икона за подарък

Se fue; se fue, parece que para siempre, e,
inexplicablemente, siento unas ganas irrefrenables de tomarme un helado de
vainilla con Coca-cola, como hacen en las pelis americanas de los 70 en los
momentos tensos. Nunca hasta hoy, y mira que no habré tenido  oportunidades para tomar tamaña asquerosidad,
este mejunje de sabores se me había antojado la solución a todos mis males.
Como si un subidón de grasa hidrogenada con
sabor a
vainilla y 330 ml de refresco de cola fuesen el pasaporte a no

pensar, a no existir, a no ser. Sea como fuere, el portazo con el que supongo
se acaba de despedir de mí, de nosotros, de lo nuestro, ha despertado en mi
subconsciente gorrino las ganas de suicidarme, tupiendo mis arterias de
conservantes, colorantes y goma arábiga, que no sé muy bien qué es, pero que en
los helados de marca blanca se estila mucho.

A Federico siempre le ha gustado mucho el helado,
la Coca-cola… y yo; claro que, se confirma, los gustos no son inamovibles,
inagotables e imperecederos, porque él acaba de marcharse, con la firme promesa
de no volver jamás, ni aunque se lo pida una y mil veces, ha dicho, pero no se
ha llevado consigo su ciento y la madre de latas de Cola Zero, esas que había
comprado para pasar el fin de semana bajo las mantas, viendo pelis en el TCM
Classic y haciendo el amor conmigo. Del helado no hablo, no digo nada, porque
como no tengo ni idea de dónde va pasar la noche, lo mismo se le derrite en la
maleta, sobre los calzoncillos CK, el cinturón D&G o el jean Ralph Lauren.
Porque una cosa es que se vaya y me deje, me deje, me deje, me deje (me lo
repito por aquello de acabar de creérmelo) y otra que, por escapar de mí, se
cargue su selecto fondo de armario.

 A Federico
le gusta mucho el helado, la Coca-cola, la ropa de marca, pero se ve que ya no
le gusto yo, y eso es cosa difícil de digerir cuando hecho la vista atrás y
busco un solo recuerdo en el que él no esté y lo domine todo. Mierda de memoria
la mía, tú, que olvido constantemente dónde dejé el mando de la tele, las
llaves de casa o el número de de la plaza de parking en el que dejé el coche,  y ahora se las da de eficiente, recordándome que
voy a la deriva; sola y a la deriva, qué puede haber peor.

– Mujer, peor, peor, sí que hay cosas peores…
–  Me digo, con la puerta del congelador
abierta y entablando conversación con la merluza que yace, impertérrita, al
lado del tarro de medio litro de helado – ¿Ah, que no…? Algo peor tiene que
haber, no me jodas…

Así que aquí estoy, frente a una cabeza de pescado
que me mira con ojitos vidriosos y me enseña la piñata a través de la bolsa de
congelar de Ikea, haciendo balance de mi vida, de mi no vida, de mi asco de
vida. Y no es que Federico lo fuese todo en mi existir, pero casi. Tenerlo era
estupendo hasta que dejó de serlo y, ahora que se ve que ya no va a estar, me
ha dado por magnificar su esencia, como si su recuerdo, aun de cuerpo presente,
me quemase el alma.

Porque yo tengo alma, sí que la tengo, aunque él
no la vea. No la sienta. No la comparta. Yo nací con ella y si ahora no la
paseo, tal y como él esgrime, es porque en algún punto ha salido despavorida,
como las MariPilis en el primer día
de rebajas. Algún día, hace millones de años y antes de que el último
dinosaurio decidiese inmolarse porque para qué vivir así, sin pareja para jugar
a las prendas, a Federico le gustaba la Coca-cola, el helado de vainilla, la
ropa de marca… y mi alma. Ahora, que dice no la tengo, va el tipo y se va. Se
confirma también, pues, que lo nuestro funcionaba por una cuestión de divinidad
etérea o algo, porque, a las pruebas me remito, con mi cuerpo ya no le llega.

– ¡Las palabras siempre han sido tu mejor arma,
Paqui…! – Cierro la puerta del congelador, segura de que la merluza no entiende
en qué punto de su contrato pone que tiene que ser mi psicoanalista – Cierto,
lo son, pero quererte era un puntal que te cagas y acabas de darle una patada a
mis cimientos.

Las burbujas y la grasa láctea son dos cosas de
difícil mixtura. Si a esto le sumas la pena, penita, pena, la rabia, la
ansiedad, el enfado, la indignación, los lloritos, el hipo, la comida de uñas y
el dolor de coxis, fruto de una caída fortuita de cúbito supino sobre el suelo
de la cocina, el batido de Coca-cola y helado de vainilla resulta una caca de
la vaca. Lo revuelvo con fruición, con ahínco y dedicación, esa misma
dedicación que debería haber empleado en hacerle saber a Federico que sí que
pintaba mucho en mi vida, y no precisamente el indio. Le doy a la cuchara como
si remase en una canoa, haciendo girar esa pasta de color caqui-mierda que
quiere ser un batido so cool de esos
que podría salir en Sex and the city
o quizá en Pulp Fiction. Gira y gira
y gira y gira la puñetera cuchara, hasta provocar un Tsunami en el líquido del
vaso. Tanto gira y tantas olas provoca, que salgo de mi bucle lastimero a golpe
de vertido inesperado.

– ¡El pantalón de ante a tomar por culo! qué bien,
un día completo…

En otro momento y en plenitud de mis facultades sentimentales,
sentarme en el suelo de la cocina con mi delicadito pantalón de la suerte no
sería una opción. No lo sería en modo alguno, teniendo en cuenta que, cuando me
lo pongo, tengo sumo cuidado de consultar Metogalicia
para saber si se espera lluvia, aunque sea remotamente. Porque el ante, como ya
se sabe, es como el ying y el yang: tiene algo guay y algo chungo; monísimo y
archiagradable de vestir, pero una esclavitud el saber que ejerce un atractivo
inexplicable a cualquier fuente de humedad que lo deje moteado, cual bata de
faralaes. Verdades como puños, o Teorías
irrefutables de Paqui Antúnez
, que esa soy yo.

– No te chines, cari: por más que lo intente, no
soy capaz de lavarme los dientes sin salpicar el espejo… – Federico dixit, no
me acuerdo bien cuándo – ¡Imposible! Ni cepillándomelos en el salón, a cuatro
metros del espejo. Estoy seguro de que el dentífrico y el cristal están
imantados…

 Jodona
memoria la mía, psssss…; ya me dirás a qué coño viene ahora acordarme de esto
si de lo que estoy hablando es de la infausta suerte de mis pantalones de ante,
de la insoportable manía de cuidar mis pertenencias como si me fuesen a
sobrevivir y mi afición a elaborar teorías de todo o casi todo. Memoria,
márchate de mí de una vez y para siempre, que no serías la primera en dejarme
en la estacada, ya te lo avanzo, y déjame vivir como Anita Obregón,
imaginándome que todo gira en torno a mí y mi capacidad de invención. No quiero
sufrir, al menos, no más de lo necesario, y tú, con tu dichosa afición a
recordarme todo lo bueno, lo entrañable, lo genial y lo irrepetible de haber
vivido con Federico la última década, no me ayudas ni un pocopoquito, ¡so zorra!

Y, dicho lo cual, que el helado con refrigerio de cola
surque mi pernera de antaño incólume y cuidadérrima piel vuelta, entraña en sí
mismo, un dramón que te mueres; pero, lo que son las cosas, ahora mismo, con el
corazón hecho cotroña y con la sensación extraña de haber comido ortigas, el
asunto de la mancha me importa entre una mierda y mierda y media. Lo que son
las cosas, segunda parte: nada como tener pódium de sufrimiento; que Federico
se haya ido, dejándome sola y hablando con la merluza del congelador, ocupa,
sin duda, el puesto number 1 en el ranking de padecimientos
vitales. Lo del pantalón es una jodienda de las gordas, pero ya lo sufriré
mañana, que hoy no me quedan lágrimas en la recámara.

No soy yo muy de toros (o sí, pero no suelo
admitirlo en público porque no sé como argumentar que gusto de ver morir al animal,
estoque de por medio), pero yo me vi venir el final mucho antes de la sangre tiñese
el albero. Federico es muy primario, muy liso y llanito, sin muchas vueltas.
Siempre ha sido de al pan, pan y al vino,
vino
. Lo de jugar al gato y al ratón y andarse con retóricas se le antojaba

un coñazo y un desgaste criminal, así que cuando se dio cuenta de que más que
pareja, se sentía consorte, me lo hizo saber.

– ¿Al cumpleaños de Sara? ¿Para qué? Si tú solita
te bastas para animar la fiesta…

Siguiendo con el símil taurino, la puya fue
directa, concisa, de trazo directo y entrada limpia. No es que a él no le
gustasen mis amigas, que ni fu ni fa, lo que no le gustaba era yo cuando estaba
con ellas; pareces tonta del culo, vida, me decía; hablas raro, no paras de
reírte y de repetir coletillas estúpidas que no te había oído decir jamás.
Razón no le faltaba, pero es que las chicas somos así y yo no tengo la culpa de
que él no haya tenido hermanas (bueno, sí que tiene, una, pero la tal está más
cerca de emparentar con José María Iñigo, por lo de bigote, que con las
féminas. Un caralloutou, que diría mi
abuela…). Vale, pues entre chicas, y máxime chicas urbanitas, el asunto de
impostar la voz y hablar como si la Barbie
se hubiese apropiado de nuestras neuronas, es un discurso iniciático en
cualquier fiesta o reunión ginecéica. La cosa va amainando según avanza la
noche, porque estar todo el rato hablando como si fuésemos las protas de Sensación de Vivir, 90210 es agotador, claro
que mientras dura el falsete, no faltan las risas y las complicidades. Pero
tampoco las caras de qué cojones haces,
Paqui, que no te reconozco
.

Como digo, a Federico no le gustaban mis amigas,
ni la conjunción Amigas de Paqui+Paqui.
Pero la vida es así, no la he inventado yo, que cantaba alguien. A ellas las
conocía ya ni me acuerdo de cuándo, puede incluso que no las haya conocido
nunca y sólo seamos muchachitas afines que nos juntamos para despresurizar,
frivolizar, acompañarnos en nuestro duelo, acompañarnos en nuestras alegrías,
prestarnos bolsos para bodas civiles, prestarnos zapatos para bautizos civiles
(¿? Sí, lo sé, un bautizo no puede ser civil, no obstante, los hay, y nosotras
vamos, felices cual regalices), prestarnos echarpes para despedidas de casadas
(también lo sé, las casadas no se despiden; las divorciadas sí: ¡de sus ex!).
Nos lo prestamos casi todo, menos el novio. Ah, no, el novio no…

Hija, Paqui, tu Federico tiene un punto pusilánime
muy guaaaaay…

Esa fue la última y desafortunada frase de una de
las asiduas a las reuniones de chicas. Incapaz me hallo de referirme a ella
como amiga, porque este término, tan quinceañero
y tan… mitificado, no le encaja. Para nada. Porque ya me dirás qué cojones de
amiga puede ser una tipa que, cuando tiene dos Gin Tonics, se cuelga del cuello de tu Federico I, El pusilánime y le susurra A ti te insuflaba vida yo a raudales… ‘Insuflar’, cuando una vocaliza
con dos o tres cacharritos de Bombay
encima, suena a ‘succionar’ que te cagas, en serio. Así que, cuando mi entonces-y-hoy no-pareja Federico me lo contó, muerto de risa y mientras
se quedaba en calzoncillos y calcetines para meterse en la cama c-o-n-m-i-g-o
(voy a decírmelo otra vez, porque conmigo suena tan bien. Conmigo. Conmigo.
Conmigo. Conmigo), me sentí traicionada y ridícula a partes iguales.
Traicionada por mi congénere, ridícula ante él, que vio en mis ojos la
vulnerabilidad de la que sabe que la arena siempre se escurre entre tus dedos,
aunque te pongas guantes o te forres la palma de la mano con film de cocina del
Mercadona.

– Si no fuese un sentimiento poco moderno y nada
acorde con alguien tan autosuficiente como tú… – me dijo, apoyándose en la
cómoda y atrayéndome con firmeza hacia él – … podría concluir que Francisca
Antúnez está celosa.

Aquella noche follamos como adolescentes de
campamento; fuese la tasa de alcohol en sangre, fuese el temor a que él tuviese
curiosidad por saber cómo le succionaban,
perdón, insuflaban vida a raudales, la
cosa pintó en bastos. Yo, que soy de sexo estupendo y orgásmico en tiempo
récord, que no pierdo el tiempo en dime
cosas bonitas y hazme sentir la Bar Rafaelli de tu cama,
me entregué en

cuerpo, alma (¡Aaaaaaaah, entonces sí la tenía! Ahí no protestaba el cabrón…).
Alguien dijo alguna vez, no sé muy bien si lo oí o lo leí, que en el tálamo, lo
realmente importante no es lo que se haga, sino cómo se haga. Y hacer, lo que
se dice hacer, lo hicimos que-te-cagas.
Exhaustos, que no sudorosos, porque nada puede haber peor que el olor a cebolla
axilar tras un asalto coital, nos abrazamos lo justito, sin necesidad de
demostrarnos que nos quedaríamos así para siempre, porque de tan obvio y tan
verdad, lo de darnos la espalda y ponernos a dormir a pierna suelta, sonaba tan
bien o mejor que Cari, te quiero y te
querré toda mi vida. La comodidad cotidiana del buen querer, Tomo II
, ay…

Ahora, con el batido de mierda que estoy tomando, y
el culo roído por la baldosa de la cocina, pensar en algo tan sublime no me
hace bien, ningún bien. Sorbo otro poco de esta porquería como si fuese
arsénico o Listerine Explosión Total (que
tiene el sobrenombre que merece, sí). De morir de algo, mejor de asco, que de
pena, porque las pupas nunca han sido mi fuerte y lamérmelas en esta ocasión es
tarea de contorsionista, porque no habría lengua lo suficientemente larga para lamer
la yaga. Tu yaga. Para lamerte a ti .

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