Categoría LIVING LA VIDA MADRE


 

Me queda lejos el enfado, y me queda lejos, por ende, el desenfado; pero si hay algo que toque los si bemoles a una mamá recién parida, es tener que escuchar constantemente falso-halagos sobre su recuperación tras el parto. Aun con el cono sur dolorido, las hormonas bailando Regetón y un bebé al que no acabas de reconocer como familia del todo, te sientes observada, quizá también tasada, cual vaca en exposición ganadera.

 

Fast Rewind, porplís! Momento flashback al canto, pues. 

 

- Oye, pero te veo estupenda, ¡hay qué ver qué recuperada estás…!

 

¡Ea! Esta nueva mamá que soy yo, tan flácida, tan dolorida, tan inestable, tan melancólica y  tan carente de toda capacidad de defensa, se siente como el orto. Porque no es verdad: no estoy recuperada, no estoy bien, no estoy estupenda, pero, en todo caso, no creo que eso sea un debate urbano, a pie de jardinera en calle peatonal o la cola del súper en hora punta. Acaban de sacarme de dentro un bebé, por el mismo orificio por el que hay días me cuesta ponerme un Tampax: tengan piedad de mí, aunque sólo sea por eso. Lo único que no necesita una mamá recién alumbrada es que alguien le recuerde que d-e-b-e, t-i-e-n-e  y  n-e-c-e-s-i-t-a volver a partir nueces sobre su abdomen. En mi caso en concreto, un algo que ya tengo avanzado, porque jamás he tenido unos abdominales como lavar ropa blanca en la orilla del río Kwait; y aún así: ansiedad y ridículo, que punzante combinación.

 

- Aun estoy hinchada de c*jones, pero es lo que hay.

 

Tocada y hundida, pero sin c*jones, claro, aunque conociendo su peso redondito y pendular cuando una conocida con ‘síndrome de cuñada’ me busca un flotador sobre el ombligo. En ese mismo instante eterno, quiero mandarla a tomar por saco, pero me falta decisión. Así que, y en el penúltimo acto heroico del que soy capaz antes de hacerme pis a causa del esfuerzo y de falta de tonicidad en el suelo pélvico, meto barriga asíííí´, asíííi, asíííi. Con todas y con esas, con las bragas mojadas cual catarata del Niágara, me motivo: yo creo que con esta tortura china, puede que se me borre un centímetro de mi nuevo diámetro caderil. Pero no se borra, y en su lugar, me acomete un ataque de hipo, que hace que en cada contracción del diafragma, me vuelva a hacer pis; y así una y otra vez, y vuelta la burra al molino, que si quieres té, Marité.

 

- Mujer, es normal, acabas de pariiiiir – Te dice la arpía, clavándote la mirada en el ecuador de tu cuerpo.

 

Y como aquel tinglado de Jesús y los delatores: no me judas, no me judas… ¡Claro que acabo de parir! Nadie lo saber mejor que yo, y sin embargo, parece que lo único que me tiene que preocupar es si mi barriga está o no en el sitio que al respetable le apetece. Cuatro kilazos de niños después, raro sería que mi piel no fuese un acordeón, así que no entiendo en qué momento alguien puede pensar que me apetece hacer conversación sobre ello, sobre mi huída autoestima, sobre mi miedo a terminar pareciéndome al maestro Yoda, pero con ombligo y monte de Venus por barbilla. De las barrigas de las paridas no se habla, ni mu.

 

- ¡Calla, calla, qué valor, un niño tan grande: te darían puntos, claro!

 

Los puntos del álbum para toda la vajilla Duralex, cara de culo, me entran ganas de contestar. Pero estoy blandita, indefensa, enamorada de la cara arrugada de mi recién nacido, que por alguna extraña razón me recuerda a Jordi Pujol; lo único que quiero es terminar aquel encuentro, que no debió suceder jamás. Sin embargo, sigo allí, petrificada, esperando a que llegue el gran cataclismo y me ayude a desaparecer. Podría salir por piernas (escarranchada, que tengo por vagina un cojín bordado a  punto de cruz, claro), pero no me muevo de donde estoy, empuñando el carrito y pensando si no sería mejor quedarme en casa, a disfrutar de mi desvencijado ‘yo’ hasta que mis niños me pidan acompañarlos al altar.

 

- ¡Qué remedio: eso, o vomitarlo, porque sin ayuda no salía…! – Arguyo, con retranca en monodosis. Ser gallega da ese qué sé yo de mala milk y ocurrencia, listo para tomar en cualquier lugar.

 

- ¿Y te come bien…? – La lagarta maravillosa que me hace la interview me mira el pecho, segura de que debo tener leche para mí y una manada de manatíes.

 

Yo, que respeto muchísimo la lactancia materna mientras no tenga que ser yo la que tenga que poner la teta, me estremezco y estoy tentada a contestarle ‘me comía más antes, ahora con los niños, el sexo es cuando toca’ (hastaelc*ño.com, mismamente me tienes, chata). Respiro, me sosiego, dejo de temblar por el subidón de azúcar (otra perla del post parto) y me hago un Winona Ryder, cuando le preguntaron si había mangado ropa en los probadores…

 

- ¡Muy bien, muy bien! No hay quien lo pare… – Mentira cochina: tengo acciones en biberones NUK.

 

Y la lagarta de m*erda, que estaba ávida de saber más, se me queda mirando, y me dice:

 

- Ten cuidado con los pezones, que si te los coge mal, puedes acabar con mastitis.

 

¿¡Pero vamos a ver…!? ¿¡Pero qué invento es esteeee…!? ¿¡Cómo se puede ser más hija de una cabra!? Si no es herir, parece, porque no siendo que aquella conversación fuese una lucha de gladiadoras, cuerpo a cuerpo, esperando a que se nos comiese el león, ya me diréis. En un momento de inesperada lucidez, llámale también estoy hasta las gónadas verte el bigote, me quedo mirándola y le pregunto:

 

- ¿Cuántos niños tienes tú…? – Cejas arqueadas.

 

- ¿¡Yoooo…!? – Tic, tac, tic, tac, tic, tac – ¡Ninguno! Es que a mí todo esa historia del parto me pone muy mal cuerpo…

 

- ¡Acabáramos, monina! – La tensión se me funde en risas nerviosas – Así que tu mal karma con las valientes que alumbramos seres humanos es sólo por j*der, nada más.

 

Y la lagarta poliédrica, sonríe porque no entiende a qué viene mi villanía. Sonríe como el niño al que acaban de pillar meando por fuera en el baño recién fregado. Sonríe como la sinvergüenza a la que acaban de poner en su sitio. Sonríe…

 

- Igualito, igualito que los que ven porno en el Plus y después creen que han f*llado la mar de bien.

 

No he vuelto a ver a la lagarta malévola (espero no haya muerto, porque tampoco era para tanto mi desaire), pero ansío con todo mi ser, ya en sus medidas definitivas de madurez y maternidad por partida doble, que se lo piense dos veces antes de atormentar a otra mamá recién parida. No es bien ser cruel y cansina con el débil, háganlo circular. Y sí, no soy la que era: soy la que soy y la que me gusta ser. No soy la chica de ayer, soy la mamá de hoy, por siempre jamás. Con mis cicatrices, mis carnes y mis costurones, pero también con mis niños, que es, al fin y al cabo, lo único que seguro haré bien en la vida. 

 

- Pero mami, yo no quiero volver al cole, ¿o es que no te das cuenta…?

 

Mientras le pruebo el uniforme, Nicolás se siente disfrazado de reo. Lo que para mí es prioritario (que ambas perneras del chándal me queden marcadas a idéntica altura), para él son minucias. Con la rebeldía veraniega de pre-alumno de clase de 5 años, se marca un tuerking maravilloso, girándose sobre sí mismo, que acaba, como no, de bruces en el suelo, lamentándose de su nefasta suerte, su caótico sino, su desdichada existencia…

 

- A ver, dime por qué tengo yo que volver al cole si aquí estamos genial en familia, papá, mamá, Lorenzo y yo; aquí tenemos el castillo de Playmobil, la piscina en el jardín y un armario llenito de galletas de dinosaurio por si tenemos hambre…

 

Y lo miro, fascinada, preguntándome si no tendría que mandarlo a la escuela de jóvenes filósofos, porque desencaminado no va. Aquí, en casa, cree tener todo lo que necesita, y me encanta la idea de que así sea, la verdad. Para él, que no tiene límites a la hora de soñar y/o pedir, con la familia, el castillo, la piscina y las galletas de dinosaurio, más feliz que una perdiz, oigan.

 

- Ya, Nicolás, pero hay que ir al cole porque seguro que tus amiguitos tienen muchas ganas de verte y contarte cosas fantásticas del verano…

 

- ¡Que no, hombreeee…! – Mi mayor me interrumpe – Que no quiero, y además, este pantalón es tan grande que parezco el payaso Pocholo.

 

- Es taaaan grande porque no me dejas medir por dónde tengo que meterle a los bajos… – Argumento, sujetando mil y un alfileres con la boca.

 

- ¿¡Y encima me quieres pinchar con esas agujas locas…!? – Ojos como platos, cejas por flequillo y expresión de ahí viene el coco – Yo me las piro…

 

- ¡Eeeeeh…! – Le corto el paso, aprovechando para tranquilizarlo con un abrazo de osa mayor – Los alfileres no son para pinchar niños guapos, como si fuesen aceitunas de aperitivo, chavalito: son para coger el dobladillo del pantalón.

 

- ¡Ah, no!  A mí no me cojas nada con eso que pincha: yo sólo quiero que lo cortes con la tijera y que me dejes en paz…

 

- ‘Me dejes en paz’ es una expresión muy fea, muchachito… – Meneo la cabeza y chasco la lengua, en claro gesto de reprobación.

 

- ¿Dejar en paz es feo? – Inquiere, pensativo – Pues yo cuando estoy tranquilo, me encuentro la mar de a gustito: ¿a ti no te pasa?

 

- Me pasa, me pasa… – Me río, porque el tipo extraordinario tiene guasa – pero pedir a alguien que ‘te deje en paz’ implica que te está molestado, ¿entiendes?

 

- ¡Claro que lo entiendo! – Nicolás pone boca de pez globo, con los mofletes hinchados, y suelta presión con una pedorreta – Pero es que así aun es más genial que te dejen en paz; si primero te molestan y si después te dejan en paz, pues te sientes más que genial todavía: ¿lo entiendes tú ahora?

 

- ¡Perfectamente…! – Convencida de la extraordinaria capacidad que mi mayor tiene para hablar de los sentimientos, me río otra vez – Pero ello no exime que pedirle a quien te está molestando que te deje en paz sea un poco feo.

 

- ¡Pues ya me dirás! – Se encoje de hombros, mientras tira de las perneras del pantalón para no tropezar y darse de bruces contra los muchos juguetes que viven en el suelo de nuestra casa – Entonces que hay que hacer cuando alguien te está dando la murga: ¿invitarlo a tu cumpleaños?

 

- Hombre, no, que lo mismo no cabemos en el jardín… – Mi mayor se queda quiete un instante, momento en que pongo la velocidad Sputnik en modo ON y me armo de alfiler para marcar los bajos.

 

- ¡Chechecheché…! – Mi mayor me corta el paso – ¿Pero vamos a ver, mamita, te digo que no pinches con esa aguja y me persigues igual? ¿Y eso no es feo? ¿Eso no es feo…?

 

Espeluznado, se parapeta detrás del sofá.

 

- Nicolás, ven, cariño…

 

Tic, tac, tic, tac, tic, tac.

 

- Nicolás, amor, ven, que los alfileres son para marcar la tela: n-o  l-a-s-t-i-m-a-n, anda…

 

Tic, tac, tic, tac, tic, tac.

 

- Nicolás, hombriño, ven, ¿no ves que hay que arreglar ese pantalón antes de que empiece el cole?

 

Oigo una respiración profunda, larga y amortiguada. Me quedo mirando al sofá y veo, de repente, asomar por la parte superior una espada láser roja y, a renglón seguido, una careta de Dark Vader. Obviamente…

 

- NoSoyNicolááááasSoyTuPadreeeeeee…. – Y mi mayor abandona el lado oscuro, marcándose una marcha imperial espectacular: fiel en tempos, bien afinada y mejor orquestada, porque cuando iba a llegar al chanchanchanchanchááááán, se enreda con el bajo del pantalón (a estas horas ya cual escarpines, forrando la planta del pie) y acaba sobre el xilófono de su hermano, tan bonito como estremecedor (con él se podría versionar la intro del Fantasma de la Ópera en versión punk: no hay una nota que suene como debe).

 

- ¡Ay, c*ño, que se mata…! – Despliego las alas de madre, y antes de que acabe con las gafas, la careta y la nariz en el teclado del xilófono, lo tengo en mis brazos.

 

- Poco le faltó para ver el lado oscuro… – Se quita la careta sin dejar de pasarse la lengua por los dientes – Mírame aquí: ¿me falta alguno? ¿Yo creo que me acaban de caer dos del susto? Lo mismo hay que decírselo al ratón Pérez, porque ya que viene, que traiga dos regalos…

 

- Están todos en su sitio… – Me río y le acaricio la frente – Eres muy listo tú, chavalito.

 

- ¡Claro, sino de qué voy a ser el reyyy de la galaxxxxxiaaaa…! – Y otra vez respiración profunda, larga y amortiguada, seguida de una versión fidedigna y gloriosa de la marcha imperial.

 

- Oiga, maestro Dark Vader, ese pantalón que lleva, taaaan grande, le quita a usted prestancia interestelar… – Constantino Romero, un aficionado a mi lado, palabrita.

 

- No sé que es interestelar, mamita, pero como me claves esa aguja loca en los pantalones, te declaro la guerra mundial… – Y Nicolás, blandiendo la espada láser como torero en la Monumental, intenta incorporarse, al tiempo que vuelve a resbalar con el bajo del chándal, volviendo a darse contra el xilófono de su hermano.

 

- Dark Vader, chico, esto no es plan, ¿eh? – Arguyo, divertida.

 

- Vaya culada, mamita, vaya culada… – Gimoteando, pero muy digno – Mira, te dejo que me arregles los pantalones, pero sin estar yo dentro, ¿vale?

 

- Pues no sé qué decirte, la verdad, porque va a ser difícil… – Hago pucheros, pero me pueden sus ojos redondos de Lacasito.

 

- Pues dime que sí y que no voy a ir al cole: eso si sería la buena vida, no me digas… – Y él también se ríe.

 

- ¡Ahá, bribón! Eso sería la buena vida, ¡acabáramos!… – Le despeino el flequillo – ¿Y tú sabes lo que sería la buena vida para mí?

 

- Mmmm… – Genius on board, already thinking  - ¿Comernos a besos a Lorenzo y a mí?

L                                                                                                                                           L

O                                                                                                          O

V                                                                           V

E                                            E

Permítanme una despedida diabética, a rebosar de sirope y mermelada, porque no puede haber mejor colofón para un relato sobre el síndrome de la vuelta al cole, que una conexión con la vida, de tantos megahercios y tan certeros. No es sólo que los niños vivan contigo, es que viven de ti, empapándose de lo que eres. Hacen suyos tus miedos (Nicolás, ¿en serio es necesario que te tires de esa tirolina?), tus trémulas valentías (¡venga, Lorenzo, venga, echa un pie que tu puedes, amor…!), tus neuras hiperprotectoras (‘chivarse’ es una palabra que se inventaron los malos para que los buenos tengan que guardarle fidelidad y lealtad a sus h*joputeces, así te lo digo. Mamiiii, has dicho h*joputeceeees. Ups, lo siento…), tus porque lo digo yo que soy mamá y ya está. Pero también interiorizan que son tu prioridad, que todo en ti gira por y para ellos. No se trata de que se lo digas, sino de que lo sepan porque lo sienten y disfrutan de ello. Comerlos a besos es y siempre será mi buena vida. Y lo haría de pies a cabeza, sin dejar miguita, aunque para ello tuviese que comerme también el pantalón sin cogerle los bajos. He parido a Paulo Coelho, no me digáis… :)

A una mamá molona (y electrizada) la reconoceréis fácilmente en cualquier ambiente, lugar o galaxia, porque hay diez rasgos básicos y maravillosos, comunes a todas ellas, que no pasan desapercibidos. Lo sé, la cosa paritaria y la elegancia marital  me obliga a mencionar a los padres, pero ese, queridos, es otro post que anuncio no tardará en llegar. Hoy, pues, me dispongo a desvestirme (que no desnudarme, que ya no estoy para marcarme un Kim Basinguer en 9 semanas y media), porque nada mejor que un ‘pelotari maternal’ para ver qué ha sido de mí, ahora que ya no soy yo: soy ellos.

  1. Una madre molona (y electrizada) nunca lleva moño, lleva un nido de cigüeña en lo alto de la cabeza. Y no es por gusto, que ya qué más da, sino porque cuando por fin tiene a la prole arreglada para salir, ese breve espacio de tiempo que todo ser humano se reserva para parecerse a lo que un día fue, se ve recortado a un corre-corre-que-te-pillo, a una décima de segundo en la que se mira al espejo, comprueba que no lleva la cara tiznada de  potito/caca/mocos/pegotes de crema del cambio de pañal, y se apaña el pelo con una goma, cual paca de paja seca. Y como las prisas no son buenas ni para arrepentirse, cuando ve que el recogido (¿?) se le quedó hecho un asco, intenta componerlo, pero como la goma está cedida y el forro se ha ido ajando por el uso, dejando el caucho al aire, hace que moverla y/o quitarla, sea un deporte de riesgo. En una lucha capilar, la madre molona (y electrizada) decide que el moño de lado, deshecho y con pelos saliendo por los lados, cual erizo de mar es un look maravilloso para ir al parque, a las rebajas de Primark o la ópera de Viena, llegado el caso. Nido de cigüeña, ojo al dato.

 

  1. Una madre molona (y electrizada) no hace concesiones, se rinde. Y se rinde en defensa propia, porque qué más le gustaría a ella que ser taxativa, tajante, inamovible en sus decisiones. Mano firme, educación garantizada. Pero cuando el agotamiento entra por la puerta, los ‘si no te comes las lentejas, apago la Patrulla Canina’, saltan por la ventana. Ser un SuperNanny de ida y vuelta es un papel muy de una mamá extenuada por la vida en general, no sólo por la maternidad en sí misma. Porque cuando ésta da con sus huesos en la camita, preparando su roll del día siguiente, seguro que no piensa ni por un momento desdecirse una y otra vez; pero, sin embargo, lo hace en legítima defensa, amparándose en la máxima: si no levanto el pie del acelerador, palmo. Si palmo, los dejo mutilados emocionalmente. Con lo qué, poca lógica filosofal se necesita para saber que cuando no se puede con el enemigo, hay que unirse. Que no se mueva, que no se note y que no traspase, pero, una vez más, los niños se salen con la suya. La mamá sabe que no es bien ceder, vaya si lo sabe, pero qué va a hacer, pobre, si a las 19.00 horas mira el reloj y le parecen las 23.00. Never give up, y aun así, give up, porplís.

 

  1. Una madre molona (y electrizada) no va de compras, sale a equipar. Lejos quedan las jornadas hedonistas en las que la tarjeta de crédito tenía el canto afilado como un cuchillo jamonero de tanto dale que dale a la CPV. Lejos quedan los tiempos en los que las tiendas más estupendas eran un lugar de recreo, de puesta a punto y, quizá, bálsamo curapupas y/o curadesencuentros. Porque cuando hay niños en el hogar, una tarde de tiendas significa comprar para e-ll-o-s, casi nunca para mamá. Toda tarde shopping es, entonces, una carrera contra reloj, en la que no hay oportunidades de prueba ni probadores: los pequeños no cooperan en absolutamente nada que no sea elegir si el chicle lo quieren de sabor Cola o con forma de petardo. De ahí que cuando una mamá da con alguna prenda que puede servirle a uno de sus miniyó, lo coja en todos los colores, quizá en dos tallas distintas, por si un día dan un estirón después del Colacao de irse a dormir. Y si de camino a la caja encuentra calcetines y calzoncillos bien de precio y con pinta de no encoger en la secadora, los sujeta con los dientes (ya no hay brazos libres para tanta percha) y se va tambaleando a por la dependienta (quizá a pedir auxilio, claro), segura de que se olvida de algo. Cuando por fin consigue pagar y se cerciora de que sigue teniendo colgados a sus piernas a sus niños, cae en la cuenta de que de lo que se había olvidado era de respirar. La vuelta al cole, el que viene el coco del SXXI, no digo más.

 

  1. Una madre molona (y electrizada) no descansa, cae en coma médico. Y es tan profunda esa necesidad de no ser, dejarse ir en manos de sabe Dios qué cosa agradabilísima que le deja pseudo-inconsciente (creo que se llamaba sueño), que si por lo que sea uno de los niños arde en berridos nocturnos porque quiere beber o tiene ganas de tomar un Frigopie, se incorpora mareada+desnortada+beoda de gaseosa, pero impulsada cual cohete para atender esa emergencia nivel super one. No importa si el meñique del dedo del pie se convierte en un rádar cárnico, siempre feliz de encontrar esquinas de muebles. No importa si más que echarse de la cama, se tira de un precipicio. No importa que la mamá sepa que la sed o la gula de helado de madrugada no son cosa de vida o muerte, porque ella así lo vive. Con entrega y vehemencia, con amor y locura. Con golpes en las piernas al acudir a oscuras. Con toda y con esas, si me necesitas, silba, ya lo dijo el otro.

 

 

  1. Una madre molona (y electrizada) no hace planes, pergeña una estrategia militar. Un día de playa, pongo por caso, no es coger la sombrilla, el bañador y bocadillo de Tapa Negra La Piara y tira millas. Para que una familia con niños pueda ir a la playa, dos días antes hay que ir haciendo acopio de víveres y enseres, mirando la predicción meteorológica, calculando el tiempo de desplazamiento de ida y vuelta y (oh, oh) comprobar en el grupo de WhatsApp de amistades de sus niños si hay algún cumpleaños a la vista, que haga imposible la jornada de toalla y olas. Una vez hay luz verde para emprender la aventura (me río yo de Amundsen), queda por saber si hay que alquilar un remolque o llegaría con hacerse con un séquito de Sherpas para portear los cientos de juguetes voluminosísimos que los pequeños han decidido hay que llevar sí o sí. La madre sabe que tiene que ser firme, que no puede dar ni un paso atrás: todo no cabe en el coche, hay que elegir. Y aun así, les ruego relean el punto 1, 2 y 3, gracias.

 

  1. Una madre molona (y electrizada) no tiene vida social, sale a la calle a cumplir con la de sus hijos. Parece lo mismo, pero palabrita que no lo es. Un sábado por la tarde en una piscina de bolas es la tortura china de la que nadie habla, porque no está bien no alegrarte de la felicidad y excitación extrema de los hijos que te han salido por el cono sur. Tampoco es lo mismo ir a tomar un café que hacer tiempo con la madre de un compañerito, mientras ellos ensayan el numerito de fin de curso, una versión del Hello de Adele, que hace falta cuajo y Sonotone para reconocerla. Así a todo, allí están las madres, sorbiendo el café e inventándose una cordialidad maravillosa, en aras de ‘que acabe de una p*ta vez el ensayo o me sumo al aquelarre, aporreando una botella de anís El mono con un bolígrafo BIC’. El ser humano es un ser social, alguien lo dejó pensado. Nada dijo, en cambio, de las madres, que según a qué hora del día, la condición de ser humano las abandona, para convertirse en walking dead.
  2. Una madre molona (y electrizada) no usa bolso, lo suyo es un paracaídas. Da igual el tamaño del mismo, porque de él se pueden sacar toallitas, caramelos chupados y sin chupar, un sándwich de fiambre de jabalí, un pañal con pis, que no encontró papelera que lo adoptase, una entrada de circo del año pasado, que no se puede tirar porque es muy importante para el mini espectador que tuvo a bien desternillarse con el payaso Pocholo. En el bolso de una madre puede haber de todo, incluso, miren bien lo que les digo, puede estar viviendo una comuna veggie, porque como nuuuuuuuuuuuuuuuuunca jamás se limpia el fondo, vete tú a saber qué hay allí abajo. No es raro, pues, que incluso los niños digan cosas como ‘no, mamita, cógelo tú en tu bolso, que me cosa tocar en lo oscuro…’. Y ese mismo bolso que parece la fosa abisal, puede salvarle la vida a una mamá en apuros, porque cuando hay que cambiar al bebé y no hay cambiador cerca, se le pone bajo la cabecita al angelito, para que no dé con las ideas contra el adoquín, ¡y mano de santo!. Todo sería un cúmulo de buenas ideas y mejores propósitos, salvo por el hecho de que era el bolso favorito, el más mimado y caro de mamá. Era, muy allá lejos, cuando la mamá tenía entidad e identidad individual. Ya no importa, a fin de cuentas, ni ocasión tendrá de lucirlo egoístamente nunca más.

 

  1. Una madre molona (y electrizada) no grita de boca para fuera, lo hace de boca para adentro, como llamándose a los intestinos. En aras de eso que llaman la educación del equilibrio, prefiere crearse una hernia de hiato, tragando bilis, nervios y adrenalina, que dejar que se escape un ‘me voy a c*gar en todo lo que se menea: ¡esos juguetes recogidos a la orden de ya!’. Así que, enarbola un discurso maravilloso, digno del presidente de la RAE, esperando que el aforo la aplauda y regale vítores varios. En cambio, los indios que tiene como niños, se hacen los locos una y otra vez, haciendo que mamá pierda la postura y la compostura. Mal cantando una melodía archiconocida para ellos, el ‘a recoger, a ordenar, cada cosita en su lugar’, la pobre mater se agacha a dar orden en aquel desconcierto juguetil. Sííííí, también lo sabe, no está bien desdecirse, no pueden salirse con la suya, pero son las 19.00 horas y su cuerpo suda y huelga cansancio como de 23.00, ¿les suena haberlo leído por ahí arriba…?

 

  1. Una madre molona (y electrizada) no lee cuentos, se los inventa. Y es por eso que cuando al día siguiente quiere repetir la misma historia, es más que probable que no dé ni una. Los niños son esponjas para la creatividad y, en contraposición a cuando se les dice cien veces que se cierra el grifo mientras se cepillan los dientes y parecen desconocerlo otras tantas, cuando mamá comete el primer gazapo en la narración, no tarda en suceder el: ¡eeeeeeeh, que así no era, mamiiiiiiiiitaaaaaa…!. Y lo que era una sesión mini de cuento antes de dormir, se convierte en una sesión doble, con receso para ‘pis+agua+que venga papá que no le di un beso de buenas noches’. Ellos, los niños, que de todo se olvidan menos de la capacidad que tienen para no dormir cuando han de hacerlo, esperan con los ojos abiertos de par en par a que llegue Morfeo, para llevárselos a lomos de su corcel blanco. De nada vale que la mamá les diga que cierren los ojos mientras le cuentan en cuento, que así es más bonito y la imaginación campa a sus anchas, porque ellos están atentos a la narración y cuando la invención del día 2 no coincide con la del día 1, dan un salto en la cama que parece alcanzan a la lámpara del techo. Ese es el momento en el que mamá cambia de cuento, leyendo con fidelidad teresiana, casi de catecismo,  letra a letra lo que allí se dice. Si caperucita era imbécil e ilusa por hacerle caso al lobo, quién es mamá para cambiar la historia.  

 

  1. Y, por supuesto, y a modo de colofón, debieran reconocer a una mamá molona (y electrizada) porque es rotundamente feliz; a su manera, sin aderezos, con todas la renuncias y los miedos, con todos los conflictos internos y externos. Una mamá molona tiene tatuada en la cara la expresión de ‘me importa un mojón que te guste o no vida, porque es mía y la vivo como quiero’. Con la capa de heroína puesta del revés (llámale mandil, que también aciertas), se hace a su día a día con cansancio supermil, pero sin olvidarse de la ilusión genial que es compartir existencia con los seres que ha alumbrado. Una mamá molona (y electrizada) adora el caos en el que se ha convertido su mundo, porque, sin duda, su mundo son ellos: sus niños. ¡Qué viva la madre que los parió! Faltaría plus :)

 

Y sí, queridos todos, no sólo las mamás molonas (y electrizadas) vivimos la maternidad a nuestra manera, tan mestura de tragedia griega y comedia romántica con final feliz; los papás  molones (y hasta las bowlings) también tienen su propia idiosincrasia y su cosa, porque para ellos tampoco es fácil adaptarse a la tiranía maravillosa de tener que estar siempre, y estar para todo. Que mola mucho eso de la familia unida jamás será vencida, pero cuando la cosa es unirse el día de un final de liga, cuando el Real Madrid y el Barça se retan en eso de sólo puede quedar uno, los papás, con remordimientos, se dejan ir en un inconfesable desideratio ‘Manolete, si no sabes torear, pa’ qué te metes…’. De ahí que, coincidirán conmigo, majetes, que hay rasgos comunes a todos ellos, los pilares masculinos del hogar, que lo mismo miman que cambian una bombilla, que hacen filetitos de lomo para cenar. Ellos, los papis, magníficos compañeros de vida y de crianza, ¡cómo mola la gramola, oh, yeah!

  1. Un papá molón (y hasta las bowlings) no lleva barba de tres días por seguir la moda Hipster, sino porque las circunstancias de los lunes, obligan. Recién levantado, tiene que elegir entre afeitarse o dejar que uno de sus hijos juegue a los barcos en la pileta, usando como embarcación el cepillo de las uñas. Lejos de enfadarse, de montarla parda o gritar aquello de ‘caaaariiii, quítame a este niño de aquí, que a este paso no llego tarde, es que voy a llegar mañanaaaa’, lo que hace es mirarse en el espejo, mesarse el mentón, aguantar un codazo en toda la línea de procreación (el mini patrón de barco no se cosca si quiera de la presencia de su padre) y finge verse sentirse genial y ad hoc para el mundo laboral. Sabe que esa negrura facial no encaja con la idea que tiene de sí mismo, esa a la se acoge cada mañana, cuando con los ojos hinchados como dos pelotas de tenis, busca el consuelo en un beso de sus chiquilines. Obvia decir que esos chiquilines son los mismos que dan codazos en las p*lotas, protestan porque el barco se hunde y los mismos que sugieren que hay que comprar cepillos de la uñas con flotador, qué ricura. No es barba de moderno, pues, es una barba de supervivencia.

 

  1. Un papá molón (y hasta las bowlings) no queda con sus amigos, sólo hace planes para quedar. Su WhatsApp está lleniiiiito de birras pendientes y de ‘ya te llamo, tío, y a ver si nos vemos’. Día tras día, semana tras semana desde que se matriculó en paternidad 2.0, intenta retomar un algo de su vida anterior, porque fomentar y frecuentar las amistades son el mañana dejo de fumar de cada septiembre; agotados por la existencia, por el lío mayúsculo y el atrapa-tiempo que se convierte su hogar nada más girar la llave de la puerta, provoca que cuando ve un anuncio de cerveza de esos en los que media docena de tipos sin preocupaciones se ríen, compartiendo pareceres y opinando de todo y nada,  alrededor de una botellita fría, espumosa y gaseosa, se lance a hacer una captura de pantalla con la cámara del Iphone, para poner la foto como perfil de FBK. Y tanta idolatría al líquido elemento (se llama así porque en cuanto te bajas dos, a tomar por c*lo la cordura) no es por sed, que sólo faltaba, sino por sequía social. Si es que no es el primero que ve un capítulo de Friends con su mujer y acaba llorando de la emoción, ¡angelitos…!

 

  1. Un papá molón (y hasta las bowlings) entiende de tejidos y telas más que Amancio Ortega. Podría distinguir con los ojos cerrados un engomado de Babour de un mantel de hule, aunque jamás de los jamases podrá entender ‘¿80 euracos, nena? ¿80 euracos un abrigo para el cole?’. Él, que nunca ha sido de la cofradía de la Virgen del Puño, se sorprende haciendo íntimas aseveraciones para sus adentros, porque no serían, en modo alguno, bienvenidas por la mamá de sus niños. Pensar que le sale más a cuenta plastificar el niño que comprarle aquel abrigo de m*erda, que además de cursi y tieso, le confiere a su hijo un aire de seminarista tope guay, le sale sin querer. Pero no lo dice, se lo calla, porque intuye (el precio del abrigo es una pista), que la tela es muy buena. Que su niño no se va a mojar, que no va a coger frío, que no se va a calar con la humedad de la parada del bus, cuando el sol aun ni ha asomado. Sin embargo, no puede dejar de pensar en las zapas New Balance Running del catálogo de Decathlon, que seguro le quitaban cinco años de encima, nada más calzárselas. Pero papá paga el abrigo, contentito-millón, porque mamá no deja de hacer labor Mormona, dando zanfoña con la idea de que ‘además de clásico, es muy práctico, porque el tejido es transpirable pero no se empapa’. En ese mismo instante, papá ve pasar a un muchacho de instituto con las New Balance Running de sus amores (sí, sí, las del catálogo) y no puede evitar susurrarle, j*dón: ¡Mal rollito, chaval, que esas con la lluvia se te empapan…! ¿No ves la tela? A lo que hemos llegado, se dice meneando la cabeza, y clavándose los dientes largos.

 

  1. Un papá molón (y hasta las bowlings) no ve Juego de Tronos, lo protagoniza. Nada como ver cómo los niños se apoderan del sofá: tal cual los hubiesen parido en él, mismamente. De nada vale que papá, cansado como una sombra, arrastra su cuerpo serrano hacia el descanso del guerrero, para que alguno de los niños exclame ¡Chechechechééé, que no me dejas ver Ricky, Dicky, Nicky y Dawm…! Y el padre, que ya no tiene fuerzas ni para decirles las cuatro que se merecen, se acurruca a un ladito, con el reposabrazos del sofá reventándole la riñonada, quizá haciéndose el muerto, queriendo estar sin ser, para que, por lo menos, mientras la serie de los c*jones (improperio textual) termina, él pueda dar una cabezadita. Oh, oh. Pero como lo de dormir en un salón con dos niños es imposible no siendo que te hayas caído desde la mesa, mientras cambiabas la bombilla de la lámpara del techo, el pobre papá molón, más hasta las bowlings que nunca, siente como algo perfora el agujerito nasal, pasando a ser boquete. El bebé, que aun no entiende que porque pueda hacer algo, tenga que hacerlo, aprovecha que papá está con los ojos cerrados para hacerle esnifar un cañón pirata de Playmobil. No es raro, entonces, que la madre, desde donde quiera que sea que está haciendo algo que nunca es para ella y su operación pre-post bikini, tenga que intervenir, haciendo reparto del Kingdom: Niños al sofacito y papá en el sofá grande, ¡y ni una palabra más, eh, ni una palabra más! El padre, feliz, se repanchinga a todo lo que da la largura del mullido sofá, pero con un ojo abierto, porque sabe que el enemigo, un tipo mal humorado y con acondroplasia, puede atacarlo en cualquier momento. Game os Thrones, season 6 es un juego de niños, palabrita…

 

  1. Un papá molón (y hasta las bowlings) no hace deporte, corre para alcanzar a las fieras. Se acabó el armarse de Ipod, zapatillas ligeras, Gatorade y barrita energética. A un hombre que ha sido padre y personifica el ‘yo no ayudo a mi mujer, yo crío a mis hijos con ella’, sabe que una jornada de jogging puede empezar en cualquier momento, lugar o circunstancia, porque si a los niños les da por escaparse, empieza la maratón. Porque es cierto, hay niños escapistas. En serio. Los padres lo saben, porque las madres que los han parido le han otorgado el cargo y mérito de perseguidores de los mismos. A la voz materna de ‘Paco, c*ño, mira ese niño dónde va ya…’, siempre le sigue un padre a toda leche, corriendo a todo lo que le dan las piernas. Rodilla contra pecho, rodilla contra pecho, rodilla contra pecho. El papá molón (ya sin aire y sin bowlings) engancha al niño por el cuello de la camiseta y le susurra (jadea, más bien) ‘como te vuelvas a escapar, te ato con cinta americana un poste de la luz’. Y lo dice bajito, porque no tiene fuelle para mucho más; pero lo dice bajito, también, porque en aras del cuidado excelso que hay que prodigar a los hijos (incluso a los que parecen concebidos por el mismísimo Satanás), sabe que no puede amenazar con tortura adhesiva a un menor. Puede maltratarlo alimentariamente una pianola de Donuts de chocolate para ir al parque (lo hemos visto todos, no me digáis que no), pero no puede decirle en alto que le va a limpiar el bigote de un soplamocos, porque se le echa encima la Benemérita. El papá molón lo sabe y lo entiende, por eso este año por navidad, le va a pedir a mamá que le regale un inhalador de Ventolín, para que su capacidad alveolar mejore, siempre en consonancia a la velocidad punta de su hijo, con la función Correcaminos en modo ON.

 

  1. Un papá molón (y hasta las bowlings) engorda, pero no por sedentarismo, sino porque se convierte en coche escoba. Toda cuanta sobra hay por casa (no necesariamente en la cocina, vale también sillones + estanterías + pileta + mochila + cajones +abrigo) acaba siendo pasto de su hocico. A la orden de ‘papi, cómete esta galleta de dinosaurio, que el niño no quiere más’, el cabeza de familia se enjareta el animal prehistórico, sin decir ni mu. A renglón seguido, el bebé decide que es una buena idea mojar pepinillos en el Danonino, y como la combinación es de gusto dudoso, ofrece a su papá el manjar. Por supuesto, el padre abre la boca, aún con migas de dinosaurio, y se lo come también. Con la sensación extraña de haber estado de tapas, se va a la cocina a por un vaso de agua, pero algo le dice que va a tener que beberse un vaso de refresco tropical que alguien ha decidido abrir, pero sin mucho éxito. Sin darse cuenta, quizá en legítima defensa, el padre se lleva la mano a la barriga, como lo hacen las embarazadas primerizas. Piensa que no es que esté gordo, es que lo engordan, como a los pavos en fiestas. Contempla su reflejo en el cristal de la ventana y piensa que, como el chiste, está a dos kilos de que lo proteja Green Peace. En ese mismo instante, aparece por la puerta la madre, con una caja de chuminadas dulces, que dice se las han regalado, que saben a rayos, pero que seguro a él le gustan. Y, por no hacerle un feo, vuelta la burra al molino. Gracias, Dios mío, por hacer pantalones tipo cargo, con tallas amplias que no aprietan los c*jones, se dice mientras mastica a dos carrillos.

 

  1. Un papá molón (y hasta las bowlings) no sabe ninguna canción de Sia ni de Rihana, no siendo que haya una versión para niños. Da igual que la vida útil (e insoportable) de un CD, porque la música infantil se graba en titanio, para que sea irrompible. Dice la leyenda, que si nos acomete el fin del mundo, sólo nos sobrevivirían las ratas y las cucarachas; un padre molón apostilla que eso lo escribió un tipo sin hijos, de lo contrario sabría que también sólo lo haría un mancha de potito en tu camisa favorita y un compacto de los p*tos Cantajuegos. En trayectos de no más de veinte minutos, en coche puede sonar mil doscientas veces ‘Juan pequeño baila, baila, bailaaaaa, Juan pequeño baila, baila, bailaaaaaa’, y cada vez que lo hace el hijop*ta, el padre siente como un escalofrío enorme le recorre el espinazo. Ganas tiene de tirar el disco por la ventana, pero luego se acuerda que los niños estarían llorando a todo pulmón hasta llegar a casa, y se le pasa. En un momento dado, paran en un semáforo, y oye como desde la intimidad compartida de otro vehículo, una pareja escucha, relajadamente, a Sabina. Los mira y piensa, deberían hacer carriles específicos para gente normal, que luego se juntan con los que estamos zumbados, y tenemos pesadillas…

 

  1. Un papá molón (y hasta las bowlings) no se ducha, se enjuaga. Lo que antes era un rito de iniciación para pertenecer al género delfín (35 minutos de aseo, un clásico tardío juvenil), ahora es un one, two, three:  agua, gel… ¿pero tú qué haces aquííííi´? ¡quítate los zapatos por lo menos! En cuanto mamá oye zapatos y ducha, se le ponen los pelos como escarpias, y entra en el baño a poner orden. Riñe al niño (hombre, claro) y riñe al padre (hombre, claro), y no le riñe al Espíritu Santo porque sabe que sus niños llegaron de otro modo, el que, por cierto, da lugar al siguiente punto del decálogo. Con un niño cuyas zapatillas hace chofchof y una madre que piensa que aquello está orquestado para desequilibrarla, el padre molón hace girar el grifo de la ducha, aún con restos de jabón en la cabeza, seguro de que tiene que haber otra forma de no ir oliendo a trabajar. Sabe que hay limpiatapicerías ecológicos: el disparate y el cansancio son una combinación exterminadora. IdeasPeregrinas.com

 

 

  1. Un papá molón (feliz de tener bowlings) quiere darles a éstas una alegría de cuando en vez, y tener niños no lo hace fácil. No digo que imposible, porque de algún sitio y ayuntamiento han salido sus hijos, pero cuando hay críos en casa, dar rienda suelta a los instintos, es una odisea digna de Ulises. No es tener ganas (que por ahí no va la cosa: de apetito, bien, gracias), sino ocasión. Porque sabedor de que el aquí te pillo, aquí te mato sólo pasa en las películas y en los botellones, toda su magia sensual se reduce a un ‘mami, tú espera, que verás…’ Y como un adolescente que le tira los tejos a la profe cachonda, el padre molón sonríe, pícaro, a la madre de sus niños, porque sabe que esa interjección no es sólo una invitación, sino un preliminar. Así, con pequeños dardos con doble sentido, juguetón y, obviamente, resignado, va allanando el camino a lo que, p-o-r  f-a-v-o-r, tiene que ser una noche de intimidad conyugal. Sabe a ciencia cierta que no siempre es una cuestión de intención, que después hay factores (toses, fiebres, pises, dragones que escupen fuego desde el armario…) y factores (cansancio), todos ellos parte activa en el sexo, no sexo, he ahí la cuestión. Porque cuando por fin el papá molón se las da de playboy, ya en la cama, esperando a que su mujercita (ahora no mamá, que están en su momento de intimidad robada), se acurruca en el lado fresquito de la sábana, cogiendo la almohada como si fuera un salvavidas… ¡y adiós, muy buenas! Más frito que un chicharrón, dormido como un lirón. Su mujercita llega, con ánimo coqueto, y lo ve durmiendo a todo gas. No lo despierta, no lo molesta, sólo lo arropa y le besa la cocorota. Sabe que está cansado como un jornalero. Mañana es otro día, lo mismo vuelven a tener oportunidad. What kind of happiness are you looking for? ¡Ésta, sin duda!

 

Y, por último, reconocerás a papá molón (y hasta las bowlings) porque nada hay que le mole más que estar con su prole. Sacando a relucir su lado macho alfa, pasea a su familia como si fuese un trofeo, sabiendo que, por c*jones, tienen que ser la envidia de todos. No sabe cuánto de buena vida llevan los demás, pero intuye que los hay hasta que llevan vidorra. La suya es una existencia de desdoblamiento (que no renuncias, porque lo hace de buen grado), y le gusta tal y como es. Con la sensación de descontrol, de locura, de desorden, de lloros y gritos a cualquier hora; pero también de guerra de besos, de papá te quiero mucho y ¿sabes?, les dije a todos los de mi clase que mi padre es el mejor. Todo sabe bien, y bien está, incluso no tener ya ni equipo de fútbol al que seguir, porque para eso también hay que tener tiempo y constancia. A un papá molón (y hasta las bowlings) lo reconoceréis, no me cabe duda, porque sabe cómo hacer felices a los que le quieren. Ellos son los number one.

 

Forrar los libros.

 

Así, en párrafo aparte, con protagonismo y dramatismo propio, porque la cosa lo merece y lo requiere. No piensen, queridos lectorcitos aun sin niños que meter en cama quieran o no, que el asunto de plastificar los enseres del cole es cosa baladí. Más aun, me atrevería a decir que de baladí no tiene ni la intención, porque cuando el forrito de marras llega al hogar, los papás nos hacemos los longuis, los locos de Cannonball, los ‘vete dándole tú, cari, que yo voy a limpiar los azulejos del baño’. Horror vacui 2.0, o lo que es lo mismo, plastifica como si no hubiese un mañana…

 

- Papiiiii, así noooo, jopetas, que no se le ve la cara a Dark Vadeeeer…

 

Nicolás interpone su cuerpo de hombrecito de recién estrenados 5 años, para que su padre no ponga el plástico sobre la etiqueta en la que reza su nombre, sus dos apellidos y el curso que acaba de inaugurar. Las ganas infinitas que tenía, el pobre, de gritar a los cuatro vientos que está en el aula de los mayores de los pequeños; lo sé, a priori, y si no se está habituado a las conversaciones sesudas con niños, la frase parece un caos sintáctico y lingüístico, pero, créanme: es tal cual. Pertenecer a la élite de la clase de 5 años les otorga superpoderes de veteranía en vete tú a saber qué, eso que provoca que cuando pasan al lado del aula de 4 años (que acaban de dejar en junio), se hinchen, sacando mini-chulería goyesca, como diciendo: sitio, muchachos, que aquí pasa un U.S. Marine.

 

- Nicolás, ¿quieres dejar de meterte por el medio? – El (im)paciente padre lucha con su resorte interno, con su dispositivo de autopropulsión, para no mandarlo todo al carajo – Si no te apartas, esto va quedar fatal…

 

- No se dice ‘te apartas’, ¿o es que no lo sabes…? – El mayor sigue en sus trece de no dejar que su padre le pegue el plástico a Dark Vader en todo el casco – No me pongas esa cosa encima de la pegatina, jooooooooooooo…

 

- ¿¡Peroooo…!? – Oigo desde la cocina, donde lucho porque el bebé haga de las baldosas un arenero, esparciendo el pan rallado como si fuese confeti – ¿Quieres sacar ese escudo de ahí, carambaaa?

 

- Pon ahora esa capa brillante, papá, que Dark Vader ya está protegido…

 

- Nicooooolááás… – Intercedo desde la cocina – Haz el favor de cooperar, que papá está forrando el libro para que quede chulooooo… – En se mismo instante, el bebé descubre que las pastillas de Avecrem y las de chocolate guardan cierto parecido en cuanto al color, a la forma, pero no al sabor…

 

- AjjjjjcoNooooCalateNoMamiCalateNoooooo* – *Asco. No, chocolate, no, mami, chocolate, noooooo. Si algún día los extraterrestres mandan un mensaje cifrado, que manden a una madre a interpretarlo: no hay código que se le resita, palabrita.

 

- Pero mamita, es que no está quedando bien, está quedando de globoooo enorme, hombreeee…

 

Mi mayor protesta, y oigo como sus pies encalcetinados (somos de las tribu ‘Pinreles descalzos’) se aproximan a la cocina. Miro al bebé y me pregunto cómo voy a controlarlos a los dos a la vez, cuando en pocos meses hagan cuchipandi para las correrías, las trastadas, los arrumacos, las pataletas y los no me quiero bañar, no me quiero peinar, no me quiero dormir. Pienso en el Red Bull y creo que yo no necesito alas, necesito un generador de corriente, como los que llevan las orquestas de pueblo.

 

- ¿Qué pasa, amor? – Me agacho, para hablar con él mirándole a los ojos, dándole la relevancia que merece el asunto – Cuéntame.

 

- Paaasaaaa que papito está luchado con el plástico de los libros y no sabe que no hay que hacer un globo, que hay que ponerlo así, muy para abajo…

 

- Eso no es del todo verdad, eeeh… – Protesta el paciente padre desde el salón – Lo estoy solucionando…

 

- ¡Estamos trabajaaaando en eeellooo…! – Me río e imito a un quién que dijo un cuál cuando vistió la tierra de las libertades, las hamburguesas y el idioma universal – ¿Pero ganas tú o gana el forro, papi?.

 

- GanaElCoñoPapiiiiiii…* – El bebé se tira encima de mí y de su hermano, riéndose a todo lo que le dan los mofletes maravillosos de su cara maravillosa.

 

- El forro, Lorenzo, el fooooorrooooo… – Me río, y por ósmosis, se ríe el mayor, sin saber muy bien a qué es debida mi hilaridad. No tiene malicia aún para según qué entuertos y qué palabrotas, cosa que me congratula.

 

- Todo eran risas hasta que nos dimos cuenta de que el tartaja quería jamón… – Protesta el padre, con un chascarrillo, desde el salón – ¿Puede alguien venir a ayudarme, por todos los Santos…?

 

- ¡Voy!

 

Y digo voy por no decir ya me dirás, porque sé, a ciencia cierta, que mi ayuda va a ser catastrófica. Con dos niños colgados de las piernas, mi habilidad se va multiplicar por dos. Si tener imán para lo imposible es en mí un estado natural, en emergencias nivel Dios, la cosa puede acabar en un vídeo viral. Así a todo, allá voy: el maridito me necesita.

 

- ¡La Virgen…! – Exclamo, con la mirada clavada en el libro de mi mayor.

 

- Ya, ya… – El paciente padre le da a la cabeza, dándome la razón – Pero dime algo que no sepa.

 

- ¿Ves? ¿Ves? ¿Ves, mamita? – Nicolás se mete entre nosotros, tomando protagonismo – ¡No es un globo: ahora es un globazo…!

 

- EsUnPolvazooo… – Bebé dixit.

 

- Glo-ba-zoooo… – Padres al unísono dixerunt.

 

- No, ya no… – El mayor inquit.

 

Y así, latineando que es gerundio, vemos como el bebé clava una uña al globo magnífico de forro, que segundos antes hacía de la portada de ‘Letrilandia 5 años’ un invernadero de tomates pera. Chsssssss. Aire fuera, ampolla de plástico cedida y operación forrado de libros en modo stand by.

 

- ¡Ostras, papito! Lorenzo sabe forrar libros supergenial, ¿a que sí?

 

- ¡Nos ha j*dido! Mucho mejor que ninguno de nosotros: no hay burbuja que se le resista.

 

- ¡Y además, mira, Dark Vader ahora tiene un edredón para esconderse!

 

El padre y yo, resignados a que, por mucha inteligencia emocional, doméstica e intelectual de la que presumamos, la combinación rollo de protector adhesivo + prisa nos va a recordar con frecuencia cuáles son nuestras flaquezas y debilidades; así pues, vemos como la etiqueta nominativa que tan amorosamente había cubierto el mayor con su proto-escritura, para lucir espectacular en la portada su primer libro de lectura, se había quedado agazapada bajo un amasijo de plástico rugoso, a modo de caverna.

 

- ¿Volvemos a empezar, mami…? – El padre, tres desole, inquiere.

 

- Ni de coña, no quiero pensar en que al tirar del adhesivo, se nos quede la portada pegada al plástico…

 

- EsUuunBlosishoooo* – Es un bolsillo*, puntualiza el bebé, aprovechando para meter dentro el cuerno de un casco que algún día fue vikingo.l

 

- Eeeeeh… – Interviene el padre – Que una cosa es que el forro haya ganado, y otra que nos dejemos invadir por las hordas enemigas.

 

- Papá, no digas gordas, que dice mamá es de mala educación decir gorda a una gorda.

 

- Hordas, hijo, hordas… – Y los adultos presentes, nos reímos a pulmón loco.

 

- Mamita, ¿qué tal si le pegamos encima una careta de Yoda…? – El mayor, con los ojos como Lacasito – Total, el maestro ya tiene la cara tan arrugada como mi libro…

 

- Me parece la idea más colosal del mundo mundial: eres un maravilloso genio creativo – Le beso la nariz, y apostillo – Y papá es el mejor forrador del mundo mundial…

 

Y, a renglón seguido, repite el bebé:

 

- Follaaadooooorrrrrr*

 

- ¡Forrador, Lorenzooooo, foooorradooooor!

 

La familia que se troncha unida, jamás será vencida. Bienvenidos todos a mi vida cotidiana, pónganse cómodos, la estancia será siempre grata… ¡y adhesiva! :)

SUGERENCIA MUSICAL, Las fiestas de mi pueblo, de Puturrú de Fuá

https://www.youtube.com/watch?v=bNO1robH6HY

Parece que fue ayer cuando me estrené en el arte de amar a tiempo completo, y mis niños ya están en edad de disfrutar de festivales, cumpleaños y fiestas de guardar. Así, a bote pronto, celebrar es algo que induce a la alegría, al júbilo, al despiporre y a la algarabía. Pero si previo al evento tengo que sacar a relucir mis dotes como diseñadora de disfraces, la cosa cambia. Es el mismo lobito, pero con distinto pelaje. Fiesta sí, pero mucho más antes que después, porque hay que ver lo sencillo que parece todo el día de autos, y la lata que dieron los ‘donde c*ño voy a encontrar en enero un pantalón blanco y una camiseta térmica de color berenjena’. Queridas profesoras, amantísimas cuidadoras de mis vástagos, este post va para vosotras, que veis siempre súúúúper fáciles y creativas las tareas de vestuario festivaleras Made in Mamita. Me asombra la capacidad del ser humano para ser cruel cuando ve debilidad ajena, ñacañañaca.

- ¿Berenjena…?

Ea. El primer escollo. Si la circular del festival del cole, firmada por la señorita Puturrú de Fuá (usaré un nick name, por aquello de darle anonimato al asunto), dice camiseta térmica, lo normal, y tras mis indagaciones en Google, es ir a Pentathlon, ese lugar donde las mamás sedentarias y vagas como yo somos blanco fácil para las miradas de los hacen cualquier deporte que aún no esté ni descubierto. Vale, me dirijo, pues, a un dependiente que, solícito, me dice que camiseta térmica sí, pero…

- ¿Berenjena…?

Lo dicho: nada es tan fácil como parece. Dado que el muchacho sabe mucho de travesía, de durabilidad en la suela de goma o caucho según la naturaleza del suelo a recorrer, de la capacidad humectante e impermeable del Goretec, no alcanza a comprender la finalidad de tocarle las bowlings con colores de los que, sospecho, sólo domina los primarios. Miro su cara y sé, a ciencia cierta, que piensa que me equivoqué de tienda, que lo mío es Zara o Primark. No se equivoca en absoluto, no obstante…

- Sí, berenjena – Insisto, luchando con el fondo abisal de mi bolso para que me escupa la circular del cole, que a estas alturas de semana, ya tiene pegada una galleta de dinosaurio de chocolate a medio morder por alguno de mis niños.

- ¿¡Berenjenaaa…!? – El dependiente se toca el mentón, como si fuese la lámpara de Aladino.

- Esto es: berenjena… – Complacida de encontrar con la coartada a mi supuesta excentricidad, le señalo la nota en la que la profe me informa de las necesidades para el evento infantil.

- ¡Aaaah, yaaaa, berenjenaaaa…! – El muchacho, que sigue sin saber muy bien qué c*ño de color es ese, pero ya no teme por su vida porque entiende que no estoy zumbada, sino que son gajes de la maternidad en activo, chasca la lengua.

- Ese ‘aaaah’ significa que tenéis o significa ‘aaaaah, ya estamos con cachondeítos…’ – Inquiero con tonillo sarcástico: si no la tienen, ya puedo meterme un cohete en el orto y poner pies en polvorosa hasta que dé con la camiseta de marras. Tic, tac, tic, tac.

- Aaaaaaveeeersiiiiiteneeemooooos…

El jovenzuelo, arqueando las cejas, me deja allí sola, en medio de dos lineales enormes, a rebosar de efectos deportivos. No hay ningún cliente en mi sección, sólo yo y cientos de zapatos horrorosos de serraje marrón con puntera negra, que se antojan el calzado de la YetiCenicienta. Me quiero sentar, pero no hay dónde. Me duelen mis pies y mi no-juanete (ignorarlo es mi plan para seguir sintiéndome femenina, y, aún así, una pupa que te c*gas…), pero no importa. Si Pentathlon tiene la camiseta para el festival de mi niño, así me seccione el pie el corte salón de mi zapato: gangrena, no-te-tengo-miedito.

Miro el reloj, puede que el dependiente lleve buscando en el almacén unos cinco minutos, pero cuando sientes que se te abre el empeine en dos mitades, cunden de lo lindo. Pongo la mente en positivo; se me viene a la mente Guardiola y su técnica de motivación con la cancioncita de Cold Play antes de los partidos importantes. Por supuesto, no me sé la letra canción de Cold Play, pero entre que trato de recordar la melodía y no, me entretengo un rato.

- ¡La maaaadre que me parió…!

¡Zaaaascaaaa! La corriente eléctrica de 220V me la paso yo por las costuras de mis Seamless pants. Si alguna vez habéis tenido un juanete, sabréis de lo que os hablo. Un dolor agudérrimo, fruto de mi espera en vertical, cual estaca de Bares, me sacude de dedo gordito del pie hasta la cadera. Pido con las manos derechas que llegue el muchacho con la camiseta térmica, de lo contrario, voy a tener que comprarme un par de patines en línea para acabar el día.

- ¡Aquí está…!

Desconozco qué cara habrán puesto los pobrecitos de Fátima cuando la purísima se les apareció al salir de la cueva; ahora bien, la mía cuando vi aparecer al dependiente, bien valía una misa. Pobre de mí. Pobre de mi pie. Pobre de mi niño si mamá no encontraba la camiseta para el festival de los c*joncillos.

- Vaaayaaa…

Frunzo el ceño, ladeo la cabeza. Frunzo el ceño, ladeo la cabeza. Miro al muchacho, que, a estas alturas, ya sé que se llama Izan, que lo pone su chapita identificativa. Frunzo el ceño, ladeo la cabeza. Miro a Izan. Izan me mira a mí, y como un monito de esos de los documentales de la 2, frunce el ceño y ladea la cabeza. No me imita, sólo se mimetiza, supongo que en improvisada defensa propia.

- Pero dije berenjena… – El juanete, cosa porculera, me tiene tensionadita de dolor.

- Pues berenjena… – El chico, temeroso de la ira de una madre con la cuenta atrás festivalera pisándole los talones, pasa la mano por la camiseta, como queriendo dotarla de habilidades camaleónicas.

- E-s-o  n-o  e-s  b-e-r-e-n-j-e-n-a-a-a-a – Sentencio.

- Es tal, no lo ve… – Sonríe y veo como le tiembla el labio superior – Berenjena suaveeee, ¿!que no…!?

- E-s-o  e-s  f-u-c-s-i-a, I-z-á-n, n-o  b-e-r-e-n-j-e-n-a-a-a-a – Trato de calmarme, porque qué culpa tiene aquel pobre de que la profe de mi niño vea factible que haya:

a) Prendas deportivas de ESE color

b) Dependientes que sepan identificar cuál es ESE color

- Bueno, fucsia, fucsia, berenjenaaaa… – Pone los ojos en blanco, hace una mueca de a mí qué c*rallo me cuenta y vuelve a sonreír como puede – ¿Cómo lo ve?

- Yo lo veo fucsiaaa, abogadooo… – A estas alturas de dolor, ya soy Robert de Niro en ‘El cabo del miedo’. Lo miro a los ojos, intentando que se esfuerce tanto como yo, que estoy muriendo de un ataque de juanete, en pro del disfraz de no sé muy bien qué para el espectáculo escolar de mi niño – ¿Posibilidad de algo más intensamente berenjenaaaaa?

- Ni la más mínima, señora… – Izan me zampa en el regazo la camiseta, como si quemase – Aquí no, por lo menos, puede mirar en algún comercio especializado en indumentaria para ballet o similar.

- ¡Ooooh, genial! – Exclamo, entusiasmada, largándole de vuelta la camiseta, a modo de boomerang – ¿Y dónde está esa tienda…?

- En Coruña hay una muy buena, creo…

No le dejo terminar, le arranco de los brazos la camiseta térmica, tan fucsia como al principio, tan poco berenjena como al principio, y la meto en el cesto.

- ¿Se la lleva, entonces…? – Me pregunta, Izan, incrédulo, aunque feliz con la idea de perderme de vista.

- Así fuese azul pitufo, chato: no voy hasta Coruña ni jarta de Pipermint.

Claro, un mozalbete que se llama Izan y tiene un pendiente en un oreja que semeja una ojal de una cortinón, no sabe que es el Pipermint. Me mira, pensando si no me habré dejado olvidada la medicación, pero se despide con cortesía, ¡angelito…! Mientras me alejo, me doy cuenta de que no puedo andar, entaconada perdida, presa de aquel ataque de dolor en mi empeine. Dos pasos y me paro. ¡Con todo lo que me queda por comprar para el certamen artístico (ironía, porplís) de mi amor de amores! Otro paso, me muero. Ojú.

- ¡Izááán…! – Grito, con cierta desesperación.

- ¡Maaandeee…! – Aterrorizado, se gira como si fuese un teniente coronel.

- Esta botas de m*erda parece cómodas… – señalo el estante de calzado de Treking – ¿Un 37, tendrías? – Soy desesperación hecha verbo.

- ¡Claro! Eso está hecho… – Me guiña un ojo y desaparece.

¡A lo que llega una, eeeh…!, me digo mientras me calzo aquellas botas feas de solemnidad, que mataban por completo mi total outfit de mamá monísima y conjuntadísima 24 horas. Pero fue tanto el alivio, la paz, el no dolor que me invadió, que hasta el fucsia de la camiseta se me antojó ya un berenjena-poco-madurita. Abracé la prenda contra mí y pensé: esto, una pasada con tinte Iberia y ¡santas Pascuas…!

DÍA D. HORA H. SE LEVANTA EL TELÓN. Tacháááán. Van apareciendo los pequeñitos para su actuación estelar.

- Noe, nuestro niño es el único que lleva camiseta de camuflaje, ¿no…? – El padre dixit.

- Ahaaa… – No dejo de grabar con el Iphone.

- ¿Por algo en especial…?

- Mmmssiiii… – Sigo grabando.

- ¿Y me lo cuentas o es un secreto…? – Se ríe, porque me conoce y se espera lo más grande.

- Nunca tiñas una camiseta en lavadora ni vayas de compras si te duele el juanete… – Grabo como si no hubiese un mañana. Nuestro niño, verbigracia de su dulzura, su sonrisa y la customización de la camiseta, destaca sobre los demás, ya lo creo.

- ¿!Y qué dijo la profe…!? – Mi maridito no para de reír, porque es muy sano y sienta muy bien.

- ¿¡Puturrú de Fuá…!? – Yo a mi rollo, dándole al Rec.

- L-a  p-r-o-fe – Al amantísimo padre no le gusta que ponga motes a las profes del niño, por si se nos escapa delante de él. Vaya.

- Puturrú de Fuá no me dura a mí un asalto si le doy un puntapié con la punta de este pie… – Meneo la cabeza, porque hay qué ver que fatiguita para tener todo-todito-todo a punto para el puñetero festival.

Señalo las botas feas como truños que me había comprado en el Pentathlon y que aún llevaba puestas porque no podía calzarme otra cosa (bueno, sí, herraduras, pero llovía y podía resbalar). El paciente padre, con el bebé en brazos, aplaudía al mayor con igual vehemencia que si estuviésemos viendo a Pavarotti en el Scala.

- ¡Mira, Noe, los hay más desastre que nosotros!

Nos fijamos, y uno de los compañeritos de nuestro mayor lleva puesta una camiseta de color verde. ¡Verde! Pero verde como los campos verdes. Así de verde.

- ¡Olééé, un hurra por la mamá de la lechuguita…! – Exclamo, feliz, a todo pulmón – ¡Me hago fan: Plataforma de apoyo en Facebook pero ya! ¡Crowfounding…!

Y es que, cuando la realidad arrolla, a las mamás no nos queda más que la vendeta creativa. Pidieron camiseta color berenjena (cosa fácil, a lo relatado me remito), pero olvidaron que la hortaliza también tiene hojas. Ahí estamos. Puturrú de Fuá: ¡átame esa mosca por el rabo…! Jajejijojú. Tururú. :)

SUGERENCIA MUSICAL, Fai un sol de carallo, de Os Resentidos

https://www.youtube.com/watch?v=NIGPnzhxcc4

Quejarse es un deporte maravilloso que no requiere abono de mensualidad, ni preparativos que siempre acaban en ‘hoy no voy, que ya se me hizo tarde’. Cuando estás taaaaan cansada que hasta para pedir papas tienes que buscar fuerzas allá lejos, en el doble fondo de tu yo qué sé, es hora de levantar un dedo y exclamar aquello de…

- ¡Necesito dormir dos años bisiestos…!

Y ya. C’est fini! Se acabaron las cuitas, porque a renglón seguido, alguien o algo, humano o mineral, requiere de tus servicios; mamá, bienvenidos al perfecto establecimiento 24 horas. Igual da de día, que de noche que medio pensionista. La condición de asistenta del amor, con cuidados y mimos a discreción, no entiende de jornada laboral. Lo mismo da que estés con el esqueleto al límite de sus posibilidades (levantar niños todo el día: me río yo de un aizkolari…). Lo mismo da que ya no sepas cómo contestar al enésimo por qué sin que se escape un ‘porque sí, c*ñoooooyá’. Lo mismo da que el menú del día no sea del gusto del heredero gourmet, que ve en los grumitos de su papilla el Iceberg del Titanic. Lo mismo da, que da lo mismo, porque ellos, los niños de tus adentros, marcan pautas y tempos, ¡y lo sabes…!.

El verano pasado, sin ir más lejos, una tarde cualquiera de las pocas en las que en Galicia hace un sol de c*rallo. El paciente padre y yo disfrutando de una jornada de jardín y piscina hinchable con los niños, lejos del lío que supone ir a dar un paseo con un bebé que no quiere ir sentado en el carrito y un mayor que no quiere andar: el mundo al revés, no se requiere cita previa. Entren sin llamar, gracias…

- Me voy a dar un chapuzón…

Mi maridito, que ya el ocio en singular lo tiene olvidado (lleva al mayor pegado como si fuese un tercer brazo), se dispone a zambullirse en la piscina de la urbanización, que dentro de ser charca y media, es más grande que la nuestra. Yo, que estoy con el pequeño a la sombra de un árbol, intentado que no me muerda más de lo necesario (la jartá de mordiscos que llevo como medalla desde que le están saliendo los colmillos, hay qué ver…), miro, espeluznada, al mayor, que disfruta de las aguas tranquilas de nuestro doméstico estanque de PVC. Sé bien que está libre de peligro de cocodrilos, de olas surferas y de señoras présbitas que confunden a mi niño con su nieto (que es rubio y de ojos azules, pero como ambos llevan idéntico bañador, se come a besos a mi churumbel, a la voz de ‘¿quiere mucho a Tomasiñooooooo? L’aaabueeelaaa…’). Aún así, sin peligro alguno a la vista, tal y como digo, me espeluzné.

- ¿¡En serio…!? – Trago saliva y miro, desafiante, al bebé, que estaba decidido a arrancarme un pedacito de dermis con los incisivos.

- Noe, ¿qué va a pasar…?

¡Zaaaaaascaaaaaa! Fue decir ‘qué va a pasar’, oír como la consonante alveolar acaba de vibrar en todo su -rrrrrrrr, cuando un alarido colosal nos puso los pelos de punta. El mayor, que nadaba en rodeado de flotadores, palas, cubos, pelotas, espadas de goma espuma e incluso algún bicho que decidió acabar con su insectosa existencia, emerge de las aguas con la nariz hecha sangre. Me levanto con el bebé en brazos (por supuesto, para aquel entonces ya me había mordido hasta la clavícula), y me tropiezo con el paciente padre, que corría como si no hubiese un mañana hacia él. Obvia decir, y aún así lo digo, que la distancia entre el árbol y la piscinita del mayor no eran más de dos metros, pero cuando visto el reguero de sangre, narizota abajo, se nos hacía inabarcable, cual San Silvestre Vallecana.

- ¡Ay, ay, ay, a mí me duele algooooo…!

Pobre. El mayor, con la impresión del h*stiazo en todo el jeto, no sabía muy bien dónde focalizar el dolor. Le preguntábamos qué pasó, cielo, qué pasó, amor, contra qué te diste. El niño, asustado por la sangre que le salía de la nariz, sólo se tocaba la cara y hacía aspavientos, señalando todo y nada.

- ¡Voy a por un algodón para hacer un tapón…! – Digo, poniendo al bebé a buen recaudo en el parque, en el que, por supuesto, no quería estar, porque nunca quiere, que no.

Cuando vuelvo, el paciente padre ya había sofocado el incendio. Nicolás no lloraba, pero hacía dibujos con su sangre en las paredes plasticosas de la piscina. Así, más o menos, debió ser el tinglado de Altamira, digo yo, claro que, en aquel entonces, los papás habrían usado flequillo de mamut para improvisar una bolita-taponadora ¡qué menos! Al tema, el caso es que cuando me acerco con el algodoncito para ponérselo en la nariz, mi mayor se asusta y, haciendo de sus manos las aspas de un molino, me impide acercarme a su apéndice nasal, al menos, de manera pacífica.

- Nicolás, hombre, déjame ponerte este taponcito, si no la sangre no va a parar… – El niño sigue dando manotazos a todo lo que se menea, incluso a su padre, que se lleva la mano al hocico, con gesto de dolor. No, pienso, hoy acabamos todos en urgencias. Se admiten apuestas…

- Que no, que no me pongas un ‘taloncito’ en mis narices, que me duele y me sacas mi sangreeeee… – Drama. Lloros infinitos. Intento hacerle entender que es sí o sí, porque no puede estar sangrando hasta el próximo Halloween – Que noooo, que noooo, que noooo, déjameeeee…

Para entonces, ya varios vecinos se habían asomado a sus correspondientes ventanas, alentados por el guirigay piscinero y la llantina del bebé, que no entendía por qué su hermano estaba disfrazado de mascarita de lucha libre mexicana (a la careta roja me remito) y él tenía que estar en el parque, viendo como corría un p*to hurón en BabyTv.

Vale, me rindo. Vale, nos rendimos. El paciente padre (pero paciente como el abuelo de Job, que debía ser la de Dios de paciente) y yo, envolvemos al mayor en una toalla con caperuza, lo ponemos debajo del árbol, taponando la naricita con la mano. Le pedimos que eche la cabeza hacia atrás para parar la hemorragia. Él dice que la boca le sabe a coche. Nos reímos, porque es cierto y certero: la sangre sabe a óxido. A metal. A cochecito miniatura de Guisval. Tal cual.

- ¿Pasó, amor…? – Preguntamos, con serenidad, mientras el bebé sigue y sigue y sigue protestando, porque él no tiene la nariz con pupa, pero tampoco es justo que tenga que estar en el corralito, si no hizo nada salvo morder, que no cuenta: efectos colaterales de la dentición.

Cuando vemos que el mayor ya está calmado y la sangre parece estar cesando, mi maridito me mira y exclama:

- Pues todo esto empezó porque yo dije que iba a darme un chapuzón… – sonríe, desbordado.

- Y ‘qué va a pasar’, te lo recuerdo… – me encojo de hombros y sonrío también, porque desde que tenemos niños, somos un imán para la locura doméstica.

- ¡Ya te digo…!

Oímos una risita sospechosa, que identificamos como trastada. Cogemos al mayor en brazos, aún improvisando un tapón con la mano de papá, y nos vamos a por el bebé. Cuando nos acercamos al bebé, ya no había rastro del hurón en BabyTv, pero sí un reguero de hermosa, olorosa y sanísima deposición por todo el parque. Lorenzo, que siempre ha sido muy hábil con las manos, muy diestro a la hora de manejarse con sus deditos regordetes, se había quitado el pañal, en un ataque de venganza por la reclusión, y, presa de un apretón, se había dejado ir. ¡Y tan ricamente, oyes…!

- Mamita, ¿eso-es-caca-del-culo-de-Lorenzooooo…!? – Con voz nasal (su padre aún apretaba para parar hemorragia), el mayor se coreaba de la creatividad fecal de su hermano.

Yo, que para entonces ya dudaba entre lamer un enchufe o matarme a hidratos de carbono, arqueo las cejas y miro a mi maridito, que suspira y se chasca la lengua.

- Pues una vez leí en algún sitio, que un artista punk hacía lienzos con m*erda, pero con mucho menos estilo, eh…?

- Noe, ¿sabes qué…? – El paciente padre, besa la cocorota del mayor.

- Yo, a estas alturas, sé más bien poco… – Arguyo, cogiendo al bebé para que no saboree su creación…

- Que a los que dan vacaciones de verano en los coles y las guardes, había que darles en la espalda con un cordón de esparto…

- ¡Animal…! – Digo, sin parar de reír – Poco castigo me parece…

Bienvenidos al hotel Mamá&Papá, abierto 24 horas. Sábanas limpias, desayuno continental y mimitos. Late check out y detallito de cortesía. A pedir de boca, oigan… :)

 

 

 

 

Sugerencia musical, Djobí, Djobá, de Gipsy King

https://www.youtube.com/watch?v=KYZ5QmbCYR4

 

 

En qué momento hay que enseñar a tus niños que los valores que los adultos ponemos en alza, no son del todo ciertos. Porque claro, hay que dar mucha zanfoña con el asunto de no se miente, que contar trolas no está bien, y después, cuando los pobres sacan a relucir sus altas capacidades con el uso y disfrute de su infantil sinceridad, nos ponemos del color de un sueco en la Costa del Sol. Rojo se me antoja poco gráfico, cuando la vergüenza tiñe mis mejillas y hace que baile la gota fría, que cantaba aquel.

- Nicolás, mentir es feo. No es necesario hacerlo, porque cuando se hace algo que no está bien, es mejor decirlo y tratar de solucionarlo…

Letanía maternal, versículo 1.

Le das mil y una versiones de lo mismo, todo para que entienda que con la verdad se va a Roma, o París, que aún no entiendo muy bien por qué mi mayor todo lo remite al mismo lugar. Dudo que haya visto ‘Españoles por el mundo’ TVE, así que supongo Disney y el ‘Jorobado de Notre Dame’ algo tendrá que ver. Vale, pues con la verdad, ese don maravilloso, tan loado y buscado por en cualquier situación de la vida, para forjar carácter, sentar las bases de lo que en el futuro será un adulto de bien, crear vínculos sanos con su entorno social, es un arma de doble filo que, os lo aseguro, no tarda mucho en darnos en todo el jeto a los papás animosos, que vemos en la educación emocional una prioridad.

La primera ocasión en la que esa locuacidad infantil para decir siempre lo que l-e-s  a-p-e-t-e-c-e  y  e-s  v-e-r-d-a-d te pilla desprevenida, con la guardia baja, y, casi siempre, con las manos ocupadas para mitigar los decibelios de la tan certera como ‘pero-qué-dice-que-me-va-a-dar-parraque’ elocuencia de tu niño.

- Mamita: ese culo gordinflo, qué…

Cola del supermercado, hora punta. Cientomil humanos en fila, aguardando a que la cajera se entienda con la nueva terminal, que no escupe el ticket ni metiéndole el palo de la mopa por la ranura. Nicolás, que es más bueno que un sol y tiene capacidad para entretenerse censando moscas (minuto y medio, claro), se queda mirando el enoooooooooooooooooooorme pandero de una señora chandalera, de las que usa mallas Nafta hasta para ir a misa de doce. Yo, que estoy pendiente de que él no haga que una docena de huevos se suiciden, carro abajo, me giro, dándole la espalda a la señora y a su sacrosanto apéndice y le digo…

- ¡Shhhhhh…!

- ¡Shhhhhhqué…! – Arquea la cejas; me temo lo peor… – No mihagasshhhhhymiraelculogordinflodesaseñoraaaaa

La señora, que, efectivamente tiene el culo gordinflo pero eso no cursa con sordera, se gira, incómoda, regalándonos una mirada full of rayos gamma, de esos que vuelve malhumorado y harapiento al bueno de Hulk. Me entran ganas de gritar, de salir de allí por piernas, con el niño al caballito para que la huída sea más ¡piuuuuum!, pero pienso que no puedo, porque el bebé necesita pañales, el padre maquinillas de afeitar, yo mermelada de albaricoque sin azúcar y la abuela cereales Kellogs con chispitas de chocolate, entre otras muchisisisisimas cosas que juegan al Tetris en el carrito. Me hago un ‘a mí plin, soy una madre figurín’, y dejo que la cosa se solucione sola, eso sí, entreteniendo a mi amor de amores, para que deje de dar por c*lo con el asunto del diámetro del ídem de la señora de marras.

- ¿Sabes qué…? – Le digo, intentando desviar su atención – Que si hoy llegamos tempranito a casa, vamos a hacer palomitas en el microondas: ¿qué te parece…?

- ¿¡Palomiiiitaaaaaas…!? – Inquiere emocionado.

- ¡Palomitas! – Sentencio, orgullosa, sabiendo que cocinar con mis niños, independientemente de que los granitos de maíz que caen al suelo puedan llegar a Almansa, me convierte, a sus ojos, en una madre molona.

- Pero no podemos hacer palomitas: hoy no metiste en el bolso muchísimas bolsas de papel de esas en las que pesamos las empanadillas, ¿o no te acuerdaaaaas…?

Djobí, djobá, cada día te quiero más, djobí, djobí, djobá.

Meeeeck. Campana y se acabó. No quedaba duda alguna de que yo, la mamá molona que hacía palomitas con su niño, era, además, una birladora nivel PRO. Pero, ¿qué culpa tendría yo de que no vendiesen saquitos de papel para hacer palomitas, y que me viese obligada a ‘despistar’ unos cuantos en sección de panificados? Para aquel entonces, toda la cola de humanoides (la humanidad ya la habían perdido cuando la cajera tuvo que volver a pasar toda la compra de un cliente, a la voz de ‘el sistema chupó todo lo que le metí’; las segundas interpretaciones, cuánto han hecho por la serotonina popular, ains…) se había vuelto para mirarme; algunos, con cara de sé bien de qué me hablas, yo también me agencio bolsas de pesar fruta para la papelera del baño. Otros, los menos, con cara de señoraaaa, hay qué ver qué ejemplo. Pero sin duda, la mejor cara, la de la señora con el culo gordinflo, que vio en mi humillación pública, digna venganza a su celulitis trasera.

- Nicolasiño, hijo, no es necesario decir todo lo que se hace… – Acaricio la cabeza de mi primogénito, aún con sudorcito frío recorriéndome la espalda.

- No hay que mentiiiir, mamita, mentiiiir es feo. No es necesaaaario haceeeerlo, porque cuando se haaaace algo que noooo está bieeeen, es mejoooor decirlo y tratar de solucionarlo

Nicolás C. M., 4 años, genio y figura, imitando a mamá y su empeño en educar en valores sociales con criterio: sinceridad… Con musicalidad y alevosía, así se ganan las batallas que no tienen cabida. De cuando educar en ‘hay que ir con la verdad por delante’ te da en todo el hocico. Pero con la mano bien abierta, oigan… :)

Sugerencia musical,  Las mañanitas, por Alejandro Fernández,

https://www.youtube.com/watch?v=f-QlwwGBf94

 

Los cumpleaños.

 

Como veis, le he regalado un extra de protagonismo al término, que goza de luminosidad y empaque, así, solito, en línea propia, sin nada que lo enturbie o arrebate supremacía emocional. Y es que, queridas mamá tan imperfectas como yo (que soy la más Queen, no se me olviden), no hay maternidad que no curse con lío cumpleañero, sobre todo, cuando lo que se tercia es organizar el primero. ¡Ay, esa primera velitaaaaaaa…! ¡Esa primera tartaaaa…!

 

- ¿En serio…? – El paciente padre mira la lista de invitados y se mesa la incipiente barba no-hipster (falta de tiempo, más bien).

- Papi, es su fiesta de presentación: ¡Lorenzo, un añazo ya, no me digas…! – Respondo, sacándole la lista de las manos, no vaya a ser que se eche atrás.

- Hemos asistido a bautizos con menos peña, la verdad… – Replica, y está en lo cierto.

- Ya, pero nosotros no hemos optado por ese sacro santo invento, te recuerdo…

- ¿Entonces, el primer cumple de los niños es un bautizo laico o cómo…? – Noto cierto tonillo, pero lo obvio, porque tengo prisa por cerrar flecos para el evento.

- Es un all together, porque como lo mismo tampoco nos animamos al siguiente sacramento…

 

Laico, protestante, católico o medio pensionista. El primer cumple de los niños, es siempre la fiesta de las fiestas. El sindiós de los sindioses, en el que no tardas en preguntarte en qué puñetas estabas pensando cuando decidiste (tú solita, no repartas culpas) celebrarlo en casa. Ni más cómodo, ni más barato, ni más entrañable, ni más familiar. Sólo prisas, tensión, nervios, incompatibilidad espacial (8 sillas / 20 culos, no da…) y ansiedad existencial, así, en general. Quieres que todo luzca como los cumples de las pelis americanas, con sus globos maravillosos, engalanándolo todo desde el jardín hasta la puerta, con piñata XXL anunciando lluvia de chuches y baratijas, con guirnaldas vaporosas, dejando claro que allí alguien está de aniversario, y que se le quiere-ama-adora más que todo y mitad. Quieres ser una madre virtuosa de esas que tienen tiempo y maña para imitar ideas en repostería, tan distinguidísimas como resultonas, de las miiiiiiles que publican en Pinterest, la red social del ocio y la molicie femenina. Pero, ¡zasca!, una vez más, la realidad te da en todo el morro.

 

- Voilá…! – Orgullosa, muestro a mi maridito una torta caserísima, a la que he puesto una cobertura de fondant muy colorida.

- ¡Ótiaaaa…! – Pasmado que se quedó, ni h*stia fue capaz de vocalizar – Un bizcocho con chubasquero…

 

Se ríe. No me gusta que se ría, sobre todo sabiendo que yo también me quiero reír, pero tengo tantos pegotes de harina, huevo, azúcar y cacao por la cara, que no puedo, porque me tira como si tuviese una careta veneciana. Miro la tarta y la giro, buscando la forma de que él dé con el motivo que he intentado reproducir tan f-i-e-l-m-e-n-t-e con la pasta repostera de moda. Vaya por delante que nunca he sido buena alumna en manualidades, y que aún recuerdo la cara de mi profe Ana, de tercero de la extinta EGB, cuando vio el florero que había hecho con motivo del día de la madre. Aaaaah, dijo, ya veo que has hecho una flauta, qué bonita. No era una flauta. No era bonita. Modelar no era lo mío. Dicho lo cual…

 

- ¡A ver, papiiiii, esfuérzateeee…! – Le doy otra vuelta a la tarta, buscando un ángulo que, poniendo intención, dé pistas – Es para Lorenzo, por lo taaaaanto tiene que ser de algún dibujito de la teeeeele que le gusteeee muchoooooo

- Dime que no es de BabyTv porque me dan picos de glucosa en sangre… – Sudor frío. Hoyesmidíaespeciaaalhoyesmidíaespeciaaaalesparatiesparamíhoysoyfeliiiiiz. Si algún día nos acomete el Armagedón, ese será el jingle, como si lo viera.

- Frío, fríoooo… – Giro otra vez el pastel, mirando el reloj: tengo exactamente diez minutos para terminar, porque el pequeño se levanta de la siesta como con temporizador: pasado el ecuador de la hora y media, chispum. Eso, y que los invitados toman la casa en menos de tres horas – Ves esto laaargo y rosita, pegado a esta bola más grandeeeee, así toda redonditaaaaa, ¿quién eeeees?.

- Sólo espero no sea lo que pienso, porque lo mismo cuelgan el vídeo del cumple en Youtube, y nos convertimos en viral…

- ¿¡Eeeeh…!? – Miro la capa de fondant, no entiendo – ¡Pepa Pig, papi! ¡P-e-p-a P-i-g! ¿¡Pepapí…! ¿No lo ves?

- ¡Aaaaah…! ¡Vayaaaaquesí…! – Se vuelve a reír.

- Oye, desagradable, no sabes el trabajo que dio hacer el hocico… – Con la espátula, rectifico una grieta que comenzaba a asomar.

- Pues si llegas a querer hacer una p*lla, lo bordas…

 

¡Pero será bocanegra el tipo! Pongo ojos críticos, y tal cual. Ni Pepapí, ni Pepapó. Aquello era un pene con ojos, y sanseacabó. Tenía ganas de llorar, pero no había tiempo para lamentaciones. El tic tac se nos echaba encima, y había que tirar pa`lante. Me digo a mí misma que no hay nada que dos Lacasitos no puedan arreglar, así que coloco estratégicamente un par de grajeas de colores, marcando los ojos de cerdita en cuestión. Miro al maridito, que ahora ya no se ríe, se micciona, mismamente…

 

- ¿¡Noooo…!? – Pregunto.

- Supernó… – No deja de reírse.

- Son los ojitos… – Matizo.

 

- Pues parecen botones de On-Off… – Se acerca y hace ademán de manipularlos, como control remoto. Engola la voz, impostando su ya de por sí grave tonalidad  –  ‘La p*lla mecánica’, la versión porno de Standley Kubrick…

Si hay algo que me saque de mis casillas (además de que Antena 3 ponga anuncios antes del beso final de Oficial y Caballero), es que alguien ose a ser más ocurrente que yo, incluso cuando necesito que lo sea. Como tirarle el rodillo de amasar fondant hubiese quedado muy violencia culinaria nivel 1, le tiro un puñado de harina, que, oh, oh, mala suerte, acaba en toda la cara de mi hijo mayor, que alertado por la juerga y porque se acabó su maratón de tele de BreadWiners, se acerca a ver de qué tanta verbena. Pobre mío, con la carita rebozada en polvo blanco, a lo Sara Montiel en el Último cuplé (Dios la tenga en la pompa que merece…), se pone a llorar. Y no es para menos. Me siento fatal, porque la tarta es un fiasco y ya no tengo margen de maniobra. Me siento fatal, porque mi mayor llora lágrimas de cocodrilo, provocando chorretes en la harina de los mofletes. Suerte de gafas, que protegen su mirada divina.

 

- Lo siento, amor, lo siento… – Beso la cabecita de Nicolás, buscando consuelo, aunque sé, y no me importa, que son mimitos.

- ¿Queeeeesoooomamitaaaa…? – Señala la tarta.

- El pastel de cumple de Lorenzo: ¿te gusta? – Inquiero, animosa.

- No sé… – Se acerca, y se queda mirando en silencio.

- ¿Quién es la que está en medio de la tartaaaaa…? – Señalo a la cerdita en cuestión. Miro a Nicolás, que hace pucheros y no le saca ojo – ¿Quién eeeeees…?

- ¿Es Pinocho gordo…? – Pausa – Seguro que es su primo, porque pinocho es más así como de churro laaaargooo…

 

La barbacoa estaba ya a pleno rendimiento, la mesa repleta de cositas chulas súpermega inútiles, pero que daban una aire cosmopolita a la celebración (las burgers y los hot dogs, las medianoches rellenas de nocilla de los 80’…). La guirnalda de banderolas aún rezumando tinta de la impresora. Todo preparado para la llegada de las hordas familiares, ávidas de abracitos, de besos, de quienquierealaabuelaaaaa. Todo preparado, excepto una tarta que no diese la risa.

 

Feliz, feliz en tu día,

Amiguito que Dios te bendiga

Que reine la paz en tu día,

Y que cuuuuuplas muuuuchos mááááás

¡Bieeeeen!

Plas, plas, plas. Aplausos, achuchones, cera de la vela por toda la mesa, vocerío que clama su regalo sea el primero en abrir. El paciente padre se me acerca y me susurra al oído…

 

- El día que te canses de hacer guiones o escribir novelas, la repostería erótica no se te resiste…

 

En ese mismo instante, mi padre, a la sazón el abuelo de Lorenzo, mi guapo y amoroso bebé, se aproxima a la tarta y, poniéndose las gafas, exclama…

 

- Ay qué ver, Noe, lo que se parece ese dibujito de la tarta a la Jacinta de mi pueblo.

 

La Jacinta, mujer con más bigote que Tejero y con una napia Cyrano de Bergerac. Mi papá divino, salvando siempre mis malas mañas con el arte. El único que vio en mi block de dibujo el despunte de una artista en ciernes. Sé por su cara que aquel hocico le recordó a lo obvio, pero si era tan obvio, para qué mencionarlo. Mejor la Jacinta, que da más risa y me quita de encima el peso de la culpa, culpita, yo tengo, negro, negrito, el corazón.

 

- Pues es una cerda, papá… – Arguyo, apesarada.

- ¿La Jacinta…? – Arquea las cejas – Nunca se supo nada de eso…

 

Carcajada feroz. Se acerca mi maridito a felicitarme por lo lucido que está todo y para informarme de que el confeti de los bazares chinos es comestible: Lorenzo lo ha demostrado. Heces tuti fruti, como si lo viera…

 

- ¿Te sirvo un trocito…? – Me dispongo a cortar una porción de tarta para el padre del homenajeado.

- Vale, pero un trocito pequeño, la puntita nada más…

- ¿Pero vamos a ver, hombreeeee?

 

Otra vez jajás. Que viva la alegría, el disparate y los tutoriales DIY en Youtube. Que viva la marimorena. ¡Y la Jacinta, claro está…!

SUGERENCIA MUSICAL, All I have to do is dream, de los Elverly brothers

https://www.youtube.com/watch?v=hp_L5jfH3Ak

Supongo que piensas que has tocado fondo el día que en tu locura ya cada vez más definitiva y menos transitoria, empiezas a pensar que dormir es un mal no necesario. Y digo mal, y digo no necesario, porque como la zorra y las uvas, que siempre las encuentra verdes  por mucho que huelan ya a mosto, cuando los demás soban, tú estás con los ojos como platos, los nervios como tornillos calibre 8 y unas ojeras osopándicas divinas, fingiendo que con tres horas de casi Zzzz, vas que ardes. Cuando no dormir ya no supone un problema, empieza el problema, beibi.

 

- … todas las noches, a las diez en punto, doctor, sin faltar uno: lloros y gritos como si no hubiese un mañana.

 

Nuestro pediatra, ese hombre curtido en enfermedades, mocos, gastroenteritis, varicelas y madres extenuadas. Nuestro pediatra, que yo no sé si ya lo parieron sabio y viejo, pero el tipo no se inmuta ni aun cuando le cuentas la muerte de Manolete. Allí estaba el erudito, con su no pelo y su expresión de señora, no se haga la especial, que llevo cuarenta años escuchando las mismas músicas, así que, ligerito y acompasado, que hoy juega el Celta. Como creo que no me ha entendido bien la magnitud de mi tragedia, se lo repito, pero enfatizando que mi bebé llora siempre a la misma hora, como si tuviese un temporizador.

- ¿Le dolerá algo, doctor…? – Inquiero, mirando el reloj, porque sé que tengo media hora para acabar consulta, coger el coche, llegar a casa, dar la cena al mayor, entretener al pequeño para que deje cenar al mayor, dar de cenar al pequeño, meter en la cama al mayor y bajar para sofocar el griterío que se avecinaba, llegada la hora H(-oy me entrego en Si bemol ).

- ¿Usted que cree…? – Me zampa.

- ¿¡Yo…!? – Me encojo de hombros y me entran unas ganas locas de llorar. Pero llorar como un río. No, un río es poco gráfico, creo que quiero llorar como la Fontana de Trevi. Sí, eso es.

- Lo que creo, señora, es que Lorenzo es un bebé, y los bebés lloran. Es un niño sano, y eso es lo único importante…

J*deeeeeeeeeeeeeer. Y tanto que sí, lo único importante, pero digo yo…

- Más razón que un santo, doctor… – Le digo – pero será igual de sano a las diez de la noche que a las dos de la tarde, y, sin embargo, el sindiós empieza cuando llega la noche…

- ¿Pero llega a calmarse…? – Sentencia, sin levantar la mirada del historial que parece estar perpetuando con un Bic azul punta gruesa (no usa ordenador: tiene los datos toooooooodos en la cabeza).

- Hombre, sí, pero mamasita María del Carmen… – Me persigno con la mano izquierda, porque la derecha la tengo ocupada con el bebé, que está sacando punta a los incisivos con mi nudillo. El dolor no existe, el dolor no existe…

- Pues dé gracias, señora, porque los hay verbeneros, de los que alargan la fiesta hasta la madrugada…

¡Zasca! No sé quién dijo aquello de ‘no dar por el pito más de lo que el pito vale’, pero me imagino que un chino confúcico no fue (poco karma veo yo en el asunto), pero tal cual. Cuando pensé que lo único que podía desestabilizar un hogar familiar como el nuestro, acostumbrado a un mayor que no había llorado ni con motivo, era la perrencha de antes de dormir, el bebé nos dio un recital que se te caen las pestañitas, chatos: ¡una a una…! Aquella misma noche, mi querubín, rubito, de piel blanca y sonrosada, de ojos verdes como papá, se pegó una llantina que me acordé de mi prima la coja (que no tengo, pero le puse pata de palo a toda la estirpe familiar).

- Noe, pero ¿qué le pasa…? – El paciente padre, incrédulo, miraba la mini caja torácica; todo aquel vocerío de aquel pecho tan pequeño.

- ¿Quéééé diiiiiiceeeees…? – Con el bebé en brazos, acunándolo cual góndola veneciana, daba y daba y daba, sin conseguir consuelo al llanto hiperdecibélico del susodicho. Tanto daba y daba y daba, que la Biodramina no hubiese estado de más, porque menudo vaivén… – Habla más alto, que no te oigo…

- ¿Pero por qué llora tantoooo…? – Previsor, el padre corre a cerrar la puerta de la habitación del mayor, porque sólo faltaba que también se despertase, uniéndose al aquelarre de berridos e hipíos.

- ¡Y yo qué c*ño sé, papi, qué c*ñooooo sé…! – Desesperada, sigo dale que dale, acunando con tanta vehemencia, que ya no sé si tengo brazos o qué. Once again, no hay dolor, no hay dolor. ¡Hay, c*rallo, hay…!  Doy fe.

Y lo que son las cosas, porque en medio de aquel berenjenal de lloros, gritos y desesperaciones por saber qué pasaba, lo intentas todo, menos lo más obvio y necesario, que es resignarte y esperar a que escampe el temporal. Sabes que el bebé no puede estar así de entregado al dramón mucho rato más, porque aquello requería la energía de la central nuclear de Vandellós. Y aún así, no visualizas el fin del guirigay, con lo que ello redunda en stress nivel ‘yo para ser feliz quiero un camión, llevar el pecho tatuado, camisetas y mascar tabaco’.

Yo, para ser feliz ya sólo quería que no doliesen los brazos.

Cuando crees que todo está a punto de chispum, el regazo del padre, que se acerca a ti para dar consuelo en lo inconsolable, es la luz al final del túnel…

- Noe, vamos a morir todos…

- ¡Oye, no digas eso ni en broma, que aquí hay mucho que criar..! – Empiezo a gimotear, porque estoy taaaaaaaaaaaaaan cansada que lo único que me queda y que puedo hacer mientras sostengo al bebé, con un cargo de conciencia bestial por no ser quien de calmarlo, es llorar. Llorar como hace mi gordito, que lo borda y a alguien habrá salido…

Cuando creíamos que todo iba lo suficientemente mal…

- ¡Maaaamiiiiiitaaaaaa…!

El intercomunicador infantil, ese mejor amigo. Aunque mi mayor ya no era un bebé, seguíamos teniendo su sueño vigilado, por si yo que sé, haciendo de su descansar a pierna suelta un auténtico Gran Hermano. Vale. El pequeño en pleno ataque lacrimógeno, ya sobrepasando la barrera de las once de la noche (‘Dé gracias, señora, porque los hay verbeneros, de los que alargan la fiesta hasta la madrugada, dé gracias, señora, porque los hay verbeneros, de los que alargan la fiesta hasta la madrugada, dé gracias, señora, porque los hay verbeneros, de los que alargan la fiesta hasta la madrugada…’ Gracias por el mal fario, doctor), así que, le endilgo el petate llorón a mi maridito, y subo las escaleras de dos en dos, para llegar cuanto antes a la habitación del mayor: si no podía calmar a un uno, dos se me hacía inabarcable. Algo en mi cabeza turuta y fuera de sí deseó ser una deidad hindú de esas que tiene brazos a lo loco, cual sombrilla vista desde abajo.

- Mami, porquélloratantomirmanoooo… – Abrazado a mí, el mayor tampoco entiende nada.

- Porque se quedó dormido viendo el capítulo de Dora en el que tiene que ir a la colina de los arándanos, y no sabe si llegó o no… – Me invento una trola, besándole la cabecita.

- Pero claro que llegó, mami, Dora siempre llega, ¿no ves que tiene un mapa…? – De fondo, no dejamos de oír al bebé, llora que te llora, y al ya-no-paciente padre entonando los Cinco Lobitos.

- No hagas caso, amor, que ahora si no tienes un Tom Tom Go no llegas a ningún sitio…

- Yaaa, pero tú no le haces caso a lo que te dice la chica del tontón… – Es genial la genética, que hace que tus minitús hereden lo bueno y/o lo malo de ti, en este caso, la verborrea es muy made in Mami – ¿Te acuerdas que nos perdimos para ir a la piscina de bolas el día del cumple de Martín, te acuerdas…?

- Me acuerdo yo y el santoral al completo, a catalogué sin dejar uno, hasta que fui capaz de volver a meter los parámetros de búsqueda en el Tom Tom Go…

BuáBuáBuábUaaaaaa. Los lloritos que se colaban desde la planta de abajo se iban apaciguando. Me tiré en la cama con el mayor, con la excusa de confortarlo mientras se quedaba de nuevo dormido y, muuuuucho antes de que él se durmiese, me quedé cochifrita. Lo siguiente que recuerdo fue despertarme sobresaltada, con la mano conocida de mi maridito, que me anunciaba que el pequeño se había quedado dormido media hora, pero que había arrancado el megáfono de nuevo…

- Quédate, no bajes, pero era sólo por si ves que hay que llamar al 061 para comentarle el fenómeno… – Me dijo, cerrando la puerta, para que los lloros desde la minicuna del salón no se colasen de nuevo en la habitación del mayor.

- No creo – Susurro, mientras me incorporo – Ahora que, pon Telecinco, y si sale el anuncio del exorcista ese que sale con una cinta de moneditas en la frente, coge el número c*gando leches, porque aquí hay que apalabrar con el mas allá…

Endemoniado o no, el bebé nos dio una noche del quince. Afónico estaba de la pataleta. Pero, lejos de ser un hecho aislado (quién nos diera…), aquello se convirtió en costumbre, y lo de dormir en esta casa, tan a rebosar de amor como de locura y desorden juguetero, se convirtió en una ruleta rusa. Y cual pimiento de Padrón, algunas noches dormimos, otras no. Pero eso no importa, porque cuando tú te le comentas a cualquiera que no duermes porque tienes un bebé, lo asumen con una naturalidad apabullante, como si no dormir fuese inherente al cargo de ser padres. O lo que es peor, te sientes como el orto de Odín, cuando confiesas que llegas a meter al bebé en tu cama, para ver si así puedes coger el sueño una hora seguida. No falta la madre experta, la gran foca monje, con su bigotito de foca monje also included, que te recuerde que es una temeridad acostar a los niños en la cama de los padres. Y lo es, no digo que no, pero también lo es ser cruel con la debilidad y sueño ajeno, y ellas lo son. Yo no voy a aplastar a mi niño, más que nada, porque no pego ojo, sólo descanso aprovechando que deja de llorar: me convierto en un camaleón, con un ojo abierto y el otro cerrado. Mami siempre vigilaaaaaa.

- Cómprate una cuna de colecho, que son muy útiles; pero cama: ¡camaaaa, nooooo…! – Y la foca monje y su mostacho se permiten menear la cabeza, sin repara en que no es eyeliner lo que me enmarca los párpados: es p*to insomnio.

Y tú un bozal, chata, que hay que ver lo mucho que se arreglaría lo tuyo con la boca cerrada y la máscara a lo Aníbal Lecter. Noe Martínez, la mujercita que nunca se duerme en los laureles, ¡más quisiera yo…! :P  

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