икониматраци

Hace tiempo que me barrunta por la cabeza si realmente será cierto eso que aseguran de que los hombres y las mujeres somos tan distintos, tan distintos, que los unos debieron nacer en Marte y las otras debimos hacerlo en chaletito adosado en algún planeta cercano. Yo, que soy de naturaleza conciliadora y confiada, nunca había pensado que nuestros mundos fuesen tan arquetípicamente antagónicos hasta esta misma mañana.

Hallábame yo apurando el eyeliner en mi párpado hinchado, fruto de una noche horrible a causa de una tortícolis galopante (intentar soñar con los angelitos cuando el cuello cruje a cada intento de paseo onírico es harto desagradable, uf), cuando mi chico, que entra a las 08:00 a trabajar pero le sobran diez minutos para arreglarse, desayunar, llegar al tajo y dar los buenos días al que se encuentre por el pasillo y le caiga bien, me dice:

 

          Yo, si tengo que hacer e-s-o todas las mañanas para estar guapa, creo que me resignaría a ser la fea más feliz…

 

E-s-o.  Obsérvese que el determinante que mi chico empleó para referirse a mi ritual diario de belleza conlleva un no sé qué de hastío y/o incomprensión que, por un instante, me llevó a envidiar ser hombre. Un hombre de pelo en pecho y barba cerrada, uno de esos que encuentra fascinante pasarse un sábado viendo un derby futbolero y rematar una cena-revolcón con una sesión doble de Top Gear, ese Parnaso televisivo de los tunnigs. En aquel instante me dije:

 

          ¿Y si yo hubiese venido de serie con un pito y dos pelotas?

 

Antes de darme la segunda capa de rímel alargador-espesante-chiripitifláutico y mirándome en el espejo, me imaginé agraciada con un bigote a lo domador de circo y con tanta testosterona como si Pujol, el jugador del Barça, y Collin Farrell me hubiesen poseído (¡toooooma ya…! Me imagino toda esa hombría en mí y me gusto hasta yo, mare del amor hermoso…). Y como todo en la vida es posible sólo con intentarlo y no desfallecer por mucho que el coche te lo haya llevado la grúa, me dije que debía experimentar qué se siente al desprenderse de la nenita que soy, de la nenita que me encanta ser, de mis manías, costumbres, locuras, contradicciones e insensateces propias de la chica que hay en mí.

Me pregunté cómo sobreviviría en este mundo sin mi preciado sexto sentido, ese que me avisa de que p-u-e-d-e (¿?) ser peligroso enchufar cinco electrodomésticos en la misma regleta comprada en el Súper Chino-Súper Cien, que me alerta de que comerme un yogurt caducado hace dos semanas puede no ser muy bueno para mi intestino por mucho que el Omeprazol sea mano de santo, que hace que me despierte en medio de la noche en el momento justo en el que estoy soñando que hago pis y me libra de la vergüenza de tener que confesar que miccioné en la cama, que me alerta de que alguien me miente cuando me dice que los mini short blancos me quedan genial aunque me den un aire a lo Gandhi que no se le escapa ni a un vendedor de la ONCE… Sin ese sexto sentido tan femenino como útil, tendría que aprender a ir por la vida aunque fuese literariamente. Y como soy una chica de retos y de chascarrillos… ¡bienvenidos a los mundos de Noe! Ups, no, de Noe no, que en este post soy un machito.  Un machito de identidad ficticia e inventada pero que me vale para comprobar cuánto de más fácil es (o no) ser un chico de hoy en día. Veamos, pues…

 

Bitácora del hombrecito despreocupado

Hola a todas, chatas. Antes de nada, mejor será que me presente. Me llamo Paco, tenéis que perdonarme que me dirija a vosotras en estos términos tan coloquiales pero ese es uno de los privilegios que más me mola de mi condición de hombre: puedo NO acordarme de vuestro nombre y emplear un genérico que os valga a todas. Nunca he sido un tipo brillante en lo que a recordar fechas y nombres se refiere, así que lo chata es un invento muy socorrido para alguien como yo, con una vida social intensa y más bien poca intención de complicarme la vida memorizando datos inútiles. He de reconocer que el recurso no es mío, lo he aprendido de mi primo Toñín, un jefón del ligue y un as llevándose siempre a la tía más cachonda. Mi primo Toñín: lo mejor de lo mejor. ¡La de cosas que te cagas que me ha enseñado de la vida…! Madre que lo parió, qué grande es mi Toñín.

Alguien me ha propuesto escribir cuatro líneas sobre mi condición de hombre, que hablase sin tapujos sobre lo que es ser chico. No entendía muy bien la pregunta porque, a decir verdad, nunca había reparado en ello. ¿Cómo se aprende a ser chico…? Ser hombre no es un misterio, en serio lo digo. Uno nace con polla y testículos y lo demás viene rodado. No soy yo consciente de que forjar una identidad masculina (la señorita que me propuso el reportaje dio mucho por culo con este término: identidad masculina, identidad masculina, habla de tu identidad masculina, me dijo) conlleve ningún tipo de esfuerzo, pero se ve que levanta curiosidad en las tías.

Ellas, que todo lo saben y parecen doctoradas en sabiduría conyugal y telepatía (¿has vuelto a poner una bolsa en el cubo de la basura al quitar la otra?, Tania, mi chica, tiene el don de darse cuenta de lo que NO hago incluso antes que yo), quieren saber cómo es un día desde la perspectiva de un hombre. Me resulta curioso que ellas, que todo lo observan, analizan, juzgan, disfrutan, imaginan y quieren ver donde no hay, no hayan sido capaces de ponerme una vida con sus consiguientes vivencias. Me llama la atención que para este artículo no hayan recurrido a mi novia, porque ella sí sabe como soy d-e   v-e-r-d-a-d, no se cansa de repetírmelo cuando discutimos: te conozco como si te pariera, ¡a mí me la vas a dar cuando vuelvas a nacer…! Da igual que yo intente explicarme y darle mis razones: ella siempre sabe lo que quiero decir y lo que quiero hacer. A veces tengo la sensación de que tiene ojos biónicos y que puede leer esa parte de mi mente que yo no conozco y que no tengo ni idea de que existe. Ella, mi chica, la que todo lo sabe sobre mí.  O eso dice, así que supongo que es a ella a la que correspondería hablaros de mi dichosa identidad masculina y no a mí, que me conozco lo justo según ella, según mi Tania ¡y cualquiera le lleva la contraria!

Vale, pues ahí va. Una de las cosas que me encanta de ser tío es levantarme todos los días con mi erección ready to fly. Sin duda, levantarme con ganas de jota por mucho que la noche anterior mi chica y yo hayamos tenido movida, es  desconcertante. Nada más abrir un ojo, me rasco las bolas para notar que mi misil sigue ahí, enhiesto y oxigenado, a modo de bandera blanca. Nunca se me han dado bien las reconciliaciones de palabra, así que si ella viese en mi buena salud genital un lo siento, no quería decir eso, en serio, no volverá a pasar  facilitaría las cosas. Pero a Tania no le mola nada de nada el sexo con enfado. No hay comunicación, dice. ¿Pero quién coño quiere comunicarse cuando las ganas aprietan? Psssss… mujeres.  Y como ya sé lo que pasa cuando intento tocarla en los momentos tensos, hago mutis por el foro, me voy al baño a hacer un pis a ver si la cosa se pone blandita y me meto en la ducha. Por cierto, una de las cosas que ha cambiado desde que vivo en pareja es que ya no hago pis mientras me ducho: Tania me pilló una vez y me montó tal Cristo que no se me volvió a ocurrir. ¿Pero qué cojones tiene de malo mear bajo el chorro de la ducha si todo se va por el desagüe? Lo dicho: mujeres…

Otra de las cosas que creo no está mal del todo es que uno puede decidir si se afeita o no y no tiene que ir por la vida pidiendo perdón. Me explico: hace un par de años, Tania me pidió por navidad una Silk-epil. Decía que estaba harta de ir a la peluquería a hacerse la cera, que le salía carísima y siempre le dejaban la línea del bikini mal depilada. Yo, que no tenía ni idea de que los bordes peludos de la vagina de chica se llamaban línea del bikini, tardé en caer en lo que quería decir. Tras un breve impás de confusión, Tania me pidió el aparatito de marras como regalo. A mí no me pareció ni más ni menos romántico que una báscula de baño o una batidora multifunción (que ya sabía por mis desastres de relaciones anteriores que no eran regalos bien recibidos en la vida en pareja), pero a ella le gustó la idea. Vale, pues desde aquel día, no hay semana que Tania no se lamente de no tener tiempo para pasarse la depiladora por aquí o por allá. Si estamos viendo la tele y le meto la mano por debajo del pantalón del pijama, enseguida me la aparta diciendo:

 

          – Paaaaaco, que no estoy depilada, no me toques ahí…

 

Y así estamos, que lo de la cera era un timo y no de dejaban el cerro ‘el coño a su gusto, pero con ese chisme que tanto ansiaba le duele tanto que nunca encuentra un momento para pasárselo. Yo, que no soy nada mirado para lo peludo cuando se trata de darse un homenaje cuerpo a cuerpo, se lo hago saber de todas las manera que sé, pero Tania dice que con pelos no se siente limpia y hasta que se deje las piernas pelaítas como los muslos del conejo de la paella, no hay mambo. Lo dicho, me encanta ser tío para que mi dejadez con la barba no me impida tener pensamientos impuros cada diez minutos. Ser chico y llevarse bien con los pelos es mucho más sencillo, más natural: es una relación más campechana o algo.

 

Me mola que te cagas levantarme y que Tania haya hecho el café y puesto la mesa para el desayuno ¡me libera que no veas…! No, no me interpretéis mal: no digo que lo que me encante que Tania sea la que haga las cosas de casa, es simplemente que si las hace ella, siempre están a su gusto y no hay bronca. Para mi chica, como para tooooodas las chicas del mundo, un olvido reiterado se traduce en dejadez, y lo que había empezado con buena intención (hacer el desayuno, la cama, recoger el baño, colocar la compra…) se convierte en un pollo que te cagas. ¿Un ejemplo? Ahí va: Tania toma para desayunar un café templado con leche de soja y pastilla y media de sacarina, dos tostadas integrales sin sal y sin azúcar con mermelada Hero Diet de fresa y un kiwi no muy maduro, que pela y trocea sobre un plato como si fuese un cirujano. Ella coloca todos y cada uno de los cubiertos que necesita para tomar el desayuno de una manera determinada y, si alguno no está donde debiera, sufre un qué sé yo, un paralís generalizado y empieza a respirar con dificultad. No, no digo que sea histérica (que aún no), digo que a mi chica TODO  le gusta en su sitio. Cinco veces se me ocurrió sorprenderla adelantándome a los quehaceres de la primera comida del día. Cinco veces. Una, dos, tres, cuatro y cinco. Pero ¡ca…! No se me ocurre intentarlo una sexta ni de coña…

PRIMER INTENTO: Paco, ¿a qué se supone que me limpio, a tu camisa? – me dijo haciendo alusión a mi olvido con las servilletas.

SEGUNDO INTENTO: ¿Este kiwi lo troceó un gato…? – y no, yo estaba seguro de que no, más que nada porque no tenemos y a mí aún me chorreaba jugo de las manos tras haberlo pelado.

TERCER INTENTO: ¡Jooooodeeeeeer, Paco! ¿En serio es necesario llenar el mesado de migas para hacer dos míseras tostadas? – hasta ese mismo instante, yo no tenía ni idea de que mis tostadas eran míseras y de que unas cuantas migas podían incomodarla tanto. Cogí el paño y la pasé por el mármol… – ¡Cojooooones, nené…! ¿Y ahora las tiras al suelo? Pero lo tuyo es vandalismo y al carallo…

CUARTO INTENTO: No puede ser tan difícil calentar la leche en el micro sin que se vaya por fuera… – en mal momento se me ocurrió pensar que podía dejar para luego la tarea de pasarle un paño al plato del microondas.

QUINTO INTENTO: Déjalo, amor, hoy desayuno en la oficina, es que voy pillada de tiempo… – Tania mintió como lo hacen las niñas malas y yo me sentí herido.

 

Allí, solo, en medio de la cocina y con dos tostadas excesivamente humeantes y morenas como si hubiesen ido a Mallorca, me dije que nunca más. Yo soy un hacha para arreglar tuberías, sintonizar el TDT, inventándome excusas para no ir a cenar a casa de mis padres otra vez, haciéndole masajes en los pies, peleándome con el resto de los maridos por un aparcamiento cerca de la puerta de El Corte Inglés (en serio, a veces creo que Tania quiere que aparque el coche dentro del kiosko de las revistas, al ladito de la tipa que te cobra el Hola y te dice si quieres bolsa y que esperes por el ticket, gracias), así que, que ella se ocupe del tinglado del desayuno, que seguro que nuestra relación lo agradece.

 

Los ácidos grasos Omega 3. Yo no sabía que existían hasta que empecé a salir con Tania y un día me dijo que tenía que tomar el yogurt con lecitina de soja porque era una fuente muy rica en grasas insaturadas. A mí, que me encanta comer los Larsa naturales de vasito de dos en dos y con cuchara de sopa, ni se me había pasado por la cabeza que mi organismo anduviese falto de no sé qué grasas cojoneras. Los Omega 3 de marras pasaron a ser una letanía en todas y cada una de mis comidas, hasta que le confesé a Tania que a mí aquello me sabía a caspa de viejo y que, si ella quería coleccionar sebo vegetal en su organismo, allá ella, que yo estaba encantado con que la cerveza tuviese lúpulo y cebada y que con eso me conformaba. Yo sé que a ella tampoco le gusta la lecitina de soja, ni los copos de avena, ni el polen de los cojones con que ameniza su muesli de la cena, pero lo hace porque es chica y sabe que tiene que hacerlo, s-i-e-n-t-e que tiene que hacerlo. Yo soy chico, me llamo Paco, me suelo rascar los huevos cuando voy caminando desde el sofá hacia la nevera y creo que mi colesterol es directamente proporcional a la cantidad de veces que voy con mis amigos a tomar churrasco de buey. Yo puedo comerme un chuletón con patatas aceitosas y tomarme un flan de postre porque mi inconsciencia masculina viene de serie sin remordimientos. Tania no puede comer todo lo que le apetece porque sabe que ingerir hidratos de carbono después de las ocho de la tarde hace que sus nódulos adiposos se anquilosen en su cadera, que la leche entera es malírma para la piel de naranja, que las croquetas/empanadillas/bolitas de queso son el anticristo para toda cuanta fémina quiera llegar a los treinta y cinco con una 38 de pantalón, que los plátanos sólo son digestivos y no engordantes para Rafa Nadal, que tiene un brazo que recuerda a un jamón de Guijuelo y quema más calorías que un cortacésped… Yo, que soy chico y me llamo Paco, conozco la alineación del Madrid desde el año 1975 pero no tengo ni idea de todo este coñazo que Tania tiene que recordar para alimentarse. Me llamo Paco y como lo que me apetece, cuando me apetece. Eso sí, como mi chica es la que hace la compra, cada vez es más difícil reafirmarme en mi rol de depredador despreocupado.

¿Y lo que saben  las tías sobre cosmética, qué me decís…? Tania se vino a vivir a mi casa poco a poco. Su intromisión en mi hogar de soltero fue paulatina y el compromiso se fue haciendo directamente proporcional a la cantidad de cremas nutritivas, hidratantes, regeneradoras, exfoliantes, calmantes, protectoras,  reafirmantes, anticelulíticas efecto frío, anticelulíticas efecto calor, despigmentantes, con caviar, perla ionizada, oligoelementos, péptidos y Q10. ¡Ay, el Q10…! Fue llegar Tania y sus normas de convivencia y el Q10 lo inundó todo en el baño. ¡Ah…! ¿Que no sabéis que es el Q10? Pues estáis acabados, porque el Q10 y la invención de Canal + Deportes debe ser lo más apirolante que ha ideado el hombre blanco. Tania dice que el Q10 es no sé qué coño de cosa pringosa que retrasa el envejecimiento celular. Es decir: si uno sucumbe a los maravillosos poderes de la crema de cuidado facial más vendida en el mundo (lo pone en el envoltorio; lo sé porque, a veces, cuando voy al baño a giñar y no tengo nada que leer, me leo los envases de los potingues, para pasar el rato), puede que aparentes treinta y tres años… menos diez minutos. El efecto es algo así como si le ganases un cuarto de hora a la humanidad. Y yo, que siempre he sido muy de récords, me dije un día: si ella lo usa y ya que está en mi baño… Así que desde que Tania se apoderó de todas las estanterías de mi armarito modelo Sparren de Ikea, yo me pongo toda cuanta crema encuentro (salvo Vanigesil, el alivo para tu picor vaginal, por cuestiones obvias, claro está). Desconozco si aparento algo menos de treinta y cinco pero entre que me unto y no me untos las cremas de marras, Tania no para de repetirle a sus veinte muy mejores amigas que me ha convertido en un metrosexual. A mí, que el término siempre me ha parecido un eufemismo de maricón de tomo y lomo, no sé si me halaga o no pero como Tania premia mi fijación hedonista con caricias y besos para ver lo suave que estoy, he decidido respeta las estadísticas y ser uno más de esos tíos que dicen cuidarse por sistema y convencimiento, aunque en el fondo sólo lo hagan por el refuerzo sexualmente positivo que tiene en ellas, en las mujeres que todo lo saben.