Me queda lejos el enfado, y me queda lejos, por ende, el desenfado; pero si hay algo que toque los si bemoles a una mamá recién parida, es tener que escuchar constantemente falso-halagos sobre su recuperación tras el parto. Aun con el cono sur dolorido, las hormonas bailando Regetón y un bebé al que no acabas de reconocer como familia del todo, te sientes observada, quizá también tasada, cual vaca en exposición ganadera.

 

Fast Rewind, porplís! Momento flashback al canto, pues. 

 

- Oye, pero te veo estupenda, ¡hay qué ver qué recuperada estás…!

 

¡Ea! Esta nueva mamá que soy yo, tan flácida, tan dolorida, tan inestable, tan melancólica y  tan carente de toda capacidad de defensa, se siente como el orto. Porque no es verdad: no estoy recuperada, no estoy bien, no estoy estupenda, pero, en todo caso, no creo que eso sea un debate urbano, a pie de jardinera en calle peatonal o la cola del súper en hora punta. Acaban de sacarme de dentro un bebé, por el mismo orificio por el que hay días me cuesta ponerme un Tampax: tengan piedad de mí, aunque sólo sea por eso. Lo único que no necesita una mamá recién alumbrada es que alguien le recuerde que d-e-b-e, t-i-e-n-e  y  n-e-c-e-s-i-t-a volver a partir nueces sobre su abdomen. En mi caso en concreto, un algo que ya tengo avanzado, porque jamás he tenido unos abdominales como lavar ropa blanca en la orilla del río Kwait; y aún así: ansiedad y ridículo, que punzante combinación.

 

- Aun estoy hinchada de c*jones, pero es lo que hay.

 

Tocada y hundida, pero sin c*jones, claro, aunque conociendo su peso redondito y pendular cuando una conocida con ‘síndrome de cuñada’ me busca un flotador sobre el ombligo. En ese mismo instante eterno, quiero mandarla a tomar por saco, pero me falta decisión. Así que, y en el penúltimo acto heroico del que soy capaz antes de hacerme pis a causa del esfuerzo y de falta de tonicidad en el suelo pélvico, meto barriga asíííí´, asíííi, asíííi. Con todas y con esas, con las bragas mojadas cual catarata del Niágara, me motivo: yo creo que con esta tortura china, puede que se me borre un centímetro de mi nuevo diámetro caderil. Pero no se borra, y en su lugar, me acomete un ataque de hipo, que hace que en cada contracción del diafragma, me vuelva a hacer pis; y así una y otra vez, y vuelta la burra al molino, que si quieres té, Marité.

 

- Mujer, es normal, acabas de pariiiiir – Te dice la arpía, clavándote la mirada en el ecuador de tu cuerpo.

 

Y como aquel tinglado de Jesús y los delatores: no me judas, no me judas… ¡Claro que acabo de parir! Nadie lo saber mejor que yo, y sin embargo, parece que lo único que me tiene que preocupar es si mi barriga está o no en el sitio que al respetable le apetece. Cuatro kilazos de niños después, raro sería que mi piel no fuese un acordeón, así que no entiendo en qué momento alguien puede pensar que me apetece hacer conversación sobre ello, sobre mi huída autoestima, sobre mi miedo a terminar pareciéndome al maestro Yoda, pero con ombligo y monte de Venus por barbilla. De las barrigas de las paridas no se habla, ni mu.

 

- ¡Calla, calla, qué valor, un niño tan grande: te darían puntos, claro!

 

Los puntos del álbum para toda la vajilla Duralex, cara de culo, me entran ganas de contestar. Pero estoy blandita, indefensa, enamorada de la cara arrugada de mi recién nacido, que por alguna extraña razón me recuerda a Jordi Pujol; lo único que quiero es terminar aquel encuentro, que no debió suceder jamás. Sin embargo, sigo allí, petrificada, esperando a que llegue el gran cataclismo y me ayude a desaparecer. Podría salir por piernas (escarranchada, que tengo por vagina un cojín bordado a  punto de cruz, claro), pero no me muevo de donde estoy, empuñando el carrito y pensando si no sería mejor quedarme en casa, a disfrutar de mi desvencijado ‘yo’ hasta que mis niños me pidan acompañarlos al altar.

 

- ¡Qué remedio: eso, o vomitarlo, porque sin ayuda no salía…! – Arguyo, con retranca en monodosis. Ser gallega da ese qué sé yo de mala milk y ocurrencia, listo para tomar en cualquier lugar.

 

- ¿Y te come bien…? – La lagarta maravillosa que me hace la interview me mira el pecho, segura de que debo tener leche para mí y una manada de manatíes.

 

Yo, que respeto muchísimo la lactancia materna mientras no tenga que ser yo la que tenga que poner la teta, me estremezco y estoy tentada a contestarle ‘me comía más antes, ahora con los niños, el sexo es cuando toca’ (hastaelc*ño.com, mismamente me tienes, chata). Respiro, me sosiego, dejo de temblar por el subidón de azúcar (otra perla del post parto) y me hago un Winona Ryder, cuando le preguntaron si había mangado ropa en los probadores…

 

- ¡Muy bien, muy bien! No hay quien lo pare… – Mentira cochina: tengo acciones en biberones NUK.

 

Y la lagarta de m*erda, que estaba ávida de saber más, se me queda mirando, y me dice:

 

- Ten cuidado con los pezones, que si te los coge mal, puedes acabar con mastitis.

 

¿¡Pero vamos a ver…!? ¿¡Pero qué invento es esteeee…!? ¿¡Cómo se puede ser más hija de una cabra!? Si no es herir, parece, porque no siendo que aquella conversación fuese una lucha de gladiadoras, cuerpo a cuerpo, esperando a que se nos comiese el león, ya me diréis. En un momento de inesperada lucidez, llámale también estoy hasta las gónadas verte el bigote, me quedo mirándola y le pregunto:

 

- ¿Cuántos niños tienes tú…? – Cejas arqueadas.

 

- ¿¡Yoooo…!? – Tic, tac, tic, tac, tic, tac – ¡Ninguno! Es que a mí todo esa historia del parto me pone muy mal cuerpo…

 

- ¡Acabáramos, monina! – La tensión se me funde en risas nerviosas – Así que tu mal karma con las valientes que alumbramos seres humanos es sólo por j*der, nada más.

 

Y la lagarta poliédrica, sonríe porque no entiende a qué viene mi villanía. Sonríe como el niño al que acaban de pillar meando por fuera en el baño recién fregado. Sonríe como la sinvergüenza a la que acaban de poner en su sitio. Sonríe…

 

- Igualito, igualito que los que ven porno en el Plus y después creen que han f*llado la mar de bien.

 

No he vuelto a ver a la lagarta malévola (espero no haya muerto, porque tampoco era para tanto mi desaire), pero ansío con todo mi ser, ya en sus medidas definitivas de madurez y maternidad por partida doble, que se lo piense dos veces antes de atormentar a otra mamá recién parida. No es bien ser cruel y cansina con el débil, háganlo circular. Y sí, no soy la que era: soy la que soy y la que me gusta ser. No soy la chica de ayer, soy la mamá de hoy, por siempre jamás. Con mis cicatrices, mis carnes y mis costurones, pero también con mis niños, que es, al fin y al cabo, lo único que seguro haré bien en la vida. 

 

Nadie que te lo cuente, nadie que te prepare, y sin embargo pasa. Ya lo creo que pasa. Y no de largo, sino para quedarse. Esa sombra gris perla, que no es lo suficientemente negra como para dejarte ciego, ni tan deslumbrantemente blanca que vele la luz dorada que sabes está detrás. El fuego que te quema el alma, te rompe en dos cualquier intención de seguir siendo tú, con tus cosas y tus cositas, pero tú, al fin y al cabo. Porque cuando se ama a entrañas llenas, ya nada es igual que antes; aunque pensándolo bien, a quién le importa cómo eras antes.

A mi cabeza loca, llena de pensamientos locos y atropellados le cuesta datar algo tan intangible como el discúlpeme, caballero, pero yo ya no quiero ser sin usted. Llegaste como llega todo lo bueno, de frente, sin avisar, por sorpresa y sin más artimañas que las propias del que sabe que si algún día tuvo puerto, por ley, debía oler a mí. No soy yo mujer de cortejo, sino de cortesía, y cuando me supe única y deseada por esas manos seguras, me dije: así llegase el fin del mundo. Y no fue un plan premeditado, ni siquiera una estrategia femenina de las tantas que todas sabemos funcionan y no fallan: lo mío contigo fue un zas en toda la boca, en todo el ombligo, en todo lo que quedaba de mí, deseando que ese abrazo no terminase nunca. Inspira, expira, inspira, expira, deseo, vértigo, deseo, vértigo, tic, tac, tic, tac. Qué más da el tiempo cuando lo único que cuenta es el no me sueltes, no me dejes, haz de mí un tú, guardarropa de nuestro para siempre.

Llegaste como un huracán de locura y desventura. Me cogiste con la razón a media asta, el corazón con transfusiones y la piel sin barnizar. Me cogiste en cueros, y así me entregué a ti, a esta historia de lo nuestro que en la que hoy, tantos años después, sigo anclada para asegurarme de que una vez, en verdad, toqué con los dedos el salado sabor de lo bueno. Tantos años después, con aciertos, fracasos, emociones a lágrima suelta y contenida, felicidades extremas y mediopensionistas; tantos días tratando de olvidar lo que no tiene olvido, porque lo que no tiene final, lacerante ironía, nunca termina. Tú y yo no hemos acabado: lo inevitable no tiene cura.

Amarte en silencio y a escondidas, con la sensación desnortada de estar errando por un camino que no siento mío, porque mis pies descalzos, amor desnudo que te sigue, nunca han querido abrir ese sendero. Busco la forma de no pensarte, ya que hacerlo me imbuye en la extraña certeza de que todo lo que hago es correr hacia ti. Y como dardo que hace diana en pleno centro del tapiz, noto como me falla el aire, pecho a dentro; no es no verte lo que me aterra, sino saber que por mucho que mi alma necesite tu abrazo, es el frío lo que me queda. Podría estar dos años y una vida viéndote pasar, pero ni un minuto más sin sentir como me enredas para siempre, sin más. Calor, firmeza, protección, seguridad y atracción, y el que me diga que otros vendrán que bueno te harán, es que nunca han amado en desamor hasta que duela. No es la vida lo que me falla, que tengo una y me prodigo, sino las pocas ganas de vivirla a medias. Es lo malo de haber conocido a la persona elegida en el momento equivocado: que se acaba el momento y se acaba el bocado. Quiero volver atrás, aunque sólo sea para darme cuenta de que no estoy equivocada. Eres tú, soy yo; como abeja a la miel.

En otros besos, en otras manos, en otros cuerpos, en otros lazos; cualquier lugar es bueno, hay que intentarlo. Y sin embargo, nada funciona, porque como la sombra alargada del ciprés manso, siempre que me volteo, ahí está tu recuerdo enmarcado. A sangre y fuego, a amor y juego, monedas de dos caras en las que ganar y perder es una cuestión de ángulo. Recordarte como lo hago me impide avanzar, pero quién quiere horizontes inciertos habiendo lamido el amanecer, beso a beso, trago a trago. Todo lo que venga tras de ti, nunca serás tú, y esa es la venganza amarga del destino, que cada paso que doy, es, sin darme cuenta, un a ver si hoy es el día, a ver si la bola extra sale a mi encuentro; así, hoy por hoy, y todos los días que me resten, porque cuando el amor de verdad te cruza la vía, no hay vagón, no hay mercancías que tan lejos de ti me lleve, mi vida. 
Aquí, en el mismo andén en el que te conocí un día, estoy sentada en un banco, viendo como otras chicas aman a otros chicos, diciéndose cosas de chicos enamorados, tal y como tú y yo lo éramos entonces. Discúlpame si veo en ellos algo de lo que nosotros fuimos, pero como en un Safari, respirando con cautela y contención, en silencio y sigilo, haciendo mía su pasión extenuante, sus besos que saben tanto a despedida, sus te quiero hoy y siempre, por más que pasen los días, te vuelvo a sentir con la vehemencia extrema de entonces, cuando hablar de uno, era hablar de los dos. Cierro los ojos y pienso que lo que ha sido y no fue, pocas trazas tiene de volver de ser. Aún así, me quemo por dentro desando que así sea. Volver a amar como te he amado a ti, dime cómo se hace si no es a tu lado. Ser y estar nunca han sido lo mismo, y mucho menos desde que no estoy contigo. Que alguien me enseñe a olvidarte, aunque sea un ratito…

 

- Pero mami, yo no quiero volver al cole, ¿o es que no te das cuenta…?

 

Mientras le pruebo el uniforme, Nicolás se siente disfrazado de reo. Lo que para mí es prioritario (que ambas perneras del chándal me queden marcadas a idéntica altura), para él son minucias. Con la rebeldía veraniega de pre-alumno de clase de 5 años, se marca un tuerking maravilloso, girándose sobre sí mismo, que acaba, como no, de bruces en el suelo, lamentándose de su nefasta suerte, su caótico sino, su desdichada existencia…

 

- A ver, dime por qué tengo yo que volver al cole si aquí estamos genial en familia, papá, mamá, Lorenzo y yo; aquí tenemos el castillo de Playmobil, la piscina en el jardín y un armario llenito de galletas de dinosaurio por si tenemos hambre…

 

Y lo miro, fascinada, preguntándome si no tendría que mandarlo a la escuela de jóvenes filósofos, porque desencaminado no va. Aquí, en casa, cree tener todo lo que necesita, y me encanta la idea de que así sea, la verdad. Para él, que no tiene límites a la hora de soñar y/o pedir, con la familia, el castillo, la piscina y las galletas de dinosaurio, más feliz que una perdiz, oigan.

 

- Ya, Nicolás, pero hay que ir al cole porque seguro que tus amiguitos tienen muchas ganas de verte y contarte cosas fantásticas del verano…

 

- ¡Que no, hombreeee…! – Mi mayor me interrumpe – Que no quiero, y además, este pantalón es tan grande que parezco el payaso Pocholo.

 

- Es taaaan grande porque no me dejas medir por dónde tengo que meterle a los bajos… – Argumento, sujetando mil y un alfileres con la boca.

 

- ¿¡Y encima me quieres pinchar con esas agujas locas…!? – Ojos como platos, cejas por flequillo y expresión de ahí viene el coco – Yo me las piro…

 

- ¡Eeeeeh…! – Le corto el paso, aprovechando para tranquilizarlo con un abrazo de osa mayor – Los alfileres no son para pinchar niños guapos, como si fuesen aceitunas de aperitivo, chavalito: son para coger el dobladillo del pantalón.

 

- ¡Ah, no!  A mí no me cojas nada con eso que pincha: yo sólo quiero que lo cortes con la tijera y que me dejes en paz…

 

- ‘Me dejes en paz’ es una expresión muy fea, muchachito… – Meneo la cabeza y chasco la lengua, en claro gesto de reprobación.

 

- ¿Dejar en paz es feo? – Inquiere, pensativo – Pues yo cuando estoy tranquilo, me encuentro la mar de a gustito: ¿a ti no te pasa?

 

- Me pasa, me pasa… – Me río, porque el tipo extraordinario tiene guasa – pero pedir a alguien que ‘te deje en paz’ implica que te está molestado, ¿entiendes?

 

- ¡Claro que lo entiendo! – Nicolás pone boca de pez globo, con los mofletes hinchados, y suelta presión con una pedorreta – Pero es que así aun es más genial que te dejen en paz; si primero te molestan y si después te dejan en paz, pues te sientes más que genial todavía: ¿lo entiendes tú ahora?

 

- ¡Perfectamente…! – Convencida de la extraordinaria capacidad que mi mayor tiene para hablar de los sentimientos, me río otra vez – Pero ello no exime que pedirle a quien te está molestando que te deje en paz sea un poco feo.

 

- ¡Pues ya me dirás! – Se encoje de hombros, mientras tira de las perneras del pantalón para no tropezar y darse de bruces contra los muchos juguetes que viven en el suelo de nuestra casa – Entonces que hay que hacer cuando alguien te está dando la murga: ¿invitarlo a tu cumpleaños?

 

- Hombre, no, que lo mismo no cabemos en el jardín… – Mi mayor se queda quiete un instante, momento en que pongo la velocidad Sputnik en modo ON y me armo de alfiler para marcar los bajos.

 

- ¡Chechecheché…! – Mi mayor me corta el paso – ¿Pero vamos a ver, mamita, te digo que no pinches con esa aguja y me persigues igual? ¿Y eso no es feo? ¿Eso no es feo…?

 

Espeluznado, se parapeta detrás del sofá.

 

- Nicolás, ven, cariño…

 

Tic, tac, tic, tac, tic, tac.

 

- Nicolás, amor, ven, que los alfileres son para marcar la tela: n-o  l-a-s-t-i-m-a-n, anda…

 

Tic, tac, tic, tac, tic, tac.

 

- Nicolás, hombriño, ven, ¿no ves que hay que arreglar ese pantalón antes de que empiece el cole?

 

Oigo una respiración profunda, larga y amortiguada. Me quedo mirando al sofá y veo, de repente, asomar por la parte superior una espada láser roja y, a renglón seguido, una careta de Dark Vader. Obviamente…

 

- NoSoyNicolááááasSoyTuPadreeeeeee…. – Y mi mayor abandona el lado oscuro, marcándose una marcha imperial espectacular: fiel en tempos, bien afinada y mejor orquestada, porque cuando iba a llegar al chanchanchanchanchááááán, se enreda con el bajo del pantalón (a estas horas ya cual escarpines, forrando la planta del pie) y acaba sobre el xilófono de su hermano, tan bonito como estremecedor (con él se podría versionar la intro del Fantasma de la Ópera en versión punk: no hay una nota que suene como debe).

 

- ¡Ay, c*ño, que se mata…! – Despliego las alas de madre, y antes de que acabe con las gafas, la careta y la nariz en el teclado del xilófono, lo tengo en mis brazos.

 

- Poco le faltó para ver el lado oscuro… – Se quita la careta sin dejar de pasarse la lengua por los dientes – Mírame aquí: ¿me falta alguno? ¿Yo creo que me acaban de caer dos del susto? Lo mismo hay que decírselo al ratón Pérez, porque ya que viene, que traiga dos regalos…

 

- Están todos en su sitio… – Me río y le acaricio la frente – Eres muy listo tú, chavalito.

 

- ¡Claro, sino de qué voy a ser el reyyy de la galaxxxxxiaaaa…! – Y otra vez respiración profunda, larga y amortiguada, seguida de una versión fidedigna y gloriosa de la marcha imperial.

 

- Oiga, maestro Dark Vader, ese pantalón que lleva, taaaan grande, le quita a usted prestancia interestelar… – Constantino Romero, un aficionado a mi lado, palabrita.

 

- No sé que es interestelar, mamita, pero como me claves esa aguja loca en los pantalones, te declaro la guerra mundial… – Y Nicolás, blandiendo la espada láser como torero en la Monumental, intenta incorporarse, al tiempo que vuelve a resbalar con el bajo del chándal, volviendo a darse contra el xilófono de su hermano.

 

- Dark Vader, chico, esto no es plan, ¿eh? – Arguyo, divertida.

 

- Vaya culada, mamita, vaya culada… – Gimoteando, pero muy digno – Mira, te dejo que me arregles los pantalones, pero sin estar yo dentro, ¿vale?

 

- Pues no sé qué decirte, la verdad, porque va a ser difícil… – Hago pucheros, pero me pueden sus ojos redondos de Lacasito.

 

- Pues dime que sí y que no voy a ir al cole: eso si sería la buena vida, no me digas… – Y él también se ríe.

 

- ¡Ahá, bribón! Eso sería la buena vida, ¡acabáramos!… – Le despeino el flequillo – ¿Y tú sabes lo que sería la buena vida para mí?

 

- Mmmm… – Genius on board, already thinking  - ¿Comernos a besos a Lorenzo y a mí?

L                                                                                                                                           L

O                                                                                                          O

V                                                                           V

E                                            E

Permítanme una despedida diabética, a rebosar de sirope y mermelada, porque no puede haber mejor colofón para un relato sobre el síndrome de la vuelta al cole, que una conexión con la vida, de tantos megahercios y tan certeros. No es sólo que los niños vivan contigo, es que viven de ti, empapándose de lo que eres. Hacen suyos tus miedos (Nicolás, ¿en serio es necesario que te tires de esa tirolina?), tus trémulas valentías (¡venga, Lorenzo, venga, echa un pie que tu puedes, amor…!), tus neuras hiperprotectoras (‘chivarse’ es una palabra que se inventaron los malos para que los buenos tengan que guardarle fidelidad y lealtad a sus h*joputeces, así te lo digo. Mamiiii, has dicho h*joputeceeees. Ups, lo siento…), tus porque lo digo yo que soy mamá y ya está. Pero también interiorizan que son tu prioridad, que todo en ti gira por y para ellos. No se trata de que se lo digas, sino de que lo sepan porque lo sienten y disfrutan de ello. Comerlos a besos es y siempre será mi buena vida. Y lo haría de pies a cabeza, sin dejar miguita, aunque para ello tuviese que comerme también el pantalón sin cogerle los bajos. He parido a Paulo Coelho, no me digáis… :)

A una mamá molona (y electrizada) la reconoceréis fácilmente en cualquier ambiente, lugar o galaxia, porque hay diez rasgos básicos y maravillosos, comunes a todas ellas, que no pasan desapercibidos. Lo sé, la cosa paritaria y la elegancia marital  me obliga a mencionar a los padres, pero ese, queridos, es otro post que anuncio no tardará en llegar. Hoy, pues, me dispongo a desvestirme (que no desnudarme, que ya no estoy para marcarme un Kim Basinguer en 9 semanas y media), porque nada mejor que un ‘pelotari maternal’ para ver qué ha sido de mí, ahora que ya no soy yo: soy ellos.

  1. Una madre molona (y electrizada) nunca lleva moño, lleva un nido de cigüeña en lo alto de la cabeza. Y no es por gusto, que ya qué más da, sino porque cuando por fin tiene a la prole arreglada para salir, ese breve espacio de tiempo que todo ser humano se reserva para parecerse a lo que un día fue, se ve recortado a un corre-corre-que-te-pillo, a una décima de segundo en la que se mira al espejo, comprueba que no lleva la cara tiznada de  potito/caca/mocos/pegotes de crema del cambio de pañal, y se apaña el pelo con una goma, cual paca de paja seca. Y como las prisas no son buenas ni para arrepentirse, cuando ve que el recogido (¿?) se le quedó hecho un asco, intenta componerlo, pero como la goma está cedida y el forro se ha ido ajando por el uso, dejando el caucho al aire, hace que moverla y/o quitarla, sea un deporte de riesgo. En una lucha capilar, la madre molona (y electrizada) decide que el moño de lado, deshecho y con pelos saliendo por los lados, cual erizo de mar es un look maravilloso para ir al parque, a las rebajas de Primark o la ópera de Viena, llegado el caso. Nido de cigüeña, ojo al dato.

 

  1. Una madre molona (y electrizada) no hace concesiones, se rinde. Y se rinde en defensa propia, porque qué más le gustaría a ella que ser taxativa, tajante, inamovible en sus decisiones. Mano firme, educación garantizada. Pero cuando el agotamiento entra por la puerta, los ‘si no te comes las lentejas, apago la Patrulla Canina’, saltan por la ventana. Ser un SuperNanny de ida y vuelta es un papel muy de una mamá extenuada por la vida en general, no sólo por la maternidad en sí misma. Porque cuando ésta da con sus huesos en la camita, preparando su roll del día siguiente, seguro que no piensa ni por un momento desdecirse una y otra vez; pero, sin embargo, lo hace en legítima defensa, amparándose en la máxima: si no levanto el pie del acelerador, palmo. Si palmo, los dejo mutilados emocionalmente. Con lo qué, poca lógica filosofal se necesita para saber que cuando no se puede con el enemigo, hay que unirse. Que no se mueva, que no se note y que no traspase, pero, una vez más, los niños se salen con la suya. La mamá sabe que no es bien ceder, vaya si lo sabe, pero qué va a hacer, pobre, si a las 19.00 horas mira el reloj y le parecen las 23.00. Never give up, y aun así, give up, porplís.

 

  1. Una madre molona (y electrizada) no va de compras, sale a equipar. Lejos quedan las jornadas hedonistas en las que la tarjeta de crédito tenía el canto afilado como un cuchillo jamonero de tanto dale que dale a la CPV. Lejos quedan los tiempos en los que las tiendas más estupendas eran un lugar de recreo, de puesta a punto y, quizá, bálsamo curapupas y/o curadesencuentros. Porque cuando hay niños en el hogar, una tarde de tiendas significa comprar para e-ll-o-s, casi nunca para mamá. Toda tarde shopping es, entonces, una carrera contra reloj, en la que no hay oportunidades de prueba ni probadores: los pequeños no cooperan en absolutamente nada que no sea elegir si el chicle lo quieren de sabor Cola o con forma de petardo. De ahí que cuando una mamá da con alguna prenda que puede servirle a uno de sus miniyó, lo coja en todos los colores, quizá en dos tallas distintas, por si un día dan un estirón después del Colacao de irse a dormir. Y si de camino a la caja encuentra calcetines y calzoncillos bien de precio y con pinta de no encoger en la secadora, los sujeta con los dientes (ya no hay brazos libres para tanta percha) y se va tambaleando a por la dependienta (quizá a pedir auxilio, claro), segura de que se olvida de algo. Cuando por fin consigue pagar y se cerciora de que sigue teniendo colgados a sus piernas a sus niños, cae en la cuenta de que de lo que se había olvidado era de respirar. La vuelta al cole, el que viene el coco del SXXI, no digo más.

 

  1. Una madre molona (y electrizada) no descansa, cae en coma médico. Y es tan profunda esa necesidad de no ser, dejarse ir en manos de sabe Dios qué cosa agradabilísima que le deja pseudo-inconsciente (creo que se llamaba sueño), que si por lo que sea uno de los niños arde en berridos nocturnos porque quiere beber o tiene ganas de tomar un Frigopie, se incorpora mareada+desnortada+beoda de gaseosa, pero impulsada cual cohete para atender esa emergencia nivel super one. No importa si el meñique del dedo del pie se convierte en un rádar cárnico, siempre feliz de encontrar esquinas de muebles. No importa si más que echarse de la cama, se tira de un precipicio. No importa que la mamá sepa que la sed o la gula de helado de madrugada no son cosa de vida o muerte, porque ella así lo vive. Con entrega y vehemencia, con amor y locura. Con golpes en las piernas al acudir a oscuras. Con toda y con esas, si me necesitas, silba, ya lo dijo el otro.

 

 

  1. Una madre molona (y electrizada) no hace planes, pergeña una estrategia militar. Un día de playa, pongo por caso, no es coger la sombrilla, el bañador y bocadillo de Tapa Negra La Piara y tira millas. Para que una familia con niños pueda ir a la playa, dos días antes hay que ir haciendo acopio de víveres y enseres, mirando la predicción meteorológica, calculando el tiempo de desplazamiento de ida y vuelta y (oh, oh) comprobar en el grupo de WhatsApp de amistades de sus niños si hay algún cumpleaños a la vista, que haga imposible la jornada de toalla y olas. Una vez hay luz verde para emprender la aventura (me río yo de Amundsen), queda por saber si hay que alquilar un remolque o llegaría con hacerse con un séquito de Sherpas para portear los cientos de juguetes voluminosísimos que los pequeños han decidido hay que llevar sí o sí. La madre sabe que tiene que ser firme, que no puede dar ni un paso atrás: todo no cabe en el coche, hay que elegir. Y aun así, les ruego relean el punto 1, 2 y 3, gracias.

 

  1. Una madre molona (y electrizada) no tiene vida social, sale a la calle a cumplir con la de sus hijos. Parece lo mismo, pero palabrita que no lo es. Un sábado por la tarde en una piscina de bolas es la tortura china de la que nadie habla, porque no está bien no alegrarte de la felicidad y excitación extrema de los hijos que te han salido por el cono sur. Tampoco es lo mismo ir a tomar un café que hacer tiempo con la madre de un compañerito, mientras ellos ensayan el numerito de fin de curso, una versión del Hello de Adele, que hace falta cuajo y Sonotone para reconocerla. Así a todo, allí están las madres, sorbiendo el café e inventándose una cordialidad maravillosa, en aras de ‘que acabe de una p*ta vez el ensayo o me sumo al aquelarre, aporreando una botella de anís El mono con un bolígrafo BIC’. El ser humano es un ser social, alguien lo dejó pensado. Nada dijo, en cambio, de las madres, que según a qué hora del día, la condición de ser humano las abandona, para convertirse en walking dead.
  2. Una madre molona (y electrizada) no usa bolso, lo suyo es un paracaídas. Da igual el tamaño del mismo, porque de él se pueden sacar toallitas, caramelos chupados y sin chupar, un sándwich de fiambre de jabalí, un pañal con pis, que no encontró papelera que lo adoptase, una entrada de circo del año pasado, que no se puede tirar porque es muy importante para el mini espectador que tuvo a bien desternillarse con el payaso Pocholo. En el bolso de una madre puede haber de todo, incluso, miren bien lo que les digo, puede estar viviendo una comuna veggie, porque como nuuuuuuuuuuuuuuuuunca jamás se limpia el fondo, vete tú a saber qué hay allí abajo. No es raro, pues, que incluso los niños digan cosas como ‘no, mamita, cógelo tú en tu bolso, que me cosa tocar en lo oscuro…’. Y ese mismo bolso que parece la fosa abisal, puede salvarle la vida a una mamá en apuros, porque cuando hay que cambiar al bebé y no hay cambiador cerca, se le pone bajo la cabecita al angelito, para que no dé con las ideas contra el adoquín, ¡y mano de santo!. Todo sería un cúmulo de buenas ideas y mejores propósitos, salvo por el hecho de que era el bolso favorito, el más mimado y caro de mamá. Era, muy allá lejos, cuando la mamá tenía entidad e identidad individual. Ya no importa, a fin de cuentas, ni ocasión tendrá de lucirlo egoístamente nunca más.

 

  1. Una madre molona (y electrizada) no grita de boca para fuera, lo hace de boca para adentro, como llamándose a los intestinos. En aras de eso que llaman la educación del equilibrio, prefiere crearse una hernia de hiato, tragando bilis, nervios y adrenalina, que dejar que se escape un ‘me voy a c*gar en todo lo que se menea: ¡esos juguetes recogidos a la orden de ya!’. Así que, enarbola un discurso maravilloso, digno del presidente de la RAE, esperando que el aforo la aplauda y regale vítores varios. En cambio, los indios que tiene como niños, se hacen los locos una y otra vez, haciendo que mamá pierda la postura y la compostura. Mal cantando una melodía archiconocida para ellos, el ‘a recoger, a ordenar, cada cosita en su lugar’, la pobre mater se agacha a dar orden en aquel desconcierto juguetil. Sííííí, también lo sabe, no está bien desdecirse, no pueden salirse con la suya, pero son las 19.00 horas y su cuerpo suda y huelga cansancio como de 23.00, ¿les suena haberlo leído por ahí arriba…?

 

  1. Una madre molona (y electrizada) no lee cuentos, se los inventa. Y es por eso que cuando al día siguiente quiere repetir la misma historia, es más que probable que no dé ni una. Los niños son esponjas para la creatividad y, en contraposición a cuando se les dice cien veces que se cierra el grifo mientras se cepillan los dientes y parecen desconocerlo otras tantas, cuando mamá comete el primer gazapo en la narración, no tarda en suceder el: ¡eeeeeeeh, que así no era, mamiiiiiiiiitaaaaaa…!. Y lo que era una sesión mini de cuento antes de dormir, se convierte en una sesión doble, con receso para ‘pis+agua+que venga papá que no le di un beso de buenas noches’. Ellos, los niños, que de todo se olvidan menos de la capacidad que tienen para no dormir cuando han de hacerlo, esperan con los ojos abiertos de par en par a que llegue Morfeo, para llevárselos a lomos de su corcel blanco. De nada vale que la mamá les diga que cierren los ojos mientras le cuentan en cuento, que así es más bonito y la imaginación campa a sus anchas, porque ellos están atentos a la narración y cuando la invención del día 2 no coincide con la del día 1, dan un salto en la cama que parece alcanzan a la lámpara del techo. Ese es el momento en el que mamá cambia de cuento, leyendo con fidelidad teresiana, casi de catecismo,  letra a letra lo que allí se dice. Si caperucita era imbécil e ilusa por hacerle caso al lobo, quién es mamá para cambiar la historia.  

 

  1. Y, por supuesto, y a modo de colofón, debieran reconocer a una mamá molona (y electrizada) porque es rotundamente feliz; a su manera, sin aderezos, con todas la renuncias y los miedos, con todos los conflictos internos y externos. Una mamá molona tiene tatuada en la cara la expresión de ‘me importa un mojón que te guste o no vida, porque es mía y la vivo como quiero’. Con la capa de heroína puesta del revés (llámale mandil, que también aciertas), se hace a su día a día con cansancio supermil, pero sin olvidarse de la ilusión genial que es compartir existencia con los seres que ha alumbrado. Una mamá molona (y electrizada) adora el caos en el que se ha convertido su mundo, porque, sin duda, su mundo son ellos: sus niños. ¡Qué viva la madre que los parió! Faltaría plus :)

 

Y sí, queridos todos, no sólo las mamás molonas (y electrizadas) vivimos la maternidad a nuestra manera, tan mestura de tragedia griega y comedia romántica con final feliz; los papás  molones (y hasta las bowlings) también tienen su propia idiosincrasia y su cosa, porque para ellos tampoco es fácil adaptarse a la tiranía maravillosa de tener que estar siempre, y estar para todo. Que mola mucho eso de la familia unida jamás será vencida, pero cuando la cosa es unirse el día de un final de liga, cuando el Real Madrid y el Barça se retan en eso de sólo puede quedar uno, los papás, con remordimientos, se dejan ir en un inconfesable desideratio ‘Manolete, si no sabes torear, pa’ qué te metes…’. De ahí que, coincidirán conmigo, majetes, que hay rasgos comunes a todos ellos, los pilares masculinos del hogar, que lo mismo miman que cambian una bombilla, que hacen filetitos de lomo para cenar. Ellos, los papis, magníficos compañeros de vida y de crianza, ¡cómo mola la gramola, oh, yeah!

  1. Un papá molón (y hasta las bowlings) no lleva barba de tres días por seguir la moda Hipster, sino porque las circunstancias de los lunes, obligan. Recién levantado, tiene que elegir entre afeitarse o dejar que uno de sus hijos juegue a los barcos en la pileta, usando como embarcación el cepillo de las uñas. Lejos de enfadarse, de montarla parda o gritar aquello de ‘caaaariiii, quítame a este niño de aquí, que a este paso no llego tarde, es que voy a llegar mañanaaaa’, lo que hace es mirarse en el espejo, mesarse el mentón, aguantar un codazo en toda la línea de procreación (el mini patrón de barco no se cosca si quiera de la presencia de su padre) y finge verse sentirse genial y ad hoc para el mundo laboral. Sabe que esa negrura facial no encaja con la idea que tiene de sí mismo, esa a la se acoge cada mañana, cuando con los ojos hinchados como dos pelotas de tenis, busca el consuelo en un beso de sus chiquilines. Obvia decir que esos chiquilines son los mismos que dan codazos en las p*lotas, protestan porque el barco se hunde y los mismos que sugieren que hay que comprar cepillos de la uñas con flotador, qué ricura. No es barba de moderno, pues, es una barba de supervivencia.

 

  1. Un papá molón (y hasta las bowlings) no queda con sus amigos, sólo hace planes para quedar. Su WhatsApp está lleniiiiito de birras pendientes y de ‘ya te llamo, tío, y a ver si nos vemos’. Día tras día, semana tras semana desde que se matriculó en paternidad 2.0, intenta retomar un algo de su vida anterior, porque fomentar y frecuentar las amistades son el mañana dejo de fumar de cada septiembre; agotados por la existencia, por el lío mayúsculo y el atrapa-tiempo que se convierte su hogar nada más girar la llave de la puerta, provoca que cuando ve un anuncio de cerveza de esos en los que media docena de tipos sin preocupaciones se ríen, compartiendo pareceres y opinando de todo y nada,  alrededor de una botellita fría, espumosa y gaseosa, se lance a hacer una captura de pantalla con la cámara del Iphone, para poner la foto como perfil de FBK. Y tanta idolatría al líquido elemento (se llama así porque en cuanto te bajas dos, a tomar por c*lo la cordura) no es por sed, que sólo faltaba, sino por sequía social. Si es que no es el primero que ve un capítulo de Friends con su mujer y acaba llorando de la emoción, ¡angelitos…!

 

  1. Un papá molón (y hasta las bowlings) entiende de tejidos y telas más que Amancio Ortega. Podría distinguir con los ojos cerrados un engomado de Babour de un mantel de hule, aunque jamás de los jamases podrá entender ‘¿80 euracos, nena? ¿80 euracos un abrigo para el cole?’. Él, que nunca ha sido de la cofradía de la Virgen del Puño, se sorprende haciendo íntimas aseveraciones para sus adentros, porque no serían, en modo alguno, bienvenidas por la mamá de sus niños. Pensar que le sale más a cuenta plastificar el niño que comprarle aquel abrigo de m*erda, que además de cursi y tieso, le confiere a su hijo un aire de seminarista tope guay, le sale sin querer. Pero no lo dice, se lo calla, porque intuye (el precio del abrigo es una pista), que la tela es muy buena. Que su niño no se va a mojar, que no va a coger frío, que no se va a calar con la humedad de la parada del bus, cuando el sol aun ni ha asomado. Sin embargo, no puede dejar de pensar en las zapas New Balance Running del catálogo de Decathlon, que seguro le quitaban cinco años de encima, nada más calzárselas. Pero papá paga el abrigo, contentito-millón, porque mamá no deja de hacer labor Mormona, dando zanfoña con la idea de que ‘además de clásico, es muy práctico, porque el tejido es transpirable pero no se empapa’. En ese mismo instante, papá ve pasar a un muchacho de instituto con las New Balance Running de sus amores (sí, sí, las del catálogo) y no puede evitar susurrarle, j*dón: ¡Mal rollito, chaval, que esas con la lluvia se te empapan…! ¿No ves la tela? A lo que hemos llegado, se dice meneando la cabeza, y clavándose los dientes largos.

 

  1. Un papá molón (y hasta las bowlings) no ve Juego de Tronos, lo protagoniza. Nada como ver cómo los niños se apoderan del sofá: tal cual los hubiesen parido en él, mismamente. De nada vale que papá, cansado como una sombra, arrastra su cuerpo serrano hacia el descanso del guerrero, para que alguno de los niños exclame ¡Chechechechééé, que no me dejas ver Ricky, Dicky, Nicky y Dawm…! Y el padre, que ya no tiene fuerzas ni para decirles las cuatro que se merecen, se acurruca a un ladito, con el reposabrazos del sofá reventándole la riñonada, quizá haciéndose el muerto, queriendo estar sin ser, para que, por lo menos, mientras la serie de los c*jones (improperio textual) termina, él pueda dar una cabezadita. Oh, oh. Pero como lo de dormir en un salón con dos niños es imposible no siendo que te hayas caído desde la mesa, mientras cambiabas la bombilla de la lámpara del techo, el pobre papá molón, más hasta las bowlings que nunca, siente como algo perfora el agujerito nasal, pasando a ser boquete. El bebé, que aun no entiende que porque pueda hacer algo, tenga que hacerlo, aprovecha que papá está con los ojos cerrados para hacerle esnifar un cañón pirata de Playmobil. No es raro, entonces, que la madre, desde donde quiera que sea que está haciendo algo que nunca es para ella y su operación pre-post bikini, tenga que intervenir, haciendo reparto del Kingdom: Niños al sofacito y papá en el sofá grande, ¡y ni una palabra más, eh, ni una palabra más! El padre, feliz, se repanchinga a todo lo que da la largura del mullido sofá, pero con un ojo abierto, porque sabe que el enemigo, un tipo mal humorado y con acondroplasia, puede atacarlo en cualquier momento. Game os Thrones, season 6 es un juego de niños, palabrita…

 

  1. Un papá molón (y hasta las bowlings) no hace deporte, corre para alcanzar a las fieras. Se acabó el armarse de Ipod, zapatillas ligeras, Gatorade y barrita energética. A un hombre que ha sido padre y personifica el ‘yo no ayudo a mi mujer, yo crío a mis hijos con ella’, sabe que una jornada de jogging puede empezar en cualquier momento, lugar o circunstancia, porque si a los niños les da por escaparse, empieza la maratón. Porque es cierto, hay niños escapistas. En serio. Los padres lo saben, porque las madres que los han parido le han otorgado el cargo y mérito de perseguidores de los mismos. A la voz materna de ‘Paco, c*ño, mira ese niño dónde va ya…’, siempre le sigue un padre a toda leche, corriendo a todo lo que le dan las piernas. Rodilla contra pecho, rodilla contra pecho, rodilla contra pecho. El papá molón (ya sin aire y sin bowlings) engancha al niño por el cuello de la camiseta y le susurra (jadea, más bien) ‘como te vuelvas a escapar, te ato con cinta americana un poste de la luz’. Y lo dice bajito, porque no tiene fuelle para mucho más; pero lo dice bajito, también, porque en aras del cuidado excelso que hay que prodigar a los hijos (incluso a los que parecen concebidos por el mismísimo Satanás), sabe que no puede amenazar con tortura adhesiva a un menor. Puede maltratarlo alimentariamente una pianola de Donuts de chocolate para ir al parque (lo hemos visto todos, no me digáis que no), pero no puede decirle en alto que le va a limpiar el bigote de un soplamocos, porque se le echa encima la Benemérita. El papá molón lo sabe y lo entiende, por eso este año por navidad, le va a pedir a mamá que le regale un inhalador de Ventolín, para que su capacidad alveolar mejore, siempre en consonancia a la velocidad punta de su hijo, con la función Correcaminos en modo ON.

 

  1. Un papá molón (y hasta las bowlings) engorda, pero no por sedentarismo, sino porque se convierte en coche escoba. Toda cuanta sobra hay por casa (no necesariamente en la cocina, vale también sillones + estanterías + pileta + mochila + cajones +abrigo) acaba siendo pasto de su hocico. A la orden de ‘papi, cómete esta galleta de dinosaurio, que el niño no quiere más’, el cabeza de familia se enjareta el animal prehistórico, sin decir ni mu. A renglón seguido, el bebé decide que es una buena idea mojar pepinillos en el Danonino, y como la combinación es de gusto dudoso, ofrece a su papá el manjar. Por supuesto, el padre abre la boca, aún con migas de dinosaurio, y se lo come también. Con la sensación extraña de haber estado de tapas, se va a la cocina a por un vaso de agua, pero algo le dice que va a tener que beberse un vaso de refresco tropical que alguien ha decidido abrir, pero sin mucho éxito. Sin darse cuenta, quizá en legítima defensa, el padre se lleva la mano a la barriga, como lo hacen las embarazadas primerizas. Piensa que no es que esté gordo, es que lo engordan, como a los pavos en fiestas. Contempla su reflejo en el cristal de la ventana y piensa que, como el chiste, está a dos kilos de que lo proteja Green Peace. En ese mismo instante, aparece por la puerta la madre, con una caja de chuminadas dulces, que dice se las han regalado, que saben a rayos, pero que seguro a él le gustan. Y, por no hacerle un feo, vuelta la burra al molino. Gracias, Dios mío, por hacer pantalones tipo cargo, con tallas amplias que no aprietan los c*jones, se dice mientras mastica a dos carrillos.

 

  1. Un papá molón (y hasta las bowlings) no sabe ninguna canción de Sia ni de Rihana, no siendo que haya una versión para niños. Da igual que la vida útil (e insoportable) de un CD, porque la música infantil se graba en titanio, para que sea irrompible. Dice la leyenda, que si nos acomete el fin del mundo, sólo nos sobrevivirían las ratas y las cucarachas; un padre molón apostilla que eso lo escribió un tipo sin hijos, de lo contrario sabría que también sólo lo haría un mancha de potito en tu camisa favorita y un compacto de los p*tos Cantajuegos. En trayectos de no más de veinte minutos, en coche puede sonar mil doscientas veces ‘Juan pequeño baila, baila, bailaaaaa, Juan pequeño baila, baila, bailaaaaaa’, y cada vez que lo hace el hijop*ta, el padre siente como un escalofrío enorme le recorre el espinazo. Ganas tiene de tirar el disco por la ventana, pero luego se acuerda que los niños estarían llorando a todo pulmón hasta llegar a casa, y se le pasa. En un momento dado, paran en un semáforo, y oye como desde la intimidad compartida de otro vehículo, una pareja escucha, relajadamente, a Sabina. Los mira y piensa, deberían hacer carriles específicos para gente normal, que luego se juntan con los que estamos zumbados, y tenemos pesadillas…

 

  1. Un papá molón (y hasta las bowlings) no se ducha, se enjuaga. Lo que antes era un rito de iniciación para pertenecer al género delfín (35 minutos de aseo, un clásico tardío juvenil), ahora es un one, two, three:  agua, gel… ¿pero tú qué haces aquííííi´? ¡quítate los zapatos por lo menos! En cuanto mamá oye zapatos y ducha, se le ponen los pelos como escarpias, y entra en el baño a poner orden. Riñe al niño (hombre, claro) y riñe al padre (hombre, claro), y no le riñe al Espíritu Santo porque sabe que sus niños llegaron de otro modo, el que, por cierto, da lugar al siguiente punto del decálogo. Con un niño cuyas zapatillas hace chofchof y una madre que piensa que aquello está orquestado para desequilibrarla, el padre molón hace girar el grifo de la ducha, aún con restos de jabón en la cabeza, seguro de que tiene que haber otra forma de no ir oliendo a trabajar. Sabe que hay limpiatapicerías ecológicos: el disparate y el cansancio son una combinación exterminadora. IdeasPeregrinas.com

 

 

  1. Un papá molón (feliz de tener bowlings) quiere darles a éstas una alegría de cuando en vez, y tener niños no lo hace fácil. No digo que imposible, porque de algún sitio y ayuntamiento han salido sus hijos, pero cuando hay críos en casa, dar rienda suelta a los instintos, es una odisea digna de Ulises. No es tener ganas (que por ahí no va la cosa: de apetito, bien, gracias), sino ocasión. Porque sabedor de que el aquí te pillo, aquí te mato sólo pasa en las películas y en los botellones, toda su magia sensual se reduce a un ‘mami, tú espera, que verás…’ Y como un adolescente que le tira los tejos a la profe cachonda, el padre molón sonríe, pícaro, a la madre de sus niños, porque sabe que esa interjección no es sólo una invitación, sino un preliminar. Así, con pequeños dardos con doble sentido, juguetón y, obviamente, resignado, va allanando el camino a lo que, p-o-r  f-a-v-o-r, tiene que ser una noche de intimidad conyugal. Sabe a ciencia cierta que no siempre es una cuestión de intención, que después hay factores (toses, fiebres, pises, dragones que escupen fuego desde el armario…) y factores (cansancio), todos ellos parte activa en el sexo, no sexo, he ahí la cuestión. Porque cuando por fin el papá molón se las da de playboy, ya en la cama, esperando a que su mujercita (ahora no mamá, que están en su momento de intimidad robada), se acurruca en el lado fresquito de la sábana, cogiendo la almohada como si fuera un salvavidas… ¡y adiós, muy buenas! Más frito que un chicharrón, dormido como un lirón. Su mujercita llega, con ánimo coqueto, y lo ve durmiendo a todo gas. No lo despierta, no lo molesta, sólo lo arropa y le besa la cocorota. Sabe que está cansado como un jornalero. Mañana es otro día, lo mismo vuelven a tener oportunidad. What kind of happiness are you looking for? ¡Ésta, sin duda!

 

Y, por último, reconocerás a papá molón (y hasta las bowlings) porque nada hay que le mole más que estar con su prole. Sacando a relucir su lado macho alfa, pasea a su familia como si fuese un trofeo, sabiendo que, por c*jones, tienen que ser la envidia de todos. No sabe cuánto de buena vida llevan los demás, pero intuye que los hay hasta que llevan vidorra. La suya es una existencia de desdoblamiento (que no renuncias, porque lo hace de buen grado), y le gusta tal y como es. Con la sensación de descontrol, de locura, de desorden, de lloros y gritos a cualquier hora; pero también de guerra de besos, de papá te quiero mucho y ¿sabes?, les dije a todos los de mi clase que mi padre es el mejor. Todo sabe bien, y bien está, incluso no tener ya ni equipo de fútbol al que seguir, porque para eso también hay que tener tiempo y constancia. A un papá molón (y hasta las bowlings) lo reconoceréis, no me cabe duda, porque sabe cómo hacer felices a los que le quieren. Ellos son los number one.

 

Forrar los libros.

 

Así, en párrafo aparte, con protagonismo y dramatismo propio, porque la cosa lo merece y lo requiere. No piensen, queridos lectorcitos aun sin niños que meter en cama quieran o no, que el asunto de plastificar los enseres del cole es cosa baladí. Más aun, me atrevería a decir que de baladí no tiene ni la intención, porque cuando el forrito de marras llega al hogar, los papás nos hacemos los longuis, los locos de Cannonball, los ‘vete dándole tú, cari, que yo voy a limpiar los azulejos del baño’. Horror vacui 2.0, o lo que es lo mismo, plastifica como si no hubiese un mañana…

 

- Papiiiii, así noooo, jopetas, que no se le ve la cara a Dark Vadeeeer…

 

Nicolás interpone su cuerpo de hombrecito de recién estrenados 5 años, para que su padre no ponga el plástico sobre la etiqueta en la que reza su nombre, sus dos apellidos y el curso que acaba de inaugurar. Las ganas infinitas que tenía, el pobre, de gritar a los cuatro vientos que está en el aula de los mayores de los pequeños; lo sé, a priori, y si no se está habituado a las conversaciones sesudas con niños, la frase parece un caos sintáctico y lingüístico, pero, créanme: es tal cual. Pertenecer a la élite de la clase de 5 años les otorga superpoderes de veteranía en vete tú a saber qué, eso que provoca que cuando pasan al lado del aula de 4 años (que acaban de dejar en junio), se hinchen, sacando mini-chulería goyesca, como diciendo: sitio, muchachos, que aquí pasa un U.S. Marine.

 

- Nicolás, ¿quieres dejar de meterte por el medio? – El (im)paciente padre lucha con su resorte interno, con su dispositivo de autopropulsión, para no mandarlo todo al carajo – Si no te apartas, esto va quedar fatal…

 

- No se dice ‘te apartas’, ¿o es que no lo sabes…? – El mayor sigue en sus trece de no dejar que su padre le pegue el plástico a Dark Vader en todo el casco – No me pongas esa cosa encima de la pegatina, jooooooooooooo…

 

- ¿¡Peroooo…!? – Oigo desde la cocina, donde lucho porque el bebé haga de las baldosas un arenero, esparciendo el pan rallado como si fuese confeti – ¿Quieres sacar ese escudo de ahí, carambaaa?

 

- Pon ahora esa capa brillante, papá, que Dark Vader ya está protegido…

 

- Nicooooolááás… – Intercedo desde la cocina – Haz el favor de cooperar, que papá está forrando el libro para que quede chulooooo… – En se mismo instante, el bebé descubre que las pastillas de Avecrem y las de chocolate guardan cierto parecido en cuanto al color, a la forma, pero no al sabor…

 

- AjjjjjcoNooooCalateNoMamiCalateNoooooo* – *Asco. No, chocolate, no, mami, chocolate, noooooo. Si algún día los extraterrestres mandan un mensaje cifrado, que manden a una madre a interpretarlo: no hay código que se le resita, palabrita.

 

- Pero mamita, es que no está quedando bien, está quedando de globoooo enorme, hombreeee…

 

Mi mayor protesta, y oigo como sus pies encalcetinados (somos de las tribu ‘Pinreles descalzos’) se aproximan a la cocina. Miro al bebé y me pregunto cómo voy a controlarlos a los dos a la vez, cuando en pocos meses hagan cuchipandi para las correrías, las trastadas, los arrumacos, las pataletas y los no me quiero bañar, no me quiero peinar, no me quiero dormir. Pienso en el Red Bull y creo que yo no necesito alas, necesito un generador de corriente, como los que llevan las orquestas de pueblo.

 

- ¿Qué pasa, amor? – Me agacho, para hablar con él mirándole a los ojos, dándole la relevancia que merece el asunto – Cuéntame.

 

- Paaasaaaa que papito está luchado con el plástico de los libros y no sabe que no hay que hacer un globo, que hay que ponerlo así, muy para abajo…

 

- Eso no es del todo verdad, eeeh… – Protesta el paciente padre desde el salón – Lo estoy solucionando…

 

- ¡Estamos trabajaaaando en eeellooo…! – Me río e imito a un quién que dijo un cuál cuando vistió la tierra de las libertades, las hamburguesas y el idioma universal – ¿Pero ganas tú o gana el forro, papi?.

 

- GanaElCoñoPapiiiiiii…* – El bebé se tira encima de mí y de su hermano, riéndose a todo lo que le dan los mofletes maravillosos de su cara maravillosa.

 

- El forro, Lorenzo, el fooooorrooooo… – Me río, y por ósmosis, se ríe el mayor, sin saber muy bien a qué es debida mi hilaridad. No tiene malicia aún para según qué entuertos y qué palabrotas, cosa que me congratula.

 

- Todo eran risas hasta que nos dimos cuenta de que el tartaja quería jamón… – Protesta el padre, con un chascarrillo, desde el salón – ¿Puede alguien venir a ayudarme, por todos los Santos…?

 

- ¡Voy!

 

Y digo voy por no decir ya me dirás, porque sé, a ciencia cierta, que mi ayuda va a ser catastrófica. Con dos niños colgados de las piernas, mi habilidad se va multiplicar por dos. Si tener imán para lo imposible es en mí un estado natural, en emergencias nivel Dios, la cosa puede acabar en un vídeo viral. Así a todo, allá voy: el maridito me necesita.

 

- ¡La Virgen…! – Exclamo, con la mirada clavada en el libro de mi mayor.

 

- Ya, ya… – El paciente padre le da a la cabeza, dándome la razón – Pero dime algo que no sepa.

 

- ¿Ves? ¿Ves? ¿Ves, mamita? – Nicolás se mete entre nosotros, tomando protagonismo – ¡No es un globo: ahora es un globazo…!

 

- EsUnPolvazooo… – Bebé dixit.

 

- Glo-ba-zoooo… – Padres al unísono dixerunt.

 

- No, ya no… – El mayor inquit.

 

Y así, latineando que es gerundio, vemos como el bebé clava una uña al globo magnífico de forro, que segundos antes hacía de la portada de ‘Letrilandia 5 años’ un invernadero de tomates pera. Chsssssss. Aire fuera, ampolla de plástico cedida y operación forrado de libros en modo stand by.

 

- ¡Ostras, papito! Lorenzo sabe forrar libros supergenial, ¿a que sí?

 

- ¡Nos ha j*dido! Mucho mejor que ninguno de nosotros: no hay burbuja que se le resista.

 

- ¡Y además, mira, Dark Vader ahora tiene un edredón para esconderse!

 

El padre y yo, resignados a que, por mucha inteligencia emocional, doméstica e intelectual de la que presumamos, la combinación rollo de protector adhesivo + prisa nos va a recordar con frecuencia cuáles son nuestras flaquezas y debilidades; así pues, vemos como la etiqueta nominativa que tan amorosamente había cubierto el mayor con su proto-escritura, para lucir espectacular en la portada su primer libro de lectura, se había quedado agazapada bajo un amasijo de plástico rugoso, a modo de caverna.

 

- ¿Volvemos a empezar, mami…? – El padre, tres desole, inquiere.

 

- Ni de coña, no quiero pensar en que al tirar del adhesivo, se nos quede la portada pegada al plástico…

 

- EsUuunBlosishoooo* – Es un bolsillo*, puntualiza el bebé, aprovechando para meter dentro el cuerno de un casco que algún día fue vikingo.l

 

- Eeeeeh… – Interviene el padre – Que una cosa es que el forro haya ganado, y otra que nos dejemos invadir por las hordas enemigas.

 

- Papá, no digas gordas, que dice mamá es de mala educación decir gorda a una gorda.

 

- Hordas, hijo, hordas… – Y los adultos presentes, nos reímos a pulmón loco.

 

- Mamita, ¿qué tal si le pegamos encima una careta de Yoda…? – El mayor, con los ojos como Lacasito – Total, el maestro ya tiene la cara tan arrugada como mi libro…

 

- Me parece la idea más colosal del mundo mundial: eres un maravilloso genio creativo – Le beso la nariz, y apostillo – Y papá es el mejor forrador del mundo mundial…

 

Y, a renglón seguido, repite el bebé:

 

- Follaaadooooorrrrrr*

 

- ¡Forrador, Lorenzooooo, foooorradooooor!

 

La familia que se troncha unida, jamás será vencida. Bienvenidos todos a mi vida cotidiana, pónganse cómodos, la estancia será siempre grata… ¡y adhesiva! :)

No es lo mismo educar que criar, como tampoco es lo mismo disfrutar que sobrevivir. Cuando ya nada depende de ti como ser plurineuronal, capacitado para tomar decisiones de manera individual, sabes que tu abnegación de madre ha cantado bingo. Antes, no me acuerdo muy bien cuándo, pero, en todo caso antes de ahora mismito, cuando me apetecía desayunar a reloj suelto tic tac tic tac, emulando un huevito de dinosaurio, con las piernas recogida sobre mí misma, mientras de fondo sonaba Regatón, pues lo hacía sin más. Sin contemplaciones, sin planes previos, sin renuncias y, ofcors, sin prisas. Ahora, queridos todos, fantástico es el día en que puedo desayunar sentada de medio culo: el otro medio siempre está preparado para salir corriendo a la voz de mamiiiiiiiiiiiii.

- Pues yo no quería esto, eh… – Mi mayor me insta a que le aparte el Colacao, que no ve la tele.

- Desayunar no es una opción discutible, amor… – Y vuelvo a poner el vaso de leche en su sitio – Quiero ver el vaso vacío.

- Ya, pero yo sigo sin querer esto… – Y otra vez, barrera humana.

- Ffffffh… – Suspiro-bufo, sabiendo que perder los nervios no se me da bien. No me sienta bien. No acaba bien – Vamos a empezar de nuevo, muchachito. Te dejo aquí el desayuno, sería maravilloso que te lo tomases antes de que perdamos el bus.

Me retiro a la cocina, un lugar en que suelo encontrar refugio cuando necesito respirar hasta todos los números del cosmos, antes de explotar. Lo sé, una negativa a ingerir alimento de buena mañana no es el motivo de mi conato de ‘estoy hasta el c*ño moreno’, es la a-c-u-m-u-l-a-c-i-ó-n de negativas a no ingerir alimento de buena mañana lo que me tiene minada perdía. Mientras tanto, en otra esquina del salón, el bebé quiere comer un gusanito de maíz, olvidado bajo un sofá. Lleva un rato intentado salirse con la suya, metiendo hasta un palo de golf para ver si le ayuda en su golosería.

- Mamita, el sofá grande mordió el brazo de Lorenz…

- ¿¡Pepepepepéééé…!? – Oigo como el paciente padre se persona en el lugar de los hechos, alarmado, con seguridad, por la desconocida capacidad de nuestro sillón para deglutir brazos de niños.

- EsunsanitomíoesdeLorenzoooo*

Es un gusanito. Es mío. Es de Lorenzo*

Y con eso, debería quedar todo dicho, y al carácter de mi bebé me remito. Es un gusanito y es suyo, que si no queda claro, se llama Lorenzo. Aunque mis miniyó han salido del mismo horno (quizá no la misma puerta: parto y cesárea, oh yeah), cada uno es un universo colosal en sí mismo. Se parecen lo mismo que un calabacín a un jamón de Huelva. Actúa, sienten, reaccionan… y comen, cada uno a su bola Manola. El mayor es un gourmet del asunto, el pequeño es bipolar gastronómico: puede que sí, puede que no y, puede, que incluso todo lo contrario. Esta mañana, sin embargo, jalarse un gusanito seco como reliquia de San Apupurcio mártir, es plato de gusto. Eso, y dejarse el brazo atascado entre el sillón y el parquet, claro.

- ¡Lorenzo, hijo, pero cómo…!

Y tampoco termino la frase, porque para qué. Me limito a colaborar con el plan de rescate, basculando el sofá para que la excarcelación sea exitosa. Ya con uno de los laterales del mueble volando (el del lado del padre, obviamente, que mi forma física empieza a ser de Wonder Woman, pero en todo caso, aun en prácticas), el bebé, ya con el brazo liberado, ve vía libre para meterse de cuerpo entero bajo el sofá: esungusanitomíoesdeLorenzoooo*, hagamos revival. Ya con el gusanito en el buche, nos mira y sonríe. Nos mira y sonríe, y lo hace como sólo lo pueden hacer:

a)       Damian, el prota de El Resplandor

b)      El Jocker de Batman.

c)       O Lorenzo, el galán más hermoso que ha parido madre.

- Pero papáááá, ¿le estás poniendo el sofá de sombrero al bebééé…? – El mayor, fascinado por la fuerza ignota de su padre y porque en medio de aquel sindiós nadie (nadie soy yo, gracias) repara en que no se ha tomado aun el Colacao, tiene los ojos abiertos como dos tapas de alcantarilla.

- Que no, hombre, que no se lo pongo de sombrero: es que le estamos haciendo una guarida de león… – Y papá deja caer el sofá a su lugar de origen, aprovechando para acariciar la cabeza del bebé, que trata de hacer digerible el gusanito que por fin tiene en la boca.

- Dirás de leoncito, papá, que Lorenzo es pequeño, jovetas… – El mayor reclama su momento Paulo Coelho – El león grande soy yo, ¿o no me ves el músculo de jefe de la manada de la casa?

Y cuando quiere lucir bíceps envidiables, da un golpe al vaso de Colacao, que se precipita, mesita adelante, empapando la carpeta de documentos de papá, esa que nunca está en la mesita de desayunar, pero que hoy, por necesidades de guión matinal, tuvo que dejar sin vigilancia mientras liberábamos al come gusanitos y su brazo atascado.

- ¡No me j*das…! – El paciente padre, que sigue siendo padre (el mejor), ya cada vez menos paciente (y no es para menos), se tira en plancha sobre la carpeta en cuestión, que rezuma leche y grumitos de Colacao por doquier.

- Tan cansada que estoy, que ni aunque te insinúes… – Hago chascarillo-rompe dramas, porque el pobre está desolado. Madrugar y ser feliz suelen ser dos términos de difícil coyuntura en él, pero si a esto le sumas la inacción del bien del hogar, el resultado es demoledor.

- Mira, mira, mira… – Se hace un silencio, mientras el padre mira al mayor, aun con los ojos como tapas de alcantarilla, pero ya por muy otros motivos – es que, es que, es queeee…

- Papi… – Llamo la atención de mi maridito – Te falta una.

- ¿¡Cómo…!? – Me mira, contrariado, buscando con qué adecentar su carpeta de documentos, que aún tiene aspecto de suelo lunar, toda cubierta de grumitos de chocolate soluble.

- Que te, que te, que te… – Y hago volar la palma de la mano, cortando el aire como un remo.

- ¡Quetequetequetequeroooommmpapááááá…!*

Quete, quete, que te quiero, mmm,  papá*.

Y el bebé, que nos ha salido de caracterquetec*gas.com,  pero cariñoso a morir, se echa a las piernas de su padre, seguro de que, sea lo que sea que se cuece allí, en el salón de casa, aun con las luces encendidas porque es casi de madrugada, alguien necesita cariño y comprensión. No hay mal que cien años dure, y si hay niños en casa, ni tiempo para hacerte las curas: ¡Palabrita!

- ¡Auuuuuuyyyyyyy…!

Y el paciente padre y yo miramos al mayor, que en un alarde de unirse al aquelarre de arrumacos padre-hijos, se dado con la esquina de la mesa en todo el pie; los niños tienen un arcángel, que ríete tú del de los gatos y las siete vidas, pero cuando hay esquina y hay pie, hay h*stión en todo el meñique. Sabemos, por experiencia empírica y porque su cara es tal cual el cuadro de Munch, que allí tiene que haber pupa.

- No me toquéis mi dedito, que se me quiere caer… – Llanto monumental, no es para menos – ¡Ay, que se me quiere caer mi dedito, cómo me duele mi deditoooooo…!

Y el pequeño, que ve que hay mondongo sanitario, se acerca al mayor para hacer un sanasanaculitoderana, y, en lugar de ver cómo lo reciben con los brazos abiertos, el mayor cree que le va a tocar el dedo, y sin querer-queriendo, le da una patadita en la barriga, que hace que el pequeño vomite tooooooooooooodo el biberón con cereales, las dos galletas y, no se olviden, el gusanito reseco que originó este Tsunami de despropósitos.

- ¡No me j*daaaaaaaaaaas…! – El paciente marido, cual prima dona.

- Ya te dije que no, papito, no insistas… – La pomposa madre, cual sexi-remilgada Bombi ¿por qué seráááá?, del extinto ‘1, 2 ,3’. Otra vez chascarrillo no apto, por aquello de restar tensión negativa.

Y los dos, papá y mamá (o lo que queda de nosotros aunque sean las 07:25 in the morning), nos dejamos caer sobre el mismo sofá que minutos antes devoraba el bracito del bebé. En silencio, con más ganas de no ser que de ser (sería mucho más fácil: Walking Dead somos nosotros), vemos como la carpeta de documentos súper importantes de papá está napada ahora con vómito de olor dulzón. Podríamos llorar, gritar, exigiendo y dirimiendo responsabilidades (¿quién es culpable, el de la patadita o que el que vomita?), pero con respirar, mirar el reloj para saber si aún estamos a tiempo para coger el bus o hay que organizar un plan de reparto guardería-cole en nuestros coches, nos tiene absortos.

- Mamita, mira… – Nicolás, feliz, se acerca a nosotros, buscando aplauso – Me dijiste que no me levantase hasta que estuviese el vaso vacío…

Y, cual trofeo de tiro al pichón, nos enseña cuán de vacío está el recipiente. No se lo ha bebido (a la carpeta me remito), no ha desayunado, pero ha cumplido con mi dictamen. Vean aquí, queridos míos, la rapidez a la que funcionan las conexiones neuronales. Cinco años, y queriendo darme sopa con hondas.

- Una cosa os pido a vosotros dos, chicos… – Miro a los niños, me enjugo los ojos, sin percatarme que ya estaba maquillada (Eyeliner corrido = oso panda. Genial, well done!) – Sólo espero que cuando crezcáis no tengáis la desvergüenza loca de decir que no os sentisteis atendidos o queridos o escuchados o lo que sea que os atormente.

- Lo dirán, nena, lo dirán: ¿dónde estriba la duda…?

Oímos en el reloj de pared del vecino (paredes de Pladur, oda a la intimidad), como dan las 08:00. Ya está, hemos perdido el bus; pero allí estamos, los cuatro sentado en el sofá, seguros de que cuando todo este sindiós delirante acabe, cuando criar y educar ya no sea una carrera de obstáculos a contrarreloj, echaremos la vista atrás y diremos, qué vida tan c*jonuda tuvimos, cariño, qué bien lo hemos pasado, lo mucho que nos hemos querido. Aunque ellos, los hijos, siempre tengan reservado un huequito para las frustraciones y los reproches adolescentes. No importa, nos haremos con ellos, aunque sea parapetándonos con la carpeta de los documentos importantísimos de papá, esa que por lo visto, lo soporta todo… :)

 

SUGERENCIA MUSICAL, Las fiestas de mi pueblo, de Puturrú de Fuá

https://www.youtube.com/watch?v=bNO1robH6HY

Parece que fue ayer cuando me estrené en el arte de amar a tiempo completo, y mis niños ya están en edad de disfrutar de festivales, cumpleaños y fiestas de guardar. Así, a bote pronto, celebrar es algo que induce a la alegría, al júbilo, al despiporre y a la algarabía. Pero si previo al evento tengo que sacar a relucir mis dotes como diseñadora de disfraces, la cosa cambia. Es el mismo lobito, pero con distinto pelaje. Fiesta sí, pero mucho más antes que después, porque hay que ver lo sencillo que parece todo el día de autos, y la lata que dieron los ‘donde c*ño voy a encontrar en enero un pantalón blanco y una camiseta térmica de color berenjena’. Queridas profesoras, amantísimas cuidadoras de mis vástagos, este post va para vosotras, que veis siempre súúúúper fáciles y creativas las tareas de vestuario festivaleras Made in Mamita. Me asombra la capacidad del ser humano para ser cruel cuando ve debilidad ajena, ñacañañaca.

- ¿Berenjena…?

Ea. El primer escollo. Si la circular del festival del cole, firmada por la señorita Puturrú de Fuá (usaré un nick name, por aquello de darle anonimato al asunto), dice camiseta térmica, lo normal, y tras mis indagaciones en Google, es ir a Pentathlon, ese lugar donde las mamás sedentarias y vagas como yo somos blanco fácil para las miradas de los hacen cualquier deporte que aún no esté ni descubierto. Vale, me dirijo, pues, a un dependiente que, solícito, me dice que camiseta térmica sí, pero…

- ¿Berenjena…?

Lo dicho: nada es tan fácil como parece. Dado que el muchacho sabe mucho de travesía, de durabilidad en la suela de goma o caucho según la naturaleza del suelo a recorrer, de la capacidad humectante e impermeable del Goretec, no alcanza a comprender la finalidad de tocarle las bowlings con colores de los que, sospecho, sólo domina los primarios. Miro su cara y sé, a ciencia cierta, que piensa que me equivoqué de tienda, que lo mío es Zara o Primark. No se equivoca en absoluto, no obstante…

- Sí, berenjena – Insisto, luchando con el fondo abisal de mi bolso para que me escupa la circular del cole, que a estas alturas de semana, ya tiene pegada una galleta de dinosaurio de chocolate a medio morder por alguno de mis niños.

- ¿¡Berenjenaaa…!? – El dependiente se toca el mentón, como si fuese la lámpara de Aladino.

- Esto es: berenjena… – Complacida de encontrar con la coartada a mi supuesta excentricidad, le señalo la nota en la que la profe me informa de las necesidades para el evento infantil.

- ¡Aaaah, yaaaa, berenjenaaaa…! – El muchacho, que sigue sin saber muy bien qué c*ño de color es ese, pero ya no teme por su vida porque entiende que no estoy zumbada, sino que son gajes de la maternidad en activo, chasca la lengua.

- Ese ‘aaaah’ significa que tenéis o significa ‘aaaaah, ya estamos con cachondeítos…’ – Inquiero con tonillo sarcástico: si no la tienen, ya puedo meterme un cohete en el orto y poner pies en polvorosa hasta que dé con la camiseta de marras. Tic, tac, tic, tac.

- Aaaaaaveeeersiiiiiteneeemooooos…

El jovenzuelo, arqueando las cejas, me deja allí sola, en medio de dos lineales enormes, a rebosar de efectos deportivos. No hay ningún cliente en mi sección, sólo yo y cientos de zapatos horrorosos de serraje marrón con puntera negra, que se antojan el calzado de la YetiCenicienta. Me quiero sentar, pero no hay dónde. Me duelen mis pies y mi no-juanete (ignorarlo es mi plan para seguir sintiéndome femenina, y, aún así, una pupa que te c*gas…), pero no importa. Si Pentathlon tiene la camiseta para el festival de mi niño, así me seccione el pie el corte salón de mi zapato: gangrena, no-te-tengo-miedito.

Miro el reloj, puede que el dependiente lleve buscando en el almacén unos cinco minutos, pero cuando sientes que se te abre el empeine en dos mitades, cunden de lo lindo. Pongo la mente en positivo; se me viene a la mente Guardiola y su técnica de motivación con la cancioncita de Cold Play antes de los partidos importantes. Por supuesto, no me sé la letra canción de Cold Play, pero entre que trato de recordar la melodía y no, me entretengo un rato.

- ¡La maaaadre que me parió…!

¡Zaaaascaaaa! La corriente eléctrica de 220V me la paso yo por las costuras de mis Seamless pants. Si alguna vez habéis tenido un juanete, sabréis de lo que os hablo. Un dolor agudérrimo, fruto de mi espera en vertical, cual estaca de Bares, me sacude de dedo gordito del pie hasta la cadera. Pido con las manos derechas que llegue el muchacho con la camiseta térmica, de lo contrario, voy a tener que comprarme un par de patines en línea para acabar el día.

- ¡Aquí está…!

Desconozco qué cara habrán puesto los pobrecitos de Fátima cuando la purísima se les apareció al salir de la cueva; ahora bien, la mía cuando vi aparecer al dependiente, bien valía una misa. Pobre de mí. Pobre de mi pie. Pobre de mi niño si mamá no encontraba la camiseta para el festival de los c*joncillos.

- Vaaayaaa…

Frunzo el ceño, ladeo la cabeza. Frunzo el ceño, ladeo la cabeza. Miro al muchacho, que, a estas alturas, ya sé que se llama Izan, que lo pone su chapita identificativa. Frunzo el ceño, ladeo la cabeza. Miro a Izan. Izan me mira a mí, y como un monito de esos de los documentales de la 2, frunce el ceño y ladea la cabeza. No me imita, sólo se mimetiza, supongo que en improvisada defensa propia.

- Pero dije berenjena… – El juanete, cosa porculera, me tiene tensionadita de dolor.

- Pues berenjena… – El chico, temeroso de la ira de una madre con la cuenta atrás festivalera pisándole los talones, pasa la mano por la camiseta, como queriendo dotarla de habilidades camaleónicas.

- E-s-o  n-o  e-s  b-e-r-e-n-j-e-n-a-a-a-a – Sentencio.

- Es tal, no lo ve… – Sonríe y veo como le tiembla el labio superior – Berenjena suaveeee, ¿!que no…!?

- E-s-o  e-s  f-u-c-s-i-a, I-z-á-n, n-o  b-e-r-e-n-j-e-n-a-a-a-a – Trato de calmarme, porque qué culpa tiene aquel pobre de que la profe de mi niño vea factible que haya:

a) Prendas deportivas de ESE color

b) Dependientes que sepan identificar cuál es ESE color

- Bueno, fucsia, fucsia, berenjenaaaa… – Pone los ojos en blanco, hace una mueca de a mí qué c*rallo me cuenta y vuelve a sonreír como puede – ¿Cómo lo ve?

- Yo lo veo fucsiaaa, abogadooo… – A estas alturas de dolor, ya soy Robert de Niro en ‘El cabo del miedo’. Lo miro a los ojos, intentando que se esfuerce tanto como yo, que estoy muriendo de un ataque de juanete, en pro del disfraz de no sé muy bien qué para el espectáculo escolar de mi niño – ¿Posibilidad de algo más intensamente berenjenaaaaa?

- Ni la más mínima, señora… – Izan me zampa en el regazo la camiseta, como si quemase – Aquí no, por lo menos, puede mirar en algún comercio especializado en indumentaria para ballet o similar.

- ¡Ooooh, genial! – Exclamo, entusiasmada, largándole de vuelta la camiseta, a modo de boomerang – ¿Y dónde está esa tienda…?

- En Coruña hay una muy buena, creo…

No le dejo terminar, le arranco de los brazos la camiseta térmica, tan fucsia como al principio, tan poco berenjena como al principio, y la meto en el cesto.

- ¿Se la lleva, entonces…? – Me pregunta, Izan, incrédulo, aunque feliz con la idea de perderme de vista.

- Así fuese azul pitufo, chato: no voy hasta Coruña ni jarta de Pipermint.

Claro, un mozalbete que se llama Izan y tiene un pendiente en un oreja que semeja una ojal de una cortinón, no sabe que es el Pipermint. Me mira, pensando si no me habré dejado olvidada la medicación, pero se despide con cortesía, ¡angelito…! Mientras me alejo, me doy cuenta de que no puedo andar, entaconada perdida, presa de aquel ataque de dolor en mi empeine. Dos pasos y me paro. ¡Con todo lo que me queda por comprar para el certamen artístico (ironía, porplís) de mi amor de amores! Otro paso, me muero. Ojú.

- ¡Izááán…! – Grito, con cierta desesperación.

- ¡Maaandeee…! – Aterrorizado, se gira como si fuese un teniente coronel.

- Esta botas de m*erda parece cómodas… – señalo el estante de calzado de Treking – ¿Un 37, tendrías? – Soy desesperación hecha verbo.

- ¡Claro! Eso está hecho… – Me guiña un ojo y desaparece.

¡A lo que llega una, eeeh…!, me digo mientras me calzo aquellas botas feas de solemnidad, que mataban por completo mi total outfit de mamá monísima y conjuntadísima 24 horas. Pero fue tanto el alivio, la paz, el no dolor que me invadió, que hasta el fucsia de la camiseta se me antojó ya un berenjena-poco-madurita. Abracé la prenda contra mí y pensé: esto, una pasada con tinte Iberia y ¡santas Pascuas…!

DÍA D. HORA H. SE LEVANTA EL TELÓN. Tacháááán. Van apareciendo los pequeñitos para su actuación estelar.

- Noe, nuestro niño es el único que lleva camiseta de camuflaje, ¿no…? – El padre dixit.

- Ahaaa… – No dejo de grabar con el Iphone.

- ¿Por algo en especial…?

- Mmmssiiii… – Sigo grabando.

- ¿Y me lo cuentas o es un secreto…? – Se ríe, porque me conoce y se espera lo más grande.

- Nunca tiñas una camiseta en lavadora ni vayas de compras si te duele el juanete… – Grabo como si no hubiese un mañana. Nuestro niño, verbigracia de su dulzura, su sonrisa y la customización de la camiseta, destaca sobre los demás, ya lo creo.

- ¿!Y qué dijo la profe…!? – Mi maridito no para de reír, porque es muy sano y sienta muy bien.

- ¿¡Puturrú de Fuá…!? – Yo a mi rollo, dándole al Rec.

- L-a  p-r-o-fe – Al amantísimo padre no le gusta que ponga motes a las profes del niño, por si se nos escapa delante de él. Vaya.

- Puturrú de Fuá no me dura a mí un asalto si le doy un puntapié con la punta de este pie… – Meneo la cabeza, porque hay qué ver que fatiguita para tener todo-todito-todo a punto para el puñetero festival.

Señalo las botas feas como truños que me había comprado en el Pentathlon y que aún llevaba puestas porque no podía calzarme otra cosa (bueno, sí, herraduras, pero llovía y podía resbalar). El paciente padre, con el bebé en brazos, aplaudía al mayor con igual vehemencia que si estuviésemos viendo a Pavarotti en el Scala.

- ¡Mira, Noe, los hay más desastre que nosotros!

Nos fijamos, y uno de los compañeritos de nuestro mayor lleva puesta una camiseta de color verde. ¡Verde! Pero verde como los campos verdes. Así de verde.

- ¡Olééé, un hurra por la mamá de la lechuguita…! – Exclamo, feliz, a todo pulmón – ¡Me hago fan: Plataforma de apoyo en Facebook pero ya! ¡Crowfounding…!

Y es que, cuando la realidad arrolla, a las mamás no nos queda más que la vendeta creativa. Pidieron camiseta color berenjena (cosa fácil, a lo relatado me remito), pero olvidaron que la hortaliza también tiene hojas. Ahí estamos. Puturrú de Fuá: ¡átame esa mosca por el rabo…! Jajejijojú. Tururú. :)

SUGERENCIA MUSICAL, Fai un sol de carallo, de Os Resentidos

https://www.youtube.com/watch?v=NIGPnzhxcc4

Quejarse es un deporte maravilloso que no requiere abono de mensualidad, ni preparativos que siempre acaban en ‘hoy no voy, que ya se me hizo tarde’. Cuando estás taaaaan cansada que hasta para pedir papas tienes que buscar fuerzas allá lejos, en el doble fondo de tu yo qué sé, es hora de levantar un dedo y exclamar aquello de…

- ¡Necesito dormir dos años bisiestos…!

Y ya. C’est fini! Se acabaron las cuitas, porque a renglón seguido, alguien o algo, humano o mineral, requiere de tus servicios; mamá, bienvenidos al perfecto establecimiento 24 horas. Igual da de día, que de noche que medio pensionista. La condición de asistenta del amor, con cuidados y mimos a discreción, no entiende de jornada laboral. Lo mismo da que estés con el esqueleto al límite de sus posibilidades (levantar niños todo el día: me río yo de un aizkolari…). Lo mismo da que ya no sepas cómo contestar al enésimo por qué sin que se escape un ‘porque sí, c*ñoooooyá’. Lo mismo da que el menú del día no sea del gusto del heredero gourmet, que ve en los grumitos de su papilla el Iceberg del Titanic. Lo mismo da, que da lo mismo, porque ellos, los niños de tus adentros, marcan pautas y tempos, ¡y lo sabes…!.

El verano pasado, sin ir más lejos, una tarde cualquiera de las pocas en las que en Galicia hace un sol de c*rallo. El paciente padre y yo disfrutando de una jornada de jardín y piscina hinchable con los niños, lejos del lío que supone ir a dar un paseo con un bebé que no quiere ir sentado en el carrito y un mayor que no quiere andar: el mundo al revés, no se requiere cita previa. Entren sin llamar, gracias…

- Me voy a dar un chapuzón…

Mi maridito, que ya el ocio en singular lo tiene olvidado (lleva al mayor pegado como si fuese un tercer brazo), se dispone a zambullirse en la piscina de la urbanización, que dentro de ser charca y media, es más grande que la nuestra. Yo, que estoy con el pequeño a la sombra de un árbol, intentado que no me muerda más de lo necesario (la jartá de mordiscos que llevo como medalla desde que le están saliendo los colmillos, hay qué ver…), miro, espeluznada, al mayor, que disfruta de las aguas tranquilas de nuestro doméstico estanque de PVC. Sé bien que está libre de peligro de cocodrilos, de olas surferas y de señoras présbitas que confunden a mi niño con su nieto (que es rubio y de ojos azules, pero como ambos llevan idéntico bañador, se come a besos a mi churumbel, a la voz de ‘¿quiere mucho a Tomasiñooooooo? L’aaabueeelaaa…’). Aún así, sin peligro alguno a la vista, tal y como digo, me espeluzné.

- ¿¡En serio…!? – Trago saliva y miro, desafiante, al bebé, que estaba decidido a arrancarme un pedacito de dermis con los incisivos.

- Noe, ¿qué va a pasar…?

¡Zaaaaaascaaaaaa! Fue decir ‘qué va a pasar’, oír como la consonante alveolar acaba de vibrar en todo su -rrrrrrrr, cuando un alarido colosal nos puso los pelos de punta. El mayor, que nadaba en rodeado de flotadores, palas, cubos, pelotas, espadas de goma espuma e incluso algún bicho que decidió acabar con su insectosa existencia, emerge de las aguas con la nariz hecha sangre. Me levanto con el bebé en brazos (por supuesto, para aquel entonces ya me había mordido hasta la clavícula), y me tropiezo con el paciente padre, que corría como si no hubiese un mañana hacia él. Obvia decir, y aún así lo digo, que la distancia entre el árbol y la piscinita del mayor no eran más de dos metros, pero cuando visto el reguero de sangre, narizota abajo, se nos hacía inabarcable, cual San Silvestre Vallecana.

- ¡Ay, ay, ay, a mí me duele algooooo…!

Pobre. El mayor, con la impresión del h*stiazo en todo el jeto, no sabía muy bien dónde focalizar el dolor. Le preguntábamos qué pasó, cielo, qué pasó, amor, contra qué te diste. El niño, asustado por la sangre que le salía de la nariz, sólo se tocaba la cara y hacía aspavientos, señalando todo y nada.

- ¡Voy a por un algodón para hacer un tapón…! – Digo, poniendo al bebé a buen recaudo en el parque, en el que, por supuesto, no quería estar, porque nunca quiere, que no.

Cuando vuelvo, el paciente padre ya había sofocado el incendio. Nicolás no lloraba, pero hacía dibujos con su sangre en las paredes plasticosas de la piscina. Así, más o menos, debió ser el tinglado de Altamira, digo yo, claro que, en aquel entonces, los papás habrían usado flequillo de mamut para improvisar una bolita-taponadora ¡qué menos! Al tema, el caso es que cuando me acerco con el algodoncito para ponérselo en la nariz, mi mayor se asusta y, haciendo de sus manos las aspas de un molino, me impide acercarme a su apéndice nasal, al menos, de manera pacífica.

- Nicolás, hombre, déjame ponerte este taponcito, si no la sangre no va a parar… – El niño sigue dando manotazos a todo lo que se menea, incluso a su padre, que se lleva la mano al hocico, con gesto de dolor. No, pienso, hoy acabamos todos en urgencias. Se admiten apuestas…

- Que no, que no me pongas un ‘taloncito’ en mis narices, que me duele y me sacas mi sangreeeee… – Drama. Lloros infinitos. Intento hacerle entender que es sí o sí, porque no puede estar sangrando hasta el próximo Halloween – Que noooo, que noooo, que noooo, déjameeeee…

Para entonces, ya varios vecinos se habían asomado a sus correspondientes ventanas, alentados por el guirigay piscinero y la llantina del bebé, que no entendía por qué su hermano estaba disfrazado de mascarita de lucha libre mexicana (a la careta roja me remito) y él tenía que estar en el parque, viendo como corría un p*to hurón en BabyTv.

Vale, me rindo. Vale, nos rendimos. El paciente padre (pero paciente como el abuelo de Job, que debía ser la de Dios de paciente) y yo, envolvemos al mayor en una toalla con caperuza, lo ponemos debajo del árbol, taponando la naricita con la mano. Le pedimos que eche la cabeza hacia atrás para parar la hemorragia. Él dice que la boca le sabe a coche. Nos reímos, porque es cierto y certero: la sangre sabe a óxido. A metal. A cochecito miniatura de Guisval. Tal cual.

- ¿Pasó, amor…? – Preguntamos, con serenidad, mientras el bebé sigue y sigue y sigue protestando, porque él no tiene la nariz con pupa, pero tampoco es justo que tenga que estar en el corralito, si no hizo nada salvo morder, que no cuenta: efectos colaterales de la dentición.

Cuando vemos que el mayor ya está calmado y la sangre parece estar cesando, mi maridito me mira y exclama:

- Pues todo esto empezó porque yo dije que iba a darme un chapuzón… – sonríe, desbordado.

- Y ‘qué va a pasar’, te lo recuerdo… – me encojo de hombros y sonrío también, porque desde que tenemos niños, somos un imán para la locura doméstica.

- ¡Ya te digo…!

Oímos una risita sospechosa, que identificamos como trastada. Cogemos al mayor en brazos, aún improvisando un tapón con la mano de papá, y nos vamos a por el bebé. Cuando nos acercamos al bebé, ya no había rastro del hurón en BabyTv, pero sí un reguero de hermosa, olorosa y sanísima deposición por todo el parque. Lorenzo, que siempre ha sido muy hábil con las manos, muy diestro a la hora de manejarse con sus deditos regordetes, se había quitado el pañal, en un ataque de venganza por la reclusión, y, presa de un apretón, se había dejado ir. ¡Y tan ricamente, oyes…!

- Mamita, ¿eso-es-caca-del-culo-de-Lorenzooooo…!? – Con voz nasal (su padre aún apretaba para parar hemorragia), el mayor se coreaba de la creatividad fecal de su hermano.

Yo, que para entonces ya dudaba entre lamer un enchufe o matarme a hidratos de carbono, arqueo las cejas y miro a mi maridito, que suspira y se chasca la lengua.

- Pues una vez leí en algún sitio, que un artista punk hacía lienzos con m*erda, pero con mucho menos estilo, eh…?

- Noe, ¿sabes qué…? – El paciente padre, besa la cocorota del mayor.

- Yo, a estas alturas, sé más bien poco… – Arguyo, cogiendo al bebé para que no saboree su creación…

- Que a los que dan vacaciones de verano en los coles y las guardes, había que darles en la espalda con un cordón de esparto…

- ¡Animal…! – Digo, sin parar de reír – Poco castigo me parece…

Bienvenidos al hotel Mamá&Papá, abierto 24 horas. Sábanas limpias, desayuno continental y mimitos. Late check out y detallito de cortesía. A pedir de boca, oigan… :)

 

 

 

 

Sugerencia musical, Djobí, Djobá, de Gipsy King

https://www.youtube.com/watch?v=KYZ5QmbCYR4

 

 

En qué momento hay que enseñar a tus niños que los valores que los adultos ponemos en alza, no son del todo ciertos. Porque claro, hay que dar mucha zanfoña con el asunto de no se miente, que contar trolas no está bien, y después, cuando los pobres sacan a relucir sus altas capacidades con el uso y disfrute de su infantil sinceridad, nos ponemos del color de un sueco en la Costa del Sol. Rojo se me antoja poco gráfico, cuando la vergüenza tiñe mis mejillas y hace que baile la gota fría, que cantaba aquel.

- Nicolás, mentir es feo. No es necesario hacerlo, porque cuando se hace algo que no está bien, es mejor decirlo y tratar de solucionarlo…

Letanía maternal, versículo 1.

Le das mil y una versiones de lo mismo, todo para que entienda que con la verdad se va a Roma, o París, que aún no entiendo muy bien por qué mi mayor todo lo remite al mismo lugar. Dudo que haya visto ‘Españoles por el mundo’ TVE, así que supongo Disney y el ‘Jorobado de Notre Dame’ algo tendrá que ver. Vale, pues con la verdad, ese don maravilloso, tan loado y buscado por en cualquier situación de la vida, para forjar carácter, sentar las bases de lo que en el futuro será un adulto de bien, crear vínculos sanos con su entorno social, es un arma de doble filo que, os lo aseguro, no tarda mucho en darnos en todo el jeto a los papás animosos, que vemos en la educación emocional una prioridad.

La primera ocasión en la que esa locuacidad infantil para decir siempre lo que l-e-s  a-p-e-t-e-c-e  y  e-s  v-e-r-d-a-d te pilla desprevenida, con la guardia baja, y, casi siempre, con las manos ocupadas para mitigar los decibelios de la tan certera como ‘pero-qué-dice-que-me-va-a-dar-parraque’ elocuencia de tu niño.

- Mamita: ese culo gordinflo, qué…

Cola del supermercado, hora punta. Cientomil humanos en fila, aguardando a que la cajera se entienda con la nueva terminal, que no escupe el ticket ni metiéndole el palo de la mopa por la ranura. Nicolás, que es más bueno que un sol y tiene capacidad para entretenerse censando moscas (minuto y medio, claro), se queda mirando el enoooooooooooooooooooorme pandero de una señora chandalera, de las que usa mallas Nafta hasta para ir a misa de doce. Yo, que estoy pendiente de que él no haga que una docena de huevos se suiciden, carro abajo, me giro, dándole la espalda a la señora y a su sacrosanto apéndice y le digo…

- ¡Shhhhhh…!

- ¡Shhhhhhqué…! – Arquea la cejas; me temo lo peor… – No mihagasshhhhhymiraelculogordinflodesaseñoraaaaa

La señora, que, efectivamente tiene el culo gordinflo pero eso no cursa con sordera, se gira, incómoda, regalándonos una mirada full of rayos gamma, de esos que vuelve malhumorado y harapiento al bueno de Hulk. Me entran ganas de gritar, de salir de allí por piernas, con el niño al caballito para que la huída sea más ¡piuuuuum!, pero pienso que no puedo, porque el bebé necesita pañales, el padre maquinillas de afeitar, yo mermelada de albaricoque sin azúcar y la abuela cereales Kellogs con chispitas de chocolate, entre otras muchisisisisimas cosas que juegan al Tetris en el carrito. Me hago un ‘a mí plin, soy una madre figurín’, y dejo que la cosa se solucione sola, eso sí, entreteniendo a mi amor de amores, para que deje de dar por c*lo con el asunto del diámetro del ídem de la señora de marras.

- ¿Sabes qué…? – Le digo, intentando desviar su atención – Que si hoy llegamos tempranito a casa, vamos a hacer palomitas en el microondas: ¿qué te parece…?

- ¿¡Palomiiiitaaaaaas…!? – Inquiere emocionado.

- ¡Palomitas! – Sentencio, orgullosa, sabiendo que cocinar con mis niños, independientemente de que los granitos de maíz que caen al suelo puedan llegar a Almansa, me convierte, a sus ojos, en una madre molona.

- Pero no podemos hacer palomitas: hoy no metiste en el bolso muchísimas bolsas de papel de esas en las que pesamos las empanadillas, ¿o no te acuerdaaaaas…?

Djobí, djobá, cada día te quiero más, djobí, djobí, djobá.

Meeeeck. Campana y se acabó. No quedaba duda alguna de que yo, la mamá molona que hacía palomitas con su niño, era, además, una birladora nivel PRO. Pero, ¿qué culpa tendría yo de que no vendiesen saquitos de papel para hacer palomitas, y que me viese obligada a ‘despistar’ unos cuantos en sección de panificados? Para aquel entonces, toda la cola de humanoides (la humanidad ya la habían perdido cuando la cajera tuvo que volver a pasar toda la compra de un cliente, a la voz de ‘el sistema chupó todo lo que le metí’; las segundas interpretaciones, cuánto han hecho por la serotonina popular, ains…) se había vuelto para mirarme; algunos, con cara de sé bien de qué me hablas, yo también me agencio bolsas de pesar fruta para la papelera del baño. Otros, los menos, con cara de señoraaaa, hay qué ver qué ejemplo. Pero sin duda, la mejor cara, la de la señora con el culo gordinflo, que vio en mi humillación pública, digna venganza a su celulitis trasera.

- Nicolasiño, hijo, no es necesario decir todo lo que se hace… – Acaricio la cabeza de mi primogénito, aún con sudorcito frío recorriéndome la espalda.

- No hay que mentiiiir, mamita, mentiiiir es feo. No es necesaaaario haceeeerlo, porque cuando se haaaace algo que noooo está bieeeen, es mejoooor decirlo y tratar de solucionarlo

Nicolás C. M., 4 años, genio y figura, imitando a mamá y su empeño en educar en valores sociales con criterio: sinceridad… Con musicalidad y alevosía, así se ganan las batallas que no tienen cabida. De cuando educar en ‘hay que ir con la verdad por delante’ te da en todo el hocico. Pero con la mano bien abierta, oigan… :)

 

 

Y  las cosas pasan casi siempre por algo y no seré yo la que lleve la contraria al destino. Si me dejaste, si ya no estás en casa cuando vuelvo del despacho, con la barra de pan del Opencor bajo el brazo y el Hola hecho un canutillo en el bolso, será por algo. Tiene que ser por algo: tanta fatalidad junta no puede suceder porque sí, sin más.

Son demasiadas horas de convivencia, demasiadas noches debajo de la misma manta, respirándonos, oliéndonos la piel, el pelo, los pedos que fingimos no oír pero que sabemos que son del otro porque de mi culo no ha salido. Muchos días de encontrarse, desencontrarse, de echarse de menos, de estar hasta el mismísimo de tropezar en el pasillo tras una bronca. Mucho de todo y de nada, y aun así, abro la puerta de lo que era nuestro hogar y ahora sólo es mi casa, y quiero que bajo un cojón de un meteorito y lo fulmine todo; todo, menos la lámpara Tiffanis de la entrada, que la elegimos juntos, una tarde cualquiera de enero, cuando fuera hacía un frío pelotudo y la lluvia daba por saco sin parar en los cristales. Es lo que tiene el amor de verdad, el que te incinera, te voltea, te duele y te recicla, que no hay frío, no hay lluvia, no hay viento, no hay nada capaz de hacer que las cosas sean siempre grises o negras. Cuando aun éramos uno, aunque realmente quizá siempre fuésemos dos. Dos, nunca peor que uno.

En la facultad de derecho nos enseñaron todo lo importante. O casi, pero se olvidaron de meterme en la cabeza que sobradamente preparada no significa impermeable a la soledad. Leyes, decretos, sentencias, guardias, buenos y malos… conocimientos a dar con una pala, pero más sola que la última rebanada del pan Bimbo, esa que nadie quiere, y mucho menos yo, mucho menos tú: bromeábamos con la idea de que tú eras la corteza del principio y yo la del final, que sólo hacía falta tiempo y hambre para que se encontrasen. Dos tostaditas de pan de molde que aguardan ansiosas el momento de verse cara a cara, por muy resesa y seca la tengan…

Sentada en el suelo de la cocina, con la espalda apoyada en la puerta de la nevera y sin importarme una boñiga si la balda de los yogures está desordenada o demasiado cargada como para no vencer al lácteo peso de ese engañabobos que son los Lactobacilus, me pregunto en qué momento dejaste de necesitar a esta rebanada de paquete familiar, precio especial 1, 99 €. Porque echarte de menos, respirar un aire que ya no huele a ti más que vagamente, hace que nada tenga precio, quizá ni yo misma. Alguien me dijo que lo más duro de una ruptura es la primera noche, cuando llegas a casa y lo que sobra es espacio, porque la ausencia es tan chunga, tan chunga, tan chunga, que aunque la hipoteca diga que mi caca de piso es de 70 m2, en realidad lo que me han vendido es el desierto del Gobi, el océano Atlántico, el Santiago Bernabeu, el monte Pindo, el metro de Madrid y su ciento y la madre de líneas abiertas y por abrir… me han vendido un agujero negro del espacio en el que sólo hay cabida para la pena, el desastre y los no puedo seguir sin ti. Sin ti, no.

Y lo inquietante del asunto es que mi desolación va por rachas, no tanto cíclicas como previsibles, y aun así no encuentro la forma de adelantarme a las crisis y darme al tintorro antes de que me embargue la culpita y el desánimo. Lo sé, el vino no es la solución adecuada, pero entre que lo pienso y no, estoy tibia y  tan fuera de mí, que puedo verme desde un plano zenital, uno de esos que usa Ridley Scott en sus pelis, y que los usa porque hay presupuesto y puede permitirse una cámara que se llama cabeza caliente, me dijiste una vez. Porque tú, además de ser mis cinco sentidos y ser ya demasiado tarde para hacértelo saber a gritos, sabes mucho de todo, de todo menos de mí, que no supiste ver que lo mío no era frialdad con la relación, no era pasotismo, no era no querer evolucionar, no era te importa más tu puto bufet que lo nuestro… sabes de todo, pero no de lo importante, claro que ¡quién dijo que esto iba a ser fácil, joder! El caso es que yo pensé que lo difícil era encajar las piezas del puzle, no fijar el motivo con cola de madera y enmarcarlo. Porque los puzles pierden su esencia cuando se les limita la movilidad de las piezas: un puzle pegado a un tablón de madera no es más que una foto dividida en porciones, como una caja de quesitos El Caserío. Yo no quería ser un puzle, no quería ser una caja de quesitos, pero te quería a ti, y se ve que no supe cómo hacerlo, porque todo se fue a la carajo y no fui capaz de echarte el guante y pedir una oportunidad para demostrar que, algunas veces, segundas partes no sólo pueden ser buenas, pueden ser mejores. Dime que sí, dime que sí, dime que sí, por favor, dime que sí. Pero no dices nada porque no estás y eso si es una verdad como un templo, como un templo grande y solitario de esos que apabullan y te hacen sentir pequeña y vulnerable, claro que, ahora que lo pienso, esa debe ser la función de un templo: ponerte en tu sitio y hacerte ver que sin mí no eres nada. Tal cual, templito mío.

Dice mi madre que lo nuestro era un fracaso a voces, que ya se sabía que un chico chapado a la antigua como tú y una chica tan independiente como yo, no llegarían a ninguna parte. ¡Hay que joderse! No, si va a resultar que la gente que fingía estar encantada de invitarnos a comer, hablaba de lo nuestro, de nuestra historia futuriblemente-hostiable en cuanto nos despedíamos  para volver a nuestra casita, que entonces sí era un hogar mullidito y estupendo al que volver después de lo que fuese, porque allí estaba nuestro epicentro, nuestro quiero estar aquí para siempre.

Ahora que ya no estamos juntos, me dicen que debo aferrarme a la idea de que tendré más tiempo para mí y que aproveche para disfrutar de todo lo que me he perdido todo este tiempo ennoviada. Que disfrute, eso dicen. Que disfrute. No sé si mandarlos a la mierda. Sí, ya lo sé: os mando a todos a la mierda, porque ya que estamos por la sinceridad, he de deciros que cuando habláis de mi relación en esos términos catastróficos y armagedónicos, no hacéis más que mandarme a las antípodas del ánimo. Porque una cosa es que queráis darme un empujoncito, y otra que queráis que aborrezca lo que he conocido, sentido, olido, saboreado, reído y acariciado como felicidad de verdad. Os guste o no, familia y amigos, cuando queréis que odie a mi hasta ahora otra mitad, para salir del atolladero de dolor que hace que el alisado japonés se me vaya al carajo, no hacéis más que darle una bola extra a mis esperanzas de que él va a volver a por mí, subido a un BMW blanco, blandiendo una cajita de Tous con un lazo y una sonrisa amable, conocida y luminosa, para pedirme que le devuelva su lado preferido de la cama, en el que está el enchufe, que así puede poner a cargar el iPhone y tener más papeletas para no olvidárselo por la mañana.

Y es que lo bueno de hablar sola, con la espalda apoyada en la puerta de la nevera, la barra de pan del Opencor bajo el brazo y el Hola hecho un canutillo en el bolso, es que puedo ser todo lo patética que se me antoje porque no hay más juez, más parte que mí misma y mi orgullo tocado de muerte mortal. Porque cuando tengo que salir por esa puñetera y ponerle un rumbo a esta caca que es ahora mi vida, tengo que fingir que estoy mejor, que por más que sienta que todo se va al trasto, soy lo suficientemente lista, preparada y racional, que soy capaz de ver que esto es lo mejor que nos podía pasar, porque lo nuestro era una ruptura anunciada: un chico tan chapado a la antigua y una chica tan independiente, bla, bla, bla, bla… ¿Dónde habré puesto yo el descorchador…?

 

Nadar y guardar la ropa, esa es la clave del éxito; aun así, conseguirlo
nunca ha sido uno de mis fuertes. Desde que decidí empezar a querer a Paco,
porque sí, nuestro amor empezó siendo un ejercicio hábito, que acabó en
costumbre y derivó en cariño, las cosas han ido complicándose lo suyo.
Empezando por mi suegra, por mi cuñada, por el perro de mi cuñada, por las
sesiones de Wii+amigotes en mi salón, y acabando por la curiosa habilidad de mi
chico a la hora de olvidarse de llenar la nevera, lavarse los dientes sin
salpicar el espejo y desayunar sin dejar migas sobre el hule, que por muy de Ikea que sea, es bonito y lustroso, y
con trocitos de magdalena por doquier, adquiere aspecto de mantel con acné y ya
se sabe que el acné nunca le ha favorecido a nadie, ni siquiera a un mantel
plastificado.

La primera vez que nos vimos, allá por los 90, ni él era tan aburrido ni yo
tan jodidamente metódica. Podría decirse que éramos carnaza de idilio, porque
las hormonas y el verano son dos elementos que, a poco que atices, convierten
todo en una olla a presión. Yo, que ahora soy más bien carne de hueso, con poco
sustancia y menos arrobas, en aquel entonces era redonda como los flanes
redondos, como los chupachups Koyak
(los de chicle, que molan más), como los flotadores de patito, como los
barriles sin vino. Él era atractivo a morir. A morir. Bastaba compartir
estancia, sin hablar si quiera, para que la electricidad sacudiese mis
sentidos, inutilizándome la luz de alarma, esa que toda chica trae de serie y
nos advierte de que, de seguir en nuestro empeño de colarnos por lo que sea que
tenemos en frente, puede (digo puede y no sé muy bien dónde estriba la duda)
que nos complique la vida. Así fue, la bombilla de luz de alarma se fundió y
Paco entró en mí para siempre, literal y figuradamente.

Vivir con él es cosa hermosa y complementaria most of the time, pero he de decir que, en días como hoy, que estoy
premenstrual y el mantel sigue con migas de la enésima magdalena del mes, me
pregunto en qué punto, en qué momento pensé que hacerme cargo de Paco y su
atractivo era lo que me hacía falta. Vale que no siempre estoy esperando a que
me baje la regla y, por ende, analizo todo desde el prisma a veces veo muertos, pero supongo que en el fondo, pero en el fondo
de bastante arriba, el que subyace muy en la superficie, donde albergo tantas
ganas como no-dineros para hacerme
con unas planchas GHD, me pregunto
qué hubiese sido de mí si Paco no hubiese aparecido aquel verano, con sus
melenas, sus 501 cortados a media pierna y sus chanclas haciendo flip, flop,
flip, flop, flip, flop.

Porque eso es otra, a Paco le importa una mierda, quizá tres, el
convencionalismo social y puede ir en chándal a un entierro, en pijama al Mercadona y en batín de rizo americano
100% algodón a trabajar. A Paco le importa una mierda, quizá tres, la estética,
la moda y el negro y el azul marino se
matan, amor
. A Paco no le importa nada parecer guapo, y sin embargo lo es.

Vaya si lo es, y mis hormonas, debiluchas y enamoradizas, lo saben, lo sabían y
lo sabrán siempre. Puede que ese sea una de las razones por las que las migas
de las magdalenas del hule de Ikea no
me molesten lo suficiente como llenar su bolsa de deporte PUMA con las cuatro
camisas que ha acumulado estos años y lo mande a remar al puerto de Palos… A
mí, que siempre me ha pirrado jugar conmigo misma a las Barbies, conjuntito va, conjuntito viene, me veo yendo del ganchete
con Don Quién-coño-es-Lagerfeld,
pasando por alto que, de los dos, la que desentona soy yo, porque con esta
tendencia suburbana a usar Sport Wear
en cualquier situación, lo acompañarlo entaconada perdida al dentista, resulta
entre raro y tragicómico.

Mis amigas me dicen que pegamos tanto como un erizo y cuadro de Sorolla:
uno tan mundano y el otro tan celestial. Y no es que Sorolla pintase cielos,
vírgenes y portalitos, que ese era Murillo, pero sus mares invitan a levitar, o
eso dice mi amiga Celia, la autora de tal apreciación metafórica. Vale, ahora
sólo falta saber quién es qué, porque Paco de erizo no tiene mucho (su calvicie
es ya un hecho flagrante) y yo de obra pictórica, cada vez menos (no siendo que
el boceto sea el de un esqueleto cabezón). Anyway,
el erizo y el Sorolla se quieren, se necesitan, se complementan, se enfadan, se
reconcilian, se detestan, se buscan, se alejan, se acercan… se reconocen y
sienten bien teniéndose cerca, uno con sus púas pinchudas y otro con sus
pinceladas concéntricas y archiestudiadas.

El erizo y el Sorolla se han convertido en el dúo Saca Puntas del siglo
XXI, la versión 2.0 del Busque, compare y
si encuentra algo mejor, cómprelo
. El erizo y el Sorolla dejaron de ser dos

para ser uno, y aunque la regla no creo que tarde mucho en bajarme y las hormonas
me tengan el sentido con lo de atrás pa’lante,
mis dudas de qué cojoño hace una
chica como yo con un tipo como él, se disipan en cuanto hundo mi cabeza en su
cuello y respiro lentamente su piel. Un olor familiar y conocido, que me remite
inmediatamente a casa, a mi casa, a nuestra casa, me cerciora que Paco es y
será siempre el hombre de mi vida, el que no llena la nevera, tizna el espejo
del baño cuando se cepilla los dientes, el que tiene una madre, una hermana
(con un perro claramente más apetecible que ella misma) y siembra de migas el
mantel de Ikea. Por todo eso y más,
Paco es y será siempre mi magdalenita de Proust, mi áncora vital y cotidiana,
esa que arrima el hombro cuando las cosas no van bien, celebra mis éxitos, me
ayuda a reírme de mis no aciertos y me hace el
sana, sana, culo de rana
cuando me pillo el dedo en el cajón de las

cucharas. Paco no sabe quién es Lagerfeld,
pero sabe quién soy yo y me quiere así, ciclotímica y turuta por lo menos una
vez al mes. ¡Qué suerte la mía, mamasita…! Ay…

икона за подарък

Se fue; se fue, parece que para siempre, e,
inexplicablemente, siento unas ganas irrefrenables de tomarme un helado de
vainilla con Coca-cola, como hacen en las pelis americanas de los 70 en los
momentos tensos. Nunca hasta hoy, y mira que no habré tenido  oportunidades para tomar tamaña asquerosidad,
este mejunje de sabores se me había antojado la solución a todos mis males.
Como si un subidón de grasa hidrogenada con
sabor a
vainilla y 330 ml de refresco de cola fuesen el pasaporte a no

pensar, a no existir, a no ser. Sea como fuere, el portazo con el que supongo
se acaba de despedir de mí, de nosotros, de lo nuestro, ha despertado en mi
subconsciente gorrino las ganas de suicidarme, tupiendo mis arterias de
conservantes, colorantes y goma arábiga, que no sé muy bien qué es, pero que en
los helados de marca blanca se estila mucho.

A Federico siempre le ha gustado mucho el helado,
la Coca-cola… y yo; claro que, se confirma, los gustos no son inamovibles,
inagotables e imperecederos, porque él acaba de marcharse, con la firme promesa
de no volver jamás, ni aunque se lo pida una y mil veces, ha dicho, pero no se
ha llevado consigo su ciento y la madre de latas de Cola Zero, esas que había
comprado para pasar el fin de semana bajo las mantas, viendo pelis en el TCM
Classic y haciendo el amor conmigo. Del helado no hablo, no digo nada, porque
como no tengo ni idea de dónde va pasar la noche, lo mismo se le derrite en la
maleta, sobre los calzoncillos CK, el cinturón D&G o el jean Ralph Lauren.
Porque una cosa es que se vaya y me deje, me deje, me deje, me deje (me lo
repito por aquello de acabar de creérmelo) y otra que, por escapar de mí, se
cargue su selecto fondo de armario.

 A Federico
le gusta mucho el helado, la Coca-cola, la ropa de marca, pero se ve que ya no
le gusto yo, y eso es cosa difícil de digerir cuando hecho la vista atrás y
busco un solo recuerdo en el que él no esté y lo domine todo. Mierda de memoria
la mía, tú, que olvido constantemente dónde dejé el mando de la tele, las
llaves de casa o el número de de la plaza de parking en el que dejé el coche,  y ahora se las da de eficiente, recordándome que
voy a la deriva; sola y a la deriva, qué puede haber peor.

- Mujer, peor, peor, sí que hay cosas peores…
-  Me digo, con la puerta del congelador
abierta y entablando conversación con la merluza que yace, impertérrita, al
lado del tarro de medio litro de helado – ¿Ah, que no…? Algo peor tiene que
haber, no me jodas…

Así que aquí estoy, frente a una cabeza de pescado
que me mira con ojitos vidriosos y me enseña la piñata a través de la bolsa de
congelar de Ikea, haciendo balance de mi vida, de mi no vida, de mi asco de
vida. Y no es que Federico lo fuese todo en mi existir, pero casi. Tenerlo era
estupendo hasta que dejó de serlo y, ahora que se ve que ya no va a estar, me
ha dado por magnificar su esencia, como si su recuerdo, aun de cuerpo presente,
me quemase el alma.

Porque yo tengo alma, sí que la tengo, aunque él
no la vea. No la sienta. No la comparta. Yo nací con ella y si ahora no la
paseo, tal y como él esgrime, es porque en algún punto ha salido despavorida,
como las MariPilis en el primer día
de rebajas. Algún día, hace millones de años y antes de que el último
dinosaurio decidiese inmolarse porque para qué vivir así, sin pareja para jugar
a las prendas, a Federico le gustaba la Coca-cola, el helado de vainilla, la
ropa de marca… y mi alma. Ahora, que dice no la tengo, va el tipo y se va. Se
confirma también, pues, que lo nuestro funcionaba por una cuestión de divinidad
etérea o algo, porque, a las pruebas me remito, con mi cuerpo ya no le llega.

- ¡Las palabras siempre han sido tu mejor arma,
Paqui…! – Cierro la puerta del congelador, segura de que la merluza no entiende
en qué punto de su contrato pone que tiene que ser mi psicoanalista – Cierto,
lo son, pero quererte era un puntal que te cagas y acabas de darle una patada a
mis cimientos.

Las burbujas y la grasa láctea son dos cosas de
difícil mixtura. Si a esto le sumas la pena, penita, pena, la rabia, la
ansiedad, el enfado, la indignación, los lloritos, el hipo, la comida de uñas y
el dolor de coxis, fruto de una caída fortuita de cúbito supino sobre el suelo
de la cocina, el batido de Coca-cola y helado de vainilla resulta una caca de
la vaca. Lo revuelvo con fruición, con ahínco y dedicación, esa misma
dedicación que debería haber empleado en hacerle saber a Federico que sí que
pintaba mucho en mi vida, y no precisamente el indio. Le doy a la cuchara como
si remase en una canoa, haciendo girar esa pasta de color caqui-mierda que
quiere ser un batido so cool de esos
que podría salir en Sex and the city
o quizá en Pulp Fiction. Gira y gira
y gira y gira la puñetera cuchara, hasta provocar un Tsunami en el líquido del
vaso. Tanto gira y tantas olas provoca, que salgo de mi bucle lastimero a golpe
de vertido inesperado.

- ¡El pantalón de ante a tomar por culo! qué bien,
un día completo…

En otro momento y en plenitud de mis facultades sentimentales,
sentarme en el suelo de la cocina con mi delicadito pantalón de la suerte no
sería una opción. No lo sería en modo alguno, teniendo en cuenta que, cuando me
lo pongo, tengo sumo cuidado de consultar Metogalicia
para saber si se espera lluvia, aunque sea remotamente. Porque el ante, como ya
se sabe, es como el ying y el yang: tiene algo guay y algo chungo; monísimo y
archiagradable de vestir, pero una esclavitud el saber que ejerce un atractivo
inexplicable a cualquier fuente de humedad que lo deje moteado, cual bata de
faralaes. Verdades como puños, o Teorías
irrefutables de Paqui Antúnez
, que esa soy yo.

- No te chines, cari: por más que lo intente, no
soy capaz de lavarme los dientes sin salpicar el espejo… – Federico dixit, no
me acuerdo bien cuándo – ¡Imposible! Ni cepillándomelos en el salón, a cuatro
metros del espejo. Estoy seguro de que el dentífrico y el cristal están
imantados…

 Jodona
memoria la mía, psssss…; ya me dirás a qué coño viene ahora acordarme de esto
si de lo que estoy hablando es de la infausta suerte de mis pantalones de ante,
de la insoportable manía de cuidar mis pertenencias como si me fuesen a
sobrevivir y mi afición a elaborar teorías de todo o casi todo. Memoria,
márchate de mí de una vez y para siempre, que no serías la primera en dejarme
en la estacada, ya te lo avanzo, y déjame vivir como Anita Obregón,
imaginándome que todo gira en torno a mí y mi capacidad de invención. No quiero
sufrir, al menos, no más de lo necesario, y tú, con tu dichosa afición a
recordarme todo lo bueno, lo entrañable, lo genial y lo irrepetible de haber
vivido con Federico la última década, no me ayudas ni un pocopoquito, ¡so zorra!

Y, dicho lo cual, que el helado con refrigerio de cola
surque mi pernera de antaño incólume y cuidadérrima piel vuelta, entraña en sí
mismo, un dramón que te mueres; pero, lo que son las cosas, ahora mismo, con el
corazón hecho cotroña y con la sensación extraña de haber comido ortigas, el
asunto de la mancha me importa entre una mierda y mierda y media. Lo que son
las cosas, segunda parte: nada como tener pódium de sufrimiento; que Federico
se haya ido, dejándome sola y hablando con la merluza del congelador, ocupa,
sin duda, el puesto number 1 en el ranking de padecimientos
vitales. Lo del pantalón es una jodienda de las gordas, pero ya lo sufriré
mañana, que hoy no me quedan lágrimas en la recámara.

No soy yo muy de toros (o sí, pero no suelo
admitirlo en público porque no sé como argumentar que gusto de ver morir al animal,
estoque de por medio), pero yo me vi venir el final mucho antes de la sangre tiñese
el albero. Federico es muy primario, muy liso y llanito, sin muchas vueltas.
Siempre ha sido de al pan, pan y al vino,
vino
. Lo de jugar al gato y al ratón y andarse con retóricas se le antojaba

un coñazo y un desgaste criminal, así que cuando se dio cuenta de que más que
pareja, se sentía consorte, me lo hizo saber.

- ¿Al cumpleaños de Sara? ¿Para qué? Si tú solita
te bastas para animar la fiesta…

Siguiendo con el símil taurino, la puya fue
directa, concisa, de trazo directo y entrada limpia. No es que a él no le
gustasen mis amigas, que ni fu ni fa, lo que no le gustaba era yo cuando estaba
con ellas; pareces tonta del culo, vida, me decía; hablas raro, no paras de
reírte y de repetir coletillas estúpidas que no te había oído decir jamás.
Razón no le faltaba, pero es que las chicas somos así y yo no tengo la culpa de
que él no haya tenido hermanas (bueno, sí que tiene, una, pero la tal está más
cerca de emparentar con José María Iñigo, por lo de bigote, que con las
féminas. Un caralloutou, que diría mi
abuela…). Vale, pues entre chicas, y máxime chicas urbanitas, el asunto de
impostar la voz y hablar como si la Barbie
se hubiese apropiado de nuestras neuronas, es un discurso iniciático en
cualquier fiesta o reunión ginecéica. La cosa va amainando según avanza la
noche, porque estar todo el rato hablando como si fuésemos las protas de Sensación de Vivir, 90210 es agotador, claro
que mientras dura el falsete, no faltan las risas y las complicidades. Pero
tampoco las caras de qué cojones haces,
Paqui, que no te reconozco
.

Como digo, a Federico no le gustaban mis amigas,
ni la conjunción Amigas de Paqui+Paqui.
Pero la vida es así, no la he inventado yo, que cantaba alguien. A ellas las
conocía ya ni me acuerdo de cuándo, puede incluso que no las haya conocido
nunca y sólo seamos muchachitas afines que nos juntamos para despresurizar,
frivolizar, acompañarnos en nuestro duelo, acompañarnos en nuestras alegrías,
prestarnos bolsos para bodas civiles, prestarnos zapatos para bautizos civiles
(¿? Sí, lo sé, un bautizo no puede ser civil, no obstante, los hay, y nosotras
vamos, felices cual regalices), prestarnos echarpes para despedidas de casadas
(también lo sé, las casadas no se despiden; las divorciadas sí: ¡de sus ex!).
Nos lo prestamos casi todo, menos el novio. Ah, no, el novio no…

- Hija, Paqui, tu Federico tiene un punto pusilánime
muy guaaaaay…

Esa fue la última y desafortunada frase de una de
las asiduas a las reuniones de chicas. Incapaz me hallo de referirme a ella
como amiga, porque este término, tan quinceañero
y tan… mitificado, no le encaja. Para nada. Porque ya me dirás qué cojones de
amiga puede ser una tipa que, cuando tiene dos Gin Tonics, se cuelga del cuello de tu Federico I, El pusilánime y le susurra A ti te insuflaba vida yo a raudales… ‘Insuflar’, cuando una vocaliza
con dos o tres cacharritos de Bombay
encima, suena a ‘succionar’ que te cagas, en serio. Así que, cuando mi entonces-y-hoy no-pareja Federico me lo contó, muerto de risa y mientras
se quedaba en calzoncillos y calcetines para meterse en la cama c-o-n-m-i-g-o
(voy a decírmelo otra vez, porque conmigo suena tan bien. Conmigo. Conmigo.
Conmigo. Conmigo), me sentí traicionada y ridícula a partes iguales.
Traicionada por mi congénere, ridícula ante él, que vio en mis ojos la
vulnerabilidad de la que sabe que la arena siempre se escurre entre tus dedos,
aunque te pongas guantes o te forres la palma de la mano con film de cocina del
Mercadona.

- Si no fuese un sentimiento poco moderno y nada
acorde con alguien tan autosuficiente como tú… – me dijo, apoyándose en la
cómoda y atrayéndome con firmeza hacia él – … podría concluir que Francisca
Antúnez está celosa.

Aquella noche follamos como adolescentes de
campamento; fuese la tasa de alcohol en sangre, fuese el temor a que él tuviese
curiosidad por saber cómo le succionaban,
perdón, insuflaban vida a raudales, la
cosa pintó en bastos. Yo, que soy de sexo estupendo y orgásmico en tiempo
récord, que no pierdo el tiempo en dime
cosas bonitas y hazme sentir la Bar Rafaelli de tu cama,
me entregué en

cuerpo, alma (¡Aaaaaaaah, entonces sí la tenía! Ahí no protestaba el cabrón…).
Alguien dijo alguna vez, no sé muy bien si lo oí o lo leí, que en el tálamo, lo
realmente importante no es lo que se haga, sino cómo se haga. Y hacer, lo que
se dice hacer, lo hicimos que-te-cagas.
Exhaustos, que no sudorosos, porque nada puede haber peor que el olor a cebolla
axilar tras un asalto coital, nos abrazamos lo justito, sin necesidad de
demostrarnos que nos quedaríamos así para siempre, porque de tan obvio y tan
verdad, lo de darnos la espalda y ponernos a dormir a pierna suelta, sonaba tan
bien o mejor que Cari, te quiero y te
querré toda mi vida. La comodidad cotidiana del buen querer, Tomo II
, ay…

Ahora, con el batido de mierda que estoy tomando, y
el culo roído por la baldosa de la cocina, pensar en algo tan sublime no me
hace bien, ningún bien. Sorbo otro poco de esta porquería como si fuese
arsénico o Listerine Explosión Total (que
tiene el sobrenombre que merece, sí). De morir de algo, mejor de asco, que de
pena, porque las pupas nunca han sido mi fuerte y lamérmelas en esta ocasión es
tarea de contorsionista, porque no habría lengua lo suficientemente larga para lamer
la yaga. Tu yaga. Para lamerte a ti .

подаръци

Doble línea continua, sin final, zigzagueante, sinuosa y eterna; pero doble línea, que nunca deja de ser continua. En cualquier otro momento, ayer, mañana, quizá, esta marca impresa en la carretera no tendría más sentido que el de evitar rebasarla sin mirar si hay un Guardia Civil, agazapado tras un seto, retrepado en su Citroen Xsara gris, haciendo un Sodoku, protegido por sus gafas de aviador casi Rayban, que le regalan diez segundos de gloria cuando se mira al espejo y cree que es cagadito a Tom Cruise en Top Gun.

Pero hoy es hoy, y el momento de reflexionar llega cuando menos te lo esperas. Será porque mañana cruzo la barrera psicológica de los treinta y cinco, será porque llega el verano y no entro en ningún mini short del año pasado (prenda del diablo, compinchada con las multinacionales de cremas anticelulíticas para hundir mi ego, lo sé), será porque la ovulación me tiene el flequillo con lo de atrás pa’lante. Será. Y aun sabiendo que no es el mejor momento para
hacer balance, me lanzo al vacío del autoanálisis, yaciendo feliz donde se meantoja.

-  ¿Y no habría un banquito en el que sentarte a pensar, Julieta?

Mi madre, o el fenómeno paranormal de estar presente sin estar; aquí, de cúbito supino, con la mirada perdida en el cielo, buscando formas originales a las nubes (obvio decir que casi todas me parecen nubes a secas, porque no quiero parecer sosa, así, a la primera de cambio), puedo oírla como si estuviese a mi lado, sentada del otro lado de la doble línea continua. Eso sí, ella siempre se sentaría en el de la izquierda, para ver venir al coche de frente y así ponernos a salvo a las dos. Porque mamá es precavida y lo sabe todo, lo protege todo, lo controla todo, lo alegra todo… pero siempre, absolutamente siempre, hay que hacerle caso; sin rechistar. El título de madre, ganado a pulso encontrando siempre lo que pierdo, mirándome la fiebre a golpe de chupetón en la frente, dándome consuelo cuando ni yo sé que lo necesito y ¡vaya si lo necesito!… le da ese derecho. Ser mamá y ser grande, va unido. Intenta separar ambos términos, verás que es tan imposible como hacerse un bocata de Nocilla de sólo un sabor si el frasco es de la de dos colores. Tal cual.

Vale, pues mamá no está pero está, las nubes siguen siendo nubes aunque me vaya de guay y me imagine que estoy viendo El Beso de Klimt y la carretera sigue
siendo una amalgama de gravilla y chapapote que se me clava en el coxis. Con todas y con esas, procedo a autoanalizarme, que como para esto no hay día bueno, qué más da que lo haga hoy o dentro de cien años, cuando haya muerto. Porque morir hay que morir, aunque ahora me sienta feliz y crea que soy la reina del mundo porque tengo un Mini Cooper, un novio estupendo que entiende que no me gustan las bouquetes como regalo, porque las flores se les llevan a los muertos y a los burros que ganan carreras. Dado que yo no soy ni lo uno ni lo otro, prefiero algo que brille en mis dedos/orejas/muñeca, que es para siempre y lo puedo enseñar en la oficina en la que estoy a nómina mileurista. Soy feliz, o me siento feliz, pero a ratos, como todo el mundo supongo, aunque
tampoco hay razones de peso que me lleven a la infelicidad. Y es lo estúpido de no tener grandes problemas: que te los buscas para complicarte la existencia,
no sé bien si en un alarde de volver a sentirte feliz cuando ves que lo turbiose disipa. En esas estoy, pues, en ver turbio lo nítido, lo meridiano, lo
evidente… lo real.

Leí una vez que un problema no tiene que ser necesariamente grave para vivirlo como tal: basta con que tú lo vivas así; una verdad como un templo, no hay tu tía. Porque como dije líneas más arriba, soy lo cuerdamente feliz que permite la sociedad del bienestar (ahí van mis palabros manidos del día, para
que no se diga que no escucho tertulias en las que participan sociólogos) y aun así, creo que mi vaso medio vacío está a puntito de quedarse seco del todo. Es
una presión incomprensible que se cierne sin avisar, como esa tormenta de mierda que manda al garete una jornada de playa en primavera. Y todo porque
entiendo que con mi edad, la que voy a cumplir, debería tener una idea, un plan, un cuaderno de bitácora en el que ir marcando mi rumbo. Pero no, lejos de
ser, de tener un proyecto de adulto responsable y con miras en el futuro, sigo siendo la misma inconsciente que busca en Google Outlets baratos en los que conseguir el último bolso de Dior a buen precio o una dieta en la que se pueda comer magdalenas a voluntad sin que la báscula se chive un día sí y otro también. Dior no es el origen de mis males (al menos, no más que del económico). La báscula tampoco (o sí, pero con hacer trampa cuando me subo, y dejar medio pie fuera de la plataforma, tengo hecho), pero la sombra alargada de tienes que madurar y tener un colchoncito para por si acaso, me pesa como un abriguito de hormigón. Tener un colchoncito implica malos momentos por venir, y dentro de mi adolescencia interminable, los malos momentos no tienen naipes para la partida ¡hagan juego, señores…!

Es como lo de las enfermedades. Últimamente, me llegan noticias un día sí y otro también de conocidas que tiene cáncer. Llevo un rato escribiendo y borrando esta palabra, cáncer, porque sólo con leerla, así, tan abrupta, tan aterradora, tan de llevárselo todo por delante, me duelen los ojos. Pero tan cierto es que crezco, como que no estoy a salvo de que deje de hacerlo en cualquier momento por su culpa. Pensar en ello me da miedito supermil. Y aunque tenga sólo casi treinta y cinco, y yo me vea en la flor de la vida, detrás de cualquier segundo puede estar la despedida. Ni un libro ni un árbol y, mucho menos, un niño. La línea de mi existencia está llena de bolsos de marca, de zapatos de tacón imposible, de fotos de vacaciones con el culo al sol, de risas de pijama y televisión, de recetas improvisadas con cualquier cosa que quede en la nevera y no ande/tenga moho/haya caducado en 2010, de anillos divinos que tengo que quitarme 
para conducir porque me distraigo y cualquier día acabo en una cuneta, de sábados noche de Pinterest mientras mi chico ve el enésimo repor del holocausto Nazi… pero si hago balance, aquí tirada, con la gravilla del asfalto clavándoseme en el coxis, de cúbito supino sobre la línea continua, lo cierto es que no he hecho nada de provecho, al menos, para la humanidad. Qué vulgaridad la mía, qué hedonismo inconsciente tan estupendamente inconfesable. Lo mal que tendría que sentirme por ello. ¿Ah, sí…? Sí. ¿En serio…? Sí. Pues vaya. Fatal, me siento fatal (¿?)

Así pues, vaya por delante que mi jornada de reflexión ha dados sus frutos doblemente. Por un lado, no me ha atropellado un camión de mudanzas, y por el otro, he llegado a la conclusión de que el único camino que he andado, que ando y que creo que andaré incluso mañana, cuando los treinta sean una realidad más allá de las velas, es el de la felicidad diaria, la que me dan los desayunos en pareja, al albor de un Earl Grey con leche desnatada y pan tostado integral sin sal y sin azúcar (puede que hasta sin trigo) y los dichosos deseos de buenos días, cariño, que tengas buen día… Pues eso, treintañeraycincoañera on the road, ahí estamos.

-  Una sola cosa te digo, porque para decirte dos tendría que ir a robarle las palabras a un mudito…

Cuando me lo oí decir me asusté, porque no soy muy dada a los ultimatums, y, mucho menos, a los que tienen que ver con zanjarlo todo de una vez y para siempre. No es que mi vida sea una mierda, que puede que sí, puede que no, pero puedo afirmar sin temor a equivocarme o tergiversar el maramagno de reproches en el que habito, que yo ya he vivido mejor. Ya he sentido mejor. Ya he reído mejor. Ya he soñadomejor… ya he amado mejor. Y al mismo, a Paco, que es lo que más me duele.

Las cosas iban bien hasta que dejaron de hacerlo y no por eso me acogí al yo no tengo la culpa y el que la tenga que se aguante. No tengo muy claro cuándo empezaron a torcerse las cosas, pero el caso es que ahora todo lo que tocamos lo convertimos en regalices tan alargadas como retorcidas; pero no regalices rojas y riquísimas, sino regalices de las negras, de las que huelen a rayos y saben a ídem. Regalices que tienen que decirte que son regalices para cerciorarte de que no te están envenenando. Regalices en forma de esqueje seco de geranio. Regalices disecadas, pues, que recuerdan más a un bodegón de fin de siglo que a una fiesta de cumpleaños. Esas regalices somos Paco y yo.

Hablar por hablar, tontería, lo sé, pero siempre es mejor tener verborrea que dejar pasar la ocasión de divagar e intentar poner un torniquete a la pupa. A mí, que nunca me han gustado las rodilleras adhesivas, los dobladillos en los pantalones heredados, las mangas metidas para dentro, deprisa y corriendo, a la voz de apúrate niña, que perdemos el bus. A mí, que no sé lo que es esconder una culpa porque me pican tanto que soy la primera en convertirlas en enmiendos, me ha tocado hacer oídos sordos, ojos ciegos y piel de acero para no darme cuenta de que lo que no va, no va. Y no va, me ponga como me ponga. Sufra lo que sufra. Sienta lo que sienta y que, para mi desgracia, estoy tan perdida que no sé lo que es.

Paco es perfecto. Perfecto. Quizá sea por eso que mis defectos se me hacen ahora muchos y pronunciados. No estaba yo acostumbrada a medirme el bigote (que no tengo: me hice el láser hace años) con nadie, así que cómo hacerlo con mi chico. La convivencia ha traído cosas muy buenas y muy malas. Muy malas y muy buenas, como nosotros dos, mismamente. Porque Paco y yo no entendemos de medianías y/o mediocridades: lo nuestro, siempre a lo grande. Como las filias y las fobias, las pequeñas miserias de cada uno, amarnos y odiarnos está tan cerca que dudo haya siquiera una frontera. Cuando quererse empieza y termina donde no nos soportamos, para qué más, para qué, para qué, para qué.

Pero no somos violentos, que eso da una fatiguita de las buenas. Nuestra vida en común es, si acaso, volcánica; nos hemos convertido en una pareja de esas que, vista de lejos y abstrayéndome de que soy yo uno de los activos, siempre me pregunto a qué se dedicarán el día estén de acuerdo en algo y se den cuenta de que les sobra tiempo para amarse. Me releo y veo que debería de matizar que no es que nos hayamos convertido en una pareja de esas, es que ya lo éramos en origen: Paco y yo partimos de la casilla desalida con ciento y la madre de motivos para estallar sólo con rozarnos; y aún así, lo intentamos. ¿Somos grandes, eh…? Pienso en alto por no estarme callada,porque el silencio me mata más que la jaqueca en la que vivo inmersa.

Cualquiera que me oiga pensará que mi existir con él ha sido un sufrir en bucle, pero no, que no. Paco ha sido y siempre será EL ACIERTO, así, con mayúsculas; falta saber si yo he sido el suyo. Un acierto pequeñito, uno de los que, al cabo de los años, y cuando él esté casado con otra (que pasará), tenga hijos con otra (que pasará) y ame a otra como a me ha amado a mí (esto no pasará, porque querer como me quiere a mí, como nos hemos querido nosotros, es una jartá imposible), le dé al  FAST REWIND cerebral y el recuerdo de mis manos le inunde el sentido, tendrá que agarrarse al MARCA y pensar ¡qué regalo fue conocernos…! Yo, que supongo no estaré casada con nadie ni tendré niños con ser alguno, también lo pensaré, claro, aunque yo no necesito meterme en la máquina del tiempo para sentirlo, porque me basta ejercer mi masoquismo-fin-de-historia, pulverizando su colonia sobre mi mano, para morir de agonía. Morir de amor que suda gotitas de pena. Creo quevoy a vomitar.

Siempre que tengo ganas de mandarlo todo al garete, me inunda una sensación extraña de orfandad que ni te cuento. Cosa inexplicable, porque cuando yo conocí a Paco estaba hasta el moño de andar por el mundo sin él. ¿?. Vale, matizo: todo lo hasta el moño que se puede estar de andar por el mundo cuando se tienen 25 mayos sobre la chepa (no, igual que no tengo bigote, tampoco tengo chepa, aunque para esto no me hizo falta una sesión de láser…). Pero nos encontramos en el camino y fue fantástico, porque nuestras historias se abrazaron, igual que se abrazan las enredederas del vecino a mi red divisoria de jardín.
Rápidamente, pero con fuerza, él echó raíces en mí. Yo le presté tierra abonada por años de desengaños sentimentales y el resultado fue lo que fue: dos tontos,
pero que muy tontos, enamorados hasta las trancas. Pero de esto hace ya casi una década, y parece ser que los finales felices, los de colorín, colorado, este cuento se ha acabado, sólo tienen cabida en las pelis de Richard Gere y Julia Roberts. También me vale Collin Flirth y Rene Zellweger, que son muy de quererse de aquí a la eternidad, que cantaría Frankie…

Pues no queda otra: sí o sí. Se va o se va. Y tiene que irse él porque yo no puedo ponerme ahora con una mudanza. Cuestión de tiempo. Cuestión de maletas con cremalleras rotas. Cuestión de encontrar un pisito de precio razonable, con dos armarios de cuerpo entero para zapatos. Cuestión… de no querer afrontar que lo nuestro está sentenciado. Supongo que me será más fácil sobrellevar este final si no doy al traste con todo lo cotidiano y me dejo arropar por lo conocido, por estas cuatro paredes y una mini terraza que ha sido el escenario ideal para nuestra bonita historia de te quiero mucho, como la trucha al trucho. Aunque ahora que lo pienso, cuando me abra el cajón de las bragas/calzoncillos y no encuentre su lado archi ordenado, insultando a mi lado archi desordenado, creo que voy a morir. En serio: moriré. Moriré de un ataque de ‘Vuelve conmingo-intentémoslo de nuevo-esto vale la pena,-no me importa no tener siempre la razón, quién quiere tener siempre razón-tu madre es Santa Teresa de Calcuta y tus amigos son una legión de Amish, siempre bien recibidos en mi salón’. La soledad de mi totum revolutum de tangas, bragas, calcetines huérfanos y con pelotillas me recordarán que ya no estás una y otra vez. Y no siendo que me declare en huelga de ropa interior (¡ay, mamá…!), será mejor que me dejes un señuelo, un algo tuyo dentro del cajón y que me dé consuelo cura-lloritos. Como se hace con los cachorritos cuando gimotean por la noche, me frotaré la nariz contra uno de tus bóxer de marca y pensaré que yo un día fui feliz, tan feliz, tan feliz, tan feliz, que pude compartir diez años de mi vida con el hombre más paciente del mundo; con el hombre más explosivo del mundo; con el hombre más cariñoso del mundo; con el hombre más independiente del mundo; con el hombre que más me quiso del mundo… ¿Eeeeeeeeeeh? Repeat, please! C-o-n  e-l  h-o-m-b-r-e  q-u-e  m-á-s  m-e  q-u-i-s-o  d-e-l  m-u-n-d-o.

Cojo el móvil. Las lágrimas no me dejan ver las teclas y la mierda de conexión ADSL de mi hogar me hace la puñeta: no va el WHATSAPP. Me ahogo con los hipíos y me cuesta respirar. Que se arregle esto, que se arregle esto, que se arregle esto.Que se arregle no nuestro, que se arregle lo nuestro, que se arregle lo
nuestro. Loading… Conversaciones recientes. Pacomerte, treinta y dos conversaciones antiguas. Voy por treinta y tres, la definitiva: hagan juego, señores…

^^Paco, olvida lo que te dije; debo estar ovulando :’(

^^Lo sé

^^Vale, entonces qué…?

^^Entonces estoy en el súper; pago el jamón cocido y la ensalada Batavia de Florette  y voy a cenar

^^Pero me perdonas…?

^^Para qué, si tú eres apótata…!

^^Un gallifante para el niño! Me^disculpas…? Porfavorporfavorporfavor

^^Qué sería de mí si no lo hiciese…

^^Que sería de mí si no te tuviese…

Silencio.

Silencio.

Silencio.

Clin,
clin, clin.

^^Quererte no es fácil, nena, pero quién dijo que iba a serlo…

Algún día, no sé muy bien cuándo, inventarán algo para que la infelicidad no secuestre mis ganitas de hacerlo bien. ¿Es o no es perfecto mi Paco? :)

El pisito era todo lo acogedor que le permitían sus treinta y seis metros cuadrados de azulejos desconchados, parquet mil veces arañado y su cocina de cuatro fuegos que no soñó ni soñaría nunca con ser una vitrocerámica de inducción. Aún así, cuando nos dieron las llaves pensamos home, sweet home. Era la primera vez que los dos compartíamos algo que no fuese un menú doble de palomitas en el cine, así que las llaves supusieron algo más que un par de metales fríos, con dientes y un agujerito por el que deslizar una argolla y así no perderlas nunca jamás. Dos llaves y un llavín del buzón que significaron que lo nuestro podía ser. Y por poder, podía ser, incluso, para siempre, ¿por qué…? Los cuentos de hadas existen: una presentadora de TVE se casó con un príncipe, esto es un hecho. Vale que no es un príncipe azul (mejor, digo, porque los hombres azules deben ser raritos), pero príncipe es, ¿Qué no?

Así pues, lo de irnos a vivir juntos fue una cosa pensada, meditada, pero sobre todo querida; durante meses hablamos en condicional, con mensajes velados,
tanteando cuántas ganas había en cada uno de nosotros de claudicar en el goce de una cama en soledad, con los calcetines sin elástico en tu caso y la braga
de los domingos por la tarde en el mío. Hablábamos de puntillas, sin querer atosigarnos con las responsabilidades, porque no sabíamos si el amorcito que
teníamos entre manos sería como azúcar glass, un polvillo dulce y nevado que desaparece con la simple brisa de una ventana mal cerrada. Hablar de dar el
paso nos parecía, en cierto modo, darle verdad a lo nuestro, y eso nos aterraba como sólo lo hacen los Reyes Magos cuando tienes siete años y piensas en pleno 5 de enero te mueres de ganas de hacer pis, pero no te levantas porque si lo haces y te ven los de Oriente, puede que se enfadaden y lo mismo le dejan tu Barbie
Peinados Mágicos
y su maravillosa caravana Waikiki Island a tu vecina Marina, la que no te cae bien y, además tiene tantas Barbies que qué haría con una más. Qué haría con la mía, si era mía, me pregunto.

Dicho lo cual, cuando nos mudamos al hogar del amor, la primera de las ilusiones que compartimos fue poner el membrete en el buzón. Lo sé, no se lleva, es
anacrónico, es muy de Cuéntame como pasó y de los Alcántara, pero me sentía tan feliz de estar en la rampa de salida de  mi nueva vida, de mi felicidad elegida, que necesitaba que todo el mundo supiese que en el 4B vivía Dorotea Márquez y Gonzalo López, tan tontos como enamorados. Lo de tontos y enamorados no lo pusimos (en el caso de Gonzalo, por sentido común de raya diplomática; en el mío, por no ser redundante: bastaba mirarme a la cara para saberlo).

-          Nena, ¿en serio? – Preguntó mi chico, reticente a mi entrega, coronando nuestros nombres con corazones palpitantes.

-          En serio… – Yo seguía dibujando, rellenando los corazones con el Bic azul turquesa que me había comprado para las ocasiones
especiales. Y no se me ocurría una ocasión más especial que aquella.

-       Pero, ¿en serio? – Volvió a preguntar, con miedo a herir mi creatividad.

-         En serio… – Los Bic azul turquesa son monísimos de suyo, claro, pero la tinta sale a escape libre, como si la bolita
que frena la carga estuviese bailando el Gangam Style.

Y tan en serio que fue, porque desde el día 20 de octubre, nuestro cajetín del correo es el único que recibe al cartero con una dosis de amor visual (media
docena de corazones chispeantes fue el resultado de mi encontronazo con el boli turquesa) que no necesita más azúcar para todo el día, no siendo que quiera
caer en la diabetes. Soy consciente de que el trabajo de Gonzalo y sus miles de corbatas de Hombre serio – Trabajo serio no comulgan mucho con nuestro membrete del buzón, pero ¡a mí plin, si yo amo a mi Gonzalín…!

-         Doro, son demasiados corazones: los vecinos se sonríen cuando entramos en el ascensor, y no creo que sea por mis calcetines
de rayas…

Los calcetines de rayas, otra de mis grandes aportaciones a la vida conyugal. Acostumbrada como estaba a oír a mi padre decir Lola,
los calcetines los quiero todos negros y de la misma marca, para no equivocarme por la mañana
, pensar en divertir a Gonzalo de pies a cabeza me parecía un

tema capital. Vale que echarse un casi maridito economista, director de sucursal bancaria y con más Ipad+Iphone+Ipod de los que haya comercializado
Apple en su vida (¿Apple no era un señor, no? ¿O si? Que sí, que no, que caiga un chaparrón…) era cosa complicada, pero más lo era que acabase admitiendo que los seis corazoncitos coquetuelos del buzón eran nuestra mejor tarjeta de presentación, la mejor radiografía de lo nuestro, de lo que estábamos poniendo
a andar, y al final no sólo lo admitió, sino que una tarde cualquiera, después de una sesión de Mercadona y un me saca la espina a la dorada, que es para hacer al horno con patatas, en el portal de casa y rodeados de acelgas, leche desnatada sin lactosa, gel de afeitar y papel higiénico doble rollo Hacendado, cogió un rotulador indeleble y añadió ‘LoveU4ever’ al membrete; López & Márquez, sin duda un amor de locura que ni pintado. Para muestra un botón! Uy,
un buzón, quería decir… :)

El mismo día que me casé supe que ella era mi mujer. Mi mujer para toda la vida. Y lo supe de repente, como sin darme cuenta. Fue decir, sí, quiero, y que algo que no sé muy bien cómo explicar, me lo revelara. Y no diré yo que mi amor por Berta no fuese algo viejo, quiero decir que ya nos queríamos y eso, sino de qué me visto yo de payaso de feria, aguanto un año de preparativos, reuniones con mi suegra y conversaciones y conversaciones y conversaciones en la que mi opinión contaba lo justo (es decir, nada) sobre la conveniencia o no de sentar en la misma mesa a su amiga Malena con mi amigo Pablo, después del lío que se formó cuando él no la volvió a llamar cuando supo de su prisa por tener hijos y tenerlos ya, porque la edad es la que es y no quiero ser una madre-abuela. Ubicado Pablo en una mesa a doscientos metros de Malena, el Wedding Planning había quedado cerrado. O eso parecía…

- ¿All you need is love o Como tú ninguna …?

Blandiendo dos CDs, Berta se interesó por mi parecer, cosa que empezaba a incomodarme ya que bastaba que yo dijese A, para que la cosa fuese B; ni puta idea de qué universo común y final podía haber entre los Beatles y Bustamante, pero la sola idea de que el segundo tuviese algún papel relevante en mi boda (a esta alturas SU BODA, la de Berta) me daba dolor de huevos. Intenté zafarme y fingí una llamada importantísima, pero como todas las mentiras, la mía tenía las patitas muy cortas: ¡me pilló!

- ¿Pero de qué tanta urgencia por llamar al taller? ¿No dijiste ayer que eran una manada de hijoputas y que mejor se la montabas parda cuando fueses a recoger el coche…? – Los CD’s apuntaban hacia mi cara, tanto, que Bustamante parecía tener vida, chico. No sé si la industria musical hace carátulas en 3D, pero, hostia, que cerca estaba el tío de cobrar vida: Si parecía que se iba a arrancar a cantarme al oído abrázame muy fuerteeee, para sentir que puedo retenerteeee, porque no sé cómo vivir sin verteeee, ay mi suerteeee… Sudorcito frío recorriéndome el perineo, palabrita.

- A ver, Nachete, ¿los p-e-s-a-d-o-s de los Beatles o Bustaaaaa…?

Berta y yo nos conocemos tanto, pero tanto, tanto, que a veces creo que esto es tóxico para nuestra salud en pareja. Quiero decir que, cuando ella dice pesados
de los Beatles
, pero emplea un diminutivo cariñoso para referirse al puto Bustamante (que seguía mirándome a los ojos, y sólo sabe Dios el miedo que me

daba aquella visión tridimensional) es que, sin duda alguna, ella quería que aquel tipo, con aire de roba peras, fuese la banda sonora de no sé muy bien qué parte de nuestra boda.

Una vez leí en un dominical, que los supervivientes del avión que se comió la gran hostia en los andes, en los años 70, antes de darse el galletón padre y mirando por la ventana, vieron pasar su vida; como si sus familiares, sus vivencias de niños, sus goles del España – Malta y el primer beso en la sesión de tarde de Liberty lo saludasen al unísono: ¡Hola, aquí tu vida! Hemos venido a anunciarte que de esta no te salva ni el Tato. Así que reza lo que sepas, cierra los ojos y déjate llevar. Chispum.Se la petaron, vaya si se la petaron. Pues yo igual, sabía que de optar por los Beatles, mi relación sufriría un paraplís (Berta diría: ¿Los Beatles? ¿Los Beatles? ¿Pero qué coño los Beatles? Anda que eres rancio y soso, Nacho…), pero si no lo decía, ya podía despedirme de ser el macho alfa en mi reunión mensual de camisetas negras: mis colegas pensarían que un tipo que ha pinchado a Bustamante en su boda debe pagar, y pagará, las cervezas hasta que un cojón de un meteorito se lleve por delante todo el campo de cebada del hemisferio norte.

Al igual que los supervivientes del vuelo uruguayo que se la comió bien comida en los Andes, vi pasar a mi hombría, pidiendo permiso para bajarse los gayumbos antes de la figurada sodomía. Aaaaah, pensé, si es figurada, aún tengo esperanzas de volver a ser yo mismo. Y cuando pensé que lo peor ya había pasado, Berta tenía un as en la manga… Porculizar, todo un arte.

- ¡Cómo te quiero, cariiiiii…! – Feliz, ella y Bustamante  se me abrazaron, hasta que me faltó el aire, literalmente – Es que ya le había dicho a mis primas que hiciesen una versión en Flash Mob de Cómo tú, ninguna y no sabía cómo se iban a tomar el cambio de planes.

Me volvió a besar, esta vez sola, porque el CD de Bustamante se precipitó al suelo. Lástima que cuando nos compramos el piso no nos diese la pasta para poner suelos de titanio y que el disco se hubiese roto en mil pedazos en ese mismo instante. Pero no, teníamos el salón con cálida tarima, color sapelli, que tan sabiamente había elegido Berta, en consenso con mi hoy suegra y, entonces, aún la madre de mi novia.

 Bustamante sobrevivió al impactos, como los tipos del avión de los Andes, pero ni yo ni mi hombría pudimos hacer nada por evitar el vilipendio público: el día D, a la hora H, cuando una Berta radiante, envuelta en tules y escote imperio (esta es otra de las sabidurías que uno adquiere cuando da luz verde a todo este sindiós del casorio, pero de la que nunca presumiría en un bar, cuando mis amigos hablan del especial Brasileiras del Man, o del supuesto tanga de la camarera, que ninguno hemos visto, pero lo hemos visto todos. O eso nos gustaría. Baba va, baba viene). Vale, cuando Berta dijo aquello de…

 - ¡Sí, claro que quiero…!

Sus primas, perpetrando un atentado musical, comenzaron a cantar y bailar, iglesia adelante. Yo, que hasta ese día desconocía que tenía ojos en el cogote, sentí como mis amigos y testigos de boda se ahogaban en un ataque de risa. Yo, que de chaval coleccionaba los discos de Kiss, pero en vinilo, que eso era ser más malote todavía. Yo, que hacía gimnasia en el cole con mis pelos de punta engominados y conseguía salta el potro sin perder ni un ápice de mi aire de joven resentido con la sociedad. Yo, que cuando me dejaron plantado en la primera fiesta en bachiller me pillé tal pelotazo que aún hoy estoy vomitando Beefeater
Cola. Yo, que cuando me pillaron copiando en la facultad, me levanté y me fui, como si titularme en tiempo y forma no fuese conmigo (pero sí con mis padres,
que me dieron de hostias hasta en el carné). Yo, que en otra vida fui un tipo  r-e-a-l-m-e-n-t-e  duro, me emocioné. Vale ya lo he dicho. Me emocioné, ¿qué cojones pasa? Glup.

- Tranquilo, amor, que estoy aquí… – Berta me cogió de la mano y, limpiándose las lágrimas, se reía de mi inesperada flaqueza.

En la biblia hay un pasaje de una tipa que, huyendo de no sé bien qué asunto, no podía mirar para atrás, so riesgo de convertirse en estatua de sal. Allí mismo, ataviado con mis mejores galas (las que había elegido Berta y mi ya suegra, porque en aquel momento yo ya había pronunciado mis votos, así que era mi suegra), me prohibí voltearme hacia el banco de mis amiguetes. Que se mofasen de mí era una cosa, que lo hiciesen a la cara era otra…

- Nachete, cabrón, esto no se hace… – Sentí como alguien me susurraba al oído y me giré. Era Pablo, mi amigo, el follarín de los bosques que se había liado con Malena, la amiga de Berta, y que no la había vuelto a llamar. Por supuesto, Malena estaba ubicada a tres bancos de él, pero sin quitarle ojo y venga subirse las tetas en el escote imperio de su traje de dama de honor. Porque otra cosa no tendría Malena, pero tetas, como para alimentar al África negra… pero a lo que iba, Pablo me sacó de mi vergüenza susurrándome al oído.

- Evítame el ridículo aunque sólo sea hoy, cojones: ¡no ves que me estoy casando…! – Le espeté, limpiándome las lágrimas, mientras me reía, nervioso.

- Evítamelo tú a mí, porque como hoy me vaya al catre con Malena, me veo haciendo una LipDub de Pablo Alborán cuando me quede en bolas o algo… – sentí como me apretaba el hombro – Has dejado el listón muy alto, tío, muy alto.

- Amigo… – le contesté, con sorna – a ver si follar va a ser fácil, no te jode…

Cuando las primas de Berta dejaron de desgañitarse y destrozar la canción de Bustamante (me oigo y no me reconozco: destrozar la canción de Bustamante. A lo que he llegado por amor: no somos nada…), todos los invitados rompieron a aplaudir, incluido el cura, que para entonces ya había localizado el escote de Malena, cosa que no culpo, porque de tanto que quería llamar la atención de Pablo, los pezones se distinguían desde la estación espacial MIR.

Berta, mi mujercita, me abrazó. Me abrazó muchísimo. Pero muchísimo. No me había abrazado así en la vida, así que pensé que todo había valido la pena: las opiniones denostadas y no tenidas en cuenta, el mareo de sabores de tanto menú degustación para el día del banquete, la infausta idea de hacer los detalles del casorio nosotros mismos (la madre que me parió, maldito el día: doscientos pares de sandalias hawaianas a las que hubo que pegar lacitos y escribir Gracias
por acompañarnos en este día tan feliz. Gracias por acompañarnos en este día tan feliz. Gracias por acompañarnos en este día tan feliz. Gracias por
acompañarnos en este día tan feliz. Gracias por acompañarnos en este día tan feliz
). Todo valió la pena por verla radiante. Por sentirme tan bien y tan

a gustito con ella entre mis brazos.

- ¿Te gustó mi sorpresa de Bustamante, cariiiii…? – Me preguntó entre sollozos.

- Me encantó, Berta. Me encantó… – Los invitados seguían aplaudiendo. El cura seguía cerciorándose de que las peras de Malena eran de verdad.

- Lo dices en serio o sólo medio en serio… – Mi suegra nos hacía fotos a joderla y las damas de honor le colocaban el velo como locas. Tanto se entregaban, que le tiraban del moño un cojón, haciéndole la mirada tirante, con el párpado hacia atrás.

- Lo digo en serio… – Mis colegas se pasaban el pañuelo unos a otros, para limpiarse las lágrimas. Lágrimas de risa.

- ¿Seguro…?

- Claro, seguro…

- Pero si a ti nunca te ha gustado Bustamente, tontitoooo… – Berta musitó una risita.

¿? ¿? ¿? ¡Hostia! ¡Por fin! Y yo que creía que no se había dado cuenta… :) JUST MARRIED, y de lo más bien, qué coño.

 

 

Me llamo Julieta y no me gustan los finales felices. Ya está, ya lo he dicho. No me gustan por ñoños, por certeros, por angustiosos, por deseables, pero sobre todo por idiotas. Porque, a ver ¿quién puede salir indemne a una maratón de las mejores ocho películas de la historia, a saber, Frankie y Jhonny, Pretty woman, Oficial y Caballero, Leyendas de Pasión, Dirty Dancing, El Diario de Noa, Memorias de África y Flash Dance? Nadie. Pues eso, los finales felices no hacen más que desdibujar mi mierda de espera hasta que alguna princesa se aburra de su maromo, y me deje las migajas de un príncipe que ya no es azul y mucho menos  tiene suelto en el bolsillo para hacernos un cine de gafas, de esos 3D, ¿su menú de palomitas lo quiere XL o XXL…? Pequeño, gracias, que mis arterias son sibaritas…

 

Los finales felices existen, y eso, realmente, eso es lo que me saca de quicio y me pone el pelo con idéntica suavidad que una ristra de cebollas. Porque existen, como los trabajos bien remunerados, donde las jefas no chillan y confunden auxiliar de dirección con chica que le lleva café y baja a comprar cartulina y Foam para las manualidades de sus hijos. Existen, pero nunca son para mí, nunca me suceden a mí,  que veo venir el hostión mucho antes de que ser fragüe. Y no es que yo sea de las remilgadas, de las en la primera cita miran muy mucho si besar o no con lengua por no quedar de fresca, pero joder, por una vez en mi vida podría resultarme fácil el intimar con alguien más que conmigo misma, que me tengo muy vista y, además, me aburro de mentirme una y otra vez.

 

No te vuelven a llamar porque los intimidas, me dice mi Coacher. Sí, sí, por si sois noveles en eso de la decepción, que sepáis que ahora los mejores amigos se consiguen a golpe de VISA. Ya nadie tiene tiempo de aguantarte la chapa del desamor. Ya nadie busca complicidad y lágrimas de cocodrilo, enmascarada en tarde de chicas y calorías. Los tiempos son frenéticos y los horarios son el que viene el coco del siglo XXI. Eso, sumado a que toooooooooooooooodas mis amigas están casadas y con hijos (y felizmente, para mi desesperación), me tienen prohibido deprimirme los lunes y los viernes. Por precipitado y tardío, respectivamente, alegan…

 

- ¿Julieta, estás llorando…? – Oigo pitidos de coches, frenazos y vocerío de niños, que compiten por hacer su opinión sobre Kunfu Pandi sí o Kunfu Panda
no – Me pillas en el manos libres, cielo, que es lunes y voy a llevar a Aaron y a Aixa a su clase de tenis bilingüe… Para cagarse. Tenis, en sí mismo, es un término tan clasista, que la RAE debería cobrar royalties por emplearlo. La cantidad de mamarrachos que mueren por aclarar que juegan al tenis, sabiendo que lo que hacen es pasear la raqueta, subirse los calcetines de deporte hasta las ingles y salir de la ducha, con el pelo mojado, ready to dar una rueda de prensa a lo Íker Casillas después de un Real Madrid – Barça. Con respecto a si dieron pie con bola, o bola con raqueta, quién sabe, si lo único que prima es parecer un vencedor. ¡Eiiiii! Ahí está, otro final feliz. Los odio.

 

Vale, pues mi amiga Valen, que tiene un marido fenomenal y no se podía permitir tener unos hijos normales, con nombres normales, mocos normales, que
merendasen bocatas de chorizo pamplona y oliesen a NenucoDeTodaLaVida, no tiene tiempo de atender mis dramas sentimentales en lunes. El tenis bilingüe de Aaron+Aixa  es i-m-p-o-r-t-a-n-t-e, que mi vida se vaya definitivamente a tomar por culo, se ve que no. Y no lo es, porque es lunes y ella no tiene la culpa que mi enésima cita haya sido una caca y yo me haya empeñado en hacer de mi cena y mi sesión de sexo rapidito, que mañana madrugo para
coger el vuelo a Euro Disney con María y los niños,
el preludio, el prólogo a algo más que, en principio y en final, ya se sabía en punto muerto. En punto

muerto y en hostia anunciada, claro. Aún así, me calcé mis zapatitos de cristal, me atusé mi melena rizada por si él quería ver en mí una sombra(-ita) de Julia Roberts; practiqué mis pasos de baile dirtydancineros, con aquella frase de Ooooyeeeee, estás invadiendo mi espacio. Éste es tu espacio, éste es mi espacio incluida; pero de nada valió, porque cuando su mujercita le mandó un WhatsUp recordándoles que pasase por el Opencor para comprar toallitas para el bebé, se me bajó el quinto al cuarto, rompiéndose en mil pedazos la magia de la cita casi perfecta con el hombre más imperfecto (bueno, este último tengo que pensarlo, porque el podio de idiotas lo tengo petado).

 

Me llamo Julieta y odio los finales felices. Sobre todo, sobre todo, sobre todo, cuando no me pasan a mí. Vaya.

Me llamo Pepe, como mi padre. Lo sé, llamarse Pepe en un mundo donde todo cristo parece tener nombres salidos de una novela de Tolkien resulta entre ridículo e indie, que dicen los modernos de flequillo por parche; pero yo no tengo la culpa de que en plenos 70, cuando la  masculinidad y la varonía se medía en si el primogénito era o no un hombre, lo de heredar el nombre del padre era mucho más que una tradición familiar: aquello era una cuestión de cojones.

Así que, Pepe fui, y Pepe me quedé; incluso ahora, que salgo con una tía que está de buena que ni me lo creo y que se llama Whitney. En serio, se llama Whitney, no es que se lo haga llamar, que sería un punto de tontería difícil de justificar ante los colegas. Se llama así, quiero decir, que cuando salió de la pila bautismal ya tenía la putada encima; la putada onomástica, se me entienda. Pero a lo que iba, a Whitney la conocí en el gimnasio, sudando los dos como dos becerros en matadero; claro que ella con mucho más estilo, limpiando la humedad de su frente con una mini toalla de mierda de esas del Decathlon, que prometen secar como un toallón de toda la vida, pero después, si te he visto no me acuerdo.

Desde entonces, no hace más de un par de semanas, entre Whitney y yo no hay secretos, porque para qué, si es probable que lo nuestro ni a ser. Es lo bueno de sentirme libre con respecto a mis relaciones que no acabarán siendo relaciones, que puedo mostrarme tal cual soy. Tal cual me siento. Tal cual suelo ser cuando no hay nadie con quien jugar a que somos felices y que me encanta ir a Berska a ver si hay una camiseta cortita, que se me vea el ombligo, pero que no me haga lorzas en la barriga. Yo nunca he visto una camiseta corta que no haga lorzas, sobre todo si se tienen, pero mis novias momentáneas siempre me ponen a prueba, porque malo si digo ¿y una larga, no sería más cómoda?, porque eso implica que TIENE LORZAS, precisamente las que no quiere ver y, mucho menos, que se le vean. Malo si digo ¿Lorzas? ¿Qué lorzas?, porque ello implica que, efectivamente HAY LORZAS, y que soy el peor tipo del mundo, el peor novio momentáneo del siglo. Así que, Whitney y su nombre de morondanga es perfecta: puedo ser yo, sin tener la sensación de ir pisando minas antipersona a cada paso.

-         ¡Ai, Pepiño, Dios cho pajhe cunha muller que non che colla na cama…!

Mi abuela dixit. No recuerdo muy bien cuándo ni dónde ni por qué, pero mi abuela deseó para mí una mujer de nueve arrobas y 1/2, con el culo tan grande que necesitase la ayuda de mi amigo Nachete para abarcar sus dos hemisferios. Yo, que me llamo Pepe y soy igual de íntegro que mi puñetero padre, que dice que fumar es malísimo y  que a ver si lo dejo, mientras se mete entre pecho y espalda un purito Reig, siempre pensé que lo mío con las chicas iba a ser fácil, porque si no me ponía trabas (y entiéndase trabas por comenzar frases con mamalonadas tales como mi
mujer ideal es…)
, el horizonte sería amplio, lo suficientemente amplio como para no errar en el tiro. Me explico de forma sucinta: a mí me gustan todas. ¡Nos ha jodío…! Todas.

Altas, bajas, agradables, insoportables, teniente-risitas, agónicas, manipuladoras, borreguitos, modernas, recatadas, minifalderas, bombacheras, cocineritas, McDonaleras, besuconas (estas más), toxos (me valen, si lo compensan siendo besuconas, claro), amiguísimas de sus cien mejores
amigas, las solitarias, las que ven Sálvame, las que hablan de Punset como si fuese su padrino, las que se hacen mechas y más mechas hasta acabar pareciendo un tigre, las que llevan peluca (bueno, nunca he estado con ninguna con peluca, pero un día leí que la Beyoncé la lleva, que realmente está rapada. La Beyoncé, ahí lo dejo. Peluca y la Beyoncé. Me guuuuuuustaan las mujeres con peluca, es una cuestión de silogismo).  Todas. Incluso, las que tiene un culo de nueve arrobas y 1/2.

Por eso, cuando Whitney y su toalla de mierda del Decathlon, sudando a lo loco sobre la estática para eliminar su piel de naranja, se percató de que le estaba haciendo una colonoscopia ocular en su retaguardia, me espetó…

- Aprovecha la ocasión, chato, porque en dos meses de este culazo no quedará ni raspa…

No se chinó. No le pareció de voyeur marrano que le clavase la mirada en su sacrosanto culo mientras pedaleaba sin parar. No se sintió ultrajada en esa femineidad 2.0, esa en la que las tías no entienden que un tío no suele poner intención en ser salido, sino que la cochinez le sale sin querer, nos sale sin querer, porque la naturaleza animal masculina y procreadora es así. Lo sé, esto no es excusa, porque los animales también giñan
delante de la manada y se quitan piojos unos a otros, para acabar papándose al parásito como si fuesen pipas Facundo, pero por muy educado que uno sea (que yo lo soy: mis padres se dejaron un dineral en mi Máster en Marketing Internacional), por muy civilizado que uno se venda (que yo lo hago: jamás he subido a un avión sin ayudar con la maleta a la gordita que atasca el pasillo), por muy cojonudo que uno se proclame (¡Faltaría más! Mi última aportación a los anales de la cosa: me enamoro de personas, no del género, pero no me hablar de dar besos con lengua a alguien que se llame Manolo porque echo la raba…). Por mucho postureo del que haga alarde un hombre en edad sexual, que creo es hasta los 99, después de la extremaunción, la cabra tira al monte. Es decir: los ojos van donde van, incluso donde no es políticamente correcto que descansen. Véase
culo. Véase teta. Véase culo. Véase teta. Como es evidente, los tíos somos de ideas fijas. De horizontes claritos y abultados. No todos los hombres somos iguales, pero yo me llamo Pepe, igual que mi padre, y por mucho Máster, mucho Erasmus, mucho gym molonísmio y zapas vintage Le Coq Sportif que me calce, me gustan todas. Y me gustan sus cosas. Todas.

- Whitney dices que te llamas…. – me bajé de la estática y sonreí, como sólo lo hago cuando sé que no tengo nada que perder – Dime la verdad, ¿cuántas veces al día tienes que deletrear tu nombre?

Podía haberle dicho que tenía un nombre sexy, secular, increíblemente distinguido, pero para qué. Con ella me sentía libre, no en vano, lo nuestro iba a durar lo que su piel de naranja: un verano quizá…

 

 

 

Bésame, pero hazlo bajo un aguacero infernal. Bésame, apretadito y con prisa, esa prisa que sólo esgrimen los que aman con fuerza y para los que cualquier tiempo es poco para respirar el aire en el que sólo habitas tú. En el que sólo habito yo. En el que estamos los dos y todo parece dar vueltas y más vueltas. Vueltas y más vueltas, hasta que la fuerza centrífuga nos empuja a separarnos. Y aún así, seguimos pegados. Labio con labio, oliendo a dos que ya sólo saben ser uno; y eso es lo que mola.

No sé si para ser un pie de foto es demasiado largo, pero lo cierto es que no sobra ni falta una palabra. En serio lo digo: no falta nada. Porque sino de qué iba a ser este el beso de amor más Googleado de la historia de los besos de amor Googleados. ¡Lo tiene t-o-d-o! Pasión, entrega, amor, deseo, protección, ilusión, esperanza, a Ryaaaaaan Gosliiiiiiing… Todo. Y no digo yo que este muchacho sea un Adonis, que puede que sí, puede que no (ya se sabe que los gustos son como los culos: todo el mundo tiene uno); pero lo que no se le puede negar es que es la versión cinéfila de la Viagra femenina. Tiene un algo, un qué sé yo, que cuando miro el calendario y veo que estoy en mitad de ciclo, tengo que ponerme en Youtube la
escena del Diario de Noa, en la que suertuda de la prota siente en carne propia como estos brazos como palas de horno de panadero hacen que todo sea perfecto. Bajo la lluvia. Bajo la sospecha inminente de que el amor puede acabarse en cualquier momento. Bajo el temor de que ese guión magníficamente ideado para que a las chicas como yo, que siempre nos enamoramos del tipo que cree que decir te quiero es lo mismo que contestar yo también, sintamos como si una colonia de hormigas culonas de África subsahariana nos invadiesen el ombligo. Tenga lo que tenga Ryan Gosling y ese par de brazos fornidos y masculinos, debería estar disponible para visionarlo en el cine con gafas 3D (¡Ay, mamá). Eso sí, con obsequio de Kleenex Aloe Vera Hacendado en taquilla, porque la jartá de llorar que sería la sesión doble, palomitas King Size, con Cola Zero, gracias.

El cine ha hecho mucho daño al amor de verdad, y no me refiero al de fueron felices y comieron regalices, no. Me refiero al amor de carne y hueso, al mundano, al normalito. Porque lo mismo que el sexo con mi Eugenio está bonito y es casi siempre bueno-tirando-a- muy-bueno, no siempre está acompañado de una banda sonora de Hans Zimmer cuando llegamos al orgasmo. Oye, y sería fabuloso oír a una orquesta de ciento y la madre de virtuosos tocase notas y más notas, mientras mi Eugenio hace lo que puede, y toca y toca y toca, hasta que todos los acordes de mi yo se marcan el estribillo de la Lambada, no digo yo que no.  Pero siendo franca, creo que lo único que se oye antes, durante y después, es el
frufrú del roce de las sábanas, el segundero del despertador, que nos recuerda que mañana a las 07.00 en pie, así que a ver si estamos a lo que hay que estar, la cisterna del vecino haciendo su trabajo y, si la noche coincide con fiesta patronal por los alrededores, puede que algún petardo fin de fiesta recordando al respetable que la Comisión no pagó lo suficiente y las 24:00 se acabó la verbena, y hasta luego, Lucas

Como digo, el cine ha hecho mucho daño al amor de todos los días. Al de bragas cómodas para andar por casa, porque nada peor que estar todo el día con la goma dando por saco (literal y figuradamente). Al de me tengo que afeitar, nena, pero estoy reventado, mejor lo dejo para mañana.
Al de…

- Tú crees que estoy gorda, cari? – Viendo un repor interesantísimo: Carmen Elektra al desnudo (¿? Es obvio quien tiene el mando del Plus)

-  Gordaaaaaaa…!? ¡No, nena, claro que no está gorda! – ¡Exacto! Habla del amo del mando del Plus.

-  ¿En serio? – Me toco un muslamen, fingiendo fuerza para que se me note la piel de naranja, sabiendo que aunque me lavase los dientes con una mano y con la otra hiciese un pollo al horno, se me notaría igual, porque mis nódulos de grasa no necesitan ayuda…

- A mí me parece que estás genial… – Carme Elektra ejerce sobre Eugenio una enajenación digna de estudio, pero todavía sin terapia. Él me dice que no preocupe por su salud mental, que es algo que Miss Elektra produce en los hombres, así en general. Aaaah, digo yo. Ya estoy más tranquila. Mucho más. Fssssss.

-  Y si estoy genial ¿Por qué a mí no me miras como a ella, Eugenito…? – Llamarle Eugenito es un golpe maestro, porque sólo su tía Micaela lo hace. Bueno, sola, sola no: ella y su bigote, exactamente.

- Coño, nena! No te miro así, porque a ti te tengo aquí…

¡Zas, sonamos! A ti te tengo aquí, me dijo. Aquí te tengo aquí. Como si tenerme compartiendo sofá, repasando por enésima vez el catálogo de Ikea, fuese en detrimento de nuestro amor. De nuestra pasión. De nuestra capacidad de dejarnos sin aliento a golpe de beso va, beso viene, hasta quedarnos run out of saliva. Y no le culpo, al menos no del todo, porque a mí me pasa algo parecido con Ryan Gosling, aunque no de naturaleza tan animal. A mí me bastaría con que Eugenio me besase así. Con igual incandescencia que lo hace Ryan bajo el aguacero, poniendo toda la fuerza
del mundo mundial en hacerme girar y girar y girar, hasta que lo que me rodea se difumine, emulando un cuadro Monet. Yo no quiero que Ryan Gosling me borre la boca a besos. Que no, mira bien lo que te digo. Yo sólo quiero que Eugenio me bese así. A pesar del catálogo de Ikea. A pesar de la braga de andar por casa. A pesar de todo. Porque yo le quiero él, y con él lo quiero todo. Kiss me, tontito del culo! :)

 

1.- LUJURIA

 

  • Es un tío normal, lo que pasa es siempre le dan papeles de muerdebocas, de los que os molan a las chicas.Paco dixit.Y dixit, pero dixit sin que se le moviese un pelo del flequillo, ese que cada mañana se coloca a conciencia, buscando el ángulo perfecto por el que asomar su ojo derecho, ese que un día me enamoró como una loca de atar, de las que son dignas de camisita con lacitos, embudo en la cabeza y matasuegras a modo de megáfono. Paco me enamoró como enamoran los toros a las vacas en el campo: por fuerza, por magnetismo, por virilidad, por seguridad, por ostentación de potencia. A mí, que soy estudiada, que tengo una carrera profesional aburrida y equilibrada, digna de un matemático de la NASA, me dejó sin respiración un tipo cualquiera, un no sé cómo te llamas, con el que cada quince días coincidía en la farmacia, él comprando antigripales y yo ibuprofeno como si no hubiese un mañana. A él siempre le atendía la manceba joven, a mí la gorda malhumorada, que no dejaba de repetirme que no abusara de los medicamentos, que podría acabar con las arterias engrosadas.
  • Ya, ya, gracias por el consejo, pero es que trabajo mucho delante del ordenador y ya sabe… – argüía yo, avergonzada, pensando que era una yonki del Espidisfen.
  • No, no sé… – Me decía, cortante y resabiada.
  • Pero yo sí…Moví la cabeza y vi que el eternamente acatarrado, mi compañerito de farmacia legal, me hablaba a mí. Daba la cara por mí, dando por saco a la gorda de la boticaria, que no dejaba de menear a la cabeza, supongo que imaginándome posando para selfies desnuda, que sin duda, inundarían mi perfil de Facebook. ¿En serio esa es la imagen que proyecto? Ojú.
  • Que esos ojos no sufran por una pantalla de mierda… – Y apartó de su pedido un colirio, que metió en mi bolsita, rozándome por casualidad el pulgar, como si cualquier cosa.¡Pim, pom, fuera, que se me sale la camisa fuera, que pim, pom, fuera, que se me sale la camisa fueraaaaaa…! Oí música, campanas al vuelo, tracas de fin de fiesta, manifa de mariposas a su bola en mi barriga. El corazón haciendo un solo de flauta que debía sonar tan alto y tan desafinado, que lo hubiesen nominado en Tú sí que vales. El entonces desconocido, devorador de Frenadol y/o Couldina, me sonrió, ¡el muy jeta!. ¿Pero cómo se le ocurre sonreírme así, sin avisar, sin darme tiempo a recomponer el moño de caca que me pongo para conducir en cuanto salgo del trabajo? ¿Cómo se le ocurre al  p-u-t-o   d-e-s-t-i-n-o   poner en mi camino una oportunidad así, sin mandarme un WhatsApp o a un coro rociero, con palmas y todo, para advertirme de que aquel no era el mejor día para almorzar tartar de atún, con su puerrito y su cebolla picadita así, así, así, así…? ¿Cómo le devolvería la sonrisa, si toda yo era inseguridad infinita? Convencida de que nada más abrir la boca, a mi desconocido, valedor de mi honor ante farmacéuticas mamonas a las que les aprieta la bragafaja, percibiría en mi aliento el aquel de un sembradito de escalonias de Campo de Criptana, me supe fulminada por la mala suerte. Mierda.
  • ¡Hey, no, por favor, no, dime cómo se llama y me compro uno…! – dije, bajando la mirada y parapetándome detrás de mi cuello XXL de lana, con doble vuelta, tejido en ochos.Lo siguiente que recuerdo, aunque no con nitidez, o con la nitidez que debiera una chica sensata como yo, es que sentí como me levantaba la barbilla con el dedo índice, y me guiñaba un ojo. Ya no sé si oía fanfarrias o era yo que me iba por la pata abajo, pero juro por el obispo negro, que aquel muchacho, del no tardé en saber se llamaba Paco, me dejó sin aliento (vaya, eso fue lo mejor, porque no quería atufarlo con mi cebolla picadita así, así, así).
  • Creo que hoy podré sobrevivir sin echarme el colirio, de lo contrario, siempre puedo ir a tu casa y lo compartimos.Así. Sin más. Ahí va. A mí, que me han enseñado que las señoritas no se entregan en la primera cita, que hay que hacerse valer para que a una le den el sitio al que postula. A mí, que nunca me ha ido el aquí te pillo aquí te mato, más que nada porque nunca jamás de los jamases había tenido a nadie que me pillara hasta matarme de sudor, suspiro y piel. A mí, que por pasión entendía hacer un maratón de compras con Vero y Sara y después dejarme los ojos de llorar viendo por enésima vez Los Puentes de Madison. Pues a mí, a esa YO a la que las emociones sin preaviso, sin planes y sin pasarme la Epilady hasta que de tanto tirón y pellizco acabo jurando en finlandés, la lujuria la pilló por sorpresa; y donde dije digo, digo Diego, y cuando me di cuenta, estaba en mi casa, jugando a los médicos (por lo del colirio digo…) con un chico del que nada sabía y del que nada quería saber, salvo cuánto tardaríamos en quitarnos la ropa y en permanecer así, en cueretes, hasta que el mundo dejase de ser mundo o empezase a girar en sentido contrario, dando botes de alegría. Alegría por mí, oveja descarriada en esto de las artes amatorias, que por fin había encontrado con quien saber lo que era bueno, pero bueno, bueno de verdad verdadera.
  • No te muevas…Lo sé, dicho así, la frase no induce a mucha cosa, claro; pero a Dios pongo por testigo, que dijo la otra, que pocas cosas en el cosmos conocido y por conocer por cualquier aparato listísimo que ponga en órbita el ser humano me dieron tal sacudida dérmica. Ya sin artificio alguno, los dos naked y en plena facultad de nuestros cuerpos, encajamos como lo hacen el yin y el yang, Banner y Flappy, la cuchara y el yogurt, las manos en los guantes. Supe su nombre poco antes de conocer su sexo dentro de mí, pero a quién importaba eso. A mí no. Bueno, a mí no, pero seguro que a mi madre sí, y a mi profesora de filosofía de bachiller también, pero yo no se lo iba a contar, y la cosa era tan cojonudamenteagradablequetecagas, que así estuviese infringiendo las leyes de la naturaleza; así bajase un rayo o un meteorito del diámetro del agujero de Bankia, que me pillase allí, con el cuerpo de Paco sobre mí, dejándole entrar una y mil veces hasta que de tanto toma, toma, toma que toma, me quedase tonta de haba.
  • ¿Cuál es tu lado de la cama, princesa?Todo llega a su fin, incluso el sexo cuando parece no tener final, y parece no tenerlo porque algo así debería venir con bola extra. Pero donde otras veces había estado tan incómoda, que es cuando a él le toca sentarse en la esquina del colchón, estirar los músculos de la espalda, caminar en bolas hacia el baño mientras se rasca el culo y masculla ha estado bien, qué no, Paco no se marcó un ‘ahora me hago el Marlon Brando’, haciéndose el duro, con aquello de si te he visto no me acuerdo. Paco, que era un tipo corriente (bueno, corriente no, que era el tío con más resfriados que había visto en mi vida: uno cada quince días, coincidíamos en la farmacia, ¿os acordáis?), dejó que el calorcito de la cama que había sido nuestro cuadrilátero de amor hacía nada, fuera ahora el descanso del guerrero. No sólo no le causaba pudor alguno que yo lo oyese roncar, sino que se la traía al pairo que, llegado el caso, se le escapase un pedete en pleno relax post-coital. A Paco le seducía tanto la idea de dormir a mi lado, que se iba a quedar allí, para verme flipar al despertar y ver que seguía siendo cierto todo aquello. Se iba a quedar en mi cama, fuese cual fuese el lado en el que yo prefiriese dormir, porque él siempre estaría en el otro. Pero no ese día. El siguiente también. Y para el otro. Y ciento y la madre más, que ya no sé ni la de tiempo que llevamos juntos, haciendo de la vida en común un Show must go on, en el que comernos a besos y dejarnos sin respiración cada vez que el guión lo permite es un hecho; casi tanto como que el prota de el Diario de Noah es un tío normal, con un qué sé yo que te atrapa y que seguro podría ofrecer colirio a una tonta como yo, en una farmacia cualquiera, incluso en la de la farmacéutica gorda con bragafaja que seguro le pilla un pelo púbico cada vez que da un paso, esa en la que nos conocimos. Paco es mi Ryan Gosling, por un montón de cosas, pero sobre todo, sobre todo, sobre todo porque me hace sentir bonita, deseada, agradable, simpática y genial a cada paso, y eso, queridas, es un placer mucho más que orgásmico. Es un placer vital.

 

 

2.- GULA

 

- ¿Oíste, Charo…? – Sentado en el váter, ojeo el Cosmopolitan de mi novia, mientras ella acaba de arreglarse el pelo con las planchas.

- ¡Hummmm…! – No me hace ni puto caso, claro, porque tiene la boca ocupada con dos millones de prendedores negros que utiliza para no sé qué cosa de ondas surferas. ¡Prf…!.

- ¿Este tipo está bueno…? – Señalo al tipo de la foto. No tengo ni idea de quién es, pero estoy seguro de que ella sí ¡hombreeee…!

- *Ñejamehveshummmtecagash

*Déjame ver, hummm… ¡te cagas…!

Eso dijo. Déjame ver, hum, te cagas. Y aunque estaba sentado en el váter, no me cagaba porque lo que estaba haciendo era tiempo para que ella me dejara libre la pileta y poder afeitarme, pero, visto lo visto, y que el barbudo de la coleta que salía en el Cosmopolitan estaba bueno que te defecas, lo mismo tenía que dejarme pelos en la cara. Porque tenía que ser eso, ya que en ropa, el tipo de la foto no se había gastado mucho, no.

- ¿En serio? – Apostillé, riéndome con sorna, golpeando la foto – Pues ya me dirás: ¡una camiseta blanca de mierda, de las de toda la vida!

Si había algo sagrado para Charo, además del orden en la nevera y dejar la ropa conjuntada para el día siguiente en la silla de la habitación, era su sesión de alisado; así que, cuando vi que soltaba las GHD a toda prisa y me arrancaba el Cosmopolitan de las manos, supe que la faltada estaba cerca. ¡Zas, en toda la boca!.

  • Paco, hijo, no es la camiseta, es lo que va  d-e-b-a-j-o  de la camiseta…

Y la muy cabrona pinzó uno de mis michelines como si sus dedos índice y pulgar fuesen unas pinzas de dar la vuelta al entrecot. ¿Se puede ser hijaputa? Pues sí, y eso que dice que me le gusto gordito, que los tipos delgados no le van. ¡¿Aaaaaah, no te van…!?, pensé, será que no te van los delgados que no están buenos que e cagas. Farisea, mascullé, dolido.

  • No me toques los cojoneeeees, que me pongo en serio con lo del gimnasio y la lío parda…

¡Ay, mamá! Ahí empezó todo. Empezó mi declive humano y social. Perdóname, Señor, que no sabía lo que decía. ¿Dónde puedo uno arrepentirse de los calentones momentáneos sin perder chulería? El día que le dije a Charo que podía cumplir con mis objetivos deportivos, más allá de pagar la mensualidad e ir a la sauna una vez por semana, debí morderme la lengua. Más aún, debí tragármela. Entera. Sin masticar. Porque hay que ver lo infeliz que soy desde el día. Me cago hasta en mi sombra…

  • Charo, ¿se acabaron las patatas Lays? – pregunto, muerto de hambre, abriendo y cerrando las puertas de las alacenas.
  • Noooooo… – con la cabeza metida en algún cajón del armario, su voz sonaba a calcetín.
  • ¿¡Nooooo…!? – Con los brazos en jarras, aguardo a oír su taconeo por el pasillo. TocTacTocTacTocTac. Silencio total. No viene – ¿¡Nooooo…!?
  • Noooooo… – con la cabeza metida en el mismo cajón del armario, su voz sonaba aún más a calcetín, esta vez más escondido.
  • Y si nooooooooooooooo, entoceeeeees… – Inquiero, con tonillo.TocTacTocTac. Esta vez sí que viene

     – Es que ya no te las compro – Me espeta.

- ¿Qué no qué…? – Incrédulo, me agarro al mármol del mesado de la cocina, intentando recordar por qué vivo con Charo, por qué quiero a Charo.

- Que ya no te las compro, porque te comes la bolsa entera y te cargas el esfuerzo del gimnasio… – Se me acerca, a traición, y me da un beso blandito, de los que saben a madre, no a novia que sabe cómo besarte cuando quiere gustarte.

- ¡Hay que joderse…!

Había, tal. Había que joderse hasta el infinito y más allá, porque era domingo, el colmado del Pakistaní de al lado de casa llevaba cerrado dos semanas por festejos nupciales y el bar más cercano no tenía Lays, tenía patatas mierda, de esas de marca chunga, que saben a borrachera de puticlub. Lo sé, los divorcios han de cimentarse en algo que no sea de risa, porque decirle a un juez que te marchaste de casa porque tu chica decidió no comprar patatas fritas en bolsa grande, sonaba, a priori, a chufla. Pero a mí, en aquel momento, no me hizo gracia alguna. Para risas estaba yo.

Me fui hacia el sofá con una cosa que Charo dice está buenísima y es muy sana, un aperitivo ideal para los que estamos a plan, apunta siempre que puede. Tortitas de arroz, reza el paquete. Mientras engullo una tras otra, viendo a ver si a partir de la quinta tortita me aficiono a lo insaboro, me digo que podían haberse llamado escobillas de váter, porque saben a culo. Charo ignora el mal que le deseo en este momento en el que mi ser necesita grasa hidrogenada y sal, pero lo nota, porque, más que acurrucados bajo la manta de ver la tele, estamos protegidos. El uno del otro. Ella se aferra a mí, intentado vencer mi resistencia a ser querido. Protesta, dice que soy un cáctus, que me cuesta mostrar mis sentimientos, que es culpa de mi madre, que, sentimentalmente, me educó como el orto.

- Sí, que a ti la tuya te educó mejor, ¡hay que tocárselos…! – Intentando tragar el amasijo de gomaespuma con el que están hechas las tortitas de arroz, defiendo el honor de mi santa madre.

- Oyeeeeeeeeeeee, si está irascible porque el gimnasio te cansa, no es mi culpa, eeeeh…

Charo se levantó, zapateándome el mando de la tele en toda la barriga, casi vacía, por cierto, porque las tortitas de caca no llenan ni comiéndote también el embalaje en el que te recuerda sus beneficios y sus calorías. ¿Y no va, la tía, y se enfada? ¿No había sido ella la que había arrestado mis patatas Lays? ¿No había sido ella la que había mentado a la madre que me parió?

- Charoooooo…

Grito desde el salón, sabiendo que no me va a contestar.

- Charooooo…

Vuelvo a gritar, pero sabiendo que pierdo el tiempo.

- Charooooo, me pica un huevo… – Digo, por provocar, mientras me rasco la entrepierna.

- Pero serás… serás… serás asqueroso y cerdo y puerco y boca negra… – No falla: ¡la pincho y salta!, pero le hago gracia, y eso es muy grande.

Charo volvió al salón a darme de hostias con los cojines y a tirarme de los pelos de la barba que me estaba empezando a crecer, como al tipo de la foto. Bueno, como al tipo de la foto exactamente no, porque a él le parecía tupida y molona, en cambio la mía, era rala por zonas, compensando con remolinos y canas en el lado contrario. Más que una barba hipster, la mía era una barba perroflauta, y mira tú que, a fin de cuentas, la cosa era la misma: no afeitarse y a tomar por culo. Pues nada, yo perroflauta y el de la foto del Cosmopolitan ‘bueno que te cagas’. Hay qué ver.

- Mira una cosa… – Charo interrumpió su guerra de almohadones y me eché a temblar, porque cuando una tía te dice ‘mira una cosa’ quiere decir ‘te vas a enterar’. Me castañeaban los dientes. ¿No me iría a dejar, verdad…? Me cagué… – ¿Cuánto tiempo va a durar esto?

- Joeeeer, nena, vaya pregunta… – tragué saliva – Pues lo que tú quieras, porque yo contigo estoy de la hostia, así que…

- ¿¡Perooo…!? – Charo se llevó el dedo índice a la sien, dejando claro que alguien allí estaba zumbado, pero que, por supuesto, no era ella – Digo, que cuánto tiempo va a durar esta matada de gimnasio, báscula, mal humor y comer bocata de panceta a escondidas…

- ¡Chechechéééé…! – Reí, nervioso, ¡no me va a dejar…!– Que no son de panceta, son de  b-a-c-o-n, que lo compro en el Hipercor y ahí es todo más caro y más fino, so cabrona…

Agarré un cojín de flores que me parecía horroroso pero que daba muy buen sobar a la hora de la siesta, y le di su merecido, almohadazo va, almohadazo viene. Charo, que tiene tan buen perder como el mío, se dejó dar y requetedar, con tal de que al final, los perdedores tuviesen su sesión curapupas y abrazos de oso. Los abrazos de osos, en esta mi santa casa, lo curan todo, eh, pero sobre todo y más que cosa alguna, las tensiones de pareja, porque qué mejor que un amasijo de brazos y barrigas felices, así, campando a sus anchas, mientras nos mordemos las orejas en señal de cómo tú, ninguna, que canta el Bustamante. Lo sé, aludir a Bustamante, siendo yo quien soy, queda entre cursi y pelele porque cuando conocí a Charo era un aguerrido camiseta negra, aficionado a la cerveza de barril y los cacahuetes sin pelar, pero…  león disfrazadito de cordero; o cordero disfrazado de león, que uno ya no sabe si era mejor el que era o el que es, porque estar con los amigotes mola mazo, pero hostiarnos con los cojines con Charo, seguro de que después hay tema, mola mazo más.

- Charo, tengo un hambre mortífera… – Dije, casi en un suspiro, con el poco fuelle que me quedaba para protestar.

- Las patatas Lays están debajo detrás de la caja de leche desnatada sin lactosa

- ¿Pero no era que no había, nena…? – Separándola de mí, como queriendo llamarle traidora en versión ‘cariño no te enfades, no te estoy insultando, tal y como parece’..

- No, dije que ya no te las compraba… – Charo se reía, mientras me mordisqueaba los mofletes – Esas las compraste tú: ¡yo solo las escondí!

- Tú eres mala… – Dije, indignado.

- Tú aún no sabes lo mala que puedo llegar a ser…

¡Ay, mamá! Y dicho así, los dos tendidos en el sofá y tras el abrazo de oso de rigor, me sonó a maldad de la buena, de que sólo Charo es capaz, sabe y me gusta. Su maldad y mis ganas de patatas Lays no competían, no jugaban en la misma liga porque en la balanza de pecados, mi gula por sus planes de amante perversa siempre ganaba por goleada. ¡Nos ha jodío…!

- ¿Y las patatas, Paco…? – Masculló ella, dejándose el Push-Up en el pasillo.

- ¿Estoy a plan, recuerdas…?

:)

 

3.- ENVIDIA

 

Podría quedarme mirando esta foto mil vidas. Quizás mil una, porque todos los días de las mil primeras se me quedan cortos y me saben a poco, tan poco como cuando estás llegando al chicle del chupa Koyak y se cae al suelo, dejando miles de aristas color cereza a su suerte, sin más orden ni concierto que el del caos y el desconsuelo de la que sabe que lo mejor, el premio gordo del chupachup relleno, acaba de hacer plof. Cataplum.

Los miro y pienso que difícilmente se puede tener más sintonía y más suerte, porque lo fácil es enamorarse; el carambirulí es mantener vivo ese amor hasta que te duelan las pestañas de tanto hacer ojitos, y palmar de amor en cuanto le hueles. Lo difícil es hacer de cada mañana un día épico, uno de esos días en los que parece que todo fluye y que la sinfónica de Viena te sigue, de habitación en habitación, adaptando sus acordes a tus movimientos febriles y desesperados, cubiertos de pasión reciente y aún con un trajecito de saliva campando a sus anchas por cada esquinita empolvada de tu piel (mola el símil, qué adecuado), esa misma piel que susurra a gritos ser tocada otra vez como entonces, como cuando todo encajaba, igual que en la foto.

Ser feliz es un arte de arduo entrenamiento y, aún así, no siempre resulta, porque te equivocas en el camino, tropiezas con piedras que decides saltar pensando que si no las ves, no las sientes; pero se te quedan enquistadas como esa esquirla de vaso de Nocilla que no viste al barrer el vaso roto, y te persigue de calcetín en calcetín, recordándote que, a tu edad, la crema de cacao no es bien; recordándote que, a tu edad, andar descalza no es bien; recordándote que, a tu edad, no hay mal que por cien años dure, más que nada, porque cada vez hay menos oportunidades para empezar de nuevo. Aunque sea con lo mismo, con lo antes, con lo que un día empezó como todo, por casualidad y sin más por qué que el sin querer y el quererlo todo. Todo, incluso esto, que ya no se sabe si es un quédate o qué, pero que sea lo que sea, sigue oliendo a nosotros, aunque el plural ya campe a sus anchas en lo que, hasta hace bien poco, sintiéndonos uno teníamos bastante.

No soy yo de las que se baja de los coches en marcha, que el vértigo me condiciona e impide según qué huídas a la loco y cinematográficas, pero hay que reconocer que si hubiese un spray acolchante (¿existe esa palabra? no tengo ni idea, pero si no es así, que la inventen) en el Mercadona para rociarte el corazoncito, pum, pum, pum, pum, pum, antes de gritar hasta luego, Lucas, me lo pondría de bodymilk una vez al día, quizá nada más despertame. Porque irse es fácil cuando sabes que no lo harás ni en sueños, porque es tanto lo que te une, que incluso el dolor de ver como todo agoniza es un pegamento que te retiene sin día ni hora ni fecha en el calendario.

Y esperas un gesto, algo que, cual epifanía, te diga que ya está, que ya llega el telesilla, y que el remonte está ahí mismo. Y se me viene a la cabeza el Everest, con sus fríos que te cagas, sus cabras protegidas por vete tú a saber quién, sus expediciones machotísimas y sus Yetis en plena fiesta de pijamas, y pienso que eso es fácil, que está chupado. Pero lo mío no. Lo mío sí es jugarse el pellejo todas a una. Apostar a caballo que nunca sé si es perdedor o ganador, porque la cabeza dice sopa, y el corazón me dice a ver qué pasa. El gesto no llega. O sí, pero sabe ácido porque no viene acompañado de bajada de ojos hombre, abrazo de hombre, beso de hombre, olor de hombre, respiración de hombre… con beso de hombre, ese que un día me selló los labios con su sabor a para siempre jamás, sabor a te pongas como te pongas, a hagas lo que hagas, a digas lo que digas. Con aquel primer beso prometió todo sin decir nada, y no hizo falta, porque supe entonces que ese era mi sitio. El lugar al que pertenecía y al que quería y necesitaba llegar. Entonces, marcharse no era moneda de cambio, porque ambos éramos un puzle de dos fichas, más simple que un Bic, pero que cuando la pieza del saliente daba con la pieza del recoveco, todo se impregnaba de ti. De mí. De nosotros. Otra vez la dichosa palabra. Cuando decir nosotros duele, es que alguna letra ya se está muriendo. D. E. P.

4.- AVARICIA

No es besar, que también, es hacerlo incluso cuando los labios no se tocan, en ese instante previo en el que las intenciones se arrodillan ante el olor a boca que quiere más de la otra boca y todo se llena de calorcito y humedad. Besar es mucho más que chocar dos trenes blanditos, cargados sentimiento y necesidad. Besar es parar el tiempo para que los ojos de tu otro yo pidan clemencia y babitas para siempre jamás. Por siempre jamás. Por eso, cuando estreno ligue, sé enseguida si se va a convertir en amor o se va a quedar con mi piel entre las sábanas.

Mi amiga Piluca dice que moriría por una vida llena de primeros besos, esos que se te quedan marcados tatuados y tantos años después sigues rememorando con los ojos cerrados, mientras te malbesa cualquier otro impostor, disfrazado de elegido. Una vida de primeros besos suena pistonuda, mmmsí, pero vete tú a saber si yo no echaría de menos el segundo, el tercero, el cuarto y quizá el quinto beso, ese que me suele resulta cómodo, mullido, suave y seguro. Nunca he sido yo de experiencias extracorpóreas, porque ni levito ni vuelo, que no tengo edad ni Biodraminas suficientes, así que lo de ir con hormigas en el estómago todo el día, hasta el fin de los tiempos, no va conmigo. El primer beso tiene sentido cuando el que te lo da, te lo regala desinteresadamente, como dádiva al encuentro. No suele pensar el afortunado que va a hacer historia en tu maniquea psique de señorita del XIX, en la que sólo hay cabida para caballeretes y chuflagaitas. Mal saben los chicuelos que me prestan sus labios cuando el destino nos hace cosquillas en el alma, que no morirá del todo nuestro fortuito juego, porque aunque su presencia sea fugaz, quizá lo que duren sus caricias en mi cuerpo, sus labios, su sabor a chico desea a chica porque chica es lo único que importa a chico se quedarán para siempre conmigo, para hacerme compañía en las noches en las que esté más sola que la una y no deje de preguntarme qué hace un corazón como el mío, tocando una tamborilada a solas, de madrugada y haciéndome sentir una caca. Una caca abandonada a su suerte y su no suerte. Caca singular, siempre el verso suelto en las fiestas de cumpleaños, en los que, por cierto, beso muchos labios, pero nunca unos que me reconforten y me hagan exclamar al carajo con todo, que yo me quedo aquí.

Por eso y desde entonces, todos mis besos me llevan a ti, que maldito el día respiré tu aire como si fuera mío. Dejé que rompieses la barrera de la cordura y ahora estoy donde estoy, comiéndome el tarro y preguntándome en qué instante bajé la guardia, y cual torero de rodillas a puerta gayola, dejé que entrases en mi pasillo de la fama, ese columbario de amores perdidos, que dejan su huella en la hornacina en la que guardo las cosas que valen la pena y a las que recurro noches como la hoy, en las que el lado frío de la cama me sabe a mi burro, a mi burro le duele la cabeza y el médico le ha dado jarabe de cerveza. Me sabe a qué hago yo ahora con los escalofríos que me provoca pensarte de nuevo. Me sabe a yo quiero más, y lo quiero ya, porque besarte fue y siempre será como intentar comerte sólo un Donut del paquete gemelar: so imposible, my dear! Y digo fue, porque fue, y digo será porque siempre estaré pensando en que una llamada sin identificar puede ser tu nueva vida que me reclama.

Pero con el paso de los años, la llamada es cada vez menos probable, casi tanto como volver a verte y, mucho más impensable aún, volver a oler el café de la mañana en tu cara recién afeitada, sabiendo que ocho horas de oficina son un océano abarcable sólo cuando estoy segura de que al regresar y abrir la puerta, eres tú lo que me hace sentir en casa, que no es lo mismo que estar en casa. En casa estoy ahora mismo, entre cuatro paredes, tres armarios, dos zapateros de Ikea y un improvisado cesto de la ropa sucia que no es más que un canasto de pisar uvas. También tengo una nevera grande con No Frost, que no hipercongela ni deja que las cosas se pudran antes de tiempo. Tentada estoy de hacerme un sitio al ladito de la mostaza y el jamón cocido, porque igual que la arañita pijamera, esa que se cuela en la pernera del pantalón mientras duermes, y te muerde desde el tobillo hasta el elástico de la cinturilla buscando salida con sus patitas de araña pequeña y jodona, cuando la soledad te da el primer mordisco, la crionización no suena mal del todo. No hay frío que cien pupas dure. Ni pupas que cien glaciaciones soporte. Pondré el refrigerador en la función a toda hostia, por si me entra prisa por no ser.

Es lo malo de no saber controlar las emociones y mucho menos los tempos: querer y quererlo todo, quererlo todo y quererlo ya. Si mi vida fuera el escaparate final de ‘El precio justo’, bastaría con poner una banquetita de tres patas con un cojín mullido, porque esperar es mi destino, mientras alcanzo a dar un valor irrazonable a lo que me pasa. Y ese precio eres tú. Cueste lo que cueste. Valgas lo que valgas. Porque eso es otra, no sé si eres o te supongo, pero para el caso es lo mismo, porque cuando la chispa arranca, no soy capaz más que de echarte de menos tal y como te quiero recordar, dejando a un lado esas otras cosas que te quitan qué sé yo, pero que, en todo caso, no están invitadas a mi cuadro de las lanzas. Imaginarte en plena potestad y plenitud de superpoderes, esos que te gastas con tan solo arrastrar las pantuflas por el pasillo, fusfás, fusfás, fusfás, creando un campo magnético  tal que tanto se te pegan las pelotillas de polvo del parqué como mis ganitas de vente aquí conmigo, que me duele perderte de vista.

Saberte como te sé un ya nunca más, y que te den, morena, te da un extra de atractivo, y sé que está mal en decirlo. Está mal en decirlo, y mucho peor en no asumirlo, porque entonces ¿de qué tanta pichochez con lo nuestro? ¿De qué eres el epicentro de casi todo lo bueno que quiero que me pase? ¿De qué un Euromillonazo es nada comparado a que el puto teléfono suene otra vez, como antaño, para preguntar a qué hora a cenar, que estás haciendo ravioli y no quieres que se queden en pegotones? ¿De qué sentirme así, cual periquito viudo, periquiteando lagrimas verdes de tanta soledad de mierda? Lo dicho, es lo malo de querer y quererlo todo, que te olvidas de preguntar cuánto está dispuesto a dar el otro. Doble o nada, hagan juego, señores. 

 

 

5.- IRA

 

Un día te levantas y piensas que la vida de cualquiera es mejor que la tuya. Y ya se montó, porque supongo que no son mundos estos para andar de sobrado, diciendo que puedes con todo, con lo que te echen, porque lo mismo van, y te lo echan. Te echan toda la mierda encima, toda la que encuentren, y después tienes que decir que nieva, claro. Al carajo con todo, con lo que está bien y lo que tiene que ser así porque a alguien le salió de sus santísimos cojones de sentenciar que era así. No me gusta alardear de carácter y después arrepentirme, que para bipolar perdida ya está la Britney Spears, como dice mi novia; que si un día estoy cachonda, al otro me rapo el pelo, el de más allá me engordo como un chanchito al espeto, al siguiente me disfrazo de putón verbenero… eso sí, porque la Britney se arrepiente y es Trending Topic. Yo me hago mutis por el foro, y soy un puto achantado que se hace caquita en cuanto su chica le dice que en el salón no comen panchitos porque las migas se pegan a la microfibra del sofá. Y sí, hostia, la verdad es que sí que se pegan, pero a mí qué me importa, me pregunto yo. No me importa nada; es más, hasta que conocí a Tania no sabía que eso podía ser importante o no importante, porque cuando las migas de los panchitos se caían en el sofá de mi piso de soltero, las sacudía al suelo ¡y ancha es Castilla…!. Muerto el perro, se acabó la rabia. Suelo lleno de migas, pero nada que con las zapatillas no pudiese esconder bajo el sofá.

Pero Tania lo complica todo por su ansia de limpieza, de orden, de concierto, con su idilio con la secadora. Hasta que me mudé a este piso en el que parece vivo con Mister Proper, no tenía ni idea de que el aroma del detergente y el suavizante debían estar coordinados. Ni una puta risa, que va en serio. Coordinados, es decir, que si te manda al Carrefour y coges detergente jabón de Marsella, pongo por caso, no puedes echarte al suavizante jazmín silvestre, porque cuando llegas a casa y tu novia lo ve en la sala de lavado, se le riza el pelo del flequillo, yo diría que hasta se le alisa el pubis, fíjate tú: ¡te monta un pollo que te acuerdas de tu prima la coja!, avisado quedas. Esa noche no cenas, tenlo claro, pero ni se te ocurra deslizar un pie bajo las sábanas, que esa noche no se folla, amigo…

Eso debe ser lo que llaman la tiranía de la convivencia y la mierda de la liberación de mercado, porque antes, cuando yo era niño, recuerdo que mi madre me mandaba en mi Orbea al Spar de la Socorrito, yo cogía el tambor de detergente que me cabía en la cesta de la bici, y no pasaba nada. No sé si mi padre follaba o no aquella noche, que son mis padres y no quiero saberlo, ojú, pero mi madre no me decía ‘hijo, este olor a cartón piedra del ofertón de la Socorrito no va a dejar los toallas como para acariciarle es escroto a un querubín’. Mi madre, que estaba más preocupada en poder llegar a fin de mes y porque no llegase una nota del colegio diciendo que me había fumado dos clases de la mañana, era una tía sensata, que ponía al puto detergente en su lugar: polvo eres, y en espuma te convertirás. Chispum.

Pero Tania es de ese sector del género femenino que se toma cada decisión doméstica como si fuese un decreto Obama: somos la nación más poderosa del mundo, hacemos lo que nos sale del orto. Ella no tiene orto, tiene culito, ya lo deja claro el texto del embalaje de sus salva slips: ‘quita la tira adhesiva y colócalo en tus braguitas’. Si usa braguitas, tiene culito. Si dijese braga faja de colgar con tres pinzas en tendal, sería culazo, pero esa es otra guerra, la que yo siempre pierdo porque en esta casa no se puede decir que el culo de Kim Kardashian es un puto sueño delirante, porque se le tacha a uno de enfermo. ¡De enfermo!. Enfermo me pongo cada vez que la veo y pienso el frío que debe quitar un culo así en pleno invierno. Pero a lo que iba, el caso es que lo que Tania entiende por compartir las tareas del hogar es que yo haga lo que ella decide. Sin más. Y que lo haga como ella quiere, que para eso vivimos en su piso, un lugar femenino donde los haya, en el que hay que cagar aguantando que Leonardo Dicaprio te sonría, y no es una frase hecha, que ojalá. Tania tiene enmarcado a tamaño natural el poster de Titanic, y no encontró lugar más sugerente para colgarlo que frente al inodoro (yo siempre dije váter, así, a lo chungo y tan propio de barrio, pero a mi chica la rechina oírlo, así pues, inodoro). Y ahí me tenéis, con los pantalones por los tobillos y el gallumbo a media asta, haciendo de cuerpo mientras el Leonardo me mira como diciendo, yo aquí, a punto de morir congelado en el medio del puto mar y tú ahí, giñando tan ricamente. Tanto me intimida y de tan mala leche me pone, que tirarle un toallón por encima, pero cuando me olvido de quitarlo, Tania me recuerda que el póster está sujeto con un cuelga fácil y que me lo voy a cargar. Lo del cuelga fácil tiene su aquel y su segundo rollito, porque lleva años pidiéndome que haga una agujero en condiciones con el taladro, con su tojino y polvo anaranjado de ladrillo pulverizado; yo me resisto, una por ver si el Leonardo se come la hostia padre contra el suelo y puedo cagar tranquilo, sin síndrome Gran Hermano, y otra, porque sé que como se astille una azulejo en plena sesión de Bricomanía, a Tania hay que ingresarla en la López Ibor, que no tengo ni puta idea de dónde está, pero que ella dice que es el psiquiátrico MUST HAVE, al que va todo el famoserío de Madrid. En la López Ibor o no, ni me arrimo al taladro, fingiendo siempre algo que hacer, lo que sea, incluso pasar el aspirador en los cojines del sofá, porque si llega mi chica con su detector de miguitas y me pilla en un renuncio lo mismo no es que no folle, es lo mismo ni ceno. Y eso, eso sí que no, no me jodas…

Por si no lo he dicho antes, llevado por mis falsas iras de tío-hasta-los-güevos, yo me siento muy bien conmigo mismo, con mi masculinidad menoscabada a golpe de risas y cariño, pero lo cierto es que de vez en cuando, muy de vez en cuando, me entra la rebeldía pandillera que todo hombre lleva dentro y me dejo ir; me dejo ir hasta que, rascándome las bolas, en pijama, y echando una partida al Candy Crash, reconozco el ruido de sus tacones saliendo del ascensor y pienso por fin llega, ya está aquí, hay que ver las ganas que tengo de tirarla en el sofá y despeinarla en medio de abrazos y risas. Hay que ver lo pelanas que me he vuelto desde que el amor llegó a esta barriga cubierta de pelos, que ella dice es el mejor lugar en el que dormir. Tania es una obsesa de lo suyo, del suavizante y el detergente, pero tiene tantas cosas cojonudas, que en la balanza todo se inclina al lado en el que ella reina como merece, como mi chica imperfectamente 10, mi 9.5, esa a la que echo de menos cuando estamos enfadados, y a la que llevaría sobre mí una y mil veces, como el Dicaprio de los cojones en el hundimiento del Titanic, aunque Tania, al igual que la prota, tampoco me dejase sitio en el madero que le salva la vida, aún a sabiendas de que cabemos los dos. Así de ordenadas son ellas: si me quieres, que el amor sea épico. Morir de amor debe ser eso, supongo.

 

 

6.- PEREZA

Así, cabeza abajo, inspirando aire invertido, haciendo que todo encajase en el puzle incompleto de mis no sé qué hacer. Cuando la cordura manda al carajo el plan A, lo que viene después siempre suele ser mucho peor, pero curiosamente más entretenido. No digo que sea más divertido, ojo, observo, solamente, que da más que hacer. Y salga bien o salga mal, it’s no my business, porque me protege la ley de medio ambiente como especie en extinción, capaz de sufrir uno y llorar dos. Un espécimen único en el mundo, que puede rellorar rinconcitos ya llorados, falsamente superados. Un maravilloso ejemplar de plañidera anfibia, que puede flotar, cogida a sus penas, por mucho gin tonic on the rocks que me quede en el vaso. Y aquí estaba yo, cabeza abajo, poniendo negro sobre blanco en la poca sangre que aún me quedaba en propiedad, tras la herida de no saber perderle.

Fue en un pueblo con mar, una noche después de un concierto. Yo reinaba detrás de la barra del único bar que había abierto… ya lo cantó alguien antes, sin embargo, la tristeza no me advirtió de que la historia era extrapolable a cualquier corazón errante, que vaga solitario en busca de caricia que lo calme. Cierto fue, entonces, que yo era la camarera. Cierto fue, igualmente, que él entró de sopetón, como sin querer, con aspecto de no saber si pedir algo de beber o una tacita de Sopistant. Ese aire taciturno, tan de perrito sin hueso, que le salía sin querer, que le arropa el yo qué sé, yo pasaba por aquí, inundó el local. No diré yo que hubiese ciento y la madre de clientes, porque ya era hora de cerrar, pero algún impenitente habitual aún había, adornando la mesa junto a la ventana. Y, de repente, él. Él, qué más puedo decir de aquella primera y única vez que le vi. Él, su lánguida sonrisa de vaca sin cencerro. Él, y en la radio sonando bajito un Sabina de voz vivida y rasgada, que, como siempre, sabía de qué pie cojeo. Se acercó a la barra como si lo hubiese hecho mil vidas antes, y se sentó, en silencio. Dejó caer las manos y apoyó la cabeza sobre ellas. No dijo nada, sólo me miró, mientras tarareaba a puro susurro ‘y morirme contigo si me matan, y morirme contigo si me muero, porque el que no muere mata, porque amores que matan nunca mueren’.

- ¿Te pongo algo…? – Le dije, para romper la magia y que su polvo de hadas no acabase de dejarme helado el corazón por los siglos de los siglos.

- Una vida a tu lado, sin hielo ni limón. Contigo no necesito aderezos…

Touch down. Tocada y hundida. Estocada en toda la coraza de niña con Máster en Chulitos de Última Hora. Para todo podía estar preparada, que por condones y toallitas refrescantes la cosa no era. Podía estar preparada para todo, como digo; para todo, excepto para ver verdad casual en unos ojos en los que no me había visto reflejada jamás. Soy camarera, no gilipollas. Sé cuando un tío me quiere meter en la cama o en almacén, para arreglarnos la noche y alegrarnos el día. Estoy acostumbrada a los príncipes multicolor, que intentan a cada momento hacerme creer en leyendas de caballerías y corceles blancos. Estoy acostumbrada al juego de falsos cortejos, que así va el asunto, para qué engañarnos. Pero no estoy acostumbrada hoy, ni lo estaba entonces, para recibir un extra de ocurrencia y atractivo por parte de un no sé tu nombre, ni falta que hace, y que me hiciese sonar do-re-mi-fa-sol-la-si costilla arriba, costilla abajo.

- Vaya, me pillas sin vidas del tiempo – Le dije, sonriendo – Puedo ofrecerte un ‘ese cuento ya me lo sé, beibe’, en este pueblo gusta mucho…

Él, con tu sonrisa horizontal, ligeramente apuntada en las comisuras, rió a todo pulmón mi mandoble torero. Para mandarle al carajo me sobraba noche, así que la retórica fue mi sobre sorpresa. Carcajeó liberado, con tanta gana como si las ansias de ser feliz le molestasen en la glotis. Me gustó oírle, me gustó verle, me gustó mirarle. La sonrisa, como tantas otras bellezas paganas, sólo sienta bien a los dioses capaces de diabluras. Se me antojó libre, sin complicaciones, con esa dosis de felicidad desenfadada tan necesaria y envidiable para una chica como yo, que sueña con hacer realidad su a la mierda con todo. Lo sé, podría hacerlo cuando me diese la gana, porque qué podría perder la que nada tiene, salvo kilómetros, carretera y manta, pero la falta de apetito vital es un mal familiar que arrastro con ego-filosofía y Coca-Cola light.

- Si sigues mirándome así…

- Si sigo mirándote así voy a tener que besarte, y yo no soy ir por ahí besando a desconocidos… – me cortó.

- No sabes lo que alegro – le dije, sonriendo, mientras me apoyaba en la barra frente a él, a escasos centímetros del perímetro de fuego – porque este año se lleva mucho la barba y el bigote. Besar a un hipster debería ser considerado deporte de riesgo…

Volvió a sonreír, pero esta vez mucho más relajado y abandonado a su luz natural, esa que me cegó de una vez para siempre jamás. Tan cerca de él, barra de por medio, pude respirar su aliento, mezcla de roncito-cola y algo que me recordó al almizcle. Se me vino al paladar la idea de que besarle tenía ser como saborear un caramelo tofe de Solano. Instintivamente, cerré los ojos, imaginándome como sería sentir el dulzor de su boca sobre la mía. Corriente eléctrica, 220 V a su puta bola, cuerpo a través. Sentí como me rozaba los labios, ansié fuera, en verdad, el beso soñado, pero no, cuando abrí los ojos, vi como me dibujaba el contorno de la boca con el dedo, con sumo cuidado, con dedicación renacentista, con virtuosismo propio de maestro de la Capilla Sixtina. Desde la mesa de la ventana, alguien requería mi atención, a golpe de otro cacharro, morena de mi copla. Aun a riesgo de que el fin del mundo dependiese de que yo le acercase un cubata a aquel roba escenas de amor, nunca estuve tan sorda, ni tan muda… ni tan ciega de abrázame hasta que nos pille la mañana.

Lo que pasó después, lo recuerdo muy entre sudores, risas y embestidas. Salimos del bar como si hubiésemos sido pareja desde mucho antes de haber nacido. Nada de aquí te pillo, aquí te mato, que habría roto el hechizo de lo bueno. Hicimos nuestro el arte de la seducción, y cada uno cuidó  su baza, para asegurarse un bonus extra en la batalla final. Estaba claro donde acabaríamos, porque no había sitio mejor en el que guarecer nuestro quédate conmigo hasta que se nos duerman las ganas. Al abrir la puerta de mi casa, el escenario de mi yo habitual, el de soledad escogida porque donde hubo desamor, dolor queda, me laceró un instante. Allí, en el umbral de mi cueva, donde me guarecía y me guarezco, donde me dejo llevar por el cansancio para no pensar, miré hacia atrás, presa de aquel olor a tofe que aún salía de su boca. No lo había probado, pero sabía que en cuanto nuestros labios se rozasen, aquel dulce sabor me acompañaría para siempre jamás. Sin remedio. Sin remisión. Sin resistencia. Sin oposición y con todas mis fuerzas, me dije, sí, sea lo que sea, acabe en lo que acabe, es él. Este es mi minuto de amor. Me lo merezco.

Aquella noche fue indescriptiblemente genial; por mucho que me esfuerce, no podría dar un símil a lo sentido, porque nunca antes mi piel había vivido así. El delicioso sabor a tofe, oh my God…!, dio paso a lo demás, y para cuando me di cuenta, estaba poniendo más corazón que pasión, y mi cabeza iba y venía, imaginándome que aquello no iba a acabar nunca. Buen sexo, el mejor, ¡qué coño voy a decir! Pero no era eso lo que me hacía volar cual bailarina del Bolshoi, era su actitud relajada, su necesidad de caricias y cariño a partes iguales, su aura de muchacho sin dueño, de hombre que va de hombre que está a gusto con una mujer que está a gusto. Su manera de hacer fácil aquel acto de pasión entre dos desconocidos, esforzándose por filtrar la caducidad de lo nuestro de aquel encuentro. Se empeñó en hacerme sentir bien, y lo consiguió. Tanto, que cuando nos quedamos dormidos, me acurruqué en su axila, olvidando que no soportaba el olor humano cuando no era mío. Aquel olor a gladiador en la arena me hizo perder la cordura. Respiré el aroma de su vello sudado, sin importarme nada o un  pito que mi nariz lo rechazase, porque todo lo demás de mí, de la cabeza a los pies, deseaba impregnarse de aquella sensación de haber llegado a casa.

- ¿Quieres que me duche…? – Me dijo, sin salir del duerme vela, al oír mi respiración intensa bajo su brazo.

- No, si no es conmigo – Le dije.

A renglón seguido, estábamos en mi desvencijada bañera, sumergidos en un agua calentita, oliendo a gel Legrain París de bote violeta. Enredados cual guirnalda de navidad, pies con pies, piernas por doquier, abrazados para sobrevivir al iceberg de espuma colosal que venía hacia nosotros. No recuerdo muy bien de qué hablamos, tampoco es importante. Recuerdo la estampa y la comodidad de sus brazos, recién descubierta. No era la primera vez que mi bañera tenía invitados, pero sí la primera vez que yo no los sentía como tal. Noté como todo tú crecías de amor hacia mí, y me gustó la idea de amarnos en el baño. No había mucho sitio, tampoco era necesario. Otra vez risas, susurros, miradas, caricias llenas de complicidad. Silencio. Inspiración. Silencio. Expiración. Silencio. Inspiración. Silencio. Expiración. Sssssssiiiillllleeeeennnnciiiiiiooooo. Oooooh.

- ¿Te hago daño…? – Me dijo, intentando protegerme de algún modo, del rigor de la cerámica de la bañera.

- Se me ocurren mil maneras de llamarlo, pero daño no…

Y llegó la mañana. El sol que se colaba por las rendijas de la persiana anunciaba que el influjo del hechizo se había acabado: había que tomar una decisión. Yo era la camarera del único bar que había abierto en un pueblo en el que él había parado por casualidad. Él era… ¿quién era él? ¿Qué sabía yo de él, salvo que había sido lo mejor de mí en los últimos años? ¿Qué ganaba yo con saberlo? ¿Quería saberlo, realmente? ¿Y si, a la luz del día, aquel muchacho ideal se tornaba tosco como todos los demás? ¿Y si aquella sensación extraordinaria de sentirme bien era una quimera, una sombra platónica, a lo mito de la caverna? ¿Y si…?

Me he tomado la libertad de ahorrarte la parte fea. Me marcho sobre las 13.00. Estaré en la plaza esperándote, no vengas a despedirte si no es para venirte conmigo.

Me encantaría llegar a quererte, sólo eso.

Lo que en cualquier otra circunstancia hubiese sido un final colosal, porque los ya te llamaré, si eso se me daban fatal, aquella mañana me sacudió como un cólico nefrítico. Se había ido sin avisar, improvisando un post-it sobre la mesilla, aprovechando una página de un viejo dominical que había sobre la mesa. Se había ido. ¿Cómo no lo había oído, yo, que presumo de tener oído de tísica? Fácil el exceso de relajación me había anulado la conexión a la realidad. Tan bien y tan cómoda y tan plácida y tan feliz y tan de todo me había quedado tras nuestra noche juntos, que la mañana me había pillado con el Zzzzzzz por sorpresa. Miré el reloj, eran las 12.30, si me apuraba, podía alcanzarlo, a él y a su promesa de hacer todo por quererme. Recorrí mi casa con la vista, me vi en cada rincón, a mí y a mi soledad escogida porque mi anterior historia de amor me había dejado mutilada la vena de la ilusión. Pensé meter en una bolsa cinco bragas, dos Push-Up, tres vaqueros que me quedaban como un guante y cuatro camisetas de tiras que hacían de mis tetas dos buenas razones para no dejarme ir tras la primera discusión. Pensé en ir al baño y hacer un hatillo de emergencia, con dos cremas, el cepillo de dientes, la plancha del pelo y el cepillo de rulo. Pensé en coger dos pares de sandalias y unas All-Star por si resultaba inevitable ir a pasear con su madre o el perro de su herman (¿tendría perro su hermana? ¿Tendría hermana? ¿Tendría madre? ¡Ay, Dios!, ¿y si no le caigo bien?). Me latía el corazón a todo trapo. PomPomPomPomPomPom. Podía dejarlo todo. Tenía que dejarlo todo. Debía ir con él, que no tras él. Pero…

Tiriiiiiin.

WhatsApp. Cojo el móvil, obviamente no podía ser él, porque las horas compartidas habían dado tiempo para casi todo lo importante, menos para darnos el número de teléfono. Miro la Display y veo que el pasado se afanaba en recordarme que es la vida la que actúa a capricho, no yo la caprichosa. Después de muchos meses, quizá no tantos, pero mi psique así los había sufrido, Gonzalo, mi ex pareja, había decidido contestar a mis tropecientos mensajes de arreglemos esto como adultos, no te escondas detrás del silencio y hablemos, lo nuestro no puede acabar así, sabes que yo te quiero como nunca he querido a nadie, un error lo tiene cualquiera, yo a ti te lo hubiese perdonado, lo siento, lo siento, lo siento, lo siento.

Por un instante, quise borrar el mensaje sin abrirlo, porque hacerlo significaría volver atrás y ahora estaba en otro punto, quizá el de partida hacia ninguna parte, pero acababa de ver la luz tras un invierno largo de culpas y por qué siempre la cago cuando algo vale la pena. Me temblaban las manos, sabía que, fuese lo que fuese que Gonzalo quería de mí, el sólo hecho de que por fin me hubiese contestado, no podía ser mala señal. No teníamos cuentas bancarias en común, no había pertenencias que devolver, no había regalos que retornar a modo de reproche. Fuese lo que fuese que quería, debía ser en positivo. Miré la nota sobre la mesilla, aquella esquina de revista rota a mano, como con prisa pero seguro de que cumplía las funciones de carta de amor 2.0, y pensé en lo bien que debía estar pasándoselo el destino, poniéndome en la disyuntiva de empezar o retomar. Cuando el futuro depende de un Thelma y Louise, mar o montaña, izquierda o derecha, siempre pienso que mi intuición se queda sin armas. Sabiendo como sé que a mí no me toca la Primitiva ni soplándome los números ganadores dos semanas antes, siempre  pienso que la clave para acertar es tomar la opción contraria a lo que decido.

Dos vías, dos vidas. Una única estación de llegada. Chuchúúúúú.

Y cabeza abajo en el tresillo del salón de mi casa, imbuida una disyuntiva irrespirable, me debatía entre ir o quedarme, entre emprender o retomar, entre probar y parchear. Cabeza abajo, con las ideas ad hoc, sufro y soñaba con acertar en la decisión, desacreditando a mi imán para hacer siempre lo incorrecto, a tomar el camino que el lobo recomienda a Caperucita. Abuelita, abuelita, que ojos tan grandes tienes; son para verte mejooooor. Abuelita, abuelita, que orejas tan grandes tienes; son para oírte mejoooor. Abuelita, abuelita, que boca tan grade tienes; es para comerte mejoooooor. Ah, vale, si era para comerme mejor, la cosa ya eran palabras mayores…

Miré el reloj de nuevo, ya casi eran las 13.00, o me daba prisa o aquel tren que anunciaba salida se iría sin mí y me quedaría con las ganas de saber si aquel era o no mi vagón. Seguía sin abrir el WhatsApp de Gonzalo. Como enajenada, cogí mi bolsa de ir al gym y metí cuatro prendas de ropa, no recuerdo muy bien cuáles, porque no dejaba de mirar el móvil, por si llegaba otro mensaje, reprochando la lenta respuesta o qué. Me giré, y volví a mirar la nota sobre la mesilla. Las notas no son como los WhatsApps, no emiten sonidos cuando llegan, pero tienen una campanilla virtual, que cuando las observas un segundo, te sacuden cual alarma de incendios. Observas cada letra, analizas los puntos sobre las íes, si son redonditos cual Lacasitos, si son como lunares de una bata de cola, si recuerdan a rosquillas de Santa Rita. No tengo ni idea de grafología, sin embargo, los puntos sobre las íes son importantes para saber más de sus amos. Los puntos sobre las íes ponen los ídem sobre las tales, manifestando intención y verdad.

- Esa í, tan redonda, tan perfecta, tan sutil…

Seguí metiendo ropa, puede que siete tangas y una braga no me lleguen, pero compro más cuándo llegue a no sé muy bien dónde. Miro el reloj, faltaban cinco minutos para las 13.00; no importaba, la plaza del pueblo estaba muy cerca de casa. Metí también un despertador de Hello Kitty, por si el amor me pillaba durmiendo demasiado. Tic, tac, tic, tac, tic, tac. El cargador del móvil. ¿Móvil? Volví a mirar la pantalla: ni rastro de nuevo mensaje. No lo abras, no lo abras, no lo abras, no lo abras. Cerré la larguísima cremallera del bolso del gym, convertido en maleta para el éxodo inminente. Oigo el brrrbrrrbrrrr del cierre, que no termina nunca, y me digo, ¡preparados, listos, ya, reina! Oigo la campana solemne de la iglesia, que anuncia la una en punto. Cojo las llaves, me miro en el espejo de la entrada, entorno los ojos y susurro a por todas, chata, que la felicidad no es un boomerang de ida y vuelta. Portazo, carrera escaleras abajo, dejo atrás calles que dan lugar a otras calles que, por fin, me conducen a la plaza del pueblo. A lo lejos, intuyo la silueta de él. No me ve, está absorto, mirando de un lado al otro, pidiéndole a alguien que hay dentro de un coche, que espere un minuto más. Oigo como mi móvil vuelve a sonar dentro de mi bolso. No quiero mirar, pero quiero mirar. Me diluyo tras una esquina, viendo como él espera a que yo aparezca, porque no ha perdido la esperanza de que lo de ayer haya sido el comienzo de algo, aunque no nos conozcamos, pero tenemos todo el tiempo por delante para lograrlo. Lo miro y me reafirmo en mi corazonada: mi minuto de felicidad bien entendida está ahí, es él.

Y aún así, no puedo dejar de pensar en que en mi bolso, tan lleno de pasado, con el móvil esperando a que yo regrese al punto de mierda del que partía, en el que vivía hasta la noche anterior. Veo como mi oportunidad de empezar de nuevo se sube al coche que aguardaba encendido, y no hago nada. Me dejo caer al suelo, resbalando la espalda sobre la pared del edificio que me prestaba anonimato, y respiro. Respiro como puedo, porque sé que ya nada. Ya no. Ya para qué. Respiro. Oigo como el coche se aleja. Los coches cuando se van hacen ruido de despedida, de hasta luego, Lucas. Respiro. Mierda, me digo. Mierda, me siento. Respiro. Levanto la cabeza y miro al vacío. Una señora mayor con bastón camina a ritmo de ballet, dos niños y una pelota, un clásico de la animación popular, discuten sobre si fue o no fue mano. Y yo, tan tonta como para no darme cuenta de que mucho antes de hacer de mi bolso del gym la maleta de mi gran huída, ya sabía que no iba a ir a sitio alguno, por mucho Edén y Adán que me esperase. Llorar es de palurdas, me dije. Palurdas y cobardes, pero conocerse es todo un honor carente de gloria.

Abrí el WhastApp de Gonzalo; obviamente, si no me había subido al coche que me auguraba una nueva oportunidad de amar, era porque mi corazón seguía latiendo por quien lo había abandonado tiempo atrás. Nunca ha sido Gonzalo muy locuaz, que no sentido, así que cuando vi mucho texto, me pregunté cuántos días habría estado pensado qué poner.

 * Quererte no fue un error, el error fue creer que lo nuestro tenía posibilidades de ser para siempre.

* No sigamos con esto, nena, se acabaron los mensajes y las culpas.

* Cambio de número de móvil, para ponértelo más fácil.

* Que la vida te vaya como mereces y como te la curres.

* Fuiste lo mejor y lo peor, esa eres tú.

¡Plas! Ahí estaba yo, con el culo rayado por los raíles de las baldosas clavados en mi coxis. Con la espalda estucada por el proyectado de la fachada que encofraba mi pena. Con la garganta colapsada de me cago en todo lo que se menea. En mi cabeza aun resonaba el motor del coche que minutos antes me daba la oportunidad de escapar a mis decisiones equivocadas. Se me vino a la cabeza la noche anterior, la bañera llena de espuma, el olor a tofe de una boca que no había besado antes pero que me supo a quédate conmigo mañana y siempre. Recordé aquella sonrisa perversa, de conquistador despreocupado, y me sentí caer al vacío, como tobogán al centro de la tierra. Hacia la lava ardiendo que inunda el núcleo del planeta, así iba yo, con mi lástima y mi remordimiento natural, ese que siempre me impide tomar la dirección correcta. Había perdido mi tren y volvía a ser la misma que hacía dos noches, como si la anterior fuese un lapsus, un agujero negro en el que la alegría y la felicidad giraba y giraba, a toda hostia. Allí estaba de nuevo yo, amargada por no haber sido capaz de jugármelo todo al dos de corazones, carta ganadora. Puta pereza de existir, que me lleva siempre a conformarme con lo peor de mí.

No hay pasión que mil vidas dure, ni desamor que cien años te persiga. Tengo cuarenta, sólo tengo que esperar a que la buena suerte trepe hasta mi ventana. No sé mucho de estadística ni probabilidad, pero si él paró una vez en este pueblo con mar, una noche después de un concierto, no sé por qué no podría volver a hacerlo, a fin de cuentas, no se ha hecho el amor para los que se rinden a la primera. Lloro tanto y tan alto, que los niños de la pelota se asustan y se alejan de mí. Supongo que tienen miedo de que la pena se les contagie. Puede que lleve media década allí, sentada en la esquina de la plaza, porque el frío me tiene casi paralizada. Oigo unos pasos que se acercan, los ignoro, porque si levanto la cabeza verán mis ojos hinchados de desesperanza. Los pasos cesan, yo sigo con la cabeza entre las piernas, ahogando mi sollozo, para evitar preguntas incómodas. Sé que alguien me mira, no necesito mirar para saberlo.

- Hey, hey, hey, heeey…

Mucho antes de que levantar la mirada, percibí un olor a tofe que hizo que se me disparase el aleluya. No puede ser, no puede ser, no puede ser, no puede ser. Y, sin embargo, era.

- ¿Sabes, la puntualidad nunca ha sido mi fuerte? – Digo, enjugándome los ojos, en un vano intento de ocultar mi llantina.

Él se sentó a mi lado, con la espalda sobre la pared, y pasó su brazo sobre mi hombro. Me besó el pelo y como quien no quiere la cosa susurró, no sabes el miedo que me daba no encontrarte de nuevo. Respiré hondo, sonreí y pensé en que la vida está llena de pequeñas cosas que merecen la pena.

- No te hagas ilusiones – le dije, divertida – No soy de las que se enamora en la primera cita…

- Me alegro, porque esta ya es la segunda…

:)


1.- We are family!

PROPUESTA DE BSO PARA LA LECTURA DE ESTE POST

https://www.youtube.com/watch?v=eBpYgpF1bqQ

Permitidme que me presente, porque no es de buena familia empezar a hablar y hablar, sin ponernos nombres a los que atenernos. Mi nombre de pila desde el año 1975 fue Noemí, pero cosas de los óvulos y los espermatozoides, desde agosto del 2011 me llamo mamá, mamita, maaaaaaa o mami-no-me-oyes-o-qué. Como os sé listos y agudos, con capacidad innata para leer entre líneas, ya os haréis cargo, pues, de mi condición de mater, o de asistenta del amor incondicional 24 horas, 7 días a la semana, 365 al año, o quizá más si son bisiestos, que aun no me ha coincidido ninguno. Como lo de la mutación del nombre ya me encajaba bien, en 2014 me volví a animar, y, oh, osados concursantes, mi maridito y yo nos aventuramos a repetir experiencia, con lo que ello conlleva en ya no ser, si es que alguna vez fuimos, una pareja con tiempo para el ocio y la molicie, que ya ni nos acordamos, oyes.

Y no entendáis desde este púlpito de letras y desiderios que me quejo en absoluto de mi nuevo estatus de alerta natural, en el que veo peligros, más diría, los huelo, como los grifones las trufas, y me dedico a seleccionar y arrestar todo aquello que puede lastimar a mis vástagos de amor; entended en estas líneas, si es menester, un lugar de encuentro para todas aquellas mamás que viven esta hermoso viaje que es criar, como un maravilloso sindiós en el que sentirte imperfecta, siempre de aquí para allí, pero en todo caso sin estar ni aquí ni allí al cien por cien, siempre con ese sentimiento de llegar tarde a todo, a pesar de que todo esté ya controlado; un nuevo ritmo vital en el que has de aprender a disfrutar porque a fin de cuentas, ya lo dijo alguien antes: la vida es lo que nos va pasando mientras esperamos no se sabe muy bien qué.

Vale, pues aceptando pulpo como animal de compañía, la maternidad a los 40 no es lo mismo a los 20, ni cuerpo que lo resista. ¡Nth, nth, nth, nth… que no! Si la pregunta es cómo lo sé si yo no he parido a esa tierna infancia, la respuesta es porque sí. Ya está. Esta es otra de las perlas que aprendes cuando tus niños empiezan a revelarse: cuando el diálogo se hace imposible y la retórica democrática no encaja con la discusión sobre metemos o no metemos un cocodrilo hinchable de 1.30 metros en la bañera, se impone la ley marcial. ¡A la de tres, el que no esté en la bañera de una p*ta vez, tiro del tapón y se va todo el mundo a la cama sin bañito de espuma! Y ya está. Ahí estás tú, intentando encontrarte detrás del golpe de estado a la cordialidad, a tu filosofía de en esta casa se habla todo, que dialogando se crían las personas de bien; te buscas detrás de cada bufido porque el desorden ya es una forma de vida, en la que intentas reordenar el caos, sabiendo que, en sí mismo es un imposible, casi tanto como meter el cocodrilo en la bañera y que, p-o-r  s-u-p-u-e-s-t-o  acabas cediendo a su presencia XXL, porque los lloros chantajistas hacen eco con el alicatado del baño, y pesa más tu miedo que los vecinos llamen al SEPRONA, alertando de una cacería ilegal de reptiles de gran tamaño (¡mamita, el cocodrilo llora si no lo tratas con cariño, eeeh…!, el primogénito dixit a grito pelado).

Pero empezando por el principio, la maternidad es una revolución inexplicable, porque no hay palabras que puedan traducir tamaña explosión de sentimientos, y todos ellos tan intensos, contrariados, tan a lo loco y tan seductores como altamente adictivos, que incluso muerta de cansancio y de temores, no puedes dejar de sentirte que-te-c*gas, porque eso es la verdad de ti, de todo lo tuyo, la extrema compenetración con el papá de tus tesoros, que siente, se implica y vive todo como tú, tan a la que cae, pero siempre intentando mantener el tipo, que parezca que sabemos de qué va todo esto, nos decimos con la mirada, cuando, en realidad, no tenemos ni idea… Nos dejamos llevar por la máxima de cariño, atención, cuidado y tiempo compartido. No tenemos ni idea de si los granos del culo son por irritación o porque los lunares se han puesto de moda otro año más. No tenemos ni idea si una fiebre repentina es vírica, bacteriana o la madre que me va a parir. No tenemos ni idea de qué es lo que funciona o no para que duerman bien y del tirón (ay, mamá…). No tenemos ni idea de cómo se produce ese milagro que se llama masticación y que tú mueres de ansiedad por si se atragantan. No tenemos ni idea de si ver dibus en la tele es bueno o malo, pero es necesario si quieres ir a hacer pis cuando estás sola con los dos niños en el salón, mientras el papá limpia vómito en la habitación del pequeño. No tenemos ni idea de lo que es ‘un fin de semana en pareja’, por mucho que las revistas de nueva onda aseguren que es lo mejor para la nueva familia (¿qué hago con los niños, les doy 40 euros y que vayan de festival acampada con Dora, la Exploradora o cómo?). No tenemos ni idea de casi nada, y eso es lo más mola de nuestra aventura en común: escribimos nuestra propia historia, tomayá! J Ser padres hoy, Crecer feliz, Tú bebé, hago míos vuestros consejos, pero, disculpando mi osadía, a vosotros os querría ver yo, a las 07:30 de la mañana, intentando que el mayor no levante del inodoro con el culete sin limpiar, mientras hago malabares para que el pequeño, embobado, se acabe el biberón antes de que termine el capítulo de La Casa de Mickey Mouse (succión televisiva, le llamo yo). Con la hora del autobús pisándonos los talones y que aún tengo que disimular las ojeras que subrayan mi felicidad matutina, el Keep Calm, Maripili, me lo paso yo por el dobladillo de la bata de buatiné. Ea.

Nosotros sólo estamos seguros de que sea lo que sea lo que se nos ponga delante y afecte a nuestros niños, iremos a por ello, como Bruce Willis en Armagedon, que se sube a la nave espacial y se espeta contra el meteorito, en un heroico acto de amor hacia su hija, que se había enamorado-achochado tontamente de Ben Affleck, y dejarla así, con el corazón partido a golpe de meteoritazo, no era bien para un amantísimo padre, tan pendiente de la niña de sus ojos. Así tal cual, mi maridito y yo, ponemos en modo ON el interruptor de los superpoderes, y vamos a por todas. Sin plan. Sin red. Sin saber muy bien cómo, pero seguros del éxito, a fin de cuentas, somos papás, y los papás lo saben todo, lo manejan todo, lo arreglan todo, todo y todo. La publicidad y Disney, que alto han dejado el listón a los padres del siglo XXI.


2.- LA GOZADERA

SUGERENCIA MUSICAL 

https://www.youtube.com/watch?v=VMp55KH_3wo

 

A mi hijo mayor le ha dado por los Superhéroes. No hay día, hora, minuto  que no me pregunte cuál es mi súper poder, ese don extra corpóreo que me convierte en la heroína de vete tú a saber qué. La mayoría de las veces, basta con que le diga ‘corro que me las pelo cuando se me quieren colar en la gasolinera’ o ‘soy un portento quitando etiquetas de las camisetas, que hago agujeritos que parecen mirillas’ o, no falla, ‘lanzando mi poderosísima zapatilla boomerang’, que no ha visto volar en su vida, pero a la que atribuye cualidades extraordinarias como artículo de defensa. Obvia decir que, mil vidas que viviese, ninguno de los dones que relato han venido a visitarme jamás, pero él, en su cabeza todopudiente, en sus ojitos magníficos de todo es posible, me imagina a lo Lara Croft, repartiendo estopa a todo lo que ose perturbar el sueño de mis niños de amor.

El caso, es que hoy he estado pensando en mi tan cuestionado súper poder, y lo he hecho a motu propio, a solas, como queriendo ratificar esa madera noble de la que dicen están hechas las madres. Curiosamente, tras la primera intentona, en la que deseché memeces divertidas que me caracterizan, pero entiendo no computan pero-para-nada como algo extraordinario (cambiar un pañal al bebé, mientras bailo de cintura para abajo a Enrique Iglesias, con el mayor amarrado a mis rodillas; improvisar un Tippi indio con cojines, un mantel, la mopa y la escoba; hacer de una caja de cartón un teatrillo para Playmóbiles, con cárcel, preso, Sherif y chica de salón…), caí en la cuenta de que mi verdadera proeza es reírme y saber reírme de mí y mis circunstancias, incluso cuando todo es tan complicado que lo único que relaja tensiones es llorar lágrimas de cocodrilo. Y lo digo muy en serio, porque yo soy también una mamá llorona, que no gritona. Yo no grito de boca para fuera, lo hago para mis adentros, y, claro, reviento, cual piñata, a lágrima viva, en cuanto me quedo a sola con mis culpas y mis culpitas.

Aunque, ahora que lo pienso, si como súper poder computa tener control sobre mí misma, ahí voy sobrada, y me explico; hace unos días, haciendo la compra de la semana, con el carrito con tantos víveres que alguien susurró a mi paso ‘debe tener un bar o celebra una comunión’, mi mayor custodiaba una bolsa de Gusanitos, de idéntico tamaño que un saco de pienso para avestruces. Cómo no, me toca la cajera-lady-conflictitos: no le pasan los códigos, se le acaban las bolsas, se le atasca el papel del ticket en la máquina, no encuentra los puntos de las sartenes en promoción y que yo dejo claro no quiero, porque no colecciono… Todo esto, con un niño que quiere zamparse su aperitivo con bolsa y todo, y un bebé que está hasta el moño de ir en la silla y lo hace evidente a golpe de ñsusjfosfisfdofnbuábuábsñsñañañbuábuá.

Y me río yo del agua y el aceite, porque si algo no puede mixturarse jamás, pero j-a-m-á-s, ni que el mundo y el asunto del Big Bang volviese al punto kilométrico 0, son vástagos y paciencia. Mi mayor, atrincherado tras su bolsón de Gusanitos, se niega a dejárselo a la cajera, porque ‘no, que se los come’. Insisto en que le deje pasar el código, que n-o  s-e  l-o-s  v-a  a  c-o-m-e-r, ¿no ves que es una chica, y las chicas no comen Gusanitos? Le digo. ¿Cómo lo sabes?, inquiere, taxativo. Me quedo muda, con la boca abierta, porque una madre nerviosa está preparada para todo menos para la ocurrencia. Cierto, no tengo ni idea de por qué la cajera no se va a comer los Gusanitos, así que…

* PLAN B, ese que siempre es peor que el A, pero es lo que hay.

Con una cola tras de mí que llegaba a Tudela, y el que más y el que menos acordándose de mi familia, le pregunto a la cajera si le vale con que le lea los números del código de barras y que ella los vaya introduciendo, cual telegrafista. No estoy segura, me confiesa; claro, pienso yo, si lo estuvieses, yo no hubiese escogido tu caja, que tengo imán para los problemas. Me pide que se los vaya dictando despacito, y ahí estoy yo: tres, seis, cinco, cinco, cuatro, tres, ¿tres, dijiste?, sí, tres, cinco, cinco, ¿dos veces cinco o lo repetiste sin querer?, ¿mamita, puedo abriiiiiir yaaaa miiiis Gusanitos?, ¡no, puedes!, y sí, son dos veces cinco, ah, espera, que me dio error, ¿empezamos otra vez?, tres, seis, cinco, cinco…

¡Líneaaaa! – Oigo como una voz anónima resuena en todo el local – El cartón es correcto y continuamos para bingo…

La fila interminable que me guarda la espalda, rompe en jajajajá. Por supuesto, yo, la primera, que agradezco que alguien guionice este despropósito mercantil. Ajeno al chiste, por edad y entorno (los niños de hoy saben que es ‘Ninja Fruit’, y ya), y por si queda algún escéptico entre vosotros, ofcors: mi mayor consiguió abrir con los dientes el bolsón de Gusanitos, dando por saco con toooooooooodoooooooo el contenido; el suelo, la cinta de la caja, la cajera y hasta una señora muy señora, que se afanaba por lucir su bolso casi TOUS como si nadie se diese cuenta de su Made in ChinaMandarina, bañados por una lluvia de meteoritos aperitivos de maíz. Pedir disculpas, qué otra cosa podía hacer yo. Eso, y jajajajá, que la hilaridad era un no parar para todos, menos para la señora del casi TOUS, que se afanaba por limpiar el bolso con la manga del chaqueta, que quería ser ante pero se había quedado en antelina. Respiro y me pregunto, ¿en serio esta es mi vida? Yes, me digo. Pues nada, de lo más bien, oye: ¡Gocémosla!

Como digo, la risa, el Prozac de la mamita del siglo XXI; la risa, mucho más efectiva que la crema con baba de caracol, los parches Sor Virginia, las pulseras Rayma y/o el entusiasmo ochentero ante el autógrafo firmado de Enrique y Ana y su caca, culo, pedo, pis (términos a los que estoy muy apegada, ains… Ruego, encarecidamente, alguien me oriente sobre cuántos lustros tarda en pasarse esta etapa, que la escatología empieza a ser asignatura a debate en mi cuevita de amor).

Adoro ser mamá, ¿ya os lo había dicho? Pues eso.

3.- EL ÚLTIMO EMPERADOR

SUGERENCIA MUSICAL, BSO ‘The last Emperor’,

https://www.youtube.com/watch?v=jjaKEvT3ET8

Quitar el pañal. Así, dicho a bote pronto, como quien no quiere la cosa, la tarea parece fácil; además, no falta nuuuuuuunca la opinión de una madre orgullosa, curtida en mil y una cacas, que te diga ‘ya verás, es muy fácil, en tres días lo tienes sentadito en el baño’. Yo, que soy una mujer descreída y, por ende, una mamá de muy poca fe (lo que a los demás les funciona, a mi me disgrega la neurona…), me dije, si es tan fácil, lo dejamos para vacaciones, que así vivo la etapa como algo memorable. ¡Y tanto! ¡Ya lo creo que la vivimos! La vivimos y perdurará en nuestra historia de pareja por los siglos de los siglos, Amén. Las vacaciones las convertimos en la ruta del WC: no saben lo que se pierden los websites de viajes si ofrecen mapas con aseos localizados. Ojú.

 

Once upon a time…

 

- Si lo veis ilusionado con la idea de ir al baño solito, podemos intentarlo…

 

En la guardería, siempre tan entusiastas. El papá y yo, que hasta ese día no sabíamos que había que infundirle ilusión para cosa semejante, nos miramos y nos dijimos telepáticamente, joer, otra vez se nos han adelantado los padres Taichi-teros que lo trascendentalizan todo. Uf, cosa cansina debe ser estar de vuelta en la vida, cojoño, nos dijimos. El caso, es que aquella misma tarde, cuando llegamos a nuestra cuevita de amor, pusimos en cueretes al mayor. Cual ciclista en pleno repecho del Tourmalet, coreamos y vitoreamos el asunto de sentar el pompis en el orinalito.

 

PRIMER ERROR: ¿cosa es orinalito? (1- 0, tanto a favor de la curiosidad apabullante)

SEGUNDO ERROR: ¿Por qué me tengo que sentar en el orinalito? (2-0, otro tanto a favor de la desconfianza natural)

TERCER ERROR: ¿Por qué si mola tanto el orinalito, no os sentáis vosotros también? (3 – 0, ¿a quién habrá salido tan perspicaz?)

 

El cuarto error vino a colación del tercero, ya que en aras de la maternidad dialogante que practico, accedí a sentarme una vez en el orinalito, para que viese lo divertiiiiiiiiiiiidooooo que era (¡motivación, motivación, motivación!) y la cosa se instauró como rutina natural; así que, ahí estaba yo, cada mañana, viendo pasar el aire y censando moscas, con el culete encajado literalmente en el orinalito, jaleando mi felicidad  i-n-a-b-a-r-c-a-b-l-e  de ser mayor y no llevar pañal. Desconozco cuánto había de choteo y cuando de hilaridad, que lo mismo 100% de todo, pero mi mayor se me sentaba al ladito, él con su pañal, claro, y los dos veíamos Peppa Pig en el el iPhone de papá, hasta que a mí se me dormían las piernas, fruto de la maravillosa postura del pelícano que tenía que adoptar. Hay que ver el aguante que tienen las articulaciones, chico…

 

El caso es que, con el paso de los días, efectivamente, el juego del orinalito se instauró como cualquier otro en nuestro salón, porque lo de ir al aseo, como todo hijo de vecino, ¡ni de coña! Así que, en medio del ambiente acogedor made in IKEA de nuestra sala, el mayor veía dibujos mientras decidía si hacía pis, caca o dinosaurios de chocolate, porque si comía galletas con esa forma, qué menos que lucirse a la salida. El paciente padre y yo nos convertimos en los oteadores de orinalitos, ya que no importaba si había o no premio, cuando el mayor gritaba ‘¡ salió el dinosaurio!’, corríamos veloces a ver si era Triceratops o Velociraptor. Siempre se me viene a la cabeza la escena de ‘The last Emperor’, de Bertolucci, en el que un séquito de chinitos-huele-m*erda vigilan las heces del heredero de la dinastía Puyi, oliendo y disfrutando de textura y cantidad. Lo sé, suena escatológico (que lo es, pero es lo que hay), pero cuando hay niños en casa, la cara de chinito-huele-m*erda-de-Emperador se te pone sola. Obvia relatar, pero sí, dos de las veinte veces que la operación sin pañal funcionaba, no faltaban narices que comprobasen si el niño hacía mucho, poco, duro, blando, ¿Noeeee, qué es eso veeeerde? (ojos como platos, cabezas ladeadas, expresión de mátame camión), ni idea, pero parece la cera Conte con la que estaba pintando ayer… El intestino infantil, es gran desconocido.

 

Aunque nada comparado a la sensación milenarista que produce un ‘mamita, cacaaaa’ en pleno atasco, en medio del supermercado, en la peluquería… No sé si habéis tenido la suerte de ver alguna vez una carrera de Usain Bolt, pero os pongo en conocimiento que su coreadas marcas me las paso yo por el cremallera del pantalón: nada como una madre, niño en brazos, a la voz de ‘sitiooooooo, sitioooooo, que se lo haceeeeeee’. De igual manera, tampoco faltan las miradas coacher de esas otra madres que han pasado lo mismo y te hacen paso, como el tinglado de Moisés y la aguas con raya al medio, sabedoras de que un segundo, cuando se habla de emergencias calzoncilleras, cuenta. Cuando por fin tienes al pequeño sentado en el baño, tras advertirle que no toque nada, que los baños públicos están llenos de bacterias (¿bacterias? Sí, bichitos que hacen daño en la barriga si después te tocas la boca. Y si hacen daño, ¿por qué me sientas aquíííí…? ¡Culo a la fuga, alehop! Auxilio…) y el sudor inundando tu axila, tu niño de amor decide que la cosa era un ‘pedete, mamita, ya está’. Qué bieeeeen, finjo, pensando en si no sería mejor sujetarlo al inodoro con cinta americana, para que hiciese fuerza de superhéroe, a ver si así… Pensar en otros veinte minutos de incertidumbre, buscando inconscientemente un baño a menos de cincuenta metros, me seducía menos que pedir hora para depilarme. Señor, acógenos en tu seno, o en tu coseno, que una ya nunca sabe, ains…

 

Y cuando por fin la cosa fluye, y el angelito pide y acierta en la petición, cuando todo sucede como si nada, no puedes acabar de creértelo, y durante meses y meses se te queda esa necesidad de preguntar y preguntar y preguntar si quiere o quiere ir al baño, que como me dijo el otro día mi maridito, aún va a salir un vecino a decirte que no, gracias por la preocupación, pero soy estreñido de nacimiento.

 

Dicho lo cual, amantísimas madres imperfectas, hagan acopio de paciencia, humor y una cantidad ingente de detergente de lavadora, porque lo de la Operación Orinalito en tres días, es tan verdad como perder cinco kilos en diez minutos, haciendo la dieta del cucurucho: ¡no se me olviden de ser felices con la rima! Oh, yeah…

4.- 3 ES UN NÚMERO MÁGICO (Y 4, PERFECTO)

 

SUGERENCIA MUSICAL, Three is a magic number

https://www.youtube.com/watch?v=HL6PcEC8Hzk

 

Una de las cosas que más te seduce cuando ves que tus bebés van creciendo, es la idea de llevarlos al parque, y compartir con ellos lo que, en su día, tus padres compartieron contigo. Es como si, de repente, quisieses tomar el testigo de la mamá protagonista de una peli americana, que empuja sonriente un columpio, mientras su melena rubia de infarto va y viene, va y viene, va y viene. Pero, oh, realidad, que te pone en tu sitio en cero coma, y lo que, en principio, parecía fácil y divertido, se te hace tan cuesta arriba, que se te viene a la cabeza un Sherpa en pleno Tibet; pero no un Sherpa cualquiera, sino el único Sherpa apapostiado de todo el Tibet, que no sabe que su profesión es sinónimo de mulita de carga. Por si no soy lo suficientemente clara, sintetizo: S-O-C-O-R-R-O.

Recuerdo nítidamente aquella primera tarde de sábado que mi maridito y yo decidimos llevar al primogénito al parque, a tomar su potito de fruta y sus par de Petit Suisse de fresa (no me preguntéis muy bien por qué, pero a los niños del siglo XXI se les dan de dos en dos; a los que nacimos en el 19algo, uno ¡e ibas que chutabas y metías y gol!); y digo que lo recuerdo con nitidez porque por muchas glaciaciones que nos acometan, Dios quiera que ni la primera, no se borra la experiencia, ¡ca…! Esa mirada de padres inexpertos, con ganas de sentirnos uno más en un lugar de recreo donde todo inspira al júbilo y la risa. Esas ganas infinitas de retratar el momento, cargándonos de cámaras (dos, por si quedaba ángulo o perspectiva sin inmortalizar), de cubos, de pelota, de perrito con cuerda FisherPrice que hablaba y cantaba dos canciones en bucle, de gorrita, de chaqueta, de chaquetón (mayo, no importa, puede nevar: en Canadá está a la orden del día), una bermuda por si sale el sol, un chándal por si se sale el pis, una camiseta por si se inunda con las babas de la emoción, unos deportivos por si le acometen las ganas de ser el pichichi de la liga InterGuarderías… Cuando nos dimos cuenta, el paciente padre y yo, teníamos una mochila más grande que el monte Pindo. No, no me lean desde la exageración, queridos, no. Aquella mochila de parque, que apoyada en el suelo recordaba a un moai de la Isla de Pascua, nos dejó ac*jonaditos perdidos…

- Noe, ¿en serio hay que llevar todo esto para ir a merendar al parque…? – Me pregunta el paciente padre.

Los dos, con los ojos cual tardío-adolescente saliendo de un After, miramos el mochilón y, telepáticamente (como casi todo lo que nos decimos desde que somos padres, que hablar es para señoritos, que tienen tiempo para florituras), nos preguntamos si el día que vayamos a la playa no tendremos que contratar a mudanzas Boquete.

- ¡Prrrrr…! – Contesto, arqueando las cejas – El c*rallo es quien lleva eso a cuestas hasta allí…

Y ahí estábamos, dos adultos, un bebé, un carrito y el moai de Isla de Pascua en versión maletón, camino al parque. No sé deciros cuánta es la distancia desde casa al lugar de esparcimiento infantil, pero palabrita que, cuando nos vimos llegar, queríamos que nos sellaran la Compostelana, ojú. Por fin llegamos, tras varias paradas intermedias, ¡fuf!, conatos de ‘una vez y nada más, Santo Tomás’, ¡fuf!, papi, aquí huele a caca ¿paramos y lo cambio?, ¡fuf!, cámbiame a mí también, que me voy c*gando en todo lo que se menea, ¡fuf! y un ocurrente anónimo, coreando nuestra expedición, a la voz de ‘¿remolque sin intermitentes? Si te pilla tráfico, te cruuuujeeee…’. Sudados, extenuados, tensos, muertecitos de calor, sedientos como una Spontex, pero llegamos: ¡y ya no veíamos la hora de marcharnos…!

El caso, es que ya estábamos allí, al menos, de cuerpo presente, así que bajamos al bebé, e, intentado recuperar resuello, le íbamos diciendo: miiiiraaa un coluuuumpiooooo, miiiiiraaaa un balancííííin, miiiiiraaaa un tobogááááán. Él, que era un bebe y no tenía ni pajolera de qué era un columpio, un balancín y un tobogán. Él, que era un bebé y no tenía ni idea de qué se esperaba de él, y, mucho menos, cuál era la extraña conexión entre su mini-cuerpecito de ser humano con L- de prácticas y aquellos artilugios, empezó a llorar descontroladamente, pero tan descontroladamente como daban sus mini-pulmones, que cuando se tensaban, hacían resonancia galáctica. Berreaba tanto y tan alto, que los otros niños, ya veteranos en el arte de dejarse la piel de las rodillas en el tapiz de caucho del parque, se apartaban de nosotros, no fuese a ser el demonio… El primogénito no quería estar allí. No quería. Que no.

- Eso es al principio, es que es novedad… – el paciente padre, animoso, a pesar de hablar como si Dark Vader, aún sin aliento tras el peregrinaje con el mochilón a cuestas – Déjamelo, ya verás que bien se lo pasa.

Fue decirlo, y ¡zas! El bebé arrancó a llorar aún más fuerte, dando manotazos a diestro, siniestro, arriba y abajo. Yo no sé nada de lenguaje de signos, ni de alta diplomacia internacional, pero allí se estaba cociendo el caos.

- Papi, papi, papiiiii… – ¿El grito de Munch? Esa era mi cara…

- ¿Qué, Noe, quéééé´…? – El padre, se giró, alarmado por mi tono de voz y…

¡Vómito, vaaaaaa…! En toda la cara, oiga, pero sin fallar ni raspa. De la boca del primogénito, verbi gracia del ataque de nervios, fruto del guirigay de niños corriendo, de subidas y bajadas de columpios, de balancines, de toboganes, de asistentas infantiles asumiendo que sus críos tutelados se dejasen los dientes en un laberinto XXL del que yo no resultaría ilesa ni haciendo un curso con el Circo del Sol, salió un chorro de masa alimenticia, con olor a lenguado a la crema y yogurt Larsa de Vainilla, que dejó a mi maridito napado cual tarta de fondant.

- ¡Ay, mamaíña…! Toma, límpiate… – Le acerco una toallita húmeda.

- ¿Limpiarme? – Se mira, flipado – Pues lo mismo era más fácil gratinarme…

Así que, cogemos al primogénito, lo metemos en el carrito, cargamos de nuevo el mochilón de los c*jones (sic., mi maridito dixit) y ponemos rumbo a casa: la primera tarde de parque había sido un éxito, oye. De camino al hogar, como toda operación de retorno, nos pudo el desánimo y el síndrome post vacacional, porque no dijimos ni pío. Ni Amén, Jesús. Nadita de nada. Oíamos la rueda del carrito tacatacatacataca, reaccionando al rayado de la acera, y al bebé gugugú, como si nada hubiese pasado, cuando, de repente, oímos una musiquita muy familiar, un juguete que sonaba lejano, amortiguado desde el interior del mochilón.

¯ Qué bien lo vamos a pasar¯,

¯ Con papá y mamá bajo el sol ¯

¯ Cuando nos lleven al parque a disfrutar ¯

¯ De una tarde llenita de diversióóóóón ¯

Y como reírse es el mejor bálsamo cura pupas, el paciente padre y yo nos miramos y rompemos en carcajada, porque hay que ver las paradojas de la vida. El bebé, desde el carrito, con sus piernas regordetas y sus mofletes de cómeme a besos hasta que no quede nada, nos regala una sonrisa colosal. Es cierto, olemos a vómito, sudamos uno y apestamos dos, pero ¡qué más da, ésta es la aventura de vivir, lo maravilloso de ser una familia! En aquel momento, 3 era un número mágico (papá+mamá+bebé). Poco tiempo después, 4 pasó a ser la contraseña de la felicidad (papá+mamá+niño guapo+bebé). Si la pregunta es si lo volvimos a intentar, lo del parque, digo, la respuesta es ofcors. Claro que ahora vamos con dos maletones y un rollo de papel de cocina de 450 servicios, por si nos acomete el vómito por duplicado.

Así pues, vayan mis saluditos tiernos, mis ovaciones sinceras y j*dida admiración a esas mamás que van con tres niños ¡y solas!, que lo mismo van la noche anterior ya de acampada o algo. Yo lo haría, claro que yo soy la madre más imperfectamente feliz de todo el planeta, así que, espérense cualquier cosa de mí en pro de mis niñitos de amor. ¿Qué quieren ir a Port Aventura…? ¡Veeeengaaa! Ya me voy apuntando a clase de Halterofilia, porque, visto lo visto, no quiero ni pensar en las dimensiones del maletón de los ‘por si acaso’…  

5.- NINJA TURTLES

SUGERENCIA MUSICAL, Las Ninja Turtles theme song

https://www.youtube.com/watch?v=CnMHQ5FNuis

Cuando por fin vuelves a tu estado civil de mujer no embarazada, estás que te sales de las costuras de alegría. Y lo haces literalmente. Tras nueve meses (o diez si le dejas contar a una matrona), tu cuerpo festeja, fariseo, que lo que te cuelga sobre, en y bajo el ombligo no es un bebé: es grasa. Y punto y se acabó. Grasa, y músculos gelatinosos que te recuerdan que allí vivió un ser, comió un ser, amaste a un ser, pero ahora, que ya no eres un horno multifunción, tu meridiano de Greenwich está blandito y bailón. Da igual que metas barriga, fingiendo abdominales (¿abdomiqué…? Abdominales. Ah, pues ni idea, yo no…), porque el espejo te recuerda que naranjas de la China, que si quieres té, Marité, que a otra cosa, mariposa. Y entonces empieza el calvario y el acoso a preguntas a todo aquel que viva contigo y tenga más de 15 días y/o 3 años, y que, dados los criterios de selección, sólo puede ser tu maridito.

- ¿Cari, tú me ves mucha tripa? – Camiseta levantada, dejando al aire algo arrugadito, basculante, que recuerda a un bizcocho sin levadura.

3. 2. 1, uf. Terror facial masculino. Si alguna vez habéis visto una peli de miedo o un especial Sálvame Deluxe, en el que alguien va a hablar de cómo, cuándo y cuántas veces se ha acostado con Paquirrín, sabréis de qué expresión os hablo. Pobre, el paciente padre, que no sabe ya cómo hacerme sentir bien, cómo recordarme que estoy estupenda, que todo vuelve a su sitio y, lo que es más importante, a quién c*ño le importa eso, si estamos sanitos el bebé y yo. Y tiene razón, pero a mí en aquel momento me importaba, y aunque suene a pataleta, a frivolidad infinita, me importaba porque quería volver a ser yo, con todo lo genial de haber parido dos niños, pero volver a ser yo, reconocerme dentro de mis pantalones y mis vestidos-faja. Aunque sólo  hubiesen pasado quince días del parto, cachis. Así que, vengaaaa, vamos al tema:

- Dime la verdad, en serio, venga… – Lo jaleo, animosa, creyendo que a él se la cuelo.

El miedo tiene un olor peculiar, los perros pueden percibirlo aunque estés temblando a todos los kilómetros de distancia. Vale, pues yo podía aroma agridulce del que teme decir lo contrario a lo que se espera; cerrado en el baño, supongo que sentado en el borde de la bañera, reuniendo fuerzas para hacerse a la tormenta perfecta, reconozco su carraspeo nervioso. Oigo el pasador de la puerta, pero no la cisterna, así que estoy en lo cierto: estaba trazando estrategia de defensa, angelito… Se aproxima a mí, valorando el timming de explosión, porque sabe que mi cabeza es una olla a presión, una granada de mano sin pitorrito, que se acciona con el leve movimiento de las pestañas. No quiere errar en el comentario, no quiere provocar la ira de Gru (los que tenéis niños, sabéis a lo que me refiero #minionización). El paciente padre no quiere nada, a decir verdad, salvo ayudarme, pero incluso su necesidad de hacerme fácil el tránsito por mi yo fofo y mi neurona blandita (depre post parto, le llaman), también la percibo como respuesta incorrecta. Y salto y salto y salto y vuelvo a saltar, porque a los pucheritos vamos a jugar…

- Haz el favor de no darme la razón como a la zumbadas, eh, que estoy cansada y exhausta, pero aún no estoy como la loca de…

¡TolónTolónTolónTolón, campana y se acabó! Cuando yo misma caigo en la trampa de empezar a mentar a propios y ajenos, es que he tocado fondo. No iba a yo a mencionar a nadie de su imaginario familiar o su relicario de amistades, o sí, o qué sé yo, que lo mismo sí y después era no, que cuando tengo las hormonas bailando Regetón, cualquier cosa es posible. El caso, es que, saaaabiaaamenteeee, me muerdo la lengua antes de iniciar la ofensiva. Porque caigo en la cuenta de que ya he pasado por eso, es la segunda vez que doy a luz y sé lo que es sentir que el mundo te aplasta y no quieres pedir ayuda porque puedes con todo y que esa sensación pusilánime se pasa sola si no piensas en ella. Y lo que es peor, no tienes fuerza para ver la luz al final del túnel. Ni para discutir y no llevar la razón, claro. Ahora, para llorar…

- ¡Hey, hey, heeeey…!

Siento como mi maridito me abraza y me sienta bien. Es genial y sorprendente volver a notar como toda yo entro en el perímetro de sus brazos, sin tener la sensación de que soy una morsa con bigotes. Es agradable, pero raro también. Nueve meses de abrazos con barriga son largos. Lo miro y veo que quiere decir algo, lo que sea, pero no articula palabra, sólo me abraza e, intuyo, reza porque no me venga abajo del todo.

- Estoy fea.

- No lo estás, porque no lo eres.

- Estoy fea.

- No lo estás, porque no lo eres.

- ¡Que estoy fea, dije…! – Elevo el tono, supongo que porque no me convence la respuesta.

- No lo estás… – Yo saco la cabeza de sus brazos y lo miro como si tuviese una mirilla telescópica. Di algo que no me mole y ¡zas!, esa es la BSO del momento en mi cabeza  – Nooo loooo estáááás poooorqueee…

- Pooorqueeeee… – arengo con la mano a que se esfuerce en ser creativo: ¡mi autoestima necesita un milagro! – pooooorqueee… – Enfatizo mi impaciencia llevándome la mano al oído: ¡habla, pardiez!

- Poooorqueeee túúúú… – Miedito, chanchanchanchan – sieeempre has sidoooo – Miedito otra vez, chanchanchanchan – la tííííaaaaa

¿¡Tía…!? ¿¡Tía…!? ¿¡Pero qué c*ño tía? Frunzo el ceño y él empieza a tartamudear: se ve venir la hecatombe.

- Porque yo siempre he sido la t-í-aaaa… – Tic, tac, tic, tac, mi temporizador de irracionalidad está a punto de caramelo.

- Pooorquee túúú sieeeempre has sidooooo la tíííía más buenorra y cachonda de todas las tías buenorras y cachondas que he visto en mi vida. Y no sabes lo que me gusta que todo esto sea mío…

- ¡Olééééé…! – Exclamo, muerta de risa, mientras dejo que nos caigamos sobre la cama, a festejar la verderola ocurrencia.

Porque en momentos así, recién parida, cansada de dormir dos horas de cada cinco, con menos tiempo para peinarte que para depilarte (absténganse de preguntas indiscretas), cuando el guapo subido está de vacaciones, y tienes la certeza de que una cosa eres tú y otra las fotos de cuando tenías veinte, sólo funciona lo animal, lo visceral, la atracción cuerpo a cuerpo. Allá donde la palabra no basta y no amaina la desazón de sentirte hinchada y arrugada como el culete de un octogenario, la sensación de sentirse aún en el mercado de la carne y la pasión, funciona. Funciona, divierte y alegra, porque esa es la clave de las parejas que molan: cuando la adversidad arrolla, vente pa`cá, reina mora, que de esto nos reímos juntos…

Y claro, blandita, arrugada, con el pelo enmarañado como un Nanax y sin acordarme de cuándo fue la última vez que me di un baño en condiciones, el plan de meternos en la cama era fantástico. Si no fuera por los puntos de la cesárea, que se aproximaba la hora del bibe del recién nacido, tocaba levantar al mayor de la siesta, sonaba la secadora, anunciando fin de programa… Nos miramos y, por décimas de segundo, pensamos, al carajo con todo, que se espere el mundo, que parece ahora es nuestro momento.

- Mamitaaaaaa… – Oímos una voz infantil desde el otro lado de la puerta – ¿Estás ahí?

El padre y yo nos quedamos tirados en la cama, abrazados, y vemos entrar al mayor, con los ojitos hinchados de la siesta, que nos mira y sonríe. Sin mediar palabra, se mete entre nosotros, y empieza a saltar en el colchón, lo que hace que temamos por nuestra dentadura/nuestras costillas/sus rodillas/la lamparita de la mesilla. Nos esforzamos por ayudarlo a no lesionarse, mientras nos miramos y pensamos, con acierto, que la magia de la atracción de pareja tiene que posponerse, qué remedio: somos padres. Chispum.

- ¿Mamita, vemos las Tortugas Ninja en tu Tablet, aquí, metiditos aquíííí…? – Y como toda buena pregunta infantil, antes de que nadie diga nada, él ya está con los pies bajo el edredón, deshaciendo la cama como si fuesen los de BigFoot.

El paciente padre sonríe, abraza al nuestro niño grandote, y mirándome, divertido, me susurra en el oído, mientras nos acerca la Tablet:

- ¿¡Tortugas Ninjas…!? – Pausa hilarante. Se masca la traca final – Para Ninja yo, que para echar un polvete en esta casa con dos niños, voy a tener que ponerme un pijama negro, un antifaz y liarme a dar saltos en silencio, hasta que logre colarme en mi propia cama.

Nos reímos mucho y bien. Nuestro mayor no pilla ripio, pero es lo que tiene la empatía: se ríe igualmente, porque sabe que eso socializa. Cuando veo salir a mi maridito por la puerta de la habitación, pienso ‘qué suerte la mía haber encontrado a un compañero tan estupendo para un viaje semejante’. Me sigo sintiendo gordinfla, arrugada, cansada y con la sensación de tener la barriga de Blandiblú, pero  con las Tortugas Ninjas en la Tablet, repartiendo pifostias a diestro y siniestro, paso un buen rato oliendo el pelo de mi hijo, que me reafirma que, hecha una piltrafa o no, soy disparatadamente feliz, por mucho que mi piel desmoronada se empeñe en poner todo de su parte para aguarme la fiesta.

Por cierto, de esto hace ya año y medio, y, como ayudita a mamás recién paridas, decir que toooodo acaba por recolocarse, que el cuerpo tiene memoria (¡y tanta!, si antes del embarazo no tenías pecho, dile adiós muy buenas a tu yo ‘Vigilantes de la Playa’). No diré que en idénticas condiciones que antes de tener dos bebés como okupas en la barriga, pero el cuerpo responde lo suficientemente bien como para que mayo empieces a temblar pensando en ponerte en bikini. Sea como fuere, lo importante es tomarlo con maternal filosofía y D-A-R-S-E  T-I-E-M-P-O, porque a las Celebrities que alardean de figura a tres semanas de parir, había que multarlas por exhibicionistas y escándalo público, ya te digo…

6.- MONSTRUOS S. A. 

 

Sugerencia musical, main theme Monster Inc

https://www.youtube.com/watch?v=_WRKbu5j0O0&list=PLC316E8E0EEA16049&index=1

 

 

Entender a un bebé va más allá de saber si llora porque tiene hambre, frío, pedetes o un all together. Entender a un bebé es un sindiós maravilloso, que sólo sucede cuando:

a)      Los astros se alinean, formando el cinturón de Orión.

b)      Un unicornio rosa quiere acampar en tu jardín.

c)       Llevas un año sin dormir y los santos todos, junto a Santa Bárbara a modo de tapón, se apiadan de ti y de tu maridito, que para entonces sois ya la viva estampa de la Duquesa de Alba en el museo de cera: puritita mojama. Ojú.

El caso, es que sucede. No sabes muy bien cómo, pero llega un punto, en medio de la locura total, que interpretas subida y bajada de cejas, respiración agitada, manotazos que amenazan meteoritos de potito, contorsionismo abdominal con traca final de mil y un prrrr. Lo interpretas todo y te adelantas a todo, porque así va la cosa. No lo has leído en ningún web site, no te lo ha revelado ninguna mamá perfecta de esas que te hacen estornudar palabras mudas de tipo ‘hasta las p*lotas me tienes tú y tu virtuoso niño sin mocos’. Ese momento de epifanía en el que conectas con tu bebé llorón debería contabilizar como puntos extra en la tarjeta Travel Club, en serio. P’abernos matao, que decía el otro.

- Noe, ¿qué le pasa ahora…?

El paciente padre, que bien podría llamarse paciente madre porque, salvo parirlos, los cría, educa y cuida como yo, se desesperaba cuando el angelito encendía el megáfono, llorito va, llorito viene, siempre a la misma hora: 21.10 horas; 7 días a la semana, 12 meses después de haber venido al mundo, nuestro heredero (sí, heredero, porque al ser otro varoncito, su vida es una reposición non-stop de todo lo que su hermano, el primogénito, ha estrenado. Línea sucesoria impera, qué le vamos a hacer…) seguía fiel a su cita de poner en jaque la convivencia familiar, que a esas horas era ya un campo minado y magnético.

- Si lo supiera, aunque fuese un poquito…

Vaya. No teníamos ni idea ninguno de los dos. Ni pajolera, así que tocaba acunarlo boca arriba, boca abajo, de lado, hacia la derecha, con loomping, sin loomping… Incluso, mientras respondía una llamada del abuelo preguntado por los niñitos, bien, bien, están bien, a ver si esta noche qué tal (¿en serio no lo oía llorar? Qué afortunado, debía ser el único mortal con tímpanos selectivos de este lado de la península). Porque la vida seguía, y si había que hacerse cargo del berrinche del bebé mientras se doblaba la ropa de la secadora o se hacía la compra telemática a Mercadona, pues se hacía. Mientras ardía el móvil con tu jefe del otro lado, pidiéndote no sé qué cosa urgente que no podía esperar porque n-o  p-o-d-í-a  e-s-p-e-r-a-r, pues también. Mientras el paciente padre estudiaba para un examen cuyo temario recordaba la torre de Pisa, faltaría más. Mientras el mayor, con unos celos de aquí a Pekín, reclamaba su derecho a saber si Dora llegaba o no a la p*ta colina de los arándanos, pues claro. Al bebé y su llorito lo atendíamos a pesar de todo. Por encima de todo. Incluso de nosotros mismos, que a todo llega uno. Resilencia emocional, creo que se le llama.

- ¿Sabes qué, no sé cuándo fue la última vez que me di un baño en condiciones? – El bebé, por supuesto, dando por saquete, en mi regazo, llora que llorará – ¿Sabes de lo que hablo? Esos en los que sales con los dedos arrugados como pasas de Corinto…

- No te preocupes… – el padre se acerca, me besa el pelo más despeinado de la historia de las pelucas despeinadas – bañarse con sales, espuma, agua calentita y silencio es de burgueses.

- Pues a mí no me importaría nada ser burguesa. O duquesa. O marquesa… – se me escapa un suspiro, pero me recupero. Soñar es peor aún: la debilidad no existe, la debilidad no existe.

BuáBuáBuáBuá.

- ¿Hamburguesa, dices…?

BuáBuáBuáBuá. Pero tan y tan alto, que llora uno y se oye dos.

- Que no, que duqueeeesaaaa digooo…

BuáBuáBuáááááááá. Se atraganta de los nervios. Lo incorporamos, nos morimos de miedo porque se pone rojo de la rabia y la perrencha. 

- ¡Oyeeee, bebé, no seas así, no asustes a mamá…! – El padre, templando inquietudes, inventa serenidad.

- ¡Ay, c*rallo, que está rojo como un morcón…! – Muero de pánico absurdo: respira, bebé, coge resuello, que acabamos todos en el psiquiátrico, me digo en un mar de nervios

Por supuesto, el bebé inspira una bocanada de aire tal, que yo creo sufrió apnea. Oxígeno full equip, retoma su actuación en el mismo punto donde la había dejado, poniendo los buás sobre las íes, dejando claro quién mandaba allí.

- Si vuelves a hacer eso… si vuelves a hacer eso… – sollozo como una Magdalena, no puedo con el batiburrillo de miedos y ansiedades que me provoca su llanto enloquecido – Grita si quieres a lo Mónica Naranjo, pero coge aire, ¿me oyes?

- No, Noe, a lo Mónica Naranjo no, que lo mismo nos lo fichan para La Voz Kids… – me dice el padre, limpiándome las lágrimas histéricas.

- Van, sí, y en cuanto llegue la hora de darle el bibe o ponerlo a dormir, nos lo devuelven por correo urgente…

Nos miramos y sonreímos, porque dentro de la melodía free jazz que entona nuestro pequeño, hay algo que nos une y nos separa,  nos crispa y nos engancha, nos enzarza y nos entrelaza. Sea lo que se de lo que están hechos los bebés, irradian qué sé yo para que no puedas alejarte de allí, porque sabes que es tu sitio. Al que perteneces y te corresponde. Puedes delegar, sí, pero tendrías que pedir referencias y curso acreditado de maestro barrenero, porque los decibelios de neo nato no son cosa baladí. Podrías cualquier cosa, incluso ducharte a voluntad, o depilarte las dos piernas el mismo día, pero para qué. Por qué, si todo pasa tan rápido que cuando por fin puedes dormir más de tres horas seguidas tienes miedo a no despertar si los niños lloran. Y tienes miedo de pirada, porque sabes, a ciencia cierta, que si lloran, los vas a escuchar tú y el vecino del quinto; aún así, descansas como los camaleones, con un ojo abierto y otro cerrado…

- Cari, ¿duermes…? – pregunta el paciente padre,  antes caer rendido.

- Depende de por qué lado me mires: yo siempre vigilo, Mike Wazowski. Yo sieeempreee vigiloooo… (Monstruos S. A., qué grande es el cine para pequeñitos) 

7.- CÓMO DICES…!?

 

SUGERENCIA MUSICAL, Quelqu’un m’a dit de Carla Bruni

https://www.youtube.com/watch?v=sNHlp56G5-0

 

 

Y sí, ser mamá es una genialidad de difícil explicación, por mucho que tengas claro lo del espermatozoide y el óvulo. Lo sabes, y aún así, cuando la tintura del test de embarazo te dice que te agarres, que viene curvas, no acabas de creértelo, porque ¿Cómo? ¿Cuándo? ¿Pero ya, sin previos? ¿Sin oír querubines y bandas de pueblo, anunciando fiesta patronal? Así, a loco, sin darte a penas cuenta de que lo que llevabas buscando meses está por fin aquí, empieza el gran viaje de tu vida. La vida en High Definition con gafas 3D, aunque para ello tengas que renunciar a casi todo, y esa renuncia la hagas de manera natural y voluntaria, porque qué habrá más fuerte que el amor a los niños que han salido de ti, de tu barriga increíble, que, sin planos ni Tom Tom Go, ha conseguido hornear y dar forma a un ser humano, con sus piernecitas y sus bracitos, su ombligo redondito, sus orejas alineadas a cada lado de los ojos, con su nariz de Lacasito y esa sonrisa de ‘vengo diseñado para molar’. Todo, todito, todo, lo ha hecho tu cuerpo, sin que tú, conscientemente, hayas tenido que supervisar nada. Si eso no es magia de la buena, que venga David Copperfield y lo diga, ¡telita…!

Pero yendo al punto kilométrico 0, al origen del mundo de sensaciones, amores y miedos que dan forma a la vida con niños, no deja de tener su gracia que todo comience así, mirando un stick con dos rayitas moradas, que no dejan duda de que allí, haber, hay tomate…

- ¿¡Cómo dices…!? -  Maridito dixit.

- Como te lo cuento… – Yo y mi susto, qué locuacidad, no me digáis.

Lo sé, en las películas, cuando la futura madre le da buena noticia al futuro padre, suele haber un escenario preparado y una cena romántica (nunca he entendido este término: ¿romántico implica a la luz de las velas, viendo menos que Pepe H*stia? Romántico son las ruinas de Tulum y allí hay luz como para subrogar a ENDESA…). Imbuidos por la intimidad del momento, ella, la futura madre, suele deshacerse en lágrimas de felicidad, compartiendo frases insuperables como ‘cariño, vamos a ser padres. Sólo espero que se parezca a ti, que eres de lo bueno lo mejor’. En esas pelis de amor almibarado, en las que llorar es condición sine qua non para sentenciar que ha sido un peliculón que te c*gas, el futuro padre suele coger por la cintura a la futura madre, que se deja balancear como llevada por su insoportable levedad, que diría Milan Kundera, y que no se acuerda del bebé que lleva dentro. En esas pelis, la noticia de la próxima llegada de un hijo suele ir acompañada de una BSO colosal, abusando de melodías de pegajosas y pegadizas, que se te quedan en la cabeza durante días, quizá años, y que no quieres dejar caer en el olvido, para cuando, por fin, seas tú la protagonista de tu propia historia, y toque hacer feliz al futuro padre, recurras a aquella música para aderezar el comunicado de que vuestro bebé it’s comming.

Pero después, tiempo más tarde, cuando por fin es tu momento y la oportunidad perfecta para hacer del asunto un día memorable, te pueden las prisas, los nervios, las ganas de gritarlo… y de que alguien se apiade de ti y de tus náuseas, ojú. Así que, ahí estás, con el pijama de ositos, el moño de andar por casa, con la cara hinchada de dormir rato sí, rato no, dando la noticia desde el baño, con el culo aún sentado en el inodoro, porque el susto te impide ponerte en pie. Blandiendo el Predictor como si fuese la Tizona de El Cid, berreas que es positivo. Pero positivo tan positivo que no puede ser más positivo. Las dos franjitas moradas te recuerdan que el sexo tiene efectos secundarios muy beneficiosos para la piel, la psique ¡y el útero! El futuro padre, que casi se come la puerta del baño con las prisas, no puede más que coger la prueba de embarazo y preguntar una y otra vez ¿En serio? ¿En serio? ¿En serio? ¿En serio?

- En serio… – Me río, tapándome la boca con la mano, porque por fin encuentro explicación a las arcadas de los últimos días.

- ¿Estás preocupada? – El futuro padre se acerca a mí, para abrazarme y retirarme las manos de la boca.

- ¡Tzzzzfffrrr…! – Mascullo, con los ojos en blanco – Estoy mareada…

¡Zasca! Vomitona, la primera de los nueve meses siguientes, en los que adquirí una capacidad de recuperación increíble. Podía vomitar en el minuto uno, y en el dos estaba escogiendo telas para la funda del edredón de la cuna. En mi bolso convivían los sprays refrescantes de aliento con el blíster de ácido fólico y un catálogo de IKEA / PRENATAL, con todas las páginas marcadas, recordando las mil cosas que me parecían imprescindibles y que, tras el nacimiento del bebé, se convirtieron en absolutamente prescindibles e hilarantes (¿calentador de toallitas del culo? Existe, palabrita).

Y qué más me hubiese gustado a mí que ser capaz de guardar el secreto de nuestra paternidad, mientras preparaba el escenario para dar la noticia. Pero:

a)      Siempre he sido de las que disfrutan más contando que callando.

b)      Las náuseas no me dejaban respirar, para cuanto menos organizar un festival del amor, con Majoretes, gigantes y cabezudos.

c)      Estaba tan hinchada (yo pensaba gases leguminosos o algo), que pensar en meterme en un vestido ceñido y sentarme a la mesa, a darme al romanticismo de las p*tas velas, me seducía tanto como hacerme la ingle con cera hirviendo.

d)       

Dicho lo cual, nada como la confianza y el cariño cómodo, tantos años antes cultivado, para que cualquier momento fuese el ideal para compartir la gran noticia. Así que, en el baño, mareada como una peonza y con la barriga inflada como pez globo, mi maridito supo que nuestro primogénito venía en camino. Nos reímos juntos, nos abramos mucho y bien, pero sin olvidarnos de dejar sitio a mis regüeldos, que anunciaban vomitona cada minuto y medio. Estuvimos un buen rato en el baño, como si la casa no tuviese más dependencias. Allí, entre alicatado y geles de baño, imaginamos lo que se nos venía encima, sin saber siquiera que la realidad iba a superar a nuestra idílica ficción de padres tan primerizos como con ganas.

Fue todo tan chuli, tan emocionante, tan nosotros y me supo tan a familia, que ni un minuto siquiera eché de menos una ceremonia de iniciación a la maravilla de vida que se nos avecinaba. El pijama de polar, mi moño despeinado, el aroma a café y cama calentita que manaba del cuello del futuro padre… sensaciones que, sin querer, se te quedan para siempre en el consciente y te adornan el subconsciente, porque, cuando los acontecimientos te sorprenden, y el Predictor te alertan de un nuevo bebé, tú, burra vieja y sabia, vuelves al origen de los tiempos, y deshechas la idea de la fanfarria, la mesa con mantel y luz tenue, y te lanzas al WhastApp y su alta definición fotográfica, como si no hubiese un mañana…

- ¡Click…! – Flash, foto bien encuadrada. Test de embarazo, con dos rayas bien, pero bien rectitas, cruzando de lado a lado – A ver, enviado, doble check azul…

Buenos días, papito!

Pero…!? Otro…!? :O

Ahá! O_O

Cómo…!?

Te hago un croquis…? J

Sin duda, cuando hay amor y complicidad, cualquier momento es bueno para compartir felicidad y buenas noticias. Las nuevas tecnologías pueden ser el restaurante francés, el plato de fresas y champán, el brindis por la suerte de saber que otro ‘mininosotros’ está en camino. Teoría de la comunicación: emisor-mensaje-canal-receptor-código-contexto. Para una noticia semejante, quedaba pendiente la explosión de cariño, pero de eso dimos buena cuenta al llegar a casita, que aún no hay realidad virtual que supere una guerra de besos como Dios manda. Ea. 

 

 

 

 

 

 

 

8.- EL ESPÍRITU RAGATANGA

SUGERENCIA MUSICAL, Aserejé, de las Ketchup https://www.youtube.com/watch?v=V0PisGe66mY

 

TETA

Quizá voz expr.; cf. germ. *tĭtta, gr. τίτθη títthē.

1. f. mama (‖ órgano glanduloso).

2. f. coloq. Leche que segregan las tetas.

3. f. Pezón de la teta. Se agarra bien a la teta.

4. f. mambla.

5. f. coloq. Cosa muy buena. Es teta pura.

 

La RAE dixit, y no caben más significados en un término, que, si no andas lista, te da una y otra vez en la cara (literal y figuradamente) cuando la maternidad llega a tu vida. Y digo esto, queridas mías, ya que aún estáis a tiempo de no sentiros culpables por las decisiones que toméis con respecto a la maravillosa experiencia de ser mamá. Porque una cosa os participo: dar o no teta es sólo decisión consensuada de los papás (si el bebé es en pareja, sino, la cosa es más ‘porque lo digo yo y punto’, claro), no de la matrona, no tu suegra, no la frutera, no la teto-bloguera gurú del momento, no la hermana de la prima de un amigo que tu marido tiene en Tolosa… La decisión de amamantar (ay, Dios, me da cosita hasta el verbo, lo siento…), es cosa de la entidad familiar, aunque seas tú la que tenga que tener el pezón ready to go 24 horas al día. Tanto si lo haces como si no, no hay que ir por la vida pidiendo perdón ni sintiéndose Juana de Arco, porque lo únicamente prioritario y principal es que el bebé coma, y coma bien. Si la leche sale de la central de Nestlé o de tus cántaros de miel (léase con ojos de metáfora, porplís), ¿a quién c*ño puede importarle/preocuparle más que los recientes papás? Pues a todo quisque, por lo visto, oigan…

33FAST REWIND

- ¡Venga, un empujoncito final, que queda lo peor: los hombros…!

El parto de mi mayor lo recuerdo entre dolores que te c*gas y una nebulosa cenital, augurio de muerte inminente, fruto quizá, del bagaje cinematográfico que tenemos interiorizado, aún sin saberlo. Cuando, exhausta, pensé que el sufrimiento no podía ser mayor, y que tras doce horas de contracciones infernales, a las que una matrona tan inepta como patosa y con menos empatía que una faja de mercadillo justificaba como normales en una primípara, me dicen que me anime, que la estocada final está al caer, que si hasta el momento no me había roto en dos mitades, vagina de por medio, esta era mi oportunidad de oro para duplicarme, algo súper útil si quería simultanear el trabajo de oficina con las clases de Zumba, llegado el caso.

- ¡Ay, no, ay, noooo, yo no puedo más,  es que no puedo, por favor os lo pido, que acabe esto yaaaa…!

El futuro padre, que era tan primíparo como yo, miraba con pavor todo aquello. Nosotros no sabíamos nada de parir, pero nada de nada. Se suponía que estábamos en manos de gente sana mental, que sabía lo que hacía, y que había una cosa que se llamaba Epidural, que ayudaba a diferenciar al género humano del vacuno. Pues nada. A mí no me hizo efecto, y en esas estábamos, intentado que Nicolás asomase, además de cabeza, los hombros. Los p*tos hombros, que ya me había quedado clarito y meridiano, ‘era lo peor’…

- Por favoooooooorrrrrr…

Dolor delirante, grito de Tarzán y vómito. Oigo prisas, alguien que dice ‘la voy a ayudar, pasadme un bisturí’. A mí ya me daba igual, en serio os lo digo, porque para todos los efectos, era un ánima en pena. Con la inconsciencia y la insoportable levedad de la que piensa ha abandonado su cuerpo, me pareció estar viendo todo desde el techo del quirófano, incluida la cara de mi maridito, que me agarraba la mano con fuerza nivel Hulk. Oí como se abría la carne, la mía digo, y la más íntima y sensible: episiotomía, o cremallerita vaginal. Todo un primor.

Y cuando ya sólo me faltaban los salmos y las alabanzas para saber que había palmado, pero palmado de verdad (tanto sufrimiento y dolor no podía llevar, en sí mismo, nada que entrañase vida, sus lo digo, chatas…), oí el llanto de un bebé, que supe era mío. Supe era de papá. Supe que era nuestro niño de amor, nuestro trofeo de supervivientes. Me cuentan que me lo acercaron y que dejó de llorar, pero, a decir verdad, yo no me acuerdo, porque sólo lloraba y lloraba y lloraba, a la voz de ‘ayayayayayquememorí, me morí, yo me morí’

- Que no, mami, mira Nicolás, que guapo es…

Y era guapo que te caes para atrás, de culo mismamente. Guapo, hecho a conciencia (12 horas de parto, no me escatimen ni un reconocimiento, por favorcito), y grande como el tráiler de la gira de Alejandro Sanz. Me pareció largo y gordito, pero, sobre todo, fornido: ¡vaya envergadura, chatos! Los hombros, lo peor de sacar. ¡Y tanto! Madre del verbo divine, por muy bicho bola que sean cuando salen por el túnel de mamá, por muy indefensos que resulten en la cunita de la habitación de maternidad, por muy grande que les quede la ropa de recién: ¡tienen un volumen magnífico y colosal cuando piensas en que han salido de tu cuerpo! Que han salido, y lo han hecho por lo han hecho, claro está.

Así que, te cosen en vivo y en directo, diciéndote que no puedes notar las puntaditas virtuosas, pero tú te deshaces en lágrima viva, pidiendo clemencia o un garrotazo en todo el cogote, que es barato y parece un buen anestésico. Pero cuando vuelves a estar al límite de tus posibilidades, te traen al príncipe vestidito de azul, con el pelito de la cabeza rechumido en flujos varios, oliendo a cabaña vacuna, y te incineras de amor absoluto y profundo. Hueles sus manitos, su cuello, su naricita de botón, observas sus ojos de Lacasito, y piensas, no paso por otra ni de coña (pasas, ya lo creo que pasas: ¡yo repetí!), pero qué genial haber sobrevivido a todo esto para conocerle.

Gozando del momento de intimidad, el papá y yo mirando al bebé como la suerte de las suertes, oímos unos tacones por el pasillo. Cotoclón, cotoclón, cotoclón. Asoma una mujer, toda sonriente, agazapada tras sus mechas californianas, y se queda frente a nosotros. Nos da la enhorabuena, valora el estado del bebé, con lo que, entendemos, es la pediatra de urgencias. Y…

- ¡A que me vas a dar una alegría…! – Me dice, clavándome la mirada, mientras me devuelve al bebé.

- ¿!Yo…!? – Sollozo, no tengo ni idea de qué me habla, no sé qué espera de mí, pero estoy extenuada para tratar de ser amable con aquella señora empelucada, con un diente manchado de carmín, que manejaba a mi bebé como si fuera un Nenuco.

- Lactancia materna, ¿verdad…?

- ¡Y una porra…! – Nunca antes ‘porra’ sonó tanto a ‘m*erda’, la verdad. Sigo llorando – No, no, no, le vamos a dar bibe…

- Mujeeeeer… – Insiste, sonriendo.

- Biberón, ya se lo dijimos a la enfermera… – El paciente padre, interviene, taxativo.

- Ya, ya, lo sé, pero era por si a última hora… – Hace gesto con la mano, como si yo estuviese enajenada o me poseyera el espíritu Ragatanga.

- B-i-B-E-R-Ó-N, gracias…

Mi maridito zanjó la conversación, teniendo en cuenta que no debería haber comenzado jamás. Ese fue el comienzo de la retahíla de explicaciones que tuvimos que dar al respecto de por qué no dábamos pecho al bebé. Y no se lo damos porque así lo hemos decidido, y nada más. No hay nada masónico en nuestra decisión. No hay nada feminista, ni jipi, ni estético, ni moderno, ni porculero. No le dimos lactancia materna porque no dársela era una opción y un derecho. E hicimos uso de él. Lo sé, las mamás que dan teta están muy contentas y orgullosas de hacerlo. Déjennos, pues, a las que no lo hacemos, estarlo también. La salud de mis bebés está controlada por médicos y mis tetas por ginecólogos. Todo bien, todo en orden, dejándome medio sueldo en leche en polvo, pero eso, en todo caso, es también el efecto colateral de nuestra decisión. ¡Qué rule BlemilPlus 3 como para una verbena de pueblo…! :)

Y donde mas no cabe un alma 
allí se mete a darse caña 
poseído por el ritmo Ragatanga 
y el dj que lo conoce toca el himno de las 12 
para diego la canción más deseada 
y la baila!!! 
y la goza!! 
y la cantaaaaaaaa!!! 
Aserejé ja de je 
de jebe tu de jebere 

8.- NO IMPORTA

 

Sugerencia musical, NEVER MIND, Nirvana

https://www.youtube.com/watch?v=8yobQOi9y3E

 

Una de las cosas que antes se queda pequeña en una casa con niños, son los armarios. En serio. Da igual que vivas en la sección de dormitorios de IKEA: llegados los príncipes, se acabó el espacio. Y lo dice una mamá que ha tenido varoncitos, no quiero ni pensar lo que serían con dos niñas, que el universo de la moda para ellas es inabarcable. El caso, es que cuando iba a llegar mi mayor y estábamos haciendo nido, pensábamos que con la cuna, el color de las paredes, el cambiador, la cómoda y cesta monas, la cosa iba fenomenal, porque, al fin y al cabo, la ropita de bebé es muy chiquitita, cabe en cualquier parte y lo importante es que la habitación quede coquetona. ¡Meeeeec…! Primer error.

- No sé, a lo mejor hay que hacer una selección de pijamas… – El paciente padre, lucha porque los cajones cierren sin dejar colgando mangas/piernas de peleles de varios.

- Tú empuja… – Yo, que cuando me obceco, me obceco pero bien, me hago la sueca.

- No, si yo empujo, pero cuando quieras abrirlo, lo mismo hay que llamar a Thor…

¡Puuuum! Cajón cerrado, misión cumplida.

- ¿Ves? Sólo era cuestión de maña, Thorín… – Le beso la frente y sonrío, haciéndome la simpática, que me suele funcionar para limar tiranteces.

- ¿Maña? Maña la que vas a tener que emplear el día que necesites abrir el cajón con una urgencia…

Y como si aquello fuera un malfario de gitana-vende-romero, la emergencia no tardó en llegar. Al poco de estrenar alcoba, el bebé decidió que no sólo iba a hacer caca en el pañal, que eso lo hacen todos los bebés; lo suyo, que era un niño creativo, pasaba por hacerla dónde le diese la infantil gana: ilusa de mí, no sabía, entonces, que los culetes son mass destruction weapon. Cargada de toallitas, haciendo lo que podía por sujetar unas piernas que no dejaban de patalear y con la plasta inundándolo casi todo, me acerqué a zona minada, para comprobar que todo estaba limpito y requetelimpito. Nada más poner el ojo en objetivo Birmania, ¡zas…!

- Nicoláááás, hombrenopordiósamamitanoooooooo…

Y sí, Nicolás, sí, hombre por Dios, a mamita, sí. En todo el pecho, oiga. Y porque anduve, fina, que iba derechito a la cara. Mi mayor, que por aquel entonces contaba días, se empleó a fondo con su habilidad intestinal, haciendo que esa cosa líquida y pegajosa que tienen por heces los neonatos, hizo diana en mí y en la puerta de la habitación. ¡Palabrita…! No soy muy de ver pelis de francotiradores, pero creo estar en lo cierto si digo que la precisión y la puntería con la que salió aquello de un cuerpo tan pequeño, tiene mucho de cine bélico. Tiznada y maravillada a partes iguales (haberme apartado a tiempo me dio un plus de higiene facial que agradecía millón, sí…), hice malabares para llegar hasta el cajón de la cómoda-bonita-poco práctica en la que guardaba las mudas del bebé. Como lo importante y crucial es no dejar al bebé sólo en el cambiador, me estiré y estiré y estiré y estiré, tal cual Elastic Girl, y con un brazo crujiendo al límite de sus articulaciones, di con el cajón de marras, el mismo que mi maridito había cerrado empleando la fuerza de los mundos.

- No me j*das…

Y sin j*der no quedé, porque cuando ya tenía el pomo del cajón en una mano y sujetaba con fuerza el cuerpo del bebé en el cambiador, aquello no abría ni cien vidas que tirase. Entre buabuás, pataleos y ñññññeeehjñññññehhheh intentando abrir el cajón, me dejé la vida. Me dolían hasta las pestañas, tú. Cuando por fin creía que el puñetero cajón iba a abrirse, cual cueva de Alí Babá…

- Que baje ya un mojón de meteorito y me fulmine ya, en serio…

El pomo en una mano, el bebé en la otra. Y el cajón, en su sitio, con un agujerito que parecía mirarme, cual cíclope, recordándome las sabias palabras del paciente padre ‘Maña la que vas a tener que emplear el día que necesites abrir el cajón con una urgencia_ Maña la que vas a tener que emplear el día que necesites abrir el cajón con una urgencia_ Maña la que vas a tener que emplear el día que necesites abrir el cajón con una urgencia…’

Así que, cogí al bebé en brazos, aún no todo lo limpio que debiera, y me armé de paciencia para intentar que el cajón cediera. Nada. Dale, dale, dale, tira que te tirará, pero el cajón con su agujerito, que si quieres té, Marité. Nicolás, que nunca fue un bebé llorón, pero sí de pis fácil, pensó que, si estaba desnudito, en el regazo de mamá, tan a gustito, jugando a sabe Dios qué, sería porque allí se valía vaciar vejiga a escape libre. Así que…

- Eh, eh, eeeeeh, que me estás mojando toda, bribóóóón…

Corrí, como pude, hacia el cambiador, intentado que su mini manguerita no regase el edredón de la cuna y la almohada en la que, si salíamos de aquella, debía dormir su plácida siesta. Llegamos, que la habitación tampoco es Times Square, pero un fino reguero de orín trazó el camino hasta allí, y se me vino a la cabeza el cuento de Garbancito y las miguitas de pan. Vale, ya estábamos otra vez en el cambiador, pero no teníamos muda limpia, porque el cajón se la había apropiado. Estábamos otra vez en el punto de salida, en la meta volante. Bienvenidos al día de la marmota…

- ¿Sabes qué, bebé? – Loca de amor y envuelta en fluidos varios, me agaché a comerme a besos a mi niño de amor – Que ahora mismo nos vamos a la baño los dos, a ver si se nos ordena el Karma.

Así que, mamá y bebé llenaron la bañera de mayores con agua calentita, espuma como para napar el Annapurna y tantos juguetes que aquello parecía una piscina de bolas. Seguíamos sin tener muda limpia a mano, si a acaso, camisetas y pantalones de ir de guapo a donde quiera que vayan los bebés guapos del  mundo, pero pijamas y bodies no: el cajón, no se me olviden. El caso, es que, mirando el reloj, supe que el paciente padre no tardaría en aparecer, así que me di al placer del aseo compartido con ese sería ya, para siempre, uno de mis dos genes de la felicidad.

- ¡Vaya, qué bien estáis…! – el padre, complacido, asomó la cabeza y rió nuestra sesión de Spa familiar.

- Hola, papiiiiitoooo… – la mano del bebé saludaba, cual infanta de España – Haz algoooo con eseeeeee p*to cajón, que noooo nos daaa la ropaaa del bebééé…

- ¡Te lo dije…! – Exclamó, riéndose.

- ‘Te lo dije’ no es bien cuando acabas de volver del campo de batalla, papito… – Hago con los dedos del bebé la señal de victoria, como los asiáticos en pleno selfie.

Oigo como mi maridito va a la habitación. Forcejea y forcejea. Sé que el siguiente ‘ya te lo dije’ está en camino, pero me adelanto. ¡A las barricadas del amor, mis soldados!

- Papi, si quieres, en esta bañera hay sitio para alguien más…

- ¡Ya, gracias, pero estoy con el cajón…! – Silencio. Forcejeo – ¿Y ahora, con qué c*ño abro esto?

- ¡Con el martillo, mi Thor – Thorín…!

Me río a carcajadas y oigo como se acerca el padre, aguantando la risa, con una muda completa para el pequeño. No hace falta que lo vuelva a convidar a la fiesta de gel y amor, porque veo como se desnuda y entra en el baño. Allí, en medio de una maraña de extremidades paternas, el niño más lindo del mundo, esboza su primera sonrisa. ¡Nos morimos de la emoción…

- ¡Una sonrisa ya, tan pequeñito! – Jaleo, orgullosa.

Vemos como del agua de la bañera emerge una pompa diminuta, que explota en otras tantas, aún más minúsculas, si cabe.

- Noe…

- Ya… – Atajo, divertida – Era un pedete.

- Aliviadito que te quedaste, eh, ganduleteeee…

Pues vaya, never mind… Sonrisas de Buenos Aires, qué buena cosa, tú. 

SUGERENCIA MUSICAL, We will rock you, de Queen

https://www.youtube.com/watch?v=-tJYN-eG1zk

Los bebés, esas máquinas maravillosas, combinación perfecta de neuronas, grasita en los mofletes, muslos que pliegan y pliegan y pliegan sobre sí mismos, cual cachorro de Sharpei. Los bebés, ese invento colosal en el que se lo juegan todo a penalties el amor, el cariño, la protección, el berrinche y el ‘si llega el fin de mundo, que me pille comiéndote a besos’. Y de tooooodos los bebés, el mío es el regalo más delirante, único capaz de ponerme el flequillo con lo de atrás para delante con sólo oler sus manitos de pianista con la L de prácticas.

- Y a quién te parecerás tú, cosa bonitaaaaa…

Brrrrr. Brrrrr. Para los que no tengan hijos o ya hayan archivado la onomatopeya en cuestión, decir que, cuando hay bebés en casa, no hay cambio de pañal que no culmine en cucamona-pedorreta de mamá en la barriga del querubín. Porque de las diez cosas besables que quizá tengas la suerte de encontrarte en tu vida, la piel de tus hijos es el Top One.

Rindámonos, los seres humanos, criaturas inteligentes donde las haya, capaces de diseñar cohetes, de dar con medicinas que palian enfermedades de m*erda que no debieran haber existido jamás. Duchos, incluso, creando obras de arte magníficas y  rotundas (y no, no me refiero a Brad Pitt, aunque desborda razones para clasificarlo como una de las nueve Maravillas del Mundo Moderno, claro), partiendo de algo tan intangible y efímero como una buena idea. No se nos resiste un invento, porque si hay una posibilidad de hacerlo fácil, ahí estamos nosotros; salvo que sea un dispositivo abre fácil, claro, y entonces ya la cosa cambia, porque siempre termina haciéndolo todo difícil y ridículo (el hombre contra el opérculo del TetraBrick, s-ó-l-o  p-u-e-d-e   q-u-e-d-a-r   u-n-o, chanchan, chanchan, chanchan…). El ser humano, prodigio de inteligencia, y sin embargo…

- Esquetecomoeh, tecomoeh, tecomooooeeeeeh…

Que levante la mano el que no lo haya dicho alguna vez, muertesito en amor, ardiendo de ganas de conservar ese instante en una botella y ponerle un tapón de rosca, para que, cuando el día se complique, y tengas ganas de mandarlo todo a remar, hemos llegado destino, bienvenidos todos al Carajo, saques tu frasquito de cristal full of good vibes y te des a la única verdad que merece la pena, que no es sino ese polvo de estrellas que es amar a un hijo. Amar a tu bebé, que te ha salido de dentro, así, tan formadito y estupendo. Con sus orejas a cada lado de la cara, con su nariz centrada, sus ojos cual ventanitas vivarachas, su mentón partido, tan familiar como cinéfilo, tan Martínez y tan Sheen al mismo tiempo.

Yo, que veo un plano de montaje de la estantería KALLAX de IKEA y me perdí antes de ver si lleva tornillos o se fijan las juntas con chicle chupado. Yo, que tengo una concentración con timming, yendo y viniendo, yendo y viniendo, como abeja a la miel. Pues esa misma yo, que lo mismo me dejo las llaves dentro del coche que me pillo un dedo con la puerta de la nevera, he cocido dos seres humanos en miniatura dentro de mi barriga. Sin instrucciones. Sin ayuda. Sin atajos. Sin mirar el examen del compañero. ¡Y me han salido tan requetebién!

- ¿Sabes qué, Lorenzo? – Respiro junto a su cuellito, aún sudado de dormir a pierna suelta en cuna – Así nos pongan falta en la guardería y me amonesten por llegar tarde a trabajar, este momento no nos lo quita ni Cutús…

Y mi bebé me mira, con guasa loca. Sé bien que no entiende ni paparrucha, más que nada, porque no he dicho coche, azul, sol, rojo, casa, galleta, agua, oso y/o yogurt, vocablos que le inspiran comunicación kinésica con el exterior. No sabe si estoy hablando ruso vintage (el ruso de toda la vida, vamos, el clásico, digo) o extremeño. Pero Lorenzo, que pertenece a la especie humana, capaz de cosas increíbles no sólo por lo que sabe sino por lo que percibe, intuye  que allí hay mucho love in the air. Me mira, me pone cara de chinito tomando picapica, me da un muá con más babas que un caracol, y dejo que los minutos pasen, pero no de largo, porque cierro los ojos y me los quedo. Me los regalo. Me los merezco, qué caramba.

- Mamamamamamamá…

- ¿Has dicho mamá, gandul?

Taquicardia nivel 5 en la escala de Richter.

 - ¿Has dicho mamá?

- ¿Has dicho mamá?

- ¿Has dicho mamá?

- SíííííííííMiBebéHadichoMamáááááááá_ golpe en la mesa con la mano_ SíííííííííMiBebéHadichoMamáááááááá_ golpe en la mesa con la mano Doy un berrido tal, que los vecinos_ SíííííííííMiBebéHadichoMamáááááááá_ golpe en la mesa con la mano Doy un berrido tal, que los vecinos_ SíííííííííMiBebéHadichoMamáááááááá…

Y haciendo ritmos, cual Fredy Mercury en el mítico We will rock you, rompo a llorar, absurdamente feliz, porque que dijese mamá era de esperar, pero que fuese un lunes después del cambio de hora, y con el cansando Extra Long de una semana santa lloviendo sin poder salir de casa (dos niños encerrados = zoo casero), es lo más de lo más, el burro cuando alcanza la zanahoria después de estar hasta los mismísimos del truco y del circuito. Lo sé, el tinglado aquel del tipo que se tiró estilo libre,  desafiando los límites de la atmósfera, fue una asunto global, una causa de euforia colectiva mundial (no quepo en mí de gozo: el cosmos me aburre una jartá…), pero nada comparable con la sensación agradabilísima de saber que tu bebé necesita dejarte claro lo que serás para siempre jamás. Mamá.

Y mamá es un título de muchos galones. No me quiten ni uno, que los quiero todos para mí. Permiso, voy a ponerme un babero; la ocasión lo requiere, ustedes entenderán. 

SUGERENCIA MUSICAL, Este amor no se toca, de Yuri

https://www.youtube.com/watch?v=A-hhTCydu-g

 

Estimados padres:

Les informamos que hay piojos en el colegio, blablablá, blablá, blablabá, piojos, blablabá, bla, blabá, les rogamos no manden a los niños con piojos, blablablá, blablá, y más piojos, blablablaaaaaaaa, reciban un cordial saludo.

 

¿Cómo que un cordial saludo? Pues ya me dirán dónde está la cordialidad cuando de lo que se trata es de informar que hay piojos en el cole. Y no sólo los hay, sino que, de manera vete tú a saber cómo, nos recuerdan que los niños con okupas en la cabeza no deben ir a clase. A ver, no digo yo que no haya pasado cosa semejante (ojos como platos, la verdad…), pero mandar una circular, atribuyéndonos a toooooodos los progenitores un comportamiento terrorista tal, es un pelín faltón y una jartá de descorazonador. Mi abuela, que tiene un ADN muy refranero, diría aquello de ‘piensa el ladrón, que todos son de su condición’, que tampoco es quiera yo llamarles ladrones, faltaría más; al igual que, entiendo, desde la dirección del cole tampoco me están llamando ‘mamá colaboradora con la pediculosis’. A buen entendedor, pocos piojos bastan…

- ¿Qué es eso que me pones…? – Mi mayor, que sabe más por lo que se inventa que por lo que cuenta, está de vuelta y media de que algo se cuece en el ambiente del patio – ¿Es por los bichos que muerden las ideas?

- Anda quééé… – Me río: la ocurrencia es merecedora de ello, no me digáis – Verás… – Me inquieta pensar cómo se puede tomarse todo el tinglado de la prevención piojosa – Tú no tienes bichos en la cabeza: precisamente, esto es para evitar que alguno tenga la tención de venirse a vivir a casa…

- ¿No tengoooo bichitooooos…? – Me clava esos ojos redondos e intensos, que son un imán para los no, tantos besos apretados, no, mamiiiii – Pero hay niños de cuarto que sí que tienen…

- Tendrán… – Suspiro, porque si los que tienen inquilinos en la cocorota son de cuarto, muy mal tienen que venir las cosas para que jueguen con el mío, que va en infantil – Pero cuarto es un curso de mayores, y tú estás en el patio de pequeños, así que…

- Mamita, en el comedor estamos todos juntos, ¿o no lo sabes…?

Y ahí ya me descuajeringo, me vengo abajo, y pienso que lo mejor es, efectivamente, saber quién tiene y quién no tiene amiguitos en el cuero cabelludo, porque no digo yo que vaya a ir al patio con un soplete (ganas no me faltan, qué decir) pero por lo menos puedo intentar condicionar amistades durante esa semana. Y digo puedo, sabiendo que, en realidad, no es verdad: a un niño de cinco años le dices no, y lo confunde con preparado, listos, ya. Trago saliva y respiro hondo.

- Nicolás, pero no pasa nada, porque el flis que te está poniendo mamá te protege de todo…

 No sé si es cierto, pero cruzo los dedos, manos y pies, para que así sea. Lo sé, todos hemos tenido infancia y piojos, pero la idea de que en pleno dosmiloquesea sigamos igual de marginales, me produce rabia y asquete. O asquete y rabia, que yo ya no sé muy bien en qué orden van mis anárquicas emociones.

- ¿Me protege de toooodooo…? – Asiento, mientras procuro taparle los ojos y la nariz con una toalla, mientras pulverizo y pulverizo y pulverizo producto con olor a perro mojado, sobre su pelo limpito y brillante – ¿De tooodooo…?

- Aha… – Miro y remiro ese cuero cabelludo blanquito, sin restos ni evidencias de algo que no sea piel infantil y jabón Nenuco. Me hago con el peine del kit de protección, y empiezo a pasarlo despacito, sabiendo que los tirones son un miérdola: la memoria, divino tesoro…

- ¡A mí no me arranques los pelos todos, que me hacen falta estar guapo, hombre…!

Espeluznado, mi mayor se aparta de mí como si aquel peine de púas pegaditas-pegaditas fuese el tridente del mismísimo diablo. Le explico que tengo que pasárselo para que el flis sea eficaz, pero…

- ¡Ni flis ni flos, que me duele más que ninguna cosa, hombreyá…! – Se acurruca sobre sí mismo, cual bicho bola.

- Pónmelo fácil, amor, que un momentito de nada… – Lucho con sus brazos, moviéndose a lo loco, cual aspas de molino Quijotesco.

- Mira, yo no tengo piojas de esas, ¿por qué no vas a clase de quinto a tirarle del pelo a gordito que siempre nos quita el balón cuando jugamos al fútbol los de cinco años? – Me habla con la cabeza metida entre las piernas.

- ¡Qué me cuentas…! – Indignada, tengo brotes de psicosis maternal: serial killer en modo ON – ¿Y ese muchacho abusón es el que tiene piojos?

- No lo sé… – Nicolás abre un hueco entre las piernas y asoma su carita deliciosa, regalándome la perspectiva de sus mofletes colorados, pero boca abajo – Pero tírale a él del pelo, y que se chinche…

- Ya lo creo que le tiraba, pero a manos llenas…

Con el peine despiojante y el spray repelente por toda arma, me sentí Lara Croft. No es bien erguirse en defensora de conflictos de patio, entre niños pequeños y pequeñísimos, pero allí estaba yo, con un ataque de ira irrefrenable, pensando si no sería una gran idea ir a dar por saco al prepotente de marras, el que quitaba el balón a los niños de cinco, basando su actuación en años, cuerpo, mala h*stia y peor baba. Desconozco si tenía piojos o no, si él había sido el foco de infección de los que, pobres padres, se los había llevado puestos en el flequillo, como regalo de fin de jornada escolar. Ni idea de si era o no un niño educado en valores de tolerancia y respeto a los que están más desprotegidos e indefensos, pero allí estaba yo, con mi peine despiojante y mi spray repelente, desdiciéndome y desoyéndome, invadida por las ganas de venganza justiciera. Arrancarle el pelo se me hacía poca justi-j*dienda, sí…

- ¿A qué hora es el recreo, Nicolás…? – Chanchanchanchán. BSO película de miedo.

- Mamita, soy de cinco años, creo que los de cinco aún no sabemos muy bien decir las horas…

Más verdad que la vida misma. Los de cinco años no las saben, porque para ellos el día se divide exclusivamente entre tiempo de casa y tiempo de cole. Lo que pasa en el medio, no se rige por horas, sino por expectativas: vamos a jugar, vamos a pintar, vamos a correr, vamos a tomar el postre, vamos al autobús, vamos a casa, vamos a cenar, vamos a hacer puzles, vamos a dormir.

- Muy bien, campeón, ya estás… – Para que mi mayor abandone su postura de avestruz, le enseño el peine arranca pelos, colándoselo entre las piernas.

- ¿Y ahora ya no me van a vivir piojas en el celebro*? – Inquiere, con los ojos abiertos de par en par, aún agazapado en su escondrijo corporal.

- Nicolás, hijo, tú no tienes piojOS, en masculino, que son chicos… – Me escucho y no acabo de creerme que esté dotando de género al invasor – ¡Y mucho menos el c-e-r-e-b-r-o…!

- No se dice cerebro, se dice celebro*, porque es el sitio donde se hace la fiesta de las buenas ideas.

OH MY GOD! Yo no sé si todos los padres con niños (con o sin piojos/piojas) tienen el placer de vivir y degustar el absurdo y la genialidad del mío. Pero lejos de corregirlo, su definición de cerebro es tan maravillosa, tan particular, personal, delirante y magnífica, que coartar su mundo lingüístico me parece un ataque frontal a la creatividad.

- Celebro es un palabro extraordinario, amor… – Le acaricio la cabeza, llevándome en la mano ese olorcito tan peculiar a loción repelente – ¡Me lo quedo!

- No te lo puedes quedar, mamita, porque las palabras no son de nadie, ¿no ves que son de aire soplado? – Corta el mismo con su manita regordeta – ¿Y entonces vas a ir al patio a pasarle ese peine al gordito que nos quita el balón a los de cinco años?

- No… – Atajo – Voy a ir al patio y le voy a recordar a ese niño que los piojos van a las cabezas de los mandriles sin corazón…

- ¿¡Mandrileeeees…!? – Mi mayor se ríe a lo loco, consiguiendo que me deshaga en amor en 3D – ¡Ay, mi madriña! Que los mandriles no tienen corazón, hombre, ¿no ves que son para no mancharse en la cocinaaaa…?

Lo dicho. Piojos o piojas. Cerebro o celebro. Mandriles o mandiles. Sea como fuera, bichitos de la cabeza aparte, conversar con mis hijos es el mayor regalo de la vida. Con sueño y cansada como el caballo del malo, pero el regalo es, en sí mismo, vivirlos.

Este amor no se toca: ¡Gordito abusón, yo siempre vigilo…! :)

SUGERENCIA MUSICAL, Chico tienes que cuidarte, de Hombres G

https://www.youtube.com/watch?v=JUP9iJjaKUA

Nunca rinde tanto un invierno como cuando hay niños en casa, porque los mocos, las fiebres, las toses espeluznantes y los virus de estómago (que sólo dan mala vida por la noche, que la cosa es no dejar dormir a propios y extraños) campan a sus anchas en la intimidad familiar. Los miedos y sustos por procesos que, a priori, tú has vivido y, por ende, sobrellevado, se convierten en tus minitús en el drama existencial. Tan pequeños tus niños, tan dependientes, tan adictos a tus sana, sana, culito de rana, que cuando ni sana ni culito ni rana, te sientes una especie de fraude, de mago de circo de medio pelo, que deja más que claro que al conejo blanco le apetece tanto meterse en la chistera como a ti hacerte la depilación láser en las ingles.

Fruto de esa relación indecible con el termómetro y el jarabe de ibuprofeno sabor a mandarina farisea (el laboratorio farmacéutico no probó una en su santísima vida, palabra…), son las visitas al pediatra y sus larguíííísimas jornadas en la sala de espera, a rebosar de querubines rubicundos, con mejillas que están diciendo un grado más de fiebre y entro en ebullición. El caso, es que esos espacios reducidos en los que hay que convivir largas horas sí o sí, los padres nos convertimos en espías rusos, siempre atentos a la tos/estornudo/baba/anuncio de pañal sucio del vecino pachucho. Como si nuestra mirada fulminante fuese capaz de neutralizar una miasma ajena…

- ¡Bebé, ven, cariño…!

Y el bebé no viene, que para eso es un bebé; y yo me pongo loca como las cabras de Heidi al ver que quiere llevarse a la boca un qué sé yo de plástico que, previamente, ya ha chupado el niño que tenemos al lado.

- ¡Lorenzo, amor, ven que te doy gusanitos…!

Oh, oh, oh. Y como si hubiese dicho que le voy a dar un chupito de fino Santa Catalina, toooooodos los papás/mamás de la sala de espera se giran, mirándome fijamente. Antes de tener niños, no sabría interpretar esas miradas biónicas, perforándome a quemarropa; pero ahora sí. Soy capaz de entrar en cada una de esas cabezas tensas, cansadas y con déficit de sueño desde ni se sabe. Cada uno de esos padres que está luchando por no morir de un ataque de ciática en la silla de formica de m*erda de la sala de espera, se preguntan si no podría haberme ido al hall y dar allí rienda suelta a lo que, sin duda, debe ser el pecado más mortal e impenitente, que sólo podemos cometer las madres tan amantísimas como imperfetas: dar gusanitos a un bebé. Qué irresponsabilidad, qué locura de conservantes y saborizantes, qué exceso de sal y grasas saturadas. Caca, culo, pedo, pis. Todo yo, que sí, como si lo viese.

- Pero tenemos que ofrecerles a los niños antes, Lorenzo, que también están malitos y seguro que les apetecen unos poquitos…

Como mi bebé sólo tiene sentido de propiedad cuando su hermano mayor le quita el móvil de mamá, en el que se ve en bucle a sí mismo, protagonizando vídeos caseros en los que está seguro merece el Goya al mejor actor revelación, le parece una idea como otra cualquiera, siempre y cuando antes le dé uno a él. Así que, abro la bolsa bajo la inquisitiva mirada de los adultos de la sala de espera. Sé del momento incómodo en el que me meto, porque no es la primera vez que domestico a mi hijo pequeño con aquel aperitivo aparentemente inofensivo. Pero, al contrario que yo, que ya digo que, entre las madres imperfectas, debo ser el parangón, los padres de aquel recinto cerrado, a rebosar de virus, bacterias y vete tú a saber qué, ven en mi actitud un algo digno de mascullar un hay que ver, hay que veeeer…

- ¿Quieres unos poquitos…? – Le digo con cautela al niño que tenemos al lado, con el que compartimos reposabrazos y medio asiento (el culo de su mamá es de los que invaden espacio vital).

- ¡No, no le gustan, gracias…! – La madre, mucho antes de que la manito del pobre niño llegase a alcanzar lo que le ofrezco, lo cambia de pierna, para que no pueda hacerse con el botín. Al niño no sólo le gustan los gusanitos, sino que se comería la bolsa entera, aprovechando la sal que queda en el fondo. No me cabe duda.

- Ya, ya veo, ya… – Me hago la gilipinchi, porque ya digo que me sobran horas de vuelo – Si cambias de opinión, y te empiezan a gustar hoy mismo, pequeño, no dudes en pedirnos, eh… – Bromeo, sin mucho quórum.

- ¿Y a ti, te gustan, guapo…? – Un padre, que más que bufanda lo que le había puesto al niño era una mordaza, me sonríe, sin saber muy bien qué decir.

- Nunca le dimos, pero como no está su madre, no sé si los puede comer…

Pobre hombre. Aquel ataque de inusitada franqueza, tan a la buena de Dios, sabiéndose el brazo armado de la que entiende de niños: su mujer. Por la apariencia, aquel papá debía tener mi edad, por lo tanto era de la generación de los coches familiares sin sillita de niños, de tardes de juegos con las bolitas de mercurio de los termómetros rotos, de métete en la cama con tu hermano, a ver si pasáis los dos la varicela al mismo tiempo, y por experiencia sabría que los gusanitos n-o  p-o-d-í-a-n  ser nada grave, nada nocivo: el maíz, por muy transgénico que fuese su origen, no suponían una de las siete plagas. No obstante, se metió su normalidad y pasado como niño de los 80’ en el bolsillo de su cardigan, rechazando mi oferta, no fuese a ser que alguien le vaya a su señora con el cuento, y ríete tú mal viaje del hombre bala del circo Price.

- Sí, claro, mejor prevenir… – Itero: estoy de vuelta y media de padres que me quieren educar y/o que me juzgan por tratar a mis niños con normalidad, así que, me hago la sueca super blond – La bolsa es grande: si os animáis, aquí estamos.

Me dirijo al niño talludito que tenemos enfrente, que viene con su abuela. Está claro que catarro no tiene, porque está tan pincho. Buen color, ojeras cero patatero, manos en los bolsillos, espatarrado perdido en el incómodo asiento de casi madera. Sé que no va a querer gusanitos, pero no por tóxicos y delictivos, sino por infantiles. Aun así, ofrezco.

- Chicazo, ¿te apetecen unos gusanitos, para volver a la infancia sin querer…? – Sonrío, dejando que Lorenzo meta sus manitos en la bolsa, porque una cosa es ser generoso, y otra, tonto: allí hay mandanga, quiero mandanga. Todo él, actitud.

- ¡Qué va a querer…! – La abuela se limpia los mocos en un Kleenex mentolado, que perfuma la sala de espera – Este carajo cosas sanas no ha comido nunca: si fuesen Bollycaos de esos o palmeras de chocolate, a pares. Pero gusanitos, jamás…

¡Acabáramos! Para aquella abuela maravillosa, tan made in Galicia, con su falda de media pierna, su permanente apretadita, su bolso casi vacío, sus medias tupidas (los panties de 80 Den. son un escudo anti misiles) y su sorna autóctona, veían en los gusanitos un pasatiempo sano. Aquella buena mujer, con idéntico perímetro torácico que sensatez, sabía a ciencia cierta que criar en la normalidad, sin tiranía, sin excentricidades, sin pánico alimentario, sin dictadura emocional y nueva locurita educacional era posible. No digo yo que fuese buena o mala madre, que quién soy yo para un juicio semejante, sólo digo que, cuando el sentido común llega, los disparates se convierten en ridiculeces.

Toooooda la sala de espera nos miraba. Sin duda, aquella abuela y yo éramos las nominadas a abandonar la casa. Si quieres votar para que salga expulsada Noe Martínez, envía un SMS con el texto QueTeCarguen al número que sale impreso en pantalla, gracias. Si quieres votar para que salga expulsada la abuela, envía un SMS con el texto CrianzaVintage al número que sale impreso en la pantalla, gracias.

De repente, el papá que no sabía si darle o no gusanitos a su hijo, porque no los había probado y su mujer no le había dejado instrucciones al respecto, mira a su pequeño, al que se le caen los ojitos mirando la bolsa de aperitivo de maíz. Se levanta, con el pequeño de la mano, y le dice a mi bebé:

- Venimos a pedirte unos poquitos, ¿nos das…?

- Te damos unos muchitos, ¿a que sí, Lorenzo…?

Y allí estábamos, en sacro santa cofradía, echando la mañana del domingo, la mamá tejón (bigote y mofletes, casi tantos como ira al hablar), la abuela libertina (bollycao + palmera chocolate), el padre valiente (mamá is out of town), la madre imperfecta (es decir yo, atribúyanme todo lo que quieran, seguro que alguna vez también metí la pata en eso…) y…

- ¿Lucas López…? – La enfermera dixit. El nieto-chicazo se levanta, sin decir ni pío – Acompáñame a urología, que ya le está esperando el médico.

…y el casi adolescente con fimosis. ¡Vaya cuadro de las lanzas!

Cada uno con lo suyo, con más bien poca intimidad y con ganitas de irnos a casa, aunque fuese a ver por enésima vez un capítulo de la Patrulla Canina. Nunca antes de ser mamá tuve tantas ganas de que la primavera llegase, aunque fuese tan de mentirijillas como la del Corte Inglés. Invierno, vete ya, hombre, vete ya…

SUGERENCIA MUSICAL, Esas pequeñas cosas, de Joan Manuel Serrat

https://www.youtube.com/watch?v=pZt9vBZr4Kg

- Tú no lo sabes, pero yo te quiero hasta las estrellas, pero hasta las pequeñitas y todo.

Que me quiere, no sólo lo sé, lo huelo, lo toco, lo río, lo baño, lo meto en la lavadora, lo colocolo en la mochila y suelo abrazarme a ello cuando cada noche, de madrugada, me pregunto en qué momento me volveré a sentir igual de cansadamente feliz que ahora, que mis niños me creen el epicentro de su volcán de alegría. Y entiendo, porque no soy tan boba como me lo hago, que mucho de su ‘querer’ es ‘necesitar’, y aún así, me repiiiiiirra disfrutar de ese cariño excesivo y alocado que mis hijos confiesan a boca llena, quizá con restos de Nocilla o sal de gusanitos de maíz en las comisuras, haciendo de su hermoso regalo de amor lo más tierno y perdurable del disparatado e intenso arte de ser una mamá imperfecta. De ser una mamá como yo, que voy sin mapa, sin brújula, sin plan B, sin red, pero full of superpoderes para curar pupas de parque, pataletas por cansancios extremos, dolores de alma y almita porque alguien no ha querido jugar con ellos en el patio o evitar hablar sobre si el Rey León hace llorar al más pintado cuando el padre se queda pajarito a los pies de la marabunta. Soy la mamá que soy, con mis cosas y mis días más chungos que otros, pero lo soy por y para ellos, que no hay nada que me guste más que mirarlos y pensar qué suerte la mía, pero qué suerte la mía.

- ¿Y cómo lo sabes? – Le digo, babeando como un caracol al que la casita le pesa cuarto y mitad.

- Pues porque cuando hacemos todo juntos, todo sale bien.

- Ahí está: el amor, como los flanes, siempre tienen que salir bien…

Me río y en ese instante aterriza en mi cara el bebé, que no sabe hablar, pero domina el lenguaje voluntades como nadie. Nos lee las miradas, interpreta los gestos, intuye intimidad y quiere su parte. Puede que no sepa decirme que me quiere hasta las estrellas, incluso las más pequeñitas, pero sus babas ácidas, sus ojitos achinados, fruto de su risa contagiosa, que hace que los estaréhaciéndolobien se inmolen a su suerte. Solo tengo dos brazos, pocos kilos, no demasiados centímetros de altura, pero cuando los niños me toman a su suerte, tengo la sensación de ser una pedaleta de playa, en la que lo mismo caben tres que cuatro, siempre y cuando ordenemos extremidades y avancemos todos en el mismo sentido.

- Y Lorenzo también te quiere, ¿no ves que está casado contigo…? – Nicolás se ríe, porque su hermano equivoca rumbo, y empieza a escalar por sus piernas.

- Yo no estoy casada con Lorenzo, amor, estoy casada con papito… – No puedo parar de reír, porque la empanada mental de mi mayor es un sindiós magnífico.

- Noooo, con papito te casaste cuando él era un chico, ahora estás casada con Lorenzo y conmigo, ¿o es que no lo ves?

- Pues no sé si lo veo, la verdad… – Sigo poseída por la fantástico de la conversación.

- Tú eres la mujer de Lorenzo y la mía; y nosotros somos…

Silencio. Cara estar buscando un unicornio azul o la receta para que no se pegue la bechamel. El bebé, que se cosca de que no hablamos, interviene a su manera, tocándonos la boca con su dedido regordete.

- ¿Vosotros, qué, mi rey…? – Inquiero, presa de una curiosidad infinita.

- Pues nosotros somos tus cosiñas de amor, claro…

Ay.

Ay.

Ay.

Porplís, reanímenme, denme una paliza con las palas esas que dan descargas y que siempre usa el doctor House cuando descarta el Lupus como diagnóstico iluminati. Si aún no fenecí emoción, debo estar a puntito. Tiemblo de arriba abajo, de izquierda a derecha, haciendo de la Yenka la melodía de mi entusiasmado corazón.

- Ya lo creo que lo sois…

Abrazo a los tipos extraordinarios que me han salido de dentro mientras oigo que el rinrín de la secadora, chivándose de que lleva ya un rato esperándome. Así al día siguiente tuviésemos que ir todos en taparrabos a falta de muda sequita, desenmarañarme de aquel ovillo de felicidad, no entraba en mis planes.

- ¿Qué pasa aquí, que no se me invita…?

Los niños ríen y reclaman que su papito se una a lo que sea tan agradable que está pasando en mi regazo. El bebé ha conseguido meter un bracito por debajo de mi camiseta y me pellizca como queriendo arrancarme capas de epidermis. Sea o no su cometido, entre uña y carne, debe tener unas cuantas células epiteliales maternas: ¡madre de Dios, lo que araña el muchacho!

- Esto es la fiesta del achuchoncito, ¿qué te parece…? – Le digo, dándome una panzada maravillosa a abrazos locos.

- Me parece que soy el padre, y sin el padre presente, no hay fiesta que mole…

Y el padre se une al aquelarre de babas, de carcajadas, de arañazos (ay, Señor, pelada como un plátano, así voy a quedar después de esta crianza…), de cosquillas, de no más, no más, que me hago pis de la risa. Un haz de luz, de cariño y ternura incomparable, qué sino.

Y es entonces cuando estoy convencida de que pequeños momentos de disparate como éste son la recompensa, el regalo y la dádiva de la vida, que segura de que sobran momento en los que tirar la toalla es también una opción, quiere ser generosa con nosotros hasta el extremo. Sí, con déficit de sueño desde los Mundiales del 82, pero con el corazón en almíbar, en su punto pre-diabético, sé a pies juntillas que no habrá muchos instantes tan increíbles como éste, por eso me esfuerzo en sentirlos, y hago un esfuerzo ímprobo en retenerlos en mí, para siempre jamás. Porque la felicidad no se puede medir, ¡qué injusto sería!, tener un baúl de emociones y emocioncitas al que acudir en caso de necesidad de cariño inminente, es el verdadero sentido de todo este tinglado de amar a manos llenas, de amar hasta que el esqueleto te baila Regetón.

Amar a mis niños, qué cosa tan increíble.

SUGERENCIA MUSICAL, Holiday, de Madonna

https://www.youtube.com/watch?v=5Rswx2Z7SDw

No deja de ser curioso lo decisiva que es la perspectiva para casi todo. Porque no es lo mismo que la realidad se observe desde aquí, desde allí o desde el mismísimo acullá. Comerte una maravillosa lubina a la sal es un plan perfecto para la cena del sábado. Pero lo es para ti, no para la lubina, coincidiréis conmigo… No es lo mismo, pues, que ya lo decía Alejandro Sanz. Y como no lo es, ahora que soy madre y tengo que regirme por el calendario escolar, veo que las vacaciones, los puentes, los festivos de índole interna e demás fiestas de guardar (que nos falta festejar el día del porco celta, y tiempo al tiempo…), no son, sino, pruebas que manda el Sumo Hacedor para ver cómo sigo nadando, panza arriba, ante cualquier circunstancia, por mucha prisa, agobio y stress que me llegue al cuello.

- ¡Mamita, ya estoy en la vacación…! – Nicolás, a punto de quedarse frito, disfruta de su plan de holganza.

Claro, para los niños que están hasta el gorro de madrugar, de quitarse el pijama calentito para pasar un frío pistonudo en la parada del bus, lo de no ir al cole es el plan de los planes. Pero para los papás, que están hasta el gorro de madrugar y quitarse el pijama calentito para pasar un frío pistonudo en la parada del bus, lo de no tener cole al que mandar a los niños, es el comienzo de un periplo dislocado en busca de colaboración familiar y ciudadana para dar con la solución a la hecatombe. En días como estos, en los que mi mayor estalla de emoción al anunciarme su período de molicie lectiva, sólo puedo acordarme de la salud de las mamás de los que hablan a boca llena de la conciliación laboral. No, si ya sé que puedo entrar una hora más tarde a trabajar, pero no puedo estar una semana sin ir a trabajar porque no haya cole. Eso a mi jefe no le parece conciliación, sino absentismo, y ahí ya entramos en agujeros negros del espacio…

- ¿Vamos a ir a ver la nieveeeeeee…? – Pregunta Nicolás a renglón seguido, sin reparar en que se me ha puesto mustio hasta el flequillo – ¿Vamos a ir a la ver la nieveeeee? Es que mi compañero Andrea de clase de 5 años, va a ir a ver la nieve con sus papás, ¡y en autocaravana…!

- ¿¡En serioooo…!? – Muletillas automáticas en Modo ON y mirada cual puntero láser – Qué bieeeen…

- ¿A que es muy chulo ir a ver la nieve en autocaravana, mamita…? – Me mira, maravillado, imaginándome viajerísima, recorriendo tierra, mar y aire en cualquier cosa que haga burrum, burrum.

- Ahaaaa…

- Ssss, a mí también me lo parece… – Se frota los ojos de puritito sueño – Si supiera lo que es una autocaravana, aún me lo parecería más…

A la nieve. A la nieve y en autocaravana. Pero vamos a ver, ¿dónde cojoño está el corporativismo entre padres? ¿En serio ir a la nieve no les parecía lo suficientemente envidiable, que tienen que ir en autocaravana? Miré a mi mayor, con expresión de madre derrotada, segura de que nuestro súper planazo de mandarlo a un campamento urbano de deporte y cine, le iba parecer una boñiga. Lo sé, no está bien, es infantil e irracional, pero allí sólo cabía un plan de defensa: ¡el boicot!

- Una autocaravana es un coche grande, muy largo, que en lugar de asientos y reposacabezas para poner la tablet, tiene un pisito pequeño dentro… – Oh, oh, si mi idea de boicotear el plan fantástico del enemigo era éste, me lo podía meter en por la retambufa – Peeeeroooo es un peligro increíble ir con él cuando hay nieve porque las ruedas hacen fiiiiiiissssshhhhh, y vaya lío…

Con el sentimiento encontrado de saber que su compañero iba a ir a la nieve en una casita con ruedas, pero que había una altísima probabilidad (se me fue la mano, lo sé…) de que el viaje acabase siendo una carrera de Bobsleigh, autocaravana colina abajo, sin control, y con las cosas de la nevera saliendo disparadas, a modo de proyectil circense, Nicolás se ríe a lo loco. No puede parar de hacerlo, imaginándose a su amigo Andrea, a su hermano Axel y a su perro Paco (sí, el perro es el único que por lo visto tiene un nombre normal) sorteando botes de tomate frito, yogures Larsa de vainilla y velas de chorizo Revilla, al más puro estilo partida del Ninja Fruit. Hasta que se queda dormido, Nicolás no deja de preguntarme si también se cae el bote de Nocilla y el cartón de huevos de las gallina de abuela Lola (la suya, pero que para el relato nos vale, porque el pobre cree que todos los huevos del mundo son del gallinero de su abuela) y el frasco de pepinillos de Mercadona…

- Es que con tanta nieve y en autocaravana, ¡a quién se le ocurre…!

Y esa fue su última sentencia antes de se quedase aparentemente dormido. Me quedé un rato a su lado, imaginándome a la ociosa y organizada madre de Andrea, de Axel y puede que hasta de Paco, el perro, porque señoras hay que extienden su cariño a los chuquelos, diciendo aquello de aquiénquieremamáááá. Sin duda, aquella buena mujer no tenía jefe, no tenía tiranía de horarios, ni maratones de lavadoras+secadora+doblado, quizá ni tenía que pensar en qué hacer de comer al día siguiente, ya que seguro tendría un séquito de enanitos de Blancanieves, que la liberaban de lo engorroso de la vida doméstica. Cuando estaba a punto de levantarme a improvisar un muñeco de vudú con peluche de Pocoyó, Nicolás balbuceó en sueños…

- Mamiiii, ¿sabías que Andrea y Axel y su perro Paco nacieron en un sitio que se llama El Caray…?

- ¡Aaaah, que son de Valdezcaray…! – Suspiro y arqueo las cejas – Ahora lo entiendo…

- El Caray es lejísimos, por eso van en la casita con ruedas, ¿verdad? – Inquiere, ya con los ojos cerrados y ese tono tan achuchable de estoy soñando, do not disturb.

- Es superlejísimos, claro, y se van allí a ver a los abuelos… – Esbozo sonrisa, sintiendo la punzada chunga del arrepentimiento: el muñeco de vudú baila reguetón en mi conciencia… – Y seguro que a pedir auxilio familiar para colocar a los niños, como los todos…

- ¿Colocarlos dónde, mamita?, porque como no tengan cuidado, lo mismo también se caen en la autocaravana, como el bote de pepinillos y las galletas de huevos de dinosaurio…

- Quien dice colocar, Nicolasiño, dice conciliar… – Apoyo mis labios en su cocorota, que me huele a amor extremo – ¿Dormimos?

- Yo ya estoy…

- Ya veo, ya…

- Pero, entonces ir en autocaravana ¿es o no es peligro para Andrea y su hermano Axel y su perro Paco…? – Musita muy lentamente, ya casi en fase REM.

- Seguro que lo es, pero a sus papás no les queda otra.

- Yo no quiero ir nunca en autocaravana…

- No te preocupes, al campamento de jugar vas en el coche de mamá.

- Vale, ¿y puedo llevar la cantimplora de Dark Vader…? – Más dormido que Cutús, sigue hablando.

- ¡Por supuesto…! – Digo, acurrucándome a su ladito, esponjándome cual pollito amarillo.

- Jo, qué vacaciones más chulas voy a tener…

Y yooo, pienso para mis adentros, que voy a jugar a creerme lo que me acabas de decir, agarrándome a ello como el antídoto anti remordimiento. En serio, en la tómbola de niños beso-comestibles, a mí me tocaron las dos guindas del pastel, no me digáis <3 

SUGERENCIA MUSICAL, El caballito de palo, de Joseph Fonseca

https://www.youtube.com/watch?v=lvgqbaxd3w0

Otra perla desconocida del maremagno chiripitifláutico de ser mamá es la cantidad de fobias, miedos y cangueles que desarrollas con respecto a elementos primigeniamente inofensivos. Ese vértigo inconfundible de voltereta con doble rulo, cuasi mortal, oigan, que te entra cuando estás poniendo a punto las mochilas del cole/guarde y encuentras una nota en la agenda. Oh, oh. No importa que tus niños tengas 22 meses y 4 años y medio: cuando ves que la agenda está escrita, te cuadras, como si la misiva fuese del mismísimo Obama. Lo sé, puede parecer exagerado, porque a estas edades, la maldad y el comportamiento niño infierno aún no elemento cotidiano (y menos manuscrito), pero palabrita que un soponcio repentino te lo llevas, sí.

- ¿Y ahora qué…? – El paciente padre, apoyado en el quicio de la puerta, analiza mi rictus y mi respiración. Si la cosa va tipo Free Jazz, sabe que el lío es decimonónico…

- Pues ahora caca… – Respondo, mientras cierro la agenda de un plaf.

- ¿Pero caca de qué…? – Me dice, intentando hacerse con la agenda de marras.

- De la vaca, ¿de qué va a ser? Pues ya me dirás tú cómo vamos a hacer…

Por si la nueva onda educativa no tuviese ya poco apoyo en el ámbito doméstico, lo de que la profe mande deberes para antes de dormir, es el Guantánamo de la vida familiar. Por si lo sabíais, hay asignaturas de nuevo cuño que son dignas de empezar a reír hoy y no parar ni para coger aire.

- ¿Puzles…? ¿Pero puzles de qué…? – El padre, anonadado, lee las líneas de la profe del mayor – ¿Pero no los puede hacer en el cole, en el recreo, como todo se hizo toda la vida…?

- Se ve que no: ahora los niños se  d-o-c-t-o-r-a-n  en puzles, que es muy sano para no sé qué c*ño de la conexión sináptica… – Giro y giro y giro una cuchara en la papilla del bebé, intentado que no está a temperatura de empaste de dragón.

- Yo, a su edad, hacía salchichones de plastilina, le levantaba la falda a las niñas y aprendí a recortar con tijeras con menos filo que rabo de una escoba. Eso hacía, y la mar de bien oye. …

- Yaaaa… – Arguyo, probando la papilla de nuevo – Pero tú y yo somos de la generación en la que al cole se iba a aprender, no a formarsereshumanos2.0

- ¿Sabes lo que te digo, mami…? – No lo sé, pero lo intuyo, porque veo como el padre contiene sus ganas de procacidad gestual. ¡Tate! Gesto, pero gesto súper intención. Ahí estamos… – Eso te digo y no digo más…

Y claro, lo peor no es pautar una tarea antes de dormir, sino pautar ESA tarea. A mi mayor le interesan tanto los puzles como a mí todo lo relacionado con el espacio exterior, así que, proponerle de ‘forma lúdica y sin exigencias, para que el niño vaya cogiendo gusto y hábito por los puzles de más y más piezas’ (sic. La profe, ese gurú sabiondo, mezcla del maestro Yoda y la Super Nanny) se me hace muy, pero que muy cuesta arriba. Sé que la protesta, los lloritos, los ‘noooo, esoooo noooo, hoy un cuento de los Súper Héroeeees, qué te crees…’ serán, sin duda, el denominador común de mis días, de aquí hasta que llegase el Armagedón, llegado el caso.

- Me dan sudorcitos fríos sólo de pensarlo, papi… – Respiro profundo, mientras el bebé va comiendo a regañadientes su papilla-templada-sin grumitos-en cucharilla tamaño moka-viendo Baby Tv- descalzo (¡Señor, llévame pronto…! O no, que menudo papelón para el paciente padre si lo dejo en la estacada…).

- ¡A tomar por c*lo, cari! – No es un plan, claro, sino un exabrupto… – Ya iremos viendo…

- Pues espérate que aún hay más… – Brindo al padre que abra la agenda del bebé – Yo no sé si hay orden ministerial para volvernos locos.

Veo como mi maridito enarca las cejas, abre los ojos, chasca la lengua y suspira. Se queda callado un nada, y vuelve a abrir la agenda de marras. Fast Rewind. Veo como mi maridito enarca las cejas, abre los ojos, chasca la lengua y suspira. Pero…

- Estas tipas está de p*ta de coña, dime que sí…

- Ojalá… – Digo, sin mirarlo, aguantando la risa.

- Peroooo… – abre la agenda otra vez, incrédulo – ¿De pony? ¿Pero cómo de pony…?

- Ahájajajaja… – Lo siento, la risa es tan libertina que sale por donde se abre un hueco – El día de los papás: ¡Todo tuyo, amorcito!

- Tchtchtchtch… – Onomatopeya de ‘mec*goenPilatos’ – ¿Pero de pony con superpoder, así con cola peluda de todos los colores, al más puro estilo carroza del orgullo Gay, o quizá basta con parecer un caballo con acondroplasia…?

- Yo creo que con que no te líes a mordiscos con todo quisque, llega… – Sigo riéndome, pero el bebé me recuerda que su hora de la papilla no es un tablao flamenco: a ver si estamos a lo que hay que estar. Me quedo tiesa, se me congela la risa y acerco la cuchara con sumo cuidado y en el más solemne de los silencios: se masca la Potito Revolution…

- ¿Y tú, qué? – Me dice por lo bajini, respetando el momento de comida del bebé.

- ¿Yoooo…? – Ladeo la cabeza – Es para papás, p-a-p-á-s…

- ¡Bárbaro, solo ante el ridículo…! – Bufa, pero bufa de aquí a Pamplona.

- Ya, pero yo tengo que hacer puzles de chiquicientas fichas, y hacer que le guste… – Defensa personal, ahí estoy yo.

- Ahora entiendo a las parejas que deciden la educación en casa… – Signo de victoria con los dedos.

- Lejos de agendaaaas… – Apostillo con susurrado soniquete.

- Lejos de PutiPonieeees… – El padre se tapa la cara con un cojín.

- ¡Mamitaaaaaaaaa…!

El susto de la vida. El padre y yo nos habíamos olvidado por minuto y medio de que el mayor estaba haciendo caca, a sus anchas, sin intervención paterna de tipo alguno.

- ¡Sssshhhh…! – Increpo con la última cuchara de papilla del bebé – No grites, que está tu hermano comiendooooo…

- ¡YaaaaaAcabééééMeeeLiiiiiimpiaaaaaaaaas!

- ¿Te sirvo yo, Nicolás…? – Dice el padre, levantándose del sofá a toda prisa.

- Noooooooo, tú no, que los ponies no limpian bien los culos.

Risa millón, sin duda, la sal de la convivencia familiar. Nicolás había estado escuchando con atención toooooodo lo que papá y mamá decían, en la falso intimidad que da hablar en un tono un qué sé yo más bajo de lo habitual. Sabía pues, que los puzles iban a ser nuestro martillo pilón hasta que el Halley rozase de nuevo la tierra, y que su papá, su magnífico y elegante papaíto tenía que perder decoro y compostura, disfrazado de caballo raquítico, en el ‘Día del padre’ en la guardería de Lorenzo. Pero, lo mejor, estaba por llegar…

- Mira, papito… – Ya con el culete limpio, entró en el salón con su libreta de dibujar – Este eres tú, con tu cola violeta y tu careta llena de dientes…

- Vayaaaa, pues estoy muy guapo, ¿Qué no…? – El paciente padre me mira, con el rictus de El Grito de Munchen.

- Te puse mucho flequillo así delante de los ojos, para que te escondas y no te conozcan tus compañeros del trabajo, ni los míos del cole y tampoco Rocío, la charcutera del Mercadona…

¡Apaga y vámonos…! Al pobre de Nicolás le daba tanto apuro aquella historia del día del padre-pony en la guardería de su hermano, que no quería que lo reconociese ni la chica del súper (trónchenseme, que no es para menos…). Y dicho lo cual, señoritas profesoras de guardería, colegio, actividades extraescolares y demás zarandajas, antes de proponer cosas graciosas para ustedes, en pro de no sé muy bien qué conexión paterno-filial, sería maravilloso que consultasen causa/efecto en Google, porque a poco que rasquen, fijo que hay algún adulto contando su trauma infantil al respecto en algún blog para muchachos valientes, que han salido del averno. Vale, la metodología de enseñanza ha avanzado mucho, somos más modernos que la Dolores, la de Calatayud, peroooo, un peu de s’il vous plaît:)

Sugerencia musical, ‘Suéltalo’, BSO Frozen

https://www.youtube.com/watch?v=wvgdihOkTvg

Odio el carnaval. Vale, ya está dicho. Lo odio desde pequeña, porque ser gallega e ir con el ombligo al aire, cual diestra bailarina de la danza del vientre, siempre fue tarea imposible. Por más que rogabas, que te hacías la loca con el frío+lluvia+viento que imperaba en esta época del año, mi mamá, hoy venerada abuela de mis niños, decía aquello de:

- ¡Pero tú estás loca o qué, que coges una gripe que no te la quito en mayo…!

Y claro, las gripes que no curan hasta mayo, cursan con moco, fiebre, malas noches, dolores generalizados y mimos a lo loco. Las gripes que no curan hasta mayo son la caca de la vaca, sobre todo cuando eres pequeña y quieres ponerte tu traje de odalisca, toda envuelta en tules y danzar y danzar y danzar, calle adelante, para que todo el mundo sepa que, si te dejan, no hay frío que te detenga.

Pero menos mal que para eso están las mamás sensatas, para recordarte que, como mucho, puedes ir disfrazada de hada estrella, con tu jersey de cuello vuelto por debajo y unos buenos panties de lanita fina, que abrigan, lucen y dan esplendor. Tú no quieres jersey de cuello vuelto. Tú no quieres panties de lanita fina que abrigan, eso sí, pero ni lucen ni dan esplendor. Tú lo que quieres es ir medio en pelota picada, porque en alguna revista has visto que en algún lugar se puede ir por la calle en bañador con lentejuelas. El sitio en cuestión no te suena, pero sabes, seguro, que no es en tu ciudad, porque sino de qué aquellas chicas iban a ir con los abdominales descubiertos: ¿no tenían una mamá que les pusiese el jersey de cuello vuelto y el panty de lanita fina…? Ahí, queridos míos, comenzó mi andadura como Carnival Hater.

-  Yo quiero ir molón, no todo tapado, qué te crees…

Tres décadas después, la historia se repite, pero ahora soy yo la que está del otro lado, al mando del jersey de cuello vuelto y el panty calentito, y mis niños más allá de la frontera ideológica de la razón. A ellos les importa un pito, o quizá pito y medio, que a mí me espeluzne la idea de que se pongan malitos por ir de paseo, a lucir palmito cual Spiderman 2.0 o amoroso Pepito Grillo, con sus cuernitos y su elegante levita. A ellos, al igual que a los niños de los lugares en los que el clima no les entumece el buen humor, les apetece ir por la calle sin sensación de ir forrados en corcho, lanzar tela de araña azul a tooooodoooo lo que se menea, y hacer cricricrí a cualquier grillita linda, con apetecibles mofletes que se nos cruce por el camino. Pero, Galicia es la borrasca en el país de las maravillas…

- Frío, caca… – Musita Nicolás, enfadado, mirando la ventana del jardín.

- Ya… – M*erda, me veo reflejada en su chasco climático, vaya – Mira, tengo una idea…

- ¿Tu idea tiene jersey de cuello alto…? – Nicolás no quiere hacer un chiste: les Luthiers tampoco, y ese es el secreto de su éxito.

- Noooo… – Cojo a Lorenzo en el regazo, intentado zafarme de su enésimo mordisco – Vamos a ir al bazar a ver qué disfraz calentito encontramos para el bebé, que podamos meter por debajo un chándal y que no coja frío, ¿qué te parece…?

- No me parece nada, porque eso no es una buena idea, eso es un recado… – Nicolás 1 – Mamá 0.

- ¡Que sí que lo es, en serio! – Me río, porque está enfurruñado supermil, y eso hace que sus ojos enoooormes parezcan dos botones de abrigo de abuelo – Le cogemos un disfraz calentito al bebé y así podemos salir un poco a la calle.

- ¿¡Al parque…!? – Emoción superlativa. Sonrisa, aún con mofletes apucherados, pero con cierta animación.

- A donde quieras: ¡tú mandas, Spiderman!

Así que, después de una hora y media intentado salir de casa, el padre y yo metemos a los dos niños en el coche (con la sillita, la capota de plástico para la sillita, el bolso del cambio, la mochila de la merienda, los abrigos, los paraguas, un par de zapatos de repuesto para cada uno, por si los charcos son inevitables…) y nos vamos al bazar chino más grande que conocemos. Lo de grande es importante porque intentar mover un carrito por los angostos pasillos, abigarrados de cosas inverosímiles, debería ser considerado deporte olímpico. Por el camino, Spiderman y el Pepito Grillo protestan una y mil veces:

- ¿Yaaaallegaaaamoooooos…? – El mayor.

- Otóóótudeeeelsaaaaheeeeeotóóbuáááááh… – El pequeño.

- ¿En serio es necesario que vayamos los cuatro y el carrito, cual Amish, al p*to bazar chino? – El padre, sabiendo la media hora que se nos avecina, ya está en tensión nivel Chispum

- Túloquequiereesquemecomaeltigreeeequemecomaeltigreeeeeemisangreestábuenaaaa… – Me dejo ir.

- No me parece un buen ejemplo para los niños que te rías del padre de esa manera… – Ironía, sutil manera de mandarme a paseo.

- Que no, que es la radio… – Señalo reproductor de CD del coche: ¡Folclóricas Arrepentidas, os debo una!

Tras diez minutos de nerviosismo nuclear, llegamos al almacén. Los niños no se bajan del coche, se tiran. El pequeño, que aún no sabe quitarse el cinto (a Dios gracias…), mira cómo lo hace su hermano y sé, tengo la certeza infinita de que es un aprendiz de escapista. Observa y retiene con minuciosa atención cuáles son los pasos para la liberación (presionar el botón rojo, dar brazadas como si espantases avispas y salto de trampolín hasta la alfombra: voilá!).

- Mañana hay que ponerle al cinto de Lorenzo una brida o un candando de castillo medieval: se fuga de la silla antes de llegar a la guardería.

El padre, al igual que yo, se cosca de que el pequeño es un mini Chapo Guzmán, y que le falta destreza, pero fuerza y tesón le sobra para ¡pies, para qué os quiero! Los dos meneamos la cabeza, pensando, al unísono y en silencio, que los líos, cuando hay hijos, nunca dejan de sorprendernos. Para cuando conseguimos sacar a los niños y ponerlos a cubierto, bajo el minúsculo toldo del bazar, empieza a llover, pero llover de verdad. A llover como no se recuerda haya llovido desde el tinglado de Noé y su arca de las citas a ciegas (tanta pareja de animales, ya me diréis…). Llovía de arriba, de abajo, de izquierda a derecha, en tirabuzón y heeeey, Macarena. El paciente padre, que justo estaba montando el carrito cuando aconteció el segundo diluvio más molón de la historia, intenta darse prisa, pero para qué, si ya tiene la espalda tan empapada que recuerda a una Spontex. No quiero decir nada que perturbe su ritmo, pero se me adelantan…

- Papito, hombreyá, date prisa, ¿no ves que te estás mojando todo? – Nicolás imposta tono e adulto sabiondo.

- Nicolás, hijo, deja a papito, que ya bastante tiene, el pobre… – Acaricio la cabeza del bebé, que no entiende por qué no puede lamer el escaparate del bazar, que está lleno de chorretes asquerosos que le parece súper apetecibles.

- No me digas ‘déjalo’, que es una ordinariez, mamita… – El que va de mayor, sigue en su roll.

- ‘Déjalo’ no es una ordinariez, ‘déjalo’ es el imperativo de ‘dejar’, se puede decir… – Informo al señor Castro Martínez, que se había comido a mi hijo Nicolás.

- ¡No, no…! No es un ipelativo*, es una cosa fea que me dices para que me calle, y decirle a alguien que se calle, es una ordinariez…

¡Dale, que ganas! Y tal cual. No se dice cállate, se dice silencio, una de mis monsergas maternales más empleadas cuando se pone en Niño J*dón Modo ON. Qué culpa tendré yo de estar educando seres tan listos, con inteligencia normal, pero listos como pocos. Ains. Lo dicho, dale, que ganas. Ya lo has hecho, bribón.

- ¿Por lo menos le habrás puesto a papá un jersey de cuello vuelto y unos panties de LanitaFritaaaaa…? Es que está muy enfriado, por si no lo sabías…

Y el padre y yo nos reímos tanto y tanto y tanto, porque ‘lanita frita’ es muy  g-r-a-n-d-e, como grande es que Nicolás nos emule, recordando que es invierno, que hace frío, que no podemos salir a ver las carrozas de carnaval porque podemos morir de un sabe-Dios-qué si no nos abrigamos como para ir a Siberia; que mamita no haya embutido a papá en miles de capas para ir al bazar chino, es intolerable, un olvido a la altura de mandarlo al cole en chándal el día de uniforme de botones (sudores me entran: sólo me pasó una vez, me lo recuerda cada mañana, pobre).

- ¡Venga, que ya estamos listos…! – El padre, que tiene más agua encima que lago Ness, no protesta, ya para qué. Sólo quiere entrar en el bazar.

- ¿Y tú de qué te pides el disfraz que vamos a comprar, papito…? -  Nicolás evita ponerse del lado de su padre, porque está tan empapado que le da cosa.

- Yo de nada, ¿no ves que voy de Bob Esponja? – El padre se ríe – Llevo tanta agua encima, que parece que acabo de salir de Fondo de Bikini.

- Vale, pues yo soy Arenita… – Apostillo, sujetando al bebé para que no me arranque a pellizcos una oreja.

- Vaaaleeee, y Lorenzo es Patricio, qué bien lo vamos a pasar…

Tras un épico e inenarrable paseo por el laberinto del bazar, excuso decir que, POR SUPUESTO, nos fuimos hacia la caja con una pecera de plástico esférica (mi casco de Arenita), no sin antes montarla parda con el dependiente, para hacerle entender que queríamos un gorro de chinito para el bebé, para el que habíamos escogido una casaca y pantalones amplios (chándal por debajo, no se me olviden) con un estampado tan rojo y tan oriental que recordaba a un mantel de restaurante ad hoc.

- Pero chino, de chino de carnaval, no de que chino normal, así de habitante de la China, como eres tú, ¿me entiendes…? – Hay jardines en los que sé no debo entrar, sin embargo, ahí voy, a puerta Gayola.

Ñacañaca, la cigala, ¿complendes*?, anuncio ya para los anales de recuerdo si eres la generación EGB. Bien, el dependiente del bazar lo pilló al vuelo (el business es el business…) e incluso esbozó una sonrisa ante mi momento Chiquito de la Calzada, oda al despropósito ocurrente. Pero no fue nada comparable al que vendría a la hora de pagar…

- ¿Tú eres chinitoooo de verdaaaad…? – Nicolás asomando el flequillo, con las manitos en el mostrador – ¿Y con los ojos así de pequeñitos, como puedes ver si llega un dragón por la derechaaaa…?

- ¡Toma, toma…! – Doy un billete al dependiente- Sobra poquito, quédate con el cambio…

¡Y tira millas! Antes de que el oriental-no-veo-dragones-por-derecha nos echase de allí a chinesas h*stias, nos fuimos los cuatro, la sillita del bebé, la pecera-casco de Arenita, el disfraz de chinito, pero chinito de carnaval (ay, mamá, soy un caso…) y el paciente padre, que era, en sí mismo, la viva imagen de Job, pasado por agua, eso sí, pero Job, al fin y al cabo. Quise abrazarlo, bebé de por medio, pero era tanta lluvia la que llevaba puesta en la espalda, que desistí de mi ataque de amor.

- Quiéreme mañana, vale, que hoy los abrazos me mojan los calzones… – Me dice.

- Hombre, dicho así… – Me río, tapándole los oídos al bebé.

- Dicho como quieras: me estrujas, y me caen gotas frías hasta la hucha, mismamente…

A lo dicho al comienzo de este post me remito: soy una Carnival Hater, pero con niños en casa, no hay odio que mil años dure. Y si dura, siempre será con cuello vuelto y panty de lana frita, que para eso ahora soy yo la madre que teme al rigor del invierno. El frío a mí nunca me molestó… hasta que fui mamá, claro :)

Sugerencia musical, MAQUÍLLATE, de Mecano

https://www.youtube.com/watch?v=BUyg7Pk86vQ

 

Once upon a time…

 

NICOLÁS:            ¿Por qué haces eso, mamita…?

YO:                        ¿El qué, amor…?

NICOLÁS:            Darte pinceladas en los ojos.

YO:                        Porque si no lo hago, no tengo ojos, sólo ranuras de hucha de bazar chino.

NICOLÁS:            ¿En seriooooo, y cuántas moneditas te cabeeeeeen?

YO:                                        Depende de lo hinchados que los tenga; hay días podría guardar todas las monedas de los bolsillos de papá.

NICOLÁS:            Pero entonces, si parpadeas, ¿haces tilín-tilín?

YO:                                        Eso hacía cuando era una chica y salía a bailar, ahora hago tolón-tolón, como vaca con cencerro…

NICOLÁS:            Pues a mí me gustan las vacas, mamita…

YO:                        ¿Eso es un besito?

NICOLÁS:            No, son dos…

 

El significado de morir de amor, queridos míos, debe ser algo muy parecido a esto. Cada mañana, o casi cada mañana, el mismo ritual. Yo me dibujo la cara (que no me maquillo, eso era cuando había base veinteañera que matizar), mi mayor asiste, maravillado, al proceso de lacado materno. Mientras el bebé se pregunta por qué nadie le deja chupetear la borla del colorete, yo me hago con siete minutos exactos para imaginarme que soy una bloguera de belleza, de esas que lo petan con tuturiales express en Youtube, dando consejos sobre cómo lucir como una Barbie girl en menos tiempo que te recortas un padrastro del dedo meñique. Lo sé, yo no soy bloguera, no soy una Barbie girl (si acaso, una Barbie Mature, harina de otro costal…), pero atesoro tanta y tanta experiencia pasada con el pincel, que podría maquillarme con más o menos destreza, aunque con la otra mano tuviese que conducir una aeronave, levantar ocho claras a punto de nieve o firmar la paz mundial.

Yo, cuando me pongo, me pongo.

Y tanto. Pero mucho, y con suerte tan dispar, que con sólo mirar el resultado final, cualquiera que se cruce conmigo, sabrá de qué pie cojeo (o de qué sueño carezco), con sólo reparar en la delicada y enigmática línea de Eye Liner que he trazado sobre mis ojos-ranura-hucha-de-bazar-chino.

Porque hay mañanas que, mientras me doy el lápiz sobre el párpado móvil, alguno de mis niños decide saltar al abismo desde el apoyabrazos del sillón. La altura no es como para tomar Biodramina, pero un buen h*stiazo se rifa, eso seguro. Rauda y veloz, a devengar en mi hedonismo hegemónico de 420 segundos de reconstrucción facial, me voy hacia ellos, presa del miedo a no llegar a tiempo. Y sin dejar de dar y dar y dar color al párpado mientras ando, llego justo antes de que se esnafren, desplegando eso que llaman alas de madre, y que, c-o-m-p-r-o-b-a-d-o, existen. Así pues, cual BatWoman, extiendo mis apéndices maternales, amortiguando la caída, evitando que alguno de mis pequeños se deje los dientes en el parquet. Orgullosa de mi rescate, lápiz aún en mano, me voy hacia el espejo. Maravilloso, hoy pasaré el día con la mirada a lo Amy Winehouse: pintada a tizón. Podría pasarme un algodoncito con desmaquillante y volver a empezar. Podría, si tuviese tiempo y algodoncitos y desmaquillante. Valoro la posibilidad de difuminar (con el dedo mojado en saliva, claro está) el grosor de la raya de Khol, pero se me viene a cabeza el difunto de Chu-Lin, el oso panda del zoo de Madrid, y desisto. Pues eso, no, no, noooo, que cantaría la infausta de Amy.

Otras mañana, en cambio, todo parece fluir, los tipos estupendos que me han salido de dentro están bajo control. Nada parece indicar que vaya a acontecer un ataque nuclear por sorpresa, así que decido esmerarme en el delineado de cada ojo. E, ilusa de mí, en lugar de asegurar un Make up básico y tener los dos ojos ready to go, ya después la floritura PRO, me dedico con ahínco al primero que me quede más a mano y me resulte más cómodo de maquillar. Generalmente es el derecho, porque veo mejor con el izquierdo (astigmatismo mata en mí). Noto como el lápiz se desliza feliz por mi párpado, y yo, más feliz aún, no puedo evitar  acordarme de la escena de Pretty Woman, cuando Julia Roberts se está atusando de mujer elegante para ir a la ópera. Y cuando todo va que te c*gas, entra el mayor en el baño al grito de quemesalequemesalequemesale. Yo, con un ojo niquelado y el otro aún con las marcas de la sábana, pido compartir espacio: él haciendo su caca, yo dándole al pincel. Ni de broma, me dice, las cacas se hacen solito, que es mayor. Vale, tiene razón, quiero coger mi neceser para terminar aunque sea en el espejo del pasillo, pero no me deja: prisa inminente, nivel Troncho Va. Esperando a que termine sus cosas, miro el reloj y me doy cuenta de que tempus fugit: sin duda, hoy llegaré al trabajo a lo Rosi de Palma, con un ojo aquí y el otro allá. Genial, así todo el mundo gozará de mi picassiana belleza al natural, de mi mirada cristalina… y regordeta, con el párpado tan inflamado como una oreja de carnaval.

Pero las mejores, son aquellas mañanas en las que el bebé tiene el día absorbente: todo yo, todo para mí, todo conmigo y para ya. Desde que se despierta está roñando a escape libre. No puedo moverme de su lado si no quiero que los vecinos se yergan de sus camas, alarmados, con los pelos como escarpias de carpintero. Así que, me visto, me peino, me arreglo el jetamen en el salón, a dos centímetros de su trona, para que vea que no me marcho, que no hago nada más que estar con él. Mis siete minutos transcurren a más velocidad que nunca, porque cada vez que cojo un algo para darme color, matizar o perfilar, mi compañerito de amor quiere saber qué es y, a lloro vivo, se empeña en que se lo deje. Y claro, el mayor, que es muy de culo veo , culo quiero, hace lo propio, y entre los dos me desvalijan el neceser, haciendo imposible cumplir plazos temporales, y los únicos siete minutos que tengo para esculpirme la cara y volver a ser alguien parecida a mí misma (tuve identidad propia, lo juro), se esfuman. Miro el reloj otra vez (siempre prisa, siempre corriendo, siempre tensión…), y sé, con rotundidad, que hoy sí perdemos el bus. Seguro. Cojo el rizador de pestañas para darle chispa a los cuatro pelitos-patitas de araña que pueblan mi párpado, y hago lo propio. Vale. Me dispongo a hacer lo suyo con el otro ojo, cuando se me cae al suelo y ello propia que el protector de silicona de una de las hojas del artilugio salga despedida. No hay tiempo para dar con la almohadilla, cosa buena sería… Así que, decido usar el rizador así, sin saber que, oh, lalalá, en cuanto lo presiono, me tronza de cuajo mis cuatro pestañas de miérdola. ¡Ay, mamá, allá van mis patitas de araña, con la falta que me hacían…! J*dida y dolorida a partes iguales, cojo a los niños, los subo en el coche, sabiendo que de allí a tres meses, que me crezcan de nuevo mis pelitos oculares, soy la viva imagen de la Naranja Mecánica. Mirada escalofriante, no digo más.

- Mamita, ¿los niños se maquillan? – Se interesa Nicolás, desde su silla del coche.

- Mnnn, no, generalmente no, no siendo que trabajes en el Circo del Sol – Le digo, mientras compruebo en el retrovisor si el bebé ha dejado de intentar comerse el cordón del tenis.

- Pues Damián de mi clase de 4, dice que su primo David de sesentamilaños se echa maquillaje en la cara, ¿qué te parece? – Me espeta, complacido con su cálculo mental al respecto de la edad del primo de Damián.

- ¿Y le queda bien, sin pegotes…? – Inquiero, curiosa.

- Pues sí, creo que sí… ¿qué te parece? – Ni sabe ni le importan un c*rajo los pegotes del maquillaje del primo de Damián, pero quiere saber qué opino de que los chicos se pinten.

- Me parece que si puede maquillarse y no se deja pegotes, es que no tiene niños… -

Suspiro. Suspiroooooo. Ay, que suspiro, digo. Aparco el coche y veo aparecer el autobús del cole, a toda velocidad, cuesta abajo. Felicidad superlativa, hay que ver con lo poco se conforma una cuando la vida diaria aprieta. Entusiasmada con la idea de quitar el CD de los Cantajuegos y poder escuchar el boletín de RNE, me dispongo a coger rumbo al trabajo. Me pongo el cinturón, enciendo el coche, bajo la solapa del quitasol, para mirarme en el espejito y…

- ¿¡Pero qué c*jones…!?

Ni Amy Winehose ni Rosi de Palma ni la Naranja Mecánica, aquella mañana había inaugurado un nuevo estatus: Mariquita Pérez, labio perfilado en marrón, pero sin rouge de relleno. Pues tal cual, echa una muñeca chochona de la época franquista, me pongo el mundo por montera, porque a fin de cuentas, quién ha dicho que la belleza natural no existe: ¡mis niños la tienen! Y yo la comparto, aunque sea a base de risas y despropósitos. Por lo menos, aún no he ido a trabajar con los dientes pintados, cual sexagenaria en la cola del pescado del Mercadona, aunque, ¡dadme tiempo…! (Que lo tenéis, afortunados vosotros) :)

SUGERENCIA MUSICAL, BSO Misión imposible

 Tema orquestal https://www.youtube.com/watch?v=lLcWuQ6jL9g

No nos engañemos, tener niños es la mejor de las sorpresas que la vida te puede empaquetar, pero ello no exime que muchas veces te preguntes por qué no han venido con ticket regalo, para devolver al remitente, llegado el caso. Mañanas en las que te preguntas qué has hecho mal con respecto al día anterior, porque todo empieza mal, no fluye, y el mal humor de tus hijos  termina por darte una paliza moral de padre y muy señor mío. Da igual que le preguntes qué pasa, qué es eso que les hace comportarse como un pulgón de playa, dando la j*da sin parar y porque sí, mordiendo en hueso hasta dar en nervio y hacerte saltar como un orangután, fuera de tu roll de Mamá Blablabá, un disfraz que me resulta igual de cómodo que un pijama de franela.

- Soy tan fuerte que puedo tirarlo, ¿sabías…?

06.30 AM. Recién amanecidos, ya con el pis hecho, el uniforme del cole puesto y viendo sus dibujos favoritos, para que todo vaya bien. Los días de semana no podemos perder tiempo en menudencias, así que hay concesiones tácitas: se ven dibujos de mayores (no BabyTv), para que el mayor desayune rápido y veloz, y nos dé tiempo a sentarnos el baño un rato e ir a coger el bus, sin la presión de ‘mamita, creo que me va a salir la caca’.

Vale, pues todo como siempre, como cualquier otro día, como ayer, sin ir más lejos; pero hoy la cosa no va. No va, que no. Nada más le acerco el Colacao en botellita (lo sé, es un engañabobos, más caro y tatatá, pero la idea de que se tire el tazón de leche por encima del polo del uniforme, me sale mucho menos a cuenta…), el muchacho, que se ha levantado como un puma del Serengueti, me dice que tiene tanta fuerza, que lo puede tirar

- ¡Ay sí, tirar lo tirarás, pero te aseguro que no te van a quedar ganas…!

Duelo Ok Corral. Nos miramos, seguros ambos de que allí sólo puede ganar uno. Yo, que por las mañanas soy blanco fácil para la h*joputez, porque me levanto feliz y contenta, no entiendo la ofensiva, así que hago que no pillo el reto, y atiendo al bebé, que quiere cucamonas, porque aunque no habla, intuye que allí se masca la marejada. Sus muchibesos con babas siempre molan mazo, pero mucho más cuando acabo de recibir un golpe virtual en todo el bazo.

- ¡Ahí va, chavaaaal…!

¡Zas! La botellita de Colacao a tomar viento. Me giro, y fulmino al mayor con la mirada. Recojo el batido del suelo, antes de que se derrame, y lo vuelvo a poner sobre la mesa.

- Tú estás muy equivocado conmigo, muchachito, ¿tú te crees que yo soy una niña del patio del cole? – Lo miro con firmeza – No te confíes demasiado, no vaya a ser que te salga mal…

- ¿Qué…? – Mi mayor se hace el loco, única defensa honrosa a su desaire de niño infierno.

- Mira, vamos a hacer una cosa… – Respiro hondo, acordándome de Daniel Sam en Karate Kid, no hay dolor, no hay dolor, no hay dolor – Vamos a tratar de reconducir este desastre de ‘buenosdías’. Voy a hacer que no vi lo que acabas de hacer, porque me da tanta vergüenza ajena, que tengo ganas de llorar…

- Pues llora, que es de miedicas

¿Pero qué c*ño pasa? ¿Quién es ese diablo que se hace pasar por mi niño, el amor de mi vida? ¿Qué le he hecho yo al universo para que todo se alinee para fastidiarme el día y la existencia? ¿Dónde se resetea al mini-robot para que deje de decir sandeces, que, en todo caso, jamás oyó en casa? Chasco la lengua, contengo mi ira, a fin de cuentas, yo soy la adulta: tengo que domar a mi yo ‘sigue-así-que-te-menoscabo-las-orejas’…

- Verás, chato, hay dos maneras de empezar el día: bien y mal. Todo apunta a que tú has elegido la segunda, pero no podemos dejar que eso nos lleve a toda familia al garete…

- Atáotópatanóóó… – Lorenzo, desde su trona, reclama su derecho a opinar: si no vamos a ver los dibujos de mayores (que dicen culo, no cantan y no tienen ojos graandeeesgraaandeesgraaandeeees…), que alguien pulse 90 en el mando, que seguro ya salió el hurón, la pequeña Lola y el idiota de Harry, que siempre pide de comer algo que no hay. En fin.

- ¡Claro, AmorcitoGuapoGorditoTeComoABesos…! – En medio de aquella tensión doméstica, sólo me hacía falta un bebé dejándose el gañote en protestas. Aún a sabiendas de que aquel canal de televisión diabólico, en el que repetían los dibujos en bucle, no podía ser bueno para el consciente ni el subconsciente, accedo a ponérselo: dos frente belicosos al mismo tiempo, demasiado para una mamá recién levanta, siempre con prisa, siempre con miedo a no llegar a tiempo.

- No quiero desayunar. No tengo hambreeeeeee… – El fenómeno polstergeist que es la capacidad torácica de un niño cuando está enfadado es materia para Íker Jiménez. Del berrido del mayor, el bebé rompe a llorar, asustado, y no es para menos.

- ¡Nicolás, ni se te vuelva a ocurrir gritar de esa manera!, ¿tú te crees que esto es la barra de un bar, o qué…? – Me siento a su lado, en el sofá, y me dispongo a darle yo el batido y las galletas – Empieza a comer sin decir ni chitón: ¡no quiero ni una palabra! Comer y callar, eso es.

- Pues no voy a comer, que lo sepas…

¿¡Será posible con el mico tozudo!? ¡Que soy tu madre, bribón, no me pongas en jaque, que lo mismo te como el alfil…! N-o  d-o-y  c-r-é-d-i-t-o.

- Ya lo creo que sí…

- ¡Ja, ya lo verás…! – Y pone las manos a modo de cancilla, taponando la boca.

- Ahá… – Me meso el pelo del flequillo por no tirarle a él del remolino del cogote, aunque ganitas no me faltan… – Tú te acuerdas de que el sábado tienes un cumpleaños, ¿verdad?

- ¡Sí, en una piscina de bolas…! – Exultante, sonríe, aunque está tan cruzado, tan de mala milk, que resulta un poco Chucky, el muñeco diabólico.

- Pues verás, tú mismo vas a decidir tu futuro: si desistes de tu conducta de cretino integral y desayunas, irás al cumple… – Pausa dramática, arqueo cejas, encojo hombros, engolo la voz a lo Maléfica, espejito, espejito mágico… – Si continúas con este espectáculo de niño infierno y no desayunas, no vas. ¿Qué te parece el juego?

- ¡Eso no es un juego, que lo sepas…! – Protesta, aún más encendido – Eso es castigar, ¿o es que no lo sabes?

- Tchchch… – Niego onomatopéyicamente – Créeme que no, porque castigar es algo que no practicamos en esta casa. Te repito que vas a ser tú el que decida qué va a pasar con tu sábado: si escoges el camino del bien, cumpleaños; si te comportas como un tornillo oxidado o una ortiga, no cumpleaños.

- ¡Yo no soy un tornillo, y ortiga lo serás tú…! – Nicolás se enfurruña, haciendo fuerza para que le caiga una lágrima, pero nada.

- Eres tal, ¿no te oyes? Gritas como un tornillo de estantería vieja, y eres picajoso como una planta urticante… – Me acerco al bebé, que ha decidido comerse un calcetín, del que sólo asoma el elástico por la boca.

- ¡Pues no como y no como y no como…! – Itera mi vikingo, hecho una chispa.

- Pues no vas al cumple, una elección nefasta por tu parte… – Arguyo, sin dejar de mirar el reloj. Sin duda, el bus se marcha sin nosotros. Ay, mamá…

- Que sí que voy, hombreyádéjatedeordinarieceeees…

Y Nicolás coge la botellita de Colacao y se pone e beber a morro, con  idéntica sed que si acabase de cruzar el desierto del Gobi. Esos ojos enormes y expresivos, que sobra un parpadeo para hacerme morir de amor, me miran, llenos de reproches. Si algo le fastidia más que no tener razón, es que se lo hagan saber.

- Así me gusta, campeón, tomando el lado chachi de la vida: si desayunas… – Le acaricio la cabeza, mientras hago malabares con Lorenzo en el regazo, camino del cambiador: habemus pañal sucio y oloroso.

- …voy – Exclama, evitando mirarme – Pero voy porque lo decidí yo, que elegí desayunar, no porque tú me dejes ir, ¿a que sí…?

- A que sí…

Mamita 1 – Pataleta autoafirmación 0

No sé muy bien cómo, ni cuándo ni en aras de qué, pero los niños necesitan provocar de cuando en vez, quizá para probar que sigues alerta y que no has puesto el piloto automático en modo ON (que ya me gustaría, ya…). Esa lucha interna de ser niño y no serlo, de ser bueno siempre o sólo a ratos, de forjar carácter aunque ello haga que se te salten las lágrimas de rabia e impotencia. Y lo sé, ser mamá no siempre es un paseo por el tablero de la Oca, pero por más que el cargo suponga cuajo para aguantar los embistes como una navarra, no puedo evitar sufrir de lo lindo y a lo bestia.

- No le hagas caso, mami, dice las cosas sin sentirlas: te llama malízima, y después te dice que eres la mejor y lo más valioso para él…

El paciente padre al teléfono, calma mi ansiedad post traumática, cuando los niños POR FIN están ya en el cole y la guarde, porque sabe que el resto del día, voy a ir volando, tocada de un ala.

- Ya, soy valiosa, pero hoy soy malízima, y mañana voy a seguir siendo malízima, como si lo viera… – Dejo que dos lágrimas de cocodrilo hagan de las suyas.

- ¿No estarás llorando…? – Me dice, sabedor de la respuesta.

- No, hago ejercicios de respiración asistida… – Apunto.

- Ya me parecía… – Y sonó tan a ¡Venga ya!…

- ¿Sabes, pater? – Silencio – Esto a veces es difícil…

- Y chungo. Pero ya vendrán tiempos peores, así que ríete ahora, que lo mismo después no nos hace gracia…

Ya te digo. Días después, cuando por fin se le pasó la ventisca, mi mayor volvía a su esencia de ser delicioso, a su horma de tipo extraordinario, mil y una veces querible, aunque necesite testar en casa su capacidad de poner al personal y a las normas al límite. Sólo espero (o no, que yo soy muy de vivir las sensaciones siempre como únicas y originales), que cuando Lorenzo tenga su edad y tire el Colacao por la mañana, me asalten los recuerdos de antaño, riéndome mucho y llorando lo mínimo. Rabia contenida, amor a borbotones: a la venta en cualquier farmacia, antes de tomar ningún medicamento, consulte con su farmacéutico :)

SUGERENCIA MUSICAL, Slave to love, de Brian Ferry, BSO de ‘Nueve semanas y media’

https://www.youtube.com/watch?v=gkKKLFjSxbc

Tiempos fueron en los que la carta a sus Majestades estaba a rebosar de elementos hedonistas, superfluos, monérrimos y, casi siempre, caros, porque el regalo en sí mismo era pensar que eras una niña consentida. Pues lo que son las cosas, que años después y siendo yo la misma (al menos de carcasa), ni carta ni capricho y mucho menos, carísimo. Por no haber, queridos míos, no hubo ni petición, porque el asunto de sentirme feliz y agasajada pasaba por dos cosas fáciles-dificiles, tanto o más que la vida misma.

-          Noe, vete pensando qué quieres por Reyes, que después no tengo tiempo de buscar algo con gusto…

El que hablaba no era el paciente padre, sino el maridito, ese que siempre sorprende con joyas estupendas que no hay que cambiar porque son de mi talla, de mi estilo y de mi corazón.

-          Eeeeh… – Emparejando calcetines como si no hubiese un mañana, intento pensar más allá de si negro y azul-marino-casi-negro valen como pareja, funcionan como pareja y pueden usarse al menos una vez, hasta que aparezcan sus consabidos compañeros – Mira, no sé, lo que veas tú.

-          Ah, no, chata,  ayúdame a acertar, que soy genial, pero no un genio…

Genial y genio, todo era, y yo estaba tan atacada dándole al calcetín, que ni ganas tenía de pensar en si tenía o no tenía anillos de piedras lo suficientemente grandes+brillantes+ostentosos+envidiables como para eclipsar el joyero de la difunta Elisabeth Taylor. Sólo pensaba en acabar, en tener minuto y medio para hacerme la cera del labio (obvio decir bigote, que eso le da a mi vello categoría de pelo y, por ende, a mí de bigotuda de circo). Quería, necesitaba un respiro ocioso para pensar en qué me haría ilusión, a fin de cuentas, estábamos en Reyes, fecha mágica y divina para que todo se haga realidad…

-          Quiero que Nicolás deje de usar pañales para dormir y que Lorenzo mastique sin conato de ahogo que te c*gas, ayyyyy…

Suspiro y se acabó.

Ayyyyyyy.

Vuelvo a suspirar, pero parece que no se acabó.

Ayyyyyy.

-          ¡Mamá, abandona ahora mismo el cuerpo bonito de mi mujer…! – Y mi maridito me abraza y me coge la cabeza con las manos, igual que hago yo cuando quiero parar las pesadillas de mi mayor en medio de la noche.

-          ¿Dónde se desactiva el botón de MamitaLoca…? – Me río, sintiendo como la presión homeopática de las manos de mi maridito eliminan tensiones ocultas y evidentes.

-          Ni idea, pero hay que hacer algo…

Siento besos blanditos en los párpados, esos que, en otra vida, quizá también en otra galaxia, llamábamos ‘besos de mariposa’, porque eran el preludio de que todo iba a empezar a volar por los aires. Y allí mismo, en medio de un salón que era la franquicia de ToysRus, en el que no había rincón en el que un juguete sonase/cantase/clamase cambio de pilas en su musiquita tartaja, podía haber pasado de todo, incluso liberar la pasión adolescente que aún nos quedaba en la despensa, la que no entiende de lugar idóneo, de momento adecuado, de aquí no, cari, que me estoy clavando el freno de mano.

Todo pintaba en bastos, pero bastos y triunfos, pero a escasos dos minutos para la hora H (o B, de biberón) oímos como por uno de los intercomunicadores alguien reclamaba atención. Nos abrazamos, con expresión de miedo, como si por una décima de segundo nos hubiésemos olvidado que somos padres, que hay dos tipos extraordinarios y maravillosamente dependientes que nos tienen sujetos con el yugo del amor. Inmóviles, cogiditoscogiditoscogiditos como si en apretarnos uno contra otro estuviese en antídoto al ‘hasta luego, Lucas’, pedimos a sus Majestades, a todos los santos y al señor Dior, que nos conceda el lujo de la intimidad, aunque sea rapidita, a lo Ninja, a lo soldadito de reemplazo en pase de pernocta. Pero…

-          ¡Mamitaaaaa…!

Por mucho que la pasión ejerza sobre la mente una fuerza brutal, no puede bloquear el sentimiento maternal. Ni metida en un Jacuzzi (¿se escribe así? Como veis, lo frecuento tanto como lo escribo, soy toda molicie…), rodeada de pompitas de jabón Roger Galé, escuchando algo bonito de Alejandro Fernández mientras mi maridito se hace con el mando de momentazo, evitaría que mi yo-mamita saltase en cuanto alguno de mis niños pidiese pis, caca, agua, tengo que decirte una cosa. Lo sé, no es sano. Lo sé, va en detrimento de no sé qué leyes de la convivencia en pareja. Lo sé, hay que reservar un espacio para TÚ+YO, pero no puedo ir contra esa fuerza colosal que me impide dejarme ir a lo loco, despendolada y descarada, sabiendo que los pequerrecholos necesitan…

-          No, no te necesitan, en este momento te  r-e-q-u-i-e-r-e-n, que no es lo mismo, mami…

El paciente padre, que sabe que no se puede luchar contra la llamada de la jungla, se las arregla para entender, comprender, hacer suya mi locura, porque esos que nos cortan el rollito, son también sus niños locos, sus tipos extraordinarios, a los que quiere y consiente más de lo que pensó podría hacer jamás. Con las ganas de yatúsabes contenidas, y gesto de date prisa, que la cena está servida, me dice:

-          Venga, vete, que cuando antes vayas, antes vienes…

Se ríe. Me río. Me recompongo y subo las escaleras de dos en dos (tener objetivos es muy importante en la vida, máxime cuando el objetivo es Birmania J). Tardo más de lo esperado, porque el mayor está empapado en pis, y tengo que cambiarlo de arriba abajo, mudar la cama, c*garme en Pilatos porque se me han acabado los pañales de braguita y tengo que ponerle uno de su hermano pequeño, con su consabida oposición (#YoNoSoyUnBebe). Tardo taaaaantooooo, que cuando por fin estoy de nuevo en el salón, mi maridito está frito, tumbado en el sofá, sosteniendo una libreta de La Patrulla Canina y una pintura de la Abeja Maya, con la que ha pasado el rato en mi ausencia. Me siento a su lado y, con igual curiosidad que la madre de una quinceañera ante su diario, me dispongo a leer.

 

Queridos Reyes Magos:

Este año he sido muy bueno (no como los anteriores, que sí que había sido bueno, pero éste he sido bueno que te c*gas, en serio),  y por eso os pido que nos dejéis en casa un séquito de SuperNannies que enseñen a masticar a mi hijo pequeño, lo que redundaría, sin lugar a dudas, en el equilibrio mental de mi estupenda mujer.

Igualmente, y si no es mucha j*da, haced magia potagia con la vejiga de mi mayor y que de una vez por todas, el pobrecito note cuando quiere hacer pis y lo haga donde tiene que hacerlo, no en la cama, que es un lío c*jonudo y el pobre pasa un frío mayúsculo, todo mojado y eso. Además, deciros que sería un regalo magnífico para los padres de la criatura, la madre y yo, que de tanto ponerlo  a hacer, cogiéndolo a peso muerto y dormido, tenemos una musculatura en las extremidades inferiores que podemos presentarnos a Master y Miss Muscle Universe.

Pediros igualmente colaboración para tener un bis a bis en condiciones con mi mujer; sin interrupciones, sin nervios, sin miedos a ser intervenidos por los Umpaloompas que estamos criando sería ya el remate del tomate, pero bueno, sin presiones, eh, vosotros a vuestro rollo, que nosotros estamos aquí para lo que haga falta, que ya nos dijo Nicolás que este año a los camellos hay que dejarles bizcocho de nueces y a sus Majestades, salpicón de pulpo, que a mamita le sale riquísimo, una monada…(sic.)

Conducir un Ferrari, volar en globo, la temporada completa de Juego de Tronos, una quedada Star Trooper o comerme un cochinillo de Arévalo yo solito, con sus patatitas amarillas y sus pimientos asados, ya como veáis. Ahora, lo del pis y el ñamñám de los niños, no se me olviden, por tutatis.

Fdo: El papá de Nicolás y Lorenzo

 

Si esto no es la magia de la navidad, que baje Balenciaga y lo vea. Tanto tiempo después, sin tiempo para el hedonismo, para los caprichos, para la batalla cuerpo a cuerpo, quererse a calzón quitado (figuradamente, claro, que mi Adonis se había quedado Zzzz) era el mayor regalo de la vida. Tener familia mola, por definición. Ser mi familia, es adictivo. 

SUGERENCIA MUSICAL, Stand by my woman, de Lenny Kravitz

https://www.youtube.com/watch?v=TauTgw-gpp4&index=3&list=PLlIAxrf_DKDkoaDn1pHnfuTS-C8mlCGG-

 

Parece mentira que una vez, allá en el comienzo de la vida sobre dos patas, cuando el ser humano se dio de bruces con la rueda, toda redondita y tan en forma de rosquilla de anís, yo haya tenido un nombre que no fuese mamá. Mi DNI lo dice. Las cartas del banco, con adeudos y domiciliaciones inesperadas me lo recuerdan. Lo asevera la circular informativa de la reunión de vecinos (batalla campal de tipos en chándal y muchachas con moños de vendedora de mercadillo). La gente que no frecuenta mi salón, mi cocina, mi baño en hora punta, mi coche a punto de salir hacia la parada del bus. Cualquiera que no haya vivido el caos doméstico, dentro mi caos doméstico, no sospecha que oigo Noemí, y ni me inmutas. En serio lo digo. Es que un día voy a ir por la calle y alguien vocifera mi nombre de pila, del sacrosanto bautismo, y como no anexe ‘mamádeNicolásyLorenzo’, no me giro ni para coger un boleto del Euromillón, con todos sus eurosmilloncitos.

- Mamita, ¿por qué el abuelo te llama Noe, no se acuerda de que eres mi mamá…?

A mi mayor, al igual que a mí misma, mismamente, le cuesta pensar en mí como ente singular, con vida, identidad, sentimiento y sueño propio. Todo en esta vida, incluso la mía, le pertenece. No, no es egoísmo, que supongo un poco también, lo suyo es más bien el síndrome de Hola, ha llegado el rey del Mambo. Sabe que me llamo Noemí, y aún así, trata de olvidarlo, porque eso lo desvincula de mí, le quita superpoderes poderosos, en detrimento de su máxima atracción sobre todo lo que ama, lo que quiere, lo que necesita y lo que no está dispuesto a renunciar y/o compartir, salvo con el bebé, al que quiere, pero del que se cela con elegancia y distinción.

- Porque me llamo Noemí, que es un nombre precioso, que buscó la abuela para mí cuando nací… – Termino de peinarlo, procurando que la raya del pelo sea, en efecto, una raya y no un tirabuzón.

- ¡Pero si tú naciste en casa, dentro de la barriga deeee…! – Con ojos desnortados, busca en mi gesto algo que lo ayude a terminar la frase.

- … de la barriga de la abuela, que yo un día, hace dos galaxias y una temporada de Cuéntame, fui bebé… – Me río, porque sé que no es fácil para él pensar que mamá fue niña, con cosas de niña, mocos de niña, ideas peregrinas de niña y berrinches de niña.

- ¿¡Bebeééééé…!? – Se lleva la mano a la frente, y se ríe a mandíbula batiente – ¡Las mamás no son bebés, o qué te crees…! Las mamás siempre son mamás, incluso cuando salen de las barrigas de las abuelas, porque ya salen grandes y con rizos y labios pintados…

¡Acabáramos! Según la lógica aplastante de mi mayor, mi madre dio a luz a una especie de muñeca hinchable, a la que en lugar de pañales debió poner compresas y dar forma al tupé con laca Elnett. Si pensar que tengo nombre propio (mío, mi tesoroooo…) le es chungo  de aceptar, imaginar que alguien pudo criarme con idéntico mimo y dedicación que la que le dispensamos a él, debe ser raruno. Raruno y complicado, porque, aunque Nicolás suela pasarse mis normas por el elástico del calzoncillo, sabe, intuye y confía en que sé lo que hago, cosa que me congratula, porque no siempre es así, y el arte de dejarse llevar e ir viendo, se me da de perlitas.

- No, cariño, yo no nací grande… – Le vuelvo a poner el flequillo en orden, para que no parezca un pequeño seminarista de los 70 – Yo me hice grande y después me enamoré de papá, para poder tenerte a ti y a Lorenzo.

- ¡Pero papá es un señor de 42 años, y enamorarse de un señor de 42 años es complicadísimo…! – Nicolás arquea las cejas, y se abraza a mí, zalamero perdido – Enamórate de mí, que soy más de abrazar fácil: ¿no ves cómo tengo sitio dentro de tus brazos?

- Ya veo, ya…

Sonrío, esponjándome como un pollito, feliz de saber que, una vez más, tooooooooodoooooooo en mí tiene que ser con respecto a él. Lo sé, llegará el día en que me rechace, me rehúya, evite mis besos en la parada del bús, pero ahora somos tan compañeritos del amor, que no puedo sino disfrutar de ser una de sus personas favoritas.

- Mamita, ¿sabes una cosa…? – Se mira por enésima vez en el espejo, para cerciorarse, ofcórs, de que sigue siendo igual de guapo que hace minuto y medio.

- Dime… – Intento bajarle el pelo-antena que le sale de la cocorota, herencia Castro.

- Que Noemí es un nombre superchuli, ¿sabías? – Sonríe

- Ahá… – Arguyo, luchando con el pelo rebelde del remolino de su cabeza.

- Pero mamá es mejor, porque me sale más bien y así, cuando te llamo y te llamo y te llamo, si digo mamá, no te gasto el tuyo, ¿entiendes…?

¡Ahí le has dao…! Si de algo me puedo sentir satisfecha y feliz y orgullosa y maravillada cual progenitora abducida por el amor filial, es de haber parido dos niños listos y agudos como ninguno. Inteligentes como cualquier otro, ahora listoooooos, ¡ay, ay, ay…! Noemí es un nombre ajeno a su necesidad de hacer suyo todo lo mío. Mamá es más él, más su hermano, más contigo estoy más pancho que Juancho. Mamá es la contraseña secreta de la cámara acorazada, la alfombra de Aladdín, la espada láser de Luke SkyWalker. Mamá es mejor porque ello implica que soy su mamá, punto pelota.

- Me parece una gran idea, ¿qué te parece si le contamos a papá que a partir de hoy sólo me llamo mamá?

- Vale, pero le decimos que te llamas Mamita Castro Martínez, así más como yo y como Lorenzo – Con entusiasmo, Nicolás, alza la voz con júbilo infantil.

- Pero yo no soy Castro Martínez, amor, esos apellidos son los tuyos y los de tu hermano… – Aporto, para que no se olvide el asunto de la herencia en su nombre.

- Que no, hombre, que tú eres mamá de nosotros, por lo tanto, tienes que llevar nuestros apellidos, igualitos, para ser los mejores amigos de la familia.

Es decir, queridos, que no sólo no tengo entidad individual y propia, con un nombre bonito al que acogerme cuando me pregunto quién soy y qué hago en el mundo, además de criar+amar+bañar+alimentar+educar+enseñar a hacer puzles a niños que son tipos estupendos. No soy yo ni se me espera, porque sólo con ellos mi ser tiene sentido. Así lo ha decidido, y así lo siento, con felicidad y cansancio extremo.

- Y hay que hablar con Bob Esponja, ¿no ves que tiene un mentón igual que el mío, así en forma de culito…?

- Claro, tan Martínez… – Digo, muerta de risa.

- Bob Esponja Castro Martínez: hay que decírselo a Patricio y a Calamardo, para que cuando lo inviten a comer las cangreburgers digan bien su nombre…

- Ahá… – Faemino y Cansado viven en mi hogar, se los ha tragado mi hijo mayor – Pero yo no sé dónde vive Bob Esponja, amor…

- En fondo de Bikini, mamá, es que no te enteras…

- No me entero de nada, hijo, qué barbaridad…

Y allí estábamos, mi mayor y yo, adjudicando identidades y anexando lazos familiares a dibujos animados, ajenos al hecho de que si no apurábamos la torta, el autobús del cole se iría sin nosotros. Es lo que tiene conversar con el sabio de la vida, que me quedo sin identidad, sin parcelita personal, pero gano enteros en el discurso fall in love. Así que ya sabéis, si nos cruzamos, llamadme mamá, mamita, mami, mamááááá, de lo contrario, puede que pase por vuestro lado, haciéndome pasar por Arenita Castro Martínez (a fondo de Bikini me remito, chicuelos…) :)

SUGERENCIA MUSICAL, Un año más, de Mecano  

https://www.youtube.com/watch?v=n5KmzA_hMqE

¡Ay, de mí, que ya no siento mariposas en el estómago cuando se acerca fin de año! Yo, la misma a la que no le llegaba el tiempo de septiembre a diciembre para encontrar un modelito lo suficientemente brillante, ceñido, cortito e incómodo para despedir el año con la locura que merece. Pensar ahora, desde mi circunstancia de madre servicio 24 horas, en años aquéllos juveniles y no tan juveniles (¿los 30 es edad púber? Sí, no, su tabaco, gracias…) no hace sino arrancarme una risa sarcástica, como si la visión de mi persona en versión despreocupada fuese un personaje de Friends.

Pues bien. Como cada diciembre desde que los romanos se sacaron el calendario debajo de la cuádriga, el año llega a su término. Época de balance y balanza (excesos navideños que no perdonan), de celebración y júbilo (¡Por fin llega Ramontxu y su capa…!), de planes a medio hacer y otros cientomillón por hacer (tonificar la musculatura abdominal tras los embarazos y/o buscar en Amazon si hay algún milagro que me evite pensar en ejercicio para conseguirlo), pero sin duda, lo más mejor de lo mejor es darse una panzada a revisar el año en fotos, click, clic, ¡patata!.

Ahá. Te lo digo, vampiro, porque otra de las cosas que descubres cuando los niños llegan al hogar, es que ya no vienen con un pan bajo el brazo, sino una tarjeta de memora SD para la NIKON. Y lo que antes, en la era prehistórica en la que el paciente padre y yo éramos novios disfrutones y hedonistas, eran álbumes de viajes, de vida en pareja, de cumpleaños, aniversarios, domingos de playa o quizá tardes tontas en el sofá, con cariño, risa y manta de los fríos, ahora son reportajes infantiles desde todos los ámbitos, encuadres, ángulos y escenarios. Y digo reportajes infantiles, porque es tan difícil que alguno de nosotros podamos posar con ellos, que las instantáneas dan cierta sensación de orfandad pictórica: Luke, soy tu padre, pero no salgo en la foto porque en ese momento tu hermano quería babua (*agua). Como si lo viera…

- Papi, mira qué regordete estaba aquí el pequeño… – Miro, embelesada, los mofletes de Lorenzo, que dan ganas de babar la foto a besos.

- Oye, ese que está ahí detrás, ¿soy yo…? – El padre, con mirada de ranurita, a lo de chino mandarín, se esfuerza por reconocerse alláááá, a lo lejos, desenfocado en una esquinita del retrato.

- Pues no sé, pero puede ser… – Me apresuro a ponerme las gafas: los años y el astigmatismo no perdonan – Y sí, puede que sí, mmmmsííí…

- ¡No me j*das que estoy tan mayor…! – Con incredulidad, con desasosiego, con más gracia que resignación, el paciente padre se valora, cosa que me maravilla+sorprende, ya que no se le distingue con claridad en la foto.

- ¡Tshhhhh…! – Mando callar, chasco la lengua y arqueo las cejas – Estamos pa’comernos…

- Ya lo creo, pero con pan de  bolla y haciendo sopas, porque hay que ver qué envergadura…

Lejos de darle la importancia que requiere su apreciación sobre su volumen y/o masa corporal (que me repirra, dicho sea de paso), yo sólo tengo ojos para los mofletes cárnicos y jugosos de mi benjamín. La imagen de su carita redonda como una sandía, sus ojos vivarachos, su sonrisa toda llena de dientes de ratón y su mentón partido, tan Martínez y tan particular, es un catalizador de amor, que fluye a escape libre. Como las abuelas de antes, beso el retrato de mi bebé, como si los dos millones de achuchones que le acabo de dar antes de dejarlo en la cuna se me hubiesen quedado pequeños.

- ¡Aiiiiiins, qué te como vivo, gandulete…! – Exclamo a todo pulmón, totalmente enajenada y muertecita en love de verdad verdadero.

- ¿A mí…? ¿En serio…? – El paciente padre, que ha aprendido a vivir con alegría y chascarrillo la falta de tiempo para todo, incluso para intimidad, se me acerca y me tira un pellizco en el pompis.

- ¡Animal, para que te siente mal después de cenar…! – Me río a carcajadas y le beso la nariz.

- ¡Sal de frutas: santo remedio…! – Y se acurruca a mi lado, agotado como cada final de día, independientemente que sea fin de año o carnaval, para seguir mirando y admirando fotos de nuestros niños – Cans de palleiro, te lo advierto…

Y tiene más razón que yo qué sé, porque los que somos oriundos de la tierra de Breogán, y adictos a la sabiduría popular, sabemos que no hay cachorros más bonitos en la naturaleza que los que nacen de esa raza incierta, crisol de golfería canina, a la que llaman ‘can de palleiro’: los mil razas, que dicen ahora. Como todos los padres, supongo, que soy consciente no somos los único abducidos por el amor filial, los sentimos, los vivimos tan guapos y tan de quedarse con la baba colgando al mirarlos, que en algún lugar de nuestro gen visionario, sabemos que tanta belleza no puede durar para siempre. O sí, pero por si eso no sucede, y la adolescencia les regala incertidumbre, inseguridad, granos de acné y, quizá (seguro), mal de amores, queremos que sepan que han sido los niños más hermosos, más adictivos, más curapupas, más compañeritos del alma del mundo mundial.

- Son bonitos de c*jones, no me digas…

Arguye el orgulloso padre, mientras encuentra acomodo en el sillón en el que ya a duras penas cabemos, porque el señor Potato, Spiderman negro, un Bubble Guppie, la pelota de Bob Esponja y una galleta de dinosaurio chupada campan a sus anchas, sin intención de hacernos sitio.

- Pero de c*jones miringallones, pater… – Puntualizo, con tonito jocoso.

- Que lo decía el abueeeeloooo… – Ríe el maridito, rodeándome con el abrazo del oso.

- Elaaadioooo…

Y tan verdad como que el mundo es mundo y los lipstick de Max Factor 24 horas funcionan tan bien que hay que usar orujo de hierbas para desmaquillarse, hay expresiones familiares que se transmiten de padres a hijos, de mujeres a maridos, haciendo de ellas auténticos homenajes a seres que merecen la pena. El abuelo Eladio, que era más bueniño que las pesetas rubias, así se llama, ese es su legado. Así lo recuerda nuestro mayor, y nos encanta que lo haga. Porque eso es lo que era el abuelo: un cofre del tesoro, a rebosar de cariño y amor.

- Qué suerte hemos tenido con estos niños, papi…

- Sin duda… – Asiente, sin quitar ojo de la pantalla, porque Cristina Pedroche anuncia campanadas, con el vestido nudista de turno (si quiere salir en pelota picada, ¿por qué no lo hace? I wonder…).

Tintín. Tintín.

WhatsApp attack findeáñico.

- Noe, mensaje – Me dice el padre, sin parpadear, atento la tele. Sabe (él y media Guinea Ecuatorial…), que en un plisplás, la muchacha se hará un Telecinco, asomando culete/muslamen/poitrine. Tic, tac, tic, tac.

Cojo el móvil y asisto, entusiasmada, al aluvión de buenos deseos, la mayoría impersonales y puede que en cadena, de mis contactos. Algunos son amigos, otros conocidos, otros teléfonos que grabo en la agenda para saber quién me da el c*ñazo a deshora. Pero lo mejor, OOOOMMMMGGGG!, es disfrutar con el cambio de foto de perfil, ad hoc con la festividad del momento. Vestidos imposibles, de largos milimétricos, con pelos tan enlacados+cardados+recogidos que recuerdan a Luis XVI. Y ellos, tan de pajarita tan mal lucida que parece inevitable acordarse del payaso de Micolor (¡uy, soy tan de los 80…!). Sea como fuere, es el día del despiporre, de la noche interminable, del dolor de pies non-stop, del frío que te c*gas (abrigo no, gracias, que no se me ve el modelito). Noche de disfrutar a lo loco, que se nos acaba el año, y mejor que las campanadas nos pillen gozando, pero bien.

- Me voy a hacer un Colacao calentito antes de empezar con el turno de bibes… – Me incorporo, haciendo la croqueta sobre mi maridito.

- Que sean dos, pero no tardes, que falta poco para las doce…

Con su carrillón, sus cuartos, sus prisas, sus risas, las campanadas comienzan. Nos atragantamos, felices, con las pepitas y algún rabito que se coló en la fruta. En pijama, con calcetines gordos y zapatillas de Yeti (forrada hasta las rodillas, maravilloso invento). Nos abrazamos, nos reconocemos en la felicidad mullida de padres de dos tipos extraordinarios, que nos recuerdan ya, en el primer minuto del año, que siguen mandando ellos. Buábuá. Mamitaquierobeber. Caughcaugh. Quieropis. Otó. Cuchúúúú.

Feliz 2016, amiguitos, disfruten de la velada festiva, yo gozaré de mi dicha de ser mamá, que es una etapa tan intenta y chula, que da miedito perderse algo, aunque sea el zapato como Cenicienta. ¡Ah, no, espera, que tengo zapatillas de Yeti! Vaya, no digo nada, pero de ahí que mi príncipe azul sea un BigFoot de amor :)

Sugerencia musical, Fly to the moon de Frank Sinatra,

https://www.youtube.com/watch?v=mhZ2X9znPxM

Y no todo es tan duro, ni tan disparatado, ni tan agotador en la feliz idea de tener niños; también hay momentos de absoluta paz y equilibrio.  En serio. Palabrita. Y esa paz tan necesaria se convierte en tan adictiva, que cuando piensas en qué hacías cuando no estaban en casa, sólo se te viene a la cabeza una ladera llena de cardos y polvo seco, nido, sin duda, de algún bicho toca pelotas. Porque vivir, lo que es llenar las horas de la emoción de no saber si serás capaz de llegar entera la siguiente, eso sólo sucede cuando estos tipos que has parido llegan para quedarse. Para invadirlo todo de emoción y de corre, corre, que te pillo. Con ellos llegan los miedos, la vulnerabilidad absoluta, el idilio con el Dalsy, el termómetro y las noches en vela. Pero también los abrazos mulliditos, los besos con babas y olor a leche de continuación o natilla de chocolate. Que llegue el fin del mundo, estoy preparada: he experimentado el nirvana. Y todo gracias a ellos, a mis hijos.

Nada comparable a esta maravillosa sensación de estar al límite de tus fuerzas, para que cuando por fin los dos niños duermen, quizá uno en tus brazos, te invada el súper power, el mega poder de amar hasta el infinito y todas las estrellas, y no sólo te alegres de parecer una careta de zombie (Halloween lo inventé yo, ya te digo), sino que ya le has encontrado estética al tono azulado que te surca la cara desde el lacrimal hasta el lugar donde antiguamente habitaban tus pómulos y su grasita favorecedora. Ahora que ya no me preocupa tanto lucir guapa como aparente, he llegado a la conclusión de que lo que más me favorece, lo que realmente me sienta bien es ver crecer a mis niños. Lo sé, suena cursi, ñoño, quizá mil veces oído, pero es que cuando te toca, te toca. Y ahora que me tocó a mí, me río yo de las flechas de Cupido. Ya lo cantaba Karina…

Esas flechas van contigo donde quiera que tú vas, 
están entre tu pelo y en tu forma de mirar, 
son las flechas que se clavan una vez y otra vez más, 
esas flechas van contigo donde quiera que tú vas.

No se conoce cariño más supercalifragilísticoespialidoso que este. Amar en salones revueltos, ¡qué gran escenario…!

Y como digo, es cuando la casa está en silencio (un lujo escaso que sucede una hora como mucho, entre el último biberón del pequeño y el primer pis de la noche del mayor) cuando hago balance y me reafirmo en que seguro que hay vidas más vidorras que la mía, con más qué se yo que la mía, pero seguro, seguro, seguro, que no tiene un nosotros como el mío, el que hemos construido el paciente padre, la madre imperfecta y los dos querubines extraordinariamente queribles.

Este nido de locura, alboroto, prisas, neveras a rebosar de yogures y mesas repletas de sobras de desayuno+comida+merienda+cena, que hacen que engordemos en nuestro afán de ser ‘coche escoba’ y no tirar nada que sepa/tenga/recuerde al chocolate (un pecado, no me digáis). Lavadoras de 7 kg que se quedan pequeñas y te hacen envidiar a los albañiles y sus hormigoneras gigantes, con un diámetro tal que cabrían en la misma colada los abrigos del cole, el edredón de la cuna, el albornoz de piscina, el disfraz del oveja para el festival de navidad y, puede, que hasta yo misma (así me aseguraría la ducha, gozo mayúsculo, no se crean…). Cestas de calcetines huérfanos a la espera de que los saquen de su singularidad no escogida, porque son tantos los que están sin compañerito, que llegas empatizar con su soledad del cojo. Armarios que son, en realidad, trincheras: abres la puerta y ¡a cubiertoooo…!. Cocinas con tantos sistemas, chismes y cositos de protección, que, a veces, no sabes si estás abriendo el horno o la caja fuerte. Platos de Peppa Pig, mugs de Mickey Mouse, vasos Minion, ¡Murcia, qué hermosa eres! Ains… Hay qué ver al paciente padre, con americana y foulard, elegante y oliendo a colonia rica, desayunando en tan selecta y distinguida loza: gana enteros en el ranking del mejores compañeritos del mundo mundial. Cajones de ropa blanca en los que pueden vivir Playmóbiles, pelotas saltarinas y hasta un trozo de pan reseco, que por alguna razón debió constituir un peligro para el bebé, y quedó arrestado en el lugar que teníamos más a mano. Todo es posible, no os digo yo que no, porque hasta un dinosaurio tenemos en las escaleras, porque dice mi mayor que nos protege de los fantasmas y los esqueletos. Ya, ya sé que no existen los fantasmas, tampoco los esqueletos que quieran censarse en un lugar húmedo como el nuestro. Lo de los dinosaurios no lo tengo tan claro, porque al que hemos adoptado le falta un palmo para medir lo que mi abuela, y ya le tenemos cierto respeto y cariño.

En esa calmachicha maravillosa que es el impás entre morir de cansancio y disfrutar de él, esta hora antes de desplomarme entre el edredón y el colchón viscoelástica (me nominen al Nobel al inventor, porplís) me acuerdo de mi vida de antes, de la Noe anterior a la Glaciación, y estoy segura de que no me gusta. Me veo rara, no me reconozco y estoy segura de que, tanto tiempo después, y con déficit de sueño como retar a la Bella Durmiente, no cambio esto por nada, porque la aventura de acompañar a mis hijos en el camino estupendo y largo que es formarlos para ser unos tipos de bien, sanos por dentro y por fuera, y con capacidad de ver vaso medio lleno aunque el agua les llegue alguna vez al cuello, me impulsa a vivir esta carrera de fondo como lo que es: mi familia, mi cuevita del amor.

A ella me agarro con Loctite, queridos todos, porque nada hay que me guste más que un cuento con final feliz.

 ¡Felices fiestas a todos! Salud, chatitos, que de lo demás ya nos vamos ocupando, si eso… :)

Sugerencia musical, Explota mi corazón, de Rafaela Carrá

https://www.youtube.com/watch?v=gSAzYiiE4Kk

Ni lobo ni coco ni dragón que escupe fuego; lo que realmente aterra a una mamá imperfecta en el primer año de escolarización de su niño son los grupos de WhatsApp colectivos, esos en los que un buen día te ves incluida, y ahí se montó la gorda.

Y se montó literal y figuradamente, porque, es habitual que estos chats estén liderados por una mamá profesional, la que sabe la hora exacta a la que se extinguieron los dinosaurios y si Cenicienta usaba o no usaba braga faja bajo el ball dress. Esa mamá oronda, con voz decidida e infranqueable, a la que te da canguele disentir, por si te busca en Facebook y te pide amistad, con el único ánimo de dar por saco y husmear en tus fotos. Ay, esa mamá organizadora, con espíritu de Coronela, que sabe más por los jajajás y los emoticones con lágrimas de risa que por sus textos-dedo-en-teclado (que las faltas de ortografía laceran los ojos). Aún así, al rey lo que es del rey: la que funda el grupo de WhatsApp, es la que manda. Administradora de grupo, por su título nobiliario la reconoceréis. Por eso, y porque ella no es una mamá desnortada, desbordada, desdormida y despeinada como tú. Ojo, que ella no es una mamá cualquiera: ella es el buque insignia del saber, el libro gordo de Petete, la Belén Esteban del chat, el mapa de Dora Exploradora.

Ella, la mamá que lo sabe  t-o-d-o.

Así pues, y sin que tú hubieses sospechado antes que fuese necesario, empiezas a pensar que nada como estar conectada (noche y día, como las farmacias y los bares de lucecitas) a las madres de los compañeritos de tu niño. Y como el saber no ocupa lugar, y se ve que tampoco tiene horario para gozarlo, los mensajes no cesan, por mucho que sean las 21:30, y tú estés inmersa en la vorágine de las cenas, los no quiero dormir léeme otra el cuento del caracol y la hierba de Poleo, las pataditas a los barrotes de la cuna, los no quiero bibe de cereales, los quiero colito y abracito antes de dormir y una montaña de ropa para doblar que me río yo del Naranco… Mientras me debato entre mi deber casero y mi deber social-WhatsAppero, me convenzo de que tanto ocio y molicie virtual femenina a esta hora sólo puede responder a realidades familiares muy distintas a la nuestra: niños ya mayores, asistenta doméstica en múltiplos de 2, o bien, abuelos esclavos que se hagan cargo de los quehaceres diarios.

Metida en la cama con Nicolás, suspiro, miro el reloj y…

- ¡Tengo que contestar, no vayan a pensar que me importa una m*erda la tertulia…!

Con el bebé ya casi dormidito, mi mayor, que sigue con el cuento del caracol al que le duele la barriga y necesita una infusión de hierbas mentoladas, protesta al verme coger el móvil. Es su momento, y de no serlo, estando él presente, mi  móvil es para jugar a Spiderman, a Ninja Fruit, a las carreras de coches o, en su defecto, para hacer mil y una fotos, en modo ráfaga, ya sea de sus pies o de sus rodillas, dependiendo de si está sentado en el baño o en el sofá del salón.

Vale, pues Nicolás protesta y quiere hacerse con el teléfono, pero yo me debo al chat: sé que tengo que poner una carita WhatsAppera, aunque sólo sea, para que el resto de las mamás (y la administradora del grupo, ofcors…) sepa que me divierte en extremo la conversación de los c*joncillos. Estoy a punto de hacer pum del stress, aún así, pongo una flamenca, una carita con  la lengua fuera, unas palmas, un brazo forzudo y un mono que se tapa los ojos. Así, todo seguido, a modo jeroglífico.

- ¿Vas a poner también la caca con ojos, mamita…? – Inquiere el mayor, divertido, intentado aportar su genialidad a la conversación textual entre mamás.

- Ganitas no me faltan… – Desideratum est.

- ¿Conquiénhablasconquiénhablasconquiénhablassss…? – ¡Zasca! El móvil se cae entre la cama y la pared, sabiendo que el gotelé es tortura china 2.0 del siglo XXI. Mi mayor señala con el dedo: sabe dónde está el teléfono, pero no piensa meter las manos ni de coña. La experiencia, la madre de todas las ciencias… – Está ahí, mamita, pero no lo cojas, que la pared muerde…

- Ya sé que muerde, pero tengo que cogerlo: las mamás de tus compañeritos nos mandan mensajes…

- Y suena la campanilla, claroooo… – Nicolás me interrumpe. Asiento con la cabeza. Él arquea las cejas – ¿Y de qué hablan…?

- Pues… – Me quedo pensando, porque acabo de participar en el chat, pero… – ¡No tengo ni idea!

Maravilloso, me digo, lo mismo estaban hablando de algo dramático y yo con mi flamenca, mi carita con  la lengua fuera, mis palmas, mi brazo forzudo y mi mono que se tapa los ojos. Así, todo seguido, a modo jeroglífico.

En plancha. Me lanzo a por el móvil, en plancha.

- Mamitaaaa, que me aplastas el pirríííin… – Protesta mi mayor, al ver cómo hago de su barrigola una campo de batalla cuerpo a cuerpo.

- ¡Mío…!

Ya con el móvil en mi poder, me recorre el sudor: ¿y si estaban hablando del debate electoral y yo no estuve a la altura de tan altas reflexiones? PumPum. PumPum. PumPum. Corazón de melón, que me sabes a salchichón. Por fin, abro el WhastsApp. 25 mensajes nuevos. Madrecita María del Carmen, ¿a qué velocidad escriben estos seres…?

- Mochilas… – Suspiro, mezcla de alivio y ‘me-c*go-en-Pilatos’.

- Mochilasqué, mamita, ¿por qué dices mochilas, como Dora Exploradoraaaa…?

Le beso la cabeza, lo acurruco contra mí, y apago la luz de la lamparita de la mesilla. En serio, me digo, me maravillan las madres nivel PRO que disfrutan poniendo a prueba a las que nos estrenamos el arte de sobrevivir a los uniformes, actividades extraescolares, cumpleaños multitudinarios, festivales de fin de curso… y excursiones con mochila-ni grande-ni pequeña-con tira cruzando de lado a lado-sin cremallera (y puede que, incluso sin mochila, porque ya me diréis…). Mientras encuentro sosiego en el olor narcotizante que desprende el cogote de mi mayor, me pregunto si no sería más fácil leer la circular que manda la profe, en lugar de andar con dimes y diretes, con yo sé más que tú, tururú. Con la mano dolorida, que el gotelé es mucho gotelé, dejo que el sueño llegue a nosotros, y hablo en plural, porque Zzzzzzzz.

Tilín. Tilín. Tilín.

- ¿Quiénllamaahoramamitaaa…? – Pregunta Nicolás, ya con un pie en el reino de Morfeo…

- Rafaela Carrá, hijo, duerme tranquilo…

He aquí una mamá imperfecta, hasta los mismísimos y los susodichos, disfrutando de lo único que importa: la familia. Los grupos de WhatsApp escolares, el patio de corrala de la nueva era. Vaya tela, chatos… :P

SUGERENCIA MUSICAL, Una noche sin ti, de Burning y Antonio Vega https://www.youtube.com/watch?v=-4ccM8jUIAc

 

Hay días en los que el acostarte y levantarte están tan próximos en el tiempo, que no sabes si trasnochas o madrugas. Con la conocidísima sensación de tener los párpados revestidos de fibra verde de estropajo, dejas que las lágrimas fluyan a su merced, carita abajo, aunque no por pena (que te sobra al mirar el despertador…), sino de puro agotamiento. Así que, con ganas toreras de apuntalarte las pestañas a las cejas con dos chinchetas, te echas fuera de la cama, te calzas las zapatillas y empiezas el día mucho antes de que el sol inicie jornada. No se ha hecho la maternidad para holgazanas, y tanto que no.

- ¡A mí no me gusta este sabor…!

Desayunar, ese gran conflicto familiar que nos atañe una vez al día, pero que puede ocupar un par de horas. Leche con galletas, una afrenta de padre y muy señor mío.

- Nicolás, sí que te gusta: ayer tomaste exactamente lo mismo… – Dejo caer la cabeza sobre la mesa de la trona, más que nada, porque el cuello pide descanso, como el de los gansos tristes.

- ¿Ah, sí…? – Mi mayor hace un mohín con la boca, arquea las cejas y chasca la lengua – Vaya, pues hoy ya no me gusta este sabor, ¿qué te parece…?

- A mí me parece que como no desayunes, arresto los dibujos de la tele: ¿qué te parece ahora a ti…?

Y como si el bebé entendiese el castellano fluido y se viese jugando a las piecitas, con el televisor apagado, se coge un berrinche del quince, dando gritos de Tarzán . Aaaaah. Aaaaaah. Aaaaaah. Hasta el infinito y más allá.

- Lorenzo, hijo, no hace falta gritar tanto, ¿no ves que aún no es de día, y está todo el mundo en la camita…?

¡Meeec! Todo el mundo menos los niños y mamá, que gozan (¿?) de tanta actividad como Zara en primer día de rebajas. Así, mi mayor enrocado en su no, no, no y mi bebé emulando a Alfredo Kraus, oigo como un vecino sube la persiana con cierta virulencia. Lo sé y no lo sé, pero lo intuyo: lo hemos despertado nosotros. No es para menos, porque que el pequeño encuentre gracia en utilizar los cacharritos de metal de cocina Master Chef Junior de su hermano, para hacer de ellos unos timbales, no ayuda. Pero la culpa no es del bebé, pobrecito mío, sino de los cacharritos y la cocinita, que no digo que no sean un juguete didáctico de imitación no sexista (ahora hay que dar tantas vueltas a lo lógico para no resultar carca, que los eufemismos resultan peores que las propias definiciones). Lo que digo es que cuando alguien quiera agasajar a mis niños, sería maravilloso que pensasen en la convivencia familiar: el metal, el gran enemigo de la contaminación acústica vecinal. Y claro…

CotoclónPunchPunchCotoclónPomTicTonClonChiiiiis…

Y transcribo Chiiiis como nota final porque lo que entonces dio contra el suelo fue la tapa de una rustridera de la famosa cocinita, que dio rienda suelta a su sueño de ser un platillo de batería de orquesta. De lo más bien, oigan. Dos niños full of energy haciendo ruido de tropa napoleónica, una madre a puntito de sucumbir a su propio cansancio y un vecino al que le queda menos de un amén, Jesús, para llamar al lacero para que venga a por mis cachorritos malcriados. Pobre de mí. Pobre de mi vecino.

- Buaaaaaaaaaaaaaaaaaahbuaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaah…

Pobre de mi bebé. M*erda. En todo el dedito meñique del pie. Cacharrazo vil. Pupa millón.

Corro hacia él, aún a sabiendas de que el mal ya está hecho y que su diminuta lentejita, ese dedo redondo como una bolita de anís, no había tenido su mejor suerte. La mala costumbre de andar descalzo todo el día no ayuda a la hora de evitar según qué accidentes domésticos, pero ¿qué más puedo hacer salvo ponerle unos squíes, con su bota y su todo, y dejarlo andar a sus anchas con su improvisado forfait? (solución de Perogrullo, I know, pero mirad si no estaré enajenada, que hasta no me parece mala idea de suyo…) Así pues, haciendo uso de la atracción que todo dedo del pie ejerce sobre patas de cama/esquinas de muebles/sillas de cocina/costura de calcetines mal rematada, mi niñito de amor, mi bebé llorón se da a su quehacer favorito (protestar) pero esta vez agravado por un intenso calambre que, a juzgar por cómo sacudía el pie, le atravesaba de lado a lado.

- Sana, sana, culito de rana, si no sana hoy, sanará mañanaaaa…

Le beso la frente, sin dejar de masajearle el desafortunado meñique.

- Pero mamita, no le digas ‘sanará mañana’, que a Lorenzo le duele hoy, hombreeee…

Mi mayor, que pocas cosas hay que lo pongan más nervioso que ver a su hermano quejarse de dolor, quiere tirarse de la trona (¡y zafarse así del desayuno! Lo parí yo y lo conozco como tal).

- Tienes razón, Nicolás, hay canciones que ni escritas por un manco, la verdaaaaad…

BuaaaaahBuaaaaahBuaaaaah. Pero súperBuaaaaah. Los gritos debían estar siendo registrados por los sismógrafos de Becerreá, Lugo.

- ¿Sabes lo que tienes que cantarle al bebé para que deje de dolerle…?

- Ni idea, amor… – El bebé se va calmando, mientras aprovecha para descargar adrenalina mordiéndome hasta dar en hueso, que se ve le está duro y no mola.

- A los bebés cuando les caen juguetes muy fuerte en el pie hay que cantarles la canción de jeychaval…

- Andaaa, ¿Y cuál es esa canción…?

- Es así, mira:

 

Jeeeeychavaaaal,

Tu culo huele maaaal

El mío naturaaaal

Dile a tu madreeee

Que te cambie el pañaaaal

Oh, yeaaaah…

¿¡Pero…!?

¿¡Cuándo…!?

¿¡Cómo…!?

¿¡Quién…!?

¿¡Con permiso de quién…¡?

No daba crédito: mi mayor estregado a la canción protesta, sacando su lado más punk, y yo sin saber nada de su afición underground. Rompí a reír a todo lo que me daba el diafragma, cosa que animó a Lorenzo a imitar mi júbilo y emoción, mezclando risas y lágrimas a partes iguales. Entre hipío y moco de ‘me duele que te c*gas mi dedito’, se dejaba ir por una carcajada nerviosa, mirando a su hermano con ojos de admiración profunda, como si fuese Bruce Springsteen o algo. El mayor, que necesita más bien poco para ponerse el mundo por montera y venirse arriba, repite en bucle a todo pulmón la canción de marras.

- ¿Te la aprendiste ya, mamita, o te repito..? – Se ríe – ¿Te repito, sí? ¿Te repito?

Repitió tanto y mucho, que el vecino, ya insomne declarado, se lió a mamporros con el tabique que nos unía como sacrosantos adosados que somos. Me importó una chirimoya su mosqueo, porque ver cómo mi mayor se había vuelto trovador autónomo delante de mis narices, sin haberme dado cuenta de que había crecido y podía razonar, argumentar, componer y dar conciertos a su antojo, me tenía muertecita de amor.

Quesonlaseisdelamañanac*joneeeesdealegríaesesaaaaa

El kruner punk y el del dedito amoratado se giraron hacia mí. No sabían de donde venía aquel grito mudo que se había colado en nuestro salón, y suponían que yo sí. Estaban en lo cierto. Lo sabía, ya no había lugar a intuiciones, pero era muy tarde para poner remedio porque, efectivamente eran las seis de la mañana, y en casa había una alegría de c*jones. Lo sé, no es hora para ser feliz, pero cuando la dicha llega, pues llega y no le vamos a cerrar la puerta con cuatro cerrojos, digo yo.

- Mira, ¿tú desayunas o qué…!? – Le doy un beso en la nariz de botón y le acaricio el pelo, haciendo equilibrios para que el bebé continuase bailando con mi pierna.

- Es que yo quiero palomitas o tortilla de chorizooooo… – Finge puchero.

- ¡Claroooo…! – Suspiro – Y yo bañarme en leche de burra…

- ¿Lecheee de burraaaaaa…? – Risotada – ¡Eso no existe!

- Ya lo creo que sí ¿o qué te crees que desayunan los burritos? – Arguyo, contundente.

- Jarabe de cerveza, mamita, ¿o es que no sabes tampoco esa canción…?

Y Nicolás se deja el gaznate en cada nota de la infantil canción, lo que levanta nuevamente la locuacidad de mi vecino. Lo último que me pareció oír, tabique de por medio, fue algo así como ‘me c*go hasta en Pilatos, hay niños de San Ildefonso que no vociferan tanto’. Y claro que los hay, pero está por ver que canten los numeritos de tu décimo. Yo, en cambio, tengo en casa el premio extraordinario del sorteo vital: ¡mis niños de amor! Gritones y madrugadores, sí, pero no hay Gordo de la lotería que no vaya acompañado de explosión y algarabía, ya se sabe…

SUGERENCIA MUSICAL, Quizás, quizás, quizás, versión de Nina Díaz

 https://www.youtube.com/watch?v=BXscz3EtYA4

Desconozco cuál es el cauce inconsciente que te lleva a comprender a Einstein y su consabida teoría, pero doy fe que es verdad. Sin relatividades, sin paragón, sin comparación o parámetro alguno: todo depende de lo que depende. Porque una cosa es tener clara una conducta familiar, un axioma educacional, y otra, poder ponerlo en práctica siempre, sin tener en cuenta esos otros muchos factores que, a lo largo del día, te recuerdan que donde dije digo, digo Diego…

No es que yo sea una madre calendario, que tampoco hay que exagerar, pero siempre he disfrutado del orden, del concierto, de la monotonía de saber qué voy a hacer incluso cuando no tengo que hacer nada. Peeeeroooo, desde que los niños llegaron al hogar, mis normas se han hecho para que yo sea la primera en adaptarlas (hermoso eufemismo que me evita endilgarme el ‘me las paso por el arco del ya te dije’). Es condición sine qua non lavarse los dientes antes de irse a dormir, ofcors, pero si hay berrinche por fiebre loca, berrinche por estoy muerto de sueño, berrinche por soy el no personificado, mamá se traga su normita, sin verbalizar aquello de…

- Vaaaleee, hoy no nos lavamos los dienteeees…

Vade retro, Satanás. Tararí, que te vi. Porque si lo haces, lo de verbalizar, digo, estás perdida. Es como el asunto este de los documentales de la gacela y el león del Serengueti: no te muevas, si huelen el miedo, ¡te papan…!. Mis niños no son leones, si acaso gatitos con furia, pero cuando se ponen, se ponen. Así que, por mucho que me empeñe en explicarles que con la higiene no se negocia, si dicen no, pues no. Y no. Ya me puedo poner como un erizo, que si es no, pues eso: en boca cerrada no entran moscas. Ni cepillo de dientes, por muy eléctrico y muy de IronMan que sea.

- Quenomelavonomelavoyyastááááá. Nmmmmm

Que no me lavo, no me lavo, y ya está. Nmmmm. Y ahí estoy yo, con el cepillo encendido,  haciendo ruido de cortacésped, a rebosar de pasta de dientes de Bob Esponja, intentando que el mayor abra la boca. Lo intento haciendo alarde y uso de mis dotes de madre dialogante, pero cuando la cosa pinta en bastos, intento hacer cuña con las cerdas en la comisura de los labios, a ver si así… Nada, no hay tu tía. Resistencia numantina.

- ¡Quedijequenoynoynoyno…!

Claramente, supernó, porque a mucho que el cepillo estuviese sacando lustre a los paletos, con la mandíbula cerrada a cal y canto, allí no entraba ni una bala rusa. Suspiro, aclaro el cepillo, en resignado silencio, para desconcierto de mi mayor. Tiene miedo a hablar, porque sabe que si lo hace, puede ser que yo aproveche para atacar con el mortero dental, cargadito de dentífrico. Se parapeta tras la palma de la mano e inquiere:

- ¿¡No me lavoooo…!?

- ¡No! – Paso una tolla seca por su cara.

- ¡Aaah, no! – Abre un hueco por la pared que ha improvisado con sus dedos, tapando la boca.

- ¡No!

- Vale, pues no… – Lo celebra, apretando mandíbula contra mandíbula, disfrutando del look tiburón que ello le confiere en el espejo – ¿¡No me lavo porque tengo no tengo suciedad…!?

- Ya lo creo que tienes: bacterias y caries… – Lo miro, cogiéndole la cara con las manos – Pero si quieres dormir con esa colonia de bichitos en la boca, tú mismo…

- ¿¡Bichitooooos…!? – Mi mayor, que es lo más escrupulosos después del calvo del Mister Proper, echa la lengua y se rasca con el dedo – Que-yo-no-quiero-bichitos-en-la-lenguaaaa-oyeeeee…

- No sabes cuánto los siento, porque hoy duermes así. Mañana, cuando tengas pensado montar tamaño guirigay, te lo piensas…

 

 Higiene bucal 0 – Número de la cabra  previo a acostarse 1

El caso, es que aquella  noche se acostó con la boca con sabor a Dalky de chocolate y nata, y con una nube de pelillos de tejido polar, fruto de de su ahínco en hacer desaparecer las bacterias y las caries frotando con la manga del pijama de Big Hero 6. A oscuras, metidos en la cama, y después de leer por enésima vez la ‘Verdadera historia de Peter Paker, el gran Spiderman’, oí como rozaba la lengua contra el tejido acrílico. Raca, raca, raca, raca. Y vuelta a empezar.

- Nicolás, hijo, para un poco, que te vas a dejar la lengua lisa…

- Ni lisa ni liso, mamita, que tengo bichitos, ¿o es que no sabes que no me lavé los dientes…?

- Lo sé, pero no te los lavaste porque no te dio la gana, te recuerdo… – Le digo, acurrucándolo contra mi regazo.

- Pero tú eres mi madre, y si eres mi madre, tengo que hacer lo que tú me mandes… – Gimoteaba, sin lágrima alguna. Ni la primerita.

- Yo no mando, Nicolás, yo te ayudo a que no se olviden los hábitos diarios: si hay que lavarse los dientes…

- ¡Pues eso, jolinesyá…! – Me corta – Si hay que lavarse los dientes, ¿por qué no me los lavas?

- No te los lavo, porque eso es responsabilidad tuya – Le recuerdo con rintintín, tal y como mil y una vez me lo recordaron a mí a su edad – Así queeeee…

- Así qué, no, mamita, que yo soy pequeño y los pequeños no siempre sabemos todo… – Sigue fingiendo llorito, pero le sale fatal: ¡no cuela!

- ¡Ah, no…! – Me invade la risa, pero tengo que solaparla: la solemnidad de la ocasión lo requiere – Yo pensé que lo sabíais todos.

- Casi, caaaaasi tooooodooo… – Silencio. Raca, raca, raca, raca. Otra vez, la lengua en la manga del pijama – Lo de bichitos de la boca, por ejemplo, ¡eso no lo sabe ni Pepe el de El Madrid…!

Y claro, no hay risa que mil años pueda sofocarse. Que Pepe el del Madrid, muchacho virtuoso con el balón en la posición de defensa, no supiese que las bacterias colonizan la boca de los niños que se niegan a cepillarse los dientes antes de ir a dormir, era, en sí mismo, el gran gag de la vida: si me lo permiten, la dentadura del susodicho recuerda al asno de Shrek (vayan por delante todas mis disculpas a Pepe y a los asnos, por ponerlos en comparativa). Así que, una vez más, yo, la mamá norma sobre norma, me levanto, cojo al Amor-de-mi-vida-Primera edición (‘Segunda edición’ es el bebé, que aún no se cepilla los dientes, pero se saca brillo con una pieza de Lego…) y nos vamos al lavabo, volviendo a desdecirme en mi decisión de que allí se dormía con la colonia de bacterias entre incisivo, canino, molar y premolar.

Se cepilló como si no hubiese un mañana, arriba, abajo, lengua, arriba, abajo, lengua. Desde aquella, soy seguidora de Pepe en Twitter, no es para menos. Puede ser que no sea el supergoleador pichichi de la liga 2015 (que lo será y yo aquí, tan fresca, oye…), pero de lo que no me cabe duda es de que su magnetismo mueve montañas ¡de bichitos…! :)

 

SUGERENCIA MUSICAL, All I have to do is dream, de los Elverly brothers

https://www.youtube.com/watch?v=hp_L5jfH3Ak

Supongo que piensas que has tocado fondo el día que en tu locura ya cada vez más definitiva y menos transitoria, empiezas a pensar que dormir es un mal no necesario. Y digo mal, y digo no necesario, porque como la zorra y las uvas, que siempre las encuentra verdes  por mucho que huelan ya a mosto, cuando los demás soban, tú estás con los ojos como platos, los nervios como tornillos calibre 8 y unas ojeras osopándicas divinas, fingiendo que con tres horas de casi Zzzz, vas que ardes. Cuando no dormir ya no supone un problema, empieza el problema, beibi.

 

- … todas las noches, a las diez en punto, doctor, sin faltar uno: lloros y gritos como si no hubiese un mañana.

 

Nuestro pediatra, ese hombre curtido en enfermedades, mocos, gastroenteritis, varicelas y madres extenuadas. Nuestro pediatra, que yo no sé si ya lo parieron sabio y viejo, pero el tipo no se inmuta ni aun cuando le cuentas la muerte de Manolete. Allí estaba el erudito, con su no pelo y su expresión de señora, no se haga la especial, que llevo cuarenta años escuchando las mismas músicas, así que, ligerito y acompasado, que hoy juega el Celta. Como creo que no me ha entendido bien la magnitud de mi tragedia, se lo repito, pero enfatizando que mi bebé llora siempre a la misma hora, como si tuviese un temporizador.

- ¿Le dolerá algo, doctor…? – Inquiero, mirando el reloj, porque sé que tengo media hora para acabar consulta, coger el coche, llegar a casa, dar la cena al mayor, entretener al pequeño para que deje cenar al mayor, dar de cenar al pequeño, meter en la cama al mayor y bajar para sofocar el griterío que se avecinaba, llegada la hora H(-oy me entrego en Si bemol ).

- ¿Usted que cree…? – Me zampa.

- ¿¡Yo…!? – Me encojo de hombros y me entran unas ganas locas de llorar. Pero llorar como un río. No, un río es poco gráfico, creo que quiero llorar como la Fontana de Trevi. Sí, eso es.

- Lo que creo, señora, es que Lorenzo es un bebé, y los bebés lloran. Es un niño sano, y eso es lo único importante…

J*deeeeeeeeeeeeeer. Y tanto que sí, lo único importante, pero digo yo…

- Más razón que un santo, doctor… – Le digo – pero será igual de sano a las diez de la noche que a las dos de la tarde, y, sin embargo, el sindiós empieza cuando llega la noche…

- ¿Pero llega a calmarse…? – Sentencia, sin levantar la mirada del historial que parece estar perpetuando con un Bic azul punta gruesa (no usa ordenador: tiene los datos toooooooodos en la cabeza).

- Hombre, sí, pero mamasita María del Carmen… – Me persigno con la mano izquierda, porque la derecha la tengo ocupada con el bebé, que está sacando punta a los incisivos con mi nudillo. El dolor no existe, el dolor no existe…

- Pues dé gracias, señora, porque los hay verbeneros, de los que alargan la fiesta hasta la madrugada…

¡Zasca! No sé quién dijo aquello de ‘no dar por el pito más de lo que el pito vale’, pero me imagino que un chino confúcico no fue (poco karma veo yo en el asunto), pero tal cual. Cuando pensé que lo único que podía desestabilizar un hogar familiar como el nuestro, acostumbrado a un mayor que no había llorado ni con motivo, era la perrencha de antes de dormir, el bebé nos dio un recital que se te caen las pestañitas, chatos: ¡una a una…! Aquella misma noche, mi querubín, rubito, de piel blanca y sonrosada, de ojos verdes como papá, se pegó una llantina que me acordé de mi prima la coja (que no tengo, pero le puse pata de palo a toda la estirpe familiar).

- Noe, pero ¿qué le pasa…? – El paciente padre, incrédulo, miraba la mini caja torácica; todo aquel vocerío de aquel pecho tan pequeño.

- ¿Quéééé diiiiiiceeeees…? – Con el bebé en brazos, acunándolo cual góndola veneciana, daba y daba y daba, sin conseguir consuelo al llanto hiperdecibélico del susodicho. Tanto daba y daba y daba, que la Biodramina no hubiese estado de más, porque menudo vaivén… – Habla más alto, que no te oigo…

- ¿Pero por qué llora tantoooo…? – Previsor, el padre corre a cerrar la puerta de la habitación del mayor, porque sólo faltaba que también se despertase, uniéndose al aquelarre de berridos e hipíos.

- ¡Y yo qué c*ño sé, papi, qué c*ñooooo sé…! – Desesperada, sigo dale que dale, acunando con tanta vehemencia, que ya no sé si tengo brazos o qué. Once again, no hay dolor, no hay dolor. ¡Hay, c*rallo, hay…!  Doy fe.

Y lo que son las cosas, porque en medio de aquel berenjenal de lloros, gritos y desesperaciones por saber qué pasaba, lo intentas todo, menos lo más obvio y necesario, que es resignarte y esperar a que escampe el temporal. Sabes que el bebé no puede estar así de entregado al dramón mucho rato más, porque aquello requería la energía de la central nuclear de Vandellós. Y aún así, no visualizas el fin del guirigay, con lo que ello redunda en stress nivel ‘yo para ser feliz quiero un camión, llevar el pecho tatuado, camisetas y mascar tabaco’.

Yo, para ser feliz ya sólo quería que no doliesen los brazos.

Cuando crees que todo está a punto de chispum, el regazo del padre, que se acerca a ti para dar consuelo en lo inconsolable, es la luz al final del túnel…

- Noe, vamos a morir todos…

- ¡Oye, no digas eso ni en broma, que aquí hay mucho que criar..! – Empiezo a gimotear, porque estoy taaaaaaaaaaaaaan cansada que lo único que me queda y que puedo hacer mientras sostengo al bebé, con un cargo de conciencia bestial por no ser quien de calmarlo, es llorar. Llorar como hace mi gordito, que lo borda y a alguien habrá salido…

Cuando creíamos que todo iba lo suficientemente mal…

- ¡Maaaamiiiiiitaaaaaa…!

El intercomunicador infantil, ese mejor amigo. Aunque mi mayor ya no era un bebé, seguíamos teniendo su sueño vigilado, por si yo que sé, haciendo de su descansar a pierna suelta un auténtico Gran Hermano. Vale. El pequeño en pleno ataque lacrimógeno, ya sobrepasando la barrera de las once de la noche (‘Dé gracias, señora, porque los hay verbeneros, de los que alargan la fiesta hasta la madrugada, dé gracias, señora, porque los hay verbeneros, de los que alargan la fiesta hasta la madrugada, dé gracias, señora, porque los hay verbeneros, de los que alargan la fiesta hasta la madrugada…’ Gracias por el mal fario, doctor), así que, le endilgo el petate llorón a mi maridito, y subo las escaleras de dos en dos, para llegar cuanto antes a la habitación del mayor: si no podía calmar a un uno, dos se me hacía inabarcable. Algo en mi cabeza turuta y fuera de sí deseó ser una deidad hindú de esas que tiene brazos a lo loco, cual sombrilla vista desde abajo.

- Mami, porquélloratantomirmanoooo… – Abrazado a mí, el mayor tampoco entiende nada.

- Porque se quedó dormido viendo el capítulo de Dora en el que tiene que ir a la colina de los arándanos, y no sabe si llegó o no… – Me invento una trola, besándole la cabecita.

- Pero claro que llegó, mami, Dora siempre llega, ¿no ves que tiene un mapa…? – De fondo, no dejamos de oír al bebé, llora que te llora, y al ya-no-paciente padre entonando los Cinco Lobitos.

- No hagas caso, amor, que ahora si no tienes un Tom Tom Go no llegas a ningún sitio…

- Yaaa, pero tú no le haces caso a lo que te dice la chica del tontón… – Es genial la genética, que hace que tus minitús hereden lo bueno y/o lo malo de ti, en este caso, la verborrea es muy made in Mami – ¿Te acuerdas que nos perdimos para ir a la piscina de bolas el día del cumple de Martín, te acuerdas…?

- Me acuerdo yo y el santoral al completo, a catalogué sin dejar uno, hasta que fui capaz de volver a meter los parámetros de búsqueda en el Tom Tom Go…

BuáBuáBuábUaaaaaa. Los lloritos que se colaban desde la planta de abajo se iban apaciguando. Me tiré en la cama con el mayor, con la excusa de confortarlo mientras se quedaba de nuevo dormido y, muuuuucho antes de que él se durmiese, me quedé cochifrita. Lo siguiente que recuerdo fue despertarme sobresaltada, con la mano conocida de mi maridito, que me anunciaba que el pequeño se había quedado dormido media hora, pero que había arrancado el megáfono de nuevo…

- Quédate, no bajes, pero era sólo por si ves que hay que llamar al 061 para comentarle el fenómeno… – Me dijo, cerrando la puerta, para que los lloros desde la minicuna del salón no se colasen de nuevo en la habitación del mayor.

- No creo – Susurro, mientras me incorporo – Ahora que, pon Telecinco, y si sale el anuncio del exorcista ese que sale con una cinta de moneditas en la frente, coge el número c*gando leches, porque aquí hay que apalabrar con el mas allá…

Endemoniado o no, el bebé nos dio una noche del quince. Afónico estaba de la pataleta. Pero, lejos de ser un hecho aislado (quién nos diera…), aquello se convirtió en costumbre, y lo de dormir en esta casa, tan a rebosar de amor como de locura y desorden juguetero, se convirtió en una ruleta rusa. Y cual pimiento de Padrón, algunas noches dormimos, otras no. Pero eso no importa, porque cuando tú te le comentas a cualquiera que no duermes porque tienes un bebé, lo asumen con una naturalidad apabullante, como si no dormir fuese inherente al cargo de ser padres. O lo que es peor, te sientes como el orto de Odín, cuando confiesas que llegas a meter al bebé en tu cama, para ver si así puedes coger el sueño una hora seguida. No falta la madre experta, la gran foca monje, con su bigotito de foca monje also included, que te recuerde que es una temeridad acostar a los niños en la cama de los padres. Y lo es, no digo que no, pero también lo es ser cruel con la debilidad y sueño ajeno, y ellas lo son. Yo no voy a aplastar a mi niño, más que nada, porque no pego ojo, sólo descanso aprovechando que deja de llorar: me convierto en un camaleón, con un ojo abierto y el otro cerrado. Mami siempre vigilaaaaaa.

- Cómprate una cuna de colecho, que son muy útiles; pero cama: ¡camaaaa, nooooo…! – Y la foca monje y su mostacho se permiten menear la cabeza, sin repara en que no es eyeliner lo que me enmarca los párpados: es p*to insomnio.

Y tú un bozal, chata, que hay que ver lo mucho que se arreglaría lo tuyo con la boca cerrada y la máscara a lo Aníbal Lecter. Noe Martínez, la mujercita que nunca se duerme en los laureles, ¡más quisiera yo…! :P  

Sugerencia musical,  Las mañanitas, por Alejandro Fernández,

https://www.youtube.com/watch?v=f-QlwwGBf94

 

Los cumpleaños.

 

Como veis, le he regalado un extra de protagonismo al término, que goza de luminosidad y empaque, así, solito, en línea propia, sin nada que lo enturbie o arrebate supremacía emocional. Y es que, queridas mamá tan imperfectas como yo (que soy la más Queen, no se me olviden), no hay maternidad que no curse con lío cumpleañero, sobre todo, cuando lo que se tercia es organizar el primero. ¡Ay, esa primera velitaaaaaaa…! ¡Esa primera tartaaaa…!

 

- ¿En serio…? – El paciente padre mira la lista de invitados y se mesa la incipiente barba no-hipster (falta de tiempo, más bien).

- Papi, es su fiesta de presentación: ¡Lorenzo, un añazo ya, no me digas…! – Respondo, sacándole la lista de las manos, no vaya a ser que se eche atrás.

- Hemos asistido a bautizos con menos peña, la verdad… – Replica, y está en lo cierto.

- Ya, pero nosotros no hemos optado por ese sacro santo invento, te recuerdo…

- ¿Entonces, el primer cumple de los niños es un bautizo laico o cómo…? – Noto cierto tonillo, pero lo obvio, porque tengo prisa por cerrar flecos para el evento.

- Es un all together, porque como lo mismo tampoco nos animamos al siguiente sacramento…

 

Laico, protestante, católico o medio pensionista. El primer cumple de los niños, es siempre la fiesta de las fiestas. El sindiós de los sindioses, en el que no tardas en preguntarte en qué puñetas estabas pensando cuando decidiste (tú solita, no repartas culpas) celebrarlo en casa. Ni más cómodo, ni más barato, ni más entrañable, ni más familiar. Sólo prisas, tensión, nervios, incompatibilidad espacial (8 sillas / 20 culos, no da…) y ansiedad existencial, así, en general. Quieres que todo luzca como los cumples de las pelis americanas, con sus globos maravillosos, engalanándolo todo desde el jardín hasta la puerta, con piñata XXL anunciando lluvia de chuches y baratijas, con guirnaldas vaporosas, dejando claro que allí alguien está de aniversario, y que se le quiere-ama-adora más que todo y mitad. Quieres ser una madre virtuosa de esas que tienen tiempo y maña para imitar ideas en repostería, tan distinguidísimas como resultonas, de las miiiiiiles que publican en Pinterest, la red social del ocio y la molicie femenina. Pero, ¡zasca!, una vez más, la realidad te da en todo el morro.

 

- Voilá…! – Orgullosa, muestro a mi maridito una torta caserísima, a la que he puesto una cobertura de fondant muy colorida.

- ¡Ótiaaaa…! – Pasmado que se quedó, ni h*stia fue capaz de vocalizar – Un bizcocho con chubasquero…

 

Se ríe. No me gusta que se ría, sobre todo sabiendo que yo también me quiero reír, pero tengo tantos pegotes de harina, huevo, azúcar y cacao por la cara, que no puedo, porque me tira como si tuviese una careta veneciana. Miro la tarta y la giro, buscando la forma de que él dé con el motivo que he intentado reproducir tan f-i-e-l-m-e-n-t-e con la pasta repostera de moda. Vaya por delante que nunca he sido buena alumna en manualidades, y que aún recuerdo la cara de mi profe Ana, de tercero de la extinta EGB, cuando vio el florero que había hecho con motivo del día de la madre. Aaaaah, dijo, ya veo que has hecho una flauta, qué bonita. No era una flauta. No era bonita. Modelar no era lo mío. Dicho lo cual…

 

- ¡A ver, papiiiii, esfuérzateeee…! – Le doy otra vuelta a la tarta, buscando un ángulo que, poniendo intención, dé pistas – Es para Lorenzo, por lo taaaaanto tiene que ser de algún dibujito de la teeeeele que le gusteeee muchoooooo

- Dime que no es de BabyTv porque me dan picos de glucosa en sangre… – Sudor frío. Hoyesmidíaespeciaaalhoyesmidíaespeciaaaalesparatiesparamíhoysoyfeliiiiiz. Si algún día nos acomete el Armagedón, ese será el jingle, como si lo viera.

- Frío, fríoooo… – Giro otra vez el pastel, mirando el reloj: tengo exactamente diez minutos para terminar, porque el pequeño se levanta de la siesta como con temporizador: pasado el ecuador de la hora y media, chispum. Eso, y que los invitados toman la casa en menos de tres horas – Ves esto laaargo y rosita, pegado a esta bola más grandeeeee, así toda redonditaaaaa, ¿quién eeeees?.

- Sólo espero no sea lo que pienso, porque lo mismo cuelgan el vídeo del cumple en Youtube, y nos convertimos en viral…

- ¿¡Eeeeh…!? – Miro la capa de fondant, no entiendo – ¡Pepa Pig, papi! ¡P-e-p-a P-i-g! ¿¡Pepapí…! ¿No lo ves?

- ¡Aaaaah…! ¡Vayaaaaquesí…! – Se vuelve a reír.

- Oye, desagradable, no sabes el trabajo que dio hacer el hocico… – Con la espátula, rectifico una grieta que comenzaba a asomar.

- Pues si llegas a querer hacer una p*lla, lo bordas…

 

¡Pero será bocanegra el tipo! Pongo ojos críticos, y tal cual. Ni Pepapí, ni Pepapó. Aquello era un pene con ojos, y sanseacabó. Tenía ganas de llorar, pero no había tiempo para lamentaciones. El tic tac se nos echaba encima, y había que tirar pa`lante. Me digo a mí misma que no hay nada que dos Lacasitos no puedan arreglar, así que coloco estratégicamente un par de grajeas de colores, marcando los ojos de cerdita en cuestión. Miro al maridito, que ahora ya no se ríe, se micciona, mismamente…

 

- ¿¡Noooo…!? – Pregunto.

- Supernó… – No deja de reírse.

- Son los ojitos… – Matizo.

 

- Pues parecen botones de On-Off… – Se acerca y hace ademán de manipularlos, como control remoto. Engola la voz, impostando su ya de por sí grave tonalidad  –  ‘La p*lla mecánica’, la versión porno de Standley Kubrick…

Si hay algo que me saque de mis casillas (además de que Antena 3 ponga anuncios antes del beso final de Oficial y Caballero), es que alguien ose a ser más ocurrente que yo, incluso cuando necesito que lo sea. Como tirarle el rodillo de amasar fondant hubiese quedado muy violencia culinaria nivel 1, le tiro un puñado de harina, que, oh, oh, mala suerte, acaba en toda la cara de mi hijo mayor, que alertado por la juerga y porque se acabó su maratón de tele de BreadWiners, se acerca a ver de qué tanta verbena. Pobre mío, con la carita rebozada en polvo blanco, a lo Sara Montiel en el Último cuplé (Dios la tenga en la pompa que merece…), se pone a llorar. Y no es para menos. Me siento fatal, porque la tarta es un fiasco y ya no tengo margen de maniobra. Me siento fatal, porque mi mayor llora lágrimas de cocodrilo, provocando chorretes en la harina de los mofletes. Suerte de gafas, que protegen su mirada divina.

 

- Lo siento, amor, lo siento… – Beso la cabecita de Nicolás, buscando consuelo, aunque sé, y no me importa, que son mimitos.

- ¿Queeeeesoooomamitaaaa…? – Señala la tarta.

- El pastel de cumple de Lorenzo: ¿te gusta? – Inquiero, animosa.

- No sé… – Se acerca, y se queda mirando en silencio.

- ¿Quién es la que está en medio de la tartaaaaa…? – Señalo a la cerdita en cuestión. Miro a Nicolás, que hace pucheros y no le saca ojo – ¿Quién eeeeees…?

- ¿Es Pinocho gordo…? – Pausa – Seguro que es su primo, porque pinocho es más así como de churro laaaargooo…

 

La barbacoa estaba ya a pleno rendimiento, la mesa repleta de cositas chulas súpermega inútiles, pero que daban una aire cosmopolita a la celebración (las burgers y los hot dogs, las medianoches rellenas de nocilla de los 80’…). La guirnalda de banderolas aún rezumando tinta de la impresora. Todo preparado para la llegada de las hordas familiares, ávidas de abracitos, de besos, de quienquierealaabuelaaaaa. Todo preparado, excepto una tarta que no diese la risa.

 

Feliz, feliz en tu día,

Amiguito que Dios te bendiga

Que reine la paz en tu día,

Y que cuuuuuplas muuuuchos mááááás

¡Bieeeeen!

Plas, plas, plas. Aplausos, achuchones, cera de la vela por toda la mesa, vocerío que clama su regalo sea el primero en abrir. El paciente padre se me acerca y me susurra al oído…

 

- El día que te canses de hacer guiones o escribir novelas, la repostería erótica no se te resiste…

 

En ese mismo instante, mi padre, a la sazón el abuelo de Lorenzo, mi guapo y amoroso bebé, se aproxima a la tarta y, poniéndose las gafas, exclama…

 

- Ay qué ver, Noe, lo que se parece ese dibujito de la tarta a la Jacinta de mi pueblo.

 

La Jacinta, mujer con más bigote que Tejero y con una napia Cyrano de Bergerac. Mi papá divino, salvando siempre mis malas mañas con el arte. El único que vio en mi block de dibujo el despunte de una artista en ciernes. Sé por su cara que aquel hocico le recordó a lo obvio, pero si era tan obvio, para qué mencionarlo. Mejor la Jacinta, que da más risa y me quita de encima el peso de la culpa, culpita, yo tengo, negro, negrito, el corazón.

 

- Pues es una cerda, papá… – Arguyo, apesarada.

- ¿La Jacinta…? – Arquea las cejas – Nunca se supo nada de eso…

 

Carcajada feroz. Se acerca mi maridito a felicitarme por lo lucido que está todo y para informarme de que el confeti de los bazares chinos es comestible: Lorenzo lo ha demostrado. Heces tuti fruti, como si lo viera…

 

- ¿Te sirvo un trocito…? – Me dispongo a cortar una porción de tarta para el padre del homenajeado.

- Vale, pero un trocito pequeño, la puntita nada más…

- ¿Pero vamos a ver, hombreeeee?

 

Otra vez jajás. Que viva la alegría, el disparate y los tutoriales DIY en Youtube. Que viva la marimorena. ¡Y la Jacinta, claro está…!

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