Doble línea continua, sin final, zigzagueante, sinuosa y eterna; pero doble línea, que nunca deja de ser continua. En cualquier otro momento, ayer, mañana, quizá, esta marca impresa en la carretera no tendría más sentido que el de evitar rebasarla sin mirar si hay un Guardia Civil, agazapado tras un seto, retrepado en su Citroen Xsara gris, haciendo un Sodoku, protegido por sus gafas de aviador casi Rayban, que le regalan diez segundos de gloria cuando se mira al espejo y cree que es cagadito a Tom Cruise en Top Gun.

Pero hoy es hoy, y el momento de reflexionar llega cuando menos te lo esperas. Será porque mañana cruzo la barrera psicológica de los treinta y cinco, será porque llega el verano y no entro en ningún mini short del año pasado (prenda del diablo, compinchada con las multinacionales de cremas anticelulíticas para hundir mi ego, lo sé), será porque la ovulación me tiene el flequillo con lo de atrás pa’lante. Será. Y aun sabiendo que no es el mejor momento para
hacer balance, me lanzo al vacío del autoanálisis, yaciendo feliz donde se meantoja.

–  ¿Y no habría un banquito en el que sentarte a pensar, Julieta?

Mi madre, o el fenómeno paranormal de estar presente sin estar; aquí, de cúbito supino, con la mirada perdida en el cielo, buscando formas originales a las nubes (obvio decir que casi todas me parecen nubes a secas, porque no quiero parecer sosa, así, a la primera de cambio), puedo oírla como si estuviese a mi lado, sentada del otro lado de la doble línea continua. Eso sí, ella siempre se sentaría en el de la izquierda, para ver venir al coche de frente y así ponernos a salvo a las dos. Porque mamá es precavida y lo sabe todo, lo protege todo, lo controla todo, lo alegra todo… pero siempre, absolutamente siempre, hay que hacerle caso; sin rechistar. El título de madre, ganado a pulso encontrando siempre lo que pierdo, mirándome la fiebre a golpe de chupetón en la frente, dándome consuelo cuando ni yo sé que lo necesito y ¡vaya si lo necesito!… le da ese derecho. Ser mamá y ser grande, va unido. Intenta separar ambos términos, verás que es tan imposible como hacerse un bocata de Nocilla de sólo un sabor si el frasco es de la de dos colores. Tal cual.

Vale, pues mamá no está pero está, las nubes siguen siendo nubes aunque me vaya de guay y me imagine que estoy viendo El Beso de Klimt y la carretera sigue
siendo una amalgama de gravilla y chapapote que se me clava en el coxis. Con todas y con esas, procedo a autoanalizarme, que como para esto no hay día bueno, qué más da que lo haga hoy o dentro de cien años, cuando haya muerto. Porque morir hay que morir, aunque ahora me sienta feliz y crea que soy la reina del mundo porque tengo un Mini Cooper, un novio estupendo que entiende que no me gustan las bouquetes como regalo, porque las flores se les llevan a los muertos y a los burros que ganan carreras. Dado que yo no soy ni lo uno ni lo otro, prefiero algo que brille en mis dedos/orejas/muñeca, que es para siempre y lo puedo enseñar en la oficina en la que estoy a nómina mileurista. Soy feliz, o me siento feliz, pero a ratos, como todo el mundo supongo, aunque
tampoco hay razones de peso que me lleven a la infelicidad. Y es lo estúpido de no tener grandes problemas: que te los buscas para complicarte la existencia,
no sé bien si en un alarde de volver a sentirte feliz cuando ves que lo turbiose disipa. En esas estoy, pues, en ver turbio lo nítido, lo meridiano, lo
evidente… lo real.

Leí una vez que un problema no tiene que ser necesariamente grave para vivirlo como tal: basta con que tú lo vivas así; una verdad como un templo, no hay tu tía. Porque como dije líneas más arriba, soy lo cuerdamente feliz que permite la sociedad del bienestar (ahí van mis palabros manidos del día, para
que no se diga que no escucho tertulias en las que participan sociólogos) y aun así, creo que mi vaso medio vacío está a puntito de quedarse seco del todo. Es
una presión incomprensible que se cierne sin avisar, como esa tormenta de mierda que manda al garete una jornada de playa en primavera. Y todo porque
entiendo que con mi edad, la que voy a cumplir, debería tener una idea, un plan, un cuaderno de bitácora en el que ir marcando mi rumbo. Pero no, lejos de
ser, de tener un proyecto de adulto responsable y con miras en el futuro, sigo siendo la misma inconsciente que busca en Google Outlets baratos en los que conseguir el último bolso de Dior a buen precio o una dieta en la que se pueda comer magdalenas a voluntad sin que la báscula se chive un día sí y otro también. Dior no es el origen de mis males (al menos, no más que del económico). La báscula tampoco (o sí, pero con hacer trampa cuando me subo, y dejar medio pie fuera de la plataforma, tengo hecho), pero la sombra alargada de tienes que madurar y tener un colchoncito para por si acaso, me pesa como un abriguito de hormigón. Tener un colchoncito implica malos momentos por venir, y dentro de mi adolescencia interminable, los malos momentos no tienen naipes para la partida ¡hagan juego, señores…!

Es como lo de las enfermedades. Últimamente, me llegan noticias un día sí y otro también de conocidas que tiene cáncer. Llevo un rato escribiendo y borrando esta palabra, cáncer, porque sólo con leerla, así, tan abrupta, tan aterradora, tan de llevárselo todo por delante, me duelen los ojos. Pero tan cierto es que crezco, como que no estoy a salvo de que deje de hacerlo en cualquier momento por su culpa. Pensar en ello me da miedito supermil. Y aunque tenga sólo casi treinta y cinco, y yo me vea en la flor de la vida, detrás de cualquier segundo puede estar la despedida. Ni un libro ni un árbol y, mucho menos, un niño. La línea de mi existencia está llena de bolsos de marca, de zapatos de tacón imposible, de fotos de vacaciones con el culo al sol, de risas de pijama y televisión, de recetas improvisadas con cualquier cosa que quede en la nevera y no ande/tenga moho/haya caducado en 2010, de anillos divinos que tengo que quitarme 
para conducir porque me distraigo y cualquier día acabo en una cuneta, de sábados noche de Pinterest mientras mi chico ve el enésimo repor del holocausto Nazi… pero si hago balance, aquí tirada, con la gravilla del asfalto clavándoseme en el coxis, de cúbito supino sobre la línea continua, lo cierto es que no he hecho nada de provecho, al menos, para la humanidad. Qué vulgaridad la mía, qué hedonismo inconsciente tan estupendamente inconfesable. Lo mal que tendría que sentirme por ello. ¿Ah, sí…? Sí. ¿En serio…? Sí. Pues vaya. Fatal, me siento fatal (¿?)

Así pues, vaya por delante que mi jornada de reflexión ha dados sus frutos doblemente. Por un lado, no me ha atropellado un camión de mudanzas, y por el otro, he llegado a la conclusión de que el único camino que he andado, que ando y que creo que andaré incluso mañana, cuando los treinta sean una realidad más allá de las velas, es el de la felicidad diaria, la que me dan los desayunos en pareja, al albor de un Earl Grey con leche desnatada y pan tostado integral sin sal y sin azúcar (puede que hasta sin trigo) y los dichosos deseos de buenos días, cariño, que tengas buen día… Pues eso, treintañeraycincoañera on the road, ahí estamos.