Categoría LIVING LA VIDA MADRE


SUGERENCIA MUSICAL, Quizás, quizás, quizás, versión de Nina Díaz

 https://www.youtube.com/watch?v=BXscz3EtYA4

Desconozco cuál es el cauce inconsciente que te lleva a comprender a Einstein y su consabida teoría, pero doy fe que es verdad. Sin relatividades, sin paragón, sin comparación o parámetro alguno: todo depende de lo que depende. Porque una cosa es tener clara una conducta familiar, un axioma educacional, y otra, poder ponerlo en práctica siempre, sin tener en cuenta esos otros muchos factores que, a lo largo del día, te recuerdan que donde dije digo, digo Diego…

No es que yo sea una madre calendario, que tampoco hay que exagerar, pero siempre he disfrutado del orden, del concierto, de la monotonía de saber qué voy a hacer incluso cuando no tengo que hacer nada. Peeeeroooo, desde que los niños llegaron al hogar, mis normas se han hecho para que yo sea la primera en adaptarlas (hermoso eufemismo que me evita endilgarme el ‘me las paso por el arco del ya te dije’). Es condición sine qua non lavarse los dientes antes de irse a dormir, ofcors, pero si hay berrinche por fiebre loca, berrinche por estoy muerto de sueño, berrinche por soy el no personificado, mamá se traga su normita, sin verbalizar aquello de…

– Vaaaleee, hoy no nos lavamos los dienteeees…

Vade retro, Satanás. Tararí, que te vi. Porque si lo haces, lo de verbalizar, digo, estás perdida. Es como el asunto este de los documentales de la gacela y el león del Serengueti: no te muevas, si huelen el miedo, ¡te papan…!. Mis niños no son leones, si acaso gatitos con furia, pero cuando se ponen, se ponen. Así que, por mucho que me empeñe en explicarles que con la higiene no se negocia, si dicen no, pues no. Y no. Ya me puedo poner como un erizo, que si es no, pues eso: en boca cerrada no entran moscas. Ni cepillo de dientes, por muy eléctrico y muy de IronMan que sea.

– Quenomelavonomelavoyyastááááá. Nmmmmm

Que no me lavo, no me lavo, y ya está. Nmmmm. Y ahí estoy yo, con el cepillo encendido,  haciendo ruido de cortacésped, a rebosar de pasta de dientes de Bob Esponja, intentando que el mayor abra la boca. Lo intento haciendo alarde y uso de mis dotes de madre dialogante, pero cuando la cosa pinta en bastos, intento hacer cuña con las cerdas en la comisura de los labios, a ver si así… Nada, no hay tu tía. Resistencia numantina.

– ¡Quedijequenoynoynoyno…!

Claramente, supernó, porque a mucho que el cepillo estuviese sacando lustre a los paletos, con la mandíbula cerrada a cal y canto, allí no entraba ni una bala rusa. Suspiro, aclaro el cepillo, en resignado silencio, para desconcierto de mi mayor. Tiene miedo a hablar, porque sabe que si lo hace, puede ser que yo aproveche para atacar con el mortero dental, cargadito de dentífrico. Se parapeta tras la palma de la mano e inquiere:

– ¿¡No me lavoooo…!?

– ¡No! – Paso una tolla seca por su cara.

– ¡Aaah, no! – Abre un hueco por la pared que ha improvisado con sus dedos, tapando la boca.

– ¡No!

– Vale, pues no… – Lo celebra, apretando mandíbula contra mandíbula, disfrutando del look tiburón que ello le confiere en el espejo – ¿¡No me lavo porque tengo no tengo suciedad…!?

– Ya lo creo que tienes: bacterias y caries… – Lo miro, cogiéndole la cara con las manos – Pero si quieres dormir con esa colonia de bichitos en la boca, tú mismo…

– ¿¡Bichitooooos…!? – Mi mayor, que es lo más escrupulosos después del calvo del Mister Proper, echa la lengua y se rasca con el dedo – Que-yo-no-quiero-bichitos-en-la-lenguaaaa-oyeeeee…

– No sabes cuánto los siento, porque hoy duermes así. Mañana, cuando tengas pensado montar tamaño guirigay, te lo piensas…

 

 Higiene bucal 0 – Número de la cabra  previo a acostarse 1

El caso, es que aquella  noche se acostó con la boca con sabor a Dalky de chocolate y nata, y con una nube de pelillos de tejido polar, fruto de de su ahínco en hacer desaparecer las bacterias y las caries frotando con la manga del pijama de Big Hero 6. A oscuras, metidos en la cama, y después de leer por enésima vez la ‘Verdadera historia de Peter Paker, el gran Spiderman’, oí como rozaba la lengua contra el tejido acrílico. Raca, raca, raca, raca. Y vuelta a empezar.

– Nicolás, hijo, para un poco, que te vas a dejar la lengua lisa…

– Ni lisa ni liso, mamita, que tengo bichitos, ¿o es que no sabes que no me lavé los dientes…?

– Lo sé, pero no te los lavaste porque no te dio la gana, te recuerdo… – Le digo, acurrucándolo contra mi regazo.

– Pero tú eres mi madre, y si eres mi madre, tengo que hacer lo que tú me mandes… – Gimoteaba, sin lágrima alguna. Ni la primerita.

– Yo no mando, Nicolás, yo te ayudo a que no se olviden los hábitos diarios: si hay que lavarse los dientes…

– ¡Pues eso, jolinesyá…! – Me corta – Si hay que lavarse los dientes, ¿por qué no me los lavas?

– No te los lavo, porque eso es responsabilidad tuya – Le recuerdo con rintintín, tal y como mil y una vez me lo recordaron a mí a su edad – Así queeeee…

– Así qué, no, mamita, que yo soy pequeño y los pequeños no siempre sabemos todo… – Sigue fingiendo llorito, pero le sale fatal: ¡no cuela!

– ¡Ah, no…! – Me invade la risa, pero tengo que solaparla: la solemnidad de la ocasión lo requiere – Yo pensé que lo sabíais todos.

– Casi, caaaaasi tooooodooo… – Silencio. Raca, raca, raca, raca. Otra vez, la lengua en la manga del pijama – Lo de bichitos de la boca, por ejemplo, ¡eso no lo sabe ni Pepe el de El Madrid…!

Y claro, no hay risa que mil años pueda sofocarse. Que Pepe el del Madrid, muchacho virtuoso con el balón en la posición de defensa, no supiese que las bacterias colonizan la boca de los niños que se niegan a cepillarse los dientes antes de ir a dormir, era, en sí mismo, el gran gag de la vida: si me lo permiten, la dentadura del susodicho recuerda al asno de Shrek (vayan por delante todas mis disculpas a Pepe y a los asnos, por ponerlos en comparativa). Así que, una vez más, yo, la mamá norma sobre norma, me levanto, cojo al Amor-de-mi-vida-Primera edición (‘Segunda edición’ es el bebé, que aún no se cepilla los dientes, pero se saca brillo con una pieza de Lego…) y nos vamos al lavabo, volviendo a desdecirme en mi decisión de que allí se dormía con la colonia de bacterias entre incisivo, canino, molar y premolar.

Se cepilló como si no hubiese un mañana, arriba, abajo, lengua, arriba, abajo, lengua. Desde aquella, soy seguidora de Pepe en Twitter, no es para menos. Puede ser que no sea el supergoleador pichichi de la liga 2015 (que lo será y yo aquí, tan fresca, oye…), pero de lo que no me cabe duda es de que su magnetismo mueve montañas ¡de bichitos…! 🙂

 

SUGERENCIA MUSICAL, Una noche sin ti, de Burning y Antonio Vega https://www.youtube.com/watch?v=-4ccM8jUIAc

 

Hay días en los que el acostarte y levantarte están tan próximos en el tiempo, que no sabes si trasnochas o madrugas. Con la conocidísima sensación de tener los párpados revestidos de fibra verde de estropajo, dejas que las lágrimas fluyan a su merced, carita abajo, aunque no por pena (que te sobra al mirar el despertador…), sino de puro agotamiento. Así que, con ganas toreras de apuntalarte las pestañas a las cejas con dos chinchetas, te echas fuera de la cama, te calzas las zapatillas y empiezas el día mucho antes de que el sol inicie jornada. No se ha hecho la maternidad para holgazanas, y tanto que no.

– ¡A mí no me gusta este sabor…!

Desayunar, ese gran conflicto familiar que nos atañe una vez al día, pero que puede ocupar un par de horas. Leche con galletas, una afrenta de padre y muy señor mío.

– Nicolás, sí que te gusta: ayer tomaste exactamente lo mismo… – Dejo caer la cabeza sobre la mesa de la trona, más que nada, porque el cuello pide descanso, como el de los gansos tristes.

– ¿Ah, sí…? – Mi mayor hace un mohín con la boca, arquea las cejas y chasca la lengua – Vaya, pues hoy ya no me gusta este sabor, ¿qué te parece…?

– A mí me parece que como no desayunes, arresto los dibujos de la tele: ¿qué te parece ahora a ti…?

Y como si el bebé entendiese el castellano fluido y se viese jugando a las piecitas, con el televisor apagado, se coge un berrinche del quince, dando gritos de Tarzán . Aaaaah. Aaaaaah. Aaaaaah. Hasta el infinito y más allá.

– Lorenzo, hijo, no hace falta gritar tanto, ¿no ves que aún no es de día, y está todo el mundo en la camita…?

¡Meeec! Todo el mundo menos los niños y mamá, que gozan (¿?) de tanta actividad como Zara en primer día de rebajas. Así, mi mayor enrocado en su no, no, no y mi bebé emulando a Alfredo Kraus, oigo como un vecino sube la persiana con cierta virulencia. Lo sé y no lo sé, pero lo intuyo: lo hemos despertado nosotros. No es para menos, porque que el pequeño encuentre gracia en utilizar los cacharritos de metal de cocina Master Chef Junior de su hermano, para hacer de ellos unos timbales, no ayuda. Pero la culpa no es del bebé, pobrecito mío, sino de los cacharritos y la cocinita, que no digo que no sean un juguete didáctico de imitación no sexista (ahora hay que dar tantas vueltas a lo lógico para no resultar carca, que los eufemismos resultan peores que las propias definiciones). Lo que digo es que cuando alguien quiera agasajar a mis niños, sería maravilloso que pensasen en la convivencia familiar: el metal, el gran enemigo de la contaminación acústica vecinal. Y claro…

CotoclónPunchPunchCotoclónPomTicTonClonChiiiiis…

Y transcribo Chiiiis como nota final porque lo que entonces dio contra el suelo fue la tapa de una rustridera de la famosa cocinita, que dio rienda suelta a su sueño de ser un platillo de batería de orquesta. De lo más bien, oigan. Dos niños full of energy haciendo ruido de tropa napoleónica, una madre a puntito de sucumbir a su propio cansancio y un vecino al que le queda menos de un amén, Jesús, para llamar al lacero para que venga a por mis cachorritos malcriados. Pobre de mí. Pobre de mi vecino.

– Buaaaaaaaaaaaaaaaaaahbuaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaah…

Pobre de mi bebé. M*erda. En todo el dedito meñique del pie. Cacharrazo vil. Pupa millón.

Corro hacia él, aún a sabiendas de que el mal ya está hecho y que su diminuta lentejita, ese dedo redondo como una bolita de anís, no había tenido su mejor suerte. La mala costumbre de andar descalzo todo el día no ayuda a la hora de evitar según qué accidentes domésticos, pero ¿qué más puedo hacer salvo ponerle unos squíes, con su bota y su todo, y dejarlo andar a sus anchas con su improvisado forfait? (solución de Perogrullo, I know, pero mirad si no estaré enajenada, que hasta no me parece mala idea de suyo…) Así pues, haciendo uso de la atracción que todo dedo del pie ejerce sobre patas de cama/esquinas de muebles/sillas de cocina/costura de calcetines mal rematada, mi niñito de amor, mi bebé llorón se da a su quehacer favorito (protestar) pero esta vez agravado por un intenso calambre que, a juzgar por cómo sacudía el pie, le atravesaba de lado a lado.

Sana, sana, culito de rana, si no sana hoy, sanará mañanaaaa…

Le beso la frente, sin dejar de masajearle el desafortunado meñique.

– Pero mamita, no le digas ‘sanará mañana’, que a Lorenzo le duele hoy, hombreeee…

Mi mayor, que pocas cosas hay que lo pongan más nervioso que ver a su hermano quejarse de dolor, quiere tirarse de la trona (¡y zafarse así del desayuno! Lo parí yo y lo conozco como tal).

– Tienes razón, Nicolás, hay canciones que ni escritas por un manco, la verdaaaaad…

BuaaaaahBuaaaaahBuaaaaah. Pero súperBuaaaaah. Los gritos debían estar siendo registrados por los sismógrafos de Becerreá, Lugo.

– ¿Sabes lo que tienes que cantarle al bebé para que deje de dolerle…?

– Ni idea, amor… – El bebé se va calmando, mientras aprovecha para descargar adrenalina mordiéndome hasta dar en hueso, que se ve le está duro y no mola.

– A los bebés cuando les caen juguetes muy fuerte en el pie hay que cantarles la canción de jeychaval…

– Andaaa, ¿Y cuál es esa canción…?

– Es así, mira:

 

Jeeeeychavaaaal,

Tu culo huele maaaal

El mío naturaaaal

Dile a tu madreeee

Que te cambie el pañaaaal

Oh, yeaaaah…

¿¡Pero…!?

¿¡Cuándo…!?

¿¡Cómo…!?

¿¡Quién…!?

¿¡Con permiso de quién…¡?

No daba crédito: mi mayor estregado a la canción protesta, sacando su lado más punk, y yo sin saber nada de su afición underground. Rompí a reír a todo lo que me daba el diafragma, cosa que animó a Lorenzo a imitar mi júbilo y emoción, mezclando risas y lágrimas a partes iguales. Entre hipío y moco de ‘me duele que te c*gas mi dedito’, se dejaba ir por una carcajada nerviosa, mirando a su hermano con ojos de admiración profunda, como si fuese Bruce Springsteen o algo. El mayor, que necesita más bien poco para ponerse el mundo por montera y venirse arriba, repite en bucle a todo pulmón la canción de marras.

– ¿Te la aprendiste ya, mamita, o te repito..? – Se ríe – ¿Te repito, sí? ¿Te repito?

Repitió tanto y mucho, que el vecino, ya insomne declarado, se lió a mamporros con el tabique que nos unía como sacrosantos adosados que somos. Me importó una chirimoya su mosqueo, porque ver cómo mi mayor se había vuelto trovador autónomo delante de mis narices, sin haberme dado cuenta de que había crecido y podía razonar, argumentar, componer y dar conciertos a su antojo, me tenía muertecita de amor.

Quesonlaseisdelamañanac*joneeeesdealegríaesesaaaaa

El kruner punk y el del dedito amoratado se giraron hacia mí. No sabían de donde venía aquel grito mudo que se había colado en nuestro salón, y suponían que yo sí. Estaban en lo cierto. Lo sabía, ya no había lugar a intuiciones, pero era muy tarde para poner remedio porque, efectivamente eran las seis de la mañana, y en casa había una alegría de c*jones. Lo sé, no es hora para ser feliz, pero cuando la dicha llega, pues llega y no le vamos a cerrar la puerta con cuatro cerrojos, digo yo.

– Mira, ¿tú desayunas o qué…!? – Le doy un beso en la nariz de botón y le acaricio el pelo, haciendo equilibrios para que el bebé continuase bailando con mi pierna.

– Es que yo quiero palomitas o tortilla de chorizooooo… – Finge puchero.

– ¡Claroooo…! – Suspiro – Y yo bañarme en leche de burra…

– ¿Lecheee de burraaaaaa…? – Risotada – ¡Eso no existe!

– Ya lo creo que sí ¿o qué te crees que desayunan los burritos? – Arguyo, contundente.

– Jarabe de cerveza, mamita, ¿o es que no sabes tampoco esa canción…?

Y Nicolás se deja el gaznate en cada nota de la infantil canción, lo que levanta nuevamente la locuacidad de mi vecino. Lo último que me pareció oír, tabique de por medio, fue algo así como ‘me c*go hasta en Pilatos, hay niños de San Ildefonso que no vociferan tanto’. Y claro que los hay, pero está por ver que canten los numeritos de tu décimo. Yo, en cambio, tengo en casa el premio extraordinario del sorteo vital: ¡mis niños de amor! Gritones y madrugadores, sí, pero no hay Gordo de la lotería que no vaya acompañado de explosión y algarabía, ya se sabe…

Sugerencia musical, Explota mi corazón, de Rafaela Carrá

https://www.youtube.com/watch?v=gSAzYiiE4Kk

Ni lobo ni coco ni dragón que escupe fuego; lo que realmente aterra a una mamá imperfecta en el primer año de escolarización de su niño son los grupos de WhatsApp colectivos, esos en los que un buen día te ves incluida, y ahí se montó la gorda.

Y se montó literal y figuradamente, porque, es habitual que estos chats estén liderados por una mamá profesional, la que sabe la hora exacta a la que se extinguieron los dinosaurios y si Cenicienta usaba o no usaba braga faja bajo el ball dress. Esa mamá oronda, con voz decidida e infranqueable, a la que te da canguele disentir, por si te busca en Facebook y te pide amistad, con el único ánimo de dar por saco y husmear en tus fotos. Ay, esa mamá organizadora, con espíritu de Coronela, que sabe más por los jajajás y los emoticones con lágrimas de risa que por sus textos-dedo-en-teclado (que las faltas de ortografía laceran los ojos). Aún así, al rey lo que es del rey: la que funda el grupo de WhatsApp, es la que manda. Administradora de grupo, por su título nobiliario la reconoceréis. Por eso, y porque ella no es una mamá desnortada, desbordada, desdormida y despeinada como tú. Ojo, que ella no es una mamá cualquiera: ella es el buque insignia del saber, el libro gordo de Petete, la Belén Esteban del chat, el mapa de Dora Exploradora.

Ella, la mamá que lo sabe  t-o-d-o.

Así pues, y sin que tú hubieses sospechado antes que fuese necesario, empiezas a pensar que nada como estar conectada (noche y día, como las farmacias y los bares de lucecitas) a las madres de los compañeritos de tu niño. Y como el saber no ocupa lugar, y se ve que tampoco tiene horario para gozarlo, los mensajes no cesan, por mucho que sean las 21:30, y tú estés inmersa en la vorágine de las cenas, los no quiero dormir léeme otra el cuento del caracol y la hierba de Poleo, las pataditas a los barrotes de la cuna, los no quiero bibe de cereales, los quiero colito y abracito antes de dormir y una montaña de ropa para doblar que me río yo del Naranco… Mientras me debato entre mi deber casero y mi deber social-WhatsAppero, me convenzo de que tanto ocio y molicie virtual femenina a esta hora sólo puede responder a realidades familiares muy distintas a la nuestra: niños ya mayores, asistenta doméstica en múltiplos de 2, o bien, abuelos esclavos que se hagan cargo de los quehaceres diarios.

Metida en la cama con Nicolás, suspiro, miro el reloj y…

– ¡Tengo que contestar, no vayan a pensar que me importa una m*erda la tertulia…!

Con el bebé ya casi dormidito, mi mayor, que sigue con el cuento del caracol al que le duele la barriga y necesita una infusión de hierbas mentoladas, protesta al verme coger el móvil. Es su momento, y de no serlo, estando él presente, mi  móvil es para jugar a Spiderman, a Ninja Fruit, a las carreras de coches o, en su defecto, para hacer mil y una fotos, en modo ráfaga, ya sea de sus pies o de sus rodillas, dependiendo de si está sentado en el baño o en el sofá del salón.

Vale, pues Nicolás protesta y quiere hacerse con el teléfono, pero yo me debo al chat: sé que tengo que poner una carita WhatsAppera, aunque sólo sea, para que el resto de las mamás (y la administradora del grupo, ofcors…) sepa que me divierte en extremo la conversación de los c*joncillos. Estoy a punto de hacer pum del stress, aún así, pongo una flamenca, una carita con  la lengua fuera, unas palmas, un brazo forzudo y un mono que se tapa los ojos. Así, todo seguido, a modo jeroglífico.

– ¿Vas a poner también la caca con ojos, mamita…? – Inquiere el mayor, divertido, intentado aportar su genialidad a la conversación textual entre mamás.

– Ganitas no me faltan… – Desideratum est.

– ¿Conquiénhablasconquiénhablasconquiénhablassss…? – ¡Zasca! El móvil se cae entre la cama y la pared, sabiendo que el gotelé es tortura china 2.0 del siglo XXI. Mi mayor señala con el dedo: sabe dónde está el teléfono, pero no piensa meter las manos ni de coña. La experiencia, la madre de todas las ciencias… – Está ahí, mamita, pero no lo cojas, que la pared muerde…

– Ya sé que muerde, pero tengo que cogerlo: las mamás de tus compañeritos nos mandan mensajes…

– Y suena la campanilla, claroooo… – Nicolás me interrumpe. Asiento con la cabeza. Él arquea las cejas – ¿Y de qué hablan…?

– Pues… – Me quedo pensando, porque acabo de participar en el chat, pero… – ¡No tengo ni idea!

Maravilloso, me digo, lo mismo estaban hablando de algo dramático y yo con mi flamenca, mi carita con  la lengua fuera, mis palmas, mi brazo forzudo y mi mono que se tapa los ojos. Así, todo seguido, a modo jeroglífico.

En plancha. Me lanzo a por el móvil, en plancha.

– Mamitaaaa, que me aplastas el pirríííin… – Protesta mi mayor, al ver cómo hago de su barrigola una campo de batalla cuerpo a cuerpo.

– ¡Mío…!

Ya con el móvil en mi poder, me recorre el sudor: ¿y si estaban hablando del debate electoral y yo no estuve a la altura de tan altas reflexiones? PumPum. PumPum. PumPum. Corazón de melón, que me sabes a salchichón. Por fin, abro el WhastsApp. 25 mensajes nuevos. Madrecita María del Carmen, ¿a qué velocidad escriben estos seres…?

– Mochilas… – Suspiro, mezcla de alivio y ‘me-c*go-en-Pilatos’.

– Mochilasqué, mamita, ¿por qué dices mochilas, como Dora Exploradoraaaa…?

Le beso la cabeza, lo acurruco contra mí, y apago la luz de la lamparita de la mesilla. En serio, me digo, me maravillan las madres nivel PRO que disfrutan poniendo a prueba a las que nos estrenamos el arte de sobrevivir a los uniformes, actividades extraescolares, cumpleaños multitudinarios, festivales de fin de curso… y excursiones con mochila-ni grande-ni pequeña-con tira cruzando de lado a lado-sin cremallera (y puede que, incluso sin mochila, porque ya me diréis…). Mientras encuentro sosiego en el olor narcotizante que desprende el cogote de mi mayor, me pregunto si no sería más fácil leer la circular que manda la profe, en lugar de andar con dimes y diretes, con yo sé más que tú, tururú. Con la mano dolorida, que el gotelé es mucho gotelé, dejo que el sueño llegue a nosotros, y hablo en plural, porque Zzzzzzzz.

Tilín. Tilín. Tilín.

– ¿Quiénllamaahoramamitaaa…? – Pregunta Nicolás, ya con un pie en el reino de Morfeo…

– Rafaela Carrá, hijo, duerme tranquilo…

He aquí una mamá imperfecta, hasta los mismísimos y los susodichos, disfrutando de lo único que importa: la familia. Los grupos de WhatsApp escolares, el patio de corrala de la nueva era. Vaya tela, chatos… 😛

Sugerencia musical, Fly to the moon de Frank Sinatra,

https://www.youtube.com/watch?v=mhZ2X9znPxM

Y no todo es tan duro, ni tan disparatado, ni tan agotador en la feliz idea de tener niños; también hay momentos de absoluta paz y equilibrio.  En serio. Palabrita. Y esa paz tan necesaria se convierte en tan adictiva, que cuando piensas en qué hacías cuando no estaban en casa, sólo se te viene a la cabeza una ladera llena de cardos y polvo seco, nido, sin duda, de algún bicho toca pelotas. Porque vivir, lo que es llenar las horas de la emoción de no saber si serás capaz de llegar entera la siguiente, eso sólo sucede cuando estos tipos que has parido llegan para quedarse. Para invadirlo todo de emoción y de corre, corre, que te pillo. Con ellos llegan los miedos, la vulnerabilidad absoluta, el idilio con el Dalsy, el termómetro y las noches en vela. Pero también los abrazos mulliditos, los besos con babas y olor a leche de continuación o natilla de chocolate. Que llegue el fin del mundo, estoy preparada: he experimentado el nirvana. Y todo gracias a ellos, a mis hijos.

Nada comparable a esta maravillosa sensación de estar al límite de tus fuerzas, para que cuando por fin los dos niños duermen, quizá uno en tus brazos, te invada el súper power, el mega poder de amar hasta el infinito y todas las estrellas, y no sólo te alegres de parecer una careta de zombie (Halloween lo inventé yo, ya te digo), sino que ya le has encontrado estética al tono azulado que te surca la cara desde el lacrimal hasta el lugar donde antiguamente habitaban tus pómulos y su grasita favorecedora. Ahora que ya no me preocupa tanto lucir guapa como aparente, he llegado a la conclusión de que lo que más me favorece, lo que realmente me sienta bien es ver crecer a mis niños. Lo sé, suena cursi, ñoño, quizá mil veces oído, pero es que cuando te toca, te toca. Y ahora que me tocó a mí, me río yo de las flechas de Cupido. Ya lo cantaba Karina…

Esas flechas van contigo donde quiera que tú vas, 
están entre tu pelo y en tu forma de mirar, 
son las flechas que se clavan una vez y otra vez más, 
esas flechas van contigo donde quiera que tú vas.

No se conoce cariño más supercalifragilísticoespialidoso que este. Amar en salones revueltos, ¡qué gran escenario…!

Y como digo, es cuando la casa está en silencio (un lujo escaso que sucede una hora como mucho, entre el último biberón del pequeño y el primer pis de la noche del mayor) cuando hago balance y me reafirmo en que seguro que hay vidas más vidorras que la mía, con más qué se yo que la mía, pero seguro, seguro, seguro, que no tiene un nosotros como el mío, el que hemos construido el paciente padre, la madre imperfecta y los dos querubines extraordinariamente queribles.

Este nido de locura, alboroto, prisas, neveras a rebosar de yogures y mesas repletas de sobras de desayuno+comida+merienda+cena, que hacen que engordemos en nuestro afán de ser ‘coche escoba’ y no tirar nada que sepa/tenga/recuerde al chocolate (un pecado, no me digáis). Lavadoras de 7 kg que se quedan pequeñas y te hacen envidiar a los albañiles y sus hormigoneras gigantes, con un diámetro tal que cabrían en la misma colada los abrigos del cole, el edredón de la cuna, el albornoz de piscina, el disfraz del oveja para el festival de navidad y, puede, que hasta yo misma (así me aseguraría la ducha, gozo mayúsculo, no se crean…). Cestas de calcetines huérfanos a la espera de que los saquen de su singularidad no escogida, porque son tantos los que están sin compañerito, que llegas empatizar con su soledad del cojo. Armarios que son, en realidad, trincheras: abres la puerta y ¡a cubiertoooo…!. Cocinas con tantos sistemas, chismes y cositos de protección, que, a veces, no sabes si estás abriendo el horno o la caja fuerte. Platos de Peppa Pig, mugs de Mickey Mouse, vasos Minion, ¡Murcia, qué hermosa eres! Ains… Hay qué ver al paciente padre, con americana y foulard, elegante y oliendo a colonia rica, desayunando en tan selecta y distinguida loza: gana enteros en el ranking del mejores compañeritos del mundo mundial. Cajones de ropa blanca en los que pueden vivir Playmóbiles, pelotas saltarinas y hasta un trozo de pan reseco, que por alguna razón debió constituir un peligro para el bebé, y quedó arrestado en el lugar que teníamos más a mano. Todo es posible, no os digo yo que no, porque hasta un dinosaurio tenemos en las escaleras, porque dice mi mayor que nos protege de los fantasmas y los esqueletos. Ya, ya sé que no existen los fantasmas, tampoco los esqueletos que quieran censarse en un lugar húmedo como el nuestro. Lo de los dinosaurios no lo tengo tan claro, porque al que hemos adoptado le falta un palmo para medir lo que mi abuela, y ya le tenemos cierto respeto y cariño.

En esa calmachicha maravillosa que es el impás entre morir de cansancio y disfrutar de él, esta hora antes de desplomarme entre el edredón y el colchón viscoelástica (me nominen al Nobel al inventor, porplís) me acuerdo de mi vida de antes, de la Noe anterior a la Glaciación, y estoy segura de que no me gusta. Me veo rara, no me reconozco y estoy segura de que, tanto tiempo después, y con déficit de sueño como retar a la Bella Durmiente, no cambio esto por nada, porque la aventura de acompañar a mis hijos en el camino estupendo y largo que es formarlos para ser unos tipos de bien, sanos por dentro y por fuera, y con capacidad de ver vaso medio lleno aunque el agua les llegue alguna vez al cuello, me impulsa a vivir esta carrera de fondo como lo que es: mi familia, mi cuevita del amor.

A ella me agarro con Loctite, queridos todos, porque nada hay que me guste más que un cuento con final feliz.

 ¡Felices fiestas a todos! Salud, chatitos, que de lo demás ya nos vamos ocupando, si eso… 🙂

SUGERENCIA MUSICAL, Un año más, de Mecano  

https://www.youtube.com/watch?v=n5KmzA_hMqE

¡Ay, de mí, que ya no siento mariposas en el estómago cuando se acerca fin de año! Yo, la misma a la que no le llegaba el tiempo de septiembre a diciembre para encontrar un modelito lo suficientemente brillante, ceñido, cortito e incómodo para despedir el año con la locura que merece. Pensar ahora, desde mi circunstancia de madre servicio 24 horas, en años aquéllos juveniles y no tan juveniles (¿los 30 es edad púber? Sí, no, su tabaco, gracias…) no hace sino arrancarme una risa sarcástica, como si la visión de mi persona en versión despreocupada fuese un personaje de Friends.

Pues bien. Como cada diciembre desde que los romanos se sacaron el calendario debajo de la cuádriga, el año llega a su término. Época de balance y balanza (excesos navideños que no perdonan), de celebración y júbilo (¡Por fin llega Ramontxu y su capa…!), de planes a medio hacer y otros cientomillón por hacer (tonificar la musculatura abdominal tras los embarazos y/o buscar en Amazon si hay algún milagro que me evite pensar en ejercicio para conseguirlo), pero sin duda, lo más mejor de lo mejor es darse una panzada a revisar el año en fotos, click, clic, ¡patata!.

Ahá. Te lo digo, vampiro, porque otra de las cosas que descubres cuando los niños llegan al hogar, es que ya no vienen con un pan bajo el brazo, sino una tarjeta de memora SD para la NIKON. Y lo que antes, en la era prehistórica en la que el paciente padre y yo éramos novios disfrutones y hedonistas, eran álbumes de viajes, de vida en pareja, de cumpleaños, aniversarios, domingos de playa o quizá tardes tontas en el sofá, con cariño, risa y manta de los fríos, ahora son reportajes infantiles desde todos los ámbitos, encuadres, ángulos y escenarios. Y digo reportajes infantiles, porque es tan difícil que alguno de nosotros podamos posar con ellos, que las instantáneas dan cierta sensación de orfandad pictórica: Luke, soy tu padre, pero no salgo en la foto porque en ese momento tu hermano quería babua (*agua). Como si lo viera…

– Papi, mira qué regordete estaba aquí el pequeño… – Miro, embelesada, los mofletes de Lorenzo, que dan ganas de babar la foto a besos.

– Oye, ese que está ahí detrás, ¿soy yo…? – El padre, con mirada de ranurita, a lo de chino mandarín, se esfuerza por reconocerse alláááá, a lo lejos, desenfocado en una esquinita del retrato.

– Pues no sé, pero puede ser… – Me apresuro a ponerme las gafas: los años y el astigmatismo no perdonan – Y sí, puede que sí, mmmmsííí…

– ¡No me j*das que estoy tan mayor…! – Con incredulidad, con desasosiego, con más gracia que resignación, el paciente padre se valora, cosa que me maravilla+sorprende, ya que no se le distingue con claridad en la foto.

– ¡Tshhhhh…! – Mando callar, chasco la lengua y arqueo las cejas – Estamos pa’comernos…

– Ya lo creo, pero con pan de  bolla y haciendo sopas, porque hay que ver qué envergadura…

Lejos de darle la importancia que requiere su apreciación sobre su volumen y/o masa corporal (que me repirra, dicho sea de paso), yo sólo tengo ojos para los mofletes cárnicos y jugosos de mi benjamín. La imagen de su carita redonda como una sandía, sus ojos vivarachos, su sonrisa toda llena de dientes de ratón y su mentón partido, tan Martínez y tan particular, es un catalizador de amor, que fluye a escape libre. Como las abuelas de antes, beso el retrato de mi bebé, como si los dos millones de achuchones que le acabo de dar antes de dejarlo en la cuna se me hubiesen quedado pequeños.

– ¡Aiiiiiins, qué te como vivo, gandulete…! – Exclamo a todo pulmón, totalmente enajenada y muertecita en love de verdad verdadero.

– ¿A mí…? ¿En serio…? – El paciente padre, que ha aprendido a vivir con alegría y chascarrillo la falta de tiempo para todo, incluso para intimidad, se me acerca y me tira un pellizco en el pompis.

– ¡Animal, para que te siente mal después de cenar…! – Me río a carcajadas y le beso la nariz.

– ¡Sal de frutas: santo remedio…! – Y se acurruca a mi lado, agotado como cada final de día, independientemente que sea fin de año o carnaval, para seguir mirando y admirando fotos de nuestros niños – Cans de palleiro, te lo advierto…

Y tiene más razón que yo qué sé, porque los que somos oriundos de la tierra de Breogán, y adictos a la sabiduría popular, sabemos que no hay cachorros más bonitos en la naturaleza que los que nacen de esa raza incierta, crisol de golfería canina, a la que llaman ‘can de palleiro’: los mil razas, que dicen ahora. Como todos los padres, supongo, que soy consciente no somos los único abducidos por el amor filial, los sentimos, los vivimos tan guapos y tan de quedarse con la baba colgando al mirarlos, que en algún lugar de nuestro gen visionario, sabemos que tanta belleza no puede durar para siempre. O sí, pero por si eso no sucede, y la adolescencia les regala incertidumbre, inseguridad, granos de acné y, quizá (seguro), mal de amores, queremos que sepan que han sido los niños más hermosos, más adictivos, más curapupas, más compañeritos del alma del mundo mundial.

– Son bonitos de c*jones, no me digas…

Arguye el orgulloso padre, mientras encuentra acomodo en el sillón en el que ya a duras penas cabemos, porque el señor Potato, Spiderman negro, un Bubble Guppie, la pelota de Bob Esponja y una galleta de dinosaurio chupada campan a sus anchas, sin intención de hacernos sitio.

– Pero de c*jones miringallones, pater… – Puntualizo, con tonito jocoso.

– Que lo decía el abueeeeloooo… – Ríe el maridito, rodeándome con el abrazo del oso.

– Elaaadioooo…

Y tan verdad como que el mundo es mundo y los lipstick de Max Factor 24 horas funcionan tan bien que hay que usar orujo de hierbas para desmaquillarse, hay expresiones familiares que se transmiten de padres a hijos, de mujeres a maridos, haciendo de ellas auténticos homenajes a seres que merecen la pena. El abuelo Eladio, que era más bueniño que las pesetas rubias, así se llama, ese es su legado. Así lo recuerda nuestro mayor, y nos encanta que lo haga. Porque eso es lo que era el abuelo: un cofre del tesoro, a rebosar de cariño y amor.

– Qué suerte hemos tenido con estos niños, papi…

– Sin duda… – Asiente, sin quitar ojo de la pantalla, porque Cristina Pedroche anuncia campanadas, con el vestido nudista de turno (si quiere salir en pelota picada, ¿por qué no lo hace? I wonder…).

Tintín. Tintín.

WhatsApp attack findeáñico.

– Noe, mensaje – Me dice el padre, sin parpadear, atento la tele. Sabe (él y media Guinea Ecuatorial…), que en un plisplás, la muchacha se hará un Telecinco, asomando culete/muslamen/poitrine. Tic, tac, tic, tac.

Cojo el móvil y asisto, entusiasmada, al aluvión de buenos deseos, la mayoría impersonales y puede que en cadena, de mis contactos. Algunos son amigos, otros conocidos, otros teléfonos que grabo en la agenda para saber quién me da el c*ñazo a deshora. Pero lo mejor, OOOOMMMMGGGG!, es disfrutar con el cambio de foto de perfil, ad hoc con la festividad del momento. Vestidos imposibles, de largos milimétricos, con pelos tan enlacados+cardados+recogidos que recuerdan a Luis XVI. Y ellos, tan de pajarita tan mal lucida que parece inevitable acordarse del payaso de Micolor (¡uy, soy tan de los 80…!). Sea como fuere, es el día del despiporre, de la noche interminable, del dolor de pies non-stop, del frío que te c*gas (abrigo no, gracias, que no se me ve el modelito). Noche de disfrutar a lo loco, que se nos acaba el año, y mejor que las campanadas nos pillen gozando, pero bien.

– Me voy a hacer un Colacao calentito antes de empezar con el turno de bibes… – Me incorporo, haciendo la croqueta sobre mi maridito.

– Que sean dos, pero no tardes, que falta poco para las doce…

Con su carrillón, sus cuartos, sus prisas, sus risas, las campanadas comienzan. Nos atragantamos, felices, con las pepitas y algún rabito que se coló en la fruta. En pijama, con calcetines gordos y zapatillas de Yeti (forrada hasta las rodillas, maravilloso invento). Nos abrazamos, nos reconocemos en la felicidad mullida de padres de dos tipos extraordinarios, que nos recuerdan ya, en el primer minuto del año, que siguen mandando ellos. Buábuá. Mamitaquierobeber. Caughcaugh. Quieropis. Otó. Cuchúúúú.

Feliz 2016, amiguitos, disfruten de la velada festiva, yo gozaré de mi dicha de ser mamá, que es una etapa tan intenta y chula, que da miedito perderse algo, aunque sea el zapato como Cenicienta. ¡Ah, no, espera, que tengo zapatillas de Yeti! Vaya, no digo nada, pero de ahí que mi príncipe azul sea un BigFoot de amor 🙂

SUGERENCIA MUSICAL, Stand by my woman, de Lenny Kravitz

https://www.youtube.com/watch?v=TauTgw-gpp4&index=3&list=PLlIAxrf_DKDkoaDn1pHnfuTS-C8mlCGG-

 

Parece mentira que una vez, allá en el comienzo de la vida sobre dos patas, cuando el ser humano se dio de bruces con la rueda, toda redondita y tan en forma de rosquilla de anís, yo haya tenido un nombre que no fuese mamá. Mi DNI lo dice. Las cartas del banco, con adeudos y domiciliaciones inesperadas me lo recuerdan. Lo asevera la circular informativa de la reunión de vecinos (batalla campal de tipos en chándal y muchachas con moños de vendedora de mercadillo). La gente que no frecuenta mi salón, mi cocina, mi baño en hora punta, mi coche a punto de salir hacia la parada del bus. Cualquiera que no haya vivido el caos doméstico, dentro mi caos doméstico, no sospecha que oigo Noemí, y ni me inmutas. En serio lo digo. Es que un día voy a ir por la calle y alguien vocifera mi nombre de pila, del sacrosanto bautismo, y como no anexe ‘mamádeNicolásyLorenzo’, no me giro ni para coger un boleto del Euromillón, con todos sus eurosmilloncitos.

– Mamita, ¿por qué el abuelo te llama Noe, no se acuerda de que eres mi mamá…?

A mi mayor, al igual que a mí misma, mismamente, le cuesta pensar en mí como ente singular, con vida, identidad, sentimiento y sueño propio. Todo en esta vida, incluso la mía, le pertenece. No, no es egoísmo, que supongo un poco también, lo suyo es más bien el síndrome de Hola, ha llegado el rey del Mambo. Sabe que me llamo Noemí, y aún así, trata de olvidarlo, porque eso lo desvincula de mí, le quita superpoderes poderosos, en detrimento de su máxima atracción sobre todo lo que ama, lo que quiere, lo que necesita y lo que no está dispuesto a renunciar y/o compartir, salvo con el bebé, al que quiere, pero del que se cela con elegancia y distinción.

– Porque me llamo Noemí, que es un nombre precioso, que buscó la abuela para mí cuando nací… – Termino de peinarlo, procurando que la raya del pelo sea, en efecto, una raya y no un tirabuzón.

– ¡Pero si tú naciste en casa, dentro de la barriga deeee…! – Con ojos desnortados, busca en mi gesto algo que lo ayude a terminar la frase.

– … de la barriga de la abuela, que yo un día, hace dos galaxias y una temporada de Cuéntame, fui bebé… – Me río, porque sé que no es fácil para él pensar que mamá fue niña, con cosas de niña, mocos de niña, ideas peregrinas de niña y berrinches de niña.

– ¿¡Bebeééééé…!? – Se lleva la mano a la frente, y se ríe a mandíbula batiente – ¡Las mamás no son bebés, o qué te crees…! Las mamás siempre son mamás, incluso cuando salen de las barrigas de las abuelas, porque ya salen grandes y con rizos y labios pintados…

¡Acabáramos! Según la lógica aplastante de mi mayor, mi madre dio a luz a una especie de muñeca hinchable, a la que en lugar de pañales debió poner compresas y dar forma al tupé con laca Elnett. Si pensar que tengo nombre propio (mío, mi tesoroooo…) le es chungo  de aceptar, imaginar que alguien pudo criarme con idéntico mimo y dedicación que la que le dispensamos a él, debe ser raruno. Raruno y complicado, porque, aunque Nicolás suela pasarse mis normas por el elástico del calzoncillo, sabe, intuye y confía en que sé lo que hago, cosa que me congratula, porque no siempre es así, y el arte de dejarse llevar e ir viendo, se me da de perlitas.

– No, cariño, yo no nací grande… – Le vuelvo a poner el flequillo en orden, para que no parezca un pequeño seminarista de los 70 – Yo me hice grande y después me enamoré de papá, para poder tenerte a ti y a Lorenzo.

– ¡Pero papá es un señor de 42 años, y enamorarse de un señor de 42 años es complicadísimo…! – Nicolás arquea las cejas, y se abraza a mí, zalamero perdido – Enamórate de mí, que soy más de abrazar fácil: ¿no ves cómo tengo sitio dentro de tus brazos?

– Ya veo, ya…

Sonrío, esponjándome como un pollito, feliz de saber que, una vez más, tooooooooodoooooooo en mí tiene que ser con respecto a él. Lo sé, llegará el día en que me rechace, me rehúya, evite mis besos en la parada del bús, pero ahora somos tan compañeritos del amor, que no puedo sino disfrutar de ser una de sus personas favoritas.

– Mamita, ¿sabes una cosa…? – Se mira por enésima vez en el espejo, para cerciorarse, ofcórs, de que sigue siendo igual de guapo que hace minuto y medio.

– Dime… – Intento bajarle el pelo-antena que le sale de la cocorota, herencia Castro.

– Que Noemí es un nombre superchuli, ¿sabías? – Sonríe

– Ahá… – Arguyo, luchando con el pelo rebelde del remolino de su cabeza.

– Pero mamá es mejor, porque me sale más bien y así, cuando te llamo y te llamo y te llamo, si digo mamá, no te gasto el tuyo, ¿entiendes…?

¡Ahí le has dao…! Si de algo me puedo sentir satisfecha y feliz y orgullosa y maravillada cual progenitora abducida por el amor filial, es de haber parido dos niños listos y agudos como ninguno. Inteligentes como cualquier otro, ahora listoooooos, ¡ay, ay, ay…! Noemí es un nombre ajeno a su necesidad de hacer suyo todo lo mío. Mamá es más él, más su hermano, más contigo estoy más pancho que Juancho. Mamá es la contraseña secreta de la cámara acorazada, la alfombra de Aladdín, la espada láser de Luke SkyWalker. Mamá es mejor porque ello implica que soy su mamá, punto pelota.

– Me parece una gran idea, ¿qué te parece si le contamos a papá que a partir de hoy sólo me llamo mamá?

– Vale, pero le decimos que te llamas Mamita Castro Martínez, así más como yo y como Lorenzo – Con entusiasmo, Nicolás, alza la voz con júbilo infantil.

– Pero yo no soy Castro Martínez, amor, esos apellidos son los tuyos y los de tu hermano… – Aporto, para que no se olvide el asunto de la herencia en su nombre.

– Que no, hombre, que tú eres mamá de nosotros, por lo tanto, tienes que llevar nuestros apellidos, igualitos, para ser los mejores amigos de la familia.

Es decir, queridos, que no sólo no tengo entidad individual y propia, con un nombre bonito al que acogerme cuando me pregunto quién soy y qué hago en el mundo, además de criar+amar+bañar+alimentar+educar+enseñar a hacer puzles a niños que son tipos estupendos. No soy yo ni se me espera, porque sólo con ellos mi ser tiene sentido. Así lo ha decidido, y así lo siento, con felicidad y cansancio extremo.

– Y hay que hablar con Bob Esponja, ¿no ves que tiene un mentón igual que el mío, así en forma de culito…?

– Claro, tan Martínez… – Digo, muerta de risa.

– Bob Esponja Castro Martínez: hay que decírselo a Patricio y a Calamardo, para que cuando lo inviten a comer las cangreburgers digan bien su nombre…

– Ahá… – Faemino y Cansado viven en mi hogar, se los ha tragado mi hijo mayor – Pero yo no sé dónde vive Bob Esponja, amor…

– En fondo de Bikini, mamá, es que no te enteras…

– No me entero de nada, hijo, qué barbaridad…

Y allí estábamos, mi mayor y yo, adjudicando identidades y anexando lazos familiares a dibujos animados, ajenos al hecho de que si no apurábamos la torta, el autobús del cole se iría sin nosotros. Es lo que tiene conversar con el sabio de la vida, que me quedo sin identidad, sin parcelita personal, pero gano enteros en el discurso fall in love. Así que ya sabéis, si nos cruzamos, llamadme mamá, mamita, mami, mamááááá, de lo contrario, puede que pase por vuestro lado, haciéndome pasar por Arenita Castro Martínez (a fondo de Bikini me remito, chicuelos…) 🙂

SUGERENCIA MUSICAL, Slave to love, de Brian Ferry, BSO de ‘Nueve semanas y media’

https://www.youtube.com/watch?v=gkKKLFjSxbc

Tiempos fueron en los que la carta a sus Majestades estaba a rebosar de elementos hedonistas, superfluos, monérrimos y, casi siempre, caros, porque el regalo en sí mismo era pensar que eras una niña consentida. Pues lo que son las cosas, que años después y siendo yo la misma (al menos de carcasa), ni carta ni capricho y mucho menos, carísimo. Por no haber, queridos míos, no hubo ni petición, porque el asunto de sentirme feliz y agasajada pasaba por dos cosas fáciles-dificiles, tanto o más que la vida misma.

–          Noe, vete pensando qué quieres por Reyes, que después no tengo tiempo de buscar algo con gusto…

El que hablaba no era el paciente padre, sino el maridito, ese que siempre sorprende con joyas estupendas que no hay que cambiar porque son de mi talla, de mi estilo y de mi corazón.

–          Eeeeh… – Emparejando calcetines como si no hubiese un mañana, intento pensar más allá de si negro y azul-marino-casi-negro valen como pareja, funcionan como pareja y pueden usarse al menos una vez, hasta que aparezcan sus consabidos compañeros – Mira, no sé, lo que veas tú.

–          Ah, no, chata,  ayúdame a acertar, que soy genial, pero no un genio…

Genial y genio, todo era, y yo estaba tan atacada dándole al calcetín, que ni ganas tenía de pensar en si tenía o no tenía anillos de piedras lo suficientemente grandes+brillantes+ostentosos+envidiables como para eclipsar el joyero de la difunta Elisabeth Taylor. Sólo pensaba en acabar, en tener minuto y medio para hacerme la cera del labio (obvio decir bigote, que eso le da a mi vello categoría de pelo y, por ende, a mí de bigotuda de circo). Quería, necesitaba un respiro ocioso para pensar en qué me haría ilusión, a fin de cuentas, estábamos en Reyes, fecha mágica y divina para que todo se haga realidad…

–          Quiero que Nicolás deje de usar pañales para dormir y que Lorenzo mastique sin conato de ahogo que te c*gas, ayyyyy…

Suspiro y se acabó.

Ayyyyyyy.

Vuelvo a suspirar, pero parece que no se acabó.

Ayyyyyy.

–          ¡Mamá, abandona ahora mismo el cuerpo bonito de mi mujer…! – Y mi maridito me abraza y me coge la cabeza con las manos, igual que hago yo cuando quiero parar las pesadillas de mi mayor en medio de la noche.

–          ¿Dónde se desactiva el botón de MamitaLoca…? – Me río, sintiendo como la presión homeopática de las manos de mi maridito eliminan tensiones ocultas y evidentes.

–          Ni idea, pero hay que hacer algo…

Siento besos blanditos en los párpados, esos que, en otra vida, quizá también en otra galaxia, llamábamos ‘besos de mariposa’, porque eran el preludio de que todo iba a empezar a volar por los aires. Y allí mismo, en medio de un salón que era la franquicia de ToysRus, en el que no había rincón en el que un juguete sonase/cantase/clamase cambio de pilas en su musiquita tartaja, podía haber pasado de todo, incluso liberar la pasión adolescente que aún nos quedaba en la despensa, la que no entiende de lugar idóneo, de momento adecuado, de aquí no, cari, que me estoy clavando el freno de mano.

Todo pintaba en bastos, pero bastos y triunfos, pero a escasos dos minutos para la hora H (o B, de biberón) oímos como por uno de los intercomunicadores alguien reclamaba atención. Nos abrazamos, con expresión de miedo, como si por una décima de segundo nos hubiésemos olvidado que somos padres, que hay dos tipos extraordinarios y maravillosamente dependientes que nos tienen sujetos con el yugo del amor. Inmóviles, cogiditoscogiditoscogiditos como si en apretarnos uno contra otro estuviese en antídoto al ‘hasta luego, Lucas’, pedimos a sus Majestades, a todos los santos y al señor Dior, que nos conceda el lujo de la intimidad, aunque sea rapidita, a lo Ninja, a lo soldadito de reemplazo en pase de pernocta. Pero…

–          ¡Mamitaaaaa…!

Por mucho que la pasión ejerza sobre la mente una fuerza brutal, no puede bloquear el sentimiento maternal. Ni metida en un Jacuzzi (¿se escribe así? Como veis, lo frecuento tanto como lo escribo, soy toda molicie…), rodeada de pompitas de jabón Roger Galé, escuchando algo bonito de Alejandro Fernández mientras mi maridito se hace con el mando de momentazo, evitaría que mi yo-mamita saltase en cuanto alguno de mis niños pidiese pis, caca, agua, tengo que decirte una cosa. Lo sé, no es sano. Lo sé, va en detrimento de no sé qué leyes de la convivencia en pareja. Lo sé, hay que reservar un espacio para TÚ+YO, pero no puedo ir contra esa fuerza colosal que me impide dejarme ir a lo loco, despendolada y descarada, sabiendo que los pequerrecholos necesitan…

–          No, no te necesitan, en este momento te  r-e-q-u-i-e-r-e-n, que no es lo mismo, mami…

El paciente padre, que sabe que no se puede luchar contra la llamada de la jungla, se las arregla para entender, comprender, hacer suya mi locura, porque esos que nos cortan el rollito, son también sus niños locos, sus tipos extraordinarios, a los que quiere y consiente más de lo que pensó podría hacer jamás. Con las ganas de yatúsabes contenidas, y gesto de date prisa, que la cena está servida, me dice:

–          Venga, vete, que cuando antes vayas, antes vienes…

Se ríe. Me río. Me recompongo y subo las escaleras de dos en dos (tener objetivos es muy importante en la vida, máxime cuando el objetivo es Birmania J). Tardo más de lo esperado, porque el mayor está empapado en pis, y tengo que cambiarlo de arriba abajo, mudar la cama, c*garme en Pilatos porque se me han acabado los pañales de braguita y tengo que ponerle uno de su hermano pequeño, con su consabida oposición (#YoNoSoyUnBebe). Tardo taaaaantooooo, que cuando por fin estoy de nuevo en el salón, mi maridito está frito, tumbado en el sofá, sosteniendo una libreta de La Patrulla Canina y una pintura de la Abeja Maya, con la que ha pasado el rato en mi ausencia. Me siento a su lado y, con igual curiosidad que la madre de una quinceañera ante su diario, me dispongo a leer.

 

Queridos Reyes Magos:

Este año he sido muy bueno (no como los anteriores, que sí que había sido bueno, pero éste he sido bueno que te c*gas, en serio),  y por eso os pido que nos dejéis en casa un séquito de SuperNannies que enseñen a masticar a mi hijo pequeño, lo que redundaría, sin lugar a dudas, en el equilibrio mental de mi estupenda mujer.

Igualmente, y si no es mucha j*da, haced magia potagia con la vejiga de mi mayor y que de una vez por todas, el pobrecito note cuando quiere hacer pis y lo haga donde tiene que hacerlo, no en la cama, que es un lío c*jonudo y el pobre pasa un frío mayúsculo, todo mojado y eso. Además, deciros que sería un regalo magnífico para los padres de la criatura, la madre y yo, que de tanto ponerlo  a hacer, cogiéndolo a peso muerto y dormido, tenemos una musculatura en las extremidades inferiores que podemos presentarnos a Master y Miss Muscle Universe.

Pediros igualmente colaboración para tener un bis a bis en condiciones con mi mujer; sin interrupciones, sin nervios, sin miedos a ser intervenidos por los Umpaloompas que estamos criando sería ya el remate del tomate, pero bueno, sin presiones, eh, vosotros a vuestro rollo, que nosotros estamos aquí para lo que haga falta, que ya nos dijo Nicolás que este año a los camellos hay que dejarles bizcocho de nueces y a sus Majestades, salpicón de pulpo, que a mamita le sale riquísimo, una monada…(sic.)

Conducir un Ferrari, volar en globo, la temporada completa de Juego de Tronos, una quedada Star Trooper o comerme un cochinillo de Arévalo yo solito, con sus patatitas amarillas y sus pimientos asados, ya como veáis. Ahora, lo del pis y el ñamñám de los niños, no se me olviden, por tutatis.

Fdo: El papá de Nicolás y Lorenzo

 

Si esto no es la magia de la navidad, que baje Balenciaga y lo vea. Tanto tiempo después, sin tiempo para el hedonismo, para los caprichos, para la batalla cuerpo a cuerpo, quererse a calzón quitado (figuradamente, claro, que mi Adonis se había quedado Zzzz) era el mayor regalo de la vida. Tener familia mola, por definición. Ser mi familia, es adictivo. 

SUGERENCIA MUSICAL, BSO Misión imposible

 Tema orquestal https://www.youtube.com/watch?v=lLcWuQ6jL9g

No nos engañemos, tener niños es la mejor de las sorpresas que la vida te puede empaquetar, pero ello no exime que muchas veces te preguntes por qué no han venido con ticket regalo, para devolver al remitente, llegado el caso. Mañanas en las que te preguntas qué has hecho mal con respecto al día anterior, porque todo empieza mal, no fluye, y el mal humor de tus hijos  termina por darte una paliza moral de padre y muy señor mío. Da igual que le preguntes qué pasa, qué es eso que les hace comportarse como un pulgón de playa, dando la j*da sin parar y porque sí, mordiendo en hueso hasta dar en nervio y hacerte saltar como un orangután, fuera de tu roll de Mamá Blablabá, un disfraz que me resulta igual de cómodo que un pijama de franela.

– Soy tan fuerte que puedo tirarlo, ¿sabías…?

06.30 AM. Recién amanecidos, ya con el pis hecho, el uniforme del cole puesto y viendo sus dibujos favoritos, para que todo vaya bien. Los días de semana no podemos perder tiempo en menudencias, así que hay concesiones tácitas: se ven dibujos de mayores (no BabyTv), para que el mayor desayune rápido y veloz, y nos dé tiempo a sentarnos el baño un rato e ir a coger el bus, sin la presión de ‘mamita, creo que me va a salir la caca’.

Vale, pues todo como siempre, como cualquier otro día, como ayer, sin ir más lejos; pero hoy la cosa no va. No va, que no. Nada más le acerco el Colacao en botellita (lo sé, es un engañabobos, más caro y tatatá, pero la idea de que se tire el tazón de leche por encima del polo del uniforme, me sale mucho menos a cuenta…), el muchacho, que se ha levantado como un puma del Serengueti, me dice que tiene tanta fuerza, que lo puede tirar

– ¡Ay sí, tirar lo tirarás, pero te aseguro que no te van a quedar ganas…!

Duelo Ok Corral. Nos miramos, seguros ambos de que allí sólo puede ganar uno. Yo, que por las mañanas soy blanco fácil para la h*joputez, porque me levanto feliz y contenta, no entiendo la ofensiva, así que hago que no pillo el reto, y atiendo al bebé, que quiere cucamonas, porque aunque no habla, intuye que allí se masca la marejada. Sus muchibesos con babas siempre molan mazo, pero mucho más cuando acabo de recibir un golpe virtual en todo el bazo.

– ¡Ahí va, chavaaaal…!

¡Zas! La botellita de Colacao a tomar viento. Me giro, y fulmino al mayor con la mirada. Recojo el batido del suelo, antes de que se derrame, y lo vuelvo a poner sobre la mesa.

– Tú estás muy equivocado conmigo, muchachito, ¿tú te crees que yo soy una niña del patio del cole? – Lo miro con firmeza – No te confíes demasiado, no vaya a ser que te salga mal…

– ¿Qué…? – Mi mayor se hace el loco, única defensa honrosa a su desaire de niño infierno.

– Mira, vamos a hacer una cosa… – Respiro hondo, acordándome de Daniel Sam en Karate Kid, no hay dolor, no hay dolor, no hay dolor – Vamos a tratar de reconducir este desastre de ‘buenosdías’. Voy a hacer que no vi lo que acabas de hacer, porque me da tanta vergüenza ajena, que tengo ganas de llorar…

– Pues llora, que es de miedicas

¿Pero qué c*ño pasa? ¿Quién es ese diablo que se hace pasar por mi niño, el amor de mi vida? ¿Qué le he hecho yo al universo para que todo se alinee para fastidiarme el día y la existencia? ¿Dónde se resetea al mini-robot para que deje de decir sandeces, que, en todo caso, jamás oyó en casa? Chasco la lengua, contengo mi ira, a fin de cuentas, yo soy la adulta: tengo que domar a mi yo ‘sigue-así-que-te-menoscabo-las-orejas’…

– Verás, chato, hay dos maneras de empezar el día: bien y mal. Todo apunta a que tú has elegido la segunda, pero no podemos dejar que eso nos lleve a toda familia al garete…

– Atáotópatanóóó… – Lorenzo, desde su trona, reclama su derecho a opinar: si no vamos a ver los dibujos de mayores (que dicen culo, no cantan y no tienen ojos graandeeesgraaandeesgraaandeeees…), que alguien pulse 90 en el mando, que seguro ya salió el hurón, la pequeña Lola y el idiota de Harry, que siempre pide de comer algo que no hay. En fin.

– ¡Claro, AmorcitoGuapoGorditoTeComoABesos…! – En medio de aquella tensión doméstica, sólo me hacía falta un bebé dejándose el gañote en protestas. Aún a sabiendas de que aquel canal de televisión diabólico, en el que repetían los dibujos en bucle, no podía ser bueno para el consciente ni el subconsciente, accedo a ponérselo: dos frente belicosos al mismo tiempo, demasiado para una mamá recién levanta, siempre con prisa, siempre con miedo a no llegar a tiempo.

– No quiero desayunar. No tengo hambreeeeeee… – El fenómeno polstergeist que es la capacidad torácica de un niño cuando está enfadado es materia para Íker Jiménez. Del berrido del mayor, el bebé rompe a llorar, asustado, y no es para menos.

– ¡Nicolás, ni se te vuelva a ocurrir gritar de esa manera!, ¿tú te crees que esto es la barra de un bar, o qué…? – Me siento a su lado, en el sofá, y me dispongo a darle yo el batido y las galletas – Empieza a comer sin decir ni chitón: ¡no quiero ni una palabra! Comer y callar, eso es.

– Pues no voy a comer, que lo sepas…

¿¡Será posible con el mico tozudo!? ¡Que soy tu madre, bribón, no me pongas en jaque, que lo mismo te como el alfil…! N-o  d-o-y  c-r-é-d-i-t-o.

– Ya lo creo que sí…

– ¡Ja, ya lo verás…! – Y pone las manos a modo de cancilla, taponando la boca.

– Ahá… – Me meso el pelo del flequillo por no tirarle a él del remolino del cogote, aunque ganitas no me faltan… – Tú te acuerdas de que el sábado tienes un cumpleaños, ¿verdad?

– ¡Sí, en una piscina de bolas…! – Exultante, sonríe, aunque está tan cruzado, tan de mala milk, que resulta un poco Chucky, el muñeco diabólico.

– Pues verás, tú mismo vas a decidir tu futuro: si desistes de tu conducta de cretino integral y desayunas, irás al cumple… – Pausa dramática, arqueo cejas, encojo hombros, engolo la voz a lo Maléfica, espejito, espejito mágico… – Si continúas con este espectáculo de niño infierno y no desayunas, no vas. ¿Qué te parece el juego?

– ¡Eso no es un juego, que lo sepas…! – Protesta, aún más encendido – Eso es castigar, ¿o es que no lo sabes?

– Tchchch… – Niego onomatopéyicamente – Créeme que no, porque castigar es algo que no practicamos en esta casa. Te repito que vas a ser tú el que decida qué va a pasar con tu sábado: si escoges el camino del bien, cumpleaños; si te comportas como un tornillo oxidado o una ortiga, no cumpleaños.

– ¡Yo no soy un tornillo, y ortiga lo serás tú…! – Nicolás se enfurruña, haciendo fuerza para que le caiga una lágrima, pero nada.

– Eres tal, ¿no te oyes? Gritas como un tornillo de estantería vieja, y eres picajoso como una planta urticante… – Me acerco al bebé, que ha decidido comerse un calcetín, del que sólo asoma el elástico por la boca.

– ¡Pues no como y no como y no como…! – Itera mi vikingo, hecho una chispa.

– Pues no vas al cumple, una elección nefasta por tu parte… – Arguyo, sin dejar de mirar el reloj. Sin duda, el bus se marcha sin nosotros. Ay, mamá…

– Que sí que voy, hombreyádéjatedeordinarieceeees…

Y Nicolás coge la botellita de Colacao y se pone e beber a morro, con  idéntica sed que si acabase de cruzar el desierto del Gobi. Esos ojos enormes y expresivos, que sobra un parpadeo para hacerme morir de amor, me miran, llenos de reproches. Si algo le fastidia más que no tener razón, es que se lo hagan saber.

– Así me gusta, campeón, tomando el lado chachi de la vida: si desayunas… – Le acaricio la cabeza, mientras hago malabares con Lorenzo en el regazo, camino del cambiador: habemus pañal sucio y oloroso.

– …voy – Exclama, evitando mirarme – Pero voy porque lo decidí yo, que elegí desayunar, no porque tú me dejes ir, ¿a que sí…?

– A que sí…

Mamita 1 – Pataleta autoafirmación 0

No sé muy bien cómo, ni cuándo ni en aras de qué, pero los niños necesitan provocar de cuando en vez, quizá para probar que sigues alerta y que no has puesto el piloto automático en modo ON (que ya me gustaría, ya…). Esa lucha interna de ser niño y no serlo, de ser bueno siempre o sólo a ratos, de forjar carácter aunque ello haga que se te salten las lágrimas de rabia e impotencia. Y lo sé, ser mamá no siempre es un paseo por el tablero de la Oca, pero por más que el cargo suponga cuajo para aguantar los embistes como una navarra, no puedo evitar sufrir de lo lindo y a lo bestia.

– No le hagas caso, mami, dice las cosas sin sentirlas: te llama malízima, y después te dice que eres la mejor y lo más valioso para él…

El paciente padre al teléfono, calma mi ansiedad post traumática, cuando los niños POR FIN están ya en el cole y la guarde, porque sabe que el resto del día, voy a ir volando, tocada de un ala.

– Ya, soy valiosa, pero hoy soy malízima, y mañana voy a seguir siendo malízima, como si lo viera… – Dejo que dos lágrimas de cocodrilo hagan de las suyas.

– ¿No estarás llorando…? – Me dice, sabedor de la respuesta.

– No, hago ejercicios de respiración asistida… – Apunto.

– Ya me parecía… – Y sonó tan a ¡Venga ya!…

– ¿Sabes, pater? – Silencio – Esto a veces es difícil…

– Y chungo. Pero ya vendrán tiempos peores, así que ríete ahora, que lo mismo después no nos hace gracia…

Ya te digo. Días después, cuando por fin se le pasó la ventisca, mi mayor volvía a su esencia de ser delicioso, a su horma de tipo extraordinario, mil y una veces querible, aunque necesite testar en casa su capacidad de poner al personal y a las normas al límite. Sólo espero (o no, que yo soy muy de vivir las sensaciones siempre como únicas y originales), que cuando Lorenzo tenga su edad y tire el Colacao por la mañana, me asalten los recuerdos de antaño, riéndome mucho y llorando lo mínimo. Rabia contenida, amor a borbotones: a la venta en cualquier farmacia, antes de tomar ningún medicamento, consulte con su farmacéutico 🙂

Sugerencia musical, MAQUÍLLATE, de Mecano

https://www.youtube.com/watch?v=BUyg7Pk86vQ

 

Once upon a time…

 

NICOLÁS:            ¿Por qué haces eso, mamita…?

YO:                        ¿El qué, amor…?

NICOLÁS:            Darte pinceladas en los ojos.

YO:                        Porque si no lo hago, no tengo ojos, sólo ranuras de hucha de bazar chino.

NICOLÁS:            ¿En seriooooo, y cuántas moneditas te cabeeeeeen?

YO:                                        Depende de lo hinchados que los tenga; hay días podría guardar todas las monedas de los bolsillos de papá.

NICOLÁS:            Pero entonces, si parpadeas, ¿haces tilín-tilín?

YO:                                        Eso hacía cuando era una chica y salía a bailar, ahora hago tolón-tolón, como vaca con cencerro…

NICOLÁS:            Pues a mí me gustan las vacas, mamita…

YO:                        ¿Eso es un besito?

NICOLÁS:            No, son dos…

 

El significado de morir de amor, queridos míos, debe ser algo muy parecido a esto. Cada mañana, o casi cada mañana, el mismo ritual. Yo me dibujo la cara (que no me maquillo, eso era cuando había base veinteañera que matizar), mi mayor asiste, maravillado, al proceso de lacado materno. Mientras el bebé se pregunta por qué nadie le deja chupetear la borla del colorete, yo me hago con siete minutos exactos para imaginarme que soy una bloguera de belleza, de esas que lo petan con tuturiales express en Youtube, dando consejos sobre cómo lucir como una Barbie girl en menos tiempo que te recortas un padrastro del dedo meñique. Lo sé, yo no soy bloguera, no soy una Barbie girl (si acaso, una Barbie Mature, harina de otro costal…), pero atesoro tanta y tanta experiencia pasada con el pincel, que podría maquillarme con más o menos destreza, aunque con la otra mano tuviese que conducir una aeronave, levantar ocho claras a punto de nieve o firmar la paz mundial.

Yo, cuando me pongo, me pongo.

Y tanto. Pero mucho, y con suerte tan dispar, que con sólo mirar el resultado final, cualquiera que se cruce conmigo, sabrá de qué pie cojeo (o de qué sueño carezco), con sólo reparar en la delicada y enigmática línea de Eye Liner que he trazado sobre mis ojos-ranura-hucha-de-bazar-chino.

Porque hay mañanas que, mientras me doy el lápiz sobre el párpado móvil, alguno de mis niños decide saltar al abismo desde el apoyabrazos del sillón. La altura no es como para tomar Biodramina, pero un buen h*stiazo se rifa, eso seguro. Rauda y veloz, a devengar en mi hedonismo hegemónico de 420 segundos de reconstrucción facial, me voy hacia ellos, presa del miedo a no llegar a tiempo. Y sin dejar de dar y dar y dar color al párpado mientras ando, llego justo antes de que se esnafren, desplegando eso que llaman alas de madre, y que, c-o-m-p-r-o-b-a-d-o, existen. Así pues, cual BatWoman, extiendo mis apéndices maternales, amortiguando la caída, evitando que alguno de mis pequeños se deje los dientes en el parquet. Orgullosa de mi rescate, lápiz aún en mano, me voy hacia el espejo. Maravilloso, hoy pasaré el día con la mirada a lo Amy Winehouse: pintada a tizón. Podría pasarme un algodoncito con desmaquillante y volver a empezar. Podría, si tuviese tiempo y algodoncitos y desmaquillante. Valoro la posibilidad de difuminar (con el dedo mojado en saliva, claro está) el grosor de la raya de Khol, pero se me viene a cabeza el difunto de Chu-Lin, el oso panda del zoo de Madrid, y desisto. Pues eso, no, no, noooo, que cantaría la infausta de Amy.

Otras mañana, en cambio, todo parece fluir, los tipos estupendos que me han salido de dentro están bajo control. Nada parece indicar que vaya a acontecer un ataque nuclear por sorpresa, así que decido esmerarme en el delineado de cada ojo. E, ilusa de mí, en lugar de asegurar un Make up básico y tener los dos ojos ready to go, ya después la floritura PRO, me dedico con ahínco al primero que me quede más a mano y me resulte más cómodo de maquillar. Generalmente es el derecho, porque veo mejor con el izquierdo (astigmatismo mata en mí). Noto como el lápiz se desliza feliz por mi párpado, y yo, más feliz aún, no puedo evitar  acordarme de la escena de Pretty Woman, cuando Julia Roberts se está atusando de mujer elegante para ir a la ópera. Y cuando todo va que te c*gas, entra el mayor en el baño al grito de quemesalequemesalequemesale. Yo, con un ojo niquelado y el otro aún con las marcas de la sábana, pido compartir espacio: él haciendo su caca, yo dándole al pincel. Ni de broma, me dice, las cacas se hacen solito, que es mayor. Vale, tiene razón, quiero coger mi neceser para terminar aunque sea en el espejo del pasillo, pero no me deja: prisa inminente, nivel Troncho Va. Esperando a que termine sus cosas, miro el reloj y me doy cuenta de que tempus fugit: sin duda, hoy llegaré al trabajo a lo Rosi de Palma, con un ojo aquí y el otro allá. Genial, así todo el mundo gozará de mi picassiana belleza al natural, de mi mirada cristalina… y regordeta, con el párpado tan inflamado como una oreja de carnaval.

Pero las mejores, son aquellas mañanas en las que el bebé tiene el día absorbente: todo yo, todo para mí, todo conmigo y para ya. Desde que se despierta está roñando a escape libre. No puedo moverme de su lado si no quiero que los vecinos se yergan de sus camas, alarmados, con los pelos como escarpias de carpintero. Así que, me visto, me peino, me arreglo el jetamen en el salón, a dos centímetros de su trona, para que vea que no me marcho, que no hago nada más que estar con él. Mis siete minutos transcurren a más velocidad que nunca, porque cada vez que cojo un algo para darme color, matizar o perfilar, mi compañerito de amor quiere saber qué es y, a lloro vivo, se empeña en que se lo deje. Y claro, el mayor, que es muy de culo veo , culo quiero, hace lo propio, y entre los dos me desvalijan el neceser, haciendo imposible cumplir plazos temporales, y los únicos siete minutos que tengo para esculpirme la cara y volver a ser alguien parecida a mí misma (tuve identidad propia, lo juro), se esfuman. Miro el reloj otra vez (siempre prisa, siempre corriendo, siempre tensión…), y sé, con rotundidad, que hoy sí perdemos el bus. Seguro. Cojo el rizador de pestañas para darle chispa a los cuatro pelitos-patitas de araña que pueblan mi párpado, y hago lo propio. Vale. Me dispongo a hacer lo suyo con el otro ojo, cuando se me cae al suelo y ello propia que el protector de silicona de una de las hojas del artilugio salga despedida. No hay tiempo para dar con la almohadilla, cosa buena sería… Así que, decido usar el rizador así, sin saber que, oh, lalalá, en cuanto lo presiono, me tronza de cuajo mis cuatro pestañas de miérdola. ¡Ay, mamá, allá van mis patitas de araña, con la falta que me hacían…! J*dida y dolorida a partes iguales, cojo a los niños, los subo en el coche, sabiendo que de allí a tres meses, que me crezcan de nuevo mis pelitos oculares, soy la viva imagen de la Naranja Mecánica. Mirada escalofriante, no digo más.

– Mamita, ¿los niños se maquillan? – Se interesa Nicolás, desde su silla del coche.

– Mnnn, no, generalmente no, no siendo que trabajes en el Circo del Sol – Le digo, mientras compruebo en el retrovisor si el bebé ha dejado de intentar comerse el cordón del tenis.

– Pues Damián de mi clase de 4, dice que su primo David de sesentamilaños se echa maquillaje en la cara, ¿qué te parece? – Me espeta, complacido con su cálculo mental al respecto de la edad del primo de Damián.

– ¿Y le queda bien, sin pegotes…? – Inquiero, curiosa.

– Pues sí, creo que sí… ¿qué te parece? – Ni sabe ni le importan un c*rajo los pegotes del maquillaje del primo de Damián, pero quiere saber qué opino de que los chicos se pinten.

– Me parece que si puede maquillarse y no se deja pegotes, es que no tiene niños… –

Suspiro. Suspiroooooo. Ay, que suspiro, digo. Aparco el coche y veo aparecer el autobús del cole, a toda velocidad, cuesta abajo. Felicidad superlativa, hay que ver con lo poco se conforma una cuando la vida diaria aprieta. Entusiasmada con la idea de quitar el CD de los Cantajuegos y poder escuchar el boletín de RNE, me dispongo a coger rumbo al trabajo. Me pongo el cinturón, enciendo el coche, bajo la solapa del quitasol, para mirarme en el espejito y…

– ¿¡Pero qué c*jones…!?

Ni Amy Winehose ni Rosi de Palma ni la Naranja Mecánica, aquella mañana había inaugurado un nuevo estatus: Mariquita Pérez, labio perfilado en marrón, pero sin rouge de relleno. Pues tal cual, echa una muñeca chochona de la época franquista, me pongo el mundo por montera, porque a fin de cuentas, quién ha dicho que la belleza natural no existe: ¡mis niños la tienen! Y yo la comparto, aunque sea a base de risas y despropósitos. Por lo menos, aún no he ido a trabajar con los dientes pintados, cual sexagenaria en la cola del pescado del Mercadona, aunque, ¡dadme tiempo…! (Que lo tenéis, afortunados vosotros) 🙂

Sugerencia musical, ‘Suéltalo’, BSO Frozen

https://www.youtube.com/watch?v=wvgdihOkTvg

Odio el carnaval. Vale, ya está dicho. Lo odio desde pequeña, porque ser gallega e ir con el ombligo al aire, cual diestra bailarina de la danza del vientre, siempre fue tarea imposible. Por más que rogabas, que te hacías la loca con el frío+lluvia+viento que imperaba en esta época del año, mi mamá, hoy venerada abuela de mis niños, decía aquello de:

– ¡Pero tú estás loca o qué, que coges una gripe que no te la quito en mayo…!

Y claro, las gripes que no curan hasta mayo, cursan con moco, fiebre, malas noches, dolores generalizados y mimos a lo loco. Las gripes que no curan hasta mayo son la caca de la vaca, sobre todo cuando eres pequeña y quieres ponerte tu traje de odalisca, toda envuelta en tules y danzar y danzar y danzar, calle adelante, para que todo el mundo sepa que, si te dejan, no hay frío que te detenga.

Pero menos mal que para eso están las mamás sensatas, para recordarte que, como mucho, puedes ir disfrazada de hada estrella, con tu jersey de cuello vuelto por debajo y unos buenos panties de lanita fina, que abrigan, lucen y dan esplendor. Tú no quieres jersey de cuello vuelto. Tú no quieres panties de lanita fina que abrigan, eso sí, pero ni lucen ni dan esplendor. Tú lo que quieres es ir medio en pelota picada, porque en alguna revista has visto que en algún lugar se puede ir por la calle en bañador con lentejuelas. El sitio en cuestión no te suena, pero sabes, seguro, que no es en tu ciudad, porque sino de qué aquellas chicas iban a ir con los abdominales descubiertos: ¿no tenían una mamá que les pusiese el jersey de cuello vuelto y el panty de lanita fina…? Ahí, queridos míos, comenzó mi andadura como Carnival Hater.

–  Yo quiero ir molón, no todo tapado, qué te crees…

Tres décadas después, la historia se repite, pero ahora soy yo la que está del otro lado, al mando del jersey de cuello vuelto y el panty calentito, y mis niños más allá de la frontera ideológica de la razón. A ellos les importa un pito, o quizá pito y medio, que a mí me espeluzne la idea de que se pongan malitos por ir de paseo, a lucir palmito cual Spiderman 2.0 o amoroso Pepito Grillo, con sus cuernitos y su elegante levita. A ellos, al igual que a los niños de los lugares en los que el clima no les entumece el buen humor, les apetece ir por la calle sin sensación de ir forrados en corcho, lanzar tela de araña azul a tooooodoooo lo que se menea, y hacer cricricrí a cualquier grillita linda, con apetecibles mofletes que se nos cruce por el camino. Pero, Galicia es la borrasca en el país de las maravillas…

– Frío, caca… – Musita Nicolás, enfadado, mirando la ventana del jardín.

– Ya… – M*erda, me veo reflejada en su chasco climático, vaya – Mira, tengo una idea…

– ¿Tu idea tiene jersey de cuello alto…? – Nicolás no quiere hacer un chiste: les Luthiers tampoco, y ese es el secreto de su éxito.

– Noooo… – Cojo a Lorenzo en el regazo, intentado zafarme de su enésimo mordisco – Vamos a ir al bazar a ver qué disfraz calentito encontramos para el bebé, que podamos meter por debajo un chándal y que no coja frío, ¿qué te parece…?

– No me parece nada, porque eso no es una buena idea, eso es un recado… – Nicolás 1 – Mamá 0.

– ¡Que sí que lo es, en serio! – Me río, porque está enfurruñado supermil, y eso hace que sus ojos enoooormes parezcan dos botones de abrigo de abuelo – Le cogemos un disfraz calentito al bebé y así podemos salir un poco a la calle.

– ¿¡Al parque…!? – Emoción superlativa. Sonrisa, aún con mofletes apucherados, pero con cierta animación.

– A donde quieras: ¡tú mandas, Spiderman!

Así que, después de una hora y media intentado salir de casa, el padre y yo metemos a los dos niños en el coche (con la sillita, la capota de plástico para la sillita, el bolso del cambio, la mochila de la merienda, los abrigos, los paraguas, un par de zapatos de repuesto para cada uno, por si los charcos son inevitables…) y nos vamos al bazar chino más grande que conocemos. Lo de grande es importante porque intentar mover un carrito por los angostos pasillos, abigarrados de cosas inverosímiles, debería ser considerado deporte olímpico. Por el camino, Spiderman y el Pepito Grillo protestan una y mil veces:

– ¿Yaaaallegaaaamoooooos…? – El mayor.

– Otóóótudeeeelsaaaaheeeeeotóóbuáááááh… – El pequeño.

– ¿En serio es necesario que vayamos los cuatro y el carrito, cual Amish, al p*to bazar chino? – El padre, sabiendo la media hora que se nos avecina, ya está en tensión nivel Chispum

– Túloquequiereesquemecomaeltigreeeequemecomaeltigreeeeeemisangreestábuenaaaa… – Me dejo ir.

– No me parece un buen ejemplo para los niños que te rías del padre de esa manera… – Ironía, sutil manera de mandarme a paseo.

– Que no, que es la radio… – Señalo reproductor de CD del coche: ¡Folclóricas Arrepentidas, os debo una!

Tras diez minutos de nerviosismo nuclear, llegamos al almacén. Los niños no se bajan del coche, se tiran. El pequeño, que aún no sabe quitarse el cinto (a Dios gracias…), mira cómo lo hace su hermano y sé, tengo la certeza infinita de que es un aprendiz de escapista. Observa y retiene con minuciosa atención cuáles son los pasos para la liberación (presionar el botón rojo, dar brazadas como si espantases avispas y salto de trampolín hasta la alfombra: voilá!).

– Mañana hay que ponerle al cinto de Lorenzo una brida o un candando de castillo medieval: se fuga de la silla antes de llegar a la guardería.

El padre, al igual que yo, se cosca de que el pequeño es un mini Chapo Guzmán, y que le falta destreza, pero fuerza y tesón le sobra para ¡pies, para qué os quiero! Los dos meneamos la cabeza, pensando, al unísono y en silencio, que los líos, cuando hay hijos, nunca dejan de sorprendernos. Para cuando conseguimos sacar a los niños y ponerlos a cubierto, bajo el minúsculo toldo del bazar, empieza a llover, pero llover de verdad. A llover como no se recuerda haya llovido desde el tinglado de Noé y su arca de las citas a ciegas (tanta pareja de animales, ya me diréis…). Llovía de arriba, de abajo, de izquierda a derecha, en tirabuzón y heeeey, Macarena. El paciente padre, que justo estaba montando el carrito cuando aconteció el segundo diluvio más molón de la historia, intenta darse prisa, pero para qué, si ya tiene la espalda tan empapada que recuerda a una Spontex. No quiero decir nada que perturbe su ritmo, pero se me adelantan…

– Papito, hombreyá, date prisa, ¿no ves que te estás mojando todo? – Nicolás imposta tono e adulto sabiondo.

– Nicolás, hijo, deja a papito, que ya bastante tiene, el pobre… – Acaricio la cabeza del bebé, que no entiende por qué no puede lamer el escaparate del bazar, que está lleno de chorretes asquerosos que le parece súper apetecibles.

– No me digas ‘déjalo’, que es una ordinariez, mamita… – El que va de mayor, sigue en su roll.

– ‘Déjalo’ no es una ordinariez, ‘déjalo’ es el imperativo de ‘dejar’, se puede decir… – Informo al señor Castro Martínez, que se había comido a mi hijo Nicolás.

– ¡No, no…! No es un ipelativo*, es una cosa fea que me dices para que me calle, y decirle a alguien que se calle, es una ordinariez…

¡Dale, que ganas! Y tal cual. No se dice cállate, se dice silencio, una de mis monsergas maternales más empleadas cuando se pone en Niño J*dón Modo ON. Qué culpa tendré yo de estar educando seres tan listos, con inteligencia normal, pero listos como pocos. Ains. Lo dicho, dale, que ganas. Ya lo has hecho, bribón.

– ¿Por lo menos le habrás puesto a papá un jersey de cuello vuelto y unos panties de LanitaFritaaaaa…? Es que está muy enfriado, por si no lo sabías…

Y el padre y yo nos reímos tanto y tanto y tanto, porque ‘lanita frita’ es muy  g-r-a-n-d-e, como grande es que Nicolás nos emule, recordando que es invierno, que hace frío, que no podemos salir a ver las carrozas de carnaval porque podemos morir de un sabe-Dios-qué si no nos abrigamos como para ir a Siberia; que mamita no haya embutido a papá en miles de capas para ir al bazar chino, es intolerable, un olvido a la altura de mandarlo al cole en chándal el día de uniforme de botones (sudores me entran: sólo me pasó una vez, me lo recuerda cada mañana, pobre).

– ¡Venga, que ya estamos listos…! – El padre, que tiene más agua encima que lago Ness, no protesta, ya para qué. Sólo quiere entrar en el bazar.

– ¿Y tú de qué te pides el disfraz que vamos a comprar, papito…? –  Nicolás evita ponerse del lado de su padre, porque está tan empapado que le da cosa.

– Yo de nada, ¿no ves que voy de Bob Esponja? – El padre se ríe – Llevo tanta agua encima, que parece que acabo de salir de Fondo de Bikini.

– Vale, pues yo soy Arenita… – Apostillo, sujetando al bebé para que no me arranque a pellizcos una oreja.

– Vaaaleeee, y Lorenzo es Patricio, qué bien lo vamos a pasar…

Tras un épico e inenarrable paseo por el laberinto del bazar, excuso decir que, POR SUPUESTO, nos fuimos hacia la caja con una pecera de plástico esférica (mi casco de Arenita), no sin antes montarla parda con el dependiente, para hacerle entender que queríamos un gorro de chinito para el bebé, para el que habíamos escogido una casaca y pantalones amplios (chándal por debajo, no se me olviden) con un estampado tan rojo y tan oriental que recordaba a un mantel de restaurante ad hoc.

– Pero chino, de chino de carnaval, no de que chino normal, así de habitante de la China, como eres tú, ¿me entiendes…? – Hay jardines en los que sé no debo entrar, sin embargo, ahí voy, a puerta Gayola.

Ñacañaca, la cigala, ¿complendes*?, anuncio ya para los anales de recuerdo si eres la generación EGB. Bien, el dependiente del bazar lo pilló al vuelo (el business es el business…) e incluso esbozó una sonrisa ante mi momento Chiquito de la Calzada, oda al despropósito ocurrente. Pero no fue nada comparable al que vendría a la hora de pagar…

– ¿Tú eres chinitoooo de verdaaaad…? – Nicolás asomando el flequillo, con las manitos en el mostrador – ¿Y con los ojos así de pequeñitos, como puedes ver si llega un dragón por la derechaaaa…?

– ¡Toma, toma…! – Doy un billete al dependiente- Sobra poquito, quédate con el cambio…

¡Y tira millas! Antes de que el oriental-no-veo-dragones-por-derecha nos echase de allí a chinesas h*stias, nos fuimos los cuatro, la sillita del bebé, la pecera-casco de Arenita, el disfraz de chinito, pero chinito de carnaval (ay, mamá, soy un caso…) y el paciente padre, que era, en sí mismo, la viva imagen de Job, pasado por agua, eso sí, pero Job, al fin y al cabo. Quise abrazarlo, bebé de por medio, pero era tanta lluvia la que llevaba puesta en la espalda, que desistí de mi ataque de amor.

– Quiéreme mañana, vale, que hoy los abrazos me mojan los calzones… – Me dice.

– Hombre, dicho así… – Me río, tapándole los oídos al bebé.

– Dicho como quieras: me estrujas, y me caen gotas frías hasta la hucha, mismamente…

A lo dicho al comienzo de este post me remito: soy una Carnival Hater, pero con niños en casa, no hay odio que mil años dure. Y si dura, siempre será con cuello vuelto y panty de lana frita, que para eso ahora soy yo la madre que teme al rigor del invierno. El frío a mí nunca me molestó… hasta que fui mamá, claro 🙂

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