abril 2013


 

Bésame, pero hazlo bajo un aguacero infernal. Bésame, apretadito y con prisa, esa prisa que sólo esgrimen los que aman con fuerza y para los que cualquier tiempo es poco para respirar el aire en el que sólo habitas tú. En el que sólo habito yo. En el que estamos los dos y todo parece dar vueltas y más vueltas. Vueltas y más vueltas, hasta que la fuerza centrífuga nos empuja a separarnos. Y aún así, seguimos pegados. Labio con labio, oliendo a dos que ya sólo saben ser uno; y eso es lo que mola.

No sé si para ser un pie de foto es demasiado largo, pero lo cierto es que no sobra ni falta una palabra. En serio lo digo: no falta nada. Porque sino de qué iba a ser este el beso de amor más Googleado de la historia de los besos de amor Googleados. ¡Lo tiene t-o-d-o! Pasión, entrega, amor, deseo, protección, ilusión, esperanza, a Ryaaaaaan Gosliiiiiiing… Todo. Y no digo yo que este muchacho sea un Adonis, que puede que sí, puede que no (ya se sabe que los gustos son como los culos: todo el mundo tiene uno); pero lo que no se le puede negar es que es la versión cinéfila de la Viagra femenina. Tiene un algo, un qué sé yo, que cuando miro el calendario y veo que estoy en mitad de ciclo, tengo que ponerme en Youtube la
escena del Diario de Noa, en la que suertuda de la prota siente en carne propia como estos brazos como palas de horno de panadero hacen que todo sea perfecto. Bajo la lluvia. Bajo la sospecha inminente de que el amor puede acabarse en cualquier momento. Bajo el temor de que ese guión magníficamente ideado para que a las chicas como yo, que siempre nos enamoramos del tipo que cree que decir te quiero es lo mismo que contestar yo también, sintamos como si una colonia de hormigas culonas de África subsahariana nos invadiesen el ombligo. Tenga lo que tenga Ryan Gosling y ese par de brazos fornidos y masculinos, debería estar disponible para visionarlo en el cine con gafas 3D (¡Ay, mamá). Eso sí, con obsequio de Kleenex Aloe Vera Hacendado en taquilla, porque la jartá de llorar que sería la sesión doble, palomitas King Size, con Cola Zero, gracias.

El cine ha hecho mucho daño al amor de verdad, y no me refiero al de fueron felices y comieron regalices, no. Me refiero al amor de carne y hueso, al mundano, al normalito. Porque lo mismo que el sexo con mi Eugenio está bonito y es casi siempre bueno-tirando-a- muy-bueno, no siempre está acompañado de una banda sonora de Hans Zimmer cuando llegamos al orgasmo. Oye, y sería fabuloso oír a una orquesta de ciento y la madre de virtuosos tocase notas y más notas, mientras mi Eugenio hace lo que puede, y toca y toca y toca, hasta que todos los acordes de mi yo se marcan el estribillo de la Lambada, no digo yo que no.  Pero siendo franca, creo que lo único que se oye antes, durante y después, es el
frufrú del roce de las sábanas, el segundero del despertador, que nos recuerda que mañana a las 07.00 en pie, así que a ver si estamos a lo que hay que estar, la cisterna del vecino haciendo su trabajo y, si la noche coincide con fiesta patronal por los alrededores, puede que algún petardo fin de fiesta recordando al respetable que la Comisión no pagó lo suficiente y las 24:00 se acabó la verbena, y hasta luego, Lucas

Como digo, el cine ha hecho mucho daño al amor de todos los días. Al de bragas cómodas para andar por casa, porque nada peor que estar todo el día con la goma dando por saco (literal y figuradamente). Al de me tengo que afeitar, nena, pero estoy reventado, mejor lo dejo para mañana.
Al de…

– Tú crees que estoy gorda, cari? – Viendo un repor interesantísimo: Carmen Elektra al desnudo (¿? Es obvio quien tiene el mando del Plus)

–  Gordaaaaaaa…!? ¡No, nena, claro que no está gorda! – ¡Exacto! Habla del amo del mando del Plus.

–  ¿En serio? – Me toco un muslamen, fingiendo fuerza para que se me note la piel de naranja, sabiendo que aunque me lavase los dientes con una mano y con la otra hiciese un pollo al horno, se me notaría igual, porque mis nódulos de grasa no necesitan ayuda…

– A mí me parece que estás genial… – Carme Elektra ejerce sobre Eugenio una enajenación digna de estudio, pero todavía sin terapia. Él me dice que no preocupe por su salud mental, que es algo que Miss Elektra produce en los hombres, así en general. Aaaah, digo yo. Ya estoy más tranquila. Mucho más. Fssssss.

–  Y si estoy genial ¿Por qué a mí no me miras como a ella, Eugenito…? – Llamarle Eugenito es un golpe maestro, porque sólo su tía Micaela lo hace. Bueno, sola, sola no: ella y su bigote, exactamente.

– Coño, nena! No te miro así, porque a ti te tengo aquí…

¡Zas, sonamos! A ti te tengo aquí, me dijo. Aquí te tengo aquí. Como si tenerme compartiendo sofá, repasando por enésima vez el catálogo de Ikea, fuese en detrimento de nuestro amor. De nuestra pasión. De nuestra capacidad de dejarnos sin aliento a golpe de beso va, beso viene, hasta quedarnos run out of saliva. Y no le culpo, al menos no del todo, porque a mí me pasa algo parecido con Ryan Gosling, aunque no de naturaleza tan animal. A mí me bastaría con que Eugenio me besase así. Con igual incandescencia que lo hace Ryan bajo el aguacero, poniendo toda la fuerza
del mundo mundial en hacerme girar y girar y girar, hasta que lo que me rodea se difumine, emulando un cuadro Monet. Yo no quiero que Ryan Gosling me borre la boca a besos. Que no, mira bien lo que te digo. Yo sólo quiero que Eugenio me bese así. A pesar del catálogo de Ikea. A pesar de la braga de andar por casa. A pesar de todo. Porque yo le quiero él, y con él lo quiero todo. Kiss me, tontito del culo! 🙂

Me llamo Pepe, como mi padre. Lo sé, llamarse Pepe en un mundo donde todo cristo parece tener nombres salidos de una novela de Tolkien resulta entre ridículo e indie, que dicen los modernos de flequillo por parche; pero yo no tengo la culpa de que en plenos 70, cuando la  masculinidad y la varonía se medía en si el primogénito era o no un hombre, lo de heredar el nombre del padre era mucho más que una tradición familiar: aquello era una cuestión de cojones.

Así que, Pepe fui, y Pepe me quedé; incluso ahora, que salgo con una tía que está de buena que ni me lo creo y que se llama Whitney. En serio, se llama Whitney, no es que se lo haga llamar, que sería un punto de tontería difícil de justificar ante los colegas. Se llama así, quiero decir, que cuando salió de la pila bautismal ya tenía la putada encima; la putada onomástica, se me entienda. Pero a lo que iba, a Whitney la conocí en el gimnasio, sudando los dos como dos becerros en matadero; claro que ella con mucho más estilo, limpiando la humedad de su frente con una mini toalla de mierda de esas del Decathlon, que prometen secar como un toallón de toda la vida, pero después, si te he visto no me acuerdo.

Desde entonces, no hace más de un par de semanas, entre Whitney y yo no hay secretos, porque para qué, si es probable que lo nuestro ni a ser. Es lo bueno de sentirme libre con respecto a mis relaciones que no acabarán siendo relaciones, que puedo mostrarme tal cual soy. Tal cual me siento. Tal cual suelo ser cuando no hay nadie con quien jugar a que somos felices y que me encanta ir a Berska a ver si hay una camiseta cortita, que se me vea el ombligo, pero que no me haga lorzas en la barriga. Yo nunca he visto una camiseta corta que no haga lorzas, sobre todo si se tienen, pero mis novias momentáneas siempre me ponen a prueba, porque malo si digo ¿y una larga, no sería más cómoda?, porque eso implica que TIENE LORZAS, precisamente las que no quiere ver y, mucho menos, que se le vean. Malo si digo ¿Lorzas? ¿Qué lorzas?, porque ello implica que, efectivamente HAY LORZAS, y que soy el peor tipo del mundo, el peor novio momentáneo del siglo. Así que, Whitney y su nombre de morondanga es perfecta: puedo ser yo, sin tener la sensación de ir pisando minas antipersona a cada paso.

–         ¡Ai, Pepiño, Dios cho pajhe cunha muller que non che colla na cama…!

Mi abuela dixit. No recuerdo muy bien cuándo ni dónde ni por qué, pero mi abuela deseó para mí una mujer de nueve arrobas y 1/2, con el culo tan grande que necesitase la ayuda de mi amigo Nachete para abarcar sus dos hemisferios. Yo, que me llamo Pepe y soy igual de íntegro que mi puñetero padre, que dice que fumar es malísimo y  que a ver si lo dejo, mientras se mete entre pecho y espalda un purito Reig, siempre pensé que lo mío con las chicas iba a ser fácil, porque si no me ponía trabas (y entiéndase trabas por comenzar frases con mamalonadas tales como mi
mujer ideal es…)
, el horizonte sería amplio, lo suficientemente amplio como para no errar en el tiro. Me explico de forma sucinta: a mí me gustan todas. ¡Nos ha jodío…! Todas.

Altas, bajas, agradables, insoportables, teniente-risitas, agónicas, manipuladoras, borreguitos, modernas, recatadas, minifalderas, bombacheras, cocineritas, McDonaleras, besuconas (estas más), toxos (me valen, si lo compensan siendo besuconas, claro), amiguísimas de sus cien mejores
amigas, las solitarias, las que ven Sálvame, las que hablan de Punset como si fuese su padrino, las que se hacen mechas y más mechas hasta acabar pareciendo un tigre, las que llevan peluca (bueno, nunca he estado con ninguna con peluca, pero un día leí que la Beyoncé la lleva, que realmente está rapada. La Beyoncé, ahí lo dejo. Peluca y la Beyoncé. Me guuuuuuustaan las mujeres con peluca, es una cuestión de silogismo).  Todas. Incluso, las que tiene un culo de nueve arrobas y 1/2.

Por eso, cuando Whitney y su toalla de mierda del Decathlon, sudando a lo loco sobre la estática para eliminar su piel de naranja, se percató de que le estaba haciendo una colonoscopia ocular en su retaguardia, me espetó…

– Aprovecha la ocasión, chato, porque en dos meses de este culazo no quedará ni raspa…

No se chinó. No le pareció de voyeur marrano que le clavase la mirada en su sacrosanto culo mientras pedaleaba sin parar. No se sintió ultrajada en esa femineidad 2.0, esa en la que las tías no entienden que un tío no suele poner intención en ser salido, sino que la cochinez le sale sin querer, nos sale sin querer, porque la naturaleza animal masculina y procreadora es así. Lo sé, esto no es excusa, porque los animales también giñan
delante de la manada y se quitan piojos unos a otros, para acabar papándose al parásito como si fuesen pipas Facundo, pero por muy educado que uno sea (que yo lo soy: mis padres se dejaron un dineral en mi Máster en Marketing Internacional), por muy civilizado que uno se venda (que yo lo hago: jamás he subido a un avión sin ayudar con la maleta a la gordita que atasca el pasillo), por muy cojonudo que uno se proclame (¡Faltaría más! Mi última aportación a los anales de la cosa: me enamoro de personas, no del género, pero no me hablar de dar besos con lengua a alguien que se llame Manolo porque echo la raba…). Por mucho postureo del que haga alarde un hombre en edad sexual, que creo es hasta los 99, después de la extremaunción, la cabra tira al monte. Es decir: los ojos van donde van, incluso donde no es políticamente correcto que descansen. Véase
culo. Véase teta. Véase culo. Véase teta. Como es evidente, los tíos somos de ideas fijas. De horizontes claritos y abultados. No todos los hombres somos iguales, pero yo me llamo Pepe, igual que mi padre, y por mucho Máster, mucho Erasmus, mucho gym molonísmio y zapas vintage Le Coq Sportif que me calce, me gustan todas. Y me gustan sus cosas. Todas.

– Whitney dices que te llamas…. – me bajé de la estática y sonreí, como sólo lo hago cuando sé que no tengo nada que perder – Dime la verdad, ¿cuántas veces al día tienes que deletrear tu nombre?

Podía haberle dicho que tenía un nombre sexy, secular, increíblemente distinguido, pero para qué. Con ella me sentía libre, no en vano, lo nuestro iba a durar lo que su piel de naranja: un verano quizá…