матраци

Hace tiempo que me barrunta por la cabeza si realmente será cierto eso que aseguran de que los hombres y las mujeres somos tan distintos, tan distintos, que los unos debieron nacer en Marte y las otras debimos hacerlo en chaletito adosado en algún planeta cercano. Yo, que soy de naturaleza conciliadora y confiada, nunca había pensado que nuestros mundos fuesen tan arquetípicamente antagónicos hasta esta misma mañana.

Hallábame yo apurando el eyeliner en mi párpado hinchado, fruto de una noche horrible a causa de una tortícolis galopante (intentar soñar con los angelitos cuando el cuello cruje a cada intento de paseo onírico es harto desagradable, uf), cuando mi chico, que entra a las 08:00 a trabajar pero le sobran diez minutos para arreglarse, desayunar, llegar al tajo y dar los buenos días al que se encuentre por el pasillo y le caiga bien, me dice:

 

-          Yo, si tengo que hacer e-s-o todas las mañanas para estar guapa, creo que me resignaría a ser la fea más feliz…

 

E-s-o.  Obsérvese que el determinante que mi chico empleó para referirse a mi ritual diario de belleza conlleva un no sé qué de hastío y/o incomprensión que, por un instante, me llevó a envidiar ser hombre. Un hombre de pelo en pecho y barba cerrada, uno de esos que encuentra fascinante pasarse un sábado viendo un derby futbolero y rematar una cena-revolcón con una sesión doble de Top Gear, ese Parnaso televisivo de los tunnigs. En aquel instante me dije:

 

-          ¿Y si yo hubiese venido de serie con un pito y dos pelotas?

 

Antes de darme la segunda capa de rímel alargador-espesante-chiripitifláutico y mirándome en el espejo, me imaginé agraciada con un bigote a lo domador de circo y con tanta testosterona como si Pujol, el jugador del Barça, y Collin Farrell me hubiesen poseído (¡toooooma ya…! Me imagino toda esa hombría en mí y me gusto hasta yo, mare del amor hermoso…). Y como todo en la vida es posible sólo con intentarlo y no desfallecer por mucho que el coche te lo haya llevado la grúa, me dije que debía experimentar qué se siente al desprenderse de la nenita que soy, de la nenita que me encanta ser, de mis manías, costumbres, locuras, contradicciones e insensateces propias de la chica que hay en mí.

Me pregunté cómo sobreviviría en este mundo sin mi preciado sexto sentido, ese que me avisa de que p-u-e-d-e (¿?) ser peligroso enchufar cinco electrodomésticos en la misma regleta comprada en el Súper Chino-Súper Cien, que me alerta de que comerme un yogurt caducado hace dos semanas puede no ser muy bueno para mi intestino por mucho que el Omeprazol sea mano de santo, que hace que me despierte en medio de la noche en el momento justo en el que estoy soñando que hago pis y me libra de la vergüenza de tener que confesar que miccioné en la cama, que me alerta de que alguien me miente cuando me dice que los mini short blancos me quedan genial aunque me den un aire a lo Gandhi que no se le escapa ni a un vendedor de la ONCE… Sin ese sexto sentido tan femenino como útil, tendría que aprender a ir por la vida aunque fuese literariamente. Y como soy una chica de retos y de chascarrillos… ¡bienvenidos a los mundos de Noe! Ups, no, de Noe no, que en este post soy un machito.  Un machito de identidad ficticia e inventada pero que me vale para comprobar cuánto de más fácil es (o no) ser un chico de hoy en día. Veamos, pues…

 

Bitácora del hombrecito despreocupado

Hola a todas, chatas. Antes de nada, mejor será que me presente. Me llamo Paco, tenéis que perdonarme que me dirija a vosotras en estos términos tan coloquiales pero ese es uno de los privilegios que más me mola de mi condición de hombre: puedo NO acordarme de vuestro nombre y emplear un genérico que os valga a todas. Nunca he sido un tipo brillante en lo que a recordar fechas y nombres se refiere, así que lo chata es un invento muy socorrido para alguien como yo, con una vida social intensa y más bien poca intención de complicarme la vida memorizando datos inútiles. He de reconocer que el recurso no es mío, lo he aprendido de mi primo Toñín, un jefón del ligue y un as llevándose siempre a la tía más cachonda. Mi primo Toñín: lo mejor de lo mejor. ¡La de cosas que te cagas que me ha enseñado de la vida…! Madre que lo parió, qué grande es mi Toñín.

Alguien me ha propuesto escribir cuatro líneas sobre mi condición de hombre, que hablase sin tapujos sobre lo que es ser chico. No entendía muy bien la pregunta porque, a decir verdad, nunca había reparado en ello. ¿Cómo se aprende a ser chico…? Ser hombre no es un misterio, en serio lo digo. Uno nace con polla y testículos y lo demás viene rodado. No soy yo consciente de que forjar una identidad masculina (la señorita que me propuso el reportaje dio mucho por culo con este término: identidad masculina, identidad masculina, habla de tu identidad masculina, me dijo) conlleve ningún tipo de esfuerzo, pero se ve que levanta curiosidad en las tías.

Ellas, que todo lo saben y parecen doctoradas en sabiduría conyugal y telepatía (¿has vuelto a poner una bolsa en el cubo de la basura al quitar la otra?, Tania, mi chica, tiene el don de darse cuenta de lo que NO hago incluso antes que yo), quieren saber cómo es un día desde la perspectiva de un hombre. Me resulta curioso que ellas, que todo lo observan, analizan, juzgan, disfrutan, imaginan y quieren ver donde no hay, no hayan sido capaces de ponerme una vida con sus consiguientes vivencias. Me llama la atención que para este artículo no hayan recurrido a mi novia, porque ella sí sabe como soy d-e   v-e-r-d-a-d, no se cansa de repetírmelo cuando discutimos: te conozco como si te pariera, ¡a mí me la vas a dar cuando vuelvas a nacer…! Da igual que yo intente explicarme y darle mis razones: ella siempre sabe lo que quiero decir y lo que quiero hacer. A veces tengo la sensación de que tiene ojos biónicos y que puede leer esa parte de mi mente que yo no conozco y que no tengo ni idea de que existe. Ella, mi chica, la que todo lo sabe sobre mí.  O eso dice, así que supongo que es a ella a la que correspondería hablaros de mi dichosa identidad masculina y no a mí, que me conozco lo justo según ella, según mi Tania ¡y cualquiera le lleva la contraria!

Vale, pues ahí va. Una de las cosas que me encanta de ser tío es levantarme todos los días con mi erección ready to fly. Sin duda, levantarme con ganas de jota por mucho que la noche anterior mi chica y yo hayamos tenido movida, es  desconcertante. Nada más abrir un ojo, me rasco las bolas para notar que mi misil sigue ahí, enhiesto y oxigenado, a modo de bandera blanca. Nunca se me han dado bien las reconciliaciones de palabra, así que si ella viese en mi buena salud genital un lo siento, no quería decir eso, en serio, no volverá a pasar  facilitaría las cosas. Pero a Tania no le mola nada de nada el sexo con enfado. No hay comunicación, dice. ¿Pero quién coño quiere comunicarse cuando las ganas aprietan? Psssss… mujeres.  Y como ya sé lo que pasa cuando intento tocarla en los momentos tensos, hago mutis por el foro, me voy al baño a hacer un pis a ver si la cosa se pone blandita y me meto en la ducha. Por cierto, una de las cosas que ha cambiado desde que vivo en pareja es que ya no hago pis mientras me ducho: Tania me pilló una vez y me montó tal Cristo que no se me volvió a ocurrir. ¿Pero qué cojones tiene de malo mear bajo el chorro de la ducha si todo se va por el desagüe? Lo dicho: mujeres…

Otra de las cosas que creo no está mal del todo es que uno puede decidir si se afeita o no y no tiene que ir por la vida pidiendo perdón. Me explico: hace un par de años, Tania me pidió por navidad una Silk-epil. Decía que estaba harta de ir a la peluquería a hacerse la cera, que le salía carísima y siempre le dejaban la línea del bikini mal depilada. Yo, que no tenía ni idea de que los bordes peludos de la vagina de chica se llamaban línea del bikini, tardé en caer en lo que quería decir. Tras un breve impás de confusión, Tania me pidió el aparatito de marras como regalo. A mí no me pareció ni más ni menos romántico que una báscula de baño o una batidora multifunción (que ya sabía por mis desastres de relaciones anteriores que no eran regalos bien recibidos en la vida en pareja), pero a ella le gustó la idea. Vale, pues desde aquel día, no hay semana que Tania no se lamente de no tener tiempo para pasarse la depiladora por aquí o por allá. Si estamos viendo la tele y le meto la mano por debajo del pantalón del pijama, enseguida me la aparta diciendo:

 

-          - Paaaaaco, que no estoy depilada, no me toques ahí…

 

Y así estamos, que lo de la cera era un timo y no de dejaban el cerro ‘el coño a su gusto, pero con ese chisme que tanto ansiaba le duele tanto que nunca encuentra un momento para pasárselo. Yo, que no soy nada mirado para lo peludo cuando se trata de darse un homenaje cuerpo a cuerpo, se lo hago saber de todas las manera que sé, pero Tania dice que con pelos no se siente limpia y hasta que se deje las piernas pelaítas como los muslos del conejo de la paella, no hay mambo. Lo dicho, me encanta ser tío para que mi dejadez con la barba no me impida tener pensamientos impuros cada diez minutos. Ser chico y llevarse bien con los pelos es mucho más sencillo, más natural: es una relación más campechana o algo.

 

Me mola que te cagas levantarme y que Tania haya hecho el café y puesto la mesa para el desayuno ¡me libera que no veas…! No, no me interpretéis mal: no digo que lo que me encante que Tania sea la que haga las cosas de casa, es simplemente que si las hace ella, siempre están a su gusto y no hay bronca. Para mi chica, como para tooooodas las chicas del mundo, un olvido reiterado se traduce en dejadez, y lo que había empezado con buena intención (hacer el desayuno, la cama, recoger el baño, colocar la compra…) se convierte en un pollo que te cagas. ¿Un ejemplo? Ahí va: Tania toma para desayunar un café templado con leche de soja y pastilla y media de sacarina, dos tostadas integrales sin sal y sin azúcar con mermelada Hero Diet de fresa y un kiwi no muy maduro, que pela y trocea sobre un plato como si fuese un cirujano. Ella coloca todos y cada uno de los cubiertos que necesita para tomar el desayuno de una manera determinada y, si alguno no está donde debiera, sufre un qué sé yo, un paralís generalizado y empieza a respirar con dificultad. No, no digo que sea histérica (que aún no), digo que a mi chica TODO  le gusta en su sitio. Cinco veces se me ocurrió sorprenderla adelantándome a los quehaceres de la primera comida del día. Cinco veces. Una, dos, tres, cuatro y cinco. Pero ¡ca…! No se me ocurre intentarlo una sexta ni de coña…

PRIMER INTENTO: Paco, ¿a qué se supone que me limpio, a tu camisa? – me dijo haciendo alusión a mi olvido con las servilletas.

SEGUNDO INTENTO: ¿Este kiwi lo troceó un gato…? – y no, yo estaba seguro de que no, más que nada porque no tenemos y a mí aún me chorreaba jugo de las manos tras haberlo pelado.

TERCER INTENTO: ¡Jooooodeeeeeer, Paco! ¿En serio es necesario llenar el mesado de migas para hacer dos míseras tostadas? – hasta ese mismo instante, yo no tenía ni idea de que mis tostadas eran míseras y de que unas cuantas migas podían incomodarla tanto. Cogí el paño y la pasé por el mármol… - ¡Cojooooones, nené…! ¿Y ahora las tiras al suelo? Pero lo tuyo es vandalismo y al carallo…

CUARTO INTENTO: No puede ser tan difícil calentar la leche en el micro sin que se vaya por fuera… - en mal momento se me ocurrió pensar que podía dejar para luego la tarea de pasarle un paño al plato del microondas.

QUINTO INTENTO: Déjalo, amor, hoy desayuno en la oficina, es que voy pillada de tiempo… - Tania mintió como lo hacen las niñas malas y yo me sentí herido.

 

Allí, solo, en medio de la cocina y con dos tostadas excesivamente humeantes y morenas como si hubiesen ido a Mallorca, me dije que nunca más. Yo soy un hacha para arreglar tuberías, sintonizar el TDT, inventándome excusas para no ir a cenar a casa de mis padres otra vez, haciéndole masajes en los pies, peleándome con el resto de los maridos por un aparcamiento cerca de la puerta de El Corte Inglés (en serio, a veces creo que Tania quiere que aparque el coche dentro del kiosko de las revistas, al ladito de la tipa que te cobra el Hola y te dice si quieres bolsa y que esperes por el ticket, gracias), así que, que ella se ocupe del tinglado del desayuno, que seguro que nuestra relación lo agradece.

 

Los ácidos grasos Omega 3. Yo no sabía que existían hasta que empecé a salir con Tania y un día me dijo que tenía que tomar el yogurt con lecitina de soja porque era una fuente muy rica en grasas insaturadas. A mí, que me encanta comer los Larsa naturales de vasito de dos en dos y con cuchara de sopa, ni se me había pasado por la cabeza que mi organismo anduviese falto de no sé qué grasas cojoneras. Los Omega 3 de marras pasaron a ser una letanía en todas y cada una de mis comidas, hasta que le confesé a Tania que a mí aquello me sabía a caspa de viejo y que, si ella quería coleccionar sebo vegetal en su organismo, allá ella, que yo estaba encantado con que la cerveza tuviese lúpulo y cebada y que con eso me conformaba. Yo sé que a ella tampoco le gusta la lecitina de soja, ni los copos de avena, ni el polen de los cojones con que ameniza su muesli de la cena, pero lo hace porque es chica y sabe que tiene que hacerlo, s-i-e-n-t-e que tiene que hacerlo. Yo soy chico, me llamo Paco, me suelo rascar los huevos cuando voy caminando desde el sofá hacia la nevera y creo que mi colesterol es directamente proporcional a la cantidad de veces que voy con mis amigos a tomar churrasco de buey. Yo puedo comerme un chuletón con patatas aceitosas y tomarme un flan de postre porque mi inconsciencia masculina viene de serie sin remordimientos. Tania no puede comer todo lo que le apetece porque sabe que ingerir hidratos de carbono después de las ocho de la tarde hace que sus nódulos adiposos se anquilosen en su cadera, que la leche entera es malírma para la piel de naranja, que las croquetas/empanadillas/bolitas de queso son el anticristo para toda cuanta fémina quiera llegar a los treinta y cinco con una 38 de pantalón, que los plátanos sólo son digestivos y no engordantes para Rafa Nadal, que tiene un brazo que recuerda a un jamón de Guijuelo y quema más calorías que un cortacésped… Yo, que soy chico y me llamo Paco, conozco la alineación del Madrid desde el año 1975 pero no tengo ni idea de todo este coñazo que Tania tiene que recordar para alimentarse. Me llamo Paco y como lo que me apetece, cuando me apetece. Eso sí, como mi chica es la que hace la compra, cada vez es más difícil reafirmarme en mi rol de depredador despreocupado.

¿Y lo que saben  las tías sobre cosmética, qué me decís…? Tania se vino a vivir a mi casa poco a poco. Su intromisión en mi hogar de soltero fue paulatina y el compromiso se fue haciendo directamente proporcional a la cantidad de cremas nutritivas, hidratantes, regeneradoras, exfoliantes, calmantes, protectoras,  reafirmantes, anticelulíticas efecto frío, anticelulíticas efecto calor, despigmentantes, con caviar, perla ionizada, oligoelementos, péptidos y Q10. ¡Ay, el Q10…! Fue llegar Tania y sus normas de convivencia y el Q10 lo inundó todo en el baño. ¡Ah…! ¿Que no sabéis que es el Q10? Pues estáis acabados, porque el Q10 y la invención de Canal + Deportes debe ser lo más apirolante que ha ideado el hombre blanco. Tania dice que el Q10 es no sé qué coño de cosa pringosa que retrasa el envejecimiento celular. Es decir: si uno sucumbe a los maravillosos poderes de la crema de cuidado facial más vendida en el mundo (lo pone en el envoltorio; lo sé porque, a veces, cuando voy al baño a giñar y no tengo nada que leer, me leo los envases de los potingues, para pasar el rato), puede que aparentes treinta y tres años… menos diez minutos. El efecto es algo así como si le ganases un cuarto de hora a la humanidad. Y yo, que siempre he sido muy de récords, me dije un día: si ella lo usa y ya que está en mi baño… Así que desde que Tania se apoderó de todas las estanterías de mi armarito modelo Sparren de Ikea, yo me pongo toda cuanta crema encuentro (salvo Vanigesil, el alivo para tu picor vaginal, por cuestiones obvias, claro está). Desconozco si aparento algo menos de treinta y cinco pero entre que me unto y no me untos las cremas de marras, Tania no para de repetirle a sus veinte muy mejores amigas que me ha convertido en un metrosexual. A mí, que el término siempre me ha parecido un eufemismo de maricón de tomo y lomo, no sé si me halaga o no pero como Tania premia mi fijación hedonista con caricias y besos para ver lo suave que estoy, he decidido respeta las estadísticas y ser uno más de esos tíos que dicen cuidarse por sistema y convencimiento, aunque en el fondo sólo lo hagan por el refuerzo sexualmente positivo que tiene en ellas, en las mujeres que todo lo saben.

 

 

¡Que sí, que sí, que mi Cenicienta siempre quiso un Wonderbra (Editorial Vergara) se van de alfombra roja…! Así, sin esperarlo pero felicísima de recibirlo, mi novelita acaba de hacerse con el Primer Premio Dama 2009 Mejor Novela Chiclit del Año.

Dar las gracias, of course, al site www.clubromantica.com y a la Asociación de Autoras Románticas de España, que han sido los que han promovido esta primera edición de los Premios Dama 2009. Gracias a todos ellos, primeramente, por pensar que Cenicienta siempre quiso un Wonderbra debía estar nominada y, finalmente, por haberla escogido como la mejor entre otros títulos, otras plumas tan finas y elegantes como con las que competía. www.clubromantica.com, a sus pies… ¡Aaaaay, feliz cual regaliz! Así me hallo.

Yo, que como el resto de los mortales muero por una excusa para montar un festejo, os escribo estas líneas entaconada, con la manicura francesa ready to go, el pelo liso a lo Demi Moore y con el bolso lleno de ganitas de celebrarlo. Que a mi última novela la consideren la mejor novela del año en su género me ha sentado tan, pero tan y tan bien que necesitaba compartirlo con toooooodas vosotras, lectoras mías. Como invitaros a unos berberechos se me antoja imposible (la virtualidad es lo que tiene, chatas), daos por besadas+achuchadas+queridas por ser parte principal del cuento: sin vosotras, niñas mías, nada sería posible, nada sería bonito, nada sería verdad. Vaya, pues, este premio para todas vosotras, que me seguís libro a libro y  que os rascáis el bolsillo para adoptar a mis personajes como si fuesen vuestros. ¡Chinchín…!

 

 

Tres amigas en la treintena luchan por sobrevivir al desamor. Con una tendencia sobrenatural a enamorarse siempre de la persona equivocada, Paulina, Olvido y Coro están convencidas de que algo en el cosmos tiene que haberse confabulado para que sus vidas sentimentales sean siempre tan complicadas. Internet,  un viejo amor adolescente y la pérdida del miedo al compromiso son tres de los inesperados elementos que vuelven a ponerlas en el mercado. Una serie de situaciones hilarantes –no por ello menos creíbles–  hacen que estas tres chicas nos lleven de la mano por las inquietudes, las felicidades, los desencuentros y la necesidad de amor de toda una generación.

 

Cenicienta siempre quiso un Wonderbra no es sólo una historia de amistad y supervivencia de tres amigas, sino también un retrato femenino y universal en el que sus entrañables protagonistas dejan claro que, hoy por hoy,  a las chicas cada vez nos cuela menos eso de que al príncipe azul no le huelen los pies… 

 

“Actual, fresca y original, por momentos divertidísima.”

Esther Ortiz, El Rincón Romántico

 

Cenicienta siempre quiso un Wonderbra, Vergara (Ediciones B). La nueva novela de Noe Martínez. 

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Hombre magdalena: Dícese de aquel espécimen masculino con el que has horizontalizado en una noche de excesos y, al albor del día y ya con la lagaña fuera, no te importaría desayunar con él y volver a mojar (la magdalena, digo…).

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¡Y a quien no le haya pasado, que tire la primera piedra…! Por eso, porque que nos quieran hasta el infinito sigue siendo un lei motiv que no ha pasado de moda, que mi novela ¡Quiero un hombre magdalena! volviese a la vida era cuestión de tiempo… y de magia potagia.

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Verbigracia de Ediciones B y mi editora-hada madrina Marisa Tonezzer, mi libro está de nuevo a vuestra disposición en edición no venal. Es decir, que no os va a costar nadita de nada, os lo lleváis de regalo al comprar otros dos títulos de la colección romántica. Ya sabéis que la ocasión la pintan calva así que ¿a qué esperáis para ir a la librería, niñas mías…? Que nos lo quitan de las manos, nos los quitan de las maaaanoooooos…

¿Ya os dije que soy feliz como una regaliz? (lo sé las regalices no pueden ser felices pero dudo que las perdices puedan y mi pájaro-fobia no me permite mentarlas en vano). Pues eso, happy, pero happy de verdad. ¡Como para no estarlo…!

 

 

 

Todas las historias de amor con final trágico parecen más intensas y perdurables. A Ragazza, la revista con la que todas hemos aprendido a disfrutar de ser quien somos, le ha llegado su hora. Detrás de sus páginas, compañeras increíbles y un esfuerzo titánico por hacer de cada número una alegría para el cuerpo. Cuatro años de colaboración intensa e ideal que no han hecho sino convencerme de que las cosas buenas serán siempre buenas independientemente de crisis monetarias y existenciales.

 

RagazzaTeam, gracias por estos años de colegueo y buen rollito. Sin duda, una de las mejores experiencias de mi vida profesional. Trabajar con vosotras ha sido un lujazo. Un lujazo y un placer ¿puede haber algo mejor?

 

 

Braille: m. Sistema de lectura y escritura para ciegos basado en puntos en relieve taladrados en el papel: libro en braille.

 

RAE dixit. Es una suerte que haya académicos tan duchos y con el verbo tan certero que en una sola línea sean capaces de definir pragmáticamente un término. Pero bueno es también que nos dejen a los escritores el mundo de los matices. Porque sí, braille es lo que ellos definen pero también es un cúmulo de emociones que acerca a las personas con visión reducida al humor, al amor, al desamor, a la intriga, a la filosofía, a la fantasía… a la vida al fin y al cabo.

 

Me congratula, pues, saber que mi Él, mi último pelo de tonta ya cuenta con versión para invidentes. Lejos de ver rentabilidad en todo lo que hago, desde niña me muevo por sensaciones y placeres varios así que, una vez más, esto me ha hecho tanta ilusión que me estoy brujuleando en Internet para ver si hay un curso online ‘Aprenda braille en diecinueve días y quinientas noches’ (Sabina eres un genio) para saber cómo han adaptado la jerga de mis personajes y mis giros so typical galician. Dice mi chico que también que sería interesante saber si en braille existen tantos o más sinónimos de esas partes que se dicen pudendas y que mis personajes manejan sin apuro y/o reparo alguno.

 

Me informan de que mi novela está disponible en documento sonoro y escrito en la ONCE así que el orgullo es doble por saber que mis risas y mis situaciones disparatadas/dislocadas van a inundarlo todo en algún hogar en el que la luz es un ángel escaso. Y es lo tiene, que hasta este momento no me había parado a pensar que más de uno y de dos y de tres jóvenes pueden estar privados de visión y por ende no pueden disfrutar de la literatura actual. No seré yo la que reniegue de los clásicos, que de ellos vivimos los que escribimos y gracias a ellos somos quienes somos, pero un poco de contextualidad y frivolité de cuando en vez alegra más de una pestaña… y es una suerte que gracias a la ONCE para reír y disfrutar ahora ya no importa si el ojito ve o no ve. Feliz como una perdiz, así estoy. Ay.

коли под наем 

                                                                                                            Soy alérgica a la calabaza

 

PRÓLOGO          

  Hace tiempo que me rondaba por la cabeza escribir un cuento y el miércoles pasado, víspera de festivo y con el trauma de la que sabe que al puente de mayo había sido bombardeado por los aviones de jefatura, me hice con una idea. He aquí un buen comienzo, me dije, si tienes una idea, lo demás (acción, personajes y acting) vendrá rodado. ¡Y tan rodado que vino! Cuando terminé de poner fin y me releí no daba crédito… 

 -          ¿Pero qué coño…? - Me dije contrariada porque un cuento, lo que se dice un cuento, no me ha salido.  

Vale que los personajes remitan al mundo de la fábula pero ¿qué me decís del argumento? J Mi intención primigenia era escribir la otra historia de Cenicienta, la historia de verdad y no la que pavisosa con que hemos crecido y, visto lo visto, creo que lo he conseguido. Juzgad vosotros mismos y espero que, verbigracia de la tradición descojonadamente oral, mi versión se convierta en una leyenda de delirante referencia ¡Feliz lectura a todos!  Por cierto, aunque yo os preste este cuento un ratito, que sepáis que ya tiene dueño: Fon, amor, es tuyo, como todo lo mío ¡Pooooos! 

 

LLÁMAME CENICIENTA    

 

Érase una vez…   

Cenicienta, antigua y bautismalmente conocida como Ernestina, había decidido darle puertas a su último príncipe azul el día que abrió la puerta del baño del ático abuhardillado que compartían y se lo encontró embistiendo a su hasta entonces mejor amiga Blancanieves. Tras un momento de confusión inicial en el que el chico con aquello enhiesto y sujetando a Blancanieves a horcajadas le decía que aquello no era lo que parecía, Cenicienta decidió que no se había cuidado ella su corazón para entregárselo a aquel mandril concupiscente. Ni su reino de Taifas, ni los caballos blancos de su despampanante Audi TT descapotable, ni su juramento de amor eterno y mucho menos la promesa del beso fresco al albor de la mañana fueron suficientes para que ella cambiase de idea. Jartita estaba de batallar por la idea de una amor de cuento con final feliz pero al que ella nunca le acababa bien. Ni una sola vez.

               

Tentada estuvo de no darle tiempo de hacer las maletas. Si le había hecho creer que era un príncipe, de sobra tendría con qué sufragar un nuevo fondo y principio de armario. Pero, a decir verdad, a Cenicienta no el apetecía lo más mínimo tener el ático infectado de cosas de él. Cuando lo vio haciendo el equipaje se sorprendió de lo poco que pueden llegar a ocupar las pertenencias de alguien que no merece la pena. Se acordó de la penúltima conquista que le había robado los sueños. Si era un príncipe debió serlo destronado porque llegó a su vida con lo puesto y la engañifa de una amor tan eterno como melifluo. La promesa de amor le duró un verano y se marchitó antes de que entrase el otoño pero cuando se fue, ella ya le quería tanto, que por mucho que su ropa y sus libros ya no campasen a sus anchas por la casa, Cenicienta sentía su presencia en cada ausencia. Pero con su príncipe azul, el que acababa de mandar a tomar viento, no tenía esa sensación. Sabía que en cuanto él cerrase el bolsón imitación de LV que se había traído de Túnez, cuando escuchase como la cremallera llegaba a su destino final, el cuento se habría acabado. Y así fue.

               

Blancanieves decidió que no la llamaría más en el mismo momento que cruzó el umbral de la puerta del ático subiéndose las bragas. Fue de agradecer que se tomase la molestia de fingir remordimientos por aquella burda traición. Tirarme a tu príncipe azul no ha sido una buena idea, le dijo mientras le robaba una manzana antes de irse abochornada. Cenicienta ni le contestó, no tenía ganas de escenitas y mucho menos tan aburridas. Sabía que su amiga no era la culpable del asunto al cien por cien pero eso no la eximía de su cincuenta por ciento de culpabilidad. Que un príncipe azul se quedase en capullo integral es algo para lo que ella estaba preparada, preparada y curtida. Que Blancanieves resultase ser Putanieves era algo que la había cogido con el pie cambiado, precisamente el pie que se le había quedado descalzo al salir huyendo de la fiesta en palacio.

               

Lo primero que hizo Cenicienta al saberse sola su buhardilla fue abrir una botella de vino del Condado y cogerse un ciego descomunal. No fue una borrachera botellonera, una de esas que tardas veinte minutos en empezar a marearte y dos minutos más en verte reflejada en el laguito que se forma en el fondo de la taza del váter, no. Cenicienta degustó cada trago como una victoria a tiempo. Recordó lo que su tía Alicia, la que había montado En este país sí hacemos maravillas, aquel pub de alterne y de intercambio de parejas tan cool, le dijo una vez: 

-          El único príncipe bueno es el de Bequelar… 

Y debía estar en lo cierto porque en el último año, más de dos y de tres y de cuatro había intentado calzarle un glassy evening shoe que saltaba a las leguas que no era ni su número, ni de su estilo y mucho menos cómodo. La tía Alicia, la del pub  En este país sí hacemos maravillas, le había dicho también una vez que si lo que quería era ir por la vida bien calzada (literal y figuradamente), lo que debía era fijarse siempre en la suela del zapato… 

 -          Que ponga meidin espain, sobrina…

Le dijo. Y desde esa, Cenicienta huía de príncipes azules pelirrojos con apellidos que empezasen por Mc algo, de príncipes azules que pidiesen perdón con un perfecto y anglosajón sorry antes de correrse, de príncipes azules que no tuviesen origen ni condición y que le regalasen en mundo sin fronteras porque eran un espíritu libre. Maidin espein era un valor seguro aunque, a juzgar por lo bien que le iban las cosas, aún no sabía muy bien para qué (a las primeras líneas de este relato me remito).

Con el último trago de vino recordó que hacía mucho tiempo que no se probaba el vestido y la tiara que su madrina le había regalado cuando decidió cambiarse de nombre. No es que Ernestina no sea un buen nombre, le dijo, pero tampoco es que sea nombre de princesa sin reino. Se les ocurrió que Cenicienta no estaba mal ya que la treintena la había estrenado quitándose una cana de la sien. No hija, las canas no son blancas, son color ceniza. Y no, a las mujeres las canas no nos hacen interesantes, nos hacen viejas. Cenicienta dejó de ser Ernestina en el mismo momento en que su primera cana surcaba las tuberías de la ciudad. Tiró su pelo blanco y fosco al váter y dio a la cisterna ¡Al cuerno con su antigua identidad, ella ya era otra!

Lo dicho, a Cenicienta la acometieron unas ganas locas de meterse dentro de su vestido rosa chicle y de ponerse la tiara con la que solía retirarse el flequillo mientras limpiaba la bañera para que el pelo no se le viniese sobre los ojos. La primera sorpresa fue comprobar que aquel vestido seguía siendo de su talla. Y es lo que tienen los vestidos mágicos, Cenicienta, se dijo, que una siempre luce la talla de teta que sueña con tener, la cintura de avispa que nunca ha tenido pero que mataría por poseer y las piernas laaaaargas, laaaaargas, laaaaargas que le da la risa sólo con pensar en tener. Dentro de aquel vestido, Cenicienta pensó que el mundo era suyo y se alegró de haberse pimplado la botella de vino del Condado para que no le faltasen alas para el ensueño. 

 -          ¡Ring, ring, el gato y el violín…! ¡Ring, ring, el gato y el violín…! – El móvil la sacó de su ensueño. 

Miró el visor para ver cerciorarse de quien era aunque una de las ventajas de tener personalizado la agenda de su Nokia 5200 era que sabía quien llamaba sólo con oír el tono. Era evidente pues que el display no podía decir otra cosa: El gato con botas. Cenicienta, turbada por la llamada de su jefe en un momento tan delicado como aquel (ella dentro del vestido mágico y tajada de lo lindo) pensó que no sería una buena idea contestar, podría decirle más de una verdad que nunca le había dicho y tampoco era plan de quedarse sin reino, sin príncipe y sin trabajo el mismo día. Aún así, no fue capaz de contener el impulso de responder… 

-          ¿Sííííí…? – Dijo ella mimosa y femenina.

 -          ¡Pues no! – Contestó El gato con botas y le colgó. 

 Aquella era la historia de su relación con aquel bigotudo de cabeza enorme y botas descomunales. Lo conocía hacía un par de eternidades y aún no había conseguido sofocar los ataques de risa que le entraban cuando se lo imaginaba haciendo el primer pis de la mañana, ese en el que cualquier hombre, por poderoso minino que sea, se meaba fuera de la taza y no era capaz de abrir los dos ojos para ver si se estaba mojando un pie. Cenicienta, como tantas otras veces en situaciones semejantes, dejó que se le escapase la risa: sabía que él volvería a llamar fingiendo no haberla oído. Y así fue… 

-          ¡Ring, ring, el gato y el violín…! 

Sin presentaciones, sin saludos, sin un te cojo en un mal momento, El Gato con botas se le quejó amargamente de que su consejero delegado, Pepito Grillo, le había dado una patada en su culo gatuno y se había largado a la competencia ¡A él, al inventor de la mensajería puerta a puerta entre cuentos! Cenicienta quería decirle que aquella huída era un secreto a voces, que en la oficina lo sabía todo Cristo menos él, que nunca escucha a nadie y a todo el mundo apuntaba con su puñetero florete. Quería decirle que si de vez en cuando se preocupase de hacerle saber los personajes que son parte del cuento, su historia podía no ser siempre la pesadilla de que viene el lobo, que viene el lobo. Quería decirle tantas cosas pero el vino y su risa floja no le dejaban que lo único que hizo fue soltar una carcajada XXL que hasta ella misma se sorprendió de que todo aquel estruendo le cogiese dentro…

-          ¡Juuuuuuuuuuuuuaaaaaauuuuuuuuaaaaauuuuuu…!

El gato con botas volvió a colgar pero esta vez ella supo que no llamaría de nuevo. Si Pepito Grillo lo había mandado al carajo había hecho bien. Ella misma debería hacer ídem eadem ídem pero aquel no era el momento de prescindir de sueldo, se había quedado sin príncipe, sin paganini para compartir la mitad de los gastos y se acababa de meter a un plasma de 32” que no tenía ni idea de por qué lo había comprado. Si, sí, ya recuerdo, se dijo, lo compré porque aquel mes se casaba Caperucita con Pulgarcito y lo televisaba la Sexta por la TDT. No es que Cenicienta le gustasen los programas del corazón pero tenía cierta curiosidad por saber cómo iba a besarla el diminuto novio cuando se diesen el sí, quiero. Tenía otra curiosidad aún mayor y era el asunto de la coyunda entre ambos pero sabía que esa no la televisarían ni en la TDT ni en Canal +. Aunque nuevamente su tía Alicia la sosegó… 

 -          Tranquila, sobrina, más pronto que tarde alguien pondría un vídeo pirata en Youtube

El vídeo no llegó pero ella se hizo con el plasma. Ahora, con un jefe airado porque se le había reído en el hocico, un príncipe azul más desteñido que una braga de las que usaba cuando estaba de regla, una cogorza high school, una tiara divina que le apretaba detrás de las orejas hasta hacerla ver chiribitas, un vestido mágico que le hacía las tetas de Penélope Cruz y un subidón de libido que no podía con él, se sintió un poco vacía. Vacía y sola. Pero como en los cuentos todo es posible para que el final sea redondo y todo acabe bien, Cenicienta levantó el teléfono y marcó el 905214256.

  

-          ¿Tía Alicia? Que me mandes al más guapo de todos los guapos de En este país sí hacemos maravillas …

  

Tras dos polvos como un hada madrina manda y después de darle al joven Aladino una propina por los servicios prestados a la patria (ella se sentía una princesa, no lo olvidemos), Cenicienta se dijo que había llegado su hora. Siempre había estado enamorada de Geppeto y lo suyo había sido una historia platónica. Nadie entendía como podía estar enamorada de un vejestorio que lo único que hacía era tallar muñecos de madera. Nadie lo entendía, ni ella misma. Y eso fue lo que acabó de convencerla de que tenía que hacerlo:

  -          Ya sé que puede ser mi abuelo pero ¿quién ha dicho que lo sea?

  

???????? ????? ????????Para cuando Cenicienta dio un portazo al salir de su ático ya no recordaba qué coño le había pasado con Blancanieves. Marcó su número en el móvil y le dejó un recado en el contestador: Bianca, creo que, además de nombre, voy a cambiar de apellido. ¿Qué tal suena señora de Geppeto? Deséame suerte… Cuando iba a cruzar el umbral de la puerta del portal, se le enganchó una mulé en el felpudo pero siguió absorta su camino sin reparar en que iba descalza…

   -          ¡Señorita, su zapato…! – Un joven mozalbete con una camiseta de Los Ramones se agachó a recogerlo y le regaló una sonrisa TomCruiseiana que la dejó turuta. 

-          ¡Deja ese zapato donde estaba, pedazo de subnormal! – Le dijo ella enfurecida – ¿Es que a ti no te leían cuentos de pequeño?

-          ¿Disculpa…? – Atónito, el rockero de bolera vio como Cenicienta le arrancaba de las manos la mulé.

-          Que estoy hasta las pelotas de este puto zapato…. ¡A tomar por culo!

  

Y lo siguiente que se vio fue una mulé de piel vuelta de impecable diseño de Patiricia Cox volando muy, muy alto por los aires. Cenicienta corrió tirando de su trolley tanto como le daban las piernas y sus pies descalzos. Había que ver lo pronto que se acostumbraba una a caminar sin losas, sin cuentos y sin tradiciones.

  

Colorín, colorado, este cuento se ha acabado…

  

 

FIN

 

 

A otra princesa con ese cuento 

Tres, eran tres las hijas del rey. Miriam, diplomada en la escuela de Enfermería, casada desde hace siete años con su ex jefe, un ginecólogo de éxito y madurito con un feeling innegable, que le dobla la edad y al que no sólo ama por haberla sacado de la clase media, no sabe cómo reaccionar ante el deseo de su marido de ser padre. Ana, una de sus mejores amigas y virtuosa doctora en Urología, se enamora como una tonta de su tan atractivo como jovencísimo y arrollador MIR aún a sabiendas de que esa relación no casaría muy bien con su currículum. “No es ético, no es estético”, se dice entre remordimientos, “pero a mí me sabe a Donuts sin agujero”. Filomena, la otra muy mejor amiga, tiene una tendencia (sobre) natural a autolesionarse y, de las tres, presume de ser la que mejor gusto tiene para los hombres. Con el mejor radar para localizar a un hombre guapo a menos de diez metros a la redonda, se sorprende a sí misma teniendo fantasías con un compañero de oficina que es lo menos cool que se ha echado a la cara.
¿Qué puede ocurrir cuando a las tres amigas, apenas cumplida la treintena, se les presenta la oportunidad de perder las riendas de lo que se suponía tenían que resultar sus vidas? Una sucesión de situaciones hilarantes, divertidas y no por ello menos reales hacen que Noe Martínez, fiel a un lenguaje tan suyo, tan joven, fresco y desenfadado al que nos tiene acostumbrados desde Señálame un imbécil y me enamoro y Él, mi último pelo de tonta, nos lleve frenéticamente, bajando en rafting, hacia un desenlace sorprendente. Porque nada hay más maravilloso que la propia vida vista desde el prisma de la que quiere hacer algo para mejorarla, a Miriam, Ana y Filomena les ocurrirán cosas tan extraordinarias que estarán seguras de que, en realidad, no hay nada imposible. Apostad algo…

Mi tarta de aniversario ¡Cumpleaaaaños feliiiiz ♪ Cumpleaaaaños feliiiiz ♫ Te deseaaaamos tooooodos ♪ Cuuuuuumpleaaaños feeeeliiiiiz!

Vaya, cuesta creer que haya pasado tanto tiempo pero las fechas casan y las cuentas no fallan: Hoy, 1 de diciembre, hace un año que mi ópera prima “Señálame un imbécil y me enamoro” salió a la venta. Me releo y no sé si sería más romántico escribir salió del anonimato pero lo cierto es que mis personajes nunca han sido anónimos para mí. Desde la primera vez que me puse al frente de darles verbo, supe que ellos darían que hablar ¡Y sobre todo a mí! Fijaos si ha sido así que desde aquellas vísperas navideñas, no he parado de hablar de ellos, de mis novelas, de mis proyectos, de mis ilusiones y mis sueños cumplidos. Nunca, ni cuando frotaba mi par de tacones favoritos como si fuesen la lámpara de Aladino, podía imaginar que todo iba a ser tan redondo, tan especial, tan de todos vosotros que me leéis y a la vez tan pero tan mío.

Y es que cuán largo se hace el proceso desde que se remata una novela hasta que alguien confía en ti y te dice que no has estado perdiendo el tiempo, que lo que tú creías no iba a terminar sino siendo el calzo perfecto para la mesita del salón que siempre cojea, es, efectivamente, una novela. Camino largo y duro. Me atrevería a decir que incluso exasperante pero, en mi caso, la publicación ha venido con regalo: Alejandro Diéguez, mi editor, mi amigo. Mi amigo y mi editor, que tanto monta, monta tanto, Isabel como Fernando.

Durante mi periplo por el desierto a la busca de alguna editorial con olfato para lo bueno (es decir yo) me ilustré hasta el hastío sobre la figura del editor. Había leído tanto y no siempre tan bueno, que me los imaginaba como si fueran cíclopes a los que habían dotado de, además de un ojo descomunal con el que intimidaban a los escritores noveles como mi menda lerenda, de una caja registradora que te dejaban caer encima una vez sabían que te tenían calaíta. Pesadillas tenía. Por éstas. Pero Alejandro no tiene un ojo sólo, tiene dos. Y un corazón tan enorme y confortable que da gusto que me haya dejado entrar sin hacerme sentir una invitada incómoda. A él le debo ser el mago de este cuento del que despertar no es sino seguir soñando. Gracias, maestro, por este año de empuje y ganas.

Que los míos, mis padres, mi hermano, mi gordito de amor y la gente que me quiere han jugado un papel decisivo en todo esto, no me canso de repetirlo. Sus achuchones eran los que pegaban las piezas del puzle al que yo quedaba reducida cuando la enésima editorial me devolvía la novela. Ellos son los que me disuadieron de ir allí a hacer una que valiese por dos; for example, hacerle comer uno de mis originales a la mamarracha que me cogió el teléfono y me informó de que:

- La Editorial Universo Que Todo Lo Puede tiene cerrados los objetivos de edición para los próximos dos años - Yo, sabiendo que sólo me quedaba el Harakiri o la ironía, hice de bilis corazón y la hostigué con un:

- Disculpe ¿Los próximos dos años, me dice? – Pausa dramática - ¿Y si mi novela llega a ser el mismísimo Quijote del siglo XXI, la dejarían pasar por tener cubiertos los objetivos de edición para los próximos dos años?

- Aha - Me contestó ella, delgada y fina como una sardina.


Confieso que, a día de hoy y aprovechando el aniversario de mi primera novela con tres ediciones que atestiguan su tirón, me he quedado con las ganas de hacerle unas preguntitas a la susodicha:

 

a) ¿Has leído el Quijote, mula torda? No, los dibujos animados de TVE no cuentan ¿Lo has leído?


b) ¿Te dan un premio si dejas sin aliento a los escritores sin padrino?


c) ¿Sufres hernia de hiato o sólo es que el tanga te aprieta el ya te dije?

 

En fin. Brindo, pues, por este año de ilusiones que no dejan de sucederse, por mis dos novelas “Señálame un imbécil y me enamoro”, “Él, mi último pelo de tonta” y mi editorial Ézaro Ediciones que no dejan de darme satisfacciones ni cuando duermo ya que siempre están en mi mesilla de noche para recordarme que ser feliz no está reñido con estar despierto. Brindo por vosotros que os rascáis el bolsillo y leéis mis novelas pudiendo estar delante de la tele enterándoos de si la Pantoja lleva o no DIU o si el señor Muñoz le robó también el cepillo al pobrecito de Asís. Gracias a todos por ser parte de mi cuento. Y sobre todo, gracias a Inés, a Clara y a Otilia, por ser tan divertidas, tan libérrimas y estar tan encantadas con su huracanada condición de ser mujer. Personajes míos, a sus pies…

 

Noe Martínez

 

 

Esperar no es bueno para el cutis No me va

 

El terrorismo en todas sus formas.

Que el churrasco sea siempre un menú festivo.

Levantarme con el pie izquierdo.

Acostarme con el pie izquierdo.

Tomar el yogurt con cualquier cucharilla.

Los jefes que son mediocres y están encantados de serlo.

Que los míos estén plof y no me cuenten por qué.

El ruido del despertador.

Ir a montar el árbol de Navidad y que las luces estén fundidas.

Que los rojos no sean verdes y los azules, rosas.

Que el frasco de la mascarilla del pelo esté vacía.

Los informadores tendenciosos que se empeñan en hacer de mí una tonta.

El grano rosquilleiro que siempre acompaña mis necesidades fotogénicas.

El humor diseñado para hacerme reír.

Los mamarrachos que abusan de todo y de todos por que sí.

Las dependientas que nunca me dan muestras.

Las plantas desagradecidas que se mueren a la primera de cambio.

Las sorpresas si no vienen con lazo.

Que a los políticos no se les caiga la cara de vergüenza cuando es menester.

Tener que esperar a que hierva el agua para tomarme el té.

El sol en la cabeza a chaflán.

Rayar zanahoria y, de paso, rallarme también una uña.

Sentarme en el baño y que siempre me toque a mí cambiar el canutillo del papel.

Tener que vivir siempre con dolor de estómago.

La arena de la playa en las orejas.

Los tangas de microfibra modelo violador.

El desorden y el desconcierto.

Los cumpleaños sin velas y sin canción.

Un apagón cuando estoy teclado en ristre.

Cocinar pollo aunque sea tan resultón con el IPC.

Sentirme como Cristo en la cruz cuando unos zapatos me seccionan el tobillo.

Las sábanas con pelotillas.

Los tres pelitos que me resisto a no tener en la barbilla.

Que mi MP3 se quede sin pilas y yo sin cash.

Los hoteles en los que los desayunos se sirven sin mimo.

Confundir desfachatez con sinceridad.

El humo del tabaco y su obstinación a perseguirme donde quiera que vaya.

Encontrarme una avispa muerta en mi Lupo ¿Cuánto tiempo llevaba viajando conmigo?.

Lo difícil que es hablar debajo del agua.

Las barrabasadas en nombre de la libertad.

El enjuague bucal de mentol que me deja sin papilas gustativas.

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