Nadie que te lo cuente, nadie que te prepare, y sin embargo pasa. Ya lo creo que pasa. Y no de largo, sino para quedarse. Esa sombra gris perla, que no es lo suficientemente negra como para dejarte ciego, ni tan deslumbrantemente blanca que vele la luz dorada que sabes está detrás. El fuego que te quema el alma, te rompe en dos cualquier intención de seguir siendo tú, con tus cosas y tus cositas, pero tú, al fin y al cabo. Porque cuando se ama a entrañas llenas, ya nada es igual que antes; aunque pensándolo bien, a quién le importa cómo eras antes.

A mi cabeza loca, llena de pensamientos locos y atropellados le cuesta datar algo tan intangible como el discúlpeme, caballero, pero yo ya no quiero ser sin usted. Llegaste como llega todo lo bueno, de frente, sin avisar, por sorpresa y sin más artimañas que las propias del que sabe que si algún día tuvo puerto, por ley, debía oler a mí. No soy yo mujer de cortejo, sino de cortesía, y cuando me supe única y deseada por esas manos seguras, me dije: así llegase el fin del mundo. Y no fue un plan premeditado, ni siquiera una estrategia femenina de las tantas que todas sabemos funcionan y no fallan: lo mío contigo fue un zas en toda la boca, en todo el ombligo, en todo lo que quedaba de mí, deseando que ese abrazo no terminase nunca. Inspira, expira, inspira, expira, deseo, vértigo, deseo, vértigo, tic, tac, tic, tac. Qué más da el tiempo cuando lo único que cuenta es el no me sueltes, no me dejes, haz de mí un tú, guardarropa de nuestro para siempre.

Llegaste como un huracán de locura y desventura. Me cogiste con la razón a media asta, el corazón con transfusiones y la piel sin barnizar. Me cogiste en cueros, y así me entregué a ti, a esta historia de lo nuestro que en la que hoy, tantos años después, sigo anclada para asegurarme de que una vez, en verdad, toqué con los dedos el salado sabor de lo bueno. Tantos años después, con aciertos, fracasos, emociones a lágrima suelta y contenida, felicidades extremas y mediopensionistas; tantos días tratando de olvidar lo que no tiene olvido, porque lo que no tiene final, lacerante ironía, nunca termina. Tú y yo no hemos acabado: lo inevitable no tiene cura.

Amarte en silencio y a escondidas, con la sensación desnortada de estar errando por un camino que no siento mío, porque mis pies descalzos, amor desnudo que te sigue, nunca han querido abrir ese sendero. Busco la forma de no pensarte, ya que hacerlo me imbuye en la extraña certeza de que todo lo que hago es correr hacia ti. Y como dardo que hace diana en pleno centro del tapiz, noto como me falla el aire, pecho a dentro; no es no verte lo que me aterra, sino saber que por mucho que mi alma necesite tu abrazo, es el frío lo que me queda. Podría estar dos años y una vida viéndote pasar, pero ni un minuto más sin sentir como me enredas para siempre, sin más. Calor, firmeza, protección, seguridad y atracción, y el que me diga que otros vendrán que bueno te harán, es que nunca han amado en desamor hasta que duela. No es la vida lo que me falla, que tengo una y me prodigo, sino las pocas ganas de vivirla a medias. Es lo malo de haber conocido a la persona elegida en el momento equivocado: que se acaba el momento y se acaba el bocado. Quiero volver atrás, aunque sólo sea para darme cuenta de que no estoy equivocada. Eres tú, soy yo; como abeja a la miel.

En otros besos, en otras manos, en otros cuerpos, en otros lazos; cualquier lugar es bueno, hay que intentarlo. Y sin embargo, nada funciona, porque como la sombra alargada del ciprés manso, siempre que me volteo, ahí está tu recuerdo enmarcado. A sangre y fuego, a amor y juego, monedas de dos caras en las que ganar y perder es una cuestión de ángulo. Recordarte como lo hago me impide avanzar, pero quién quiere horizontes inciertos habiendo lamido el amanecer, beso a beso, trago a trago. Todo lo que venga tras de ti, nunca serás tú, y esa es la venganza amarga del destino, que cada paso que doy, es, sin darme cuenta, un a ver si hoy es el día, a ver si la bola extra sale a mi encuentro; así, hoy por hoy, y todos los días que me resten, porque cuando el amor de verdad te cruza la vía, no hay vagón, no hay mercancías que tan lejos de ti me lleve, mi vida. 
Aquí, en el mismo andén en el que te conocí un día, estoy sentada en un banco, viendo como otras chicas aman a otros chicos, diciéndose cosas de chicos enamorados, tal y como tú y yo lo éramos entonces. Discúlpame si veo en ellos algo de lo que nosotros fuimos, pero como en un Safari, respirando con cautela y contención, en silencio y sigilo, haciendo mía su pasión extenuante, sus besos que saben tanto a despedida, sus te quiero hoy y siempre, por más que pasen los días, te vuelvo a sentir con la vehemencia extrema de entonces, cuando hablar de uno, era hablar de los dos. Cierro los ojos y pienso que lo que ha sido y no fue, pocas trazas tiene de volver de ser. Aún así, me quemo por dentro desando que así sea. Volver a amar como te he amado a ti, dime cómo se hace si no es a tu lado. Ser y estar nunca han sido lo mismo, y mucho menos desde que no estoy contigo. Que alguien me enseñe a olvidarte, aunque sea un ratito…