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No es lo mismo educar que criar, como tampoco es lo mismo disfrutar que sobrevivir. Cuando ya nada depende de ti como ser plurineuronal, capacitado para tomar decisiones de manera individual, sabes que tu abnegación de madre ha cantado bingo. Antes, no me acuerdo muy bien cuándo, pero, en todo caso antes de ahora mismito, cuando me apetecía desayunar a reloj suelto tic tac tic tac, emulando un huevito de dinosaurio, con las piernas recogida sobre mí misma, mientras de fondo sonaba Regatón, pues lo hacía sin más. Sin contemplaciones, sin planes previos, sin renuncias y, ofcors, sin prisas. Ahora, queridos todos, fantástico es el día en que puedo desayunar sentada de medio culo: el otro medio siempre está preparado para salir corriendo a la voz de mamiiiiiiiiiiiii.

- Pues yo no quería esto, eh… – Mi mayor me insta a que le aparte el Colacao, que no ve la tele.

- Desayunar no es una opción discutible, amor… – Y vuelvo a poner el vaso de leche en su sitio – Quiero ver el vaso vacío.

- Ya, pero yo sigo sin querer esto… – Y otra vez, barrera humana.

- Ffffffh… – Suspiro-bufo, sabiendo que perder los nervios no se me da bien. No me sienta bien. No acaba bien – Vamos a empezar de nuevo, muchachito. Te dejo aquí el desayuno, sería maravilloso que te lo tomases antes de que perdamos el bus.

Me retiro a la cocina, un lugar en que suelo encontrar refugio cuando necesito respirar hasta todos los números del cosmos, antes de explotar. Lo sé, una negativa a ingerir alimento de buena mañana no es el motivo de mi conato de ‘estoy hasta el c*ño moreno’, es la a-c-u-m-u-l-a-c-i-ó-n de negativas a no ingerir alimento de buena mañana lo que me tiene minada perdía. Mientras tanto, en otra esquina del salón, el bebé quiere comer un gusanito de maíz, olvidado bajo un sofá. Lleva un rato intentado salirse con la suya, metiendo hasta un palo de golf para ver si le ayuda en su golosería.

- Mamita, el sofá grande mordió el brazo de Lorenz…

- ¿¡Pepepepepéééé…!? – Oigo como el paciente padre se persona en el lugar de los hechos, alarmado, con seguridad, por la desconocida capacidad de nuestro sillón para deglutir brazos de niños.

- EsunsanitomíoesdeLorenzoooo*

Es un gusanito. Es mío. Es de Lorenzo*

Y con eso, debería quedar todo dicho, y al carácter de mi bebé me remito. Es un gusanito y es suyo, que si no queda claro, se llama Lorenzo. Aunque mis miniyó han salido del mismo horno (quizá no la misma puerta: parto y cesárea, oh yeah), cada uno es un universo colosal en sí mismo. Se parecen lo mismo que un calabacín a un jamón de Huelva. Actúa, sienten, reaccionan… y comen, cada uno a su bola Manola. El mayor es un gourmet del asunto, el pequeño es bipolar gastronómico: puede que sí, puede que no y, puede, que incluso todo lo contrario. Esta mañana, sin embargo, jalarse un gusanito seco como reliquia de San Apupurcio mártir, es plato de gusto. Eso, y dejarse el brazo atascado entre el sillón y el parquet, claro.

- ¡Lorenzo, hijo, pero cómo…!

Y tampoco termino la frase, porque para qué. Me limito a colaborar con el plan de rescate, basculando el sofá para que la excarcelación sea exitosa. Ya con uno de los laterales del mueble volando (el del lado del padre, obviamente, que mi forma física empieza a ser de Wonder Woman, pero en todo caso, aun en prácticas), el bebé, ya con el brazo liberado, ve vía libre para meterse de cuerpo entero bajo el sofá: esungusanitomíoesdeLorenzoooo*, hagamos revival. Ya con el gusanito en el buche, nos mira y sonríe. Nos mira y sonríe, y lo hace como sólo lo pueden hacer:

a)       Damian, el prota de El Resplandor

b)      El Jocker de Batman.

c)       O Lorenzo, el galán más hermoso que ha parido madre.

- Pero papáááá, ¿le estás poniendo el sofá de sombrero al bebééé…? – El mayor, fascinado por la fuerza ignota de su padre y porque en medio de aquel sindiós nadie (nadie soy yo, gracias) repara en que no se ha tomado aun el Colacao, tiene los ojos abiertos como dos tapas de alcantarilla.

- Que no, hombre, que no se lo pongo de sombrero: es que le estamos haciendo una guarida de león… – Y papá deja caer el sofá a su lugar de origen, aprovechando para acariciar la cabeza del bebé, que trata de hacer digerible el gusanito que por fin tiene en la boca.

- Dirás de leoncito, papá, que Lorenzo es pequeño, jovetas… – El mayor reclama su momento Paulo Coelho – El león grande soy yo, ¿o no me ves el músculo de jefe de la manada de la casa?

Y cuando quiere lucir bíceps envidiables, da un golpe al vaso de Colacao, que se precipita, mesita adelante, empapando la carpeta de documentos de papá, esa que nunca está en la mesita de desayunar, pero que hoy, por necesidades de guión matinal, tuvo que dejar sin vigilancia mientras liberábamos al come gusanitos y su brazo atascado.

- ¡No me j*das…! – El paciente padre, que sigue siendo padre (el mejor), ya cada vez menos paciente (y no es para menos), se tira en plancha sobre la carpeta en cuestión, que rezuma leche y grumitos de Colacao por doquier.

- Tan cansada que estoy, que ni aunque te insinúes… – Hago chascarillo-rompe dramas, porque el pobre está desolado. Madrugar y ser feliz suelen ser dos términos de difícil coyuntura en él, pero si a esto le sumas la inacción del bien del hogar, el resultado es demoledor.

- Mira, mira, mira… – Se hace un silencio, mientras el padre mira al mayor, aun con los ojos como tapas de alcantarilla, pero ya por muy otros motivos – es que, es que, es queeee…

- Papi… – Llamo la atención de mi maridito – Te falta una.

- ¿¡Cómo…!? – Me mira, contrariado, buscando con qué adecentar su carpeta de documentos, que aún tiene aspecto de suelo lunar, toda cubierta de grumitos de chocolate soluble.

- Que te, que te, que te… – Y hago volar la palma de la mano, cortando el aire como un remo.

- ¡Quetequetequetequeroooommmpapááááá…!*

Quete, quete, que te quiero, mmm,  papá*.

Y el bebé, que nos ha salido de caracterquetec*gas.com,  pero cariñoso a morir, se echa a las piernas de su padre, seguro de que, sea lo que sea que se cuece allí, en el salón de casa, aun con las luces encendidas porque es casi de madrugada, alguien necesita cariño y comprensión. No hay mal que cien años dure, y si hay niños en casa, ni tiempo para hacerte las curas: ¡Palabrita!

- ¡Auuuuuuyyyyyyy…!

Y el paciente padre y yo miramos al mayor, que en un alarde de unirse al aquelarre de arrumacos padre-hijos, se dado con la esquina de la mesa en todo el pie; los niños tienen un arcángel, que ríete tú del de los gatos y las siete vidas, pero cuando hay esquina y hay pie, hay h*stión en todo el meñique. Sabemos, por experiencia empírica y porque su cara es tal cual el cuadro de Munch, que allí tiene que haber pupa.

- No me toquéis mi dedito, que se me quiere caer… – Llanto monumental, no es para menos – ¡Ay, que se me quiere caer mi dedito, cómo me duele mi deditoooooo…!

Y el pequeño, que ve que hay mondongo sanitario, se acerca al mayor para hacer un sanasanaculitoderana, y, en lugar de ver cómo lo reciben con los brazos abiertos, el mayor cree que le va a tocar el dedo, y sin querer-queriendo, le da una patadita en la barriga, que hace que el pequeño vomite tooooooooooooodo el biberón con cereales, las dos galletas y, no se olviden, el gusanito reseco que originó este Tsunami de despropósitos.

- ¡No me j*daaaaaaaaaaas…! – El paciente marido, cual prima dona.

- Ya te dije que no, papito, no insistas… – La pomposa madre, cual sexi-remilgada Bombi ¿por qué seráááá?, del extinto ‘1, 2 ,3’. Otra vez chascarrillo no apto, por aquello de restar tensión negativa.

Y los dos, papá y mamá (o lo que queda de nosotros aunque sean las 07:25 in the morning), nos dejamos caer sobre el mismo sofá que minutos antes devoraba el bracito del bebé. En silencio, con más ganas de no ser que de ser (sería mucho más fácil: Walking Dead somos nosotros), vemos como la carpeta de documentos súper importantes de papá está napada ahora con vómito de olor dulzón. Podríamos llorar, gritar, exigiendo y dirimiendo responsabilidades (¿quién es culpable, el de la patadita o que el que vomita?), pero con respirar, mirar el reloj para saber si aún estamos a tiempo para coger el bus o hay que organizar un plan de reparto guardería-cole en nuestros coches, nos tiene absortos.

- Mamita, mira… – Nicolás, feliz, se acerca a nosotros, buscando aplauso – Me dijiste que no me levantase hasta que estuviese el vaso vacío…

Y, cual trofeo de tiro al pichón, nos enseña cuán de vacío está el recipiente. No se lo ha bebido (a la carpeta me remito), no ha desayunado, pero ha cumplido con mi dictamen. Vean aquí, queridos míos, la rapidez a la que funcionan las conexiones neuronales. Cinco años, y queriendo darme sopa con hondas.

- Una cosa os pido a vosotros dos, chicos… – Miro a los niños, me enjugo los ojos, sin percatarme que ya estaba maquillada (Eyeliner corrido = oso panda. Genial, well done!) – Sólo espero que cuando crezcáis no tengáis la desvergüenza loca de decir que no os sentisteis atendidos o queridos o escuchados o lo que sea que os atormente.

- Lo dirán, nena, lo dirán: ¿dónde estriba la duda…?

Oímos en el reloj de pared del vecino (paredes de Pladur, oda a la intimidad), como dan las 08:00. Ya está, hemos perdido el bus; pero allí estamos, los cuatro sentado en el sofá, seguros de que cuando todo este sindiós delirante acabe, cuando criar y educar ya no sea una carrera de obstáculos a contrarreloj, echaremos la vista atrás y diremos, qué vida tan c*jonuda tuvimos, cariño, qué bien lo hemos pasado, lo mucho que nos hemos querido. Aunque ellos, los hijos, siempre tengan reservado un huequito para las frustraciones y los reproches adolescentes. No importa, nos haremos con ellos, aunque sea parapetándonos con la carpeta de los documentos importantísimos de papá, esa que por lo visto, lo soporta todo… :)

 

6.- PEREZA

Así, cabeza abajo, inspirando aire invertido, haciendo que todo encajase en el puzle incompleto de mis no sé qué hacer. Cuando la cordura manda al carajo el plan A, lo que viene después siempre suele ser mucho peor, pero curiosamente más entretenido. No digo que sea más divertido, ojo, observo, solamente, que da más que hacer. Y salga bien o salga mal, it’s no my business, porque me protege la ley de medio ambiente como especie en extinción, capaz de sufrir uno y llorar dos. Un espécimen único en el mundo, que puede rellorar rinconcitos ya llorados, falsamente superados. Un maravilloso ejemplar de plañidera anfibia, que puede flotar, cogida a sus penas, por mucho gin tonic on the rocks que me quede en el vaso. Y aquí estaba yo, cabeza abajo, poniendo negro sobre blanco en la poca sangre que aún me quedaba en propiedad, tras la herida de no saber perderle.

Fue en un pueblo con mar, una noche después de un concierto. Yo reinaba detrás de la barra del único bar que había abierto… ya lo cantó alguien antes, sin embargo, la tristeza no me advirtió de que la historia era extrapolable a cualquier corazón errante, que vaga solitario en busca de caricia que lo calme. Cierto fue, entonces, que yo era la camarera. Cierto fue, igualmente, que él entró de sopetón, como sin querer, con aspecto de no saber si pedir algo de beber o una tacita de Sopistant. Ese aire taciturno, tan de perrito sin hueso, que le salía sin querer, que le arropa el yo qué sé, yo pasaba por aquí, inundó el local. No diré yo que hubiese ciento y la madre de clientes, porque ya era hora de cerrar, pero algún impenitente habitual aún había, adornando la mesa junto a la ventana. Y, de repente, él. Él, qué más puedo decir de aquella primera y única vez que le vi. Él, su lánguida sonrisa de vaca sin cencerro. Él, y en la radio sonando bajito un Sabina de voz vivida y rasgada, que, como siempre, sabía de qué pie cojeo. Se acercó a la barra como si lo hubiese hecho mil vidas antes, y se sentó, en silencio. Dejó caer las manos y apoyó la cabeza sobre ellas. No dijo nada, sólo me miró, mientras tarareaba a puro susurro ‘y morirme contigo si me matan, y morirme contigo si me muero, porque el que no muere mata, porque amores que matan nunca mueren’.

- ¿Te pongo algo…? – Le dije, para romper la magia y que su polvo de hadas no acabase de dejarme helado el corazón por los siglos de los siglos.

- Una vida a tu lado, sin hielo ni limón. Contigo no necesito aderezos…

Touch down. Tocada y hundida. Estocada en toda la coraza de niña con Máster en Chulitos de Última Hora. Para todo podía estar preparada, que por condones y toallitas refrescantes la cosa no era. Podía estar preparada para todo, como digo; para todo, excepto para ver verdad casual en unos ojos en los que no me había visto reflejada jamás. Soy camarera, no gilipollas. Sé cuando un tío me quiere meter en la cama o en almacén, para arreglarnos la noche y alegrarnos el día. Estoy acostumbrada a los príncipes multicolor, que intentan a cada momento hacerme creer en leyendas de caballerías y corceles blancos. Estoy acostumbrada al juego de falsos cortejos, que así va el asunto, para qué engañarnos. Pero no estoy acostumbrada hoy, ni lo estaba entonces, para recibir un extra de ocurrencia y atractivo por parte de un no sé tu nombre, ni falta que hace, y que me hiciese sonar do-re-mi-fa-sol-la-si costilla arriba, costilla abajo.

- Vaya, me pillas sin vidas del tiempo – Le dije, sonriendo – Puedo ofrecerte un ‘ese cuento ya me lo sé, beibe’, en este pueblo gusta mucho…

Él, con tu sonrisa horizontal, ligeramente apuntada en las comisuras, rió a todo pulmón mi mandoble torero. Para mandarle al carajo me sobraba noche, así que la retórica fue mi sobre sorpresa. Carcajeó liberado, con tanta gana como si las ansias de ser feliz le molestasen en la glotis. Me gustó oírle, me gustó verle, me gustó mirarle. La sonrisa, como tantas otras bellezas paganas, sólo sienta bien a los dioses capaces de diabluras. Se me antojó libre, sin complicaciones, con esa dosis de felicidad desenfadada tan necesaria y envidiable para una chica como yo, que sueña con hacer realidad su a la mierda con todo. Lo sé, podría hacerlo cuando me diese la gana, porque qué podría perder la que nada tiene, salvo kilómetros, carretera y manta, pero la falta de apetito vital es un mal familiar que arrastro con ego-filosofía y Coca-Cola light.

- Si sigues mirándome así…

- Si sigo mirándote así voy a tener que besarte, y yo no soy ir por ahí besando a desconocidos… – me cortó.

- No sabes lo que alegro – le dije, sonriendo, mientras me apoyaba en la barra frente a él, a escasos centímetros del perímetro de fuego – porque este año se lleva mucho la barba y el bigote. Besar a un hipster debería ser considerado deporte de riesgo…

Volvió a sonreír, pero esta vez mucho más relajado y abandonado a su luz natural, esa que me cegó de una vez para siempre jamás. Tan cerca de él, barra de por medio, pude respirar su aliento, mezcla de roncito-cola y algo que me recordó al almizcle. Se me vino al paladar la idea de que besarle tenía ser como saborear un caramelo tofe de Solano. Instintivamente, cerré los ojos, imaginándome como sería sentir el dulzor de su boca sobre la mía. Corriente eléctrica, 220 V a su puta bola, cuerpo a través. Sentí como me rozaba los labios, ansié fuera, en verdad, el beso soñado, pero no, cuando abrí los ojos, vi como me dibujaba el contorno de la boca con el dedo, con sumo cuidado, con dedicación renacentista, con virtuosismo propio de maestro de la Capilla Sixtina. Desde la mesa de la ventana, alguien requería mi atención, a golpe de otro cacharro, morena de mi copla. Aun a riesgo de que el fin del mundo dependiese de que yo le acercase un cubata a aquel roba escenas de amor, nunca estuve tan sorda, ni tan muda… ni tan ciega de abrázame hasta que nos pille la mañana.

Lo que pasó después, lo recuerdo muy entre sudores, risas y embestidas. Salimos del bar como si hubiésemos sido pareja desde mucho antes de haber nacido. Nada de aquí te pillo, aquí te mato, que habría roto el hechizo de lo bueno. Hicimos nuestro el arte de la seducción, y cada uno cuidó  su baza, para asegurarse un bonus extra en la batalla final. Estaba claro donde acabaríamos, porque no había sitio mejor en el que guarecer nuestro quédate conmigo hasta que se nos duerman las ganas. Al abrir la puerta de mi casa, el escenario de mi yo habitual, el de soledad escogida porque donde hubo desamor, dolor queda, me laceró un instante. Allí, en el umbral de mi cueva, donde me guarecía y me guarezco, donde me dejo llevar por el cansancio para no pensar, miré hacia atrás, presa de aquel olor a tofe que aún salía de su boca. No lo había probado, pero sabía que en cuanto nuestros labios se rozasen, aquel dulce sabor me acompañaría para siempre jamás. Sin remedio. Sin remisión. Sin resistencia. Sin oposición y con todas mis fuerzas, me dije, sí, sea lo que sea, acabe en lo que acabe, es él. Este es mi minuto de amor. Me lo merezco.

Aquella noche fue indescriptiblemente genial; por mucho que me esfuerce, no podría dar un símil a lo sentido, porque nunca antes mi piel había vivido así. El delicioso sabor a tofe, oh my God…!, dio paso a lo demás, y para cuando me di cuenta, estaba poniendo más corazón que pasión, y mi cabeza iba y venía, imaginándome que aquello no iba a acabar nunca. Buen sexo, el mejor, ¡qué coño voy a decir! Pero no era eso lo que me hacía volar cual bailarina del Bolshoi, era su actitud relajada, su necesidad de caricias y cariño a partes iguales, su aura de muchacho sin dueño, de hombre que va de hombre que está a gusto con una mujer que está a gusto. Su manera de hacer fácil aquel acto de pasión entre dos desconocidos, esforzándose por filtrar la caducidad de lo nuestro de aquel encuentro. Se empeñó en hacerme sentir bien, y lo consiguió. Tanto, que cuando nos quedamos dormidos, me acurruqué en su axila, olvidando que no soportaba el olor humano cuando no era mío. Aquel olor a gladiador en la arena me hizo perder la cordura. Respiré el aroma de su vello sudado, sin importarme nada o un  pito que mi nariz lo rechazase, porque todo lo demás de mí, de la cabeza a los pies, deseaba impregnarse de aquella sensación de haber llegado a casa.

- ¿Quieres que me duche…? – Me dijo, sin salir del duerme vela, al oír mi respiración intensa bajo su brazo.

- No, si no es conmigo – Le dije.

A renglón seguido, estábamos en mi desvencijada bañera, sumergidos en un agua calentita, oliendo a gel Legrain París de bote violeta. Enredados cual guirnalda de navidad, pies con pies, piernas por doquier, abrazados para sobrevivir al iceberg de espuma colosal que venía hacia nosotros. No recuerdo muy bien de qué hablamos, tampoco es importante. Recuerdo la estampa y la comodidad de sus brazos, recién descubierta. No era la primera vez que mi bañera tenía invitados, pero sí la primera vez que yo no los sentía como tal. Noté como todo tú crecías de amor hacia mí, y me gustó la idea de amarnos en el baño. No había mucho sitio, tampoco era necesario. Otra vez risas, susurros, miradas, caricias llenas de complicidad. Silencio. Inspiración. Silencio. Expiración. Silencio. Inspiración. Silencio. Expiración. Sssssssiiiillllleeeeennnnciiiiiiooooo. Oooooh.

- ¿Te hago daño…? – Me dijo, intentando protegerme de algún modo, del rigor de la cerámica de la bañera.

- Se me ocurren mil maneras de llamarlo, pero daño no…

Y llegó la mañana. El sol que se colaba por las rendijas de la persiana anunciaba que el influjo del hechizo se había acabado: había que tomar una decisión. Yo era la camarera del único bar que había abierto en un pueblo en el que él había parado por casualidad. Él era… ¿quién era él? ¿Qué sabía yo de él, salvo que había sido lo mejor de mí en los últimos años? ¿Qué ganaba yo con saberlo? ¿Quería saberlo, realmente? ¿Y si, a la luz del día, aquel muchacho ideal se tornaba tosco como todos los demás? ¿Y si aquella sensación extraordinaria de sentirme bien era una quimera, una sombra platónica, a lo mito de la caverna? ¿Y si…?

Me he tomado la libertad de ahorrarte la parte fea. Me marcho sobre las 13.00. Estaré en la plaza esperándote, no vengas a despedirte si no es para venirte conmigo.

Me encantaría llegar a quererte, sólo eso.

Lo que en cualquier otra circunstancia hubiese sido un final colosal, porque los ya te llamaré, si eso se me daban fatal, aquella mañana me sacudió como un cólico nefrítico. Se había ido sin avisar, improvisando un post-it sobre la mesilla, aprovechando una página de un viejo dominical que había sobre la mesa. Se había ido. ¿Cómo no lo había oído, yo, que presumo de tener oído de tísica? Fácil el exceso de relajación me había anulado la conexión a la realidad. Tan bien y tan cómoda y tan plácida y tan feliz y tan de todo me había quedado tras nuestra noche juntos, que la mañana me había pillado con el Zzzzzzz por sorpresa. Miré el reloj, eran las 12.30, si me apuraba, podía alcanzarlo, a él y a su promesa de hacer todo por quererme. Recorrí mi casa con la vista, me vi en cada rincón, a mí y a mi soledad escogida porque mi anterior historia de amor me había dejado mutilada la vena de la ilusión. Pensé meter en una bolsa cinco bragas, dos Push-Up, tres vaqueros que me quedaban como un guante y cuatro camisetas de tiras que hacían de mis tetas dos buenas razones para no dejarme ir tras la primera discusión. Pensé en ir al baño y hacer un hatillo de emergencia, con dos cremas, el cepillo de dientes, la plancha del pelo y el cepillo de rulo. Pensé en coger dos pares de sandalias y unas All-Star por si resultaba inevitable ir a pasear con su madre o el perro de su herman (¿tendría perro su hermana? ¿Tendría hermana? ¿Tendría madre? ¡Ay, Dios!, ¿y si no le caigo bien?). Me latía el corazón a todo trapo. PomPomPomPomPomPom. Podía dejarlo todo. Tenía que dejarlo todo. Debía ir con él, que no tras él. Pero…

Tiriiiiiin.

WhatsApp. Cojo el móvil, obviamente no podía ser él, porque las horas compartidas habían dado tiempo para casi todo lo importante, menos para darnos el número de teléfono. Miro la Display y veo que el pasado se afanaba en recordarme que es la vida la que actúa a capricho, no yo la caprichosa. Después de muchos meses, quizá no tantos, pero mi psique así los había sufrido, Gonzalo, mi ex pareja, había decidido contestar a mis tropecientos mensajes de arreglemos esto como adultos, no te escondas detrás del silencio y hablemos, lo nuestro no puede acabar así, sabes que yo te quiero como nunca he querido a nadie, un error lo tiene cualquiera, yo a ti te lo hubiese perdonado, lo siento, lo siento, lo siento, lo siento.

Por un instante, quise borrar el mensaje sin abrirlo, porque hacerlo significaría volver atrás y ahora estaba en otro punto, quizá el de partida hacia ninguna parte, pero acababa de ver la luz tras un invierno largo de culpas y por qué siempre la cago cuando algo vale la pena. Me temblaban las manos, sabía que, fuese lo que fuese que Gonzalo quería de mí, el sólo hecho de que por fin me hubiese contestado, no podía ser mala señal. No teníamos cuentas bancarias en común, no había pertenencias que devolver, no había regalos que retornar a modo de reproche. Fuese lo que fuese que quería, debía ser en positivo. Miré la nota sobre la mesilla, aquella esquina de revista rota a mano, como con prisa pero seguro de que cumplía las funciones de carta de amor 2.0, y pensé en lo bien que debía estar pasándoselo el destino, poniéndome en la disyuntiva de empezar o retomar. Cuando el futuro depende de un Thelma y Louise, mar o montaña, izquierda o derecha, siempre pienso que mi intuición se queda sin armas. Sabiendo como sé que a mí no me toca la Primitiva ni soplándome los números ganadores dos semanas antes, siempre  pienso que la clave para acertar es tomar la opción contraria a lo que decido.

Dos vías, dos vidas. Una única estación de llegada. Chuchúúúúú.

Y cabeza abajo en el tresillo del salón de mi casa, imbuida una disyuntiva irrespirable, me debatía entre ir o quedarme, entre emprender o retomar, entre probar y parchear. Cabeza abajo, con las ideas ad hoc, sufro y soñaba con acertar en la decisión, desacreditando a mi imán para hacer siempre lo incorrecto, a tomar el camino que el lobo recomienda a Caperucita. Abuelita, abuelita, que ojos tan grandes tienes; son para verte mejooooor. Abuelita, abuelita, que orejas tan grandes tienes; son para oírte mejoooor. Abuelita, abuelita, que boca tan grade tienes; es para comerte mejoooooor. Ah, vale, si era para comerme mejor, la cosa ya eran palabras mayores…

Miré el reloj de nuevo, ya casi eran las 13.00, o me daba prisa o aquel tren que anunciaba salida se iría sin mí y me quedaría con las ganas de saber si aquel era o no mi vagón. Seguía sin abrir el WhatsApp de Gonzalo. Como enajenada, cogí mi bolsa de ir al gym y metí cuatro prendas de ropa, no recuerdo muy bien cuáles, porque no dejaba de mirar el móvil, por si llegaba otro mensaje, reprochando la lenta respuesta o qué. Me giré, y volví a mirar la nota sobre la mesilla. Las notas no son como los WhatsApps, no emiten sonidos cuando llegan, pero tienen una campanilla virtual, que cuando las observas un segundo, te sacuden cual alarma de incendios. Observas cada letra, analizas los puntos sobre las íes, si son redonditos cual Lacasitos, si son como lunares de una bata de cola, si recuerdan a rosquillas de Santa Rita. No tengo ni idea de grafología, sin embargo, los puntos sobre las íes son importantes para saber más de sus amos. Los puntos sobre las íes ponen los ídem sobre las tales, manifestando intención y verdad.

- Esa í, tan redonda, tan perfecta, tan sutil…

Seguí metiendo ropa, puede que siete tangas y una braga no me lleguen, pero compro más cuándo llegue a no sé muy bien dónde. Miro el reloj, faltaban cinco minutos para las 13.00; no importaba, la plaza del pueblo estaba muy cerca de casa. Metí también un despertador de Hello Kitty, por si el amor me pillaba durmiendo demasiado. Tic, tac, tic, tac, tic, tac. El cargador del móvil. ¿Móvil? Volví a mirar la pantalla: ni rastro de nuevo mensaje. No lo abras, no lo abras, no lo abras, no lo abras. Cerré la larguísima cremallera del bolso del gym, convertido en maleta para el éxodo inminente. Oigo el brrrbrrrbrrrr del cierre, que no termina nunca, y me digo, ¡preparados, listos, ya, reina! Oigo la campana solemne de la iglesia, que anuncia la una en punto. Cojo las llaves, me miro en el espejo de la entrada, entorno los ojos y susurro a por todas, chata, que la felicidad no es un boomerang de ida y vuelta. Portazo, carrera escaleras abajo, dejo atrás calles que dan lugar a otras calles que, por fin, me conducen a la plaza del pueblo. A lo lejos, intuyo la silueta de él. No me ve, está absorto, mirando de un lado al otro, pidiéndole a alguien que hay dentro de un coche, que espere un minuto más. Oigo como mi móvil vuelve a sonar dentro de mi bolso. No quiero mirar, pero quiero mirar. Me diluyo tras una esquina, viendo como él espera a que yo aparezca, porque no ha perdido la esperanza de que lo de ayer haya sido el comienzo de algo, aunque no nos conozcamos, pero tenemos todo el tiempo por delante para lograrlo. Lo miro y me reafirmo en mi corazonada: mi minuto de felicidad bien entendida está ahí, es él.

Y aún así, no puedo dejar de pensar en que en mi bolso, tan lleno de pasado, con el móvil esperando a que yo regrese al punto de mierda del que partía, en el que vivía hasta la noche anterior. Veo como mi oportunidad de empezar de nuevo se sube al coche que aguardaba encendido, y no hago nada. Me dejo caer al suelo, resbalando la espalda sobre la pared del edificio que me prestaba anonimato, y respiro. Respiro como puedo, porque sé que ya nada. Ya no. Ya para qué. Respiro. Oigo como el coche se aleja. Los coches cuando se van hacen ruido de despedida, de hasta luego, Lucas. Respiro. Mierda, me digo. Mierda, me siento. Respiro. Levanto la cabeza y miro al vacío. Una señora mayor con bastón camina a ritmo de ballet, dos niños y una pelota, un clásico de la animación popular, discuten sobre si fue o no fue mano. Y yo, tan tonta como para no darme cuenta de que mucho antes de hacer de mi bolso del gym la maleta de mi gran huída, ya sabía que no iba a ir a sitio alguno, por mucho Edén y Adán que me esperase. Llorar es de palurdas, me dije. Palurdas y cobardes, pero conocerse es todo un honor carente de gloria.

Abrí el WhastApp de Gonzalo; obviamente, si no me había subido al coche que me auguraba una nueva oportunidad de amar, era porque mi corazón seguía latiendo por quien lo había abandonado tiempo atrás. Nunca ha sido Gonzalo muy locuaz, que no sentido, así que cuando vi mucho texto, me pregunté cuántos días habría estado pensado qué poner.

 * Quererte no fue un error, el error fue creer que lo nuestro tenía posibilidades de ser para siempre.

* No sigamos con esto, nena, se acabaron los mensajes y las culpas.

* Cambio de número de móvil, para ponértelo más fácil.

* Que la vida te vaya como mereces y como te la curres.

* Fuiste lo mejor y lo peor, esa eres tú.

¡Plas! Ahí estaba yo, con el culo rayado por los raíles de las baldosas clavados en mi coxis. Con la espalda estucada por el proyectado de la fachada que encofraba mi pena. Con la garganta colapsada de me cago en todo lo que se menea. En mi cabeza aun resonaba el motor del coche que minutos antes me daba la oportunidad de escapar a mis decisiones equivocadas. Se me vino a la cabeza la noche anterior, la bañera llena de espuma, el olor a tofe de una boca que no había besado antes pero que me supo a quédate conmigo mañana y siempre. Recordé aquella sonrisa perversa, de conquistador despreocupado, y me sentí caer al vacío, como tobogán al centro de la tierra. Hacia la lava ardiendo que inunda el núcleo del planeta, así iba yo, con mi lástima y mi remordimiento natural, ese que siempre me impide tomar la dirección correcta. Había perdido mi tren y volvía a ser la misma que hacía dos noches, como si la anterior fuese un lapsus, un agujero negro en el que la alegría y la felicidad giraba y giraba, a toda hostia. Allí estaba de nuevo yo, amargada por no haber sido capaz de jugármelo todo al dos de corazones, carta ganadora. Puta pereza de existir, que me lleva siempre a conformarme con lo peor de mí.

No hay pasión que mil vidas dure, ni desamor que cien años te persiga. Tengo cuarenta, sólo tengo que esperar a que la buena suerte trepe hasta mi ventana. No sé mucho de estadística ni probabilidad, pero si él paró una vez en este pueblo con mar, una noche después de un concierto, no sé por qué no podría volver a hacerlo, a fin de cuentas, no se ha hecho el amor para los que se rinden a la primera. Lloro tanto y tan alto, que los niños de la pelota se asustan y se alejan de mí. Supongo que tienen miedo de que la pena se les contagie. Puede que lleve media década allí, sentada en la esquina de la plaza, porque el frío me tiene casi paralizada. Oigo unos pasos que se acercan, los ignoro, porque si levanto la cabeza verán mis ojos hinchados de desesperanza. Los pasos cesan, yo sigo con la cabeza entre las piernas, ahogando mi sollozo, para evitar preguntas incómodas. Sé que alguien me mira, no necesito mirar para saberlo.

- Hey, hey, hey, heeey…

Mucho antes de que levantar la mirada, percibí un olor a tofe que hizo que se me disparase el aleluya. No puede ser, no puede ser, no puede ser, no puede ser. Y, sin embargo, era.

- ¿Sabes, la puntualidad nunca ha sido mi fuerte? – Digo, enjugándome los ojos, en un vano intento de ocultar mi llantina.

Él se sentó a mi lado, con la espalda sobre la pared, y pasó su brazo sobre mi hombro. Me besó el pelo y como quien no quiere la cosa susurró, no sabes el miedo que me daba no encontrarte de nuevo. Respiré hondo, sonreí y pensé en que la vida está llena de pequeñas cosas que merecen la pena.

- No te hagas ilusiones – le dije, divertida – No soy de las que se enamora en la primera cita…

- Me alegro, porque esta ya es la segunda…

:)

 

 

5.- IRA

 

Un día te levantas y piensas que la vida de cualquiera es mejor que la tuya. Y ya se montó, porque supongo que no son mundos estos para andar de sobrado, diciendo que puedes con todo, con lo que te echen, porque lo mismo van, y te lo echan. Te echan toda la mierda encima, toda la que encuentren, y después tienes que decir que nieva, claro. Al carajo con todo, con lo que está bien y lo que tiene que ser así porque a alguien le salió de sus santísimos cojones de sentenciar que era así. No me gusta alardear de carácter y después arrepentirme, que para bipolar perdida ya está la Britney Spears, como dice mi novia; que si un día estoy cachonda, al otro me rapo el pelo, el de más allá me engordo como un chanchito al espeto, al siguiente me disfrazo de putón verbenero… eso sí, porque la Britney se arrepiente y es Trending Topic. Yo me hago mutis por el foro, y soy un puto achantado que se hace caquita en cuanto su chica le dice que en el salón no comen panchitos porque las migas se pegan a la microfibra del sofá. Y sí, hostia, la verdad es que sí que se pegan, pero a mí qué me importa, me pregunto yo. No me importa nada; es más, hasta que conocí a Tania no sabía que eso podía ser importante o no importante, porque cuando las migas de los panchitos se caían en el sofá de mi piso de soltero, las sacudía al suelo ¡y ancha es Castilla…!. Muerto el perro, se acabó la rabia. Suelo lleno de migas, pero nada que con las zapatillas no pudiese esconder bajo el sofá.

Pero Tania lo complica todo por su ansia de limpieza, de orden, de concierto, con su idilio con la secadora. Hasta que me mudé a este piso en el que parece vivo con Mister Proper, no tenía ni idea de que el aroma del detergente y el suavizante debían estar coordinados. Ni una puta risa, que va en serio. Coordinados, es decir, que si te manda al Carrefour y coges detergente jabón de Marsella, pongo por caso, no puedes echarte al suavizante jazmín silvestre, porque cuando llegas a casa y tu novia lo ve en la sala de lavado, se le riza el pelo del flequillo, yo diría que hasta se le alisa el pubis, fíjate tú: ¡te monta un pollo que te acuerdas de tu prima la coja!, avisado quedas. Esa noche no cenas, tenlo claro, pero ni se te ocurra deslizar un pie bajo las sábanas, que esa noche no se folla, amigo…

Eso debe ser lo que llaman la tiranía de la convivencia y la mierda de la liberación de mercado, porque antes, cuando yo era niño, recuerdo que mi madre me mandaba en mi Orbea al Spar de la Socorrito, yo cogía el tambor de detergente que me cabía en la cesta de la bici, y no pasaba nada. No sé si mi padre follaba o no aquella noche, que son mis padres y no quiero saberlo, ojú, pero mi madre no me decía ‘hijo, este olor a cartón piedra del ofertón de la Socorrito no va a dejar los toallas como para acariciarle es escroto a un querubín’. Mi madre, que estaba más preocupada en poder llegar a fin de mes y porque no llegase una nota del colegio diciendo que me había fumado dos clases de la mañana, era una tía sensata, que ponía al puto detergente en su lugar: polvo eres, y en espuma te convertirás. Chispum.

Pero Tania es de ese sector del género femenino que se toma cada decisión doméstica como si fuese un decreto Obama: somos la nación más poderosa del mundo, hacemos lo que nos sale del orto. Ella no tiene orto, tiene culito, ya lo deja claro el texto del embalaje de sus salva slips: ‘quita la tira adhesiva y colócalo en tus braguitas’. Si usa braguitas, tiene culito. Si dijese braga faja de colgar con tres pinzas en tendal, sería culazo, pero esa es otra guerra, la que yo siempre pierdo porque en esta casa no se puede decir que el culo de Kim Kardashian es un puto sueño delirante, porque se le tacha a uno de enfermo. ¡De enfermo!. Enfermo me pongo cada vez que la veo y pienso el frío que debe quitar un culo así en pleno invierno. Pero a lo que iba, el caso es que lo que Tania entiende por compartir las tareas del hogar es que yo haga lo que ella decide. Sin más. Y que lo haga como ella quiere, que para eso vivimos en su piso, un lugar femenino donde los haya, en el que hay que cagar aguantando que Leonardo Dicaprio te sonría, y no es una frase hecha, que ojalá. Tania tiene enmarcado a tamaño natural el poster de Titanic, y no encontró lugar más sugerente para colgarlo que frente al inodoro (yo siempre dije váter, así, a lo chungo y tan propio de barrio, pero a mi chica la rechina oírlo, así pues, inodoro). Y ahí me tenéis, con los pantalones por los tobillos y el gallumbo a media asta, haciendo de cuerpo mientras el Leonardo me mira como diciendo, yo aquí, a punto de morir congelado en el medio del puto mar y tú ahí, giñando tan ricamente. Tanto me intimida y de tan mala leche me pone, que tirarle un toallón por encima, pero cuando me olvido de quitarlo, Tania me recuerda que el póster está sujeto con un cuelga fácil y que me lo voy a cargar. Lo del cuelga fácil tiene su aquel y su segundo rollito, porque lleva años pidiéndome que haga una agujero en condiciones con el taladro, con su tojino y polvo anaranjado de ladrillo pulverizado; yo me resisto, una por ver si el Leonardo se come la hostia padre contra el suelo y puedo cagar tranquilo, sin síndrome Gran Hermano, y otra, porque sé que como se astille una azulejo en plena sesión de Bricomanía, a Tania hay que ingresarla en la López Ibor, que no tengo ni puta idea de dónde está, pero que ella dice que es el psiquiátrico MUST HAVE, al que va todo el famoserío de Madrid. En la López Ibor o no, ni me arrimo al taladro, fingiendo siempre algo que hacer, lo que sea, incluso pasar el aspirador en los cojines del sofá, porque si llega mi chica con su detector de miguitas y me pilla en un renuncio lo mismo no es que no folle, es lo mismo ni ceno. Y eso, eso sí que no, no me jodas…

Por si no lo he dicho antes, llevado por mis falsas iras de tío-hasta-los-güevos, yo me siento muy bien conmigo mismo, con mi masculinidad menoscabada a golpe de risas y cariño, pero lo cierto es que de vez en cuando, muy de vez en cuando, me entra la rebeldía pandillera que todo hombre lleva dentro y me dejo ir; me dejo ir hasta que, rascándome las bolas, en pijama, y echando una partida al Candy Crash, reconozco el ruido de sus tacones saliendo del ascensor y pienso por fin llega, ya está aquí, hay que ver las ganas que tengo de tirarla en el sofá y despeinarla en medio de abrazos y risas. Hay que ver lo pelanas que me he vuelto desde que el amor llegó a esta barriga cubierta de pelos, que ella dice es el mejor lugar en el que dormir. Tania es una obsesa de lo suyo, del suavizante y el detergente, pero tiene tantas cosas cojonudas, que en la balanza todo se inclina al lado en el que ella reina como merece, como mi chica imperfectamente 10, mi 9.5, esa a la que echo de menos cuando estamos enfadados, y a la que llevaría sobre mí una y mil veces, como el Dicaprio de los cojones en el hundimiento del Titanic, aunque Tania, al igual que la prota, tampoco me dejase sitio en el madero que le salva la vida, aún a sabiendas de que cabemos los dos. Así de ordenadas son ellas: si me quieres, que el amor sea épico. Morir de amor debe ser eso, supongo.

 

 

4.- AVARICIA

No es besar, que también, es hacerlo incluso cuando los labios no se tocan, en ese instante previo en el que las intenciones se arrodillan ante el olor a boca que quiere más de la otra boca y todo se llena de calorcito y humedad. Besar es mucho más que chocar dos trenes blanditos, cargados sentimiento y necesidad. Besar es parar el tiempo para que los ojos de tu otro yo pidan clemencia y babitas para siempre jamás. Por siempre jamás. Por eso, cuando estreno ligue, sé enseguida si se va a convertir en amor o se va a quedar con mi piel entre las sábanas.

Mi amiga Piluca dice que moriría por una vida llena de primeros besos, esos que se te quedan marcados tatuados y tantos años después sigues rememorando con los ojos cerrados, mientras te malbesa cualquier otro impostor, disfrazado de elegido. Una vida de primeros besos suena pistonuda, mmmsí, pero vete tú a saber si yo no echaría de menos el segundo, el tercero, el cuarto y quizá el quinto beso, ese que me suele resulta cómodo, mullido, suave y seguro. Nunca he sido yo de experiencias extracorpóreas, porque ni levito ni vuelo, que no tengo edad ni Biodraminas suficientes, así que lo de ir con hormigas en el estómago todo el día, hasta el fin de los tiempos, no va conmigo. El primer beso tiene sentido cuando el que te lo da, te lo regala desinteresadamente, como dádiva al encuentro. No suele pensar el afortunado que va a hacer historia en tu maniquea psique de señorita del XIX, en la que sólo hay cabida para caballeretes y chuflagaitas. Mal saben los chicuelos que me prestan sus labios cuando el destino nos hace cosquillas en el alma, que no morirá del todo nuestro fortuito juego, porque aunque su presencia sea fugaz, quizá lo que duren sus caricias en mi cuerpo, sus labios, su sabor a chico desea a chica porque chica es lo único que importa a chico se quedarán para siempre conmigo, para hacerme compañía en las noches en las que esté más sola que la una y no deje de preguntarme qué hace un corazón como el mío, tocando una tamborilada a solas, de madrugada y haciéndome sentir una caca. Una caca abandonada a su suerte y su no suerte. Caca singular, siempre el verso suelto en las fiestas de cumpleaños, en los que, por cierto, beso muchos labios, pero nunca unos que me reconforten y me hagan exclamar al carajo con todo, que yo me quedo aquí.

Por eso y desde entonces, todos mis besos me llevan a ti, que maldito el día respiré tu aire como si fuera mío. Dejé que rompieses la barrera de la cordura y ahora estoy donde estoy, comiéndome el tarro y preguntándome en qué instante bajé la guardia, y cual torero de rodillas a puerta gayola, dejé que entrases en mi pasillo de la fama, ese columbario de amores perdidos, que dejan su huella en la hornacina en la que guardo las cosas que valen la pena y a las que recurro noches como la hoy, en las que el lado frío de la cama me sabe a mi burro, a mi burro le duele la cabeza y el médico le ha dado jarabe de cerveza. Me sabe a qué hago yo ahora con los escalofríos que me provoca pensarte de nuevo. Me sabe a yo quiero más, y lo quiero ya, porque besarte fue y siempre será como intentar comerte sólo un Donut del paquete gemelar: so imposible, my dear! Y digo fue, porque fue, y digo será porque siempre estaré pensando en que una llamada sin identificar puede ser tu nueva vida que me reclama.

Pero con el paso de los años, la llamada es cada vez menos probable, casi tanto como volver a verte y, mucho más impensable aún, volver a oler el café de la mañana en tu cara recién afeitada, sabiendo que ocho horas de oficina son un océano abarcable sólo cuando estoy segura de que al regresar y abrir la puerta, eres tú lo que me hace sentir en casa, que no es lo mismo que estar en casa. En casa estoy ahora mismo, entre cuatro paredes, tres armarios, dos zapateros de Ikea y un improvisado cesto de la ropa sucia que no es más que un canasto de pisar uvas. También tengo una nevera grande con No Frost, que no hipercongela ni deja que las cosas se pudran antes de tiempo. Tentada estoy de hacerme un sitio al ladito de la mostaza y el jamón cocido, porque igual que la arañita pijamera, esa que se cuela en la pernera del pantalón mientras duermes, y te muerde desde el tobillo hasta el elástico de la cinturilla buscando salida con sus patitas de araña pequeña y jodona, cuando la soledad te da el primer mordisco, la crionización no suena mal del todo. No hay frío que cien pupas dure. Ni pupas que cien glaciaciones soporte. Pondré el refrigerador en la función a toda hostia, por si me entra prisa por no ser.

Es lo malo de no saber controlar las emociones y mucho menos los tempos: querer y quererlo todo, quererlo todo y quererlo ya. Si mi vida fuera el escaparate final de ‘El precio justo’, bastaría con poner una banquetita de tres patas con un cojín mullido, porque esperar es mi destino, mientras alcanzo a dar un valor irrazonable a lo que me pasa. Y ese precio eres tú. Cueste lo que cueste. Valgas lo que valgas. Porque eso es otra, no sé si eres o te supongo, pero para el caso es lo mismo, porque cuando la chispa arranca, no soy capaz más que de echarte de menos tal y como te quiero recordar, dejando a un lado esas otras cosas que te quitan qué sé yo, pero que, en todo caso, no están invitadas a mi cuadro de las lanzas. Imaginarte en plena potestad y plenitud de superpoderes, esos que te gastas con tan solo arrastrar las pantuflas por el pasillo, fusfás, fusfás, fusfás, creando un campo magnético  tal que tanto se te pegan las pelotillas de polvo del parqué como mis ganitas de vente aquí conmigo, que me duele perderte de vista.

Saberte como te sé un ya nunca más, y que te den, morena, te da un extra de atractivo, y sé que está mal en decirlo. Está mal en decirlo, y mucho peor en no asumirlo, porque entonces ¿de qué tanta pichochez con lo nuestro? ¿De qué eres el epicentro de casi todo lo bueno que quiero que me pase? ¿De qué un Euromillonazo es nada comparado a que el puto teléfono suene otra vez, como antaño, para preguntar a qué hora a cenar, que estás haciendo ravioli y no quieres que se queden en pegotones? ¿De qué sentirme así, cual periquito viudo, periquiteando lagrimas verdes de tanta soledad de mierda? Lo dicho, es lo malo de querer y quererlo todo, que te olvidas de preguntar cuánto está dispuesto a dar el otro. Doble o nada, hagan juego, señores. 

 

3.- ENVIDIA

 

Podría quedarme mirando esta foto mil vidas. Quizás mil una, porque todos los días de las mil primeras se me quedan cortos y me saben a poco, tan poco como cuando estás llegando al chicle del chupa Koyak y se cae al suelo, dejando miles de aristas color cereza a su suerte, sin más orden ni concierto que el del caos y el desconsuelo de la que sabe que lo mejor, el premio gordo del chupachup relleno, acaba de hacer plof. Cataplum.

Los miro y pienso que difícilmente se puede tener más sintonía y más suerte, porque lo fácil es enamorarse; el carambirulí es mantener vivo ese amor hasta que te duelan las pestañas de tanto hacer ojitos, y palmar de amor en cuanto le hueles. Lo difícil es hacer de cada mañana un día épico, uno de esos días en los que parece que todo fluye y que la sinfónica de Viena te sigue, de habitación en habitación, adaptando sus acordes a tus movimientos febriles y desesperados, cubiertos de pasión reciente y aún con un trajecito de saliva campando a sus anchas por cada esquinita empolvada de tu piel (mola el símil, qué adecuado), esa misma piel que susurra a gritos ser tocada otra vez como entonces, como cuando todo encajaba, igual que en la foto.

Ser feliz es un arte de arduo entrenamiento y, aún así, no siempre resulta, porque te equivocas en el camino, tropiezas con piedras que decides saltar pensando que si no las ves, no las sientes; pero se te quedan enquistadas como esa esquirla de vaso de Nocilla que no viste al barrer el vaso roto, y te persigue de calcetín en calcetín, recordándote que, a tu edad, la crema de cacao no es bien; recordándote que, a tu edad, andar descalza no es bien; recordándote que, a tu edad, no hay mal que por cien años dure, más que nada, porque cada vez hay menos oportunidades para empezar de nuevo. Aunque sea con lo mismo, con lo antes, con lo que un día empezó como todo, por casualidad y sin más por qué que el sin querer y el quererlo todo. Todo, incluso esto, que ya no se sabe si es un quédate o qué, pero que sea lo que sea, sigue oliendo a nosotros, aunque el plural ya campe a sus anchas en lo que, hasta hace bien poco, sintiéndonos uno teníamos bastante.

No soy yo de las que se baja de los coches en marcha, que el vértigo me condiciona e impide según qué huídas a la loco y cinematográficas, pero hay que reconocer que si hubiese un spray acolchante (¿existe esa palabra? no tengo ni idea, pero si no es así, que la inventen) en el Mercadona para rociarte el corazoncito, pum, pum, pum, pum, pum, antes de gritar hasta luego, Lucas, me lo pondría de bodymilk una vez al día, quizá nada más despertame. Porque irse es fácil cuando sabes que no lo harás ni en sueños, porque es tanto lo que te une, que incluso el dolor de ver como todo agoniza es un pegamento que te retiene sin día ni hora ni fecha en el calendario.

Y esperas un gesto, algo que, cual epifanía, te diga que ya está, que ya llega el telesilla, y que el remonte está ahí mismo. Y se me viene a la cabeza el Everest, con sus fríos que te cagas, sus cabras protegidas por vete tú a saber quién, sus expediciones machotísimas y sus Yetis en plena fiesta de pijamas, y pienso que eso es fácil, que está chupado. Pero lo mío no. Lo mío sí es jugarse el pellejo todas a una. Apostar a caballo que nunca sé si es perdedor o ganador, porque la cabeza dice sopa, y el corazón me dice a ver qué pasa. El gesto no llega. O sí, pero sabe ácido porque no viene acompañado de bajada de ojos hombre, abrazo de hombre, beso de hombre, olor de hombre, respiración de hombre… con beso de hombre, ese que un día me selló los labios con su sabor a para siempre jamás, sabor a te pongas como te pongas, a hagas lo que hagas, a digas lo que digas. Con aquel primer beso prometió todo sin decir nada, y no hizo falta, porque supe entonces que ese era mi sitio. El lugar al que pertenecía y al que quería y necesitaba llegar. Entonces, marcharse no era moneda de cambio, porque ambos éramos un puzle de dos fichas, más simple que un Bic, pero que cuando la pieza del saliente daba con la pieza del recoveco, todo se impregnaba de ti. De mí. De nosotros. Otra vez la dichosa palabra. Cuando decir nosotros duele, es que alguna letra ya se está muriendo. D. E. P.

 

2.- GULA

 

- ¿Oíste, Charo…? – Sentado en el váter, ojeo el Cosmopolitan de mi novia, mientras ella acaba de arreglarse el pelo con las planchas.

- ¡Hummmm…! – No me hace ni puto caso, claro, porque tiene la boca ocupada con dos millones de prendedores negros que utiliza para no sé qué cosa de ondas surferas. ¡Prf…!.

- ¿Este tipo está bueno…? – Señalo al tipo de la foto. No tengo ni idea de quién es, pero estoy seguro de que ella sí ¡hombreeee…!

- *Ñejamehveshummmtecagash

*Déjame ver, hummm… ¡te cagas…!

Eso dijo. Déjame ver, hum, te cagas. Y aunque estaba sentado en el váter, no me cagaba porque lo que estaba haciendo era tiempo para que ella me dejara libre la pileta y poder afeitarme, pero, visto lo visto, y que el barbudo de la coleta que salía en el Cosmopolitan estaba bueno que te defecas, lo mismo tenía que dejarme pelos en la cara. Porque tenía que ser eso, ya que en ropa, el tipo de la foto no se había gastado mucho, no.

- ¿En serio? – Apostillé, riéndome con sorna, golpeando la foto – Pues ya me dirás: ¡una camiseta blanca de mierda, de las de toda la vida!

Si había algo sagrado para Charo, además del orden en la nevera y dejar la ropa conjuntada para el día siguiente en la silla de la habitación, era su sesión de alisado; así que, cuando vi que soltaba las GHD a toda prisa y me arrancaba el Cosmopolitan de las manos, supe que la faltada estaba cerca. ¡Zas, en toda la boca!.

  • Paco, hijo, no es la camiseta, es lo que va  d-e-b-a-j-o  de la camiseta…

Y la muy cabrona pinzó uno de mis michelines como si sus dedos índice y pulgar fuesen unas pinzas de dar la vuelta al entrecot. ¿Se puede ser hijaputa? Pues sí, y eso que dice que me le gusto gordito, que los tipos delgados no le van. ¡¿Aaaaaah, no te van…!?, pensé, será que no te van los delgados que no están buenos que e cagas. Farisea, mascullé, dolido.

  • No me toques los cojoneeeees, que me pongo en serio con lo del gimnasio y la lío parda…

¡Ay, mamá! Ahí empezó todo. Empezó mi declive humano y social. Perdóname, Señor, que no sabía lo que decía. ¿Dónde puedo uno arrepentirse de los calentones momentáneos sin perder chulería? El día que le dije a Charo que podía cumplir con mis objetivos deportivos, más allá de pagar la mensualidad e ir a la sauna una vez por semana, debí morderme la lengua. Más aún, debí tragármela. Entera. Sin masticar. Porque hay que ver lo infeliz que soy desde el día. Me cago hasta en mi sombra…

  • Charo, ¿se acabaron las patatas Lays? – pregunto, muerto de hambre, abriendo y cerrando las puertas de las alacenas.
  • Noooooo… – con la cabeza metida en algún cajón del armario, su voz sonaba a calcetín.
  • ¿¡Nooooo…!? – Con los brazos en jarras, aguardo a oír su taconeo por el pasillo. TocTacTocTacTocTac. Silencio total. No viene – ¿¡Nooooo…!?
  • Noooooo… – con la cabeza metida en el mismo cajón del armario, su voz sonaba aún más a calcetín, esta vez más escondido.
  • Y si nooooooooooooooo, entoceeeeees… – Inquiero, con tonillo.TocTacTocTac. Esta vez sí que viene

     – Es que ya no te las compro – Me espeta.

- ¿Qué no qué…? – Incrédulo, me agarro al mármol del mesado de la cocina, intentando recordar por qué vivo con Charo, por qué quiero a Charo.

- Que ya no te las compro, porque te comes la bolsa entera y te cargas el esfuerzo del gimnasio… – Se me acerca, a traición, y me da un beso blandito, de los que saben a madre, no a novia que sabe cómo besarte cuando quiere gustarte.

- ¡Hay que joderse…!

Había, tal. Había que joderse hasta el infinito y más allá, porque era domingo, el colmado del Pakistaní de al lado de casa llevaba cerrado dos semanas por festejos nupciales y el bar más cercano no tenía Lays, tenía patatas mierda, de esas de marca chunga, que saben a borrachera de puticlub. Lo sé, los divorcios han de cimentarse en algo que no sea de risa, porque decirle a un juez que te marchaste de casa porque tu chica decidió no comprar patatas fritas en bolsa grande, sonaba, a priori, a chufla. Pero a mí, en aquel momento, no me hizo gracia alguna. Para risas estaba yo.

Me fui hacia el sofá con una cosa que Charo dice está buenísima y es muy sana, un aperitivo ideal para los que estamos a plan, apunta siempre que puede. Tortitas de arroz, reza el paquete. Mientras engullo una tras otra, viendo a ver si a partir de la quinta tortita me aficiono a lo insaboro, me digo que podían haberse llamado escobillas de váter, porque saben a culo. Charo ignora el mal que le deseo en este momento en el que mi ser necesita grasa hidrogenada y sal, pero lo nota, porque, más que acurrucados bajo la manta de ver la tele, estamos protegidos. El uno del otro. Ella se aferra a mí, intentado vencer mi resistencia a ser querido. Protesta, dice que soy un cáctus, que me cuesta mostrar mis sentimientos, que es culpa de mi madre, que, sentimentalmente, me educó como el orto.

- Sí, que a ti la tuya te educó mejor, ¡hay que tocárselos…! – Intentando tragar el amasijo de gomaespuma con el que están hechas las tortitas de arroz, defiendo el honor de mi santa madre.

- Oyeeeeeeeeeeee, si está irascible porque el gimnasio te cansa, no es mi culpa, eeeeh…

Charo se levantó, zapateándome el mando de la tele en toda la barriga, casi vacía, por cierto, porque las tortitas de caca no llenan ni comiéndote también el embalaje en el que te recuerda sus beneficios y sus calorías. ¿Y no va, la tía, y se enfada? ¿No había sido ella la que había arrestado mis patatas Lays? ¿No había sido ella la que había mentado a la madre que me parió?

- Charoooooo…

Grito desde el salón, sabiendo que no me va a contestar.

- Charooooo…

Vuelvo a gritar, pero sabiendo que pierdo el tiempo.

- Charooooo, me pica un huevo… – Digo, por provocar, mientras me rasco la entrepierna.

- Pero serás… serás… serás asqueroso y cerdo y puerco y boca negra… – No falla: ¡la pincho y salta!, pero le hago gracia, y eso es muy grande.

Charo volvió al salón a darme de hostias con los cojines y a tirarme de los pelos de la barba que me estaba empezando a crecer, como al tipo de la foto. Bueno, como al tipo de la foto exactamente no, porque a él le parecía tupida y molona, en cambio la mía, era rala por zonas, compensando con remolinos y canas en el lado contrario. Más que una barba hipster, la mía era una barba perroflauta, y mira tú que, a fin de cuentas, la cosa era la misma: no afeitarse y a tomar por culo. Pues nada, yo perroflauta y el de la foto del Cosmopolitan ‘bueno que te cagas’. Hay qué ver.

- Mira una cosa… – Charo interrumpió su guerra de almohadones y me eché a temblar, porque cuando una tía te dice ‘mira una cosa’ quiere decir ‘te vas a enterar’. Me castañeaban los dientes. ¿No me iría a dejar, verdad…? Me cagué… – ¿Cuánto tiempo va a durar esto?

- Joeeeer, nena, vaya pregunta… – tragué saliva – Pues lo que tú quieras, porque yo contigo estoy de la hostia, así que…

- ¿¡Perooo…!? – Charo se llevó el dedo índice a la sien, dejando claro que alguien allí estaba zumbado, pero que, por supuesto, no era ella – Digo, que cuánto tiempo va a durar esta matada de gimnasio, báscula, mal humor y comer bocata de panceta a escondidas…

- ¡Chechechéééé…! – Reí, nervioso, ¡no me va a dejar…!– Que no son de panceta, son de  b-a-c-o-n, que lo compro en el Hipercor y ahí es todo más caro y más fino, so cabrona…

Agarré un cojín de flores que me parecía horroroso pero que daba muy buen sobar a la hora de la siesta, y le di su merecido, almohadazo va, almohadazo viene. Charo, que tiene tan buen perder como el mío, se dejó dar y requetedar, con tal de que al final, los perdedores tuviesen su sesión curapupas y abrazos de oso. Los abrazos de osos, en esta mi santa casa, lo curan todo, eh, pero sobre todo y más que cosa alguna, las tensiones de pareja, porque qué mejor que un amasijo de brazos y barrigas felices, así, campando a sus anchas, mientras nos mordemos las orejas en señal de cómo tú, ninguna, que canta el Bustamante. Lo sé, aludir a Bustamante, siendo yo quien soy, queda entre cursi y pelele porque cuando conocí a Charo era un aguerrido camiseta negra, aficionado a la cerveza de barril y los cacahuetes sin pelar, pero…  león disfrazadito de cordero; o cordero disfrazado de león, que uno ya no sabe si era mejor el que era o el que es, porque estar con los amigotes mola mazo, pero hostiarnos con los cojines con Charo, seguro de que después hay tema, mola mazo más.

- Charo, tengo un hambre mortífera… – Dije, casi en un suspiro, con el poco fuelle que me quedaba para protestar.

- Las patatas Lays están debajo detrás de la caja de leche desnatada sin lactosa

- ¿Pero no era que no había, nena…? – Separándola de mí, como queriendo llamarle traidora en versión ‘cariño no te enfades, no te estoy insultando, tal y como parece’..

- No, dije que ya no te las compraba… – Charo se reía, mientras me mordisqueaba los mofletes – Esas las compraste tú: ¡yo solo las escondí!

- Tú eres mala… – Dije, indignado.

- Tú aún no sabes lo mala que puedo llegar a ser…

¡Ay, mamá! Y dicho así, los dos tendidos en el sofá y tras el abrazo de oso de rigor, me sonó a maldad de la buena, de que sólo Charo es capaz, sabe y me gusta. Su maldad y mis ganas de patatas Lays no competían, no jugaban en la misma liga porque en la balanza de pecados, mi gula por sus planes de amante perversa siempre ganaba por goleada. ¡Nos ha jodío…!

- ¿Y las patatas, Paco…? – Masculló ella, dejándose el Push-Up en el pasillo.

- ¿Estoy a plan, recuerdas…?

:)

 

1.- LUJURIA

 

  • Es un tío normal, lo que pasa es siempre le dan papeles de muerdebocas, de los que os molan a las chicas.Paco dixit.Y dixit, pero dixit sin que se le moviese un pelo del flequillo, ese que cada mañana se coloca a conciencia, buscando el ángulo perfecto por el que asomar su ojo derecho, ese que un día me enamoró como una loca de atar, de las que son dignas de camisita con lacitos, embudo en la cabeza y matasuegras a modo de megáfono. Paco me enamoró como enamoran los toros a las vacas en el campo: por fuerza, por magnetismo, por virilidad, por seguridad, por ostentación de potencia. A mí, que soy estudiada, que tengo una carrera profesional aburrida y equilibrada, digna de un matemático de la NASA, me dejó sin respiración un tipo cualquiera, un no sé cómo te llamas, con el que cada quince días coincidía en la farmacia, él comprando antigripales y yo ibuprofeno como si no hubiese un mañana. A él siempre le atendía la manceba joven, a mí la gorda malhumorada, que no dejaba de repetirme que no abusara de los medicamentos, que podría acabar con las arterias engrosadas.
  • Ya, ya, gracias por el consejo, pero es que trabajo mucho delante del ordenador y ya sabe… – argüía yo, avergonzada, pensando que era una yonki del Espidisfen.
  • No, no sé… – Me decía, cortante y resabiada.
  • Pero yo sí…Moví la cabeza y vi que el eternamente acatarrado, mi compañerito de farmacia legal, me hablaba a mí. Daba la cara por mí, dando por saco a la gorda de la boticaria, que no dejaba de menear a la cabeza, supongo que imaginándome posando para selfies desnuda, que sin duda, inundarían mi perfil de Facebook. ¿En serio esa es la imagen que proyecto? Ojú.
  • Que esos ojos no sufran por una pantalla de mierda… – Y apartó de su pedido un colirio, que metió en mi bolsita, rozándome por casualidad el pulgar, como si cualquier cosa.¡Pim, pom, fuera, que se me sale la camisa fuera, que pim, pom, fuera, que se me sale la camisa fueraaaaaa…! Oí música, campanas al vuelo, tracas de fin de fiesta, manifa de mariposas a su bola en mi barriga. El corazón haciendo un solo de flauta que debía sonar tan alto y tan desafinado, que lo hubiesen nominado en Tú sí que vales. El entonces desconocido, devorador de Frenadol y/o Couldina, me sonrió, ¡el muy jeta!. ¿Pero cómo se le ocurre sonreírme así, sin avisar, sin darme tiempo a recomponer el moño de caca que me pongo para conducir en cuanto salgo del trabajo? ¿Cómo se le ocurre al  p-u-t-o   d-e-s-t-i-n-o   poner en mi camino una oportunidad así, sin mandarme un WhatsApp o a un coro rociero, con palmas y todo, para advertirme de que aquel no era el mejor día para almorzar tartar de atún, con su puerrito y su cebolla picadita así, así, así, así…? ¿Cómo le devolvería la sonrisa, si toda yo era inseguridad infinita? Convencida de que nada más abrir la boca, a mi desconocido, valedor de mi honor ante farmacéuticas mamonas a las que les aprieta la bragafaja, percibiría en mi aliento el aquel de un sembradito de escalonias de Campo de Criptana, me supe fulminada por la mala suerte. Mierda.
  • ¡Hey, no, por favor, no, dime cómo se llama y me compro uno…! – dije, bajando la mirada y parapetándome detrás de mi cuello XXL de lana, con doble vuelta, tejido en ochos.Lo siguiente que recuerdo, aunque no con nitidez, o con la nitidez que debiera una chica sensata como yo, es que sentí como me levantaba la barbilla con el dedo índice, y me guiñaba un ojo. Ya no sé si oía fanfarrias o era yo que me iba por la pata abajo, pero juro por el obispo negro, que aquel muchacho, del no tardé en saber se llamaba Paco, me dejó sin aliento (vaya, eso fue lo mejor, porque no quería atufarlo con mi cebolla picadita así, así, así).
  • Creo que hoy podré sobrevivir sin echarme el colirio, de lo contrario, siempre puedo ir a tu casa y lo compartimos.Así. Sin más. Ahí va. A mí, que me han enseñado que las señoritas no se entregan en la primera cita, que hay que hacerse valer para que a una le den el sitio al que postula. A mí, que nunca me ha ido el aquí te pillo aquí te mato, más que nada porque nunca jamás de los jamases había tenido a nadie que me pillara hasta matarme de sudor, suspiro y piel. A mí, que por pasión entendía hacer un maratón de compras con Vero y Sara y después dejarme los ojos de llorar viendo por enésima vez Los Puentes de Madison. Pues a mí, a esa YO a la que las emociones sin preaviso, sin planes y sin pasarme la Epilady hasta que de tanto tirón y pellizco acabo jurando en finlandés, la lujuria la pilló por sorpresa; y donde dije digo, digo Diego, y cuando me di cuenta, estaba en mi casa, jugando a los médicos (por lo del colirio digo…) con un chico del que nada sabía y del que nada quería saber, salvo cuánto tardaríamos en quitarnos la ropa y en permanecer así, en cueretes, hasta que el mundo dejase de ser mundo o empezase a girar en sentido contrario, dando botes de alegría. Alegría por mí, oveja descarriada en esto de las artes amatorias, que por fin había encontrado con quien saber lo que era bueno, pero bueno, bueno de verdad verdadera.
  • No te muevas…Lo sé, dicho así, la frase no induce a mucha cosa, claro; pero a Dios pongo por testigo, que dijo la otra, que pocas cosas en el cosmos conocido y por conocer por cualquier aparato listísimo que ponga en órbita el ser humano me dieron tal sacudida dérmica. Ya sin artificio alguno, los dos naked y en plena facultad de nuestros cuerpos, encajamos como lo hacen el yin y el yang, Banner y Flappy, la cuchara y el yogurt, las manos en los guantes. Supe su nombre poco antes de conocer su sexo dentro de mí, pero a quién importaba eso. A mí no. Bueno, a mí no, pero seguro que a mi madre sí, y a mi profesora de filosofía de bachiller también, pero yo no se lo iba a contar, y la cosa era tan cojonudamenteagradablequetecagas, que así estuviese infringiendo las leyes de la naturaleza; así bajase un rayo o un meteorito del diámetro del agujero de Bankia, que me pillase allí, con el cuerpo de Paco sobre mí, dejándole entrar una y mil veces hasta que de tanto toma, toma, toma que toma, me quedase tonta de haba.
  • ¿Cuál es tu lado de la cama, princesa?Todo llega a su fin, incluso el sexo cuando parece no tener final, y parece no tenerlo porque algo así debería venir con bola extra. Pero donde otras veces había estado tan incómoda, que es cuando a él le toca sentarse en la esquina del colchón, estirar los músculos de la espalda, caminar en bolas hacia el baño mientras se rasca el culo y masculla ha estado bien, qué no, Paco no se marcó un ‘ahora me hago el Marlon Brando’, haciéndose el duro, con aquello de si te he visto no me acuerdo. Paco, que era un tipo corriente (bueno, corriente no, que era el tío con más resfriados que había visto en mi vida: uno cada quince días, coincidíamos en la farmacia, ¿os acordáis?), dejó que el calorcito de la cama que había sido nuestro cuadrilátero de amor hacía nada, fuera ahora el descanso del guerrero. No sólo no le causaba pudor alguno que yo lo oyese roncar, sino que se la traía al pairo que, llegado el caso, se le escapase un pedete en pleno relax post-coital. A Paco le seducía tanto la idea de dormir a mi lado, que se iba a quedar allí, para verme flipar al despertar y ver que seguía siendo cierto todo aquello. Se iba a quedar en mi cama, fuese cual fuese el lado en el que yo prefiriese dormir, porque él siempre estaría en el otro. Pero no ese día. El siguiente también. Y para el otro. Y ciento y la madre más, que ya no sé ni la de tiempo que llevamos juntos, haciendo de la vida en común un Show must go on, en el que comernos a besos y dejarnos sin respiración cada vez que el guión lo permite es un hecho; casi tanto como que el prota de el Diario de Noah es un tío normal, con un qué sé yo que te atrapa y que seguro podría ofrecer colirio a una tonta como yo, en una farmacia cualquiera, incluso en la de la farmacéutica gorda con bragafaja que seguro le pilla un pelo púbico cada vez que da un paso, esa en la que nos conocimos. Paco es mi Ryan Gosling, por un montón de cosas, pero sobre todo, sobre todo, sobre todo porque me hace sentir bonita, deseada, agradable, simpática y genial a cada paso, y eso, queridas, es un placer mucho más que orgásmico. Es un placer vital.

 

 

Bésame, pero hazlo bajo un aguacero infernal. Bésame, apretadito y con prisa, esa prisa que sólo esgrimen los que aman con fuerza y para los que cualquier tiempo es poco para respirar el aire en el que sólo habitas tú. En el que sólo habito yo. En el que estamos los dos y todo parece dar vueltas y más vueltas. Vueltas y más vueltas, hasta que la fuerza centrífuga nos empuja a separarnos. Y aún así, seguimos pegados. Labio con labio, oliendo a dos que ya sólo saben ser uno; y eso es lo que mola.

No sé si para ser un pie de foto es demasiado largo, pero lo cierto es que no sobra ni falta una palabra. En serio lo digo: no falta nada. Porque sino de qué iba a ser este el beso de amor más Googleado de la historia de los besos de amor Googleados. ¡Lo tiene t-o-d-o! Pasión, entrega, amor, deseo, protección, ilusión, esperanza, a Ryaaaaaan Gosliiiiiiing… Todo. Y no digo yo que este muchacho sea un Adonis, que puede que sí, puede que no (ya se sabe que los gustos son como los culos: todo el mundo tiene uno); pero lo que no se le puede negar es que es la versión cinéfila de la Viagra femenina. Tiene un algo, un qué sé yo, que cuando miro el calendario y veo que estoy en mitad de ciclo, tengo que ponerme en Youtube la
escena del Diario de Noa, en la que suertuda de la prota siente en carne propia como estos brazos como palas de horno de panadero hacen que todo sea perfecto. Bajo la lluvia. Bajo la sospecha inminente de que el amor puede acabarse en cualquier momento. Bajo el temor de que ese guión magníficamente ideado para que a las chicas como yo, que siempre nos enamoramos del tipo que cree que decir te quiero es lo mismo que contestar yo también, sintamos como si una colonia de hormigas culonas de África subsahariana nos invadiesen el ombligo. Tenga lo que tenga Ryan Gosling y ese par de brazos fornidos y masculinos, debería estar disponible para visionarlo en el cine con gafas 3D (¡Ay, mamá). Eso sí, con obsequio de Kleenex Aloe Vera Hacendado en taquilla, porque la jartá de llorar que sería la sesión doble, palomitas King Size, con Cola Zero, gracias.

El cine ha hecho mucho daño al amor de verdad, y no me refiero al de fueron felices y comieron regalices, no. Me refiero al amor de carne y hueso, al mundano, al normalito. Porque lo mismo que el sexo con mi Eugenio está bonito y es casi siempre bueno-tirando-a- muy-bueno, no siempre está acompañado de una banda sonora de Hans Zimmer cuando llegamos al orgasmo. Oye, y sería fabuloso oír a una orquesta de ciento y la madre de virtuosos tocase notas y más notas, mientras mi Eugenio hace lo que puede, y toca y toca y toca, hasta que todos los acordes de mi yo se marcan el estribillo de la Lambada, no digo yo que no.  Pero siendo franca, creo que lo único que se oye antes, durante y después, es el
frufrú del roce de las sábanas, el segundero del despertador, que nos recuerda que mañana a las 07.00 en pie, así que a ver si estamos a lo que hay que estar, la cisterna del vecino haciendo su trabajo y, si la noche coincide con fiesta patronal por los alrededores, puede que algún petardo fin de fiesta recordando al respetable que la Comisión no pagó lo suficiente y las 24:00 se acabó la verbena, y hasta luego, Lucas

Como digo, el cine ha hecho mucho daño al amor de todos los días. Al de bragas cómodas para andar por casa, porque nada peor que estar todo el día con la goma dando por saco (literal y figuradamente). Al de me tengo que afeitar, nena, pero estoy reventado, mejor lo dejo para mañana.
Al de…

- Tú crees que estoy gorda, cari? – Viendo un repor interesantísimo: Carmen Elektra al desnudo (¿? Es obvio quien tiene el mando del Plus)

-  Gordaaaaaaa…!? ¡No, nena, claro que no está gorda! – ¡Exacto! Habla del amo del mando del Plus.

-  ¿En serio? – Me toco un muslamen, fingiendo fuerza para que se me note la piel de naranja, sabiendo que aunque me lavase los dientes con una mano y con la otra hiciese un pollo al horno, se me notaría igual, porque mis nódulos de grasa no necesitan ayuda…

- A mí me parece que estás genial… – Carme Elektra ejerce sobre Eugenio una enajenación digna de estudio, pero todavía sin terapia. Él me dice que no preocupe por su salud mental, que es algo que Miss Elektra produce en los hombres, así en general. Aaaah, digo yo. Ya estoy más tranquila. Mucho más. Fssssss.

-  Y si estoy genial ¿Por qué a mí no me miras como a ella, Eugenito…? – Llamarle Eugenito es un golpe maestro, porque sólo su tía Micaela lo hace. Bueno, sola, sola no: ella y su bigote, exactamente.

- Coño, nena! No te miro así, porque a ti te tengo aquí…

¡Zas, sonamos! A ti te tengo aquí, me dijo. Aquí te tengo aquí. Como si tenerme compartiendo sofá, repasando por enésima vez el catálogo de Ikea, fuese en detrimento de nuestro amor. De nuestra pasión. De nuestra capacidad de dejarnos sin aliento a golpe de beso va, beso viene, hasta quedarnos run out of saliva. Y no le culpo, al menos no del todo, porque a mí me pasa algo parecido con Ryan Gosling, aunque no de naturaleza tan animal. A mí me bastaría con que Eugenio me besase así. Con igual incandescencia que lo hace Ryan bajo el aguacero, poniendo toda la fuerza
del mundo mundial en hacerme girar y girar y girar, hasta que lo que me rodea se difumine, emulando un cuadro Monet. Yo no quiero que Ryan Gosling me borre la boca a besos. Que no, mira bien lo que te digo. Yo sólo quiero que Eugenio me bese así. A pesar del catálogo de Ikea. A pesar de la braga de andar por casa. A pesar de todo. Porque yo le quiero él, y con él lo quiero todo. Kiss me, tontito del culo! :)

Me llamo Pepe, como mi padre. Lo sé, llamarse Pepe en un mundo donde todo cristo parece tener nombres salidos de una novela de Tolkien resulta entre ridículo e indie, que dicen los modernos de flequillo por parche; pero yo no tengo la culpa de que en plenos 70, cuando la  masculinidad y la varonía se medía en si el primogénito era o no un hombre, lo de heredar el nombre del padre era mucho más que una tradición familiar: aquello era una cuestión de cojones.

Así que, Pepe fui, y Pepe me quedé; incluso ahora, que salgo con una tía que está de buena que ni me lo creo y que se llama Whitney. En serio, se llama Whitney, no es que se lo haga llamar, que sería un punto de tontería difícil de justificar ante los colegas. Se llama así, quiero decir, que cuando salió de la pila bautismal ya tenía la putada encima; la putada onomástica, se me entienda. Pero a lo que iba, a Whitney la conocí en el gimnasio, sudando los dos como dos becerros en matadero; claro que ella con mucho más estilo, limpiando la humedad de su frente con una mini toalla de mierda de esas del Decathlon, que prometen secar como un toallón de toda la vida, pero después, si te he visto no me acuerdo.

Desde entonces, no hace más de un par de semanas, entre Whitney y yo no hay secretos, porque para qué, si es probable que lo nuestro ni a ser. Es lo bueno de sentirme libre con respecto a mis relaciones que no acabarán siendo relaciones, que puedo mostrarme tal cual soy. Tal cual me siento. Tal cual suelo ser cuando no hay nadie con quien jugar a que somos felices y que me encanta ir a Berska a ver si hay una camiseta cortita, que se me vea el ombligo, pero que no me haga lorzas en la barriga. Yo nunca he visto una camiseta corta que no haga lorzas, sobre todo si se tienen, pero mis novias momentáneas siempre me ponen a prueba, porque malo si digo ¿y una larga, no sería más cómoda?, porque eso implica que TIENE LORZAS, precisamente las que no quiere ver y, mucho menos, que se le vean. Malo si digo ¿Lorzas? ¿Qué lorzas?, porque ello implica que, efectivamente HAY LORZAS, y que soy el peor tipo del mundo, el peor novio momentáneo del siglo. Así que, Whitney y su nombre de morondanga es perfecta: puedo ser yo, sin tener la sensación de ir pisando minas antipersona a cada paso.

-         ¡Ai, Pepiño, Dios cho pajhe cunha muller que non che colla na cama…!

Mi abuela dixit. No recuerdo muy bien cuándo ni dónde ni por qué, pero mi abuela deseó para mí una mujer de nueve arrobas y 1/2, con el culo tan grande que necesitase la ayuda de mi amigo Nachete para abarcar sus dos hemisferios. Yo, que me llamo Pepe y soy igual de íntegro que mi puñetero padre, que dice que fumar es malísimo y  que a ver si lo dejo, mientras se mete entre pecho y espalda un purito Reig, siempre pensé que lo mío con las chicas iba a ser fácil, porque si no me ponía trabas (y entiéndase trabas por comenzar frases con mamalonadas tales como mi
mujer ideal es…)
, el horizonte sería amplio, lo suficientemente amplio como para no errar en el tiro. Me explico de forma sucinta: a mí me gustan todas. ¡Nos ha jodío…! Todas.

Altas, bajas, agradables, insoportables, teniente-risitas, agónicas, manipuladoras, borreguitos, modernas, recatadas, minifalderas, bombacheras, cocineritas, McDonaleras, besuconas (estas más), toxos (me valen, si lo compensan siendo besuconas, claro), amiguísimas de sus cien mejores
amigas, las solitarias, las que ven Sálvame, las que hablan de Punset como si fuese su padrino, las que se hacen mechas y más mechas hasta acabar pareciendo un tigre, las que llevan peluca (bueno, nunca he estado con ninguna con peluca, pero un día leí que la Beyoncé la lleva, que realmente está rapada. La Beyoncé, ahí lo dejo. Peluca y la Beyoncé. Me guuuuuuustaan las mujeres con peluca, es una cuestión de silogismo).  Todas. Incluso, las que tiene un culo de nueve arrobas y 1/2.

Por eso, cuando Whitney y su toalla de mierda del Decathlon, sudando a lo loco sobre la estática para eliminar su piel de naranja, se percató de que le estaba haciendo una colonoscopia ocular en su retaguardia, me espetó…

- Aprovecha la ocasión, chato, porque en dos meses de este culazo no quedará ni raspa…

No se chinó. No le pareció de voyeur marrano que le clavase la mirada en su sacrosanto culo mientras pedaleaba sin parar. No se sintió ultrajada en esa femineidad 2.0, esa en la que las tías no entienden que un tío no suele poner intención en ser salido, sino que la cochinez le sale sin querer, nos sale sin querer, porque la naturaleza animal masculina y procreadora es así. Lo sé, esto no es excusa, porque los animales también giñan
delante de la manada y se quitan piojos unos a otros, para acabar papándose al parásito como si fuesen pipas Facundo, pero por muy educado que uno sea (que yo lo soy: mis padres se dejaron un dineral en mi Máster en Marketing Internacional), por muy civilizado que uno se venda (que yo lo hago: jamás he subido a un avión sin ayudar con la maleta a la gordita que atasca el pasillo), por muy cojonudo que uno se proclame (¡Faltaría más! Mi última aportación a los anales de la cosa: me enamoro de personas, no del género, pero no me hablar de dar besos con lengua a alguien que se llame Manolo porque echo la raba…). Por mucho postureo del que haga alarde un hombre en edad sexual, que creo es hasta los 99, después de la extremaunción, la cabra tira al monte. Es decir: los ojos van donde van, incluso donde no es políticamente correcto que descansen. Véase
culo. Véase teta. Véase culo. Véase teta. Como es evidente, los tíos somos de ideas fijas. De horizontes claritos y abultados. No todos los hombres somos iguales, pero yo me llamo Pepe, igual que mi padre, y por mucho Máster, mucho Erasmus, mucho gym molonísmio y zapas vintage Le Coq Sportif que me calce, me gustan todas. Y me gustan sus cosas. Todas.

- Whitney dices que te llamas…. – me bajé de la estática y sonreí, como sólo lo hago cuando sé que no tengo nada que perder – Dime la verdad, ¿cuántas veces al día tienes que deletrear tu nombre?

Podía haberle dicho que tenía un nombre sexy, secular, increíblemente distinguido, pero para qué. Con ella me sentía libre, no en vano, lo nuestro iba a durar lo que su piel de naranja: un verano quizá…

 

 

Me llamo Julieta y no me gustan los finales felices. Ya está, ya lo he dicho. No me gustan por ñoños, por certeros, por angustiosos, por deseables, pero sobre todo por idiotas. Porque, a ver ¿quién puede salir indemne a una maratón de las mejores ocho películas de la historia, a saber, Frankie y Jhonny, Pretty woman, Oficial y Caballero, Leyendas de Pasión, Dirty Dancing, El Diario de Noa, Memorias de África y Flash Dance? Nadie. Pues eso, los finales felices no hacen más que desdibujar mi mierda de espera hasta que alguna princesa se aburra de su maromo, y me deje las migajas de un príncipe que ya no es azul y mucho menos  tiene suelto en el bolsillo para hacernos un cine de gafas, de esos 3D, ¿su menú de palomitas lo quiere XL o XXL…? Pequeño, gracias, que mis arterias son sibaritas…

 

Los finales felices existen, y eso, realmente, eso es lo que me saca de quicio y me pone el pelo con idéntica suavidad que una ristra de cebollas. Porque existen, como los trabajos bien remunerados, donde las jefas no chillan y confunden auxiliar de dirección con chica que le lleva café y baja a comprar cartulina y Foam para las manualidades de sus hijos. Existen, pero nunca son para mí, nunca me suceden a mí,  que veo venir el hostión mucho antes de que ser fragüe. Y no es que yo sea de las remilgadas, de las en la primera cita miran muy mucho si besar o no con lengua por no quedar de fresca, pero joder, por una vez en mi vida podría resultarme fácil el intimar con alguien más que conmigo misma, que me tengo muy vista y, además, me aburro de mentirme una y otra vez.

 

No te vuelven a llamar porque los intimidas, me dice mi Coacher. Sí, sí, por si sois noveles en eso de la decepción, que sepáis que ahora los mejores amigos se consiguen a golpe de VISA. Ya nadie tiene tiempo de aguantarte la chapa del desamor. Ya nadie busca complicidad y lágrimas de cocodrilo, enmascarada en tarde de chicas y calorías. Los tiempos son frenéticos y los horarios son el que viene el coco del siglo XXI. Eso, sumado a que toooooooooooooooodas mis amigas están casadas y con hijos (y felizmente, para mi desesperación), me tienen prohibido deprimirme los lunes y los viernes. Por precipitado y tardío, respectivamente, alegan…

 

- ¿Julieta, estás llorando…? – Oigo pitidos de coches, frenazos y vocerío de niños, que compiten por hacer su opinión sobre Kunfu Pandi sí o Kunfu Panda
no – Me pillas en el manos libres, cielo, que es lunes y voy a llevar a Aaron y a Aixa a su clase de tenis bilingüe… Para cagarse. Tenis, en sí mismo, es un término tan clasista, que la RAE debería cobrar royalties por emplearlo. La cantidad de mamarrachos que mueren por aclarar que juegan al tenis, sabiendo que lo que hacen es pasear la raqueta, subirse los calcetines de deporte hasta las ingles y salir de la ducha, con el pelo mojado, ready to dar una rueda de prensa a lo Íker Casillas después de un Real Madrid – Barça. Con respecto a si dieron pie con bola, o bola con raqueta, quién sabe, si lo único que prima es parecer un vencedor. ¡Eiiiii! Ahí está, otro final feliz. Los odio.

 

Vale, pues mi amiga Valen, que tiene un marido fenomenal y no se podía permitir tener unos hijos normales, con nombres normales, mocos normales, que
merendasen bocatas de chorizo pamplona y oliesen a NenucoDeTodaLaVida, no tiene tiempo de atender mis dramas sentimentales en lunes. El tenis bilingüe de Aaron+Aixa  es i-m-p-o-r-t-a-n-t-e, que mi vida se vaya definitivamente a tomar por culo, se ve que no. Y no lo es, porque es lunes y ella no tiene la culpa que mi enésima cita haya sido una caca y yo me haya empeñado en hacer de mi cena y mi sesión de sexo rapidito, que mañana madrugo para
coger el vuelo a Euro Disney con María y los niños,
el preludio, el prólogo a algo más que, en principio y en final, ya se sabía en punto muerto. En punto

muerto y en hostia anunciada, claro. Aún así, me calcé mis zapatitos de cristal, me atusé mi melena rizada por si él quería ver en mí una sombra(-ita) de Julia Roberts; practiqué mis pasos de baile dirtydancineros, con aquella frase de Ooooyeeeee, estás invadiendo mi espacio. Éste es tu espacio, éste es mi espacio incluida; pero de nada valió, porque cuando su mujercita le mandó un WhatsUp recordándoles que pasase por el Opencor para comprar toallitas para el bebé, se me bajó el quinto al cuarto, rompiéndose en mil pedazos la magia de la cita casi perfecta con el hombre más imperfecto (bueno, este último tengo que pensarlo, porque el podio de idiotas lo tengo petado).

 

Me llamo Julieta y odio los finales felices. Sobre todo, sobre todo, sobre todo, cuando no me pasan a mí. Vaya.

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