste tú: ¡yo solo las escondí!

– Tú eres mala… – Dije, indignado.

– Tú aún no sabes lo mala que puedo llegar a ser…

¡Ay, mamá! Y dicho así, los dos tendidos en el sofá y tras el abrazo de oso de rigor, me sonó a maldad de la buena, de que sólo Charo es capaz, sabe y me gusta. Su maldad y mis ganas de patatas Lays no competían, no jugaban en la misma liga porque en la balanza de pecados, mi gula por sus planes de amante perversa siempre ganaba por goleada. ¡Nos ha jodío…!

– ¿Y las patatas, Paco…? – Masculló ella, dejándose el Push-Up en el pasillo.

– ¿Estoy a plan, recuerdas…?

🙂

 

1.- LUJURIA

 

  • Es un tío normal, lo que pasa es siempre le dan papeles de muerdebocas, de los que os molan a las chicas.Paco dixit.Y dixit, pero dixit sin que se le moviese un pelo del flequillo, ese que cada mañana se coloca a conciencia, buscando el ángulo perfecto por el que asomar su ojo derecho, ese que un día me enamoró como una loca de atar, de las que son dignas de camisita con lacitos, embudo en la cabeza y matasuegras a modo de megáfono. Paco me enamoró como enamoran los toros a las vacas en el campo: por fuerza, por magnetismo, por virilidad, por seguridad, por ostentación de potencia. A mí, que soy estudiada, que tengo una carrera profesional aburrida y equilibrada, digna de un matemático de la NASA, me dejó sin respiración un tipo cualquiera, un no sé cómo te llamas, con el que cada quince días coincidía en la farmacia, él comprando antigripales y yo ibuprofeno como si no hubiese un mañana. A él siempre le atendía la manceba joven, a mí la gorda malhumorada, que no dejaba de repetirme que no abusara de los medicamentos, que podría acabar con las arterias engrosadas.
  • Ya, ya, gracias por el consejo, pero es que trabajo mucho delante del ordenador y ya sabe… – argüía yo, avergonzada, pensando que era una yonki del Espidisfen.
  • No, no sé… – Me decía, cortante y resabiada.
  • Pero yo sí…Moví la cabeza y vi que el eternamente acatarrado, mi compañerito de farmacia legal, me hablaba a mí. Daba la cara por mí, dando por saco a la gorda de la boticaria, que no dejaba de menear a la cabeza, supongo que imaginándome posando para selfies desnuda, que sin duda, inundarían mi perfil de Facebook. ¿En serio esa es la imagen que proyecto? Ojú.
  • Que esos ojos no sufran por una pantalla de mierda… – Y apartó de su pedido un colirio, que metió en mi bolsita, rozándome por casualidad el pulgar, como si cualquier cosa.¡Pim, pom, fuera, que se me sale la camisa fuera, que pim, pom, fuera, que se me sale la camisa fueraaaaaa…! Oí música, campanas al vuelo, tracas de fin de fiesta, manifa de mariposas a su bola en mi barriga. El corazón haciendo un solo de flauta que debía sonar tan alto y tan desafinado, que lo hubiesen nominado en Tú sí que vales. El entonces desconocido, devorador de Frenadol y/o Couldina, me sonrió, ¡el muy jeta!. ¿Pero cómo se le ocurre sonreírme así, sin avisar, sin darme tiempo a recomponer el moño de caca que me pongo para conducir en cuanto salgo del trabajo? ¿Cómo se le ocurre al  p-u-t-o   d-e-s-t-i-n-o   poner en mi camino una oportunidad así, sin mandarme un WhatsApp o a un coro rociero, con palmas y todo, para advertirme de que aquel no era el mejor día para almorzar tartar de atún, con su puerrito y su cebolla picadita así, así, así, así…? ¿Cómo le devolvería la sonrisa, si toda yo era inseguridad infinita? Convencida de que nada más abrir la boca, a mi desconocido, valedor de mi honor ante farmacéuticas mamonas a las que les aprieta la bragafaja, percibiría en mi aliento el aquel de un sembradito de escalonias de Campo de Criptana, me supe fulminada por la mala suerte. Mierda.
  • ¡Hey, no, por favor, no, dime cómo se llama y me compro uno…! – dije, bajando la mirada y parapetándome detrás de mi cuello XXL de lana, con doble vuelta, tejido en ochos.Lo siguiente que recuerdo, aunque no con nitidez, o con la nitidez que debiera una chica sensata como yo, es que sentí como me levantaba la barbilla con el dedo índice, y me guiñaba un ojo. Ya no sé si oía fanfarrias o era yo que me iba por la pata abajo, pero juro por el obispo negro, que aquel muchacho, del no tardé en saber se llamaba Paco, me dejó sin aliento (vaya, eso fue lo mejor, porque no quería atufarlo con mi cebolla picadita así, así, así).
  • Creo que hoy podré sobrevivir sin echarme el colirio, de lo contrario, siempre puedo ir a tu casa y lo compartimos.Así. Sin más. Ahí va. A mí, que me han enseñado que las señoritas no se entregan en la primera cita, que hay que hacerse valer para que a una le den el sitio al que postula. A mí, que nunca me ha ido el aquí te pillo aquí te mato, más que nada porque nunca jamás de los jamases había tenido a nadie que me pillara hasta matarme de sudor, suspiro y piel. A mí, que por pasión entendía hacer un maratón de compras con Vero y Sara y después dejarme los ojos de llorar viendo por enésima vez Los Puentes de Madison. Pues a mí, a esa YO a la que las emociones sin preaviso, sin planes y sin pasarme la Epilady hasta que de tanto tirón y pellizco acabo jurando en finlandés, la lujuria la pilló por sorpresa; y donde dije digo, digo Diego, y cuando me di cuenta, estaba en mi casa, jugando a los médicos (por lo del colirio digo…) con un chico del que nada sabía y del que nada quería saber, salvo cuánto tardaríamos en quitarnos la ropa y en permanecer así, en cueretes, hasta que el mundo dejase de ser mundo o empezase a girar en sentido contrario, dando botes de alegría. Alegría por mí, oveja descarriada en esto de las artes amatorias, que por fin había encontrado con quien saber lo que era bueno, pero bueno, bueno de verdad verdadera.
  • No te muevas…Lo sé, dicho así, la frase no induce a mucha cosa, claro; pero a Dios pongo por testigo, que dijo la otra, que pocas cosas en el cosmos conocido y por conocer por cualquier aparato listísimo que ponga en órbita el ser humano me dieron tal sacudida dérmica. Ya sin artificio alguno, los dos naked y en plena facultad de nuestros cuerpos, encajamos como lo hacen el yin y el yang, Banner y Flappy, la cuchara y el yogurt, las manos en los guantes. Supe su nombre poco antes de conocer su sexo dentro de mí, pero a quién importaba eso. A mí no. Bueno, a mí no, pero seguro que a mi madre sí, y a mi profesora de filosofía de bachiller también, pero yo no se lo iba a contar, y la cosa era tan cojonudamenteagradablequetecagas, que así estuviese infringiendo las leyes de la naturaleza; así bajase un rayo o un meteorito del diámetro del agujero de Bankia, que me pillase allí, con el cuerpo de Paco sobre mí, dejándole entrar una y mil veces hasta que de tanto toma, toma, toma que toma, me quedase tonta de haba.
  • ¿Cuál es tu lado de la cama, princesa?Todo llega a su fin, incluso el sexo cuando parece no tener final, y parece no tenerlo porque algo así debería venir con bola extra. Pero donde otras veces había estado tan incómoda, que es cuando a él le toca sentarse en la esquina del colchón, estirar los músculos de la espalda, caminar en bolas hacia el baño mientras se rasca el culo y masculla ha estado bien, qué no, Paco no se marcó un ‘ahora me hago el Marlon Brando’, haciéndose el duro, con aquello de si te he visto no me acuerdo. Paco, que era un tipo corriente (bueno, corriente no, que era el tío con más resfriados que había visto en mi vida: uno cada quince días, coincidíamos en la farmacia, ¿os acordáis?), dejó que el calorcito de la cama que había sido nuestro cuadrilátero de amor hacía nada, fuera ahora el descanso del guerrero. No sólo no le causaba pudor alguno que yo lo oyese roncar, sino que se la traía al pairo que, llegado el caso, se le escapase un pedete en pleno relax post-coital. A Paco le seducía tanto la idea de dormir a mi lado, que se iba a quedar allí, para verme flipar al despertar y ver que seguía siendo cierto todo aquello. Se iba a quedar en mi cama, fuese cual fuese el lado en el que yo prefiriese dormir, porque él siempre estaría en el otro. Pero no ese día. El siguiente también. Y para el otro. Y ciento y la madre más, que ya no sé ni la de tiempo que llevamos juntos, haciendo de la vida en común un Show must go on, en el que comernos a besos y dejarnos sin respiración cada vez que el guión lo permite es un hecho; casi tanto como que el prota de el Diario de Noah es un tío normal, con un qué sé yo que te atrapa y que seguro podría ofrecer colirio a una tonta como yo, en una farmacia cualquiera, incluso en la de la farmacéutica gorda con bragafaja que seguro le pilla un pelo púbico cada vez que da un paso, esa en la que nos conocimos. Paco es mi Ryan Gosling, por un montón de cosas, pero sobre todo, sobre todo, sobre todo porque me hace sentir bonita, deseada, agradable, simpática y genial a cada paso, y eso, queridas, es un placer mucho más que orgásmico. Es un placer vital.