Soy alérgica a la calabaza

 

PRÓLOGO          

  Hace tiempo que me rondaba por la cabeza escribir un cuento y el miércoles pasado, víspera de festivo y con el trauma de la que sabe que al puente de mayo había sido bombardeado por los aviones de jefatura, me hice con una idea. He aquí un buen comienzo, me dije, si tienes una idea, lo demás (acción, personajes y acting) vendrá rodado. ¡Y tan rodado que vino! Cuando terminé de poner fin y me releí no daba crédito… 

 –          ¿Pero qué coño…? – Me dije contrariada porque un cuento, lo que se dice un cuento, no me ha salido.  

Vale que los personajes remitan al mundo de la fábula pero ¿qué me decís del argumento? J Mi intención primigenia era escribir la otra historia de Cenicienta, la historia de verdad y no la que pavisosa con que hemos crecido y, visto lo visto, creo que lo he conseguido. Juzgad vosotros mismos y espero que, verbigracia de la tradición descojonadamente oral, mi versión se convierta en una leyenda de delirante referencia ¡Feliz lectura a todos!  Por cierto, aunque yo os preste este cuento un ratito, que sepáis que ya tiene dueño: Fon, amor, es tuyo, como todo lo mío ¡Pooooos! 

 

LLÁMAME CENICIENTA    

 

Érase una vez…   

Cenicienta, antigua y bautismalmente conocida como Ernestina, había decidido darle puertas a su último príncipe azul el día que abrió la puerta del baño del ático abuhardillado que compartían y se lo encontró embistiendo a su hasta entonces mejor amiga Blancanieves. Tras un momento de confusión inicial en el que el chico con aquello enhiesto y sujetando a Blancanieves a horcajadas le decía que aquello no era lo que parecía, Cenicienta decidió que no se había cuidado ella su corazón para entregárselo a aquel mandril concupiscente. Ni su reino de Taifas, ni los caballos blancos de su despampanante Audi TT descapotable, ni su juramento de amor eterno y mucho menos la promesa del beso fresco al albor de la mañana fueron suficientes para que ella cambiase de idea. Jartita estaba de batallar por la idea de una amor de cuento con final feliz pero al que ella nunca le acababa bien. Ni una sola vez.

               

Tentada estuvo de no darle tiempo de hacer las maletas. Si le había hecho creer que era un príncipe, de sobra tendría con qué sufragar un nuevo fondo y principio de armario. Pero, a decir verdad, a Cenicienta no el apetecía lo más mínimo tener el ático infectado de cosas de él. Cuando lo vio haciendo el equipaje se sorprendió de lo poco que pueden llegar a ocupar las pertenencias de alguien que no merece la pena. Se acordó de la penúltima conquista que le había robado los sueños. Si era un príncipe debió serlo destronado porque llegó a su vida con lo puesto y la engañifa de una amor tan eterno como melifluo. La promesa de amor le duró un verano y se marchitó antes de que entrase el otoño pero cuando se fue, ella ya le quería tanto, que por mucho que su ropa y sus libros ya no campasen a sus anchas por la casa, Cenicienta sentía su presencia en cada ausencia. Pero con su príncipe azul, el que acababa de mandar a tomar viento, no tenía esa sensación. Sabía que en cuanto él cerrase el bolsón imitación de LV que se había traído de Túnez, cuando escuchase como la cremallera llegaba a su destino final, el cuento se habría acabado. Y así fue.

               

Blancanieves decidió que no la llamaría más en el mismo momento que cruzó el umbral de la puerta del ático subiéndose las bragas. Fue de agradecer que se tomase la molestia de fingir remordimientos por aquella burda traición. Tirarme a tu príncipe azul no ha sido una buena idea, le dijo mientras le robaba una manzana antes de irse abochornada. Cenicienta ni le contestó, no tenía ganas de escenitas y mucho menos tan aburridas. Sabía que su amiga no era la culpable del asunto al cien por cien pero eso no la eximía de su cincuenta por ciento de culpabilidad. Que un príncipe azul se quedase en capullo integral es algo para lo que ella estaba preparada, preparada y curtida. Que Blancanieves resultase ser Putanieves era algo que la había cogido con el pie cambiado, precisamente el pie que se le había quedado descalzo al salir huyendo de la fiesta en palacio.

               

Lo primero que hizo Cenicienta al saberse sola su buhardilla fue abrir una botella de vino del Condado y cogerse un ciego descomunal. No fue una borrachera botellonera, una de esas que tardas veinte minutos en empezar a marearte y dos minutos más en verte reflejada en el laguito que se forma en el fondo de la taza del váter, no. Cenicienta degustó cada trago como una victoria a tiempo. Recordó lo que su tía Alicia, la que había montado En este país sí hacemos maravillas, aquel pub de alterne y de intercambio de parejas tan cool, le dijo una vez: 

–          El único príncipe bueno es el de Bequelar… 

Y debía estar en lo cierto porque en el último año, más de dos y de tres y de cuatro había intentado calzarle un glassy evening shoe que saltaba a las leguas que no era ni su número, ni de su estilo y mucho menos cómodo. La tía Alicia, la del pub  En este país sí hacemos maravillas, le había dicho también una vez que si lo que quería era ir por la vida bien calzada (literal y figuradamente), lo que debía era fijarse siempre en la suela del zapato… 

 –          Que ponga meidin espain, sobrina…

Le dijo. Y desde esa, Cenicienta huía de príncipes azules pelirrojos con apellidos que empezasen por Mc algo, de príncipes azules que pidiesen perdón con un perfecto y anglosajón sorry antes de correrse, de príncipes azules que no tuviesen origen ni condición y que le regalasen en mundo sin fronteras porque eran un espíritu libre. Maidin espein era un valor seguro aunque, a juzgar por lo bien que le iban las cosas, aún no sabía muy bien para qué (a las primeras líneas de este relato me remito).

Con el último trago de vino recordó que hacía mucho tiempo que no se probaba el vestido y la tiara que su madrina le había regalado cuando decidió cambiarse de nombre. No es que Ernestina no sea un buen nombre, le dijo, pero tampoco es que sea nombre de princesa sin reino. Se les ocurrió que Cenicienta no estaba mal ya que la treintena la había estrenado quitándose una cana de la sien. No hija, las canas no son blancas, son color ceniza. Y no, a las mujeres las canas no nos hacen interesantes, nos hacen viejas. Cenicienta dejó de ser Ernestina en el mismo momento en que su primera cana surcaba las tuberías de la ciudad. Tiró su pelo blanco y fosco al váter y dio a la cisterna ¡Al cuerno con su antigua identidad, ella ya era otra!

Lo dicho, a Cenicienta la acometieron unas ganas locas de meterse dentro de su vestido rosa chicle y de ponerse la tiara con la que solía retirarse el flequillo mientras limpiaba la bañera para que el pelo no se le viniese sobre los ojos. La primera sorpresa fue comprobar que aquel vestido seguía siendo de su talla. Y es lo que tienen los vestidos mágicos, Cenicienta, se dijo, que una siempre luce la talla de teta que sueña con tener, la cintura de avispa que nunca ha tenido pero que mataría por poseer y las piernas laaaaargas, laaaaargas, laaaaargas que le da la risa sólo con pensar en tener. Dentro de aquel vestido, Cenicienta pensó que el mundo era suyo y se alegró de haberse pimplado la botella de vino del Condado para que no le faltasen alas para el ensueño. 

 –          ¡Ring, ring, el gato y el violín…! ¡Ring, ring, el gato y el violín…! – El móvil la sacó de su ensueño. 

Miró el visor para ver cerciorarse de quien era aunque una de las ventajas de tener personalizado la agenda de su Nokia 5200 era que sabía quien llamaba sólo con oír el tono. Era evidente pues que el display no podía decir otra cosa: El gato con botas. Cenicienta, turbada por la llamada de su jefe en un momento tan delicado como aquel (ella dentro del vestido mágico y tajada de lo lindo) pensó que no sería una buena idea contestar, podría decirle más de una verdad que nunca le había dicho y tampoco era plan de quedarse sin reino, sin príncipe y sin trabajo el mismo día. Aún así, no fue capaz de contener el impulso de responder… 

–          ¿Sííííí…? – Dijo ella mimosa y femenina.

 –          ¡Pues no! – Contestó El gato con botas y le colgó. 

 Aquella era la historia de su relación con aquel bigotudo de cabeza enorme y botas descomunales. Lo conocía hacía un par de eternidades y aún no había conseguido sofocar los ataques de risa que le entraban cuando se lo imaginaba haciendo el primer pis de la mañana, ese en el que cualquier hombre, por poderoso minino que sea, se meaba fuera de la taza y no era capaz de abrir los dos ojos para ver si se estaba mojando un pie. Cenicienta, como tantas otras veces en situaciones semejantes, dejó que se le escapase la risa: sabía que él volvería a llamar fingiendo no haberla oído. Y así fue… 

–          ¡Ring, ring, el gato y el violín…! 

Sin presentaciones, sin saludos, sin un te cojo en un mal momento, El Gato con botas se le quejó amargamente de que su consejero delegado, Pepito Grillo, le había dado una patada en su culo gatuno y se había largado a la competencia ¡A él, al inventor de la mensajería puerta a puerta entre cuentos! Cenicienta quería decirle que aquella huída era un secreto a voces, que en la oficina lo sabía todo Cristo menos él, que nunca escucha a nadie y a todo el mundo apuntaba con su puñetero florete. Quería decirle que si de vez en cuando se preocupase de hacerle saber los personajes que son parte del cuento, su historia podía no ser siempre la pesadilla de que viene el lobo, que viene el lobo. Quería decirle tantas cosas pero el vino y su risa floja no le dejaban que lo único que hizo fue soltar una carcajada XXL que hasta ella misma se sorprendió de que todo aquel estruendo le cogiese dentro…

–          ¡Juuuuuuuuuuuuuaaaaaauuuuuuuuaaaaauuuuuu…!

El gato con botas volvió a colgar pero esta vez ella supo que no llamaría de nuevo. Si Pepito Grillo lo había mandado al carajo había hecho bien. Ella misma debería hacer ídem eadem ídem pero aquel no era el momento de prescindir de sueldo, se había quedado sin príncipe, sin paganini para compartir la mitad de los gastos y se acababa de meter a un plasma de 32” que no tenía ni idea de por qué lo había comprado. Si, sí, ya recuerdo, se dijo, lo compré porque aquel mes se casaba Caperucita con Pulgarcito y lo televisaba la Sexta por la TDT. No es que Cenicienta le gustasen los programas del corazón pero tenía cierta curiosidad por saber cómo iba a besarla el diminuto novio cuando se diesen el sí, quiero. Tenía otra curiosidad aún mayor y era el asunto de la coyunda entre ambos pero sabía que esa no la televisarían ni en la TDT ni en Canal +. Aunque nuevamente su tía Alicia la sosegó… 

 –          Tranquila, sobrina, más pronto que tarde alguien pondría un vídeo pirata en Youtube

El vídeo no llegó pero ella se hizo con el plasma. Ahora, con un jefe airado porque se le había reído en el hocico, un príncipe azul más desteñido que una braga de las que usaba cuando estaba de regla, una cogorza high school, una tiara divina que le apretaba detrás de las orejas hasta hacerla ver chiribitas, un vestido mágico que le hacía las tetas de Penélope Cruz y un subidón de libido que no podía con él, se sintió un poco vacía. Vacía y sola. Pero como en los cuentos todo es posible para que el final sea redondo y todo acabe bien, Cenicienta levantó el teléfono y marcó el 905214256.

  

–          ¿Tía Alicia? Que me mandes al más guapo de todos los guapos de En este país sí hacemos maravillas …

  

Tras dos polvos como un hada madrina manda y después de darle al joven Aladino una propina por los servicios prestados a la patria (ella se sentía una princesa, no lo olvidemos), Cenicienta se dijo que había llegado su hora. Siempre había estado enamorada de Geppeto y lo suyo había sido una historia platónica. Nadie entendía como podía estar enamorada de un vejestorio que lo único que hacía era tallar muñecos de madera. Nadie lo entendía, ni ella misma. Y eso fue lo que acabó de convencerla de que tenía que hacerlo:

  –          Ya sé que puede ser mi abuelo pero ¿quién ha dicho que lo sea?

  

???????? ????? ????????Para cuando Cenicienta dio un portazo al salir de su ático ya no recordaba qué coño le había pasado con Blancanieves. Marcó su número en el móvil y le dejó un recado en el contestador: Bianca, creo que, además de nombre, voy a cambiar de apellido. ¿Qué tal suena señora de Geppeto? Deséame suerte… Cuando iba a cruzar el umbral de la puerta del portal, se le enganchó una mulé en el felpudo pero siguió absorta su camino sin reparar en que iba descalza…

   –          ¡Señorita, su zapato…! – Un joven mozalbete con una camiseta de Los Ramones se agachó a recogerlo y le regaló una sonrisa TomCruiseiana que la dejó turuta. 

–          ¡Deja ese zapato donde estaba, pedazo de subnormal! – Le dijo ella enfurecida – ¿Es que a ti no te leían cuentos de pequeño?

–          ¿Disculpa…? – Atónito, el rockero de bolera vio como Cenicienta le arrancaba de las manos la mulé.

–          Que estoy hasta las pelotas de este puto zapato…. ¡A tomar por culo!

  

Y lo siguiente que se vio fue una mulé de piel vuelta de impecable diseño de Patiricia Cox volando muy, muy alto por los aires. Cenicienta corrió tirando de su trolley tanto como le daban las piernas y sus pies descalzos. Había que ver lo pronto que se acostumbraba una a caminar sin losas, sin cuentos y sin tradiciones.

  

Colorín, colorado, este cuento se ha acabado…

  

 

FIN