Nadie que te lo cuente, nadie que te prepare, y sin embargo pasa. Ya lo creo que pasa. Y no de largo, sino para quedarse. Esa sombra gris perla, que no es lo suficientemente negra como para dejarte ciego, ni tan deslumbrantemente blanca que vele la luz dorada que sabes está detrás. El fuego que te quema el alma, te rompe en dos cualquier intención de seguir siendo tú, con tus cosas y tus cositas, pero tú, al fin y al cabo. Porque cuando se ama a entrañas llenas, ya nada es igual que antes; aunque pensándolo bien, a quién le importa cómo eras antes.

A mi cabeza loca, llena de pensamientos locos y atropellados le cuesta datar algo tan intangible como el discúlpeme, caballero, pero yo ya no quiero ser sin usted. Llegaste como llega todo lo bueno, de frente, sin avisar, por sorpresa y sin más artimañas que las propias del que sabe que si algún día tuvo puerto, por ley, debía oler a mí. No soy yo mujer de cortejo, sino de cortesía, y cuando me supe única y deseada por esas manos seguras, me dije: así llegase el fin del mundo. Y no fue un plan premeditado, ni siquiera una estrategia femenina de las tantas que todas sabemos funcionan y no fallan: lo mío contigo fue un zas en toda la boca, en todo el ombligo, en todo lo que quedaba de mí, deseando que ese abrazo no terminase nunca. Inspira, expira, inspira, expira, deseo, vértigo, deseo, vértigo, tic, tac, tic, tac. Qué más da el tiempo cuando lo único que cuenta es el no me sueltes, no me dejes, haz de mí un tú, guardarropa de nuestro para siempre.

Llegaste como un huracán de locura y desventura. Me cogiste con la razón a media asta, el corazón con transfusiones y la piel sin barnizar. Me cogiste en cueros, y así me entregué a ti, a esta historia de lo nuestro que en la que hoy, tantos años después, sigo anclada para asegurarme de que una vez, en verdad, toqué con los dedos el salado sabor de lo bueno. Tantos años después, con aciertos, fracasos, emociones a lágrima suelta y contenida, felicidades extremas y mediopensionistas; tantos días tratando de olvidar lo que no tiene olvido, porque lo que no tiene final, lacerante ironía, nunca termina. Tú y yo no hemos acabado: lo inevitable no tiene cura.

Amarte en silencio y a escondidas, con la sensación desnortada de estar errando por un camino que no siento mío, porque mis pies descalzos, amor desnudo que te sigue, nunca han querido abrir ese sendero. Busco la forma de no pensarte, ya que hacerlo me imbuye en la extraña certeza de que todo lo que hago es correr hacia ti. Y como dardo que hace diana en pleno centro del tapiz, noto como me falla el aire, pecho a dentro; no es no verte lo que me aterra, sino saber que por mucho que mi alma necesite tu abrazo, es el frío lo que me queda. Podría estar dos años y una vida viéndote pasar, pero ni un minuto más sin sentir como me enredas para siempre, sin más. Calor, firmeza, protección, seguridad y atracción, y el que me diga que otros vendrán que bueno te harán, es que nunca han amado en desamor hasta que duela. No es la vida lo que me falla, que tengo una y me prodigo, sino las pocas ganas de vivirla a medias. Es lo malo de haber conocido a la persona elegida en el momento equivocado: que se acaba el momento y se acaba el bocado. Quiero volver atrás, aunque sólo sea para darme cuenta de que no estoy equivocada. Eres tú, soy yo; como abeja a la miel.

En otros besos, en otras manos, en otros cuerpos, en otros lazos; cualquier lugar es bueno, hay que intentarlo. Y sin embargo, nada funciona, porque como la sombra alargada del ciprés manso, siempre que me volteo, ahí está tu recuerdo enmarcado. A sangre y fuego, a amor y juego, monedas de dos caras en las que ganar y perder es una cuestión de ángulo. Recordarte como lo hago me impide avanzar, pero quién quiere horizontes inciertos habiendo lamido el amanecer, beso a beso, trago a trago. Todo lo que venga tras de ti, nunca serás tú, y esa es la venganza amarga del destino, que cada paso que doy, es, sin darme cuenta, un a ver si hoy es el día, a ver si la bola extra sale a mi encuentro; así, hoy por hoy, y todos los días que me resten, porque cuando el amor de verdad te cruza la vía, no hay vagón, no hay mercancías que tan lejos de ti me lleve, mi vida. 
Aquí, en el mismo andén en el que te conocí un día, estoy sentada en un banco, viendo como otras chicas aman a otros chicos, diciéndose cosas de chicos enamorados, tal y como tú y yo lo éramos entonces. Discúlpame si veo en ellos algo de lo que nosotros fuimos, pero como en un Safari, respirando con cautela y contención, en silencio y sigilo, haciendo mía su pasión extenuante, sus besos que saben tanto a despedida, sus te quiero hoy y siempre, por más que pasen los días, te vuelvo a sentir con la vehemencia extrema de entonces, cuando hablar de uno, era hablar de los dos. Cierro los ojos y pienso que lo que ha sido y no fue, pocas trazas tiene de volver de ser. Aún así, me quemo por dentro desando que así sea. Volver a amar como te he amado a ti, dime cómo se hace si no es a tu lado. Ser y estar nunca han sido lo mismo, y mucho menos desde que no estoy contigo. Que alguien me enseñe a olvidarte, aunque sea un ratito…

6.- PEREZA

Así, cabeza abajo, inspirando aire invertido, haciendo que todo encajase en el puzle incompleto de mis no sé qué hacer. Cuando la cordura manda al carajo el plan A, lo que viene después siempre suele ser mucho peor, pero curiosamente más entretenido. No digo que sea más divertido, ojo, observo, solamente, que da más que hacer. Y salga bien o salga mal, it’s no my business, porque me protege la ley de medio ambiente como especie en extinción, capaz de sufrir uno y llorar dos. Un espécimen único en el mundo, que puede rellorar rinconcitos ya llorados, falsamente superados. Un maravilloso ejemplar de plañidera anfibia, que puede flotar, cogida a sus penas, por mucho gin tonic on the rocks que me quede en el vaso. Y aquí estaba yo, cabeza abajo, poniendo negro sobre blanco en la poca sangre que aún me quedaba en propiedad, tras la herida de no saber perderle.

Fue en un pueblo con mar, una noche después de un concierto. Yo reinaba detrás de la barra del único bar que había abierto… ya lo cantó alguien antes, sin embargo, la tristeza no me advirtió de que la historia era extrapolable a cualquier corazón errante, que vaga solitario en busca de caricia que lo calme. Cierto fue, entonces, que yo era la camarera. Cierto fue, igualmente, que él entró de sopetón, como sin querer, con aspecto de no saber si pedir algo de beber o una tacita de Sopistant. Ese aire taciturno, tan de perrito sin hueso, que le salía sin querer, que le arropa el yo qué sé, yo pasaba por aquí, inundó el local. No diré yo que hubiese ciento y la madre de clientes, porque ya era hora de cerrar, pero algún impenitente habitual aún había, adornando la mesa junto a la ventana. Y, de repente, él. Él, qué más puedo decir de aquella primera y única vez que le vi. Él, su lánguida sonrisa de vaca sin cencerro. Él, y en la radio sonando bajito un Sabina de voz vivida y rasgada, que, como siempre, sabía de qué pie cojeo. Se acercó a la barra como si lo hubiese hecho mil vidas antes, y se sentó, en silencio. Dejó caer las manos y apoyó la cabeza sobre ellas. No dijo nada, sólo me miró, mientras tarareaba a puro susurro ‘y morirme contigo si me matan, y morirme contigo si me muero, porque el que no muere mata, porque amores que matan nunca mueren’.

– ¿Te pongo algo…? – Le dije, para romper la magia y que su polvo de hadas no acabase de dejarme helado el corazón por los siglos de los siglos.

– Una vida a tu lado, sin hielo ni limón. Contigo no necesito aderezos…

Touch down. Tocada y hundida. Estocada en toda la coraza de niña con Máster en Chulitos de Última Hora. Para todo podía estar preparada, que por condones y toallitas refrescantes la cosa no era. Podía estar preparada para todo, como digo; para todo, excepto para ver verdad casual en unos ojos en los que no me había visto reflejada jamás. Soy camarera, no gilipollas. Sé cuando un tío me quiere meter en la cama o en almacén, para arreglarnos la noche y alegrarnos el día. Estoy acostumbrada a los príncipes multicolor, que intentan a cada momento hacerme creer en leyendas de caballerías y corceles blancos. Estoy acostumbrada al juego de falsos cortejos, que así va el asunto, para qué engañarnos. Pero no estoy acostumbrada hoy, ni lo estaba entonces, para recibir un extra de ocurrencia y atractivo por parte de un no sé tu nombre, ni falta que hace, y que me hiciese sonar do-re-mi-fa-sol-la-si costilla arriba, costilla abajo.

– Vaya, me pillas sin vidas del tiempo – Le dije, sonriendo – Puedo ofrecerte un ‘ese cuento ya me lo sé, beibe’, en este pueblo gusta mucho…

Él, con tu sonrisa horizontal, ligeramente apuntada en las comisuras, rió a todo pulmón mi mandoble torero. Para mandarle al carajo me sobraba noche, así que la retórica fue mi sobre sorpresa. Carcajeó liberado, con tanta gana como si las ansias de ser feliz le molestasen en la glotis. Me gustó oírle, me gustó verle, me gustó mirarle. La sonrisa, como tantas otras bellezas paganas, sólo sienta bien a los dioses capaces de diabluras. Se me antojó libre, sin complicaciones, con esa dosis de felicidad desenfadada tan necesaria y envidiable para una chica como yo, que sueña con hacer realidad su a la mierda con todo. Lo sé, podría hacerlo cuando me diese la gana, porque qué podría perder la que nada tiene, salvo kilómetros, carretera y manta, pero la falta de apetito vital es un mal familiar que arrastro con ego-filosofía y Coca-Cola light.

– Si sigues mirándome así…

– Si sigo mirándote así voy a tener que besarte, y yo no soy ir por ahí besando a desconocidos… – me cortó.

– No sabes lo que alegro – le dije, sonriendo, mientras me apoyaba en la barra frente a él, a escasos centímetros del perímetro de fuego – porque este año se lleva mucho la barba y el bigote. Besar a un hipster debería ser considerado deporte de riesgo…

Volvió a sonreír, pero esta vez mucho más relajado y abandonado a su luz natural, esa que me cegó de una vez para siempre jamás. Tan cerca de él, barra de por medio, pude respirar su aliento, mezcla de roncito-cola y algo que me recordó al almizcle. Se me vino al paladar la idea de que besarle tenía ser como saborear un caramelo tofe de Solano. Instintivamente, cerré los ojos, imaginándome como sería sentir el dulzor de su boca sobre la mía. Corriente eléctrica, 220 V a su puta bola, cuerpo a través. Sentí como me rozaba los labios, ansié fuera, en verdad, el beso soñado, pero no, cuando abrí los ojos, vi como me dibujaba el contorno de la boca con el dedo, con sumo cuidado, con dedicación renacentista, con virtuosismo propio de maestro de la Capilla Sixtina. Desde la mesa de la ventana, alguien requería mi atención, a golpe de otro cacharro, morena de mi copla. Aun a riesgo de que el fin del mundo dependiese de que yo le acercase un cubata a aquel roba escenas de amor, nunca estuve tan sorda, ni tan muda… ni tan ciega de abrázame hasta que nos pille la mañana.

Lo que pasó después, lo recuerdo muy entre sudores, risas y embestidas. Salimos del bar como si hubiésemos sido pareja desde mucho antes de haber nacido. Nada de aquí te pillo, aquí te mato, que habría roto el hechizo de lo bueno. Hicimos nuestro el arte de la seducción, y cada uno cuidó  su baza, para asegurarse un bonus extra en la batalla final. Estaba claro donde acabaríamos, porque no había sitio mejor en el que guarecer nuestro quédate conmigo hasta que se nos duerman las ganas. Al abrir la puerta de mi casa, el escenario de mi yo habitual, el de soledad escogida porque donde hubo desamor, dolor queda, me laceró un instante. Allí, en el umbral de mi cueva, donde me guarecía y me guarezco, donde me dejo llevar por el cansancio para no pensar, miré hacia atrás, presa de aquel olor a tofe que aún salía de su boca. No lo había probado, pero sabía que en cuanto nuestros labios se rozasen, aquel dulce sabor me acompañaría para siempre jamás. Sin remedio. Sin remisión. Sin resistencia. Sin oposición y con todas mis fuerzas, me dije, sí, sea lo que sea, acabe en lo que acabe, es él. Este es mi minuto de amor. Me lo merezco.

Aquella noche fue indescriptiblemente genial; por mucho que me esfuerce, no podría dar un símil a lo sentido, porque nunca antes mi piel había vivido así. El delicioso sabor a tofe, oh my God…!, dio paso a lo demás, y para cuando me di cuenta, estaba poniendo más corazón que pasión, y mi cabeza iba y venía, imaginándome que aquello no iba a acabar nunca. Buen sexo, el mejor, ¡qué coño voy a decir! Pero no era eso lo que me hacía volar cual bailarina del Bolshoi, era su actitud relajada, su necesidad de caricias y cariño a partes iguales, su aura de muchacho sin dueño, de hombre que va de hombre que está a gusto con una mujer que está a gusto. Su manera de hacer fácil aquel acto de pasión entre dos desconocidos, esforzándose por filtrar la caducidad de lo nuestro de aquel encuentro. Se empeñó en hacerme sentir bien, y lo consiguió. Tanto, que cuando nos quedamos dormidos, me acurruqué en su axila, olvidando que no soportaba el olor humano cuando no era mío. Aquel olor a gladiador en la arena me hizo perder la cordura. Respiré el aroma de su vello sudado, sin importarme nada o un  pito que mi nariz lo rechazase, porque todo lo demás de mí, de la cabeza a los pies, deseaba impregnarse de aquella sensación de haber llegado a casa.

– ¿Quieres que me duche…? – Me dijo, sin salir del duerme vela, al oír mi respiración intensa bajo su brazo.

– No, si no es conmigo – Le dije.

A renglón seguido, estábamos en mi desvencijada bañera, sumergidos en un agua calentita, oliendo a gel Legrain París de bote violeta. Enredados cual guirnalda de navidad, pies con pies, piernas por doquier, abrazados para sobrevivir al iceberg de espuma colosal que venía hacia nosotros. No recuerdo muy bien de qué hablamos, tampoco es importante. Recuerdo la estampa y la comodidad de sus brazos, recién descubierta. No era la primera vez que mi bañera tenía invitados, pero sí la primera vez que yo no los sentía como tal. Noté como todo tú crecías de amor hacia mí, y me gustó la idea de amarnos en el baño. No había mucho sitio, tampoco era necesario. Otra vez risas, susurros, miradas, caricias llenas de complicidad. Silencio. Inspiración. Silencio. Expiración. Silencio. Inspiración. Silencio. Expiración. Sssssssiiiillllleeeeennnnciiiiiiooooo. Oooooh.

– ¿Te hago daño…? – Me dijo, intentando protegerme de algún modo, del rigor de la cerámica de la bañera.

– Se me ocurren mil maneras de llamarlo, pero daño no…

Y llegó la mañana. El sol que se colaba por las rendijas de la persiana anunciaba que el influjo del hechizo se había acabado: había que tomar una decisión. Yo era la camarera del único bar que había abierto en un pueblo en el que él había parado por casualidad. Él era… ¿quién era él? ¿Qué sabía yo de él, salvo que había sido lo mejor de mí en los últimos años? ¿Qué ganaba yo con saberlo? ¿Quería saberlo, realmente? ¿Y si, a la luz del día, aquel muchacho ideal se tornaba tosco como todos los demás? ¿Y si aquella sensación extraordinaria de sentirme bien era una quimera, una sombra platónica, a lo mito de la caverna? ¿Y si…?

Me he tomado la libertad de ahorrarte la parte fea. Me marcho sobre las 13.00. Estaré en la plaza esperándote, no vengas a despedirte si no es para venirte conmigo.

Me encantaría llegar a quererte, sólo eso.

Lo que en cualquier otra circunstancia hubiese sido un final colosal, porque los ya te llamaré, si eso se me daban fatal, aquella mañana me sacudió como un cólico nefrítico. Se había ido sin avisar, improvisando un post-it sobre la mesilla, aprovechando una página de un viejo dominical que había sobre la mesa. Se había ido. ¿Cómo no lo había oído, yo, que presumo de tener oído de tísica? Fácil el exceso de relajación me había anulado la conexión a la realidad. Tan bien y tan cómoda y tan plácida y tan feliz y tan de todo me había quedado tras nuestra noche juntos, que la mañana me había pillado con el Zzzzzzz por sorpresa. Miré el reloj, eran las 12.30, si me apuraba, podía alcanzarlo, a él y a su promesa de hacer todo por quererme. Recorrí mi casa con la vista, me vi en cada rincón, a mí y a mi soledad escogida porque mi anterior historia de amor me había dejado mutilada la vena de la ilusión. Pensé meter en una bolsa cinco bragas, dos Push-Up, tres vaqueros que me quedaban como un guante y cuatro camisetas de tiras que hacían de mis tetas dos buenas razones para no dejarme ir tras la primera discusión. Pensé en ir al baño y hacer un hatillo de emergencia, con dos cremas, el cepillo de dientes, la plancha del pelo y el cepillo de rulo. Pensé en coger dos pares de sandalias y unas All-Star por si resultaba inevitable ir a pasear con su madre o el perro de su herman (¿tendría perro su hermana? ¿Tendría hermana? ¿Tendría madre? ¡Ay, Dios!, ¿y si no le caigo bien?). Me latía el corazón a todo trapo. PomPomPomPomPomPom. Podía dejarlo todo. Tenía que dejarlo todo. Debía ir con él, que no tras él. Pero…

Tiriiiiiin.

WhatsApp. Cojo el móvil, obviamente no podía ser él, porque las horas compartidas habían dado tiempo para casi todo lo importante, menos para darnos el número de teléfono. Miro la Display y veo que el pasado se afanaba en recordarme que es la vida la que actúa a capricho, no yo la caprichosa. Después de muchos meses, quizá no tantos, pero mi psique así los había sufrido, Gonzalo, mi ex pareja, había decidido contestar a mis tropecientos mensajes de arreglemos esto como adultos, no te escondas detrás del silencio y hablemos, lo nuestro no puede acabar así, sabes que yo te quiero como nunca he querido a nadie, un error lo tiene cualquiera, yo a ti te lo hubiese perdonado, lo siento, lo siento, lo siento, lo siento.

Por un instante, quise borrar el mensaje sin abrirlo, porque hacerlo significaría volver atrás y ahora estaba en otro punto, quizá el de partida hacia ninguna parte, pero acababa de ver la luz tras un invierno largo de culpas y por qué siempre la cago cuando algo vale la pena. Me temblaban las manos, sabía que, fuese lo que fuese que Gonzalo quería de mí, el sólo hecho de que por fin me hubiese contestado, no podía ser mala señal. No teníamos cuentas bancarias en común, no había pertenencias que devolver, no había regalos que retornar a modo de reproche. Fuese lo que fuese que quería, debía ser en positivo. Miré la nota sobre la mesilla, aquella esquina de revista rota a mano, como con prisa pero seguro de que cumplía las funciones de carta de amor 2.0, y pensé en lo bien que debía estar pasándoselo el destino, poniéndome en la disyuntiva de empezar o retomar. Cuando el futuro depende de un Thelma y Louise, mar o montaña, izquierda o derecha, siempre pienso que mi intuición se queda sin armas. Sabiendo como sé que a mí no me toca la Primitiva ni soplándome los números ganadores dos semanas antes, siempre  pienso que la clave para acertar es tomar la opción contraria a lo que decido.

Dos vías, dos vidas. Una única estación de llegada. Chuchúúúúú.

Y cabeza abajo en el tresillo del salón de mi casa, imbuida una disyuntiva irrespirable, me debatía entre ir o quedarme, entre emprender o retomar, entre probar y parchear. Cabeza abajo, con las ideas ad hoc, sufro y soñaba con acertar en la decisión, desacreditando a mi imán para hacer siempre lo incorrecto, a tomar el camino que el lobo recomienda a Caperucita. Abuelita, abuelita, que ojos tan grandes tienes; son para verte mejooooor. Abuelita, abuelita, que orejas tan grandes tienes; son para oírte mejoooor. Abuelita, abuelita, que boca tan grade tienes; es para comerte mejoooooor. Ah, vale, si era para comerme mejor, la cosa ya eran palabras mayores…

Miré el reloj de nuevo, ya casi eran las 13.00, o me daba prisa o aquel tren que anunciaba salida se iría sin mí y me quedaría con las ganas de saber si aquel era o no mi vagón. Seguía sin abrir el WhatsApp de Gonzalo. Como enajenada, cogí mi bolsa de ir al gym y metí cuatro prendas de ropa, no recuerdo muy bien cuáles, porque no dejaba de mirar el móvil, por si llegaba otro mensaje, reprochando la lenta respuesta o qué. Me giré, y volví a mirar la nota sobre la mesilla. Las notas no son como los WhatsApps, no emiten sonidos cuando llegan, pero tienen una campanilla virtual, que cuando las observas un segundo, te sacuden cual alarma de incendios. Observas cada letra, analizas los puntos sobre las íes, si son redonditos cual Lacasitos, si son como lunares de una bata de cola, si recuerdan a rosquillas de Santa Rita. No tengo ni idea de grafología, sin embargo, los puntos sobre las íes son importantes para saber más de sus amos. Los puntos sobre las íes ponen los ídem sobre las tales, manifestando intención y verdad.

– Esa í, tan redonda, tan perfecta, tan sutil…

Seguí metiendo ropa, puede que siete tangas y una braga no me lleguen, pero compro más cuándo llegue a no sé muy bien dónde. Miro el reloj, faltaban cinco minutos para las 13.00; no importaba, la plaza del pueblo estaba muy cerca de casa. Metí también un despertador de Hello Kitty, por si el amor me pillaba durmiendo demasiado. Tic, tac, tic, tac, tic, tac. El cargador del móvil. ¿Móvil? Volví a mirar la pantalla: ni rastro de nuevo mensaje. No lo abras, no lo abras, no lo abras, no lo abras. Cerré la larguísima cremallera del bolso del gym, convertido en maleta para el éxodo inminente. Oigo el brrrbrrrbrrrr del cierre, que no termina nunca, y me digo, ¡preparados, listos, ya, reina! Oigo la campana solemne de la iglesia, que anuncia la una en punto. Cojo las llaves, me miro en el espejo de la entrada, entorno los ojos y susurro a por todas, chata, que la felicidad no es un boomerang de ida y vuelta. Portazo, carrera escaleras abajo, dejo atrás calles que dan lugar a otras calles que, por fin, me conducen a la plaza del pueblo. A lo lejos, intuyo la silueta de él. No me ve, está absorto, mirando de un lado al otro, pidiéndole a alguien que hay dentro de un coche, que espere un minuto más. Oigo como mi móvil vuelve a sonar dentro de mi bolso. No quiero mirar, pero quiero mirar. Me diluyo tras una esquina, viendo como él espera a que yo aparezca, porque no ha perdido la esperanza de que lo de ayer haya sido el comienzo de algo, aunque no nos conozcamos, pero tenemos todo el tiempo por delante para lograrlo. Lo miro y me reafirmo en mi corazonada: mi minuto de felicidad bien entendida está ahí, es él.

Y aún así, no puedo dejar de pensar en que en mi bolso, tan lleno de pasado, con el móvil esperando a que yo regrese al punto de mierda del que partía, en el que vivía hasta la noche anterior. Veo como mi oportunidad de empezar de nuevo se sube al coche que aguardaba encendido, y no hago nada. Me dejo caer al suelo, resbalando la espalda sobre la pared del edificio que me prestaba anonimato, y respiro. Respiro como puedo, porque sé que ya nada. Ya no. Ya para qué. Respiro. Oigo como el coche se aleja. Los coches cuando se van hacen ruido de despedida, de hasta luego, Lucas. Respiro. Mierda, me digo. Mierda, me siento. Respiro. Levanto la cabeza y miro al vacío. Una señora mayor con bastón camina a ritmo de ballet, dos niños y una pelota, un clásico de la animación popular, discuten sobre si fue o no fue mano. Y yo, tan tonta como para no darme cuenta de que mucho antes de hacer de mi bolso del gym la maleta de mi gran huída, ya sabía que no iba a ir a sitio alguno, por mucho Edén y Adán que me esperase. Llorar es de palurdas, me dije. Palurdas y cobardes, pero conocerse es todo un honor carente de gloria.

Abrí el WhastApp de Gonzalo; obviamente, si no me había subido al coche que me auguraba una nueva oportunidad de amar, era porque mi corazón seguía latiendo por quien lo había abandonado tiempo atrás. Nunca ha sido Gonzalo muy locuaz, que no sentido, así que cuando vi mucho texto, me pregunté cuántos días habría estado pensado qué poner.

 * Quererte no fue un error, el error fue creer que lo nuestro tenía posibilidades de ser para siempre.

* No sigamos con esto, nena, se acabaron los mensajes y las culpas.

* Cambio de número de móvil, para ponértelo más fácil.

* Que la vida te vaya como mereces y como te la curres.

* Fuiste lo mejor y lo peor, esa eres tú.

¡Plas! Ahí estaba yo, con el culo rayado por los raíles de las baldosas clavados en mi coxis. Con la espalda estucada por el proyectado de la fachada que encofraba mi pena. Con la garganta colapsada de me cago en todo lo que se menea. En mi cabeza aun resonaba el motor del coche que minutos antes me daba la oportunidad de escapar a mis decisiones equivocadas. Se me vino a la cabeza la noche anterior, la bañera llena de espuma, el olor a tofe de una boca que no había besado antes pero que me supo a quédate conmigo mañana y siempre. Recordé aquella sonrisa perversa, de conquistador despreocupado, y me sentí caer al vacío, como tobogán al centro de la tierra. Hacia la lava ardiendo que inunda el núcleo del planeta, así iba yo, con mi lástima y mi remordimiento natural, ese que siempre me impide tomar la dirección correcta. Había perdido mi tren y volvía a ser la misma que hacía dos noches, como si la anterior fuese un lapsus, un agujero negro en el que la alegría y la felicidad giraba y giraba, a toda hostia. Allí estaba de nuevo yo, amargada por no haber sido capaz de jugármelo todo al dos de corazones, carta ganadora. Puta pereza de existir, que me lleva siempre a conformarme con lo peor de mí.

No hay pasión que mil vidas dure, ni desamor que cien años te persiga. Tengo cuarenta, sólo tengo que esperar a que la buena suerte trepe hasta mi ventana. No sé mucho de estadística ni probabilidad, pero si él paró una vez en este pueblo con mar, una noche después de un concierto, no sé por qué no podría volver a hacerlo, a fin de cuentas, no se ha hecho el amor para los que se rinden a la primera. Lloro tanto y tan alto, que los niños de la pelota se asustan y se alejan de mí. Supongo que tienen miedo de que la pena se les contagie. Puede que lleve media década allí, sentada en la esquina de la plaza, porque el frío me tiene casi paralizada. Oigo unos pasos que se acercan, los ignoro, porque si levanto la cabeza verán mis ojos hinchados de desesperanza. Los pasos cesan, yo sigo con la cabeza entre las piernas, ahogando mi sollozo, para evitar preguntas incómodas. Sé que alguien me mira, no necesito mirar para saberlo.

– Hey, hey, hey, heeey…

Mucho antes de que levantar la mirada, percibí un olor a tofe que hizo que se me disparase el aleluya. No puede ser, no puede ser, no puede ser, no puede ser. Y, sin embargo, era.

– ¿Sabes, la puntualidad nunca ha sido mi fuerte? – Digo, enjugándome los ojos, en un vano intento de ocultar mi llantina.

Él se sentó a mi lado, con la espalda sobre la pared, y pasó su brazo sobre mi hombro. Me besó el pelo y como quien no quiere la cosa susurró, no sabes el miedo que me daba no encontrarte de nuevo. Respiré hondo, sonreí y pensé en que la vida está llena de pequeñas cosas que merecen la pena.

– No te hagas ilusiones – le dije, divertida – No soy de las que se enamora en la primera cita…

– Me alegro, porque esta ya es la segunda…

🙂

 

 

5.- IRA

 

Un día te levantas y piensas que la vida de cualquiera es mejor que la tuya. Y ya se montó, porque supongo que no son mundos estos para andar de sobrado, diciendo que puedes con todo, con lo que te echen, porque lo mismo van, y te lo echan. Te echan toda la mierda encima, toda la que encuentren, y después tienes que decir que nieva, claro. Al carajo con todo, con lo que está bien y lo que tiene que ser así porque a alguien le salió de sus santísimos cojones de sentenciar que era así. No me gusta alardear de carácter y después arrepentirme, que para bipolar perdida ya está la Britney Spears, como dice mi novia; que si un día estoy cachonda, al otro me rapo el pelo, el de más allá me engordo como un chanchito al espeto, al siguiente me disfrazo de putón verbenero… eso sí, porque la Britney se arrepiente y es Trending Topic. Yo me hago mutis por el foro, y soy un puto achantado que se hace caquita en cuanto su chica le dice que en el salón no comen panchitos porque las migas se pegan a la microfibra del sofá. Y sí, hostia, la verdad es que sí que se pegan, pero a mí qué me importa, me pregunto yo. No me importa nada; es más, hasta que conocí a Tania no sabía que eso podía ser importante o no importante, porque cuando las migas de los panchitos se caían en el sofá de mi piso de soltero, las sacudía al suelo ¡y ancha es Castilla…!. Muerto el perro, se acabó la rabia. Suelo lleno de migas, pero nada que con las zapatillas no pudiese esconder bajo el sofá.

Pero Tania lo complica todo por su ansia de limpieza, de orden, de concierto, con su idilio con la secadora. Hasta que me mudé a este piso en el que parece vivo con Mister Proper, no tenía ni idea de que el aroma del detergente y el suavizante debían estar coordinados. Ni una puta risa, que va en serio. Coordinados, es decir, que si te manda al Carrefour y coges detergente jabón de Marsella, pongo por caso, no puedes echarte al suavizante jazmín silvestre, porque cuando llegas a casa y tu novia lo ve en la sala de lavado, se le riza el pelo del flequillo, yo diría que hasta se le alisa el pubis, fíjate tú: ¡te monta un pollo que te acuerdas de tu prima la coja!, avisado quedas. Esa noche no cenas, tenlo claro, pero ni se te ocurra deslizar un pie bajo las sábanas, que esa noche no se folla, amigo…

Eso debe ser lo que llaman la tiranía de la convivencia y la mierda de la liberación de mercado, porque antes, cuando yo era niño, recuerdo que mi madre me mandaba en mi Orbea al Spar de la Socorrito, yo cogía el tambor de detergente que me cabía en la cesta de la bici, y no pasaba nada. No sé si mi padre follaba o no aquella noche, que son mis padres y no quiero saberlo, ojú, pero mi madre no me decía ‘hijo, este olor a cartón piedra del ofertón de la Socorrito no va a dejar los toallas como para acariciarle es escroto a un querubín’. Mi madre, que estaba más preocupada en poder llegar a fin de mes y porque no llegase una nota del colegio diciendo que me había fumado dos clases de la mañana, era una tía sensata, que ponía al puto detergente en su lugar: polvo eres, y en espuma te convertirás. Chispum.

Pero Tania es de ese sector del género femenino que se toma cada decisión doméstica como si fuese un decreto Obama: somos la nación más poderosa del mundo, hacemos lo que nos sale del orto. Ella no tiene orto, tiene culito, ya lo deja claro el texto del embalaje de sus salva slips: ‘quita la tira adhesiva y colócalo en tus braguitas’. Si usa braguitas, tiene culito. Si dijese braga faja de colgar con tres pinzas en tendal, sería culazo, pero esa es otra guerra, la que yo siempre pierdo porque en esta casa no se puede decir que el culo de Kim Kardashian es un puto sueño delirante, porque se le tacha a uno de enfermo. ¡De enfermo!. Enfermo me pongo cada vez que la veo y pienso el frío que debe quitar un culo así en pleno invierno. Pero a lo que iba, el caso es que lo que Tania entiende por compartir las tareas del hogar es que yo haga lo que ella decide. Sin más. Y que lo haga como ella quiere, que para eso vivimos en su piso, un lugar femenino donde los haya, en el que hay que cagar aguantando que Leonardo Dicaprio te sonría, y no es una frase hecha, que ojalá. Tania tiene enmarcado a tamaño natural el poster de Titanic, y no encontró lugar más sugerente para colgarlo que frente al inodoro (yo siempre dije váter, así, a lo chungo y tan propio de barrio, pero a mi chica la rechina oírlo, así pues, inodoro). Y ahí me tenéis, con los pantalones por los tobillos y el gallumbo a media asta, haciendo de cuerpo mientras el Leonardo me mira como diciendo, yo aquí, a punto de morir congelado en el medio del puto mar y tú ahí, giñando tan ricamente. Tanto me intimida y de tan mala leche me pone, que tirarle un toallón por encima, pero cuando me olvido de quitarlo, Tania me recuerda que el póster está sujeto con un cuelga fácil y que me lo voy a cargar. Lo del cuelga fácil tiene su aquel y su segundo rollito, porque lleva años pidiéndome que haga una agujero en condiciones con el taladro, con su tojino y polvo anaranjado de ladrillo pulverizado; yo me resisto, una por ver si el Leonardo se come la hostia padre contra el suelo y puedo cagar tranquilo, sin síndrome Gran Hermano, y otra, porque sé que como se astille una azulejo en plena sesión de Bricomanía, a Tania hay que ingresarla en la López Ibor, que no tengo ni puta idea de dónde está, pero que ella dice que es el psiquiátrico MUST HAVE, al que va todo el famoserío de Madrid. En la López Ibor o no, ni me arrimo al taladro, fingiendo siempre algo que hacer, lo que sea, incluso pasar el aspirador en los cojines del sofá, porque si llega mi chica con su detector de miguitas y me pilla en un renuncio lo mismo no es que no folle, es lo mismo ni ceno. Y eso, eso sí que no, no me jodas…

Por si no lo he dicho antes, llevado por mis falsas iras de tío-hasta-los-güevos, yo me siento muy bien conmigo mismo, con mi masculinidad menoscabada a golpe de risas y cariño, pero lo cierto es que de vez en cuando, muy de vez en cuando, me entra la rebeldía pandillera que todo hombre lleva dentro y me dejo ir; me dejo ir hasta que, rascándome las bolas, en pijama, y echando una partida al Candy Crash, reconozco el ruido de sus tacones saliendo del ascensor y pienso por fin llega, ya está aquí, hay que ver las ganas que tengo de tirarla en el sofá y despeinarla en medio de abrazos y risas. Hay que ver lo pelanas que me he vuelto desde que el amor llegó a esta barriga cubierta de pelos, que ella dice es el mejor lugar en el que dormir. Tania es una obsesa de lo suyo, del suavizante y el detergente, pero tiene tantas cosas cojonudas, que en la balanza todo se inclina al lado en el que ella reina como merece, como mi chica imperfectamente 10, mi 9.5, esa a la que echo de menos cuando estamos enfadados, y a la que llevaría sobre mí una y mil veces, como el Dicaprio de los cojones en el hundimiento del Titanic, aunque Tania, al igual que la prota, tampoco me dejase sitio en el madero que le salva la vida, aún a sabiendas de que cabemos los dos. Así de ordenadas son ellas: si me quieres, que el amor sea épico. Morir de amor debe ser eso, supongo.

 

 

4.- AVARICIA

No es besar, que también, es hacerlo incluso cuando los labios no se tocan, en ese instante previo en el que las intenciones se arrodillan ante el olor a boca que quiere más de la otra boca y todo se llena de calorcito y humedad. Besar es mucho más que chocar dos trenes blanditos, cargados sentimiento y necesidad. Besar es parar el tiempo para que los ojos de tu otro yo pidan clemencia y babitas para siempre jamás. Por siempre jamás. Por eso, cuando estreno ligue, sé enseguida si se va a convertir en amor o se va a quedar con mi piel entre las sábanas.

Mi amiga Piluca dice que moriría por una vida llena de primeros besos, esos que se te quedan marcados tatuados y tantos años después sigues rememorando con los ojos cerrados, mientras te malbesa cualquier otro impostor, disfrazado de elegido. Una vida de primeros besos suena pistonuda, mmmsí, pero vete tú a saber si yo no echaría de menos el segundo, el tercero, el cuarto y quizá el quinto beso, ese que me suele resulta cómodo, mullido, suave y seguro. Nunca he sido yo de experiencias extracorpóreas, porque ni levito ni vuelo, que no tengo edad ni Biodraminas suficientes, así que lo de ir con hormigas en el estómago todo el día, hasta el fin de los tiempos, no va conmigo. El primer beso tiene sentido cuando el que te lo da, te lo regala desinteresadamente, como dádiva al encuentro. No suele pensar el afortunado que va a hacer historia en tu maniquea psique de señorita del XIX, en la que sólo hay cabida para caballeretes y chuflagaitas. Mal saben los chicuelos que me prestan sus labios cuando el destino nos hace cosquillas en el alma, que no morirá del todo nuestro fortuito juego, porque aunque su presencia sea fugaz, quizá lo que duren sus caricias en mi cuerpo, sus labios, su sabor a chico desea a chica porque chica es lo único que importa a chico se quedarán para siempre conmigo, para hacerme compañía en las noches en las que esté más sola que la una y no deje de preguntarme qué hace un corazón como el mío, tocando una tamborilada a solas, de madrugada y haciéndome sentir una caca. Una caca abandonada a su suerte y su no suerte. Caca singular, siempre el verso suelto en las fiestas de cumpleaños, en los que, por cierto, beso muchos labios, pero nunca unos que me reconforten y me hagan exclamar al carajo con todo, que yo me quedo aquí.

Por eso y desde entonces, todos mis besos me llevan a ti, que maldito el día respiré tu aire como si fuera mío. Dejé que rompieses la barrera de la cordura y ahora estoy donde estoy, comiéndome el tarro y preguntándome en qué instante bajé la guardia, y cual torero de rodillas a puerta gayola, dejé que entrases en mi pasillo de la fama, ese columbario de amores perdidos, que dejan su huella en la hornacina en la que guardo las cosas que valen la pena y a las que recurro noches como la hoy, en las que el lado frío de la cama me sabe a mi burro, a mi burro le duele la cabeza y el médico le ha dado jarabe de cerveza. Me sabe a qué hago yo ahora con los escalofríos que me provoca pensarte de nuevo. Me sabe a yo quiero más, y lo quiero ya, porque besarte fue y siempre será como intentar comerte sólo un Donut del paquete gemelar: so imposible, my dear! Y digo fue, porque fue, y digo será porque siempre estaré pensando en que una llamada sin identificar puede ser tu nueva vida que me reclama.

Pero con el paso de los años, la llamada es cada vez menos probable, casi tanto como volver a verte y, mucho más impensable aún, volver a oler el café de la mañana en tu cara recién afeitada, sabiendo que ocho horas de oficina son un océano abarcable sólo cuando estoy segura de que al regresar y abrir la puerta, eres tú lo que me hace sentir en casa, que no es lo mismo que estar en casa. En casa estoy ahora mismo, entre cuatro paredes, tres armarios, dos zapateros de Ikea y un improvisado cesto de la ropa sucia que no es más que un canasto de pisar uvas. También tengo una nevera grande con No Frost, que no hipercongela ni deja que las cosas se pudran antes de tiempo. Tentada estoy de hacerme un sitio al ladito de la mostaza y el jamón cocido, porque igual que la arañita pijamera, esa que se cuela en la pernera del pantalón mientras duermes, y te muerde desde el tobillo hasta el elástico de la cinturilla buscando salida con sus patitas de araña pequeña y jodona, cuando la soledad te da el primer mordisco, la crionización no suena mal del todo. No hay frío que cien pupas dure. Ni pupas que cien glaciaciones soporte. Pondré el refrigerador en la función a toda hostia, por si me entra prisa por no ser.

Es lo malo de no saber controlar las emociones y mucho menos los tempos: querer y quererlo todo, quererlo todo y quererlo ya. Si mi vida fuera el escaparate final de ‘El precio justo’, bastaría con poner una banquetita de tres patas con un cojín mullido, porque esperar es mi destino, mientras alcanzo a dar un valor irrazonable a lo que me pasa. Y ese precio eres tú. Cueste lo que cueste. Valgas lo que valgas. Porque eso es otra, no sé si eres o te supongo, pero para el caso es lo mismo, porque cuando la chispa arranca, no soy capaz más que de echarte de menos tal y como te quiero recordar, dejando a un lado esas otras cosas que te quitan qué sé yo, pero que, en todo caso, no están invitadas a mi cuadro de las lanzas. Imaginarte en plena potestad y plenitud de superpoderes, esos que te gastas con tan solo arrastrar las pantuflas por el pasillo, fusfás, fusfás, fusfás, creando un campo magnético  tal que tanto se te pegan las pelotillas de polvo del parqué como mis ganitas de vente aquí conmigo, que me duele perderte de vista.

Saberte como te sé un ya nunca más, y que te den, morena, te da un extra de atractivo, y sé que está mal en decirlo. Está mal en decirlo, y mucho peor en no asumirlo, porque entonces ¿de qué tanta pichochez con lo nuestro? ¿De qué eres el epicentro de casi todo lo bueno que quiero que me pase? ¿De qué un Euromillonazo es nada comparado a que el puto teléfono suene otra vez, como antaño, para preguntar a qué hora a cenar, que estás haciendo ravioli y no quieres que se queden en pegotones? ¿De qué sentirme así, cual periquito viudo, periquiteando lagrimas verdes de tanta soledad de mierda? Lo dicho, es lo malo de querer y quererlo todo, que te olvidas de preguntar cuánto está dispuesto a dar el otro. Doble o nada, hagan juego, señores. 

 

3.- ENVIDIA

 

Podría quedarme mirando esta foto mil vidas. Quizás mil una, porque todos los días de las mil primeras se me quedan cortos y me saben a poco, tan poco como cuando estás llegando al chicle del chupa Koyak y se cae al suelo, dejando miles de aristas color cereza a su suerte, sin más orden ni concierto que el del caos y el desconsuelo de la que sabe que lo mejor, el premio gordo del chupachup relleno, acaba de hacer plof. Cataplum.

Los miro y pienso que difícilmente se puede tener más sintonía y más suerte, porque lo fácil es enamorarse; el carambirulí es mantener vivo ese amor hasta que te duelan las pestañas de tanto hacer ojitos, y palmar de amor en cuanto le hueles. Lo difícil es hacer de cada mañana un día épico, uno de esos días en los que parece que todo fluye y que la sinfónica de Viena te sigue, de habitación en habitación, adaptando sus acordes a tus movimientos febriles y desesperados, cubiertos de pasión reciente y aún con un trajecito de saliva campando a sus anchas por cada esquinita empolvada de tu piel (mola el símil, qué adecuado), esa misma piel que susurra a gritos ser tocada otra vez como entonces, como cuando todo encajaba, igual que en la foto.

Ser feliz es un arte de arduo entrenamiento y, aún así, no siempre resulta, porque te equivocas en el camino, tropiezas con piedras que decides saltar pensando que si no las ves, no las sientes; pero se te quedan enquistadas como esa esquirla de vaso de Nocilla que no viste al barrer el vaso roto, y te persigue de calcetín en calcetín, recordándote que, a tu edad, la crema de cacao no es bien; recordándote que, a tu edad, andar descalza no es bien; recordándote que, a tu edad, no hay mal que por cien años dure, más que nada, porque cada vez hay menos oportunidades para empezar de nuevo. Aunque sea con lo mismo, con lo antes, con lo que un día empezó como todo, por casualidad y sin más por qué que el sin querer y el quererlo todo. Todo, incluso esto, que ya no se sabe si es un quédate o qué, pero que sea lo que sea, sigue oliendo a nosotros, aunque el plural ya campe a sus anchas en lo que, hasta hace bien poco, sintiéndonos uno teníamos bastante.

No soy yo de las que se baja de los coches en marcha, que el vértigo me condiciona e impide según qué huídas a la loco y cinematográficas, pero hay que reconocer que si hubiese un spray acolchante (¿existe esa palabra? no tengo ni idea, pero si no es así, que la inventen) en el Mercadona para rociarte el corazoncito, pum, pum, pum, pum, pum, antes de gritar hasta luego, Lucas, me lo pondría de bodymilk una vez al día, quizá nada más despertame. Porque irse es fácil cuando sabes que no lo harás ni en sueños, porque es tanto lo que te une, que incluso el dolor de ver como todo agoniza es un pegamento que te retiene sin día ni hora ni fecha en el calendario.

Y esperas un gesto, algo que, cual epifanía, te diga que ya está, que ya llega el telesilla, y que el remonte está ahí mismo. Y se me viene a la cabeza el Everest, con sus fríos que te cagas, sus cabras protegidas por vete tú a saber quién, sus expediciones machotísimas y sus Yetis en plena fiesta de pijamas, y pienso que eso es fácil, que está chupado. Pero lo mío no. Lo mío sí es jugarse el pellejo todas a una. Apostar a caballo que nunca sé si es perdedor o ganador, porque la cabeza dice sopa, y el corazón me dice a ver qué pasa. El gesto no llega. O sí, pero sabe ácido porque no viene acompañado de bajada de ojos hombre, abrazo de hombre, beso de hombre, olor de hombre, respiración de hombre… con beso de hombre, ese que un día me selló los labios con su sabor a para siempre jamás, sabor a te pongas como te pongas, a hagas lo que hagas, a digas lo que digas. Con aquel primer beso prometió todo sin decir nada, y no hizo falta, porque supe entonces que ese era mi sitio. El lugar al que pertenecía y al que quería y necesitaba llegar. Entonces, marcharse no era moneda de cambio, porque ambos éramos un puzle de dos fichas, más simple que un Bic, pero que cuando la pieza del saliente daba con la pieza del recoveco, todo se impregnaba de ti. De mí. De nosotros. Otra vez la dichosa palabra. Cuando decir nosotros duele, es que alguna letra ya se está muriendo. D. E. P.

 

2.- GULA

 

– ¿Oíste, Charo…? – Sentado en el váter, ojeo el Cosmopolitan de mi novia, mientras ella acaba de arreglarse el pelo con las planchas.

– ¡Hummmm…! – No me hace ni puto caso, claro, porque tiene la boca ocupada con dos millones de prendedores negros que utiliza para no sé qué cosa de ondas surferas. ¡Prf…!.

– ¿Este tipo está bueno…? – Señalo al tipo de la foto. No tengo ni idea de quién es, pero estoy seguro de que ella sí ¡hombreeee…!

– *Ñejamehveshummmtecagash

*Déjame ver, hummm… ¡te cagas…!

Eso dijo. Déjame ver, hum, te cagas. Y aunque estaba sentado en el váter, no me cagaba porque lo que estaba haciendo era tiempo para que ella me dejara libre la pileta y poder afeitarme, pero, visto lo visto, y que el barbudo de la coleta que salía en el Cosmopolitan estaba bueno que te defecas, lo mismo tenía que dejarme pelos en la cara. Porque tenía que ser eso, ya que en ropa, el tipo de la foto no se había gastado mucho, no.

– ¿En serio? – Apostillé, riéndome con sorna, golpeando la foto – Pues ya me dirás: ¡una camiseta blanca de mierda, de las de toda la vida!

Si había algo sagrado para Charo, además del orden en la nevera y dejar la ropa conjuntada para el día siguiente en la silla de la habitación, era su sesión de alisado; así que, cuando vi que soltaba las GHD a toda prisa y me arrancaba el Cosmopolitan de las manos, supe que la faltada estaba cerca. ¡Zas, en toda la boca!.

  • Paco, hijo, no es la camiseta, es lo que va  d-e-b-a-j-o  de la camiseta…

Y la muy cabrona pinzó uno de mis michelines como si sus dedos índice y pulgar fuesen unas pinzas de dar la vuelta al entrecot. ¿Se puede ser hijaputa? Pues sí, y eso que dice que me le gusto gordito, que los tipos delgados no le van. ¡¿Aaaaaah, no te van…!?, pensé, será que no te van los delgados que no están buenos que e cagas. Farisea, mascullé, dolido.

  • No me toques los cojoneeeees, que me pongo en serio con lo del gimnasio y la lío parda…

¡Ay, mamá! Ahí empezó todo. Empezó mi declive humano y social. Perdóname, Señor, que no sabía lo que decía. ¿Dónde puedo uno arrepentirse de los calentones momentáneos sin perder chulería? El día que le dije a Charo que podía cumplir con mis objetivos deportivos, más allá de pagar la mensualidad e ir a la sauna una vez por semana, debí morderme la lengua. Más aún, debí tragármela. Entera. Sin masticar. Porque hay que ver lo infeliz que soy desde el día. Me cago hasta en mi sombra…

  • Charo, ¿se acabaron las patatas Lays? – pregunto, muerto de hambre, abriendo y cerrando las puertas de las alacenas.
  • Noooooo… – con la cabeza metida en algún cajón del armario, su voz sonaba a calcetín.
  • ¿¡Nooooo…!? – Con los brazos en jarras, aguardo a oír su taconeo por el pasillo. TocTacTocTacTocTac. Silencio total. No viene – ¿¡Nooooo…!?
  • Noooooo… – con la cabeza metida en el mismo cajón del armario, su voz sonaba aún más a calcetín, esta vez más escondido.
  • Y si nooooooooooooooo, entoceeeeees… – Inquiero, con tonillo.TocTacTocTac. Esta vez sí que viene

     – Es que ya no te las compro – Me espeta.

– ¿Qué no qué…? – Incrédulo, me agarro al mármol del mesado de la cocina, intentando recordar por qué vivo con Charo, por qué quiero a Charo.

– Que ya no te las compro, porque te comes la bolsa entera y te cargas el esfuerzo del gimnasio… – Se me acerca, a traición, y me da un beso blandito, de los que saben a madre, no a novia que sabe cómo besarte cuando quiere gustarte.

– ¡Hay que joderse…!

Había, tal. Había que joderse hasta el infinito y más allá, porque era domingo, el colmado del Pakistaní de al lado de casa llevaba cerrado dos semanas por festejos nupciales y el bar más cercano no tenía Lays, tenía patatas mierda, de esas de marca chunga, que saben a borrachera de puticlub. Lo sé, los divorcios han de cimentarse en algo que no sea de risa, porque decirle a un juez que te marchaste de casa porque tu chica decidió no comprar patatas fritas en bolsa grande, sonaba, a priori, a chufla. Pero a mí, en aquel momento, no me hizo gracia alguna. Para risas estaba yo.

Me fui hacia el sofá con una cosa que Charo dice está buenísima y es muy sana, un aperitivo ideal para los que estamos a plan, apunta siempre que puede. Tortitas de arroz, reza el paquete. Mientras engullo una tras otra, viendo a ver si a partir de la quinta tortita me aficiono a lo insaboro, me digo que podían haberse llamado escobillas de váter, porque saben a culo. Charo ignora el mal que le deseo en este momento en el que mi ser necesita grasa hidrogenada y sal, pero lo nota, porque, más que acurrucados bajo la manta de ver la tele, estamos protegidos. El uno del otro. Ella se aferra a mí, intentado vencer mi resistencia a ser querido. Protesta, dice que soy un cáctus, que me cuesta mostrar mis sentimientos, que es culpa de mi madre, que, sentimentalmente, me educó como el orto.

– Sí, que a ti la tuya te educó mejor, ¡hay que tocárselos…! – Intentando tragar el amasijo de gomaespuma con el que están hechas las tortitas de arroz, defiendo el honor de mi santa madre.

– Oyeeeeeeeeeeee, si está irascible porque el gimnasio te cansa, no es mi culpa, eeeeh…

Charo se levantó, zapateándome el mando de la tele en toda la barriga, casi vacía, por cierto, porque las tortitas de caca no llenan ni comiéndote también el embalaje en el que te recuerda sus beneficios y sus calorías. ¿Y no va, la tía, y se enfada? ¿No había sido ella la que había arrestado mis patatas Lays? ¿No había sido ella la que había mentado a la madre que me parió?

– Charoooooo…

Grito desde el salón, sabiendo que no me va a contestar.

– Charooooo…

Vuelvo a gritar, pero sabiendo que pierdo el tiempo.

– Charooooo, me pica un huevo… – Digo, por provocar, mientras me rasco la entrepierna.

– Pero serás… serás… serás asqueroso y cerdo y puerco y boca negra… – No falla: ¡la pincho y salta!, pero le hago gracia, y eso es muy grande.

Charo volvió al salón a darme de hostias con los cojines y a tirarme de los pelos de la barba que me estaba empezando a crecer, como al tipo de la foto. Bueno, como al tipo de la foto exactamente no, porque a él le parecía tupida y molona, en cambio la mía, era rala por zonas, compensando con remolinos y canas en el lado contrario. Más que una barba hipster, la mía era una barba perroflauta, y mira tú que, a fin de cuentas, la cosa era la misma: no afeitarse y a tomar por culo. Pues nada, yo perroflauta y el de la foto del Cosmopolitan ‘bueno que te cagas’. Hay qué ver.

– Mira una cosa… – Charo interrumpió su guerra de almohadones y me eché a temblar, porque cuando una tía te dice ‘mira una cosa’ quiere decir ‘te vas a enterar’. Me castañeaban los dientes. ¿No me iría a dejar, verdad…? Me cagué… – ¿Cuánto tiempo va a durar esto?

– Joeeeer, nena, vaya pregunta… – tragué saliva – Pues lo que tú quieras, porque yo contigo estoy de la hostia, así que…

– ¿¡Perooo…!? – Charo se llevó el dedo índice a la sien, dejando claro que alguien allí estaba zumbado, pero que, por supuesto, no era ella – Digo, que cuánto tiempo va a durar esta matada de gimnasio, báscula, mal humor y comer bocata de panceta a escondidas…

– ¡Chechechéééé…! – Reí, nervioso, ¡no me va a dejar…!– Que no son de panceta, son de  b-a-c-o-n, que lo compro en el Hipercor y ahí es todo más caro y más fino, so cabrona…

Agarré un cojín de flores que me parecía horroroso pero que daba muy buen sobar a la hora de la siesta, y le di su merecido, almohadazo va, almohadazo viene. Charo, que tiene tan buen perder como el mío, se dejó dar y requetedar, con tal de que al final, los perdedores tuviesen su sesión curapupas y abrazos de oso. Los abrazos de osos, en esta mi santa casa, lo curan todo, eh, pero sobre todo y más que cosa alguna, las tensiones de pareja, porque qué mejor que un amasijo de brazos y barrigas felices, así, campando a sus anchas, mientras nos mordemos las orejas en señal de cómo tú, ninguna, que canta el Bustamante. Lo sé, aludir a Bustamante, siendo yo quien soy, queda entre cursi y pelele porque cuando conocí a Charo era un aguerrido camiseta negra, aficionado a la cerveza de barril y los cacahuetes sin pelar, pero…  león disfrazadito de cordero; o cordero disfrazado de león, que uno ya no sabe si era mejor el que era o el que es, porque estar con los amigotes mola mazo, pero hostiarnos con los cojines con Charo, seguro de que después hay tema, mola mazo más.

– Charo, tengo un hambre mortífera… – Dije, casi en un suspiro, con el poco fuelle que me quedaba para protestar.

– Las patatas Lays están debajo detrás de la caja de leche desnatada sin lactosa

– ¿Pero no era que no había, nena…? – Separándola de mí, como queriendo llamarle traidora en versión ‘cariño no te enfades, no te estoy insultando, tal y como parece’..

– No, dije que ya no te las compraba… – Charo se reía, mientras me mordisqueaba los mofletes – Esas las compraste tú: ¡yo solo las escondí!

– Tú eres mala… – Dije, indignado.

– Tú aún no sabes lo mala que puedo llegar a ser…

¡Ay, mamá! Y dicho así, los dos tendidos en el sofá y tras el abrazo de oso de rigor, me sonó a maldad de la buena, de que sólo Charo es capaz, sabe y me gusta. Su maldad y mis ganas de patatas Lays no competían, no jugaban en la misma liga porque en la balanza de pecados, mi gula por sus planes de amante perversa siempre ganaba por goleada. ¡Nos ha jodío…!

– ¿Y las patatas, Paco…? – Masculló ella, dejándose el Push-Up en el pasillo.

– ¿Estoy a plan, recuerdas…?

🙂

 

1.- LUJURIA

 

  • Es un tío normal, lo que pasa es siempre le dan papeles de muerdebocas, de los que os molan a las chicas.Paco dixit.Y dixit, pero dixit sin que se le moviese un pelo del flequillo, ese que cada mañana se coloca a conciencia, buscando el ángulo perfecto por el que asomar su ojo derecho, ese que un día me enamoró como una loca de atar, de las que son dignas de camisita con lacitos, embudo en la cabeza y matasuegras a modo de megáfono. Paco me enamoró como enamoran los toros a las vacas en el campo: por fuerza, por magnetismo, por virilidad, por seguridad, por ostentación de potencia. A mí, que soy estudiada, que tengo una carrera profesional aburrida y equilibrada, digna de un matemático de la NASA, me dejó sin respiración un tipo cualquiera, un no sé cómo te llamas, con el que cada quince días coincidía en la farmacia, él comprando antigripales y yo ibuprofeno como si no hubiese un mañana. A él siempre le atendía la manceba joven, a mí la gorda malhumorada, que no dejaba de repetirme que no abusara de los medicamentos, que podría acabar con las arterias engrosadas.
  • Ya, ya, gracias por el consejo, pero es que trabajo mucho delante del ordenador y ya sabe… – argüía yo, avergonzada, pensando que era una yonki del Espidisfen.
  • No, no sé… – Me decía, cortante y resabiada.
  • Pero yo sí…Moví la cabeza y vi que el eternamente acatarrado, mi compañerito de farmacia legal, me hablaba a mí. Daba la cara por mí, dando por saco a la gorda de la boticaria, que no dejaba de menear a la cabeza, supongo que imaginándome posando para selfies desnuda, que sin duda, inundarían mi perfil de Facebook. ¿En serio esa es la imagen que proyecto? Ojú.
  • Que esos ojos no sufran por una pantalla de mierda… – Y apartó de su pedido un colirio, que metió en mi bolsita, rozándome por casualidad el pulgar, como si cualquier cosa.¡Pim, pom, fuera, que se me sale la camisa fuera, que pim, pom, fuera, que se me sale la camisa fueraaaaaa…! Oí música, campanas al vuelo, tracas de fin de fiesta, manifa de mariposas a su bola en mi barriga. El corazón haciendo un solo de flauta que debía sonar tan alto y tan desafinado, que lo hubiesen nominado en Tú sí que vales. El entonces desconocido, devorador de Frenadol y/o Couldina, me sonrió, ¡el muy jeta!. ¿Pero cómo se le ocurre sonreírme así, sin avisar, sin darme tiempo a recomponer el moño de caca que me pongo para conducir en cuanto salgo del trabajo? ¿Cómo se le ocurre al  p-u-t-o   d-e-s-t-i-n-o   poner en mi camino una oportunidad así, sin mandarme un WhatsApp o a un coro rociero, con palmas y todo, para advertirme de que aquel no era el mejor día para almorzar tartar de atún, con su puerrito y su cebolla picadita así, así, así, así…? ¿Cómo le devolvería la sonrisa, si toda yo era inseguridad infinita? Convencida de que nada más abrir la boca, a mi desconocido, valedor de mi honor ante farmacéuticas mamonas a las que les aprieta la bragafaja, percibiría en mi aliento el aquel de un sembradito de escalonias de Campo de Criptana, me supe fulminada por la mala suerte. Mierda.
  • ¡Hey, no, por favor, no, dime cómo se llama y me compro uno…! – dije, bajando la mirada y parapetándome detrás de mi cuello XXL de lana, con doble vuelta, tejido en ochos.Lo siguiente que recuerdo, aunque no con nitidez, o con la nitidez que debiera una chica sensata como yo, es que sentí como me levantaba la barbilla con el dedo índice, y me guiñaba un ojo. Ya no sé si oía fanfarrias o era yo que me iba por la pata abajo, pero juro por el obispo negro, que aquel muchacho, del no tardé en saber se llamaba Paco, me dejó sin aliento (vaya, eso fue lo mejor, porque no quería atufarlo con mi cebolla picadita así, así, así).
  • Creo que hoy podré sobrevivir sin echarme el colirio, de lo contrario, siempre puedo ir a tu casa y lo compartimos.Así. Sin más. Ahí va. A mí, que me han enseñado que las señoritas no se entregan en la primera cita, que hay que hacerse valer para que a una le den el sitio al que postula. A mí, que nunca me ha ido el aquí te pillo aquí te mato, más que nada porque nunca jamás de los jamases había tenido a nadie que me pillara hasta matarme de sudor, suspiro y piel. A mí, que por pasión entendía hacer un maratón de compras con Vero y Sara y después dejarme los ojos de llorar viendo por enésima vez Los Puentes de Madison. Pues a mí, a esa YO a la que las emociones sin preaviso, sin planes y sin pasarme la Epilady hasta que de tanto tirón y pellizco acabo jurando en finlandés, la lujuria la pilló por sorpresa; y donde dije digo, digo Diego, y cuando me di cuenta, estaba en mi casa, jugando a los médicos (por lo del colirio digo…) con un chico del que nada sabía y del que nada quería saber, salvo cuánto tardaríamos en quitarnos la ropa y en permanecer así, en cueretes, hasta que el mundo dejase de ser mundo o empezase a girar en sentido contrario, dando botes de alegría. Alegría por mí, oveja descarriada en esto de las artes amatorias, que por fin había encontrado con quien saber lo que era bueno, pero bueno, bueno de verdad verdadera.
  • No te muevas…Lo sé, dicho así, la frase no induce a mucha cosa, claro; pero a Dios pongo por testigo, que dijo la otra, que pocas cosas en el cosmos conocido y por conocer por cualquier aparato listísimo que ponga en órbita el ser humano me dieron tal sacudida dérmica. Ya sin artificio alguno, los dos naked y en plena facultad de nuestros cuerpos, encajamos como lo hacen el yin y el yang, Banner y Flappy, la cuchara y el yogurt, las manos en los guantes. Supe su nombre poco antes de conocer su sexo dentro de mí, pero a quién importaba eso. A mí no. Bueno, a mí no, pero seguro que a mi madre sí, y a mi profesora de filosofía de bachiller también, pero yo no se lo iba a contar, y la cosa era tan cojonudamenteagradablequetecagas, que así estuviese infringiendo las leyes de la naturaleza; así bajase un rayo o un meteorito del diámetro del agujero de Bankia, que me pillase allí, con el cuerpo de Paco sobre mí, dejándole entrar una y mil veces hasta que de tanto toma, toma, toma que toma, me quedase tonta de haba.
  • ¿Cuál es tu lado de la cama, princesa?Todo llega a su fin, incluso el sexo cuando parece no tener final, y parece no tenerlo porque algo así debería venir con bola extra. Pero donde otras veces había estado tan incómoda, que es cuando a él le toca sentarse en la esquina del colchón, estirar los músculos de la espalda, caminar en bolas hacia el baño mientras se rasca el culo y masculla ha estado bien, qué no, Paco no se marcó un ‘ahora me hago el Marlon Brando’, haciéndose el duro, con aquello de si te he visto no me acuerdo. Paco, que era un tipo corriente (bueno, corriente no, que era el tío con más resfriados que había visto en mi vida: uno cada quince días, coincidíamos en la farmacia, ¿os acordáis?), dejó que el calorcito de la cama que había sido nuestro cuadrilátero de amor hacía nada, fuera ahora el descanso del guerrero. No sólo no le causaba pudor alguno que yo lo oyese roncar, sino que se la traía al pairo que, llegado el caso, se le escapase un pedete en pleno relax post-coital. A Paco le seducía tanto la idea de dormir a mi lado, que se iba a quedar allí, para verme flipar al despertar y ver que seguía siendo cierto todo aquello. Se iba a quedar en mi cama, fuese cual fuese el lado en el que yo prefiriese dormir, porque él siempre estaría en el otro. Pero no ese día. El siguiente también. Y para el otro. Y ciento y la madre más, que ya no sé ni la de tiempo que llevamos juntos, haciendo de la vida en común un Show must go on, en el que comernos a besos y dejarnos sin respiración cada vez que el guión lo permite es un hecho; casi tanto como que el prota de el Diario de Noah es un tío normal, con un qué sé yo que te atrapa y que seguro podría ofrecer colirio a una tonta como yo, en una farmacia cualquiera, incluso en la de la farmacéutica gorda con bragafaja que seguro le pilla un pelo púbico cada vez que da un paso, esa en la que nos conocimos. Paco es mi Ryan Gosling, por un montón de cosas, pero sobre todo, sobre todo, sobre todo porque me hace sentir bonita, deseada, agradable, simpática y genial a cada paso, y eso, queridas, es un placer mucho más que orgásmico. Es un placer vital.

 

 

Bésame, pero hazlo bajo un aguacero infernal. Bésame, apretadito y con prisa, esa prisa que sólo esgrimen los que aman con fuerza y para los que cualquier tiempo es poco para respirar el aire en el que sólo habitas tú. En el que sólo habito yo. En el que estamos los dos y todo parece dar vueltas y más vueltas. Vueltas y más vueltas, hasta que la fuerza centrífuga nos empuja a separarnos. Y aún así, seguimos pegados. Labio con labio, oliendo a dos que ya sólo saben ser uno; y eso es lo que mola.

No sé si para ser un pie de foto es demasiado largo, pero lo cierto es que no sobra ni falta una palabra. En serio lo digo: no falta nada. Porque sino de qué iba a ser este el beso de amor más Googleado de la historia de los besos de amor Googleados. ¡Lo tiene t-o-d-o! Pasión, entrega, amor, deseo, protección, ilusión, esperanza, a Ryaaaaaan Gosliiiiiiing… Todo. Y no digo yo que este muchacho sea un Adonis, que puede que sí, puede que no (ya se sabe que los gustos son como los culos: todo el mundo tiene uno); pero lo que no se le puede negar es que es la versión cinéfila de la Viagra femenina. Tiene un algo, un qué sé yo, que cuando miro el calendario y veo que estoy en mitad de ciclo, tengo que ponerme en Youtube la
escena del Diario de Noa, en la que suertuda de la prota siente en carne propia como estos brazos como palas de horno de panadero hacen que todo sea perfecto. Bajo la lluvia. Bajo la sospecha inminente de que el amor puede acabarse en cualquier momento. Bajo el temor de que ese guión magníficamente ideado para que a las chicas como yo, que siempre nos enamoramos del tipo que cree que decir te quiero es lo mismo que contestar yo también, sintamos como si una colonia de hormigas culonas de África subsahariana nos invadiesen el ombligo. Tenga lo que tenga Ryan Gosling y ese par de brazos fornidos y masculinos, debería estar disponible para visionarlo en el cine con gafas 3D (¡Ay, mamá). Eso sí, con obsequio de Kleenex Aloe Vera Hacendado en taquilla, porque la jartá de llorar que sería la sesión doble, palomitas King Size, con Cola Zero, gracias.

El cine ha hecho mucho daño al amor de verdad, y no me refiero al de fueron felices y comieron regalices, no. Me refiero al amor de carne y hueso, al mundano, al normalito. Porque lo mismo que el sexo con mi Eugenio está bonito y es casi siempre bueno-tirando-a- muy-bueno, no siempre está acompañado de una banda sonora de Hans Zimmer cuando llegamos al orgasmo. Oye, y sería fabuloso oír a una orquesta de ciento y la madre de virtuosos tocase notas y más notas, mientras mi Eugenio hace lo que puede, y toca y toca y toca, hasta que todos los acordes de mi yo se marcan el estribillo de la Lambada, no digo yo que no.  Pero siendo franca, creo que lo único que se oye antes, durante y después, es el
frufrú del roce de las sábanas, el segundero del despertador, que nos recuerda que mañana a las 07.00 en pie, así que a ver si estamos a lo que hay que estar, la cisterna del vecino haciendo su trabajo y, si la noche coincide con fiesta patronal por los alrededores, puede que algún petardo fin de fiesta recordando al respetable que la Comisión no pagó lo suficiente y las 24:00 se acabó la verbena, y hasta luego, Lucas

Como digo, el cine ha hecho mucho daño al amor de todos los días. Al de bragas cómodas para andar por casa, porque nada peor que estar todo el día con la goma dando por saco (literal y figuradamente). Al de me tengo que afeitar, nena, pero estoy reventado, mejor lo dejo para mañana.
Al de…

– Tú crees que estoy gorda, cari? – Viendo un repor interesantísimo: Carmen Elektra al desnudo (¿? Es obvio quien tiene el mando del Plus)

–  Gordaaaaaaa…!? ¡No, nena, claro que no está gorda! – ¡Exacto! Habla del amo del mando del Plus.

–  ¿En serio? – Me toco un muslamen, fingiendo fuerza para que se me note la piel de naranja, sabiendo que aunque me lavase los dientes con una mano y con la otra hiciese un pollo al horno, se me notaría igual, porque mis nódulos de grasa no necesitan ayuda…

– A mí me parece que estás genial… – Carme Elektra ejerce sobre Eugenio una enajenación digna de estudio, pero todavía sin terapia. Él me dice que no preocupe por su salud mental, que es algo que Miss Elektra produce en los hombres, así en general. Aaaah, digo yo. Ya estoy más tranquila. Mucho más. Fssssss.

–  Y si estoy genial ¿Por qué a mí no me miras como a ella, Eugenito…? – Llamarle Eugenito es un golpe maestro, porque sólo su tía Micaela lo hace. Bueno, sola, sola no: ella y su bigote, exactamente.

– Coño, nena! No te miro así, porque a ti te tengo aquí…

¡Zas, sonamos! A ti te tengo aquí, me dijo. Aquí te tengo aquí. Como si tenerme compartiendo sofá, repasando por enésima vez el catálogo de Ikea, fuese en detrimento de nuestro amor. De nuestra pasión. De nuestra capacidad de dejarnos sin aliento a golpe de beso va, beso viene, hasta quedarnos run out of saliva. Y no le culpo, al menos no del todo, porque a mí me pasa algo parecido con Ryan Gosling, aunque no de naturaleza tan animal. A mí me bastaría con que Eugenio me besase así. Con igual incandescencia que lo hace Ryan bajo el aguacero, poniendo toda la fuerza
del mundo mundial en hacerme girar y girar y girar, hasta que lo que me rodea se difumine, emulando un cuadro Monet. Yo no quiero que Ryan Gosling me borre la boca a besos. Que no, mira bien lo que te digo. Yo sólo quiero que Eugenio me bese así. A pesar del catálogo de Ikea. A pesar de la braga de andar por casa. A pesar de todo. Porque yo le quiero él, y con él lo quiero todo. Kiss me, tontito del culo! 🙂

Me llamo Pepe, como mi padre. Lo sé, llamarse Pepe en un mundo donde todo cristo parece tener nombres salidos de una novela de Tolkien resulta entre ridículo e indie, que dicen los modernos de flequillo por parche; pero yo no tengo la culpa de que en plenos 70, cuando la  masculinidad y la varonía se medía en si el primogénito era o no un hombre, lo de heredar el nombre del padre era mucho más que una tradición familiar: aquello era una cuestión de cojones.

Así que, Pepe fui, y Pepe me quedé; incluso ahora, que salgo con una tía que está de buena que ni me lo creo y que se llama Whitney. En serio, se llama Whitney, no es que se lo haga llamar, que sería un punto de tontería difícil de justificar ante los colegas. Se llama así, quiero decir, que cuando salió de la pila bautismal ya tenía la putada encima; la putada onomástica, se me entienda. Pero a lo que iba, a Whitney la conocí en el gimnasio, sudando los dos como dos becerros en matadero; claro que ella con mucho más estilo, limpiando la humedad de su frente con una mini toalla de mierda de esas del Decathlon, que prometen secar como un toallón de toda la vida, pero después, si te he visto no me acuerdo.

Desde entonces, no hace más de un par de semanas, entre Whitney y yo no hay secretos, porque para qué, si es probable que lo nuestro ni a ser. Es lo bueno de sentirme libre con respecto a mis relaciones que no acabarán siendo relaciones, que puedo mostrarme tal cual soy. Tal cual me siento. Tal cual suelo ser cuando no hay nadie con quien jugar a que somos felices y que me encanta ir a Berska a ver si hay una camiseta cortita, que se me vea el ombligo, pero que no me haga lorzas en la barriga. Yo nunca he visto una camiseta corta que no haga lorzas, sobre todo si se tienen, pero mis novias momentáneas siempre me ponen a prueba, porque malo si digo ¿y una larga, no sería más cómoda?, porque eso implica que TIENE LORZAS, precisamente las que no quiere ver y, mucho menos, que se le vean. Malo si digo ¿Lorzas? ¿Qué lorzas?, porque ello implica que, efectivamente HAY LORZAS, y que soy el peor tipo del mundo, el peor novio momentáneo del siglo. Así que, Whitney y su nombre de morondanga es perfecta: puedo ser yo, sin tener la sensación de ir pisando minas antipersona a cada paso.

–         ¡Ai, Pepiño, Dios cho pajhe cunha muller que non che colla na cama…!

Mi abuela dixit. No recuerdo muy bien cuándo ni dónde ni por qué, pero mi abuela deseó para mí una mujer de nueve arrobas y 1/2, con el culo tan grande que necesitase la ayuda de mi amigo Nachete para abarcar sus dos hemisferios. Yo, que me llamo Pepe y soy igual de íntegro que mi puñetero padre, que dice que fumar es malísimo y  que a ver si lo dejo, mientras se mete entre pecho y espalda un purito Reig, siempre pensé que lo mío con las chicas iba a ser fácil, porque si no me ponía trabas (y entiéndase trabas por comenzar frases con mamalonadas tales como mi
mujer ideal es…)
, el horizonte sería amplio, lo suficientemente amplio como para no errar en el tiro. Me explico de forma sucinta: a mí me gustan todas. ¡Nos ha jodío…! Todas.

Altas, bajas, agradables, insoportables, teniente-risitas, agónicas, manipuladoras, borreguitos, modernas, recatadas, minifalderas, bombacheras, cocineritas, McDonaleras, besuconas (estas más), toxos (me valen, si lo compensan siendo besuconas, claro), amiguísimas de sus cien mejores
amigas, las solitarias, las que ven Sálvame, las que hablan de Punset como si fuese su padrino, las que se hacen mechas y más mechas hasta acabar pareciendo un tigre, las que llevan peluca (bueno, nunca he estado con ninguna con peluca, pero un día leí que la Beyoncé la lleva, que realmente está rapada. La Beyoncé, ahí lo dejo. Peluca y la Beyoncé. Me guuuuuuustaan las mujeres con peluca, es una cuestión de silogismo).  Todas. Incluso, las que tiene un culo de nueve arrobas y 1/2.

Por eso, cuando Whitney y su toalla de mierda del Decathlon, sudando a lo loco sobre la estática para eliminar su piel de naranja, se percató de que le estaba haciendo una colonoscopia ocular en su retaguardia, me espetó…

– Aprovecha la ocasión, chato, porque en dos meses de este culazo no quedará ni raspa…

No se chinó. No le pareció de voyeur marrano que le clavase la mirada en su sacrosanto culo mientras pedaleaba sin parar. No se sintió ultrajada en esa femineidad 2.0, esa en la que las tías no entienden que un tío no suele poner intención en ser salido, sino que la cochinez le sale sin querer, nos sale sin querer, porque la naturaleza animal masculina y procreadora es así. Lo sé, esto no es excusa, porque los animales también giñan
delante de la manada y se quitan piojos unos a otros, para acabar papándose al parásito como si fuesen pipas Facundo, pero por muy educado que uno sea (que yo lo soy: mis padres se dejaron un dineral en mi Máster en Marketing Internacional), por muy civilizado que uno se venda (que yo lo hago: jamás he subido a un avión sin ayudar con la maleta a la gordita que atasca el pasillo), por muy cojonudo que uno se proclame (¡Faltaría más! Mi última aportación a los anales de la cosa: me enamoro de personas, no del género, pero no me hablar de dar besos con lengua a alguien que se llame Manolo porque echo la raba…). Por mucho postureo del que haga alarde un hombre en edad sexual, que creo es hasta los 99, después de la extremaunción, la cabra tira al monte. Es decir: los ojos van donde van, incluso donde no es políticamente correcto que descansen. Véase
culo. Véase teta. Véase culo. Véase teta. Como es evidente, los tíos somos de ideas fijas. De horizontes claritos y abultados. No todos los hombres somos iguales, pero yo me llamo Pepe, igual que mi padre, y por mucho Máster, mucho Erasmus, mucho gym molonísmio y zapas vintage Le Coq Sportif que me calce, me gustan todas. Y me gustan sus cosas. Todas.

– Whitney dices que te llamas…. – me bajé de la estática y sonreí, como sólo lo hago cuando sé que no tengo nada que perder – Dime la verdad, ¿cuántas veces al día tienes que deletrear tu nombre?

Podía haberle dicho que tenía un nombre sexy, secular, increíblemente distinguido, pero para qué. Con ella me sentía libre, no en vano, lo nuestro iba a durar lo que su piel de naranja: un verano quizá…

 

 

Me llamo Julieta y no me gustan los finales felices. Ya está, ya lo he dicho. No me gustan por ñoños, por certeros, por angustiosos, por deseables, pero sobre todo por idiotas. Porque, a ver ¿quién puede salir indemne a una maratón de las mejores ocho películas de la historia, a saber, Frankie y Jhonny, Pretty woman, Oficial y Caballero, Leyendas de Pasión, Dirty Dancing, El Diario de Noa, Memorias de África y Flash Dance? Nadie. Pues eso, los finales felices no hacen más que desdibujar mi mierda de espera hasta que alguna princesa se aburra de su maromo, y me deje las migajas de un príncipe que ya no es azul y mucho menos  tiene suelto en el bolsillo para hacernos un cine de gafas, de esos 3D, ¿su menú de palomitas lo quiere XL o XXL…? Pequeño, gracias, que mis arterias son sibaritas…

 

Los finales felices existen, y eso, realmente, eso es lo que me saca de quicio y me pone el pelo con idéntica suavidad que una ristra de cebollas. Porque existen, como los trabajos bien remunerados, donde las jefas no chillan y confunden auxiliar de dirección con chica que le lleva café y baja a comprar cartulina y Foam para las manualidades de sus hijos. Existen, pero nunca son para mí, nunca me suceden a mí,  que veo venir el hostión mucho antes de que ser fragüe. Y no es que yo sea de las remilgadas, de las en la primera cita miran muy mucho si besar o no con lengua por no quedar de fresca, pero joder, por una vez en mi vida podría resultarme fácil el intimar con alguien más que conmigo misma, que me tengo muy vista y, además, me aburro de mentirme una y otra vez.

 

No te vuelven a llamar porque los intimidas, me dice mi Coacher. Sí, sí, por si sois noveles en eso de la decepción, que sepáis que ahora los mejores amigos se consiguen a golpe de VISA. Ya nadie tiene tiempo de aguantarte la chapa del desamor. Ya nadie busca complicidad y lágrimas de cocodrilo, enmascarada en tarde de chicas y calorías. Los tiempos son frenéticos y los horarios son el que viene el coco del siglo XXI. Eso, sumado a que toooooooooooooooodas mis amigas están casadas y con hijos (y felizmente, para mi desesperación), me tienen prohibido deprimirme los lunes y los viernes. Por precipitado y tardío, respectivamente, alegan…

 

– ¿Julieta, estás llorando…? – Oigo pitidos de coches, frenazos y vocerío de niños, que compiten por hacer su opinión sobre Kunfu Pandi sí o Kunfu Panda
no – Me pillas en el manos libres, cielo, que es lunes y voy a llevar a Aaron y a Aixa a su clase de tenis bilingüe… Para cagarse. Tenis, en sí mismo, es un término tan clasista, que la RAE debería cobrar royalties por emplearlo. La cantidad de mamarrachos que mueren por aclarar que juegan al tenis, sabiendo que lo que hacen es pasear la raqueta, subirse los calcetines de deporte hasta las ingles y salir de la ducha, con el pelo mojado, ready to dar una rueda de prensa a lo Íker Casillas después de un Real Madrid – Barça. Con respecto a si dieron pie con bola, o bola con raqueta, quién sabe, si lo único que prima es parecer un vencedor. ¡Eiiiii! Ahí está, otro final feliz. Los odio.

 

Vale, pues mi amiga Valen, que tiene un marido fenomenal y no se podía permitir tener unos hijos normales, con nombres normales, mocos normales, que
merendasen bocatas de chorizo pamplona y oliesen a NenucoDeTodaLaVida, no tiene tiempo de atender mis dramas sentimentales en lunes. El tenis bilingüe de Aaron+Aixa  es i-m-p-o-r-t-a-n-t-e, que mi vida se vaya definitivamente a tomar por culo, se ve que no. Y no lo es, porque es lunes y ella no tiene la culpa que mi enésima cita haya sido una caca y yo me haya empeñado en hacer de mi cena y mi sesión de sexo rapidito, que mañana madrugo para
coger el vuelo a Euro Disney con María y los niños,
el preludio, el prólogo a algo más que, en principio y en final, ya se sabía en punto muerto. En punto

muerto y en hostia anunciada, claro. Aún así, me calcé mis zapatitos de cristal, me atusé mi melena rizada por si él quería ver en mí una sombra(-ita) de Julia Roberts; practiqué mis pasos de baile dirtydancineros, con aquella frase de Ooooyeeeee, estás invadiendo mi espacio. Éste es tu espacio, éste es mi espacio incluida; pero de nada valió, porque cuando su mujercita le mandó un WhatsUp recordándoles que pasase por el Opencor para comprar toallitas para el bebé, se me bajó el quinto al cuarto, rompiéndose en mil pedazos la magia de la cita casi perfecta con el hombre más imperfecto (bueno, este último tengo que pensarlo, porque el podio de idiotas lo tengo petado).

 

Me llamo Julieta y odio los finales felices. Sobre todo, sobre todo, sobre todo, cuando no me pasan a mí. Vaya.

El mismo día que me casé supe que ella era mi mujer. Mi mujer para toda la vida. Y lo supe de repente, como sin darme cuenta. Fue decir, sí, quiero, y que algo que no sé muy bien cómo explicar, me lo revelara. Y no diré yo que mi amor por Berta no fuese algo viejo, quiero decir que ya nos queríamos y eso, sino de qué me visto yo de payaso de feria, aguanto un año de preparativos, reuniones con mi suegra y conversaciones y conversaciones y conversaciones en la que mi opinión contaba lo justo (es decir, nada) sobre la conveniencia o no de sentar en la misma mesa a su amiga Malena con mi amigo Pablo, después del lío que se formó cuando él no la volvió a llamar cuando supo de su prisa por tener hijos y tenerlos ya, porque la edad es la que es y no quiero ser una madre-abuela. Ubicado Pablo en una mesa a doscientos metros de Malena, el Wedding Planning había quedado cerrado. O eso parecía…

– ¿All you need is love o Como tú ninguna …?

Blandiendo dos CDs, Berta se interesó por mi parecer, cosa que empezaba a incomodarme ya que bastaba que yo dijese A, para que la cosa fuese B; ni puta idea de qué universo común y final podía haber entre los Beatles y Bustamante, pero la sola idea de que el segundo tuviese algún papel relevante en mi boda (a esta alturas SU BODA, la de Berta) me daba dolor de huevos. Intenté zafarme y fingí una llamada importantísima, pero como todas las mentiras, la mía tenía las patitas muy cortas: ¡me pilló!

– ¿Pero de qué tanta urgencia por llamar al taller? ¿No dijiste ayer que eran una manada de hijoputas y que mejor se la montabas parda cuando fueses a recoger el coche…? – Los CD’s apuntaban hacia mi cara, tanto, que Bustamante parecía tener vida, chico. No sé si la industria musical hace carátulas en 3D, pero, hostia, que cerca estaba el tío de cobrar vida: Si parecía que se iba a arrancar a cantarme al oído abrázame muy fuerteeee, para sentir que puedo retenerteeee, porque no sé cómo vivir sin verteeee, ay mi suerteeee… Sudorcito frío recorriéndome el perineo, palabrita.

– A ver, Nachete, ¿los p-e-s-a-d-o-s de los Beatles o Bustaaaaa…?

Berta y yo nos conocemos tanto, pero tanto, tanto, que a veces creo que esto es tóxico para nuestra salud en pareja. Quiero decir que, cuando ella dice pesados
de los Beatles
, pero emplea un diminutivo cariñoso para referirse al puto Bustamante (que seguía mirándome a los ojos, y sólo sabe Dios el miedo que me

daba aquella visión tridimensional) es que, sin duda alguna, ella quería que aquel tipo, con aire de roba peras, fuese la banda sonora de no sé muy bien qué parte de nuestra boda.

Una vez leí en un dominical, que los supervivientes del avión que se comió la gran hostia en los andes, en los años 70, antes de darse el galletón padre y mirando por la ventana, vieron pasar su vida; como si sus familiares, sus vivencias de niños, sus goles del España – Malta y el primer beso en la sesión de tarde de Liberty lo saludasen al unísono: ¡Hola, aquí tu vida! Hemos venido a anunciarte que de esta no te salva ni el Tato. Así que reza lo que sepas, cierra los ojos y déjate llevar. Chispum.Se la petaron, vaya si se la petaron. Pues yo igual, sabía que de optar por los Beatles, mi relación sufriría un paraplís (Berta diría: ¿Los Beatles? ¿Los Beatles? ¿Pero qué coño los Beatles? Anda que eres rancio y soso, Nacho…), pero si no lo decía, ya podía despedirme de ser el macho alfa en mi reunión mensual de camisetas negras: mis colegas pensarían que un tipo que ha pinchado a Bustamante en su boda debe pagar, y pagará, las cervezas hasta que un cojón de un meteorito se lleve por delante todo el campo de cebada del hemisferio norte.

Al igual que los supervivientes del vuelo uruguayo que se la comió bien comida en los Andes, vi pasar a mi hombría, pidiendo permiso para bajarse los gayumbos antes de la figurada sodomía. Aaaaah, pensé, si es figurada, aún tengo esperanzas de volver a ser yo mismo. Y cuando pensé que lo peor ya había pasado, Berta tenía un as en la manga… Porculizar, todo un arte.

– ¡Cómo te quiero, cariiiiii…! – Feliz, ella y Bustamante  se me abrazaron, hasta que me faltó el aire, literalmente – Es que ya le había dicho a mis primas que hiciesen una versión en Flash Mob de Cómo tú, ninguna y no sabía cómo se iban a tomar el cambio de planes.

Me volvió a besar, esta vez sola, porque el CD de Bustamante se precipitó al suelo. Lástima que cuando nos compramos el piso no nos diese la pasta para poner suelos de titanio y que el disco se hubiese roto en mil pedazos en ese mismo instante. Pero no, teníamos el salón con cálida tarima, color sapelli, que tan sabiamente había elegido Berta, en consenso con mi hoy suegra y, entonces, aún la madre de mi novia.

 Bustamante sobrevivió al impactos, como los tipos del avión de los Andes, pero ni yo ni mi hombría pudimos hacer nada por evitar el vilipendio público: el día D, a la hora H, cuando una Berta radiante, envuelta en tules y escote imperio (esta es otra de las sabidurías que uno adquiere cuando da luz verde a todo este sindiós del casorio, pero de la que nunca presumiría en un bar, cuando mis amigos hablan del especial Brasileiras del Man, o del supuesto tanga de la camarera, que ninguno hemos visto, pero lo hemos visto todos. O eso nos gustaría. Baba va, baba viene). Vale, cuando Berta dijo aquello de…

 – ¡Sí, claro que quiero…!

Sus primas, perpetrando un atentado musical, comenzaron a cantar y bailar, iglesia adelante. Yo, que hasta ese día desconocía que tenía ojos en el cogote, sentí como mis amigos y testigos de boda se ahogaban en un ataque de risa. Yo, que de chaval coleccionaba los discos de Kiss, pero en vinilo, que eso era ser más malote todavía. Yo, que hacía gimnasia en el cole con mis pelos de punta engominados y conseguía salta el potro sin perder ni un ápice de mi aire de joven resentido con la sociedad. Yo, que cuando me dejaron plantado en la primera fiesta en bachiller me pillé tal pelotazo que aún hoy estoy vomitando Beefeater
Cola. Yo, que cuando me pillaron copiando en la facultad, me levanté y me fui, como si titularme en tiempo y forma no fuese conmigo (pero sí con mis padres,
que me dieron de hostias hasta en el carné). Yo, que en otra vida fui un tipo  r-e-a-l-m-e-n-t-e  duro, me emocioné. Vale ya lo he dicho. Me emocioné, ¿qué cojones pasa? Glup.

– Tranquilo, amor, que estoy aquí… – Berta me cogió de la mano y, limpiándose las lágrimas, se reía de mi inesperada flaqueza.

En la biblia hay un pasaje de una tipa que, huyendo de no sé bien qué asunto, no podía mirar para atrás, so riesgo de convertirse en estatua de sal. Allí mismo, ataviado con mis mejores galas (las que había elegido Berta y mi ya suegra, porque en aquel momento yo ya había pronunciado mis votos, así que era mi suegra), me prohibí voltearme hacia el banco de mis amiguetes. Que se mofasen de mí era una cosa, que lo hiciesen a la cara era otra…

– Nachete, cabrón, esto no se hace… – Sentí como alguien me susurraba al oído y me giré. Era Pablo, mi amigo, el follarín de los bosques que se había liado con Malena, la amiga de Berta, y que no la había vuelto a llamar. Por supuesto, Malena estaba ubicada a tres bancos de él, pero sin quitarle ojo y venga subirse las tetas en el escote imperio de su traje de dama de honor. Porque otra cosa no tendría Malena, pero tetas, como para alimentar al África negra… pero a lo que iba, Pablo me sacó de mi vergüenza susurrándome al oído.

– Evítame el ridículo aunque sólo sea hoy, cojones: ¡no ves que me estoy casando…! – Le espeté, limpiándome las lágrimas, mientras me reía, nervioso.

– Evítamelo tú a mí, porque como hoy me vaya al catre con Malena, me veo haciendo una LipDub de Pablo Alborán cuando me quede en bolas o algo… – sentí como me apretaba el hombro – Has dejado el listón muy alto, tío, muy alto.

– Amigo… – le contesté, con sorna – a ver si follar va a ser fácil, no te jode…

Cuando las primas de Berta dejaron de desgañitarse y destrozar la canción de Bustamante (me oigo y no me reconozco: destrozar la canción de Bustamante. A lo que he llegado por amor: no somos nada…), todos los invitados rompieron a aplaudir, incluido el cura, que para entonces ya había localizado el escote de Malena, cosa que no culpo, porque de tanto que quería llamar la atención de Pablo, los pezones se distinguían desde la estación espacial MIR.

Berta, mi mujercita, me abrazó. Me abrazó muchísimo. Pero muchísimo. No me había abrazado así en la vida, así que pensé que todo había valido la pena: las opiniones denostadas y no tenidas en cuenta, el mareo de sabores de tanto menú degustación para el día del banquete, la infausta idea de hacer los detalles del casorio nosotros mismos (la madre que me parió, maldito el día: doscientos pares de sandalias hawaianas a las que hubo que pegar lacitos y escribir Gracias
por acompañarnos en este día tan feliz. Gracias por acompañarnos en este día tan feliz. Gracias por acompañarnos en este día tan feliz. Gracias por
acompañarnos en este día tan feliz. Gracias por acompañarnos en este día tan feliz
). Todo valió la pena por verla radiante. Por sentirme tan bien y tan

a gustito con ella entre mis brazos.

– ¿Te gustó mi sorpresa de Bustamante, cariiiii…? – Me preguntó entre sollozos.

– Me encantó, Berta. Me encantó… – Los invitados seguían aplaudiendo. El cura seguía cerciorándose de que las peras de Malena eran de verdad.

– Lo dices en serio o sólo medio en serio… – Mi suegra nos hacía fotos a joderla y las damas de honor le colocaban el velo como locas. Tanto se entregaban, que le tiraban del moño un cojón, haciéndole la mirada tirante, con el párpado hacia atrás.

– Lo digo en serio… – Mis colegas se pasaban el pañuelo unos a otros, para limpiarse las lágrimas. Lágrimas de risa.

– ¿Seguro…?

– Claro, seguro…

– Pero si a ti nunca te ha gustado Bustamente, tontitoooo… – Berta musitó una risita.

¿? ¿? ¿? ¡Hostia! ¡Por fin! Y yo que creía que no se había dado cuenta… 🙂 JUST MARRIED, y de lo más bien, qué coño.

 

 

El pisito era todo lo acogedor que le permitían sus treinta y seis metros cuadrados de azulejos desconchados, parquet mil veces arañado y su cocina de cuatro fuegos que no soñó ni soñaría nunca con ser una vitrocerámica de inducción. Aún así, cuando nos dieron las llaves pensamos home, sweet home. Era la primera vez que los dos compartíamos algo que no fuese un menú doble de palomitas en el cine, así que las llaves supusieron algo más que un par de metales fríos, con dientes y un agujerito por el que deslizar una argolla y así no perderlas nunca jamás. Dos llaves y un llavín del buzón que significaron que lo nuestro podía ser. Y por poder, podía ser, incluso, para siempre, ¿por qué…? Los cuentos de hadas existen: una presentadora de TVE se casó con un príncipe, esto es un hecho. Vale que no es un príncipe azul (mejor, digo, porque los hombres azules deben ser raritos), pero príncipe es, ¿Qué no?

Así pues, lo de irnos a vivir juntos fue una cosa pensada, meditada, pero sobre todo querida; durante meses hablamos en condicional, con mensajes velados,
tanteando cuántas ganas había en cada uno de nosotros de claudicar en el goce de una cama en soledad, con los calcetines sin elástico en tu caso y la braga
de los domingos por la tarde en el mío. Hablábamos de puntillas, sin querer atosigarnos con las responsabilidades, porque no sabíamos si el amorcito que
teníamos entre manos sería como azúcar glass, un polvillo dulce y nevado que desaparece con la simple brisa de una ventana mal cerrada. Hablar de dar el
paso nos parecía, en cierto modo, darle verdad a lo nuestro, y eso nos aterraba como sólo lo hacen los Reyes Magos cuando tienes siete años y piensas en pleno 5 de enero te mueres de ganas de hacer pis, pero no te levantas porque si lo haces y te ven los de Oriente, puede que se enfadaden y lo mismo le dejan tu Barbie
Peinados Mágicos
y su maravillosa caravana Waikiki Island a tu vecina Marina, la que no te cae bien y, además tiene tantas Barbies que qué haría con una más. Qué haría con la mía, si era mía, me pregunto.

Dicho lo cual, cuando nos mudamos al hogar del amor, la primera de las ilusiones que compartimos fue poner el membrete en el buzón. Lo sé, no se lleva, es
anacrónico, es muy de Cuéntame como pasó y de los Alcántara, pero me sentía tan feliz de estar en la rampa de salida de  mi nueva vida, de mi felicidad elegida, que necesitaba que todo el mundo supiese que en el 4B vivía Dorotea Márquez y Gonzalo López, tan tontos como enamorados. Lo de tontos y enamorados no lo pusimos (en el caso de Gonzalo, por sentido común de raya diplomática; en el mío, por no ser redundante: bastaba mirarme a la cara para saberlo).

–          Nena, ¿en serio? – Preguntó mi chico, reticente a mi entrega, coronando nuestros nombres con corazones palpitantes.

–          En serio… – Yo seguía dibujando, rellenando los corazones con el Bic azul turquesa que me había comprado para las ocasiones
especiales. Y no se me ocurría una ocasión más especial que aquella.

–       Pero, ¿en serio? – Volvió a preguntar, con miedo a herir mi creatividad.

–         En serio… – Los Bic azul turquesa son monísimos de suyo, claro, pero la tinta sale a escape libre, como si la bolita
que frena la carga estuviese bailando el Gangam Style.

Y tan en serio que fue, porque desde el día 20 de octubre, nuestro cajetín del correo es el único que recibe al cartero con una dosis de amor visual (media
docena de corazones chispeantes fue el resultado de mi encontronazo con el boli turquesa) que no necesita más azúcar para todo el día, no siendo que quiera
caer en la diabetes. Soy consciente de que el trabajo de Gonzalo y sus miles de corbatas de Hombre serio – Trabajo serio no comulgan mucho con nuestro membrete del buzón, pero ¡a mí plin, si yo amo a mi Gonzalín…!

–         Doro, son demasiados corazones: los vecinos se sonríen cuando entramos en el ascensor, y no creo que sea por mis calcetines
de rayas…

Los calcetines de rayas, otra de mis grandes aportaciones a la vida conyugal. Acostumbrada como estaba a oír a mi padre decir Lola,
los calcetines los quiero todos negros y de la misma marca, para no equivocarme por la mañana
, pensar en divertir a Gonzalo de pies a cabeza me parecía un

tema capital. Vale que echarse un casi maridito economista, director de sucursal bancaria y con más Ipad+Iphone+Ipod de los que haya comercializado
Apple en su vida (¿Apple no era un señor, no? ¿O si? Que sí, que no, que caiga un chaparrón…) era cosa complicada, pero más lo era que acabase admitiendo que los seis corazoncitos coquetuelos del buzón eran nuestra mejor tarjeta de presentación, la mejor radiografía de lo nuestro, de lo que estábamos poniendo
a andar, y al final no sólo lo admitió, sino que una tarde cualquiera, después de una sesión de Mercadona y un me saca la espina a la dorada, que es para hacer al horno con patatas, en el portal de casa y rodeados de acelgas, leche desnatada sin lactosa, gel de afeitar y papel higiénico doble rollo Hacendado, cogió un rotulador indeleble y añadió ‘LoveU4ever’ al membrete; López & Márquez, sin duda un amor de locura que ni pintado. Para muestra un botón! Uy,
un buzón, quería decir… 🙂

–  Una sola cosa te digo, porque para decirte dos tendría que ir a robarle las palabras a un mudito…

Cuando me lo oí decir me asusté, porque no soy muy dada a los ultimatums, y, mucho menos, a los que tienen que ver con zanjarlo todo de una vez y para siempre. No es que mi vida sea una mierda, que puede que sí, puede que no, pero puedo afirmar sin temor a equivocarme o tergiversar el maramagno de reproches en el que habito, que yo ya he vivido mejor. Ya he sentido mejor. Ya he reído mejor. Ya he soñadomejor… ya he amado mejor. Y al mismo, a Paco, que es lo que más me duele.

Las cosas iban bien hasta que dejaron de hacerlo y no por eso me acogí al yo no tengo la culpa y el que la tenga que se aguante. No tengo muy claro cuándo empezaron a torcerse las cosas, pero el caso es que ahora todo lo que tocamos lo convertimos en regalices tan alargadas como retorcidas; pero no regalices rojas y riquísimas, sino regalices de las negras, de las que huelen a rayos y saben a ídem. Regalices que tienen que decirte que son regalices para cerciorarte de que no te están envenenando. Regalices en forma de esqueje seco de geranio. Regalices disecadas, pues, que recuerdan más a un bodegón de fin de siglo que a una fiesta de cumpleaños. Esas regalices somos Paco y yo.

Hablar por hablar, tontería, lo sé, pero siempre es mejor tener verborrea que dejar pasar la ocasión de divagar e intentar poner un torniquete a la pupa. A mí, que nunca me han gustado las rodilleras adhesivas, los dobladillos en los pantalones heredados, las mangas metidas para dentro, deprisa y corriendo, a la voz de apúrate niña, que perdemos el bus. A mí, que no sé lo que es esconder una culpa porque me pican tanto que soy la primera en convertirlas en enmiendos, me ha tocado hacer oídos sordos, ojos ciegos y piel de acero para no darme cuenta de que lo que no va, no va. Y no va, me ponga como me ponga. Sufra lo que sufra. Sienta lo que sienta y que, para mi desgracia, estoy tan perdida que no sé lo que es.

Paco es perfecto. Perfecto. Quizá sea por eso que mis defectos se me hacen ahora muchos y pronunciados. No estaba yo acostumbrada a medirme el bigote (que no tengo: me hice el láser hace años) con nadie, así que cómo hacerlo con mi chico. La convivencia ha traído cosas muy buenas y muy malas. Muy malas y muy buenas, como nosotros dos, mismamente. Porque Paco y yo no entendemos de medianías y/o mediocridades: lo nuestro, siempre a lo grande. Como las filias y las fobias, las pequeñas miserias de cada uno, amarnos y odiarnos está tan cerca que dudo haya siquiera una frontera. Cuando quererse empieza y termina donde no nos soportamos, para qué más, para qué, para qué, para qué.

Pero no somos violentos, que eso da una fatiguita de las buenas. Nuestra vida en común es, si acaso, volcánica; nos hemos convertido en una pareja de esas que, vista de lejos y abstrayéndome de que soy yo uno de los activos, siempre me pregunto a qué se dedicarán el día estén de acuerdo en algo y se den cuenta de que les sobra tiempo para amarse. Me releo y veo que debería de matizar que no es que nos hayamos convertido en una pareja de esas, es que ya lo éramos en origen: Paco y yo partimos de la casilla desalida con ciento y la madre de motivos para estallar sólo con rozarnos; y aún así, lo intentamos. ¿Somos grandes, eh…? Pienso en alto por no estarme callada,porque el silencio me mata más que la jaqueca en la que vivo inmersa.

Cualquiera que me oiga pensará que mi existir con él ha sido un sufrir en bucle, pero no, que no. Paco ha sido y siempre será EL ACIERTO, así, con mayúsculas; falta saber si yo he sido el suyo. Un acierto pequeñito, uno de los que, al cabo de los años, y cuando él esté casado con otra (que pasará), tenga hijos con otra (que pasará) y ame a otra como a me ha amado a mí (esto no pasará, porque querer como me quiere a mí, como nos hemos querido nosotros, es una jartá imposible), le dé al  FAST REWIND cerebral y el recuerdo de mis manos le inunde el sentido, tendrá que agarrarse al MARCA y pensar ¡qué regalo fue conocernos…! Yo, que supongo no estaré casada con nadie ni tendré niños con ser alguno, también lo pensaré, claro, aunque yo no necesito meterme en la máquina del tiempo para sentirlo, porque me basta ejercer mi masoquismo-fin-de-historia, pulverizando su colonia sobre mi mano, para morir de agonía. Morir de amor que suda gotitas de pena. Creo quevoy a vomitar.

Siempre que tengo ganas de mandarlo todo al garete, me inunda una sensación extraña de orfandad que ni te cuento. Cosa inexplicable, porque cuando yo conocí a Paco estaba hasta el moño de andar por el mundo sin él. ¿?. Vale, matizo: todo lo hasta el moño que se puede estar de andar por el mundo cuando se tienen 25 mayos sobre la chepa (no, igual que no tengo bigote, tampoco tengo chepa, aunque para esto no me hizo falta una sesión de láser…). Pero nos encontramos en el camino y fue fantástico, porque nuestras historias se abrazaron, igual que se abrazan las enredederas del vecino a mi red divisoria de jardín.
Rápidamente, pero con fuerza, él echó raíces en mí. Yo le presté tierra abonada por años de desengaños sentimentales y el resultado fue lo que fue: dos tontos,
pero que muy tontos, enamorados hasta las trancas. Pero de esto hace ya casi una década, y parece ser que los finales felices, los de colorín, colorado, este cuento se ha acabado, sólo tienen cabida en las pelis de Richard Gere y Julia Roberts. También me vale Collin Flirth y Rene Zellweger, que son muy de quererse de aquí a la eternidad, que cantaría Frankie…

Pues no queda otra: sí o sí. Se va o se va. Y tiene que irse él porque yo no puedo ponerme ahora con una mudanza. Cuestión de tiempo. Cuestión de maletas con cremalleras rotas. Cuestión de encontrar un pisito de precio razonable, con dos armarios de cuerpo entero para zapatos. Cuestión… de no querer afrontar que lo nuestro está sentenciado. Supongo que me será más fácil sobrellevar este final si no doy al traste con todo lo cotidiano y me dejo arropar por lo conocido, por estas cuatro paredes y una mini terraza que ha sido el escenario ideal para nuestra bonita historia de te quiero mucho, como la trucha al trucho. Aunque ahora que lo pienso, cuando me abra el cajón de las bragas/calzoncillos y no encuentre su lado archi ordenado, insultando a mi lado archi desordenado, creo que voy a morir. En serio: moriré. Moriré de un ataque de ‘Vuelve conmingo-intentémoslo de nuevo-esto vale la pena,-no me importa no tener siempre la razón, quién quiere tener siempre razón-tu madre es Santa Teresa de Calcuta y tus amigos son una legión de Amish, siempre bien recibidos en mi salón’. La soledad de mi totum revolutum de tangas, bragas, calcetines huérfanos y con pelotillas me recordarán que ya no estás una y otra vez. Y no siendo que me declare en huelga de ropa interior (¡ay, mamá…!), será mejor que me dejes un señuelo, un algo tuyo dentro del cajón y que me dé consuelo cura-lloritos. Como se hace con los cachorritos cuando gimotean por la noche, me frotaré la nariz contra uno de tus bóxer de marca y pensaré que yo un día fui feliz, tan feliz, tan feliz, tan feliz, que pude compartir diez años de mi vida con el hombre más paciente del mundo; con el hombre más explosivo del mundo; con el hombre más cariñoso del mundo; con el hombre más independiente del mundo; con el hombre que más me quiso del mundo… ¿Eeeeeeeeeeh? Repeat, please! C-o-n  e-l  h-o-m-b-r-e  q-u-e  m-á-s  m-e  q-u-i-s-o  d-e-l  m-u-n-d-o.

Cojo el móvil. Las lágrimas no me dejan ver las teclas y la mierda de conexión ADSL de mi hogar me hace la puñeta: no va el WHATSAPP. Me ahogo con los hipíos y me cuesta respirar. Que se arregle esto, que se arregle esto, que se arregle esto.Que se arregle no nuestro, que se arregle lo nuestro, que se arregle lo
nuestro. Loading… Conversaciones recientes. Pacomerte, treinta y dos conversaciones antiguas. Voy por treinta y tres, la definitiva: hagan juego, señores…

^^Paco, olvida lo que te dije; debo estar ovulando :’(

^^Lo sé

^^Vale, entonces qué…?

^^Entonces estoy en el súper; pago el jamón cocido y la ensalada Batavia de Florette  y voy a cenar

^^Pero me perdonas…?

^^Para qué, si tú eres apótata…!

^^Un gallifante para el niño! Me^disculpas…? Porfavorporfavorporfavor

^^Qué sería de mí si no lo hiciese…

^^Que sería de mí si no te tuviese…

Silencio.

Silencio.

Silencio.

Clin,
clin, clin.

^^Quererte no es fácil, nena, pero quién dijo que iba a serlo…

Algún día, no sé muy bien cuándo, inventarán algo para que la infelicidad no secuestre mis ganitas de hacerlo bien. ¿Es o no es perfecto mi Paco? 🙂

Doble línea continua, sin final, zigzagueante, sinuosa y eterna; pero doble línea, que nunca deja de ser continua. En cualquier otro momento, ayer, mañana, quizá, esta marca impresa en la carretera no tendría más sentido que el de evitar rebasarla sin mirar si hay un Guardia Civil, agazapado tras un seto, retrepado en su Citroen Xsara gris, haciendo un Sodoku, protegido por sus gafas de aviador casi Rayban, que le regalan diez segundos de gloria cuando se mira al espejo y cree que es cagadito a Tom Cruise en Top Gun.

Pero hoy es hoy, y el momento de reflexionar llega cuando menos te lo esperas. Será porque mañana cruzo la barrera psicológica de los treinta y cinco, será porque llega el verano y no entro en ningún mini short del año pasado (prenda del diablo, compinchada con las multinacionales de cremas anticelulíticas para hundir mi ego, lo sé), será porque la ovulación me tiene el flequillo con lo de atrás pa’lante. Será. Y aun sabiendo que no es el mejor momento para
hacer balance, me lanzo al vacío del autoanálisis, yaciendo feliz donde se meantoja.

–  ¿Y no habría un banquito en el que sentarte a pensar, Julieta?

Mi madre, o el fenómeno paranormal de estar presente sin estar; aquí, de cúbito supino, con la mirada perdida en el cielo, buscando formas originales a las nubes (obvio decir que casi todas me parecen nubes a secas, porque no quiero parecer sosa, así, a la primera de cambio), puedo oírla como si estuviese a mi lado, sentada del otro lado de la doble línea continua. Eso sí, ella siempre se sentaría en el de la izquierda, para ver venir al coche de frente y así ponernos a salvo a las dos. Porque mamá es precavida y lo sabe todo, lo protege todo, lo controla todo, lo alegra todo… pero siempre, absolutamente siempre, hay que hacerle caso; sin rechistar. El título de madre, ganado a pulso encontrando siempre lo que pierdo, mirándome la fiebre a golpe de chupetón en la frente, dándome consuelo cuando ni yo sé que lo necesito y ¡vaya si lo necesito!… le da ese derecho. Ser mamá y ser grande, va unido. Intenta separar ambos términos, verás que es tan imposible como hacerse un bocata de Nocilla de sólo un sabor si el frasco es de la de dos colores. Tal cual.

Vale, pues mamá no está pero está, las nubes siguen siendo nubes aunque me vaya de guay y me imagine que estoy viendo El Beso de Klimt y la carretera sigue
siendo una amalgama de gravilla y chapapote que se me clava en el coxis. Con todas y con esas, procedo a autoanalizarme, que como para esto no hay día bueno, qué más da que lo haga hoy o dentro de cien años, cuando haya muerto. Porque morir hay que morir, aunque ahora me sienta feliz y crea que soy la reina del mundo porque tengo un Mini Cooper, un novio estupendo que entiende que no me gustan las bouquetes como regalo, porque las flores se les llevan a los muertos y a los burros que ganan carreras. Dado que yo no soy ni lo uno ni lo otro, prefiero algo que brille en mis dedos/orejas/muñeca, que es para siempre y lo puedo enseñar en la oficina en la que estoy a nómina mileurista. Soy feliz, o me siento feliz, pero a ratos, como todo el mundo supongo, aunque
tampoco hay razones de peso que me lleven a la infelicidad. Y es lo estúpido de no tener grandes problemas: que te los buscas para complicarte la existencia,
no sé bien si en un alarde de volver a sentirte feliz cuando ves que lo turbiose disipa. En esas estoy, pues, en ver turbio lo nítido, lo meridiano, lo
evidente… lo real.

Leí una vez que un problema no tiene que ser necesariamente grave para vivirlo como tal: basta con que tú lo vivas así; una verdad como un templo, no hay tu tía. Porque como dije líneas más arriba, soy lo cuerdamente feliz que permite la sociedad del bienestar (ahí van mis palabros manidos del día, para
que no se diga que no escucho tertulias en las que participan sociólogos) y aun así, creo que mi vaso medio vacío está a puntito de quedarse seco del todo. Es
una presión incomprensible que se cierne sin avisar, como esa tormenta de mierda que manda al garete una jornada de playa en primavera. Y todo porque
entiendo que con mi edad, la que voy a cumplir, debería tener una idea, un plan, un cuaderno de bitácora en el que ir marcando mi rumbo. Pero no, lejos de
ser, de tener un proyecto de adulto responsable y con miras en el futuro, sigo siendo la misma inconsciente que busca en Google Outlets baratos en los que conseguir el último bolso de Dior a buen precio o una dieta en la que se pueda comer magdalenas a voluntad sin que la báscula se chive un día sí y otro también. Dior no es el origen de mis males (al menos, no más que del económico). La báscula tampoco (o sí, pero con hacer trampa cuando me subo, y dejar medio pie fuera de la plataforma, tengo hecho), pero la sombra alargada de tienes que madurar y tener un colchoncito para por si acaso, me pesa como un abriguito de hormigón. Tener un colchoncito implica malos momentos por venir, y dentro de mi adolescencia interminable, los malos momentos no tienen naipes para la partida ¡hagan juego, señores…!

Es como lo de las enfermedades. Últimamente, me llegan noticias un día sí y otro también de conocidas que tiene cáncer. Llevo un rato escribiendo y borrando esta palabra, cáncer, porque sólo con leerla, así, tan abrupta, tan aterradora, tan de llevárselo todo por delante, me duelen los ojos. Pero tan cierto es que crezco, como que no estoy a salvo de que deje de hacerlo en cualquier momento por su culpa. Pensar en ello me da miedito supermil. Y aunque tenga sólo casi treinta y cinco, y yo me vea en la flor de la vida, detrás de cualquier segundo puede estar la despedida. Ni un libro ni un árbol y, mucho menos, un niño. La línea de mi existencia está llena de bolsos de marca, de zapatos de tacón imposible, de fotos de vacaciones con el culo al sol, de risas de pijama y televisión, de recetas improvisadas con cualquier cosa que quede en la nevera y no ande/tenga moho/haya caducado en 2010, de anillos divinos que tengo que quitarme 
para conducir porque me distraigo y cualquier día acabo en una cuneta, de sábados noche de Pinterest mientras mi chico ve el enésimo repor del holocausto Nazi… pero si hago balance, aquí tirada, con la gravilla del asfalto clavándoseme en el coxis, de cúbito supino sobre la línea continua, lo cierto es que no he hecho nada de provecho, al menos, para la humanidad. Qué vulgaridad la mía, qué hedonismo inconsciente tan estupendamente inconfesable. Lo mal que tendría que sentirme por ello. ¿Ah, sí…? Sí. ¿En serio…? Sí. Pues vaya. Fatal, me siento fatal (¿?)

Así pues, vaya por delante que mi jornada de reflexión ha dados sus frutos doblemente. Por un lado, no me ha atropellado un camión de mudanzas, y por el otro, he llegado a la conclusión de que el único camino que he andado, que ando y que creo que andaré incluso mañana, cuando los treinta sean una realidad más allá de las velas, es el de la felicidad diaria, la que me dan los desayunos en pareja, al albor de un Earl Grey con leche desnatada y pan tostado integral sin sal y sin azúcar (puede que hasta sin trigo) y los dichosos deseos de buenos días, cariño, que tengas buen día… Pues eso, treintañeraycincoañera on the road, ahí estamos.

икона за подарък

Se fue; se fue, parece que para siempre, e,
inexplicablemente, siento unas ganas irrefrenables de tomarme un helado de
vainilla con Coca-cola, como hacen en las pelis americanas de los 70 en los
momentos tensos. Nunca hasta hoy, y mira que no habré tenido  oportunidades para tomar tamaña asquerosidad,
este mejunje de sabores se me había antojado la solución a todos mis males.
Como si un subidón de grasa hidrogenada con
sabor a
vainilla y 330 ml de refresco de cola fuesen el pasaporte a no

pensar, a no existir, a no ser. Sea como fuere, el portazo con el que supongo
se acaba de despedir de mí, de nosotros, de lo nuestro, ha despertado en mi
subconsciente gorrino las ganas de suicidarme, tupiendo mis arterias de
conservantes, colorantes y goma arábiga, que no sé muy bien qué es, pero que en
los helados de marca blanca se estila mucho.

A Federico siempre le ha gustado mucho el helado,
la Coca-cola… y yo; claro que, se confirma, los gustos no son inamovibles,
inagotables e imperecederos, porque él acaba de marcharse, con la firme promesa
de no volver jamás, ni aunque se lo pida una y mil veces, ha dicho, pero no se
ha llevado consigo su ciento y la madre de latas de Cola Zero, esas que había
comprado para pasar el fin de semana bajo las mantas, viendo pelis en el TCM
Classic y haciendo el amor conmigo. Del helado no hablo, no digo nada, porque
como no tengo ni idea de dónde va pasar la noche, lo mismo se le derrite en la
maleta, sobre los calzoncillos CK, el cinturón D&G o el jean Ralph Lauren.
Porque una cosa es que se vaya y me deje, me deje, me deje, me deje (me lo
repito por aquello de acabar de creérmelo) y otra que, por escapar de mí, se
cargue su selecto fondo de armario.

 A Federico
le gusta mucho el helado, la Coca-cola, la ropa de marca, pero se ve que ya no
le gusto yo, y eso es cosa difícil de digerir cuando hecho la vista atrás y
busco un solo recuerdo en el que él no esté y lo domine todo. Mierda de memoria
la mía, tú, que olvido constantemente dónde dejé el mando de la tele, las
llaves de casa o el número de de la plaza de parking en el que dejé el coche,  y ahora se las da de eficiente, recordándome que
voy a la deriva; sola y a la deriva, qué puede haber peor.

– Mujer, peor, peor, sí que hay cosas peores…
–  Me digo, con la puerta del congelador
abierta y entablando conversación con la merluza que yace, impertérrita, al
lado del tarro de medio litro de helado – ¿Ah, que no…? Algo peor tiene que
haber, no me jodas…

Así que aquí estoy, frente a una cabeza de pescado
que me mira con ojitos vidriosos y me enseña la piñata a través de la bolsa de
congelar de Ikea, haciendo balance de mi vida, de mi no vida, de mi asco de
vida. Y no es que Federico lo fuese todo en mi existir, pero casi. Tenerlo era
estupendo hasta que dejó de serlo y, ahora que se ve que ya no va a estar, me
ha dado por magnificar su esencia, como si su recuerdo, aun de cuerpo presente,
me quemase el alma.

Porque yo tengo alma, sí que la tengo, aunque él
no la vea. No la sienta. No la comparta. Yo nací con ella y si ahora no la
paseo, tal y como él esgrime, es porque en algún punto ha salido despavorida,
como las MariPilis en el primer día
de rebajas. Algún día, hace millones de años y antes de que el último
dinosaurio decidiese inmolarse porque para qué vivir así, sin pareja para jugar
a las prendas, a Federico le gustaba la Coca-cola, el helado de vainilla, la
ropa de marca… y mi alma. Ahora, que dice no la tengo, va el tipo y se va. Se
confirma también, pues, que lo nuestro funcionaba por una cuestión de divinidad
etérea o algo, porque, a las pruebas me remito, con mi cuerpo ya no le llega.

– ¡Las palabras siempre han sido tu mejor arma,
Paqui…! – Cierro la puerta del congelador, segura de que la merluza no entiende
en qué punto de su contrato pone que tiene que ser mi psicoanalista – Cierto,
lo son, pero quererte era un puntal que te cagas y acabas de darle una patada a
mis cimientos.

Las burbujas y la grasa láctea son dos cosas de
difícil mixtura. Si a esto le sumas la pena, penita, pena, la rabia, la
ansiedad, el enfado, la indignación, los lloritos, el hipo, la comida de uñas y
el dolor de coxis, fruto de una caída fortuita de cúbito supino sobre el suelo
de la cocina, el batido de Coca-cola y helado de vainilla resulta una caca de
la vaca. Lo revuelvo con fruición, con ahínco y dedicación, esa misma
dedicación que debería haber empleado en hacerle saber a Federico que sí que
pintaba mucho en mi vida, y no precisamente el indio. Le doy a la cuchara como
si remase en una canoa, haciendo girar esa pasta de color caqui-mierda que
quiere ser un batido so cool de esos
que podría salir en Sex and the city
o quizá en Pulp Fiction. Gira y gira
y gira y gira la puñetera cuchara, hasta provocar un Tsunami en el líquido del
vaso. Tanto gira y tantas olas provoca, que salgo de mi bucle lastimero a golpe
de vertido inesperado.

– ¡El pantalón de ante a tomar por culo! qué bien,
un día completo…

En otro momento y en plenitud de mis facultades sentimentales,
sentarme en el suelo de la cocina con mi delicadito pantalón de la suerte no
sería una opción. No lo sería en modo alguno, teniendo en cuenta que, cuando me
lo pongo, tengo sumo cuidado de consultar Metogalicia
para saber si se espera lluvia, aunque sea remotamente. Porque el ante, como ya
se sabe, es como el ying y el yang: tiene algo guay y algo chungo; monísimo y
archiagradable de vestir, pero una esclavitud el saber que ejerce un atractivo
inexplicable a cualquier fuente de humedad que lo deje moteado, cual bata de
faralaes. Verdades como puños, o Teorías
irrefutables de Paqui Antúnez
, que esa soy yo.

– No te chines, cari: por más que lo intente, no
soy capaz de lavarme los dientes sin salpicar el espejo… – Federico dixit, no
me acuerdo bien cuándo – ¡Imposible! Ni cepillándomelos en el salón, a cuatro
metros del espejo. Estoy seguro de que el dentífrico y el cristal están
imantados…

 Jodona
memoria la mía, psssss…; ya me dirás a qué coño viene ahora acordarme de esto
si de lo que estoy hablando es de la infausta suerte de mis pantalones de ante,
de la insoportable manía de cuidar mis pertenencias como si me fuesen a
sobrevivir y mi afición a elaborar teorías de todo o casi todo. Memoria,
márchate de mí de una vez y para siempre, que no serías la primera en dejarme
en la estacada, ya te lo avanzo, y déjame vivir como Anita Obregón,
imaginándome que todo gira en torno a mí y mi capacidad de invención. No quiero
sufrir, al menos, no más de lo necesario, y tú, con tu dichosa afición a
recordarme todo lo bueno, lo entrañable, lo genial y lo irrepetible de haber
vivido con Federico la última década, no me ayudas ni un pocopoquito, ¡so zorra!

Y, dicho lo cual, que el helado con refrigerio de cola
surque mi pernera de antaño incólume y cuidadérrima piel vuelta, entraña en sí
mismo, un dramón que te mueres; pero, lo que son las cosas, ahora mismo, con el
corazón hecho cotroña y con la sensación extraña de haber comido ortigas, el
asunto de la mancha me importa entre una mierda y mierda y media. Lo que son
las cosas, segunda parte: nada como tener pódium de sufrimiento; que Federico
se haya ido, dejándome sola y hablando con la merluza del congelador, ocupa,
sin duda, el puesto number 1 en el ranking de padecimientos
vitales. Lo del pantalón es una jodienda de las gordas, pero ya lo sufriré
mañana, que hoy no me quedan lágrimas en la recámara.

No soy yo muy de toros (o sí, pero no suelo
admitirlo en público porque no sé como argumentar que gusto de ver morir al animal,
estoque de por medio), pero yo me vi venir el final mucho antes de la sangre tiñese
el albero. Federico es muy primario, muy liso y llanito, sin muchas vueltas.
Siempre ha sido de al pan, pan y al vino,
vino
. Lo de jugar al gato y al ratón y andarse con retóricas se le antojaba

un coñazo y un desgaste criminal, así que cuando se dio cuenta de que más que
pareja, se sentía consorte, me lo hizo saber.

– ¿Al cumpleaños de Sara? ¿Para qué? Si tú solita
te bastas para animar la fiesta…

Siguiendo con el símil taurino, la puya fue
directa, concisa, de trazo directo y entrada limpia. No es que a él no le
gustasen mis amigas, que ni fu ni fa, lo que no le gustaba era yo cuando estaba
con ellas; pareces tonta del culo, vida, me decía; hablas raro, no paras de
reírte y de repetir coletillas estúpidas que no te había oído decir jamás.
Razón no le faltaba, pero es que las chicas somos así y yo no tengo la culpa de
que él no haya tenido hermanas (bueno, sí que tiene, una, pero la tal está más
cerca de emparentar con José María Iñigo, por lo de bigote, que con las
féminas. Un caralloutou, que diría mi
abuela…). Vale, pues entre chicas, y máxime chicas urbanitas, el asunto de
impostar la voz y hablar como si la Barbie
se hubiese apropiado de nuestras neuronas, es un discurso iniciático en
cualquier fiesta o reunión ginecéica. La cosa va amainando según avanza la
noche, porque estar todo el rato hablando como si fuésemos las protas de Sensación de Vivir, 90210 es agotador, claro
que mientras dura el falsete, no faltan las risas y las complicidades. Pero
tampoco las caras de qué cojones haces,
Paqui, que no te reconozco
.

Como digo, a Federico no le gustaban mis amigas,
ni la conjunción Amigas de Paqui+Paqui.
Pero la vida es así, no la he inventado yo, que cantaba alguien. A ellas las
conocía ya ni me acuerdo de cuándo, puede incluso que no las haya conocido
nunca y sólo seamos muchachitas afines que nos juntamos para despresurizar,
frivolizar, acompañarnos en nuestro duelo, acompañarnos en nuestras alegrías,
prestarnos bolsos para bodas civiles, prestarnos zapatos para bautizos civiles
(¿? Sí, lo sé, un bautizo no puede ser civil, no obstante, los hay, y nosotras
vamos, felices cual regalices), prestarnos echarpes para despedidas de casadas
(también lo sé, las casadas no se despiden; las divorciadas sí: ¡de sus ex!).
Nos lo prestamos casi todo, menos el novio. Ah, no, el novio no…

Hija, Paqui, tu Federico tiene un punto pusilánime
muy guaaaaay…

Esa fue la última y desafortunada frase de una de
las asiduas a las reuniones de chicas. Incapaz me hallo de referirme a ella
como amiga, porque este término, tan quinceañero
y tan… mitificado, no le encaja. Para nada. Porque ya me dirás qué cojones de
amiga puede ser una tipa que, cuando tiene dos Gin Tonics, se cuelga del cuello de tu Federico I, El pusilánime y le susurra A ti te insuflaba vida yo a raudales… ‘Insuflar’, cuando una vocaliza
con dos o tres cacharritos de Bombay
encima, suena a ‘succionar’ que te cagas, en serio. Así que, cuando mi entonces-y-hoy no-pareja Federico me lo contó, muerto de risa y mientras
se quedaba en calzoncillos y calcetines para meterse en la cama c-o-n-m-i-g-o
(voy a decírmelo otra vez, porque conmigo suena tan bien. Conmigo. Conmigo.
Conmigo. Conmigo), me sentí traicionada y ridícula a partes iguales.
Traicionada por mi congénere, ridícula ante él, que vio en mis ojos la
vulnerabilidad de la que sabe que la arena siempre se escurre entre tus dedos,
aunque te pongas guantes o te forres la palma de la mano con film de cocina del
Mercadona.

– Si no fuese un sentimiento poco moderno y nada
acorde con alguien tan autosuficiente como tú… – me dijo, apoyándose en la
cómoda y atrayéndome con firmeza hacia él – … podría concluir que Francisca
Antúnez está celosa.

Aquella noche follamos como adolescentes de
campamento; fuese la tasa de alcohol en sangre, fuese el temor a que él tuviese
curiosidad por saber cómo le succionaban,
perdón, insuflaban vida a raudales, la
cosa pintó en bastos. Yo, que soy de sexo estupendo y orgásmico en tiempo
récord, que no pierdo el tiempo en dime
cosas bonitas y hazme sentir la Bar Rafaelli de tu cama,
me entregué en

cuerpo, alma (¡Aaaaaaaah, entonces sí la tenía! Ahí no protestaba el cabrón…).
Alguien dijo alguna vez, no sé muy bien si lo oí o lo leí, que en el tálamo, lo
realmente importante no es lo que se haga, sino cómo se haga. Y hacer, lo que
se dice hacer, lo hicimos que-te-cagas.
Exhaustos, que no sudorosos, porque nada puede haber peor que el olor a cebolla
axilar tras un asalto coital, nos abrazamos lo justito, sin necesidad de
demostrarnos que nos quedaríamos así para siempre, porque de tan obvio y tan
verdad, lo de darnos la espalda y ponernos a dormir a pierna suelta, sonaba tan
bien o mejor que Cari, te quiero y te
querré toda mi vida. La comodidad cotidiana del buen querer, Tomo II
, ay…

Ahora, con el batido de mierda que estoy tomando, y
el culo roído por la baldosa de la cocina, pensar en algo tan sublime no me
hace bien, ningún bien. Sorbo otro poco de esta porquería como si fuese
arsénico o Listerine Explosión Total (que
tiene el sobrenombre que merece, sí). De morir de algo, mejor de asco, que de
pena, porque las pupas nunca han sido mi fuerte y lamérmelas en esta ocasión es
tarea de contorsionista, porque no habría lengua lo suficientemente larga para lamer
la yaga. Tu yaga. Para lamerte a ti .

подаръци

Nadar y guardar la ropa, esa es la clave del éxito; aun así, conseguirlo
nunca ha sido uno de mis fuertes. Desde que decidí empezar a querer a Paco,
porque sí, nuestro amor empezó siendo un ejercicio hábito, que acabó en
costumbre y derivó en cariño, las cosas han ido complicándose lo suyo.
Empezando por mi suegra, por mi cuñada, por el perro de mi cuñada, por las
sesiones de Wii+amigotes en mi salón, y acabando por la curiosa habilidad de mi
chico a la hora de olvidarse de llenar la nevera, lavarse los dientes sin
salpicar el espejo y desayunar sin dejar migas sobre el hule, que por muy de Ikea que sea, es bonito y lustroso, y
con trocitos de magdalena por doquier, adquiere aspecto de mantel con acné y ya
se sabe que el acné nunca le ha favorecido a nadie, ni siquiera a un mantel
plastificado.

La primera vez que nos vimos, allá por los 90, ni él era tan aburrido ni yo
tan jodidamente metódica. Podría decirse que éramos carnaza de idilio, porque
las hormonas y el verano son dos elementos que, a poco que atices, convierten
todo en una olla a presión. Yo, que ahora soy más bien carne de hueso, con poco
sustancia y menos arrobas, en aquel entonces era redonda como los flanes
redondos, como los chupachups Koyak
(los de chicle, que molan más), como los flotadores de patito, como los
barriles sin vino. Él era atractivo a morir. A morir. Bastaba compartir
estancia, sin hablar si quiera, para que la electricidad sacudiese mis
sentidos, inutilizándome la luz de alarma, esa que toda chica trae de serie y
nos advierte de que, de seguir en nuestro empeño de colarnos por lo que sea que
tenemos en frente, puede (digo puede y no sé muy bien dónde estriba la duda)
que nos complique la vida. Así fue, la bombilla de luz de alarma se fundió y
Paco entró en mí para siempre, literal y figuradamente.

Vivir con él es cosa hermosa y complementaria most of the time, pero he de decir que, en días como hoy, que estoy
premenstrual y el mantel sigue con migas de la enésima magdalena del mes, me
pregunto en qué punto, en qué momento pensé que hacerme cargo de Paco y su
atractivo era lo que me hacía falta. Vale que no siempre estoy esperando a que
me baje la regla y, por ende, analizo todo desde el prisma a veces veo muertos, pero supongo que en el fondo, pero en el fondo
de bastante arriba, el que subyace muy en la superficie, donde albergo tantas
ganas como no-dineros para hacerme
con unas planchas GHD, me pregunto
qué hubiese sido de mí si Paco no hubiese aparecido aquel verano, con sus
melenas, sus 501 cortados a media pierna y sus chanclas haciendo flip, flop,
flip, flop, flip, flop.

Porque eso es otra, a Paco le importa una mierda, quizá tres, el
convencionalismo social y puede ir en chándal a un entierro, en pijama al Mercadona y en batín de rizo americano
100% algodón a trabajar. A Paco le importa una mierda, quizá tres, la estética,
la moda y el negro y el azul marino se
matan, amor
. A Paco no le importa nada parecer guapo, y sin embargo lo es.

Vaya si lo es, y mis hormonas, debiluchas y enamoradizas, lo saben, lo sabían y
lo sabrán siempre. Puede que ese sea una de las razones por las que las migas
de las magdalenas del hule de Ikea no
me molesten lo suficiente como llenar su bolsa de deporte PUMA con las cuatro
camisas que ha acumulado estos años y lo mande a remar al puerto de Palos… A
mí, que siempre me ha pirrado jugar conmigo misma a las Barbies, conjuntito va, conjuntito viene, me veo yendo del ganchete
con Don Quién-coño-es-Lagerfeld,
pasando por alto que, de los dos, la que desentona soy yo, porque con esta
tendencia suburbana a usar Sport Wear
en cualquier situación, lo acompañarlo entaconada perdida al dentista, resulta
entre raro y tragicómico.

Mis amigas me dicen que pegamos tanto como un erizo y cuadro de Sorolla:
uno tan mundano y el otro tan celestial. Y no es que Sorolla pintase cielos,
vírgenes y portalitos, que ese era Murillo, pero sus mares invitan a levitar, o
eso dice mi amiga Celia, la autora de tal apreciación metafórica. Vale, ahora
sólo falta saber quién es qué, porque Paco de erizo no tiene mucho (su calvicie
es ya un hecho flagrante) y yo de obra pictórica, cada vez menos (no siendo que
el boceto sea el de un esqueleto cabezón). Anyway,
el erizo y el Sorolla se quieren, se necesitan, se complementan, se enfadan, se
reconcilian, se detestan, se buscan, se alejan, se acercan… se reconocen y
sienten bien teniéndose cerca, uno con sus púas pinchudas y otro con sus
pinceladas concéntricas y archiestudiadas.

El erizo y el Sorolla se han convertido en el dúo Saca Puntas del siglo
XXI, la versión 2.0 del Busque, compare y
si encuentra algo mejor, cómprelo
. El erizo y el Sorolla dejaron de ser dos

para ser uno, y aunque la regla no creo que tarde mucho en bajarme y las hormonas
me tengan el sentido con lo de atrás pa’lante,
mis dudas de qué cojoño hace una
chica como yo con un tipo como él, se disipan en cuanto hundo mi cabeza en su
cuello y respiro lentamente su piel. Un olor familiar y conocido, que me remite
inmediatamente a casa, a mi casa, a nuestra casa, me cerciora que Paco es y
será siempre el hombre de mi vida, el que no llena la nevera, tizna el espejo
del baño cuando se cepilla los dientes, el que tiene una madre, una hermana
(con un perro claramente más apetecible que ella misma) y siembra de migas el
mantel de Ikea. Por todo eso y más,
Paco es y será siempre mi magdalenita de Proust, mi áncora vital y cotidiana,
esa que arrima el hombro cuando las cosas no van bien, celebra mis éxitos, me
ayuda a reírme de mis no aciertos y me hace el
sana, sana, culo de rana
cuando me pillo el dedo en el cajón de las

cucharas. Paco no sabe quién es Lagerfeld,
pero sabe quién soy yo y me quiere así, ciclotímica y turuta por lo menos una
vez al mes. ¡Qué suerte la mía, mamasita…! Ay…

 

 

Y  las cosas pasan casi siempre por algo y no seré yo la que lleve la contraria al destino. Si me dejaste, si ya no estás en casa cuando vuelvo del despacho, con la barra de pan del Opencor bajo el brazo y el Hola hecho un canutillo en el bolso, será por algo. Tiene que ser por algo: tanta fatalidad junta no puede suceder porque sí, sin más.

Son demasiadas horas de convivencia, demasiadas noches debajo de la misma manta, respirándonos, oliéndonos la piel, el pelo, los pedos que fingimos no oír pero que sabemos que son del otro porque de mi culo no ha salido. Muchos días de encontrarse, desencontrarse, de echarse de menos, de estar hasta el mismísimo de tropezar en el pasillo tras una bronca. Mucho de todo y de nada, y aun así, abro la puerta de lo que era nuestro hogar y ahora sólo es mi casa, y quiero que bajo un cojón de un meteorito y lo fulmine todo; todo, menos la lámpara Tiffanis de la entrada, que la elegimos juntos, una tarde cualquiera de enero, cuando fuera hacía un frío pelotudo y la lluvia daba por saco sin parar en los cristales. Es lo que tiene el amor de verdad, el que te incinera, te voltea, te duele y te recicla, que no hay frío, no hay lluvia, no hay viento, no hay nada capaz de hacer que las cosas sean siempre grises o negras. Cuando aun éramos uno, aunque realmente quizá siempre fuésemos dos. Dos, nunca peor que uno.

En la facultad de derecho nos enseñaron todo lo importante. O casi, pero se olvidaron de meterme en la cabeza que sobradamente preparada no significa impermeable a la soledad. Leyes, decretos, sentencias, guardias, buenos y malos… conocimientos a dar con una pala, pero más sola que la última rebanada del pan Bimbo, esa que nadie quiere, y mucho menos yo, mucho menos tú: bromeábamos con la idea de que tú eras la corteza del principio y yo la del final, que sólo hacía falta tiempo y hambre para que se encontrasen. Dos tostaditas de pan de molde que aguardan ansiosas el momento de verse cara a cara, por muy resesa y seca la tengan…

Sentada en el suelo de la cocina, con la espalda apoyada en la puerta de la nevera y sin importarme una boñiga si la balda de los yogures está desordenada o demasiado cargada como para no vencer al lácteo peso de ese engañabobos que son los Lactobacilus, me pregunto en qué momento dejaste de necesitar a esta rebanada de paquete familiar, precio especial 1, 99 €. Porque echarte de menos, respirar un aire que ya no huele a ti más que vagamente, hace que nada tenga precio, quizá ni yo misma. Alguien me dijo que lo más duro de una ruptura es la primera noche, cuando llegas a casa y lo que sobra es espacio, porque la ausencia es tan chunga, tan chunga, tan chunga, que aunque la hipoteca diga que mi caca de piso es de 70 m2, en realidad lo que me han vendido es el desierto del Gobi, el océano Atlántico, el Santiago Bernabeu, el monte Pindo, el metro de Madrid y su ciento y la madre de líneas abiertas y por abrir… me han vendido un agujero negro del espacio en el que sólo hay cabida para la pena, el desastre y los no puedo seguir sin ti. Sin ti, no.

Y lo inquietante del asunto es que mi desolación va por rachas, no tanto cíclicas como previsibles, y aun así no encuentro la forma de adelantarme a las crisis y darme al tintorro antes de que me embargue la culpita y el desánimo. Lo sé, el vino no es la solución adecuada, pero entre que lo pienso y no, estoy tibia y  tan fuera de mí, que puedo verme desde un plano zenital, uno de esos que usa Ridley Scott en sus pelis, y que los usa porque hay presupuesto y puede permitirse una cámara que se llama cabeza caliente, me dijiste una vez. Porque tú, además de ser mis cinco sentidos y ser ya demasiado tarde para hacértelo saber a gritos, sabes mucho de todo, de todo menos de mí, que no supiste ver que lo mío no era frialdad con la relación, no era pasotismo, no era no querer evolucionar, no era te importa más tu puto bufet que lo nuestro… sabes de todo, pero no de lo importante, claro que ¡quién dijo que esto iba a ser fácil, joder! El caso es que yo pensé que lo difícil era encajar las piezas del puzle, no fijar el motivo con cola de madera y enmarcarlo. Porque los puzles pierden su esencia cuando se les limita la movilidad de las piezas: un puzle pegado a un tablón de madera no es más que una foto dividida en porciones, como una caja de quesitos El Caserío. Yo no quería ser un puzle, no quería ser una caja de quesitos, pero te quería a ti, y se ve que no supe cómo hacerlo, porque todo se fue a la carajo y no fui capaz de echarte el guante y pedir una oportunidad para demostrar que, algunas veces, segundas partes no sólo pueden ser buenas, pueden ser mejores. Dime que sí, dime que sí, dime que sí, por favor, dime que sí. Pero no dices nada porque no estás y eso si es una verdad como un templo, como un templo grande y solitario de esos que apabullan y te hacen sentir pequeña y vulnerable, claro que, ahora que lo pienso, esa debe ser la función de un templo: ponerte en tu sitio y hacerte ver que sin mí no eres nada. Tal cual, templito mío.

Dice mi madre que lo nuestro era un fracaso a voces, que ya se sabía que un chico chapado a la antigua como tú y una chica tan independiente como yo, no llegarían a ninguna parte. ¡Hay que joderse! No, si va a resultar que la gente que fingía estar encantada de invitarnos a comer, hablaba de lo nuestro, de nuestra historia futuriblemente-hostiable en cuanto nos despedíamos  para volver a nuestra casita, que entonces sí era un hogar mullidito y estupendo al que volver después de lo que fuese, porque allí estaba nuestro epicentro, nuestro quiero estar aquí para siempre.

Ahora que ya no estamos juntos, me dicen que debo aferrarme a la idea de que tendré más tiempo para mí y que aproveche para disfrutar de todo lo que me he perdido todo este tiempo ennoviada. Que disfrute, eso dicen. Que disfrute. No sé si mandarlos a la mierda. Sí, ya lo sé: os mando a todos a la mierda, porque ya que estamos por la sinceridad, he de deciros que cuando habláis de mi relación en esos términos catastróficos y armagedónicos, no hacéis más que mandarme a las antípodas del ánimo. Porque una cosa es que queráis darme un empujoncito, y otra que queráis que aborrezca lo que he conocido, sentido, olido, saboreado, reído y acariciado como felicidad de verdad. Os guste o no, familia y amigos, cuando queréis que odie a mi hasta ahora otra mitad, para salir del atolladero de dolor que hace que el alisado japonés se me vaya al carajo, no hacéis más que darle una bola extra a mis esperanzas de que él va a volver a por mí, subido a un BMW blanco, blandiendo una cajita de Tous con un lazo y una sonrisa amable, conocida y luminosa, para pedirme que le devuelva su lado preferido de la cama, en el que está el enchufe, que así puede poner a cargar el iPhone y tener más papeletas para no olvidárselo por la mañana.

Y es que lo bueno de hablar sola, con la espalda apoyada en la puerta de la nevera, la barra de pan del Opencor bajo el brazo y el Hola hecho un canutillo en el bolso, es que puedo ser todo lo patética que se me antoje porque no hay más juez, más parte que mí misma y mi orgullo tocado de muerte mortal. Porque cuando tengo que salir por esa puñetera y ponerle un rumbo a esta caca que es ahora mi vida, tengo que fingir que estoy mejor, que por más que sienta que todo se va al trasto, soy lo suficientemente lista, preparada y racional, que soy capaz de ver que esto es lo mejor que nos podía pasar, porque lo nuestro era una ruptura anunciada: un chico tan chapado a la antigua y una chica tan independiente, bla, bla, bla, bla… ¿Dónde habré puesto yo el descorchador…?

 

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